Preguntas
Eduardo Galeano
Página 12, 20 de junio
Invasión
José Miguel Corchado tiene el cuerpo lleno de preguntas. Hace
años que ha perdido la cuenta de la cantidad de preguntas que tiene,
alfileres que lo lastiman y no le dan tregua, pero recuerda la tarde en
que la primera pregunta ocurrió.Fue en la ciudad de Sevilla, quizá
con sol y con aroma de azahares: una tarde como cualquier otra, al cabo
de una jornada de trabajo como cualquier otra. El iba caminando hacia su
casa, a través del gentío, solo de una soledad como cualquier
otra, cuando la primera pregunta apareció. Quiso espantarla, pero
se le metió adentro. Y no lo dejó dormir en toda la noche.Al
día siguiente, José Miguel se sentó en una silla y
anunció:
–Yo de aquí no me levanto, hasta que no me entere de quién
soy.
Llevaba tres meses buscando, allí sentado, cuando lo llevaron
al manicomio.
Los colores
En algún lugar del tiempo, más allá del tiempo,
el mundo era gris. Gracias a los indios ishir, que robaron los colores
a los dioses, ahora el mundo resplandece; y los colores del mundo arden
en los ojos que los miran.Ticio Escobar acompañó a un equipo
de la televisión española, que vino al Chaco para filmar
escenas de la vida cotidiana de los ishir. Una niña indígena
perseguía al director del equipo, silenciosa sombra pegada a su
cuerpo, y lo miraba fijo a la cara, de muy cerca, como queriendo meterse
en sus raros ojos azules.El director recurrió a los buenos oficios
de Ticio, que conocía a la niña, y la muy curiosa le contestó:
–Yo quiero saber de qué color mira usted las cosas.
–Del
mismo que tú –sonrió el director.
–¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?
La ciudad
Nunca habían visto una ciudad. Viajaron a Madrid desde su aldea
remota. Dalía y Felipe, indios tojolabales, se dejaron llevar, sin
preguntar nada, siempre acompañados por madrileños cordiales
que con ellos comían y paseaban.Al cabo de algunos días,
ya estaban bizcos por el vértigo de los automóviles y la
marea humana, tanto autío y gentío, y se les había
torcido el pescuezo de tanto mirar los altos edificios. Entonces a la hora
del regreso, Dalía y Felipe quisieron saber:
–¿Y cómo hacen ustedes para vivir unos encima de otros?
¿Y dónde siembran el maíz y los frijoles?
Para las cátedras de Medicina
Cuando Osvaldo Soriano vivía en la Boca, conoció al médico
más prestigioso del barrio. El doctor no tenía secretaria,
y creo que ni teléfono tenía. El consultorio, sin música
funcional ni reproducciones de Gauguin en las paredes, consistía
de una mesa, dos sillas y un camastro destartalado. Allí él
recibía, vestido de entrecasa, a sus pacientes, y los dejaba hablar.
A los pacientes que no conocía, empezaba por preguntarles:
–Y usted, ¿qué enfermedad quiere tener?
La nieve
Aquella noche, toda la nieve de todos los inviernos del mundo cayó
sobre el barrio. Liliana Villagra llevaba un buen rato queriendo dormir:
queriendo y no pudiendo, por culpa de esas moscas que a veces zumban en
el alma, y no hay manera de espantarlas.Dándose vueltas en la cama,
peleando con la almohada, Liliana escuchó las tres campanadas del
reloj. Entonces, decidió que necesitaba aire. Abrió la ventana,
de par en par, y llenó sus pulmones de buen frío.El barrio
de Pigalle era siempre bullanguero, resonante de juergas y de peleas, alborotado
por el ir y venir de las putas y de los travestis, pero aquella noche se
había convertido en un desierto, blanco y mudo.Y una canción
subió, desde la nieve. Una voz de pajarito estaba entonando, allá
abajo, alguna antigua melodía. Empinada en la ventana, Liliana descubrió
una mujer que estaba esperando, recostada contra la pared, y esperando
cantaba, mientras la nieve caía sobre la calle Houdon y caía
sobre su abrigo de piel, quizá comprado en el mercado de las pulgas.
–¿No quiere entrar? –ofreció Liliana.
La mujer agradeció, pero dijo que estaba trabajando.
–Linda canción –dijo Liliana.
–Yo canto para no dormirme –dijo la mujer.
Sobre las inversiones inmobiliarias
–Yo no vendo entradas al Cielo –decía don Alfredo Betancor.
Y ponía, ofendido, los puntos sobre las íes:
–El cielo no es un cine.
El Cielo era la recompensa reservada a los cristianos obedientes de
la ley divina, practicantes de la virtud y de las buenas costumbres. Los
pecadores tenían el ingreso prohibido, y no alcanzaba todo el oro
del mundo para pagar la llave: en ese asunto de la entrada al más
allá, don Alfredo no pinchaba ni cortaba.Pero, y ¿después?
¿Adónde iban a parar las almas elegidas del Señor?
En el pueblo de Cardona, don Alfredo vendía parcelas de Cielo. Y
el precio dependía de la ubicación: elija usted a quién
quiere de vecino por toda la eternidad. ¿Dónde quiere pasar
la vida eterna? ¿Cerca de quién, lejos de quién? –Tengo
el lote que usted necesita –revelaba don Alfredo– y por un precio que parece
chiste. ¿Que anda sin plata? Pero no, no se preocupe, eso no importa,
ya me irá pagando como pueda.
Muchos compraban. Al contado, muy pocos: casi todos pagaban en módicas cuotas mensuales, y no había quejas, porque todos comprendían que ése no podía ser un servicio gratuito. Don Alfredo no se podía dar el lujo de trabajar en ninguna otra cosa, pendiente como estaba de las llamadas de Dios. Y en aquellos días, tiempos de guerra mundial, Dios andaba muy atareado, con tanto desastre que atender y tanto dolor que consolar.–El cura dice que yo miento –se enfurecía don Alfredo–. Y yo pregunto: ¿hablaría Dios con un mentiroso? ¿Eh? Yo pregunto.Don Alfredo murió rico. Desde entonces, es vecino de Carlitos Gardel.
Las estrellas
Y ellas, ¿nos espían? Esos fulgores de la noche, ¿son
ojos que noche a noche nos miran?¿O son bocas? ¿Bocas abiertas
por el asombro, que tiemblan de miedo? Los astrónomos no se atreven
a decirlo, pero las más recientes investigaciones han probado que
las estrellas están cada vez más atónitas y tembleques.
Van del estupor al pánico: ellas no consiguen entender cómo
sigue dando vueltas, todavía vivo, este mundo nuestro, tan fervorosamente
dedicado a su propia aniquilación, donde no hay duda más
rentable que el crimen ni nada más exitoso que la estupidez. Y se
estremecen de susto, porque han visto que ya andamos invadiendo otros astros
del cielo.
Eduardo Galeano