PRODUCCIÓN DE ALIMENTOS,
SUBALIMENTACIÓN Y RECURSOS NATURALES

En el primer quinquenio de la década se los setenta, el número de personas con niveles de subalimentación en los países en desarrollo aumentó de 360 millones a 415 millones, para cerrar la década con 490 millones. En 1988, la FAO calculaba ya 510 y acotaba que el suministro de alimentos per capita en los países desarrollados era 50% más alto que en los países en desarrollo.135

De 415 millones subalimentados a mediados de la década de los setenta, 60 se encontraban en África, 286 en el Lejano Oriente, 41 en América Latina y 19 en el Medio Oriente. Lo que quería decir que 22% de la población africana, 27% de la de Asia, 13% de los latinoamericanos y 11% de los habitantes del Medio Oriente se encontraban en situación de subalimentación.

Este cuadro contrastaba dramáticamente con la situación alimentaria en los países industrializados, que se calculaba (en 1977) en 133% de sus requerimientos nutricionales.136 La sobrealimentación, típica de los países del Norte, entendida ésta como un consumo de alimentos superior al necesario para satisfacer las necesidades de calorías y proteínas, es señalada como causal de enfermedades a las coronarias, obesidad, gota, diabetes, síndrome de Bowel e infecciones dentarias.137 En 1978, la Comisión Senatorial McGovern del Congreso de Estados Unidos, recomendaba, entre otros objetivos alimentarios, reducir en 45% el consumo de azúcar y en 25% el de grasas de la población norteamericana.

La FAO calculó que la producción alimentaria mundial, en el periodo 1972-1974, era equivalente a 107% de lo necesario para alimentar la producción mundial, en términos energéticos 4% superior a los requerimientos fisiológicos.138 La oferta alimentaria per capita en los países en desarrollo aumentó entre 1963 y 1975 3%, en términos de calorías, crecimiento que siguió al mismo ritmo prácticamente hasta el final de la década, pese a lo cual se mantuvo sólo en los dos tercios de los niveles promedios que prevalecían en los países del Norte.

Las disparidades de consumo y las tendencias a acentuarse que prevalecían en la época se apreciaban por el examen de la evolución en el consumo de cereales, el grupo de alimentos más importante, ya que provee 60% de las calorías y 50% de las proteínas que consume el ser humano.139 Mientras el consumo promedio anual per capita de cereales en los países en desarrollo alcanzaba apenas 190 kilos, de los cuales 91% eran consumidos directamente, en países como Canadá y Estados Unidos era de una tonelada (mil kilos) per capita al año, de los cuales sólo se consumían directamente 70 kilos, destinándose el resto a la alimentación de ganado para producir proteína animal. El mundo desarrollado con apenas 27% de la población mundial consumía hace 20 años 54% de la producción total mundial de cereales. En vísperas de la Conferencia Mundial sobre la Alimentación de 1974, la FAO llamaba la atención sobre el hecho que 374 millones de toneladas de cereales anuales, dedicados a alimentación animal, en el periodo 1969-1971, en los países industrializados, era superior al consumo anual de cereales de China e India.140

En el periodo 1975-1977, 493 millones de toneladas de cereales alimentaron ganado en los países industrializados, en circunstancias que 3 000 millones de personas en la periferia en desarrollo consumían un volumen apenas superior: 538 millones de toneladas. A finales de la década de los setenta la situación no mostraba mejora alguna. Entre 1966-1968 y 1975-1977, el consumo de proteínas per capita aumentó de 93.5 gramos por persona al día a 98.5 gramos por persona al día en los países industrializados, mientras que en los países en desarrollo aumentaba de 53.8 a 57.8 gramos por persona al día, es decir, mientras en el Norte aumentaba cinco gramos por persona diaria, en el Sur sólo lo hacía en cuatro gramos y se mantenía poco más de la mitad de lo que se consumía en el Norte.

El análisis revela otros aspectos indicadores de las desigualdades Norte-Sur en términos de alimentación. El aumento del consumo per capita diario de proteína animal aumentó, en ese periodo, en los países industrializados de 48.4, a 55.1 gramos pero sólo de 11.3 a 12.4 gramos per capita diarios en los países en desarrollo. Es decir, mientras la proteína animal representaba 56% del consumo diario de proteínas por habitante en el Norte, ella sólo era 21% del consumo de proteína diario de los habitantes del Sur con el agravante que en éstos el crecimiento era muy lento y sobre una base de partida muy inferior, con lo cual la distancia Norte-Sur tendía a aumentar.

Estos hechos revelan claramente la dimensión esencialmente sociopolítica y económica de la problemática alimentaria mundial. Dimensiones que se traducen en formas de uso y gestión del sistema natural. Asimismo, permite hacer una distinción entre el problema de la nutrición, propiamente como tal, y el de la escasez de alimentos o de los recursos naturales para la producción alimentaria. Se ha señalado que la escasez es un concepto social y económico, el hecho histórico de aumentos de producción de alimentos, por encima de las necesidades totales, reafirma ese argumento, ya que no basta con producir alimentos en cantidades adecuadas para que no haya escasez; es necesario que lo producido llegue o sea accesible a los que lo necesitan; y esto depende del poder de compra, que está finalmente determinado por estructuras socioeconómicas y políticas que determinan el acceso a la tecnología, la distribución del ingreso y la riqueza en los planos nacionales e internacionales y, finalmente, como se asignan los recursos, en particular los necesarios para la producción de alimentos.

El análisis del problema alimentario no puede limitarse a una explicación mecánica relacionada con el aumento poblacional ya que, como se ha señalado en un capítulo anterior, el estilo de vida y el patrón de consumo tienden a tener un papel determinante en la magnitud y composición de la producción alimentaria y en el uso, que para ello se hace, de los recursos. En 1974, se señaló que 20% de los alimentos consumidos en 1973 era atribuible a la opulencia del patrón de consumo imperante.141

Aún si se quisiera ignorar el hecho de una producción equivalente a 107% de los requerimientos alimentarios y que la producción de alimentos entre 1960 y 1980, fue 4% superior a los requerimientos fisiológicos de la población mundial, se señalaba, en aquellos años, que se podía hacer frente al problema de la subalimentación mundial con costos perfectamente posibles y aceptables. Reutlinger142 opinaba que la magnitud para solucionar el problema, desde la perspectiva de los países en desarrollo, que son los que lo sufren, era considerable, ya que en ese entonces el costo para satisfacer el déficit de calorías habría sido superior 5% de su producto interno bruto --PIB-- sin considerar el costo adicional de compensar el déficit alimentario, es decir, la diferencia entre consumo y producción interna. Sin embargo, apuntaba, el déficit directo total de calorías era pequeño en términos globales de abastecimiento alimentario y disponibilidad de recursos económicos. En efecto, este déficit equivalía a 1% ó 3% de la producción de granos de esos años. Por lo tanto, concluía Reutlinger, el problema de la subalimentación no se debía a la escasez de recursos o una oferta agrícola insuficiente, y tampoco constituía un problema económico difícil, pues el costo de compensar ese déficit fluctuaba entre 2 000 y 8 000 millones de dólares, o sea, un décimo de 1% del producto anual bruto mundial, o el equivalente del welfare budget de la ciudad de Nueva York. Y no está de más recordar que, en 1981, el gasto militar mundial alcanzó 650 000 millones de dólares, de los cuales 140 000 millones se emplearon en la compra de armas.

