EL RIEGO EN AMÉRICA LATINA

EL RIEGO EN LA AMÉRICA PREHISPÁNICA.

En la América prehispánica tanto las culturas zapoteca, tolteca, maya y azteca, en lo que es hoy México, como las culturas chavín, pukara, tiwanaku, wari e inca en Perú, habían desarrollado complejos sistemas de riego. La presa prehispánica más antigua que se conoce data de comienzos del siglo VII a.C., es la Purrón en las proximidades de San José de Tilapa, cerca de 260 kilómetros al sureste de la Ciudad de México, al sur del Valle de Tehuacán. Es contemporánea de la presa de Marib en Yemen, de las del lago Van en Turquía y de los embalses asirios de Mosul en Irak. Más reciente, por lo tanto, que las presas de Java en Jordania (cuarto milenio a.C.); de Kafara en Egipto (2 600 a.C.) o las presas micénicas en Grecia. La presa de Purrón se colmató a fines del 700 a.C. y fue aumentada en diversas oportunidades; en el año 200 a.C. tenía una altura de 18 metros y una capacidad de embalse de 5.1 millones de metros cúbicos de agua.

En plena Ciudad de México, en el sector sur, conocido como «El Pedregal» y caracterizado por sus campos de lava, se puedan ver hoy las pequeñas presas de escollera construidas por los toltecas en el periodo Teotihuacan (500-1100 d.C).

Conviene recordar los sistemas de captación y almacenamiento de agua en la población zapoteca de Monte Albán, y el sistema de presas y muros de piedra en el 300 a.C. en Hierve el Agua (Oaxaca) que, siguiendo las curvas de nivel, permitían abancalar tierras formando parcelas regadas aptas para el cultivo.

Los sistemas de riego y gestión de aguas no fueron exclusivos de las regiones áridas y semiáridas de México. En la cultura maya se encuentran enormes obras hidráulicas cuyo objetivo era regular la escorrentía mediante el drenaje, en los periodos de lluvias, y almacenar agua para asegurar el suministro en los periodos de sequía, el sistema está formado por dolinas o fosas naturales complementadas con cisternas excavadas y numerosos embalses. El ejemplo más famoso es el Cenote Sagrado de Chichén Itzá y el mucho más reciente (600-900 d.C.) de Tikal en Guatemala, que llegó a tener una docena de embalses.

En la Verdadera historia de la conquista de la Nueva España Bernal Díaz del Castillo relata el asombro de la expedición de Cortés al llegar al valle de México y contemplar la ciudad de Tenochtitlan asentada en el medio del gran Lago Texcoco y su sistema de lagunas, comunicada con las otras islas y con el valle por un sistema de calzadas que eran en realidad diques de un complejo sistema hidráulico, y cuyas compuertas permitían por un lado regular los niveles de las diferentes partes del lago, y por otro el funcionamiento de la chinampa, sistema de agricultura intensiva que abastecía la capital, y que aún hoy se pueden apreciar en los jardines de Xochimilco. Entre estos diques destacaban algunos que tenían objetivos precisos. Por ejemplo, los dos diques de nueve y seis kilómetros de longitud, construidos en el periodo de Itzcóatl (1428-1440) para aislar la parte oriental del lago Texcoco, cuya agua era muy salina y su intrusión amenazaba las chinampas. Otros correspondían a las conducciones de agua de Chapultepec, renovadas por Moctezuma (1440-1469), y de Coyoacán, obra de Ahuitzótl (1486-1502). Estas obras fueron destruidas por Cortés en 1521, sin embargo, su importancia era tal que fueron reconstruidas hacia finales del siglo.

También sorprendieron a los conquistadores las obras hidráulicas y el sistema agrícola, que conectaban las provincias del enorme imperio Inca, en una geografía accidentada de montañas, desfiladeros, pantanos, llanuras, selvas, etc. A la llegada de los españoles, había ya un paisaje profundamente transformado por una gran diversidad de sistemas de riego adaptados a cada situación específica.

