CONTROL DE PLAGAS Y PLAGUICIDAS

Entre los factores limitantes de la agricultura figuran los insectos, las enfermedades, las malezas, los roedores y los pájaros, que afectan tanto a la producción vegetal como animal. No es sólo que insectos, enfermedades o malezas actúen como factor limitante de la producción agrícola, sino también que su inesperado desarrollo masivo en forma de plaga puede, en pocas horas, destruir cultivos o cosechas completas. Las plagas constituyen un permanente riesgo latente y han sido un hecho recurrente en la historia de la agricultura.

Entre las plagas más recientes se recuerda la de 1970, que destruyó un sexto de las cosechas norteamericanas de maíz; en 1980 fue el turno de Java, que vio sus cosechas reducidas en más de 70% por la acción del «brown planthoppers». África y Asia occidental sufren periódicamente las plagas de la langosta del desierto, que en condiciones de humedad favorables se reproduce en grandes cantidades y si se ven favorecidas por vientos tibios recorren a gran velocidad miles de kilómetros, formando nubes compuestas por más de 400 millones de insectos, cada uno de los cuales come diariamente un volumen de vegetación equivalente a su propio peso.

La FAO estima que las pérdidas en la producción agrícola mundial causadas por diferentes plagas fluctúan entre 20% y 40%, y que por lo menos 10% de las cosechas es destruido por roedores e insectos en sus lugares de almacenamiento. Su magnitud varía de región a región, de año en año, y según el tipo de cultivo y el tipo de plaga como factor causal. Así, por ejemplo, en el arroz las pérdidas se calculan en 46%. De este porcentaje 58% se debe a insectos y el resto a enfermedades y malezas. En el trigo, las pérdidas alcanzan 23.9%, siendo 41% imputable a malezas y 20% a insectos. En el caso de la soya, cuyas pérdidas alcanzan 29.1%, 46% se debe a malezas y 15% a insectos. En cambio, en los cultivos de papas, en los que las pérdidas ascienden a 32.3%, éstas se imputan en 67% a enfermedades y en 33% a malezas e insectos.82 Según la FAO los productores mundiales de papas gastan aproximadamente 1 600 millones de dólares para combatir el hongo que causó el desastre de las cosechas de papa, y la consiguiente famosa hambruna de Irlanda en 1840.

Sólo las enfermedades implican pérdidas calculadas en 90 mil millones de dólares, concentradas en las frutas y legumbres, los cultivos de café, té y el arroz, si bien en términos de volumen las mayores pérdidas ocurren a las papas, 21% de la producción potencial, la caña de azúcar y la remolacha, las frutas y las legumbres.

La magnitud de las plagas varía entre regiones, en particular entre templadas y tropicales o subtropicales. Se ha señalado que un cultivo en los países en desarrollo compite al menos con 10 a 50 variedades diferentes de malezas. Para combatir las plagas, la agricultura tradicional ha aplicado diversas prácticas: rotación de cultivos, combinaciones de cultivos, desarrollo de variedades más resistentes, uso de plaguicidas naturales, como el uso en India de las semillas de neem para proteger tanto los cultivos como los granos almacenados.

Las mayores pérdidas se registran en Asia y África, alcanzando 43.3% y 41.6% del valor potencial de sus respectivos cultivos. Las menores pérdidas se dan en Europa, donde es de 26% del valor potencial de los cultivos. Las mayores causas son las plagas de insectos, con 11.3% y las malezas las menores con 9.7%. Los tipos dominantes de plaga también varían de región en región y dependen sobre todo del tipo dominante de cultivo. En África, las malezas son la principal causa de pérdidas, mientras que las enfermedades son las más importantes en América Latina. Los insectos causan las mayores pérdidas en el arroz y el cacahuate, dominantes en Asia, mientras que las enfermedades son limitantes importantes en el plátano, la yuca y las papas, importantes en América Latina; finalmente las malezas son una amenaza constante para el sorgo, el maíz y la soya. Obviamente, esto no quiere decir que la mayor exposición a una plaga evite la vulnerabilidad a otras. Así, las malezas son también un factor limitante importante en el cultivo de arroz, mientras que las enfermedades son un riesgo permanente para la soya.83

Pérdidas por pestes en los mayores cultivos mundiales

Pérdidas (%)

