ACUACULTURA

La acuacultura es un tema que ha atraído la atención, por el significado que puede tener para compensar el estancamiento en las capturas mundiales y aumentar el suministro de proteína animal, porque se la señala como una actividad que puede potenciar el desarrollo de comunidades de pescadores, y más recientemente por las importantes inversiones que está atrayendo o por los efectos negativos que puede tener y de hecho está causando sobre los ecosistemas marinos.

La cría de peces y otras especies marinas no es, como muchos parecen creer, algo nuevo. Los romanos criaban ostras y por más de 3 000 años los chinos han «cultivado» peces en estanques construidos a propósito o en los arrozales inundados, tal como se sigue haciendo en Tailandia, China, Malasia y Filipinas para el autoconsumo campesino. Actualmente parece ser además un buen negocio si se consideran las inversiones que se dirigen hacia la acuacultura.

La acuacultura se expandió notablemente a partir 1984, su producción aumentó desde entonces hasta 1993 a una tasa anual promedio de 9%, alcanzando 22.6 millones de toneladas, de las cuales cerca de 9 millones en China y 1.5 millones en India. Con volúmenes inferiores al millón de toneladas se tiene a Japón, con 833 000 t; Indonesia con cerca de 600 000, y con menos de 500 000 t pero más de 100 000 Estados Unidos, Tailandia, Filipinas, la República de Corea, Francia, Bangladesh y Vietnam. Más de 85% es producida en los países en desarrollo, en particular Asia, si bien en términos de valor el porcentaje es menor: 71%.

Más de la mitad de la producción de acuacultura corresponde a sistemas de agua dulce. En general incluye peces, crustáceos, moluscos y plantas (algas y otras especies vegetales marinas).

Para algunas especies, tanto de peces como crustáceos o mariscos, la acuacultura ha adquirido importancia decisiva. Por ejemplo, a comienzos de la década de los noventa cerca de 25% de la producción mundial de salmón provenía de la acuacultura y la tendencia es a una creciente contribución. Cerca de la mitad de la producción mundial de camarones son de acuacultura, mientras que la producción mundial de mejillones y almejas ha aumentado en 60% y la de veneras en más de 300% gracias al desarrollo de acuacultura. En este cuadro destaca la importancia de algunos países; por ejemplo, la producción china de camarones y mejillones de acuacultura representa 27% y 38% respectivamente, de la producción global de estos productos.9

América Latina no escapa a la tendencia mundial; en efecto, en los últimos años ha habido una expansión de cultivos marinos tales como cría de camarones (Belice, Colombia, Ecuador, Honduras, México, Panamá), de salmones (Chile), plantación y cosecha de algas (Chile). En este cuadro destacan principalmente Chile para el caso de salmón de exportación y Ecuador para los camarones también destinados al mercado externo. Este tipo de explotación marina se ve estimulada por una elevada rentabilidad a plazos relativamente cortos con inversiones relativamente reducidas, constituyendo un rubro de exportación dinámico que puede obtener precios convenientes en los mercados internacionales.

Sin embargo, en estas evaluaciones se han dejado de lado efectos ambientales tales como contaminación y destrucción de hábitats marinos (principalmente manglares) de creciente gravedad, no sólo desde el punto de vista puramente ecológico sino también económico, al poner en peligro la sustentabilidad de la actividad económica a mediano y largo plazos. La contaminación y la sobrepoblación de las pisciculturas de agua dulce han tenido efectos negativos serios en Asia y América Latina. La contaminación se origina por una descarga excesiva de nutrientes y materia orgánica que se traduce en sobreenriquecimiento de nutrientes de los estanques. Se ha constatado, además, contaminación microbial, acumulación de productos químico-tóxicos y sedimentación excesiva. En el caso de los sistemas de acuacultura marina, la contaminación deriva de la creciente descarga en las zonas costeras, de residuos y vertidos urbanos e industriales.

En América Latina es causa de inquietud creciente la destrucción masiva de manglares para la producción de acuacultura, en especial en el caso de Ecuador. Según los expertos, los manglares son uno de los ecosistemas más productivos y desempeñan un papel fundamental en las cadenas alimenticias marinas y costeras. Los proyectos de expansión de acuacultura ecuatorianos financiados por el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Agencia Norteamericana para el Desarrollo (AID) han promovido la conversión masiva de los manglares en estanques y viveros a fin de aumentar las exportaciones, y con ello el ingreso de divisas, objetivo básico de los programas de ajuste estructural.

Los proyectos han estado orientados a la producción de especies de alto valor en los mercados internacionales, fundamentalmente camarón, con escaso o nulo efecto sobre el consumo de proteínas y el desarrollo de las comunidades locales.

Paradójicamente la conversión del manglar pone en peligro la propia acuacultura, ya que es justamente el manglar el que constituye el semillero primario del camarón. La eliminación del manglar equivale a la destrucción del hábitat natural del camarón del cual se obtienen los camarones jóvenes para su reproducción y su desarrollo en viveros. La consecuencia es una ya evidente escasez de camarones jóvenes salvajes para el abastecimiento de los viveros artificiales. Este problema puede a su vez originar otro, el de introducción de especies foráneas, la fuga de éstas es difícil de controlar, de manera que terminan constituyéndose en serios competidores de las especies autóctonas y pueden contribuir a su desaparición. Finalmente, se ignora el área ecológica que permite la acuacultura es decir, se ignora su «área sombra», concepto examinado en el capítulo sobre desarrollo sustentable.

Así como se puede estimar el «área sombra» para una población humana, también es posible hacerlo para una población de recursos biológicos de exportación: por ejemplo, productos de acuacultura, muy de moda en estos tiempos y de gran impacto en países como Chile, Ecuador, Colombia, etc. Se ha calculado que el salmón de acuacultura en el Mar Báltico necesita un área de soporte ecológico o «área sombra» aproximadamente 50 000 veces mayor que el área cercada con redes en la cual es criado.10, 11 Para el cultivo colombiano de camarones en viveros se calcula una «área sombra» 200 veces superior al área de cada vivero.12 Algo similar ocurre con el cultivo para exportación de langostinos en Ecuador,13 donde además es bien documentada la gran destrucción de manglares para habilitar el área para la acuacultura. De manera que tanto el salmón exportado desde los países bálticos, o de Chile, como el camarón y el langostino exportados por Colombia y Ecuador no incorporan en sus precios el costo de la utilización de esa enorme «área sombra» o de soporte ecológico. En síntesis, estas exportaciones, aparentemente muy exitosas, de algunos países asiáticos, nórdicos y latinoamericanos llevan aparejado un empobrecimiento de los recursos ambientales de los países exportadores, empobrecimiento no valorizado y por lo tanto no incluido en los precios de exportación y que, finalmente, amenaza sustentabilidad de la actividad exportadora al socavarse la base natural de la misma.14

Obviamente esta es una situación ventajosa para los países que adquieren gratuitamente bienes y funciones ambientales no valorizados por el mercado, por lo tanto a un precio cero. Es éste un aspecto más del desequilibrio de las relaciones comerciales entre países en desarrollo exportadores de bienes primarios y países desarrollados, importadores de los mismos que, por lo general, se ignora y obviamente no se considera en el cálculo de los términos del intercambio.