BIODIVERSIDAD

Es indudable que la agricultura moderna se basa fundamentalmente en la artificialización y, por tanto, altera las estructuras del ecosistema y su funcionamiento. Toda práctica tiene un riesgo y un costo ecológico que la teoría y la práctica económica, basada en los valores de mercado de corto plazo, ha sido incapaz de tomar en cuenta.

Uno de los aspectos más importantes de la artificialización es la especialización productiva, es decir, la reducción de la diversidad natural para concentrarse en pocas variedades y eventualmente en el monocultivo. La diversidad del ecosistema tiene enorme importancia, pues es uno de los factores fundamentales para su estabilidad y que incide en la homeostasis y resiliencia del sistema natural, que le permite recibir impactos desde el exterior, mantenerse en todo sistema y autorreproducirse. La especialización y la homogeneización de cultivos elimina especies. Ello tiende a alterar la estructura de los suelos, modifica los flujos de nutrientes y de energía y los ciclos biogeológicos.

Por otra parte, las prácticas de cosecha indiscriminada y de cosecha selectiva tienden también a reducir la diversidad del ecosistema, lo cual resulta, finalmente, en la destrucción de sus mecanismos de funcionamiento y su desorganización.

La disminución de diversidad es un fenómeno que se da desde los primeros tiempos de la civilización humana. Sin embargo, se ha acentuado en los últimos cien años. La reserva de especies biológicas es de unos 10 millones, de los cuales cerca de 8.5 millones han sido identificadas. De las más de 240 000 especies de plantas conocidas, sólo 150 han sido domesticadas por el hombre, y sólo 30 de ellas proporcionan 85% del peso de los alimentos consumidos por los seres humanos y 95% de sus calorías y proteínas. A su vez ocho especies (trigo, arroz, maíz, cebada, avena, sorgo, mijo y centeno) proporcionan las tres cuartas partes del total de proteínas alimenticias y energía consumidas por el hombre, y tres: trigo, maíz y arroz, proveen 50% de la energía humana. En relación con los recursos ganaderos se da un fenómeno similar.

Los patrones imperantes en el comercio internacional promueven la homogeneización de cultivos y monocultivos y refuerzan las prácticas descritas de mecanización, fertilización, riego, etc., que al alterar el sistema natural ponen en peligro la diversidad biológica.

La pérdida de diversidad no sólo tiene efectos sobre la estructura y el funcionamiento del ecosistema, sino que además aumenta los riesgos ya que mientras más homogéneo es un sistema, mayor es su vulnerabilidad a plagas, enfermedades, fluctuaciones y azares del clima. El desastre de 1840. En los cultivos de papa de Irlanda es un ejemplo clásico, al cual se pueden agregar hechos más recientes como los citados en el apartado anterior sobre el tema del control de plagas.

La conservación de la diversidad biológica o biodiversidad es hoy tema de preocupación mundial. Instituciones científicas y organismos internacionales denuncian la pérdida continua de biodiversidad: según la IUCN entre 20 y 25 mil especies están amenazadas de extinción, mas de continuar las tendencias actuales, 25% de las especies existentes habrán desaparecido o quedarán reducidas a unos pocos ejemplares hacia mediados del próximo siglo, y un número mucho mayor de especies habrá perdido una parte considerable de sus variedades.1 Aun cuando la información actual es escasa y susceptible de controversia --algunos autores hablan de la «extinción masiva» de especies--, no cabe duda de que la erosión genética es uno de los mayores problemas contemporáneos.

El tema trasciende los ámbitos académicos de biólogos y de ecólogos y tiene clara dimensión económica y política. El Convenio sobre Diversidad Biológica adoptado por la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo de la cumbre de Río, y las negociaciones que lo precedieron así como los debates que suscita, son la expresión de la mencionada preocupación así como de sus aspectos políticos y económicos.

Los alcances y matices del debate sobre biodiversidad escapan al hombre común, para quién el tema es algo extremadamente técnico, circunscrito a lo biológico y ecológico, y no alcanza a percibir sus implicaciones económicas y políticas. El tema de la biodiversidad se complica por sus estrechas vinculaciones con otros, tan diversos y también de difícil acceso para el lego, como son las técnicas de hibridización y manipulación genética, la protección de los hábitats naturales, los derechos de propiedad intelectual, las corporaciones transnacionales, el comercio internacional y la biotecnología. De este modo, el debate sobre biodiversidad no concierne exclusivamente a biólogos y ecólogos, sino que vincula disciplinas tales como: ecología, biología molecular, agronomía, derecho, economía, relaciones económicas internacionales, etcétera.

La importancia económica y política de la biodiversidad deriva no sólo del papel que ha desempeñado en el desarrollo de la economía mundial, sino del papel crucial que está llamada a desempeñar en la economía de los años venideros gracias a la biotecnología.