Cultivo

Insectos

Enfermedades

Malezas

Total

Arroz

26.7

8.9

10.8

46.4

Trigo

5.0

9.1

9.8

23.9

Maíz

12.4

9.4

13.0

34.8

Sorgo/mijo

9.6

10.6

17.8

38.0

Papa

6.5

21.8

4.0

32.3

Yuca

7.7

16.6

9.2

33.5

Patata dulce

8.9

5.0

11.7

25.5

Tomates

7.5

11.6

5.4

24.5

Soya

4.5

11.1

13.5

29.1

Maní

17.1

11.5

11.8

40.4

Aceite de palma

11.6

7.4

9.6

28.6

Copra

14.7

19.3

10.0

44.0

Semillas de algodón

11.0

9.l

4.5

24.6

Plátanos

5.2

23.0

3.0

31.3

Cítricos

8.3

9.5

3.8

21.6

 

Fuentes: S.H. Wittwer, «An assessment of future technological advances in agriculture and their impact on the regulatory environment», en Critical food issues of the eighties, de M. Chou y D.P. Harmon, Pergamon Press, Nueva York, Oxford, 1979.

 

El uso de substancias químicas como forma de controlar plagas y enfermedades data de la antigüedad; en el 2500 a.C., los sumerios usaban compuestos de azufre para controlar plagas de insectos, los chinos usaban el mercurio, y tanto Aristóteles en la antigua Grecia como Catón en Roma describen formas de fumigación y ungüentos a base de azufre. Sin embargo, el uso amplio de pesticidas se inició sólo en el siglo XVIII con base en extractos de piretrum y sulfato de cobre, compuestos de cobre y arsénico, o compuestos de arsénico y plomo. A comienzos de este siglo el azufre, el cobre y determinados venenos como la nicotina y el arsénico eran de uso habitual en los cultivos de alto valor comercial: frutas, flores, plantas de invernaderos, etc. El gran salto en el uso de compuestos químicos ocurrió con la segunda guerra mundial, tanto es así que en la inmediata postguerra se usaban en forma masiva compuestos organoclorados como DDT, lindano y dieldin entre los insecticidas y herbicidas como el 2, 4-D y el 2,4,5,-T; estos compuestos fueron luego sustituidos por los organofosfatos, los carbonatos y una gama cada vez más amplia de herbicidas y fungicidas sintéticos.

Pérdidas mundiales por enfermedades estimadas en 1987

Producción

Pérdidas

Cultivo

Millones tons.

%

Millones tons.

Miles de millones (dls.)

Trigo

517

9.1

64.7

8.6

Arroz

454

8.9

77.1

12.5

Maíz

457

9.4

68.2

6.7

Otros cereales

359

8.6

43.8

5.0

Papas

285

21.8

93.4

7.2

Caña/remolacha

1 217

16.5

406.7

8.1

Legumbres

421

10.1

64.8

14.2

Fruta/uva/cítricos

326

16.4

74.8

15.2

Café/té

11

14.9

2.9

3.7

Oleaginosas

134

10.2

19.0

4.5

Fibras/ind.

27

11.8

4.7

4.5

Valor total de las pérdidas en dólares (miles de millones):

90.2

 

Fuentes: W.C. James, P.S. Teng y F.W. Nutter, «Estimated losses of crops from plant patogens», CRC Handbook of Post Management, de D. Pimentel, D. CRC Press, Boca Ratón, Fl., 1991.

 

En la agricultura moderna, desempeñan un papel importante los pesticidas de diferentes tipos: fungicidas, insecticidas y herbicidas, entre otros, cuyo consumo se ha multiplicado por un factor de 32 entre 1950 y 1986, con un aumento muy grande en los países en desarrollo que actualmente son responsables por 25% de ese consumo, con un total de 530 000 toneladas en términos de ingredientes activos, volumen inferior en 90 000 toneladas al de 1980; la caída fue causada en gran parte por la crisis de la deuda externa, que limitó seriamente las posibilidades de importación y, en parte, por la reducción de los subsidios gubernamentales al uso de agroquímicos.

