HÁBITATS Y DIVERSIDAD EN
AMÉRICA LATINA

Muchos expertos consideran a América Latina como la región más rica en biodiversidad, o desde otra perspectiva, como la reserva de biodiversidad más grande del planeta. Ello deriva de la variada topografía y la ubicación geográfica, comprende desde el norte del ecuador hasta el Polo Sur.

América Latina abarca una extensión de más de 20 millones de kilómetros cuadrados, que se extienden desde el límite entre Estados Unidos y México por encima de los 30° de latitud norte, hasta más allá del Cabo de Hornos, es decir los 50° de latitud sur lo que implica una gran variedad de climas desde tropicales hasta antárticos.

A esta enorme variedad de climas se agrega un paisaje caracterizado por altas montañas, zonas húmedas, bosques, extensas planicies, desiertos, estepas, páramos de altura, manglares, etc. Es así como las diversidades combinadas de climas y accidentes geográficos resultan en una gran variedad de hábitats. Se podría afirmar, sin muchos riesgos de equivocarse, que el rasgo predominante de la región es su impresionante diversidad, tal vez la mayor de todos los continentes. La expresión clara de esta diversidad se revela por ser la región más húmeda del planeta y albergar al mismo tiempo el área más seca, el desierto de Atacama. Su promedio de precipitaciones es 50% más elevado que el promedio mundial, concentrando 30% del total de aguas continentales del planeta, con una escorrentía media anual de 370 000 m3 por segundo.

Esta peculiaridad dominante determina de inmediato que el análisis de la problemática ambiental latinoamericana escapa a cualquier intento de generalización; lo que puede aparecer válido en determinados espacios geográficos, no lo es en otros.

Sin embargo, es preciso tener presente que aun cuando esta diversidad se da a nivel regional, no necesariamente es característica de las subregiones o de los países. De hecho sólo México, Colombia y Perú combinan una gran variedad de zonas ecológicas: montañas, desiertos, bosques tropicales, etcétera.

Es posible distinguir en América Latina al menos las siguientes zonas ecológicas que definen diferentes tipos de hábitats:

  1. Hiperhúmedas y húmedas: tienen altas temperaturas y precipitaciones anuales promedio de más de dos metros, con máximos de hasta más de nueve metros, como por ejemplo el Chocó en Colombia. Incluyen las selvas pluviales siempre verdes (tropical rain forests); obviamente, la mayor parte de la Amazonia cae dentro de esta categoría.

  2. Subhúmedas: sus niveles de precipitación fluctúan entre 700 y 2 000 mm al año, pero tienen además un periodo seco por año que puede oscilar entre tres y ocho meses. Son las zonas de selvas bajas caducifolias de Centroamérica y de algunas zonas del norte y el centro de Sudamérica. Esta categoría también incluye las sabanas o pastizales tropicales y las pampas o pastizales templados. Las primeras con sus dos millones de kilómetros cuadrados representan la décima parte de la región e incluyen, entre otros tipos de sabanas, a los llanos venezolanos y los cerrados brasileños. La pampa o pastizal templado o sabana extratropical abarca 500 000 km2, prácticamente su totalidad se ubica en territorio argentino, tiene una media de 500 a 1 000 mm de precipitaciones anuales, con temperaturas que oscilan entre 16 y 17°C.

  3. Semiáridas: las precipitaciones anuales fluctúan entre 400 y 700 mm, con temperaturas variables. La vegetación es fundamentalmente de arbustos, con escasez o aun ausencia de árboles; son posibles algunos tipos de agricultura.

  4. Zonas áridas y desérticas, en las cuales las lluvias pueden estar ausentes por más de un año, con casos extremos como en los desiertos del sur del Perú y el norte de Chile, donde en regiones como Iquique se registraron muy leves lloviznas en sólo 17 de los últimos 50 años. El desierto de Atacama constituye el área más seca del planeta e ilustra el punto extremo de esta categoría. Casos especiales en esta categoría son la catinga (nordeste) brasileña, algunas zonas del norte de Venezuela y Colombia, los valles de Mezquital y Tehuacán-Cuicatlán en México y ciertas zonas áridas o semiáridas de las Antillas Holandesas.

Al margen de la clasificación anterior, que responde a características de ecosistemas terrestres tradicional, es preciso recordar la especificidad de los ecosistemas o habitats: de montaña, costeras, de humedales.