Los primeros sistemas hidráulicos de Perú datan de la cultura Chavín (500 a.C.). y su posterior desarrollo en la época Pukara (200 a.C.-200 d.C.). En estas culturas la gestión del agua estaba asociada a la estratificación social: por un lado los campesinos y por otro los especialistas encargados del riego, la predicción climática, los ciclos agrícolas y las ceremonias religiosas. Durante la cultura Pukara, la planificación hidráulica adquiere carácter político asociado al control de las nuevas áreas de cultivo y de la fuerza de trabajo campesina, adaptada a las características de cada región. Así en la costa se construyeron reservorios, acueductos y sistemas de canales, mientras que en la sierra eran importantes los sistemas de captación de aguas y la construcción de terrazas regadas. El sistema se fue haciendo desde tecnologías de riego sencillas de cultura en cultura, más complejo; por ejemplo con la cultura Moche la agricultura se extiende a la parte baja de los valles y un sistema de canales permite cultivar zonas alejadas de los ríos. Es notable de este periodo el sistema de acueductos subterráneos de la cultura Nazca en la costa sur. En el periodo Pukara se origina, en la región del lago Titicaca, la agricultura con sistemas de qochas o estanques, es decir el uso para fines de riego de depresiones naturales o artificiales, comunicadas por canales, alrededor de las cuales se cultivaba por el sistema de surcos. El almacenado de agua de las qochas se facilitaba por el escaso drenaje de la zona que permitía su disponibilidad aún en la época seca. La qocha tenía además un efecto termo-regulador y mantenía la humedad del suelo: el sistema, centrado en el cultivo de tubérculos y pastos, se caracterizaba por su elevada productividad.

Hacia el 600 d.C. la cultura Pukara en la zona andina central y sur fue desplazada por la cultura Tiwanaku que expande el sistema de terrazas e intensifica el uso de camellones o waruwaru. Estos consisten en campos elevados, de hasta un metro por cuatro a diez metros de ancho y diez a cien metros de largo, rodeados por un sistema de canales. Las características básicas de este sistema, típico del altiplano son proteger los cultivos de las inundaciones periódicas, aprovechar el efecto termoregulador del agua, mitigando los efectos nocivos de las heladas, regular la humedad según las épocas: lluviosa y de inundaciones o secas; proveer de sedimentos orgánicos del fondo de los canales con los cuales se reconstituían periódicamente los camellones.

También datan de esta época los cultivos de la totora y el junco en las zonas litorales del norte, mediante sistemas de lagunas y wacha-ques. En el caso de las lagunas, la práctica consistía en esparcir las semillas sobre las aguas y plantar los cogollos. Los wachaques era un sistema artificial de estanques, de cerca de diez metros de profundidad, excavados en la tierra, que se alimentaban por medio de canales o por aproximación a la capa freática. Este sistema caracterizó el centro urbano de Chan Chan del reino de Chimú.

Durante el imperio Wari, se perfeccionaron y expandieron los sistemas de riego al mismo tiempo que el carácter político de su gestión se hizo más relevante. El sistema de regadío de valles múltiples, unidos por canales, dominó la agricultura. Se aprovecharon al máximo los sistemas de riego por gravedad, utilizando las pendientes y controlando las pérdidas por filtración mediante canales y surcos y así pudieron incorporar a la agricultura los suelos áridos y pantanosos de la costa. La gestión del agua pasó a ser centralizada por los reinos de la costa y su control fue definitivamente un elemento básico de poder.

En esta época, se expandieron los sistemas de chacras hundidas de la costa y la agricultura de lomas costeras. El primero se basaba en el aprovechamiento de capas freáticas de escasa profundidad en zonas arenosas y salinas, donde se hacían grandes excavaciones en el interior de las cuales se sembraba. El segundo consistía en aprovechar los ojos de agua y las nieblas en zonas de gran humedad estacional. Se acumulaban grandes cantidades de piedras en las quebradas y laderas, aumentando la condensación y captando el agua de escorrentía por canales superficiales y, mediante muros de contención, se retenía el agua condensada en la parte alta de la loma.