 

Subsidios gubernamentales al uso de pesticidas 1980-1985

Subsidio como % del costo
total pagado por el gobierno

Costo total para el gobierno
Millones de dólares

China

19

285

Colombia

44

69

Ecuador

41

14

Egipto

83

207

Ghana

67

20

Honduras

29

12

Indonesia

82

128

Senegal

89

4

 

Fuentes: R. Repetto, Paying the price, pesticide subsidies in developing countries, World Resources Institute, Washington, D.C., 1985.

 

El consumo de plaguicidas se expandió muy rápidamente entre 1960 y 1980, sobre todo en la década de los sesenta, cuando registró una tasa de crecimiento de 12% promedio por año; a comienzos de la presente década (1990), el mercado se expandía a tasas de entre 3% y 4% anual promedio. En la década de los ochenta, algunos países experimentaron expansiones muy fuertes, en gran parte estimuladas por generosos subsidios gubernamentales; por ejemplo, entre 1980 y 1985, el consumo de plaguicidas aumentó en Sri Lanka 14%, en Paquistán 20% y en Indonesia 30%. Estos subsidios, que en algunos casos alcanzaron 89% del precio de venta, toman la forma de tasas de cambio preferenciales, reducción o aun exención impositiva, líneas de crédito fáciles y favorables o ventas a precios bajos por parte de agencias gubernamentales.

El principio básico de estos compuestos químicos reside en su toxicidad con respecto al menos de uno de los objetivos (tipo de insecto, de maleza, etc.); pero como el grado de especificación de tales compuestos no es preciso, ellos son también tóxicos para otras especies o alteran su comportamiento. Estos objetivos no deseados son muchas veces fundamentales para el proceso agrícola o para las funciones biológicas de la tierra.

De especial importancia son los hidrocarburos clorados, tales como DDT, dieldrin, toxafeno, etc. Estos compuestos presentan tres características importantes: su tendencia a la biomagnificación, su persistencia y su movilidad. La biomagnificación se produce por el incremento de concentración química a medida que se sube en las cadenas tróficas. Así, un compuesto que no es tóxico a los niveles más bajos de la cadena, adquiere en los niveles más altos, debido a su concentración progresiva, características tóxicas e incluso letales, aun cuando su medio ambiente presente niveles de concentración muy bajos.

La movilidad de los compuestos determina dificultades en su control. Algunos de sus componentes son volátiles y otros son arrastrados por las corrientes de agua junto con las partículas de tierra erosionada. No es raro así encontrar restos de plaguicidas, como contaminantes, a grandes distancias del lugar en que se aplicaron.

La persistencia en el tiempo, y la no biodegradabilidad, refuerza los problemas de biomagnificación mencionados, sobre todo en periodos de tiempo relativamente largos. Los pesticidas que no se pierden por volatilización o en las aguas de escorrentía entran en el suelo, donde son degradados, percolan hacia las aguas subterráneas o quedan en el suelo, contaminándolo. El tiempo de degradación varía apreciablemente según los compuestos y las características del suelo: por ejemplo, en suelos orgánicamente ricos la persistencia es mayor que en suelos arenosos. En particular, los organoclorados pueden persistir en los suelos por décadas. Por otra parte, es frecuente que los productos de la degradación sean también tóxicos. Así, el principal metabolito del DDT es el DDE, cuya estabilidad es tan grande que en estudios de campo fue imposible determinar su tiempo de pérdida de toxicidad, en otros estudios se le calculó una pérdida de efectividad de 50% entre los 12 y los 50 años en suelos cultivados.84 Algunos expertos son de opinión que, aun cuando el uso del DDT se ha interrumpido, los residuos de sus componentes activos permanecerán en los organismos del suelo aun por muchas décadas, afectando por lo tanto a los predadores. Además, se ha demostrado que la persistencia del DDT en los suelos se extiende apreciablemente si el pesticida es mezclado con el suelo: el tiempo requerido para que desaparezca 90% puede ser de 1 a 2 años si queda en la superficie donde ha sido aplicado, pero se extiende de 25 a 40 años cuando se mezcla con el suelo.85

El problema del desarrollo de resistencia en los insectos y plantas atacadas por el pesticida ha adquirido caracteres alarmantes. Hoy es corriente ver que una maleza suceda a otra, o que un insecto reemplace a otro o, por último, que una especie desarrolle resistencias a determinados compuestos. La descarga masiva, la persistencia y la concentración de compuestos tóxicos en el ambiente natural van creando mecanismos de adaptación en insectos, malezas o bacterias.

