EL USO DEL SUELO EN
AMÉRICA LATINA

Hasta comienzos de los sesenta, el aumento de producción agrícola latinoamericana se logró fundamentalmente por expansión del área cultivada. El 80% del incremento anual de cultivos durante la década de los cincuenta tenía su origen en el aumento de la extensión del área cultivada; en cambio, en la década de los setenta, con excepción de Brasil, sólo 25% del incremento es atribuible a esa causa.98 La superficie cosechada en América Latina se expandió en alrededor de 40 millones de hectáreas entre 1950 y 1975, pasando de 53 millones de hectáreas registradas en el periodo 1950-1955 a 93 millones en 1975, con un incremento medio anual del 2.3%. Sin embargo, este ritmo esconde una tendencia decreciente: el área cosechada aumentó en más de 20 millones de hectáreas en la década de los cincuenta, o sea, 3% anual aproximadamente, en 14 millones durante los años sesenta (2% anual) y 8 millones de hectáreas (1.9%) en la primera mitad de los setenta.

Si bien hay diferencias en las estadísticas disponibles sobre los usos del suelo en América Latina, las tendencias generales coinciden: el aumento de las tierras dedicadas a los cultivos, frecuentemente asociados al concepto de tierras arables, y los pastizales y la muy fuerte disminución de la superficie forestal de la región.

La CEPAL99 señala que las tierras latinoamericanas totalizan una superficie de 2 004.6 millones de hectáreas, cifra que se mantiene de 1970 a 1987. De esta superficie sólo 7.5% es arable, 1.5% se usa en cultivos permanentes, 28% son pastizales, 48.2% bosques y el resto tiene otros usos. Las cifras, que datan de 1989 y cubren hasta 1987, al compararlas con la de 1970 confirman las tendencias acotadas en el párrafo anterior, esto es, aumento de las superficies arables y de pastizales. Las primeras se incrementan en más de 30.4 millones de hectáreas: de 120 millones en 1970 a 150.7 millones de hectáreas en 1987, aumentando así su importancia relativa de 6% a 7.5%. Las superficies dedicadas a pastos aumentan de 529.6 millones a 563.5 millones de hectáreas, y su importancia relativa como forma de usos, de 26.4% a 28.1%. La tendencia opuesta se da con respecto a las superficies boscosas, que se reducen de 1 039 millones a 967 millones de hectáreas, una merma de 71.8 millones de hectáreas, equivalente a la desaparición de l6.9% del bosque existente en 1970, con lo que su importancia como forma de uso del suelo se contrae de 51.8% a 48.2%. El área dedicada a cultivos permanentes ha aumentado levemente y la ocupada por otros usos queda prácticamente inalterada.

El desglose en grandes categorías de uso de tierras no permite apreciar las peculiaridades de diferentes formas de uso, ni de sus implicaciones ecológicas, ambientales, económicas y sociales. Así se constata que del aumento de tierras cultivables la mayor parte, según la CEPAL cerca de 12.5 millones de hectáreas se destinaron a cultivos modernos orientados principalmente a la exportación. Estos cultivos suponen por lo general elevada mecanización, uso de insumos industriales en cantidades importantes, particularmente agroquímicos; riego, variedades mejoradas, etc., pueden también revelar el cambio de un cultivo a otro, lo cual puede eventualmente cambiar la magnitud y características de los efectos sobre el medio, en particular el suelo, o acarrear implicaciones socioeconómicas adicionales.

Análisis más detallados revelan que una tendencia importante de la agricultura latinoamericana ha sido la conversión de cultivos tradicionales como frijol y maíz a «nuevos» cultivos como oleaginosas, en particular soya y sorgo. Se calcula que de la tierra incorporada al cultivo entre 1970 y 1980 cerca de 62% fue para oleaginosas, específicamente soya, y que otro 24% se destinó a trigo, arroz y sorgo. Entre 1978 y 1983 el área destinada al cultivo de soya aumentó en dos millones de hectáreas. El aumento de los cultivos de exportación ha ido asociado con la reducción del uso de la tierra para cultivos tradicionales como el frijol negro en Brasil o el maíz en México.

Se observa también una clara relación entre deforestación y aumento de pastizales para ganadería: entre 1974 y 1983 la producción ganadera en América Latina aumentó 28%. De las tierras de los Andes orientales colombianos incorporadas entre 1960 y 1980 sólo 16% fueron para cultivos, mientras que 54% se dedicaron a la producción ganadera y 31% no fueron utilizadas del todo. Más de la mitad de los nuevos ranchos ganaderos son propiedades de más de 500 hectáreas.

Desde la perspectiva espacial, no cabe duda de que las actividades agropecuarias son las que tienen mayor incidencia sobre el medio ambiente dadas sus extensiones y, por lo tanto, el espacio afectado, la magnitud de las explotaciones y el hecho que América Latina es fundamentalmente una región centrada en la agricultura.

Los impactos que causan las modificaciones del suelo por la intervención humana se han ido magnificando con la creciente mecanización, la aplicación de agroquímicos, en particular fertilizantes sintéticos, plaguicidas, herbicidas y fungicidas, así como el uso de variedades genéticas mejoradas de elevado rendimiento, el aumento del riego, etcétera.

