CONCLUSIONES

No era, no reign, shall remain unchanged.
Mazisi Kunene

Pareciera que las reflexiones sobre desarrollo y utilización o, más exactamente, apropiación social del sistema natural, así como la somera contrastación entre las teorías económicas que han orientado, y orientan, las formas de utilización del sistema natural y la realidad de esa utilización, lejos de clarificar, crearán más inquietudes y en vez de responder, multiplicarán las preguntas.

Existe o no una teoría del desarrollo? Strictu sensu hay que reconocer que aún no se dispone de una teoría del desarrollo propiamente tal. Prebisch en 1982 señalaba:

... no hay una teoría económica que permita explicar los fenómenos globales del desarrollo, ni de esas crecientes disparidades sociales, salvo en lo que concierne a ciertas restricciones del libre juego de las leyes económicas y a las imperfecciones del mercado.1

No cabe duda que se disponen de una serie de elementos o componentes de una teoría del desarrollo, cada uno de los cuales se fue elaborando a medida que enfoques o conceptos de desarrollo reduccionistas, prevalecientes en distintas épocas, se revelaban no sólo incapaces para explicar la realidad, sino por sobre todo para orientar la acción tendente a solucionar, entre otras cosas, esas «crecientes disparidades sociales» aludidas por Prebisch. El hecho de que el desarrollo fuera considerado fundamentalmente un tema económico y de responsabilidad de los economistas, lo encadenó a las limitaciones y reduccionismos de la teoría económica convencional. Si bien es cierto que lo sistémico es hoy discutido, examinado, y aceptado por muchos, no es menos cierto que estudios, investigaciones, debates, análisis y aceptación no se han traducido en una teoría económica acorde. El concepto de sistema ha penetrado lentamente en el ámbito de los economistas, y en general de las ciencias sociales. Mientras la concepción sistémica no esté totalmente asimilada y la teoría recreada esté acorde con ello, los enfoques hacia el desarrollo no dejarán de cojear por algún lado.

A las deficiencias y limitaciones de la «teoría» se ha añadido, en los últimos años, una crítica violenta del desarrollo, confundiendo crecimiento con desarrollo, y desarrollismo con desarrollo. Desarrollo conlleva las ideas de movimiento, cambio y crecimiento, no sólo en sus aspectos cuantitativos, que es el que enfatiza el Diccionario de la Real Academia, sino que los cualitativos, de materialización, por parte de un organismo, de sus potencialidades para lograr una forma completa y/o madura, en el sentido anglosajón del término, tal como lo define el Oxford: «to develop so as to realize its potentialities, make progress, come or bring to maturity», y alcanzar así un «stage of advancement».

Por lo demás, es curioso que esta crítica violenta del desarrollo provenga, en gran medida, de los ecologistas y ambientalistas del Norte, que, supuestamente cercanos a las ciencias naturales, deberían estar familiarizados con el concepto anglosajón del término ya que él se aplica habitualmente, a plantas y animales, y se le equipara, dejando de lado si correcta o incorrectamente, al concepto de evolución de los seres vivos, es decir al proceso mediante el cual estos últimos realizan su potencialidad genética. Con Darwin la identificación de desarrollo con evolución suponía un proceso hacia formas cada vez más perfectas.

En todo caso, cuando los organismos, plantas o animales, no logran alcanzar o realizar su plena madurez y potencialidad genética, se explica ese fracaso por fenómenos externos que inhiben o frustran el desarrollo, por anormalidades del organismo, o por algún comportamiento patológico, etc., pero nunca se culpa al desarrollo, señalándolo como algo intrínsecamente malo, abogando, acto seguido, en contra del desarrollo.

Es sintomático que estas críticas y el rechazo al «desarrollo» surjan y tengan amplia acogida en el Norte supuestamente desarrollado, que ha logrado satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, salud, alfabetización, disponibilidad de tiempo para el esparcimiento, y aun se caracterice por situaciones de sobreconsumo. En el Sur el desarrollo sigue siendo el objetivo básico, cualquiera que sea la interpretación que se tenga del mismo.

