LATIFUNDIO Y MINIFUNDIO
EN AMÉRICA LATINA

Es característica peculiar de América Latina el dualismo latifundio-minifundio, cuyos orígenes se remontan al sistema colonial de concesión de tierras comentado en un capítulo anterior. El fuerte crecimiento poblacional en las zonas rurales, asociado al paulatino aumento de control de la tierra por grandes propietarios ha remarcado la concentración de la propiedad agrícola, al tiempo que se produce la fragmentación de la pequeña propiedad agrícola, acentuando el fenómeno del minifundio. El fenómeno ha sido en cierta medida estimulado por la modernización agrícola latinoamericana cuya tecnología privilegia la gran explotación agrícola y crea, de paso, un fenómeno social: el aumento de la población rural de trabajadores agrícolas sin tierras, es decir, la creación de un proletariado agrícola.

Otras formas de tenencia de la tierra típicas de América Latina son el ejido en México, las cooperativas en Cuba, Nicaragua y Perú y la propiedad estatal en Cuba. Finalmente, una característica de la agricultura latinoamericana es la presencia de numerosos grupos étnicos.

Según el IFAD, 38% de la población rural de América Latina y el Caribe está constituido por pequeños propietarios, 31% por trabajadores sin tierras, 27.1% por grupos étnicos y 5% por pequeñas comunidades de pescadores artesanales.108 Si bien el porcentaje de pequeños propietarios es inferior al de Asia, donde es de 49% y 51% si se excluye a China e India o al de África subsahariana, en cambio, el de trabajadores agrícolas sin tierras es muy superior, al ser en Asia de 26% y 20% si no se considera a China e India, y es de 11% en África al sur de Sahara. Por lo que corresponde a la presencia de grupos étnicos en la población rural, el porcentaje en Asia es de 4.5% (en India los grupos tribales son 5% de la población rural) y en África subsahariana de 0.9%.

Los pequeños agricultores, los desposeídos y los grupos étnicos rurales tienden a concentrarse en tierras marginales y de baja productividad y sufren diferentes formas de alienación, derivadas de la localización espacial, la ausencia de infraestructura física y de servicios básicos, el difícil acceso a la tecnología y el crédito. La escasa educación en áreas rurales tiende a acentuar los aspectos negativos de estas poblaciones rurales. Una forma de alienación que impide el acceso a la tecnología y las formas de comercialización es el idioma; por ejemplo, la mayor parte de la población amerindia usan sus idiomas nativos y tienen dificultades para comunicarse en español, 70% de la población rural de Bolivia se comunica en quechua o aymara.

La evolución se ilustra con el caso ecuatoriano, donde desde la Colonia se implantó un sistema de latifundio cuya contraparte era el actual minifundio. Tradicionalmente, el latifundio consistía en las plantaciones de la costa y las haciendas de la sierra que adoptaban una forma semifeudal, el huasipungo que consistía en el uso que hacía el latifundista de la mano de obra agrícola, a cambio del derecho a cultivar estas pequeñas tierras marginales para su producción de autoconsumo. Los campesinos producían la mayor parte de los alimentos del país, ya sea como pequeños productores independientes o bajo el sistema del huasipungo, en este último caso el terrateniente monopolizaba el excedente producido. La producción de latifundio estaba destinada a la exportación. En 1960 se inició la «modernización» agrícola ecuatoriana, que en parte explícitamente y como consecuencia de las medidas adoptadas, reforzadas posteriormente por la reforma agraria de 1964, induciría cambios tanto en el uso de la tierra como en las relaciones sociales del mundo rural.

Las haciendas de la sierra se fueron convirtiendo paulatinamente a la ganadería, estimuladas por los precios más estables de la leche y los productos lácteos, respecto a los de los cereales y de los tubérculos, la disponibilidad de créditos e incentivos fiscales para la conversión de tierras a pastizales, las franquicias para la importación de animales, el desarrollo de servicios de veterinaria y de inseminación artificial, así como otros factores económicos y políticos. Los efectos fueron de diversa índole; por un lado, se tiene la decreciente contribución de la sierra a la producción nacional de los principales cultivos, que de 40% en 1960 se redujo a 32% en 1971 y a 17% en 1988, y por otro, se observa la transformación de la hacienda en empresa ganadera, y la marginalización del campesinado o su transformación en asalariado agrícola. A su vez, en la costa se produjo el surgimiento de medianas y grandes empresas agrícolas que, por un lado, reemplazaron a los campesinos como proveedores de alimentos y, por otro, convirtieron tierras a los cultivos agroindustriales. Desde el punto de vista social, la relación basada en el huasipungo fue cambiando a la de una relación basada en la retribución salarial, generando así un proletariado agrícola, fenómeno que se acentúa por el cambio que, tanto en la sierra como en la costa, experimentan las formas de uso del suelo. Por un lado, el desarrollo ganadero en la sierra generó la migración de campesinos hacia la costa, engrosando la masa de trabajadores asalariados de la costa, y por otro, la mecanización de las haciendas costeras, transformadas en empresas agrícolas, las hace poco dinámicas como generadoras de empleo, lo que se traduce en la existencia de un número relativamente pequeño de empleados y obreros agrícolas permanentes y una masa relativamente amplia de trabajadores agrícolas temporales, con los consiguientes efectos depresivos sobre los salarios agrícolas y la pobreza rural.