Uno de los aspectos más difíciles y controvertidos del debate sobre la biodiversidad se refiere a la utilización económica de germoplasma. El uso de material genético es un factor clave en el desarrollo espectacular experimentado por la agricultura en los últimos cincuenta años. Evaluar la incidencia de este factor es difícil, ya que el tema no ha sido enfocado en una perspectiva amplia que incluya factores ecológicos, económicos, tecnológicos y políticos. No hay información sistemática acerca del valor económico de la diversidad biológica o de cuál ha sido su contribución económica al aumento de la productividad agrícola. La disponible concierne principalmente a Estados Unidos, donde la importancia económica del germoplasma se percibe en las mejoras de rendimientos de los cultivos más importantes --maíz, trigo, etc--, los que se han duplicado desde 1935 hasta hoy. Estos logros se atribuyen en más de 50% a mejoras genéticas aplicadas en gran escala a partir de la década de los treinta cuando se inicia la comercialización del maíz híbrido. Entre 1930 y 1980 los rendimientos de maíz, trigo y papa han aumentado en 333%, 136% y 300% respectivamente. La mitad de estos aumentos se atribuyen a mejoras genéticas que han aportado además un mayor valor nutritivo, y una mayor resistencia tanto a pestes como a exigencias ambientales.2 El Departamento de Agricultura de Estados Unidos valora el aporte de la utilización de germoplasma a los incrementos de productividad agrícola en 1 000 millones de dólares anuales.

Los riesgos para la biodiversidad surgen principalmente de la forma como el hombre hace uso de ella, algunas de cuyas características conviene recordar. El concepto de diversidad se refiere no sólo al número de especies sino además al de variedades dentro de las especies; cada variedad posee atributos que la hacen más o menos atractiva desde el punto de vista económico, sean éstos la resistencia y la tolerancia a ciertas enfermedades y exigencias ambientales, ecológicas, de suelos, etc.; las diferentes capacidades nutritivas resultantes de su contenido proteínico o de aminoácidos; la distinta capacidad de respuesta a estímulos externos; sus diversos rendimientos; la capacidad para desempeñar ciertas funciones o, por último, una determinada apariencia que define atractivos específicos. Estos rasgos se transmiten de generación en generación a través del material genético.

En el reino vegetal se conocen 240 mil especies, de las cuales dos tercios están en los trópicos y la cuarta parte en Latinoamérica. Los científicos han examinado en detalle unas cinco mil especies de plantas y estiman que son miles aquéllas aún por identificar y catalogar, pero aun cuando a lo largo de la historia se han utilizado unas tres mil especies, hoy sólo 30 son responsables por el consumo humano de proteínas y calorías: ocho especies de cereales contribuyen con más de 80% de dicho consumo y cuatro especies vegetales, a saber: trigo, maíz, arroz y papa, aportan a la alimentación humana más proteínas y calorías que el conjunto de las otras 26 especies. De 75 mil plantas conocidas y de millones de especies animales y vegetales son únicamente quince especies de plantas y ocho de animales las que dan cuenta de 90% de la producción alimentaria mundial.

La extremada selectividad del ser humano en el uso de los recursos lo lleva a depender de muy pocas especies, y al interior de cada especie, de muy pocas variedades naturales y cultivo resultantes de prácticas históricas de los agricultores por optimizar económicamente ciertas propiedades mediante combinaciones y manipulaciones genéticas. La racionalidad económica prefiere las especies y variedades de más alto rendimiento económico, eliminando otras, como lo revela un informe de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, que calificaba de alarmante la vulnerabilidad genética implícita en la excesiva concentración de cepas de los cultivos norteamericanos.3 El informe señalaba que de los 66 millones de acres cultivados con maíz, por un valor superior a los 5 200 millones de dólares en 1969, 71% correspondía a sólo seis de las 197 variedades cultivadas; de 269 variedades de trigo, nueve representaban 50% del área cultivada. 56% del área sembrada con soya lo estaba con seis de las 62 variedades disponibles; de 48 variedades de patata dulce, una cubría 69% del área plantada. A su vez, tres variedades de algodón de un total de 50 concentraban 53% del total sembrado, y de 50 variedades de guisantes sólo dos representaban 96% del total de cultivos. Es así como a la pérdida de especies se añade la de variedades. La selectividad y la concentración en el uso de recursos genéticos lleva, directa o indirectamente, a su reducción.

El interés económico por germoplasma data de la antigüedad y su tráfico ha estado asociado a los viajes de exploración y conquista de egipcios, vikingos, ingleses, holandeses, españoles, portugueses, etc. Colón, a su regreso del primer viaje, trajo semillas de maíz, y en su segundo viaje llevó a América: trigo, garbanzos, caña de azúcar y cítricos, para iniciar la colonización. Las especies del Nuevo Mundo se propagaron rápidamente y pasaron a ser componente básico de la dieta de países europeos y africanos, como lo indican los consumos de maíz, papa y yuca.