El imperio Wari fortaleció y perfeccionó el sistema hidráulico y agrícola, sentando las bases para el posterior auge del imperio Inca. Este heredó un complejo sistema de riego cuyos notables ejemplos se encuentran en los reinos de Chimú, Ichma, Cajamarca, Chachapoya y los reinos del Altiplano.

El imperio Inca expandió a todo el Tahuantinsuyo el sistema de cultivo en terrazas regadas en las laderas de las montañas: lo que permitió aumentar la cantidad de tierra agrícola. Además permitía reducir el efecto de las heladas, controlar la erosión del suelo y administrar el uso del agua según los cultivos y por terrazas. La temperatura y la calidad de los suelos cultivados era regulada gracias a la forma de los muros de contención, el tipo de piedra usado y la ubicación de la terraza. El sistema de terrazas permitía finalmente el control administrativo y político de la producción y de la fuerza de trabajo. Complementario al sistema de terrazas es el de sistema de riego de los fondos de los valles. Estos se caracterizan por la abundancia de agua, pero por otra parte su uso agrícola se ve limitado por la estrechez de los valles andinos: el sistema consistía en la construcción de anchas terrazas (a 2500 y 3000 msnm) con muros de contención o barreras de arbustos y árboles para regular la distribución del agua y evitar la erosión. El agua era captada del fondo de los valles por sistemas de canales.

EL USO AGRÍCOLA DEL AGUA EN AMÉRICA LATINA.

En el nivel latinoamericano la agricultura también se manifiesta como el más importante consumidor de agua, el promedio es similar al mundial, con variaciones entre países y regiones, así por ejemplo en México la cifra llega fácilmente a 90% (algunas estimaciones la ponen por encima de 90%).

El área total regada de América Latina se calculaba a fines de los años 80 en 13 millones de hectáreas, de las cuales aproximadamente un tercio se encuentran en México,67 las que representaban aproximadamente 8% de las tierras de labor, incluyendo terrenos en barbecho o 11% de las áreas efectivamente cultivadas.68 El riego es fundamental en la producción agrícola de la mayoría de los países, así las áreas regadas, pese a ser menos de 20% de la superficie cultivada, proporcionan más de 50% del valor de la producción agropecuaria en países como Chile, México y Perú.

Entre 1970 y 1987, el riego se extendió significativamente en toda América Latina y el Caribe pasando de 10 173 000 a 15 231 000 hectáreas, a pesar de lo cual las áreas regadas se mantienen como un porcentaje mínimo del total de tierras cultivadas de la región: 2% del total de las tierras cultivadas de la región.69 Los países que registran los mayores incrementos en la superficie regada son Brasil y México.

En 1980, el área regada en América del Sur era de 8.5 millones de hectáreas que extraían anualmente 70 kilómetros cúbicos de agua, para el año 2000 se estima un área regada, siempre en América del Sur, de 11 millones de hectáreas que requerirá extraer 90 kilómetros cúbicos de agua para fines de regadío.

El regadío está más difundido en México, Argentina y Chile, aun cuando países como Cuba también se caracterizan por la existencia de amplios sistemas de riego sobre su territorio. En este último país el desarrollo de obras de embalses y presas realizado entre 1960 y 1992 ha permitido aumentar de 160 000 hectáreas regadas en 1959, a algo más de un millón de hectáreas regadas en 1992. Hasta hace pocos años el riego era una característica típica de las agriculturas de clima templado; sin embargo, en las últimas dos décadas el riego se ha extendido también a zonas tropicales.

En la última década, el ritmo de expansión del riego se ha reducido considerablemente como consecuencia de la situación financiera de la región, el elevado costo de la construcción de presas y sistemas de regadío y la necesidad de asignar los recursos a la consolidación de otros proyectos. Es también en esta década cuando se materializan enormes problemas ambientales asociados a la mala construcción y gestión de los sistemas de riego.