Los procesos de intensificación de cultivos son relativamente recientes en América Latina ya que la región disponía de uno de los mayores potenciales de reservas de tierras susceptibles de uso agropecuario,100 aun cuando es preciso hacer notar que este argumento es controvertido. La CEPAL, en el documento citado, estimaba que el potencial de tierras para uso agropecuario de Latinoamérica era de 576 millones de hectáreas, cifra muy significativa, habida cuenta que la FAO señalaba que a comienzos de los ochenta había en la región 163 millones de hectáreas bajo cultivos permanentes o temporales.

Según la FAO, Sudamérica tiene la menor incidencia de áreas críticas, en el sentido de limitación de tierras, con relación a cualquier región del mundo, al mismo tiempo que tiene la mayor proporción, 46%, de suelos aptos para agricultura sin riego (rainfed agriculture). La extensión de Sudamérica, 1 770 millones de hectáreas, con relación a su población se traduce en una relativa abundancia de tierras potencialmente cultivables; en 1975 sólo 15% de esa tierra potencialmente cultivable era cultivada y sólo tres países cultivaban más de un quinto de su área: Ecuador 44%, Argentina 55% y Chile 85.5%.101 Aun con bajos niveles de insumos (uso mínimo de fertilizante), los recursos de tierra de Sudamérica serían capaces, dice la FAO, de alimentar seis veces a su población de 1975, calculada en ese entonces en 216 millones de habitantes; con un nivel intermedio de insumos (alrededor de 80 kilogramos por hectárea en cultivo de cereales), la capacidad sería para alimentar 24 veces esa población, y con una agricultura altamente tecnificada e intensiva (cerca de 160 kilogramos por hectárea de fertilizantes en cultivo de cereales) tendría capacidad para alimentar una población 57 veces superior. Claro, añade FAO, que eso obligaría a convertir más de la mitad de los 943 millones de hectáreas de bosques y matorrales, lo que no sólo es indeseable, sino poco probable.102 El mismo estudio señala que ningún país de Sudamérica se encuentra en situación crítica de producción de alimentos a ningún nivel de insumos (bajo-intermedio-alto). Sin embargo, esto no quiere decir que no haya áreas críticas: éstas existen en algunas zonas del Caribe y del interior de Brasil; pero en su mayoría se localizan en las zonas andinas, caracterizadas por su alta vulnerabilidad a la desertificación y la degradación de suelo y una aguda escasez de leña para combustible.103

Las tierras arables representan aproximadamente 8.5% de la superficie de la región104 con variaciones acentuadas; así, por ejemplo, en el Caribe las tierras arables representan 25.9% de la superficie caribeña, mientras que en los países andinos el porcentaje es de sólo 5%. En todo caso los suelos que realmente ofrecen un potencial agrícola representan alrededor de 16% de la superficie total.

Algunas estimaciones señalan que la superficie cultivable de América Latina podría ampliarse hasta alcanzar entre 27% y 32% del total; sin embargo, esta ampliación de tierras cultivables se haría a costos crecientes. Hay que distinguir entre la incorporación propiamente dicha de nuevas tierras y la recuperación de tierras degradadas. Por ejemplo, se calcula que la incorporación de tierras en áreas desérticas costaría alrededor de 20 000 dólares por hectárea; pero la recuperación de terrazas y bancales abandonados en las zonas andinas altas de Perú y Bolivia sería del orden de los 2 000 dólares por hectárea, y un costo similar tendría la recuperación de tierras salinizadas en las áreas costeras regadas del Perú.

Actualmente 8.7% de la tierra de la región está bajo cultivo y, a pesar de que no existen limitaciones importantes desde el punto de vista físico o químico, las limitaciones de agua en zonas áridas y semiáridas frenan los intentos de expansión de la agricultura. Esta situación es característica de México, cuyas zonas áridas y semiáridas serían perfectamente aptas para la agricultura si se dispusiera de riego.

Uno de los problemas ambientales importantes de la región está asociado a la expansión de la economía ganadera y la consiguiente conversión de suelos con cultivos tradicionales a la producción de alimento para ganado (soya y sorgo) y la conversión forestal a pastizales. Entre 1970 y 1987 las tierras para cultivo y pastoreo aumentaron en 70 millones de hectáreas. Las dedicadas a pastoreo aumentaron a expensas de bosques nativos, que disminuyeron en aproximadamente 72 millones de hectáreas, equivalente a una reducción de 6.9% de los bosques existentes en 1970. Al ritmo actual de expansión de los pastizales se calcula que en el año 2000 los pastizales podrían cubrir más de un tercio de la superficie regional, es decir unos siete millones de kilómetros cuadrados.

La expansión ganadera se reflejaba, en 1989, en una población de 317 millones de cabezas de ganado vacuno, cifra que representaba 25% del total mundial. La ganadería es de por sí una actividad de fuerte impacto ambiental, en particular cuando se lleva a cabo en regiones tropicales y en laderas, como sucede en gran parte de la expansión ganadera de la región, que se ha realizado en áreas no siempre adecuadas para la ganadería. El fuerte impacto ambiental se acentúa por el bajo nivel tecnológico.