Sin embargo, este importante tráfico de germoplasma no ha tenido como contrapartida un flujo de dinero, como es habitual en el comercio, y aún hoy no hay precios ni mercado alguno en el que se transe el material genético. El tráfico gratuito de germoplasma a lo largo de la historia tiene al menos cuatro implicaciones o dimensiones importantes para el desarrollo agrícola y económico mundial. La primera está asociada a la no coincidencia actual entre los centros o regiones de origen o diversidad y los actuales centros de producción mundial. Las mayores producciones agrícolas no se dan en los centros de origen y ni siquiera en los de domesticación de las especies, sino en áreas totalmente distintas. La situación actual resulta de la capacidad de ciertas sociedades para incorporar germoplasma extranjero a sus sistemas naturales, y a través de innovaciones tecnológicas lograr niveles de productividad que los convierten en los centros de producción dominantes del mundo. Sin embargo, esta supremacía va acompañada de una elevada dependencia respecto del germoplasma de otras regiones. Por ejemplo, el mayor productor agrícola del mundo, Estados Unidos, depende en 100% y en 84.7% de germoplasma de otras regiones para su producción agrícola de alimentos y materias primas, respectivamente; las cifras europeas son similares: más de 90% y casi 80% respectivamente.4 40% de la producción agrícola alimentaria norteamericana depende de cepas originarias de América Latina, y 36% de Asia centro-occidental; para Europa mediterránea las cifras son 39% y 31.8%, respectivamente; más de 65% del germoplasma de los 20 más importantes cultivos alimentarios actuales proviene de dos regiones: América Latina y Asia centro-occidental, más aún, seis de los siete cultivos dominantes de la agricultura contemporánea tienen su origen en estas regiones: maíz, papa, yuca y papa dulce en la primera; trigo y cebada en la segunda. Ni Norteamérica ni Australia han contribuido con cepa alguna a la producción de alimentos actual, y la contribución de la región mediterránea es inferior a 1.5%. La situación es similar en los cultivos industriales: América Latina es la principal región de origen de diversidad pues sus cepas están en el origen de 34.4% de la producción mundial; la segunda región de origen importante es el Mediterráneo, con 18% gracias al olivo, la colza y la remolacha; el girasol es la contribución de Norteamérica a los cultivos industriales actuales. Por otra parte, los centros de origen tienen actualmente una contribución relativamente limitada a la producción mundial: el aporte latinoamericano a la producción mundial de tomates es muy inferior al europeo, y el de caucho es inferior al asiático. Las regiones de origen también han incorporado especies foráneas que han llegado a ser dominantes en sus respectivas regiones; por ejemplo, más de la mitad del área latinoamericana dedicada a cultivos industriales está dominada con una especie importada desde Asia: la caña de azúcar.

Este fenómeno lleva implícito que los centros productores dominantes son, desde el punto de vista del material genético, pobres y uniformes, mientras que los países en desarrollo que incluyen los mayores centros de origen son ricos y diversos, lo cual se traduce en que los primeros son más vulnerables que los segundos. En resumen, a lo largo de la historia el libre tráfico de germoplasma ha definido una geografía de la biodiversidad mundial, los centros de origen no coinciden necesariamente con los de producción dominante.

Es importante examinar cómo esta situación se aviene con la teoría y la práctica de la economía internacional. La piedra angular de la teoría ortodoxa, o pura, del comercio internacional es la ley de las ventajas comparativas, según la cual un país tiene ventajas respecto de otros países, en la producción de aquel bien que usa más intensamente el sector más abundante del país. Siguiendo este argumento se explica el comercio internacional, principalmente por las diferencias entre las dotaciones de factores de las distintas regiones o países: los países se especializan en la producción de bienes que utilizan en forma intensiva aquellos recursos que disponen en abundancia. En virtud de esta teoría las regiones de origen de diversidad deberían coincidir con los centros dominantes de producción, algo que no ocurre en la realidad.

El carácter estático de la teoría tradicional y la falacia de los supuestos que la sustentan explican esta discrepancia entre teoría y realidad. Por lo que concierne al uso internacional de germoplasma dos supuestos merecen recordarse: el de inmovilidad internacional de factores y el de tecnología constante e igual en todos los países. Como señalamos, a lo largo de la historia el germoplasma se ha desplazado geográficamente desde sus centros de origen a otros, que a menudo pasan a ser centros de domesticación, desde donde es llevado a otra(s) región(es) que se convierte(n) en su centro de producción dominante: por ejemplo los países mediterráneos y California en Estados Unidos, dominan la producción mundial de tomates, cuyo centro de origen de diversidad es Perú y de domesticación México, desde donde se llevó a España y de allí a Italia. La movilidad internacional del germoplasma se ha caracterizado por no tener ningún costo, se realiza al margen de los mecanismos y vías económicas y comerciales. En otras palabras no sólo el factor «germoplasma» es móvil, sino además su movilidad no enfrenta barrera alguna y no conlleva ningún costo.