Aun cuando los problemas asociados con los sistemas de riego (su alta inversión, su ineficiencia, las pérdidas de agua que se producen, la creciente salinización de suelos debido a su uso excesivo en tierras mal drenadas, los problemas de anegamiento, etc.) se han traducido a nivel mundial en una tasa decreciente de incremento en tierras regadas, la situación en América Latina parece ser diferente y se estima que para fines de siglo se incrementará 30% sólo en América del Sur.

Los aspectos ambientales del uso del agua en agricultura no se limitan por cierto a los volúmenes demandados, sino sobre todo en las últimas tres décadas, a la creciente contaminación resultante del uso de fertilizantes, a los efectos de salinización de los suelos por ineficiente uso y excesiva descarga de agua de riego, etcétera.

El mayor problema ambiental y económico, asociado con el riego en América Latina es su uso ineficiente, la falta de adecuados drenajes y mala gestión son factores que, entre otros, están en el origen de un proceso acelerado de salinización de tierras. Ya en 1964 el mapa de suelos publicado conjuntamente por FAO y UNESCO señalaba cerca de 2 millones de hectáreas salinizadas en Centroamérica y aproximadamente 130 millones de hectáreas en América del Sur. Los procesos de salinización parecen ser particularmente acentuados en Argentina, Paraguay y Perú: los dos primeros sumaban a comienzos de la década de los setenta alrededor de 105 millones de hectáreas afectadas por salinización.70

El caso peruano es particularmente ilustrativo del problema de salinización. La zona costera de Perú concentra la mayor parte de la agricultura regada del país, alcanzando a aproximadamente 850 000 hectáreas sobre un total regado en el país de 1 200 000 hectáreas. Esa zona costera regada que es responsable por 50% de la producción agrícola del país se encuentra en más de 30% salinizada. Si se considera que el total de superficie cultivada de Perú es de 2 600 000 de un total posible de 7 900 000 se aprecia la magnitud del problema.

La evaluación de los efectos de la salinización en las áreas regadas de la costa peruana se inició con colaboración holandesa en 1968, los diagnósticos realizados, la información recopilada y los estudios, han permitido iniciar proyectos de recuperación de cierta envergadura. El costo de recuperar una hectárea es de 2 000 dólares; en la última década la inversión en recuperación de zonas salinizadas, llevada a cabo por el gobierno y los usuarios, ha alcanzado a más de 200 millones de dólares lo que ha permitido la recuperación cerca de 100 000 hectáreas. Actualmente hay en curso actividades para la recuperación de 50 000 hectáreas y proyectos para otras 108 000 hectáreas. La recuperación de la zona afectada requeriría, según estimaciones de 1990, una inversión de 1 100 millones de dólares.71

Por otra parte, la extracción irrestricta de agua para fines de regadío repercute en cambios hidrológicos importantes y posteriores procesos de deterioro. Por ejemplo, en la comarca Lagunera Mexicana de Durango y Coahuila la sobreexplotación de acuíferos se ha traducido no sólo en un descenso de los mantos freáticos de 56 metros entre 1940 y 1980, sino que además la extracción actual contiene un elevado porcentaje de sales en disolución del fondo del acuífero, que es la causa de arsenicismo crónico de la población local.

El análisis del uso del agua por el sector agrícola no puede menos que considerar el hecho que 98% de las tierras cultivadas en América Latina lo son en zonas de secano. Sin embargo, no se ha prestado atención alguna al uso racional del agua en zonas de secano. El porcentaje de recursos destinados a los estudios sobre gestión de cuencas, control de erosión, investigación y adaptación de cultivos a zonas de lluvia, incluyendo selección de semillas y especies, a manejos agro-silvo-pastoril, etc., no alcanza a 10% de los recursos asignados a obras de riego de la región.72