Casi 20 años después de los análisis anteriores, la situación no presenta caracteres muy diferentes. En 1993 calculaba que 20% de la población del mundo en desarrollo estaba en condiciones de subalimentación crónica, que aproximadamente 192 millones de niños sufrían de malnutrición energético-proteínica y anualmente morían 13 millones de niños a consecuencias del hambre o la desnutrición.143

A pesar de las cifras anteriores, es imposible no reconocer los enormes, si bien aún insuficientes progresos realizados. El número de subalimentados ha disminuido desde 941 millones en 1969-1971 a 786 millones en 1988-1990, a pesar del aumento poblacional, con lo cual el porcentaje de subalimentados ha caído de 36% al ya mencionado 20%. Los avances en este campo difieren de país en país, por ejemplo Tailandia logró en una década -1980 a 1990-, reducir el nivel de desnutrición proteínico-energético, en los niños en edad preescolar, de 50.8% a 17.1% con la eliminación casi total de sus formas moderada y severa. Las disponibilidades de alimentos aumentaron en Indonesia desde 2 072 kilocalorías por persona, en el trienio 1971-1973 a 2 605 kilocalorías en 1988-1990. India ha eliminado sus hambrunas recurrentes en el plazo de dos décadas.

Más aun, la oferta per capita mundial de alimentos para consumo directo es actualmente (1995) aproximadamente 18% superior a la que era hace 30 años, con un consiguiente aumento en las disponibilidades de alimentos, medidos en kilocalorías por persona por día, desde 2 300 a 2 700. Esta cifra es particularmente importante si se considera que cerca de 640 millones de toneladas de cereales se destinan actualmente (1995) para alimentar ganado. La oferta de alimentos por persona en los países en desarrollo ha aumentado desde 1 950 calorías a comienzos de la década del sesenta a 2 542 calorías en 1992,144 esto a pesar de un aumento de su población de 2 100 millones de personas a 4 000 millones.

Las diferencias entre Norte y Sur, desgraciadamente se mantienen, mientras que en Norteamérica y Europa Occidental las disponibilidades de alimentos per capita son de 3 600 y 3 500 kilocalorías, ellas son de sólo 2 100 en África subsahariana y 2 200 en India.145

Las gráfica adjunta producida por la FAO señala que la producción alimentaria mundial ha crecido a tasas superiores a las del crecimiento poblacional y que la producción per capita, si bien más lentamente, ha seguido aumentando ininterrumpidamente desde 1961. Estos crecimientos han sido, sin embargo, muy disímiles en el mundo en desarrollo: mientras en Asia la producción de alimento per capita ha aumentado entre 1970 y 1992 30%, y la de Sudamérica en algo menos de 20%, la de África ha caído a 80% de lo que era en 1970.

Para el periodo 1980-1992 el Banco Mundial compara las siguientes tasas de crecimiento poblacional y agrícola en tres regiones en desarrollo:

Crecimiento poblacional y de la producción agrícola: 1980-1992
(Tasas medias anuales en %)

Población

Agricultura

Africa subsahariana

3.0

1.7

Asia Oriental

1.6

4.4

América Latina y el Caribe

2.0

2.0

 

Fuentes: Banco Mundial, World Development Report, 1994.

 

La gráfica siguiente muestra las tendencias concernientes a la población crónicamente subalimentada. En ella se puede apreciar que, en Asia Oriental el número de personas en condiciones de subalimentación crónica cae, de más de 450 millones en 1969-1971, a unos 250 millones en 1990-1992 con proyecciones a mayores reducciones de aquí al año 2010, donde será de 100 millones; en África subsahariana aumenta de menos de 100 millones a 200 millones a comienzos de la presente década, con proyecciones de llegar a 300 millones en el 2010 y de darse estas tendencias representaría 32% de su población estimada para ese año. En Asia del Sur la tendencia es a la disminución, mientras que en América Latina la situación se mantiene estacionaria. Estas proyecciones indicarían que a nivel mundial el número de desnutridos se reduciría a cerca de 650 millones.

Se confirma lo que se señalaba a mediados de los ochenta, en el sentido de que el problema de la desnutrición tendía a desplazarse desde las regiones asiáticas, tradicionalmente más afectadas por penurias de alimentos, hacia el África subsahariana.

En los últimos 20 años, la producción de cereales aumentó, desde un promedio mundial per capita de 302 kg en 1961-1997 hasta un máximo de 342 kg en 1984-1986 para declinar, posteriormente, estabilizándose alrededor de los 326 kg que, según la FAO se mantendrá hasta el 2010.146 Curiosamente, sin embargo, la producción per capita tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados seguirá aumentando desde 216 kg en el periodo 1988-1990 hasta alcanzar 229 kg en el 2010 en los primeros y desde 692 kg a 722 kg en los segundos. Esta aparente contradicción entre crecimiento de la producción per capita, tanto en el Sur como en Norte, y el estancamiento de la cifra promedio mundial se debe a que, en los países en desarrollo, la producción per capita aumenta desde niveles más bajos que en los países desarrollados y tasas de crecimiento poblacional más elevadas, con el fenómeno contrario en los países desarrollados. Además, se observan tendencias decrecientes en los mayores productores cerealeros del mundo: Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea, Australia, Argentina y Tailandia que sumaban el 36% de la producción mundial de cereales en 1985 la redujeron desde 621 millones de toneladas, equivalentes a 888 kg per capita, a 602 millones de toneladas; es decir, 824 kg per capita en 1992. Esta caída de 19 millones de toneladas fue compensada por una mayor producción de 113 millones de toneladas en el resto del mundo, que aumentó su contribución desde 1.040 millones de toneladas a 1.153 millones de toneladas.

El consumo de cereales en los países en desarrollo fue en promedio en el trienio 1988-1990 de 930 millones de toneladas (de los cuales 90 millones fueron importaciones netas desde los países desarrollados). De ese volumen, 72%, equivalente a 670 millones de toneladas se consumieron directamente 17%, es decir 160 millones de toneladas alimentaron ganado y el resto se destinó a semillas u otros usos industriales. El porcentaje destinado a consumo animal es más bajo en Asia del Sur, donde 88% se consume directamente, y más elevado en el Cercano Oriente y África del Norte, donde el consumo humano directo representa 56% del total.