El supuesto de que la tecnología es la misma en todos los países equivale a afirmar que todos tienen igual acceso a la tecnología. Este supuesto no sólo se contradice con una realidad en la cual los esfuerzos por el control de la tecnología es una de la principales características de la lucha competitiva mundial, sino además el acceso a ella está entrabado por múltiples mecanismos comerciales e institucionales, sin contar que la tecnología tiene un precio que puede ser muy elevado.

Es así como la libre y gratuita movilidad de germoplasma, asociada al control de la tecnología, crea ventajas comparativas dinámicas reales más fuertes e importantes que aquellas estáticas asociadas a una supuesta dotación fija e inmóvil de recursos. La importancia de este hecho va más allá del tradicional de ventajas económicas asociadas al recurso en cuestión, ya que la combinación germoplasma-tecnología crea de hecho un nuevo producto, la semilla híbrida, en cuya producción el nuevo centro tiene ventajas competitivas monopólicas. En otros términos, la movilidad del germoplasma, combinada con la innovación tecnológica, no sólo crea ventajas comparativas para el centro receptor de germoplasma, por el uso más intensivo que hace de este recurso, sino además crea un nuevo producto sobre el cual la exclusividad del monopolio, concedida o no por leyes de propiedad intelectual, le confiere ventajas competitivas en los mercados internacionales. Este nuevo producto es de hecho un sustituto del recurso original (germoplasma). En otras palabras, el centro productor dominante crea ventajas comparativas respecto del factor original, y además a partir de estas ventajas logra también el control monopólico sobre su sustituto.

Se tiene aquí una demostración más de que, como se ha argumentado en otra parte,5 las ventajas comparativas no son ni fijas ni inherentes a dotaciones de recursos naturales o condiciones geográficas predeterminadas, sino que pueden ser creadas por el desarrollo y la aplicación de tecnología.

Una segunda implicación se relaciona con el proceso de acumulación. En el análisis del proceso de acumulación primitiva que caracteriza la expansión mundial del capitalismo, son escasos los autores que mencionan la apropiación gratuita de germoplasma. Sin embargo, la agricultura europea habría sido incapaz de alimentar una población que crecía rápidamente, duplicándose entre 1750 y 1850, sin las especies y variedades importadas desde Latinoamérica, cuyos rendimientos de calorías por hectárea son muy superiores a los cultivos tradicionales europeos de la época. Hay autores que llegan a afirmar que la industrialización alemana habría sido imposible sin la papa,6 cuya importancia en la dieta de los países europeos, en especial en algunos como Irlanda, es muy conocida. Marx comenta que los trabajadores de las industrias irlandesas se alimentaban de harina de maíz (indian meal) y papa.7

La relevancia de la incorporación de especies nuevas va más allá de los cambios en la dieta alimenticia. Los nuevos cultivos permitieron una mayor producción por unidad de superficie y a costos menores que los tradicionales europeos, lo que junto al mayor contenido de calorías facilita la provisión de alimentos para una población creciente, y además contribuye a mantener baja la tasa de salarios, ya que la mayor productividad de las nuevas especies implica menor demanda de mano de obra para un mismo volumen de producción de proteína. Los menores requerimientos de mano de obra asociados al rápido crecimiento poblacional presionan a la baja la tasa de salarios y contribuyen a la expulsión de mano de obra del campo hacia las ciudades.

Un tercer hecho asociado a la apropiación de germoplasma es el de haber permitido al poder colonial desarrollar plantaciones en zonas geográficas económica y políticamente convenientes, minimizando riesgos e inestabilidad, reduciendo costos, aumentando y captando los excedentes que se generan en la periferia y consolidando el poder hegemónico. Con el algodón originario de México y Perú se iniciaron plantaciones algodoneras en África, Asia, Sudamérica y el Caribe. Con la caña de azúcar del sudeste asiático se establecieron plantaciones en África, el Caribe y Latinoamérica. El café, traído de Etiopía, permitiría las plantaciones del Caribe, América Central, África y Asia. Las cepas de banano del sudeste asiático son el origen de las plantaciones de África, Sudamérica y las repúblicas bananeras del Caribe. La semillas de caucho robadas en Brasil por los botánicos del Kew Garden del Reino Unido serán la base del desarrollo de Malasia y Liberia y el inicio de corporaciones transnacionales como Dunlop y Firestone. La apropiación gratuita de germoplasma y su transferencia por el poder colonial a diferentes regiones, contribuye a aumentar el excedente que se exporta a la metrópoli, conjuntamente con los alimentos, las especies y las materias primas. Es la colonización de los ecosistemas de la periferia para adaptarlos a las necesidades, la acumulación e intereses del centro. Proceso de colonización que se acentúa y llega a su punto crítico con la adopción de semilla híbrida importada por los centros de origen de diversidad.

El material genético es un recurso valiosísimo, ya que no sólo se reproduce sino que cada variedad lleva codificados los rasgos que permiten responder a diferentes exigencias económicas y ambientales, de producción y consumo, y son, por lo tanto, la base para la creación de nuevos cultivos.