Persistencia de insecticidas organoclorados en el suelo
(Compilado por Metcalf, 1976)

Insecticida

50% pérdida de toxicidad
núm. de años

95% pérdida de toxicidad
núm. de años

DDT

3-10

4-30

Aldrin

1-4

1-6

Chlordane

2-4

3-5

Dieldrin

1-7

5-25

Endrin

4-8

ND*

Heptachlor

7-12

3-5

Lindane

2*

3-10

Toxaphene

10

ND*

 

Fuentes: IUCN.

 Nota: *N.D. No determinado.

 

El tema no es nuevo, en el valle de Cañete en Perú, el proceso se estudió por un periodo de veinte años en los cultivos de algodón. A partir de 1949, se empezaron a utilizar hidrocarburos clorados, y su aplicación redundó en aumentos importantes de productividad (20%) pero, con la eliminación de los controles biológicos naturales, aparecieron nuevas plagas y, al mismo tiempo, las pestes atacadas desarrollaron resistencias especialmente al DDT y al dieldrin. La respuesta fue una utilización más intensiva de fertilizantes con el único resultado de aumentar violentamente los costos en circunstancias que la productividad se reducía a niveles inferiores al de 1949.

Otro caso estudiado a través de una secuencia de casi treinta años, es el de Egipto. Los pesticidas han sido una práctica corriente en la agricultura egipcia, registrando volúmenes anuales de 30 000 toneladas de consumo de productos importados a un costo de 100 millones de dólares. El 70% de este consumo es en los cultivos de algodón, donde fue paulatinamente creando resistencia en las diferentes plagas. El primero de los pesticidas para el cual se detectó resistencias fue el toxafeno, en 1961, cuando fue reemplazado por el endrin, resistencia al que se registró en 1981. La resistencia al carbaryl se detectó en 1965 y al DDT en 1968. El cuadro siguiente ilustra la situación, señalando los volúmenes consumidos, el periodo durante el cual cada pesticida fue utilizado y el año en que se constata la resistencia del producto.

Volumen de principales insecticidas utilizados en Egipto
y año en que se detecta resistenca al mismo
(Toneladas métricas)

Producto

Total de insecticidas

Años de consumo

Año en que se

Tozaphene

54.000

1955-1961

1961

Endrin

10.500

1961-1981

1972

DDT

13.500

1952-1971

1968

Lindane

11.300

1952-1978

1971

Carbaryl

21.000

1961-1978

1965

Trichlorofon

6.500

1961-1970

1967

 

Fuentes: H. El Sebae, op. cit.

 

Frente a esta situación el Ministerio de Agricultura adoptó, en 1969, la solución desesperada de utilizar insecticidas que no habían sido aún registrados en los países de origen. Egipto asumió el riesgo de usar pesticidas sintéticos que aun no habían sido aprobados en los países productores de origen, transformándose de hecho en un campo de experimentación, un laboratorio para las industrias de los países desarrollados.86 Por otro lado, no existe garantía alguna de que no se generen resistencias también a los nuevos compuestos. Más aun, diferentes informes y la opinión de diversos expertos señalan que tal fenómeno es prácticamente inevitable.

Hoy más de 520 insectos, 150 especies de enfermedades de plantas y cerca de 110 malezas son resistentes a plaguicidas, fungicidas o herbicidas. Antes de 1970, no se habían detectado resistencias en las malezas, las resistencias en insectos y enfermedades de plantas si bien se detectaron hace ya varias décadas, los aumentos se manifiestaron en forma alarmante a partir de la década de los cincuenta en el caso de plagas, y de los setenta para las enfermedades de plantas.