Se confirma la tendencia, también en los países en desarrollo, a una mayor preferencia por la proteína animal, al haber aumentado el consumo de cereales para alimentación animal desde 11% del total, consumido hace 20 años, al 17% en 1992, tendencia que hay que considerar en relación con el hecho que el volumen total consumido ha aumentado. Según la FAO esta tendencia se mantendrá en el futuro de tal manera que se estima que, en el año 2010, 22% del consumo de cereales de los países en desarrollo se destinará a alimentar animales. Como, por un lado, los granos constituyen uno de los ingredientes básicos en la alimentación del hombre y, por otro, mayor cantidad de tierra y recursos, deberán destinarse a la cría y alimentación de ganado; se da el absurdo que el patrón de consumo termina haciendo del ganado un competidor del ser humano, en lo que respecta al consumo de cereales y el uso de la tierra. Lo absurdo del problema se acentúa cuando en los países en desarrollo se aumenta la producción de carne para exportación y, por lo tanto, la cantidad de tierra que se asigna a ello, en circunstancias que los niveles de consumo de carne internos, y aún el nivel de alimentación promedio, no mejoran. Valga mencionar el caso de la deforestación de Costa Rica, cuyo objetivo fue incorporar tierras para la producción de carne para exportación, en circunstancias que el consumo interno no experimentó mejora alguna.

Lo anterior demuestra que la subalimentación no es exclusivamente un problema derivado de una insuficiente producción de alimentos ni de escasez de recursos, sino que surge de problemas socioeconómicos, políticos e institucionales que determinan cómo se asignan los recursos productivos y define una distribución específica de la producción alimentaria. Dichos factores, que son inherentes al sistema social, se traducen, finalmente, en un impacto ambiental importante en términos de requerimientos de tierras, agua, fertilizantes, energía, etc., con su secuela de efectos en cadena.

El hecho de que el problema nutricional pueda atribuirse fundamentalmente a razones de orden social, no debe hacer perder de vista las limitantes de orden natural a que hace frente la producción alimentaria, sobre todo ante la expansión prevista de la población mundial.

Históricamente, el aumento de producción agrícola se ha logrado por expansión del área cultivada y por incrementos en los rendimientos por unidad de cultivo. Hasta la década de los cincuenta la expansión de la superficie cultivada desempeñaba un papel más importante en el aumento de producción. En cambio, las décadas de los sesenta y del setenta se caracterizaron por la mayor intensificación de los sistemas de producción agrícola: los aumentos de producción por unidad de superficie cultivada fueron responsables por 80% del incremento de la oferta agrícola mundial.

Entre 1970 y 1980, la superficie arable del mundo aumentó en forma lenta, con excepción de Oceanía y disminuyó en Europa Occidental.147 En los países en desarrollo, la expansión de áreas cultivadas siguió desempeñando un papel importante. Sin embargo, aproximadamente dos tercios de la producción adicional se originó en cultivos intensivos, reflejando una tendencia diferente a la década de los cincuenta.

En Latinoamérica, 80% del incremento anual de cultivos durante la década de los cincuenta fue posible gracias al aumento de la extensión del área cultivada; en cambio, en la década de los setenta, con la excepción de Brasil sólo 25% del incremento se atribuyó a esa causa.148 La superficie cosechada en América Latina se expandió en cerca de 40 millones de hectáreas desde 1950 hasta 1975, pasando de 53 millones de hectáreas registradas en el periodo 1950-1955 a 93 millones en 1975 con un incremento medio anual del 2.3%. Sin embargo, este aumento se realizó a ritmos decrecientes: el área cosechada aumentó más de 20 millones de hectáreas en la década de los cincuenta, o sea, 3% anual aproximadamente; 14 millones durante la década siguiente, es decir, un promedio anual de 2%, y 8 millones de hectáreas, equivalente a 1.9% en el primer quinquenio de la década de los setenta.

Se calcula que los países en desarrollo dispondrían, sin considerar a China, de aproximadamente 2 500 millones de hectáreas en las cuales una agricultura sin riego puede lograr cosechas razonables dependiendo de la tecnología.149 Más de 80% de esta tierra se encuentra en África subsahariana, América Latina y el Caribe.

De esa cifra, los cultivos actuales utilizan cerca de 720 millones de hectáreas, a los que se añaden 36 millones de hectáreas de áreas áridas y semiáridas incorporadas al cultivo, gracias al regadío. De esta superficie, sólo 600 millones de hectáreas son cultivadas y cosechadas regularmente año tras año, revelando una intensidad promedio de 79% que fluctúa entre un mínimo en África subsahariana y un máximo en Asia. En África subsahariana sólo se cultiva en forma regular 55% de la tierra y el resto se mantiene en barbecho, en el extremo opuesto se tiene una intensidad de 110% en Asia meridional, indicador inequívoco, por un lado, de la escasez de tierra y, por otro, del uso de cultivos múltiples en sus áreas regadas.

Según la FAO, los requerimientos agrícolas para el año 2010 serían de alrededor de 850 millones de hectáreas, es decir, suponen una expansión del área cultivada de cerca de 90 millones de hectáreas. Esta expansión se produciría básicamente en África subsahariana y América Latina y el Caribe. Otra parte de los requerimientos de producción agrícola deberán satisfacerse con incrementos de intensificación por unidad de tierra cultivada, elevando la cifra señalada, de 600 millones cultivadas regularmente todos los años, a 720 millones en el año 2010. Esta mayor intensificación sólo es posible si se aumenta la superficie regada 23 millones de hectáreas o 19%.

Las tendencias señaladas son motivo de preocupación, especulación y controversia. ¿Es que se han alcanzado ya los límites físicos, tanto cuantitativa como cualitativamente, de la tierra apta para utilización agrícola?; los rendimientos agrícolas, ¿muestran o no tendencias decrecientes?; ¿cuál es el limite real de la producción agrícola?

Algunos autores, como Lester Brown y Paul Ehrlich, son claramente pesimistas; el segundo escribía en 1968: «The battle to feed all of millions of humanity is over. In the 1970’s the world will undergo famines, hundreds of millions of people are going to starve to death».150

En cambio, otros entre los que se cuentan Colin Clark y Roger Revelle son francamente optimistas. La utilización racional de las tierras del planeta, basada sobre la hipótesis de que el desarrollo tecnológico se detenía y de que la población mundial logra los niveles de alimentación típicos de Estados Unidos sería suficiente, según Clark,151 para proveer de alimentos a 47 000 millones de personas y, si la productividad aumentase, no habría capacidad humana para consumirla. Revelle señala a su vez que el abastecimiento de una adecuada dieta, de alta calidad en términos de proteínas, requiere entre 4 000 y 5 000 kilocalorías por persona al día y que el área cultivable potencial del mundo es suficiente para proporcionar dicha dieta a una población de 38 000 a 48 000 millones de personas, es decir, alrededor de seis a diez veces la actual población mundial.152 Curiosamente, la previsión de Ehrlich se hizo antes de una de las crisis de alimentos de este siglo (la de 1972-1973), mientras que los trabajos de Clark y Revelle fueron escritos durante esa crisis o inmediatamente después.