Hasta fecha muy reciente los propios agricultores producían sus semillas; sin embargo, el valor económico del germoplasma y las posibilidades mercantiles que de él derivan han sido cada vez más apreciadas y además multiplicadas por las innovaciones tecnológicas y por las expectativas que anticipan las nuevas biotecnologías. Pero no basta conocer las posibilidades económicas de un elemento, de una materia prima o de un servicio. Es preciso tener el control o la propiedad sobre el mismo y además que este control y/o propiedad esté adecuadamente protegido(a). El valor económico se potencia con el desarrollo tecnológico y su propiedad es protegida por instrumentos legales, económicos e institucionales.

La cuarta importantísima y conflictiva dimensión asociada al tráfico de germoplasma tiene que ver con su propiedad, y más concretamente con el conflicto entre germoplasma considerado como bien común y germoplasma susceptible de apropiación privada. En este conflicto tiene un papel clave la innovación tecnológica.

El creciente valor económico del germoplasma está asociado a los avances del conocimiento científico y tecnológico, en particular de la genética, las técnicas de hibridización y más recientemente la biología molecular, la ingeniería genética y en general la biotecnología. La hibridización ha permitido una expansión sin precedentes de la producción de alimentos, pero ha llevado a la creciente homogeneización de cultivos que caracteriza a la agricultura contemporánea. Esta homogeneización tiene diversas dimensiones e implicaciones; su visión más corriente es la de los monocultivos: una o pocas variedades dominan sobre las demás, como en el caso norteamericano, pero es común prácticamente en todas las áreas agrícolas y en especial donde se ha aplicado la revolución verde. La uniformidad lleva implícita una mayor vulnerabilidad de los cultivos, es decir, el riesgo de pérdidas por epidemias o cambios ambientales inesperados es infinitamente mayor tanto por la mayor probabilidad como por la magnitud del daño potencial en un cultivo genéticamente uniforme que en uno en que coinciden diversas variedades y especies. La materialización del riesgo puede alcanzar caracteres de desastre, como en la famosa hambruna irlandesa de 1845-1851 resultante de la pérdida de los cultivos de patatas afectados por la enfermedad. El desastre puede no resultar en hambruna, pero sí en alteraciones violentas de los mercados internacionales como en 1970, con la pérdida, (debida al «corn leaf blight») de 15% de la cosecha de maíz norteamericano, que originó un alza del precio del maíz de 20% en el mercado internacional y pérdidas estimadas para los agricultores por dos mil millones de dólares. También puede ser causa de rupturas sociales importantes; por ejemplo, en el caso de la ya repetidamente citada hambruna irlandesa de la patata (potato famine) no sólo murió un quinto de la población sino que además una cifra similar emigró.

Un aspecto negativo de la homogeneización es el de ser una de las causas fundamentales de la erosión genética. El concepto de conservación de variedades genéticas ha estado ausente en la gestión agrícola diaria, que simplemente reemplaza variedades por nuevos cultivos de más alto rendimiento, de mayor resistencia y tolerancia, o de mayor aceptación por el mercado. Así, uno de los aspectos negativos de la innovación tecnológica en el desarrollo de cultivares de elevado rendimiento, resistencia y tolerancia que tipifican la revolución verde ha sido el desplazamiento, y a veces la desaparición, de las variedades locales, paradójicamente aquellas que habían proporcionado los caracteres esenciales para los nuevos cultivos. Esta desaparición es tanto más grave si se piensa que elimina la fuente a partir de la cual se pueden obtener nuevos rasgos que definen resistencias, tolerancias, productividad, contenidos nutritivos, sabores, apariencias, etcétera.

Para el agricultor, el atractivo de la uniformidad no reside exclusivamente en la mayor productividad, sino en el conjunto de ventajas operativas y económicas que la acompañan y que resultan de la homogeneidad de una serie de caracteres como periodo de maduración, tamaño del fruto, dimensión y arquitectura de la planta, etc. Estos rasgos facilitan la mecanización de la actividad productiva. Está demostrado que la uniformidad de rasgos es factor decisivo para acelerar la mecanización de las actividades de cosecha de tomate, maíz, cebolla, remolacha, etc.; mecanización necesaria para hacer frente a la menor disponibilidad de mano de obra rural, o para resolver problemas sociopolíticos difíciles como el de los migrantes en la cosecha de tomate en California.

Es preciso desmitificar los objetivos de la hibridización: su desarrollo espectacular se debe no sólo a las ventajas de productividad que pueda ofrecer, sino sobre todo a que es un buen negocio, lo cual se debe en gran medida al fenómeno de heterosis. El grano cosechado de los híbridos es prácticamente inútil como semilla, ya que da origen a plantas de muy bajo rendimiento y acentuada pérdida de uniformidad, es decir, se pierden las dos ventajas básicas de los híbridos. Este hecho obliga a los agricultores a regresar, año tras año, a los proveedores de semilla híbrida, de tal modo que quienes controlan la producción de un híbrido adquieren un enorme poder, pasan en verdad a disponer de un mercado totalmente cautivo. Se separa así la producción de semillas de la producción de granos: el agricultor deja de producir sus semillas.