La erosión constituye una de las formas más serias y generalizadas de degradación de suelos --a la que no escapa América Latina--, que se acentúa por la expansión incontrolada de la ganadería en zonas no aptas y la extensión de la agricultura a zonas de laderas donde el fenómeno de la erosión adquiere, en particular en ciertos países, características graves, obligando a abandonar extensas áreas. Por ejemplo, en El Salvador y República Dominicana las tasas de erosión, medidas por el transporte de sedimentos, fluctúan entre 190 y 346 toneladas anuales por hectárea, lo que implica que en el plazo de diez años esas tierras pierden toda posibilidad de uso agrícola.

La erosión es un problema de cierta gravedad en México: 154 millones de hectáreas están afectadas por diversos grados de erosión, cifra que representa 78.3% del territorio nacional, 23.4 millones de hectáreas con erosión severa y 6.5 millones muy severa. Los fenómenos de erosión en México tienen características bien diferenciadas: en los estados áridos del norte es eólica y en el sur, hídrica. Entre los primeros, los más afectados son Sonora con 17.9% del suelo con erosión severa, Baja California Sur con 30.2% y Chihuahua con 8.5%. Oaxaca sufre erosión severa en 20% de su territorio, Tlaxcala en 19.3% y Guanajuato en 12.5%. Se calcula que la pérdida de suelos por hectárea en el país es en promedio de 2 754 toneladas, que a su vez originan 535 millones de toneladas de sedimentos, 69% de los cuales se descargan en los océanos y 31% se deposita en los embalses y presas.105

Chile es otro país con serios problemas de erosión de tierras, que ha sido particularmente estudiado en lo que se denomina la Cordillera de la Costa, que sufre problemas de erosión desde los primeros tiempos de la conquista española por conversión de áreas de montaña a ganadería, extracción de leña para combustibles, uso indiscriminado del fuego y conversión a uso cerealero y hortícola. De 2.5 millones de hectáreas entre el río Aconcagua en el norte, y el Bio Bio en el sur, que abarcan nueve provincias, o las regiones V a VIII de la actual distribución regional del país, 72.5% sufren erosión moderada o severa, es decir una tercera parte de la Cordillera de la Costa. En 1979 se calculaba que 60% de las tierras cultivadas en zonas con pendientes superiores a 10% habían perdido entre 40% y 100% del suelo productivo por erosión, principalmente hídrica.106

Es notable la tendencia de la agricultura latinoamericana a la acentuada reducción de cultivos destinados al suministro local de alimentos en forma directa y su reemplazo por plantaciones o cultivos de exportación, producción de forraje o de cultivos orientados a producir alimentos balanceados. Este uso del suelo responde a una doble dinámica: por un lado, la incorporación de patrones de consumo que privilegian la proteína animal frente a la vegetal, y por otro, la necesidad de aumentar los volúmenes de exportación como alternativa frente al constante deterioro de los precios de materias primas agrícolas en los mercados internacionales. El énfasis en aumentar los cultivos de exportación se acentúa con el problema de la deuda externa y las políticas de ajuste estructural, que privilegian las actividades de exportación.

La prioridad de los cultivos de exportación se revela también por el uso de fertilizantes. El 77% del consumo latinoamericano de fertilizantes se concentra en cereales, caña de azúcar y oleaginosas. En términos de expansiones tratadas con fertilizantes, el primer lugar le corresponde a la caña de azúcar, seguida de la soya, los cítricos, los plátanos, hortalizas, papas y cereales. En Ecuador los principales usuarios de fertilizantes son el plátano y la caña de azúcar, mientras que el café y la caña de azúcar lo son en Perú y Brasil.107 Esto explica hechos aparentemente extraños, como que el consumo de fertilizantes en Barbados era en la década de los ochenta de 182 kilogramos por hectárea y en El Salvador de 102 kilogramos por hectárea en circunstancias que en Argentina era de sólo 3 kilogramos por hectárea.

Otra tendencia importante es la paulatina capitalización de las grandes explotaciones agropecuarias o, si se quiere, lo que se llama modernización agrícola y que va transformando la hacienda tradicional mediante prácticas intensivas en el uso del capital y los insumos industriales, creciente tecnificación tanto en las fases de cultivo como de preparación, cosecha y poscosecha, creciente especialización, etc. La mecanización agrícola, medida por la cantidad de hectáreas de tierra arable por tractor, fue muy rápida en el periodo 1965-1981; según la FAO el número de tractores prácticamente se duplicó, alcanzando casi el millón de unidades con aumentos notables en algunos países. Por ejemplo, en Venezuela se pasó de un tractor por cada 399 hectáreas en el primer quinquenio de los sesenta a un tractor por cada 94 hectáreas en 1982, mientras que en México había en 1982 un tractor por cada 148 hectáreas, comparadas con un tractor por cada 346 hectáreas veinte años antes.

La creciente especialización lleva a una simplificación ecosistémica que favorece procesos de deterioro y al mismo tiempo incrementa aceleradamente los riesgos frente a plagas, enfermedades o fenómenos climáticos.