Se presentan así opiniones muy disímiles. Por un lado, se prevé el colapso de la sociedad humana y, por otro se nos ofrece la tierra como una cornucopia poco menos que inagotable. Frente a estos dos extremos se da una tendencia histórica de crecimiento prácticamente ininterrumpido de producción agrícola y de incorporación de nuevas tierras, pero también, como se ha visto, de pérdidas de suelo agrícola y de persistencia, si bien, decreciente de la situación de hambruna y desnutrición.

El área arable utilizada se ha mantenido prácticamente estabilizada en los países desarrollados. En los países en desarrollo ha aumentado a una tasa decreciente de 0.8% en el periodo 1961-1970, de 0.7% en la década siguiente y de 0.5% en la década pasada, calculándose actualmente en cerca de 1 441 millones de hectáreas (véase cuadro siguiente). Para el año 2010 se estima una expansión en los países en desarrollo de 0.6% anual promedio, con máximas para África subsahariana y Asia Oriental de 0.9% y de 0.8%, respectivamente, y mínimas para Asia del Sur y el Medio Oriente/África del Norte de 0.1% y 0.2%; en América Latina y el Caribe la tierra arable utilizada aumentaría a una tasa de 0.6%.

Tierra arable en uso y proyecciones al año 2010
(millones de hectáreas)

1961-1963

1969-1971

1979-1981

1988-1990**

2010

Países en desarrollo (excl. China)

559

595

639

757

850

África subsahariana

116

124

133

212

255

Medio Ote. y África del Norte

86

89

91

77

80

Asia Oriental (excl. China)

63

68

75

88

103

Asia del Sur

191

197

202

190

195

América Latina y Caribe

104

117

138

189

217

China*

104

102

100

96

-

Países desarrollados

666

674

672

668

América del Norte

224

234

236

234

Europa Occidental

108

103

100

98

Países ex Este

282

275

272

269

Otros

52

61

63

67

TOTAL:

1,329

1,371

1,411

1,521

 

Fuentes: FAO World Agriculture Towards .....op. cit.

 Nota:

*FAO señala que según algunos informes la tierra en uso en China es de 125 millones de hectáreas.

** Valores ajustados/corregidos por FAO respecto de los publicados en documentos anteriores

 

La expansión de la producción alimentaria frente a recursos de tierra limitados constituye uno de los capítulos relevantes en los modelos de tipo global y a largo plazo, que se elaboraron entre fines de los sesenta y la década de los setenta. Las posiciones adoptadas en esos modelos también reflejan una polarización de opiniones entre pesimistas y optimistas, entre neomalthusianos y antimalthusianos. Por un lado, los modelos desarrollados bajo los auspicios del Club de Roma no sólo son pesimistas, sino catastróficos. Por otro, los de la Fundación Bariloche y el desarrollado por el equipo del profesor H. Linnemann del Instituto Económico y Social de la Universidad Libre de Amsterdam, conocido como modelo Moira, son optimistas frente a la situación futura.

El modelo de Meadows153 parte del supuesto de que el área potencialmente cultivable es de 3 190 millones de hectáreas y de que la tierra necesaria para satisfacer las necesidades de una persona es 0.4 hectáreas. Partiendo de estas premisas y de un crecimiento de la población de tipo exponencial, asociado a pérdidas de tierras por deterioro o por utilización alternativa, el estudio concluye que habrá una escasez desesperada de tierras agrícolas antes de llegar al año 2000. Aunque sus efectos puedan postergarse en cierta medida por el desarrollo tecnológico. Sin embargo, el modelo introduce aquí un segundo supuesto negativo: el ingreso generado por el sector industrial va a orientarse cada vez más hacia la industria de minerales (y extractiva de recursos no renovables en general), con una proporción decreciente para el sector agrícola, que no podrá satisfacer sus necesidades de insumos tecnológicos. Finalmente, otro factor limitante es la escasez de agua. Según Meadows, en algunas regiones del mundo tal escasez se hará sentir antes que la de tierras.

El modelo elaborado por Mesarovic y Pestel,154 también elaborado para el Club de Roma, supone una disponibilidad de tierra arable inferior a la considerada en el modelo anterior: sólo 2 425 millones de hectáreas. Según el modelo, el mundo enfrenta un proceso creciente (y crónico) de déficit proteínico, que alcanzará los 50 millones en el año 2025. Ello provocaría la muerte de cerca de 500 millones de personas, fundamentalmente los países en desarrollo. Por otro lado, las posibilidades de aumentar las tierras agrícolas serían muy limitadas: las tropicales se caracterizan por suelos muy pobres biológicamente y que tienden a endurecerse y compactarse una vez desprovistos de su cubierta forestal. A su vez, la sabana tampoco presentaría condiciones favorables a la agricultura.

Frente a las posiciones catastróficas de los dos modelos anteriores, los modelos Bariloche y Moira presentan alternativas mucho más optimistas.155 El modelo de Bariloche156 parte de una existencia de tierra disponible de 3 400 millones de hectáreas y hace notar que sólo 43% de la tierra arable potencial está en uso, siendo los rendimientos generales extremadamente bajos, muy inferiores a los posibles. El área potencial estimada se considera fija y puede aumentarse con el desarrollo de nuevas tecnologías (por ejemplo, la desalinización del agua de mar). Sin embargo, el área cultivada puede aumentar sustancialmente si se evitan la pérdida y el deterioro de los suelos y se incorpora nueva tierra al cultivo. En cuanto a productividad se adopta la premisa, relativamente pesimista, de una producción máxima de cuatro toneladas por hectárea, que es igual a la mitad de los rendimientos posibles que se están logrando. La hipótesis es también pesimista por el hecho de que supone constante la estructura actual de producción agrícola, es decir, no plantea cambios hacia cultivos de mayor rendimiento como, por ejemplo, los de la revolución verde.

El modelo logra un equilibrio merced a la reducción del crecimiento de la población a escala mundial, mucho antes de que se alcancen límites físicos de producción alimentaria. De hecho, según el informe, las limitaciones no son tanto de carácter físico-natural, sino que más bien sociopolíticas.

El trabajo de Linnemann157 llega a una conclusión similar, en el sentido de que el problema alimentario a nivel mundial se deriva de una relación entre necesidades y disponibilidades. Más precisamente señala el modelo, que el problema surge del hecho que la producción alimentaria no se distribuye conforme a las necesidades, sino en función del poder adquisitivo. En lo concerniente a la utilización y disponibilidad de suelos, el modelo se basa en un estudio desarrollado paralelamente con el Centro de Investigación Agrobiológica de la Universidad Agrícola de Wageningen. Partiendo de los trabajos del mapa de suelos, preparado por FAO y UNESCO, el estudio llega a la conclusión de que 3 419 millones de hectáreas, es decir 25% de toda la tierra del mundo, son potencialmente arables.158 La producción máxima, expresada en granos equivalente de un cultivo típico de cereales, se calcula con base en lo anterior en 50 000 millones de toneladas anuales, es decir, 35 veces la producción lograda en 1978, si se mantiene la proporción de tierras que en esa época se dedicaba al cultivo de cereales se tendría una cifra de algo más de 32 000 millones de toneladas de cereales por año.