El de los cultivares híbridos es además uno de aquellos casos excepcionales en que las características de la innovación tecnológica actúan como mecanismo protector y de control de sí misma, ya que la semilla no la puede reproducir sino aquel que la produjo originariamente, al que, para preservar su poder, le basta con mantener en secreto las líneas parentales y la fórmula híbrida. En otras palabras, el control y el secreto de los linajes actúan como mecanismos de protección de la propiedad de los cultivares híbridos: en vez de una propiedad protegida por leyes de propiedad intelectual, es decir, mecanismos institucionales, se tiene un tipo de propiedad protegido por mecanismos genéticos. Esta situación tiene todos los visos de prevalecer, por lo menos hasta que las técnicas de mapeo genético, como la RFLP (restriction fragment length polymorphism) permitan la decodificación de los linajes de los cultivos híbridos.

El que una innovación tecnológica sea imposible de reproducir, copiar o ser objeto de ingeniería inversa es muy raro, lo normal es que toda innovación tecnológica sea copiada, imitada o mejorada por los competidores. Para preservar la propiedad privada de la creación científica e intelectual, la sociedad ha ideado los sistemas de propiedad intelectual, entre los cuales los más importantes y conocidos son las patentes y los derechos de autor. Las leyes de propiedad intelectual conceden derechos monopólicos temporales a los inventos y garantizan los derechos de los inventores sobre el producto de su esfuerzo científico e intelectual.

Originariamente estos sistemas no fueron pensados para seres vivos, sean éstos plantas, microorganismos o animales; por otra parte, siempre ha existido cierta reticencia social para conceder derechos de monopolio como las patentes, en áreas tan vitales como aquéllas relacionadas con la alimentación y la salud.

Finalmente, hay también problemas de carácter técnico, como por ejemplo el de la descripción del invento, que siendo posible en un objeto inerte es difícil en un ser vivo, que se reproduce, evoluciona, sufre cambios, y obliga, por lo tanto, al depósito de especímenes vivos en colecciones o bancos, con complicaciones obvias.

En 1930, Estados Unidos aprobó la Plant Patent Act para la plantas producidas asexualmente, que puede ser considerado como el primer intento para establecer derechos de propiedad sobre especies vivas. En 1941, en los Países Bajos se empezó a utilizar una nueva forma de derechos de propiedad: los derechos de Obtentor (Plant Breeder’s Rights), que pasó a ser adoptada por otros países europeos, anticipando el Convenio Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV: Union for the Protection of New Varieties of Plants) adoptado en 1961 por ocho países europeos y que entró en vigor en 1968. En 1970 el Congreso de Estados Unidos aprobó la Plant Protection Variety Act, un sistema de títulos de protección de propiedad de cultivos o para las plantas que se reproducen sexualmente. Finalmente, la decisión de la Suprema Corte de Estados Unidos de conceder la patente a una línea de bacterias del género Pseudomonas transportadoras de segmentos de ADN ajenos (plásmidos) ha abierto las puertas a la patentabilidad, y por ende a la apropiación privada de microorganismos, germoplasma y seres vivos.

Así entonces, el avance técnico se conjuga con la creación de una institucionalidad legal para permitir la apropiación privada de un cierto tipo de germoplasma y, por consiguiente, de una parte de la biodiversidad del planeta. Es el reconocimiento de que el germoplasma constituye un valiosísimo capital. Es también el punto central de un conflicto.

El germoplasma es un tipo de capital muy peculiar que no puede ser asimilado a los tipos tradicionales de capital, sean éstos metales preciosos, divisas, acciones o inversiones de equipo, por la simple razón de que es una materia viva, no puede ser almacenada en una bóveda, como un metal precioso, bonos de estado o acciones de una empresa. Necesita ser cuidado, crecer y madurar. Debe ser cosechado y luego reproducirse. Es probable que de almacenarse por mucho tiempo, sin cuidados especiales, como si fuera un material inerte, pierda alguno de sus rasgos o su fertilidad, y por lo tanto, su valor.

Desde la perspectiva de la economía política, la peculiaridad más importante de la reserva genética, verdadero capital genético, es que no ha tenido sino valor de uso, careciendo de valor de cambio. La reserva genética ha sido considerada como patrimonio común de la humanidad, bien libre cuya apropiación por los individuos no está sujeta a ningún pago. Un argumento que se esgrime para defender esta posición es que no se conoce la utilidad de una variedad específica de germoplasma hasta que ésta es evaluada y se han identificado sus atributos y usos potenciales. El germoplasma es susceptible de apropiación por parte de aquellos con la habilidad y los recursos tecnológicos para utilizarlo económicamente. Entre estos usos está el de ser materia prima para la producción de nuevos cultivos, los cuales son reconocidos como propiedad privada y están protegidos por los sistemas de propiedad intelectual. Al ser un material susceptible de apropiación y transable en mercados, los cultivos obtenidos a partir de germoplasma vegetal tienen un precio, es decir, un valor de cambio. Dentro de este esquema, la ventaja está de parte de aquellos que han sido capaces de utilizar el germoplasma para crear la gran industria de las semillas híbridas, las cuales son objeto de propiedad privada y están disponibles siempre y cuando se esté dispuesto a pagar por ellas.