La presencia de grandes masas montañosas es un fenómeno peculiar de América Latina, que sin embargo puede dar una idea errónea de su real importancia regional (obviamente al nivel de país la situación es distinta) ya que la gran parte del espacio latinoamericano se ubica a menos de 100 msnm. Ya señalado este hecho regional, cabe destacar que más de 50% del espacio mexicano se ubica a más de 1 000 msnm y más de 65% por encima de los 500 msnm. En Centroamérica el porcentaje se eleva a 75%. En esta subregión cabe destacar el altiplano mexicano, a más de 2000 msnm. Es posible identificar en este caso diferentes situaciones, en función de la altura ya que al fin de cuentas es ésta la que determina la temperatura y se asocia con diferentes regímenes pluviométricos, que pueden ir desde situaciones de sequía acentuada hasta otras de ambientes húmedos, con lo cual en función de la combinación altura-precipitaciones se tendrán zonas de pastizales, de bosques, combinaciones de ambas y, a mayores alturas, zacatales y pastizales alpinos.

En América del Sur las zonas de montaña se concentran a lo largo de la cadena Andina, con tres subregiones claramente diferenciadas: una primera entre Venezuela y la parte norte de Perú (Cajamarca). Sus peculiaridades más relevantes son la ausencia de altiplano, simetría entre las dos vertientes y una acentuada humedad. Nuevamente es la altura la que determina las temperaturas medias y por lo tanto subregiones típicas: caliente y templada por debajo de 2 000 msnm, húmeda y cubierta por selvas tropicales. Una zona fría boscosa entre 2 000 y 3 000 msnm, y finalmente una muy fría, helada, por encima de los 3 000 msnm, que son los páramos.

Otro aspecto de la parte sur de los Andes es que la cadena montañosa se divide al salir de Venezuela, originando una serie de valles importantes tales como los del Cauca, Patia y Magdalena, para reunirse nuevamente en el Nudo del Pasto en Ecuador. Este tramo se caracteriza por una vegetación tropical abundante que encierra las montañas más elevadas. Desde allí hasta el norte de Argentina y Chile la cordillera se funde con el enorme altiplano andino a más de 3 000 m de altura. La simetría del tramo norte se pierde: la vertiente oriental es húmeda y tropical; la vertiente occidental, árida y seca.

En el altiplano, la vegetación típica es la puna, es decir, praderas esteparias que pueden ser secas o húmedas, según la concentración de precipitaciones de 150 mm hasta medias cercanas a los 1 000 mm. Una vez pasada la zona seca, hacia el sur, las laderas montañosas en Chile y Argentina presentan aumentos de humedad y, por consiguiente, de vegetación y bosque.

La ubicación de América Latina también resulta en una gran diversidad de ecosistemas costeros, baste recordar las características del Caribe y las diferencias entre el Atlántico y el Pacífico, y factores tales como temperaturas, corrientes, salinidad, etcétera.

Los ecosistemas marinos representan un gran potencial de recursos no sólo por los aportes a la producción de alimentos sino, desde una perspectiva ambiental, por el potencial asociado a la diversidad biológica. Un rasgo típico de las zonas costeras latinoamericanas es la abundancia de sistemas lagunares-estuarinos. Como es sabido, estos sistemas se caracterizan por su enrome productividad biológica y gran diversidad (lo que se refleja en la abundancia de fauna marina, biomasa vegetal y variedad de poblaciones de aves y mamíferos). Estos sistemas son el centro de la pesca de camarones, ostras, etc. La vegetación típica de estos sistemas es el manglar, es decir, una vegetación tropical tolerante a la salinidad del agua, a las fluctuaciones de los niveles de agua, y que desempeña un papel fundamental en el ciclo de los nutrientes, como hábitat de numerosas especies tanto permanentes como migratorias, y de regulación del balance químico de las aguas. Los mayores manglares se encuentran en: Brasil, 25 000 km2; México, 6 600 km2; Panamá, 4 860 km2; Colombia, 4 400 km2; Cuba, 4 000 m2 y Venezuela. En resumen, los manglares latinoamericanos cubren un área de 5.8 millones de hectáreas, 60% de ellos concentradas en Sudamérica, 26% en México y Centroamérica, y 14% en el Caribe.

La región es una de la que más ha contribuido en términos de especies a la alimentación mundial, ya que es el centro de biodiversidad de especies tales como: maíz, yuca (manioca, tapioca, casabé), la papa, la patata dulce, el cacahuete o maní, diversas variedades de judías, calabacín, fresa, tomate, cacao, cashnuts, pimiento, chirimoya, aguacate, etcétera.

Brasil es sin duda el país del mundo que concentra la mayor biodiversidad del mundo, principalmente en la selva amazónica, y cuenta con la mayor variedad de organismos: plantas, insectos, vertebrados terrestres, animales de agua dulce, primates y pájaros. Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia comparten parte de la selva amazónica, y México y Guatemala constituyen el otro gran centro de diversidad biológica de la región y del planeta.

Sin embargo, América Latina enfrenta una destrucción de hábitats naturales que pone en peligro la preservación de esta riqueza genética; sus áreas naturales protegidas abarcaban, en 1980, apenas 350 000 km2, es decir, menos de 2% de la superficie regional.