Los cuatro estudios citados concuerdan en la existencia de un límite físico, que algunos sitúan temporalmente muy próximo, tanto que ello impediría cualquier forma de adaptación social o la búsqueda de soluciones. En cambio, otros lo consideran lo suficientemente lejano como para permitir a la sociedad encontrar y aplicar soluciones económicas, institucionales y tecnológicas antes de alcanzar ese límite.

La experiencia histórica en los últimos decenios desmiente las previsiones de Ehrlich y del Club de Roma. Pero si bien, la producción alimentaria ha aumentado, es también una verdad incuestionable que la desnutrición sigue siendo uno de los problemas más serios que enfrenta la humanidad.

A su vez, las posiciones extremadamente optimistas, como por ejemplo la de Revelle, tienen que considerarse con cuidado para evitar que las euforias a que puedan dar origen se traduzcan en menosprecio por las preocupaciones por el manejo integrado, racional y sustentable de los recursos naturales. No hay que olvidar que la afirmación de Revelle de que el área cultivable puede ser en el año 2070 de 6 000 millones de hectáreas, se sustenta en una serie de premisas entre las que cabe recordar las siguientes: todo el trópico húmedo se incorpora a la producción alimentaria y puede cultivarse en forma continua; el agua de mar se desaliniza, superándose así el problema de su escasez y la tecnología a utilizar es como la que se usa en el estado de Iowa para la producción de maíz. En la previsión, no se hace mucha referencia a cuáles sean las condiciones políticas institucionales, económicas y sociales que posibiliten tales logros y, además, se silencian los aspectos distributivos que tienen un papel tan importante en el abastecimiento de alimentos. Tampoco considera los efectos del desarrollo previsto sobre el sistema natural, o en todo caso los minimiza, por ejemplo: ¿cuáles serían los efectos de la deforestación masiva del trópico húmedo? ¿Cuáles son las consecuencias de la artificialización extrema del sistema natural y sus implicaciones en términos energéticos?

Una somera evaluación de la situación descrita lleva a pensar si es necesario o urgente plantearse alternativas tan extremas como la de Revell. Es obvio que existen límites de expansión de la producción agropecuaria pero, por otro lado, se ha visto que la producción actual es superior a los requerimientos mundiales y esta producción es, además, susceptible de incrementarse con medidas sociales, económicas y tecnológicas, que no suponen necesariamente mayor demanda por tierras agrícolas.

¿Cuáles son los límites para la expansión agrícola? La tierra es finita, todos los cálculos de los organismos norteamericanos utilizados por Meadows, los modelos de Bariloche y Moira, las estimaciones de autores como Kovda o las realizadas con base en los estudios de FAO son muy similares y fluctúan entre 3 190 y 3 500 millones de hectáreas. Este límite se asocia al de la capacidad del proceso de fotosíntesis, que permite la actividad biológica al transformar en energía química la luz solar. Este proceso fija menos de un décimo del uno por ciento de la energía solar recibida en la tierra. Con base en esto funciona toda la actividad agrícola y necesita que se mantengan ciertas condiciones de los suelos, de la atmósfera y de funcionamiento de los ecosistemas, requiere de la preservación de la diversidad biológica y de los flujos de nutrientes. Una cuestión de creciente interés concierne a las posibilidades de aumentar la eficiencia de la fotosíntesis.

Se ha visto que del enorme flujo de energía solar interceptado por la tierra una mínima parte, 1%, es convertida en biomasa gracias al proceso de fotosíntesis. En situaciones ambientales favorables, y por breves periodos de tiempo, el máximo de actividad fotosintética ha sido estimado en alrededor de 5.39%159 lo que correspondería a una producción neta de 71/m2. Esto señalaría que existe un margen apreciable para mejorar la eficiencia de las tierras cultivadas y que la maximización de la eficiencia fotosintética debería ser uno de los objetivos de la organización y explotación científica y sustentable de los agroecosistemas, ya que ello implicaría una más sustancial conversión de energía solar en biomasa. Esto requiere examinar el problema desde dos perspectivas complementarias: la cantidad de radiación interceptada y la eficiencia de utilización o conversión de la luz interceptada.

Es preciso reconocer que los agroecosistemas modernos, organizados con base en criterios de especialización productiva alrededor de una o pocas especies y de una secuencia de cultivos anuales económicamente convenientes, han resultado en potencialidades de interceptación de energía solar menores. Como la interceptación de energía solar depende del desarrollo y de la permanencia de un área foliar, los sistemas vegetales que ofrecen más altos valores unitarios de superficie fotosintetizante (expresadas como se acostumbra en LAI, Leaf Area Index o índice de área foliar) en términos espaciales y temporales, efectúan una conversión energética más eficiente de la energía solar, ya que implican mayor presencia de pigmentos fotosintetizantes, es decir clorofila. Así, las capacidades de conversión de energía solar varían entre diferentes sistemas, ya sea por la concentración del área foliar en pocos meses del año pero con relativamente elevadas cantidades de clorofila, como en un cultivo de maíz, o valores menores de clorofila pero una permanencia mayor del área foliar a lo largo del año como en el caso de la sabana, o concentraciones elevadas de clorofila conjuntamente con larga permanencia del área foliar como en un bosque de robles, o finalmente una situación de escasa cantidad de clorofila y relativamente larga permanencia del área foliar como en un pastizal, tal como se ve en la gráfica adjunta. Se ha señalado que en la agricultura inglesa la ausencia de interceptación de la luz solar alcance porcentajes de 60%, aún en situaciones óptimas de producción de los cultivos más importantes tales como trigo, remolacha, papas o cebada, en estas circunstancias, un muy pequeño incremento de la interceptación de luz solar, digamos 3% resultaría en un aumento de 10% de la producción de biomasa, siempre medida en materia seca, susceptible de ser extraída con fines económicos.160 Es en este contexto que se estudia la manipulación genética y química del metabolismo de plantas como el trigo, la remolacha o el tabaco con el fin de minimizar los efectos de la fotorrespiración, y con ello aumentar la eficiencia en la producción de biomasa. El uso de inhibidores de la fotorrespiración ha sido ensayado con el mismo fin, aumentar la productividad de las plantas; los resultados de estudios realizados con plantas de tabaco demuestran que los valores fotosintéticos pueden triplicarse.161 En otra línea de investigación se han identificado variedades de plantas, dentro de una misma especie, con tasas de fotorrespiración más bajas que las comunes dentro de la especie.162

Otros autores son de opinión que, en los actuales agroecosistemas, la eficiencia fotosintética estaría limitada más por condiciones o estrés ambientales que por problemas o características que operan al nivel de la planta misma, es decir, la producción de biomasa dependería más de la rápida expansión y de la permanencia del área foliar que de la tasa de fotosíntesis por unidad de área.163, 164

Estos avances científicos aún no se traducen en desarrollos tecnológicos sin embargo, se pueden derivar algunas conclusiones que no necesitan de grandes desarrollos tecnológicos e implican simples prácticas agrícolas, como la importancia de mantener el suelo cubierto y la mayor cantidad de tiempo con vegetación.