Las técnicas de aplicación acrecientan los problemas de costos, ineficiencia y ambientales del uso de plaguicidas. El caso se ilustra con la fumigación aérea. En los estudios realizados en California, se determinó que más de 40% del plaguicida aplicado caía fuera del área objetivo, 15% fuera del cultivo objetivo, 41% fuera del insecto objetivo y para aquel 4% remanente que cae en las proximidades del insecto objetivo 75% no entra en contacto con él. Menos de 1% del plaguicida total aplicado es absorbido por el insecto a través de su sistema respiratorio, o digestivo,87 además se ha señalado que solamente 0.03% de los insecticidas aplicados son absorbidos por los insectos que atacan los cultivos de frijoles y 0.02% por los insectos que devastan los cultivos de cacao.88

Actualmente, más de 700 plaguicidas se comercializan. En 1988, el valor de sus ventas mundiales fue de aproximadamente 20 500 millones de dólares. El mayor consumidor es Estados Unidos seguido de la Unión Europea. Japón es el país que tiene la mayor intensidad de consumo de pesticidas por unidad de tierra cultivada. En general, los países en desarrollo representan alrededor de un cuarto del consumo mundial de pesticidas. Sin embargo, es preciso hacer distinciones por tipo de pesticidas y por cultivo. Así, los herbicidas dominan el mercado europeo y norteamericano, pero en el resto del mundo son los insecticidas el rubro más importante, por ejemplo son 76% del mercado de plaguicidas en Asia Oriental. Ciertamente hay excepciones; por ejemplo, Malasia es la excepción en los países en desarrollo por el elevado consumo de herbicidas que representa, entre 70% y 85% de su consumo total de plaguicidas.

Esto se entiende por dos razones. La primera es que los herbicidas son básicamente una tecnología ahorradora de mano de obra, de manera que mientras en los países del Sur exista una mano de obra agrícola a bajo costo, se preferirá la alternativa tradicional de desmalezar antes que usar herbicidas. Además, la tarea de desmalezar es frecuentemente una labor desempeñada por las mujeres, generalmente peor pagadas que los hombres, con lo cual la mano de obra para las tareas de desmalezar tiene un costo monetario aun menor. No sucede lo mismo en los países desarrollados donde la mano de obra agrícola escasea y es cada vez más cara. Este aspecto se revela en toda su magnitud, si se considera que en 1933 desmalezar una hectárea de algodón, usando herramientas manuales, requería 200 horas/hombre; en 1985 mediante herbicidas, defoliadores y extracción mecánica, la demanda de mano de obra se había reducido a 50 horas/hombre. Para el caso del maíz, en el mismo periodo de tiempo, los requerimientos de mano de obra se redujeron de 135 a 22 horas/hombres y para el cacahuate de 190 a 40 horas/hombre.89

La segunda razón es que los peores daños que afectan a la agricultura tropical y, en general, a los países del Sur, son provocados por insectos. Algunos valores de estas pérdidas se indican en el cuadro siguiente:

Pérdidas estimadas causadas por insectos en
cultivos tropicales

Kimbombo (okra)

40%

Algodón

38%

Yuca (mandioca-casabé) (mealybug)

38%

Yuca (mandioca-casabé) (green mite)

30%

Patata dulce

27%

Sorgo

26%

Garbanzo

25%

Maíz

25%

Arroz

20%

Caña de azúcar

15%

Coco

12%

Trigo

10%

Café

8%

 

Fuentes: P.T. Walker, «Losses in yield due to pests in tropical crops and the value in policy decision making», Insect. Sci. Applic, 8, pp. 665-71, 1987.

 

 

Una de las características del mercado de plaguicidas es su gran concentración en pocos productos: más de 50% de los plaguicidas se aplican a trigo, maíz, algodón, arroz y soya, mientras que en los países en desarrollo el mayor consumo se da en los cultivos de plantación: caña de azúcar, café, cacao, piña y palma de aceite. Estados Unidos es el mayor consumidor de plaguicidas en maíz y soya.

El rubro de mayor consumo en los países en desarrollo es el de los insecticidas, donde representan 50% del consumo total mundial, mientras que en el caso de los fungicidas es de 20% y es de sólo 10% en los herbicidas. Asia oriental, incluyendo China, representa 38% del consumo de pesticidas de los países en desarrollo, mientras que América Latina absorbe 30%, al Oriente Medio y África del Norte corresponde 15%, a la vez que Asia meridional representa 13%, siendo el consumo más bajo el que se registra en África subsahariana con apenas 4% del consumo del mundo en desarrollo.

En América Central la aplicación masiva e indiscriminada de pesticidas sigue creando diversos problemas ambientales, incluyendo la mencionada resistencia a los compuestos químicos, la reaparición y propagación del vector de la malaria y el aumento de pestes (o la aparición de nuevas) a consecuencia de la eliminación de predadores y parásitos naturales.