Se tiene así una contradicción flagrante, que consiste en que los recursos naturales, en este caso el germoplasma vegetal, materia prima para producir los cultivos fundamentales de la agricultura moderna, e insumo crucial para el desarrollo de las nuevas biotecnologías, es un bien libre, es decir, un bien que no tiene precio. Aun cuando se reconoce la utilidad del germoplasma, se le niega valor de mercado, expresión monetaria, un precio. En el ámbito de la economía de mercado, el germoplasma carece, por lo tanto, de valor. Más aún, se argumenta que muchas líneas parentales utilizadas por las grandes empresas productoras de semillas son en realidad cultivos obtenidos a lo largo de siglos por los agricultores de todo el mundo, a los cuales nunca se les han reconocido sus derechos. Esos cultivos, con pequeñas modificaciones, tal vez ni siquiera fundamentales, pueden convertirse en propiedad privada de empresas o coleccionistas de países industrializados.

Es este aspecto el que reivindican hoy en día los países en desarrollo. En el debate sobre los derechos de propiedad intelectual que se realizó en el marco de las negociaciones de la Ronda Uruguay del GATT o los principios que se debaten en el marco de la OMPI, en particular respecto de la biotecnología, están definiendo relaciones asimétricas en torno a este recurso fundamental en circunstancias tales que la exportación de material genético desde los países del sur no tiene ninguna compensación económica por ser éste un bien común de la humanidad; las semillas que ellos necesitan para aumentar la producción agrícola y que se han obtenido a partir de ese material genético, es un producto que se cotiza en el mercado y que tiene, por lo tanto, un precio.

Una característica histórica de los derechos de propiedad intelectual es la de ser nacionales; es decir, cada país tiene absoluta libertad para definir las modalidades de sus sistemas de propiedad intelectual conforme con sus objetivos de desarrollo. Sin embargo, este sistema no es conveniente para las firmas transnacionales que desean un sistema de propiedad intelectual amplio, muy rígido y de alcance internacional. El problema se hace más complicado con el desarrollo de la biotecnología, ya que ella amplía las posibilidades de manipulación de germoplasma y, por lo tanto, sus posibilidades económicas. Pero la biotecnología presenta serios desafíos a los sistemas de propiedad intelectual, pues implica la apropiación privada de la materia viva y del conocimiento. Estos son algunos de los elementos en juego en las discusiones y obviamente en el transfondo del Convenio sobre Diversidad Biológica.

Estos debates son vistos con aprehensión por los países en desarrollo y también por aquellos preocupados por la conservación de la biodiversidad. Para los primeros se vislumbra un proceso que legaliza la apropiación gratuita de germoplasma para ir a engrosar los bancos y colecciones privadas de germoplasma de los países desarrollados y en particular las transnacionales de la farmoquímica y la agroindustria, donde se convierte en propiedad privada, protegida internacionalmente gracias a las modificaciones de los sistemas de propiedad intelectual y de los acuerdos adoptados en la Ronda Uruguay.

Desde el punto de vista de la biodiversidad, la preocupación creciente es que la apropiación privada de germoplasma con fines económicos conduzca inevitablemente a una intensificación de la erosión genética. Son dos los riesgos más serios que se vislumbran: por un lado, un acentuado control de la propiedad de germoplasma por muy pocos, fundamentalmente las transnacionales de la farmoquímica y de la agroindustria, que no sólo ya son relativamente pocas sino que además se han ido concentrando cada vez más mediante adquisiciones o fusiones. Aun cuando no está demostrado que la propiedad privada de germoplasma y su concentración en pocas manos lleven inevitablemente a una erosión genética, hay argumentos fundamentados para pensar que la racionalidad económica y los objetivos de maximización de beneficios que orientan el quehacer de las transnacionales concedan prioridades a aquel germoplasma más «rentable», en perjuicio del resto. Por otra parte, este proceso de creciente privatización no se justifica con el argumento de que los recursos genéticos son un bien o patrimonio común de la humanidad, en este contexto su posible apropiación por unos pocos que disponen de medios económicos y técnicos para usarlo se visualiza como un paso más, tal vez decisivo, hacia la concentración del poder.

El otro riesgo consiste en que la racionalidad económica del agricultor lo lleva a preferir cultivos que garanticen elevados rendimientos; si eso implica una mayor o menor diversidad, tiene escasa prioridad en su proceso decisional.