El estudio ya citado de Buringh calcula el límite fotosintético con base en las horas de luz solar en diferentes latitudes. Supone así que una producción potencial es cero en aquellas regiones con menos de tres meses con temperaturas inferiores a 10º Celsius, alcanzando un máximo de 84 toneladas por hectárea al año en otras regiones del mundo. Multiplicando la productividad potencial por el área potencial, corregida por los factores limitantes --escasez o malas condiciones de suelos-- de cada región, se llega a la ya mencionada cifra de un máximo de potencial de producción cerealera de 35 veces la producción de 1975.

Un segundo proceso fundamental para aumentar la productividad de los agroecosistemas está relacionado con la fijación biológica del nitrógeno, proceso responsable de la producción de proteína. Ya se ha mencionado la importancia de las investigaciones sobre rizobium, algas azulverdes, azolla y anabena.

El consumo de fertilizantes ha aumentado en forma impresionante, sólo los países en desarrollo consumen actualmente 37 millones de toneladas (en términos de nutrientes, NPK) lo que representa un volumen cuatro veces superior al de hace 20 años, a pesar de que durante la década de los ochenta el ritmo de crecimiento en el uso de fertilizantes se redujo apreciablemente. Este consumo implica un promedio de 62 kg/ha, que equivale a la mitad de las aplicaciones de los países desarrollados. Sin embargo, como se ha visto, aún en una agricultura tan eficiente como la de Estados Unidos, 50% del nitrógeno, 65% del potasio y 80% del fósforo no es usado por la planta y queda como en el caso del fósforo, fijado en compuestos insolubles en el suelo165 o como el nitrógeno, que se dispersa en flujos de aguas superficiales y subterráneas. La recuperación, se observó, es aún menor en países en desarrollo y/u otros cultivos, como en el arroz donde es sólo de 25% a 35%.

El proceso de desnitrificación biológico elimina de los suelos 120 millones de toneladas de nitrógeno por año, es decir, casi tres veces el total fijado químicamente como fertilizante. Las implicaciones económicas de una gestión más eficiente de los procesos de fertilización artificial, en términos de ahorros energéticos y reducción de costos de la producción agrícola, son claramente perceptibles; en Estados Unidos, donde el uso de fertilizantes, es de cerca de 50 millones de toneladas por año, inferior al de Europa, representa entre 30% y 50% del costo de la producción agrícola166, siendo el maíz y el trigo los grandes consumidores de fertilizantes. La FAO ha hecho notar, repetidamente, que la eficiencia del uso de fertilizantes en los países en desarrollo es muy baja debido a los deficientes métodos de aplicación, su uso en épocas de año inadecuadas y el fracaso en mantener un adecuado balance entre los principales nutrientes (nitrógeno, fósforo y potasio), con los nutrientes secundarios y los micronutrientes.

A ello se añadirían los beneficios por los menores daños ambientales, causados por el exceso de fertilizantes aplicados y la baja absorción de las plantas, como los de contaminación nítrica típica de Europa, o la eutrofización, que caracteriza al mundo en desarrollo.

Las diferencias de productividad entre países en desarrollo y países desarrollados señalan otra veta potencial para incrementar la producción mundial de alimentos sin recurrir a la incorporación de tierras. Sin ignorar lo señalado, en el sentido que las productividades tienden a ser menores en las regiones tropicales que en las templadas por razones naturales, no es menos cierto que aún hay margen para aumentar las productividades de los países en desarrollo.

Los rendimientos de los países en desarrollo en los cultivos de trigo fueron, en 1989-1991, equivalentes a 92.7% de los rendimientos promedios mundiales comparados con 87% en 1979-1981 y 75.8% en 1969-1971; y equivalentes a 87.5%; 80%; y 63% de los rendimientos promedios de los países desarrollados para los mismos periodos. Algo similar ocurre en otros cultivos; así para el arroz la productividad por hectárea era, en los países en desarrollo, en el trienio 1969-1971, 43% y 95% de los rendimientos de los países desarrollados y del promedio mundial respectivamente, mientras que en el trienio 1989-1991 los porcentajes son de 60% y 98%, respectivamente. Para el caso del maíz si bien, más modestas, también ha habido mejoras: el rendimiento por hectárea es en los países en desarrollo de 65.5% del promedio mundial y de 40.2% del de los países desarrollados comparado con 59.3% y 36.2% hace veinte años.

Estos indicadores no hacen, sin embargo, justicia a los esfuerzos de los países en desarrollo, ya que los rendimientos de los países desarrollados no se han mantenido constantes, sino que han aumentado también y de manera importante. Por ejemplo, el rendimiento promedio por hectárea en los cultivos de trigo de los países en desarrollo es en 1989-1991 de 2.286 que si bien sólo es 87.5% del rendimiento actual de los países desarrollados, es muy superior al de estos últimos en 1969-1971, cuando era de 1 801 kg/ha los rendimientos en el mundo en desarrollo han aumentado en promedio en 98.4% es decir, se han prácticamente duplicado, pero al mismo tiempo ellos han aumentado en los países desarrollados en 45%. Con el maíz sucede algo parecido, los rendimientos han aumentado, en promedio, en los países en desarrollo, en 67.2%, de 1 464 kg/ha a 2 448 kg/ha, pero en los países desarrollados han aumentado a su vez 50.6% pasando de 4 042 kg/ha a 6 088 kg/ha.

Como se ve, las diferencias de productividad entre países desarrollados y en desarrollo siguen siendo importantes en algunos rubros como arroz y maíz, extremadamente importantes en los patrones de alimentación de los países del Sur. Por un lado, esto se puede interpretar como un signo de potencial importante para mayores productividades futuras. Pero por otro, hay que recordar el costo energético que ello significa. Las producciones del Norte se caracterizan, como se ha visto, por su gran intensidad energética, con sus consiguientes costos económicos e implicaciones ambientales. La debida consideración de este hecho fortalece el argumento en el sentido de mejorar la gestión en el uso de fertilizantes, riego y, en general, de las prácticas agrícolas, antes que proceder a mayor intensificación energética.