En general, la expansión de la propiedad agrícola y la marginalización del campesino hacia áreas de montaña, de escasa fertilidad o ecológicamente frágiles, sin acceso a tecnología adecuada para esos sistemas, se traduce en la disminución de los periodos de barbecho (como ha sido constatado en Bolivia, República Dominicana, Guatemala, Haití, Honduras), roturación de pastizales, deforestación de faldeos montañosos, reducción de animales de tiro (la expansión agrícola se lleva a cabo a expensas de los pastizales); conduce a procesos de degradación de suelos, pérdida de fertilidad y caída de los rendimientos.

En el caso de Brasil se señala que el lento proceso modernización del Noreste se debe a la ausencia de paquetes tecnológicos adecuados a las características climatológicas y ecológicas de la región, cuya agricultura es principalmente de secano en tierras semiáridas.

Un problema que incide en el deterioro de la tierra en América Latina se asocia al fenómeno del minifundio, muy acentuado en ciertos países como Perú, donde las propiedades de menos de media hectárea representaban a fines de la década de los sesenta 21% de las unidades productivas agrarias, mientras que en Colombia el porcentaje era de 14%. Si se consideran unidades de menos de una hectárea, se constatan aún mayores; por ejemplo en Bolivia, donde representan 29% de las unidades agrarias, para otros países los porcentajes son 18% de las chilenas, 27% de las ecuatorianas, 47% de las salvadoreñas y 44% de las dominicanas.

La información correspondiente a 1988 señala que en Bolivia 362 pequeños propietarios disponen de 13.2% del total de tierras bajo cultivo permanente, lo que implica un promedio de 1.26 hectáreas por cada pequeño propietario. En Brasil 1 347 400 pequeños propietarios poseen 2.6% del total de la tierra bajo cultivo permanente, lo que equivale a un promedio de 1.53 hectáreas por propiedad; en Chile cada uno de los 155 mil pequeños propietarios, con un promedio de 0.86 hectáreas, dispone de 10.8% de la tierra chilena bajo cultivo. En Colombia el promedio de tierra por pequeño propietario es de 1.12 hectáreas; así, un total de 798 200 pequeños agricultores poseen 16.7% del total de la tierra cultivada permanentemente; en Ecuador la extensión media de los 492 mil pequeños propietarios es de 0.41 hectáreas que disponen, por lo tanto, de 7.5% de la tierra cultivada del país; en Guatemala, con un promedio de 0.97 hectáreas por pequeño propietario, éstos disponen de 20.3% del total de la tierra cultivada del país. En México el tamaño medio de la pequeña propiedad agrícola es de 1.43 hectáreas, y los algo más de dos millones de pequeños propietarios poseen 12% del total cultivado permanentemente; a su vez, los 827 mil pequeños propietarios de Perú, con un promedio de 1.58 hectáreas, cada uno posee 35.1% de la tierra agrícola bajo cultivo permanente.

A pesar de las numerosas reformas agrarias llevadas a cabo en América Latina y de la redistribución de tierras, una de las características fundamentales de la estructura agrícola de la región cual es la tenencia de la tierra no ha cambiado mayormente, observándose una fuerte y aun creciente concentración de las explotaciones agrícolas y el aumento del minifundio. Desde la perspectiva ambiental, ambos procesos pueden tener efectos adversos. La gran explotación se basa en la intensificación de cultivos, mecanización, riego, uso de agroquímicos y homogeneización de cultivos. Los efectos ambientales frecuentes son erosión y compactación de suelos por mecanización, salinización por sistemas de riego inadecuado y contaminación química. Por otra parte,en las zonas de latifundio es frecuente que se cultive menos de un sexto de la propiedad,109 con lo cual el rendimiento de la misma es muy bajo, por mucho que sea el nivel de intensificación de la parte efectivamente cultivada. A su vez, en las zonas de minifundio tienden a aumentar la erosión, la pérdida de fertilidad del suelo por uso intensivo sin periodos adecuados de barbecho, escasa rotación de cultivos y falta de tecnologías adecuadas. Tanto en las grandes propiedades como en los minifundios las prácticas agrícolas que incorporan formas de conservación y recuperación de suelos son escasas.