La resistencia que se desarrolla a los plaguicidas determina su obsolescencia, si bien muchos de ellos se siguen usando por falta de información y control de los usuarios, el abuso de los productores y distribuidores es cada vez mayor, así como el volumen que se acumula. La FAO señala que solamente en África existen entre 20 000 y 30 000 toneladas de plaguicidas obsoletos cuya destrucción costaría más de 150 millones de dólares.90

Consumo mundial de plaguicidas según cultivo

Maíz

11%

Algodón

11%

Arroz

12%

Soya

9%

Trigo

10%

Frutas, hortalizas y viñas

26%

Remolacha azucarera

4%

Otros

17%

 

Fuentes: British Agrochemicals Association (BAA), Annual report and handbook 1988/89, BAA, Peterborough, 1989.

 

Pimentel resume el fenómeno de creciente ineficacia y costos crecientes del uso de plaguicidas para el caso norteamericano. Para los pesticidas se observa que, en circunstancias que el costo aumentó de 1 900 millones de dólares en el periodo 1941-1952 a 7 200 millones de dólares en 1974 el porcentaje de pérdidas causado por insectos casi se duplicó al pasar de 7.1% a 13%, lo mismo sucede, si bien en forma menos acentuada, en los casos de pestes por enfermedades y maleza. En general, el costo de control de plagas aumentó, en el periodo señalado, de 8 400 millones a 18 200 millones de dólares mientras que las pérdidas, lejos de reducirse, aumentaron de 31.4% a 33% equivalentes a una producción potencial de 55 000 millones de dólares, es decir, prácticamente el doble de la producción potencial, o no lograda por causa de pestes en el periodo 1941-1951 estimada en 26 700 millones de dólares. La situación es particularmente grave para los insecticidas cuyo costo de protección se incrementó 3.8 veces, al paso que las pérdidas de la producción potencial se duplicó.

Un problema adicional deriva del amplio espectro de la toxicidad de los compuestos químicos, los plaguicidas son poco selectivos, o non target specific, lo que quiere decir que una serie de insectos, animales pequeños, pájaros, plantas y microorganismos, son atacados por los plaguicidas en la misma forma que el insecto-plaga-objetivo, la enfermedad-objetivo o la maleza-objetivo. Entre los afectados se encuentran predadores, los cuales sufren en mayor medida el efecto destructivo del plaguicida por el fenómeno de biomagnificación que acumula y concentra conceptos tóxicos en especies superiores. La destrucción de éstos es además más grave porque es de más lenta recuperación: generalmente se reproducen menos en periodos más largos y su desarrollo es más lento que la especies ubicadas más abajo en la cadena trófica. La desaparición de depredadores asociada a la resistencia, favorece la reaparición de pestes con características más virulentas, por haber desaparecido los controles naturales de las mismas, o por la aparición de nuevas pestes, previamente controladas por mecanismos naturales que se rompen por efecto de los pesticidas. Por ejemplo, un determinado organismo estaba controlado por su depredador natural y este último sufre los efectos de la aplicación de pesticidas para controlar otra peste determinada. La reducción de la población de depredadores y eventualmente su desaparición facilitan la reproducción y desarrollo de una peste que antes había estado controlada por leyes naturales. Lo mismo puede suceder con la destrucción de los hábitats naturales de los predadores. Se ha señalado que la deforestación, en ciertas áreas de África occidental, ha ido asociada con el aumento de la mosca tse-tse, la razón es que la desaparición del bosque elimina el hábitat del predador de la tse-tse, lo cual permite el desarrollo de esta última.

Costos para la agricultura norteamericana del control y
pérdidas de cultivos causados por pestes
(Miles de millones de dólares)

Insectos

Enfermedades

Malezas

Pérdida total

Producción potencial

($)

(%)

($)

(%)

($)

(%)

($)

(%)

($)

1974

7.2

13.0

6.6

12

4.4

8.0

18.2

33.0

55

1951-1960

3.8

12.9

3.6

12.2

2.5

8.5

9.9

33.6

29.5

1942-1951

1.9

7.1

2.8

10.5

3.7

813.8

8.4

31.4

26.7

 

Fuentes: Pimentel et al., «Socio economic and legal aspects of pest control», en Pest Control Strategies, Academic, Nueva York, 1978.