La importancia de las investigaciones científicas y las posibilidades que abrirían al materializarse en desarrollos tecnológicos no deben ocultar el hecho de que la disponibilidad de alimentos para uso humano es susceptible de incrementarse mediante la gestión adecuada y el uso más racional de técnicas y prácticas conocidas. Por ejemplo, reduciendo las pérdidas de alimentos causadas por plagas que, como se ha visto, fluctúan entre 24% en el caso del trigo y 46% en el del arroz. Pequeñas mejoras en las prácticas de control integrado de plagas tendrían un efecto importantísimo en la oferta de alimentos a niveles nacionales y mundiales, sin necesidad de expandir las tierras arables ni de intensificar el uso de aquellas cultivadas. En la sección relativa al control de plagas, se ha hecho referencia al uso de los sistemas de control integrado de plagas, al uso de agentes biológicos de control (bacterias, insectos, virus, nemátodos, etc.) o al desarrollo de biopesticidas como en el ejemplo citado de Brasil con respecto a la soya.

La erradicación de ciertas plagas contribuiría a incorporar tierras a la producción de alimentos. A comienzos de la década de los ochenta se hacía notar que la erradicación de la tripanosomiasis permitiría la incorporación progresiva de 700 millones de hectáreas de pastizales para cría de ganado, programa que en ese entonces se estimaba costaría (a precios de 1975) 27 000 millones de dólares, cifra que en ese entonces equivalía a 25% del gasto militar de los países en desarrollo. Además, el programa permitiría no sólo incorporar pastizales, sino que lograría un objetivo de los programas de salud mundial ya que más de 35 millones de personas se ven afectadas o están en situación de riesgo por la tripanosomiasis.

El agua sigue siendo uno de los más serios factores limitantes para la expansión agrícola. Pero también se ha visto el papel que desempeña la mala gestión y el mal diseño de los sistemas de riego y, en general, de captación y conducción de agua, que se traducen en pérdidas de más de 60% del agua canalizada para riego, ya sea por evaporación, filtración, formas ineficientes de riego, contaminación, etc. Nuevamente se tiene un problema de gestión antes que de límites absolutos. A comienzos de la década de los ochenta, el Banco Mundial estimaba que el sistema hidrográfico del Indo perdía anualmente 60 000 millones de metros cúbicos de agua por evaporación y filtración, volumen equivalente a más de los dos tercios del flujo anual total del río Nilo en África. No cabe sino reconocer que los avances en la mejora de los sistemas de riego han sido, en la última década escasos. Una simple mejora de 10% en los sistemas de riego, resultaría en efectos positivos sobre la agricultura de grandes proporciones, para ello las soluciones técnicas existen y se aplican en diversos lugares del mundo, como se ha examinado en un apartado anterior.

No cabe duda que la tierra es finita, tampoco caben dudas que está siendo utilizada a menudo en forma inadecuada, dando origen a pérdidas o deterioros, a veces irreversibles. Pero la evolución de la producción agrícola de los últimos 20 años, el aumento constante en la oferta mundial de alimentos, las mayores disponibilidades de proteínas, o aumentos de rendimientos agrícolas, revelan que el problema alimentario mundial no puede atribuirse a límites naturales, por lo menos en la presente situación histórica. Sus causas hay que buscarlas más bien en factores socioeconómicos, políticos e institucionales. En patrones de desarrollo que no logran superar las profundas desigualdades en el reparto mundial de la riqueza y, en este caso, de los alimentos que el sistema produce en cantidades más que adecuadas. En estilos de vida y patrones de consumo, asociados a esa desigual distribución de la riqueza que favorece el consumo superfluo en ciertas partes del mundo y, sin embargo, no logra mejorar los niveles de consumo en las propias áreas donde se producen los alimentos que nutren el consumo superfluo. Como lo demuestra el caso ya clásico de Costa Rica donde, la producción de carne aumentó 228% entre 1961 y 1978 en circunstancias que el consumo interno se mantuvo constante en un promedio de 12.6 kilos per capita por año, ya que la exportación absorbió en 1978 61% del total producido, contra 31% que absorbía en 1961, para abastecer los fast food systems en los países desarrollados.167

Ese mismo patrón de desigualdad orienta la asignación de recursos, no en respuesta a las necesidades de la población local, frecuentemente subalimentada, sino que respondiendo a las demandas de los centros de consumo superfluo, así entre 1966 y 1972, Malí aumentó sus exportaciones de algodón 400% y la de cacahuete, para alimentar ganado en Europa, 70%, sacrificando tierras dedicadas a la producción de alimento para la población local subalimentada, de la misma manera que Tailandia deforestó y convirtió tierras a la producción de yuca para exportar pellets para engordar ganado en Europa.

Bangladesh es uno de los países más pobres del mundo, pero ha llegado a exportar granos a pesar del déficit de consumo interno, debido no a la existencia de excedentes internos reales, sino a que la población local carecía de poder comprador.168 Lo absurdo de que el consumo de carne per capita en Brasil fuera de sólo 16 kg anuales, es decir, menos del consumo de un gato doméstico en Estados Unidos, siendo que Brasil es un gran productor de carne y tiene uno de los mayores potenciales ganaderos de América Latina.169

Situaciones como las anteriores son posibles, no sólo por la existencia de esas demandas en el mundo desarrollado, sino que también por el hecho de que las estructuras institucionales en los países en desarrollo responden a esas situaciones. La distribución de la propiedad agrícola es el ejemplo que viene al caso. En América Latina entre 5% y 8% de los propietarios agrícolas controla 80% de la tierra, y el área promedio de las grandes propiedades era, en la década de ochenta cerca de 200 veces mayor que las pequeñas propiedades. Si bien es cierto que el caso latinoamericano es extremo, las diferencias son también importantes en el Medio Oriente y el Lejano Oriente, donde las grandes propiedades agrícolas son 30 y 24 veces mayores que las pequeñas. Los grandes terratenientes dedican sus tierras fundamentalmente a los cultivos de exportación y además utilizan una proporción de tierras mucho menor que aquella que utilizan los pequeños agricultores. En Colombia los grandes terratenientes controlan 70% de la tierra agrícola, pero siembran una parte pequeña de ellas. Un estudio de 1966, en seis países latinoamericanos, señalaba que, en los grandes predios de la región, de cada seis hectáreas cinco no se cultivaban, y un estudio de la FAO para Brasil llamaba la atención sobre el hecho que mientras los pequeños propietarios mantenían 11% de sus tierras sin cultivar, en las grandes haciendas esa proporción se elevaba a 50%. También se observan diferencias importantes en cuanto a los rendimientos. Según el Banco Mundial, en siete de cada diez países los propietarios con menos de cinco hectáreas obtienen rendimientos superiores a aquellos que se obtienen en propiedades superiores a las 20 hectáreas, específicamente se daban rendimientos dos veces más altos en los pequeños predios que en los grandes predios, en Colombia, India y Liberia y cinco veces más en Iraq.170