La preocupación por la erosión genética se manifestó ya en la década de los sesenta, particularmente en el seno de la FAO, que inició un programa para la colección y protección de plantas y creó en 1972, conjuntamente con el Grupo Consultivo de Investigaciones Agrícolas Internacionales (GCIAI, más conocido por su sigla anglosajona CGIAR), el Consejo Internacional de Recursos Fitogenéticos (CIRF, International Board for Plant Genetic Resources: IBPGR), que ha realizado una importante labor de recolección, evaluación, documentación y conservación de germoplasma vegetal. Aun reconociendo lo importante de la labor de el IBPGR, el debate surge del hecho que sus actividades se concentran en conservación ex situ y que los bancos de genes están en su mayoría localizados en los países desarrollados, los cuales absorben cerca de 60% de los recursos del IBPGR. Se da así la situación paradójica de que los países desarrollados pobres en biodiversidad son ricos en germoplasma almacenado en bancos; de hecho poseen más muestras de germoplasma de trigo, cebada, leguminosas y papas que los países de los centros de origen de la biodiversidad. En otras palabras, se argumenta que el IBPGR ha facilitado y acelerado la reestructuración geográfica de la biodiversidad y favorecido el proceso de concentración del control, y la propiedad de germoplasma es al mismo tiempo la legalización del proceso de apropiación gratuita del germoplasma; más aún la conservación de germoplasma en bancos de los países industrializados no garantiza su libre intercambio, de hecho los países tienden a considerar el germoplasma almacenado en sus bancos como de su propiedad, tal como lo demuestra la actitud del Agricultural Research Service de Estados Unidos al notificar al IBPGR que desde el momento que el National Seed Storage Laboratory recibe germoplasma para conservación en los bancos de Fort Collins, pasa a ser automáticamente propiedad del gobierno de Estados Unidos.8 Así no es sólo la apropiación de germoplasma por parte de las firmas privadas lo que lleva a su privatización, sino también los mecanismos ideados para su conservación pasan a ser de hecho mecanismos de apropiación, tergiversando así sus finalidades.

Lo anterior lleva a examinar los pro y los contra de la conservación ex situ y/o in situ. Según lo anterior, la conservación ex situ estaría en cierta medida facilitando la apropiación privada de material genético por parte de los países industrializados que disponen de la tecnología tanto para conservar adecuadamente dicho germoplasma como para utilizarlo. En la medida que esto sucede se viola la concepción de la reserva genética como patrimonio común de la humanidad. Por otra parte, la enorme vulnerabilidad de la agricultura de los países industrializados y su dependencia de germoplasma proveniente de zonas en desarrollo es un argumento poderoso que encubre el interés de estos gobiernos por sus preferencias por la conservación ex situ y la preservación de un doble criterio de valoración, uno para el germoplasma y los cultivos tradicionales, libres al acceso de todos, considerados como bien libre y patrimonio de la humanidad, y otro para aquellas variedades mejoradas que son objeto de propiedad privada y fuente de cuantiosos ingresos monetarios.

La conservación in situ es compleja en la medida que implica no sólo la conservación de especies y variedades en sí mismas, sino también la de sus hábitats naturales, así por ejemplo el programa de la UNESCO sobre Reservas de la Biosfera supone mantener íntegras las comunidades bióticas de plantas y animales dentro de sus ecosistemas naturales, o el Programa de Acción de Bosques Tropicales (PNUMA-UNESCO-FAO), que vincula la conservación in situ con la del ecosistema tropical. La conservación in situ es considerada preferible a la ex situ, ya que permite que se preserve el funcionamiento del sistema y el fenómeno adaptativo y evolutivo de las especies en circunstancias tales que la conservación ex situ se preocupa por determinados genotipos y su estabilidad, pero de hecho congela el proceso evolutivo y a menudo puede originar erosión genética debido a la alta probabilidad de fenómenos de endogamia.

Surge así el conflicto entre la utilización del espacio geográfico con fines sociales y económicos y su preservación. En muchos países la conservación in situ está asociada a áreas protegidas específicas; sin embargo, una conservación efectiva debería llevarse a cabo simultáneamente en las áreas agrícolas y forestales como parte de la explotación sustentable de las mismas. En otras palabras, superar la errónea concepción de que conservación y explotación económica son actividades en sí incompatibles.

Tanto la conservación in situ como la ex situ deben ser consideradas en su mutua complementariedad. Ello requiere que se respete el concepto de reserva genética como bien común de la humanidad. Sin embargo, esto deja vigente el conflicto entre germoplasma susceptible de apropiación sin compensación monetaria y germoplasma objeto de propiedad privada. En la solución de estos problemas intervienen ya no sólo consideraciones ecológicas o de equidad sino también enormes intereses económicos. Tampoco soluciona el problema el acceso a la tecnología necesaria para llevar a cabo la conservación, y tampoco aquella tecnología que hace posible la utilización económica óptima de los recursos genéticos.