 

Los costos crecientes, la ineficacia del sistema y los problemas conexos de riesgos para la salud humana y animal son argumentos de gran importancia que explican la reducción en el ritmo de crecimiento del uso de plaguicidas y los argumentos en favor de la gestión integrada del control de plagas y pestes. Este enfoque reconoce que el sistema natural puede, y debe, desempeñar un papel mucho más importante en el control de pestes: depredadores naturales y parásitos tienen en el sistema natural una función clara. Su eliminación debida al empleo indiscriminado de pesticidas altera los mecanismos de regulación naturales del sistema con impactos negativos sobre el sistema natural y consecuencias ecológicas (pérdida de diversidad biológica), económicas y sociales.

Los principios de selectividad ecológica y de control biológico, la selección de variedades genéticas resistentes y el estudio de la dinámica de las pestes, deben formar parte de la práctica agrícola. Este control integrado se traduce también en una reducción importante en el consumo de pesticidas. La FAO ha señalado que este tipo de gestión integrada en ciertas áreas algodoneras de Nicaragua y Estados Unidos han permitido reducir la cantidad de pesticidas en 50%, es decir, las ventajas son tanto de orden ambiental como económico.91

El control integrado de plagas considera plantas y pestes como partes integrantes del ecosistema y busca el uso y la combinación de factores naturales que limitan la emergencia de pestes junto con prácticas agrícolas, recurriendo lo menos posible, y en forma selectiva o en casos extremos, al uso de agroquímicos. Un sistema integrado de control de plagas incluye: la rotación de cultivos, el inter-cropping, los controles biológicos, así como la introducción de enemigos naturales de la plaga, el uso de biopesticidas, el estudio de las poblaciones y sistemas precautorios integrados a programas de salud. Egipto ha desarrollado una gran campaña para introducir el control integrado de plagas, y ha sido difundido como ejemplo exitoso, tanto ecológico como económico, dicho sistema para combatir plagas y enfermedades en los cultivos de arroz de Indonesia.

La mayor dificultad que ha encontrado el desarrollo del control integrado de plagas es que, por ser un sistema intensivo en uso de conocimientos, requiere de programas de capacitación rural especiales que lleguen a amplios sectores de la población del campo. El programa de FAO para el control integrado de plagas en los cultivos de arroz en Asia, que suele señalarse como muy exitoso, revela al mismo tiempo la magnitud de la tarea emprendida: hasta mediados de la década de los noventa el programa ha capacitado a 600 000 campesinos arroceros en Asia, los que han reducido en más de 70% el consumo de plaguicidas, aumentando al mismo tiempo la producción y reduciendo los costos medios. FAO espera capacitar más de un millón de campesinos para fines de siglo; sin embargo, el número de campesinos involucrados en el cultivo del arroz en Asia se calcula en cerca de 90 millones.

En América Latina el consumo de plaguicidas se incrementó mucho, a una tasa de 8.4% anual, durante los setenta, y a mediados de los ochenta representaba cerca de 36% del consumo de plaguicidas del mundo en desarrollo, mientras que África representaba 16% y Asia 34%. Al igual que en el caso de los fertilizantes, el consumo de plaguicidas en América Latina, y en general el mundo en desarrollo, tiende a concentrarse en los cultivos de exportación: el uso de plaguicidas en los cultivos alimentarios de África es insignificante, en Indonesia los cultivos de exportación (coco, café, caña de azúcar y caucho) consumían veinte veces la cantidad de plaguicidas usados por los productores de alimentos para los mercados locales, a pesar de que estos últimos cubrían una superficie cultivada siete veces superior a la de las plantaciones.92 El uso de herbicidas en Malasia, señalado anteriormente, se explica por el hecho de que se utilizan en las dos principales plantaciones de exportación: caucho y palma de aceite, que cubren casi 70% de la superficie arable del país.