En síntesis, la escasez relativa de tierra y el hecho que ella sea un recurso finito no se puede señalar como causa de las situaciones de subalimentación crónica que aún afectan a una gran parte de la población mundial. La producción alimentaria mundial, la oferta y el consumo de proteínas han aumentado; la situación alimentaria mundial ha mejorado enormemente en el curso de los últimos 20 años superando, en algunas regiones, fenómenos históricos de hambrunas. Obviamente, las posibilidades de seguir aumentando la producción de alimentos a los mismos ritmos que en el pasado no es posible, por un lado, no cabe duda que la posibilidad de incorporación de tierras es cada vez menor, por otro, la intensificación de cultivos, si bien posible, tiene costos económicos y ambientales importantes. Pero no hay que olvidar la ineficiencia que aún impera en muchos aspectos de la actividad agrícola productora de alimentos, ineficiencia que tiene su evidencia más clara en el uso del agua y de los fertilizantes. La superación de estas ineficiencias suponen un aporte insospechado al aumento de oferta de alimentos mundiales. Hay otras áreas que ofrecen perspectivas importantes; pese a los avances realizados, queda mucho por avanzar en el control de plagas y enfermedades que diezman año tras año las cosechas mundiales, en particular en los países en desarrollo.

Finalmente, poco se conoce aún sobre los mecanismos fundamentales que gobiernan la productividad biológica, de la cual depende la productividad económica, en particular los procesos de fotosíntesis y de fijación del nitrógeno. Menos aún se ha avanzado en la traducción a tecnologías de los conocimientos científicos desarrollados en esos campos.

El problema poblacional no ha impedido a los países más populosos del globo reducir sus niveles de pobreza y subalimentación y eliminar una tradición histórica de hambrunas recurrentes. Paradójicamente, los problemas de subalimentación se mantienen o agravan en las regiones en las cuales las relaciones hombre-tierra son más favorables: África y América Latina. La población mundial seguirá creciendo, pero es evidente que su dinámica se desacelera cada vez más, como lo revelan no sólo las tendencias históricas examinadas en un capítulo anterior sino los cambios que sufren las proyecciones que regularmente publican las Naciones Unidas.

Proyecciones poblacionales hechas en 1990, 1992 y 1994
por las Naciones Unidas

Población total
(millones)

%
Tasas de crecimiento

Año de la proyección

1990

2000

2010

1980-1990

1990-2000

2000-2010

Mundial

1990

5297

6265

7209

1.8

1.7

1.4

1992

5295

6228

7150

1.8

1.6

1.4

1994

5285

658

7032

1.7

1.5

1.3

Países en
desarrollo

1990

4046

4947

5835

2.1

2.0

1.7

1992

4042

4896

5744

2.1

1.9

1.6

1994

4034

4844

5668

2.1

1.8

1.6

Países
desarrollados

1990

1249

1315

1370

0.7

0.5

0.4

1992

1253

1332

1406

0.7

0.6

0.5

1994

1251

1314

1365

0.7

0.5

0.4

 

Fuentes: Naciones Unidas, World population prospects, 1990, Population Studies núm. 120, Nueva York, 1991, World population prospects: The 1992 revision, Nueva York, 1993; World population prospects: The 1994 revision, Nueva York, 1994.

 

Así como se desacelera el crecimiento poblacional, también se desacelera la presión por alimentos; las altas tasas de aumento experimentadas por los países de Asia tenderán a decrecer a medida que se complete el proceso de eliminación de la subalimentación. Es cierto que la demanda será mayor, pero lo que se argumenta aquí es contra las proyecciones que ignoran el proceso de desaceleración de las tasas de crecimiento. En otros términos, no se pueden hacer proyecciones futuras con tasas históricas, ello equivale a ignorar los cambios que esas mismas evoluciones pasadas han provocado y que son los que afectan las evoluciones futuras.

La problemática alimentaria mundial no puede reducirse a una de sus dimensiones, a la base natural ni a una fría relación mecánica entre recursos supuestamente fijos y escasos y una población que crece. Más aún, se ha demostrado que las mayores presiones sobre los recursos no derivan tanto de un número indiferenciado de personas, sino que es evidente que esas presiones tienen su mayor factor dinámico en las capacidades de consumo de unos pocos.

Lo anterior lleva a examinar el problema de la presión y la pretendida escasez de alimentos desde otra perspectiva: la de los patrones de consumo. Así, no puede menos que recordarse que la producción alimentaria mundial excede las necesidades, a pesar que cerca de 30% de la producción mundial de granos y que una gran parte de soya y otras oleaginosas, así como cerca de 30% de la capturas pesqueras, transformadas en 1.2 millones de toneladas de harina de pescado, se destinan a alimentar ganado, para proveer así de proteína animal una minoría mundial.

El aspecto distributivo tiene una importancia que, a riesgo de ser majadero, no puede dejar de repetirse. Tanto el crecimiento económico como el de la producción de alimentos no necesariamente superan situaciones de pobreza y subalimentación: las desigualdades en la distribución del ingreso pueden impedir que los beneficios del crecimiento económico lleguen a los pobres y la mayor producción de alimentos sea asequible para aquella parte de la población que carece de ellos. Un estudio comparativo entre India y Brasil revela que los efectos positivos del crecimiento económico fueron reforzados por las mejoras en la distribución del ingreso, mientras que en Brasil los procesos de redistribución regresivos del ingreso se tradujeron en que la mitad de los efectos de reducción de pobreza aportados por el crecimiento económico fueran anulados.171 La CEPAL es explícita en señalar que tasas de crecimiento relativamente altas, de 4%, no bastan para luchar contra la pobreza si no se mejora la equidad.172 No es posible sino asociar el aumento de la pobreza en América Latina con la caída en 23% de los salarios reales entre 1980 y 1987173 y el aumento de la población crónicamente subalimentada en el mismo periodo.

Lo anterior lleva al análisis de la subalimentación desde una perspectiva diferente a la tradicional, en el sentido que ella no se debe necesariamente a la escasez material de alimentos; sino al hecho que la sociedad no ha sido capaz de garantizar el «derecho» al alimento. La subalimentación crónica coincide con situaciones de abundancia alimentaria o, en todo caso con situaciones que no pueden ser caracterizadas por la falta absoluta de alimentos. Al mismo tiempo es interesante observar que, aun en situaciones de escasez, no todos los grupos sociales se ven afectados en la misma forma y aun algunos no lo están del todo. Sólo se ven afectados aquellos que sufren deterioros en su «derecho» (entitlement) al alimento. Dado que el sistema funciona en una economía de mercado, ese derecho (entitlement) se materializa en capacidad adquisitiva, si ésta se deteriora, automáticamente el derecho al alimento es menoscabado. Como señala Amartya Sen, no basta con asegurar la disponibilidad de alimentos en términos cuantitativos, sino que además hay que garantizar el «derecho» a los mismos.174