En América Latina el gran consumidor es el algodón, que consume cuatro veces más que las frutas, el café, las papas y la caña de azúcar. En la década de los setenta, el algodón concentraba 39.6% de los consumos de plaguicidas en la región,93 y los cultivos de algodón de El Salvador llegaron a representar 20% de todo el parathion consumido en el mundo.94 El 49% de los plaguicidas usados en la región corresponde a insecticidas, 27% a herbicidas y 24% a fungicidas. Los primeros dos se expandieron a tasas más altas: 9.1% y 13.9%, respectivamente. La expansión del uso de herbicidas en América Latina está correlacionada con la mayor superficie cultivada con soya, que aumentó en la década de los setenta a una tasa anual de 25.9% y fue responsable por 62% de los incrementos de tierra cultivada en la región en esa década.

El uso de plaguicidas en América Latina, y en particular en las plantaciones de Centroamérica, está relativamente documentado. En Costa Rica se usan actualmente no menos de 700 formulaciones de plaguicidas que contienen cerca de 200 diferentes ingredientes activos registrados. De los plaguicidas importados en 1989 por Costa Rica 35% correspondían a herbicidas, 33% a insecticidas y 28% a fungicidas, el 4% restante corresponde a otros pesticidas y reguladores. Nueve ingredientes representan más de 50% de los plaguicidas aplicados en Costa Rica: paraquat, aldicarb, propanil, cobre, glyfosato, mancozeb, metil bromuro. Los DDT fueron prohibidos en 1988 y el endrin en 1991; sin embargo, en las plantaciones de café se utilizan dos fungicidas prohibidos en la mayor parte de los países: arsenato de plomo y captafol. Los estudios de suelos realizado en Costa Rica señalan fuertes contaminaciones con cobre y paraquat. Los compuestos de cobre se usaron durante muchos años por United Fruit Co. (actualmente United Brands) para combatir la sigatoka en los platanares, las dosis aplicadas entre 1930 y 1950 fueron las más altas del mundo: el promedio era una aplicación de 5 kilogramos de cobre por hectárea, que se repetía entre 20 y 30 veces al año, de manera que los suelos recibían anualmente nada menos que de 100 a 150 kilogramos por hectárea. En los sesenta se empezó a notar clorosis en los cultivos de arroz de la región, causada por las elevadas acumulaciones de cobre. Los problemas derivados de la aplicación de cobre se conocen desde el siglo pasado, cuando se aplicaba a las viñas en Francia. El cobre tiene casi nula movilidad, de manera que queda en la capa de suelos entre los 5 y los 10 centímetros. El cobre se sigue usando en Costa Rica en los cultivos de café. Por lo que respecta al paraquat, un producto altamente persistente, se aplica en las plantaciones de café. La contaminación con plaguicidas en Costa Rica ha llegado a afectar la pesca; estudios realizados en el lago Arenal revelan elevadas concentraciones de lindano, dieldrin, aldrin y heptaclor en tilapia y carpa.95

Los controles biológicos, la técnica del macho estéril (que ha permitido controlar la mosca de la fruta en el Mediterráneo y diversas zonas de América Latina y Estados Unidos), la producción de insectos predadores de ciertas pestes, el desarrollo de biopesticidas y en general la aplicación de la biotecnología, ha abierto nuevas posibilidades al control de plagas, enfermedades y malezas. La utilización de genes de variedades de plantas silvestres, que se incorporan en cultivos, permite el desarrollo de nuevas variedades resistentes a diferentes plagas. Tal es el caso de variedades utilizadas en las plantaciones de café en Brasil o de maíz en México, donde material genético de variedades silvestres ha permitido incorporar resistencia a siete de las mayores enfermedades en los cultivos de maíz. Brasil ha desarrollado también biopesticidas para los cultivos de caña y soya, particularmente en este último: más de un millón de hectáreas de cultivo de soya es tratado con baculovirus (Bacillus-thuringiensis) a costos 75% inferiores a los del control químico.96 Siempre en Brasil se conocen usos de otros biopesticidas en el control de plagas de la caña de azúcar. En Colombia se recurrió a la micropropagación de variedades clonadas in vitro de yuca para recuperar las plantaciones de yuca en el valle del Cauca, destruidas por el «mosaico del caribe»; las nuevas variedades permitieron, además, incrementar la productividad entre 20% y 30%.97 Otros desarrollos biotecnológicos han permitido una variedad de papas resistente a la enfermedad que además estimula su crecimiento; y de cebollas que se deterioran o germinan lentamente después de haber sido cosechadas, reduciendo apreciablemente las pérdidas postcosecha y preservando la calidad del producto.