Dado que el desarrollo se ha asociado principalmente a la economía, conviene regresar a ella para entender por qué aun en una perspectiva puramente económica, los diversos conceptos de desarrollo han sido insuficientes y reduccionistas, en particular en relación al uso del sistema natural. En economía, las preguntas o los problemas no pueden ser aislados, porque cada aspecto de la sociedad humana interactúa con cada uno de los otros.2 No hay problemas puramente económicos, todo problema económico no es sino componente de un problema social mucho más amplio, en el cual dimensiones políticas, técnicas, sociales, culturales y naturales, que no son exógenos sino que forman parte integrante de un sistema, interactúan entre sí y, por consiguiente, tienen gran influencia en los cambios que sufre el sistema social y la relación de éste con el sistema natural. Aspecto que, como se ha visto, enfatiza el concepto de desarrollo sustentable. Toda actividad económica es ininteligible si se la considera aislada del sistema en que ocurre.

El aislacionismo de la teoría económica se produce principalmente entre 1890, fecha de los Principios de Economía de Marshall, durante el periodo de construcción y refinamiento de la teoría económica neoclásica, culminando con las obras de A.C. Pigou en 19203 y de Lionel Robbins4 en 1935. Conviene recordar dos aspectos de este aislacionismo: el intento de eliminar la connotación ideológica o política de la economía con anterioridad a Marshall el concepto utilizado era el de economía política, y construir una esfera económica en la cual la comprensión de las actividades económicas se derivaran de los postulados de la teoría. El primer aspecto pretendía conferir a la ciencia económica la neutralidad que se atribuye a las ciencias naturales, y liberar así a la economía de influencias externas; en la práctica, la pretendida neutralidad es una ficción más, por ser la teoría neoclásica pieza fundamental del creciente liberalismo y de la filosofía individualista. Según esta última, el valor supremo es la libertad del individuo, que en economía se traduce como que cada individuo busca su propio interés en forma racional, o más explícitamente como el principio del interés egoísta de cada uno.5 Para este predicamento, un concepto de «economía política» con claro carácter normativo y que abarcaba el conjunto de actividades económicas, --como la entendían los clásicos-- era obviamente incompatible. Así entonces, lejos de ser neutral, el modelo neoclásico cumple una de las funciones que, como irónicamente señalara Joan Robinson, tienen los modelos económicos: la de satisfacer los requerimientos de la ideología.6

La realidad cotidiana nos señala, a cada instante, que lo que un individuo desea para sí puede resultar, al agregarse a los deseos de los demás, una situación que nadie desea y reduce el bienestar de todos; el ejemplo clásico es el del automóvil y la congestión de tráfico, pero esta situación se presenta en forma más sutil y constante en relación con la problemática ambiental, todos externalizan sus costos contaminando y originando residuos, y todos sobreexplotan los bienes libres en busca de mayor bienestar individual, con lo cual todos y cada uno contribuyen a su agotamiento. No es posible simplemente sumar comportamientos o decisiones individuales y suponer que el total es la simple suma de todas las decisiones, y que como supuestamente cada decisión individual es óptima y apunta al máximo bienestar individual, se logra también un máximo bienestar colectivo, ya que más allá de un cierto umbral, las consecuencias agregadas de cada decisión individual niegan las intenciones individuales.

El segundo aspecto del aislacionismo se elabora a partir de la idea de hacer de la economía una ciencia, para lo cual, como se ha visto, se adoptó el modelo científico dominante de la época: el de la mecánica clásica. Se busca así la explicación de lo económico mediante un conjunto de ecuaciones que vinculan ciertas constantes y la relación invariable entre las mismas. Desde un concepto normativo de economía política históricamente determinado, se pasa al estudio abstracto de relaciones invariables del modelo del equilibrio general de León Walras.

Todas las ciencias enfrentan una determinada realidad, tratan de entenderla, conocerla, explicarla, eventualmente modificarla. La supuesta realidad sobre la cual se apoyan el modelo del equilibrio general y la teoría neoclásica es la del mercado. Y es aquí donde surge el problema fundamental de la economía neoclásica, porque el mercado que estudia no es el mercado real sino que un mercado ideal, una ficción, describe un debe ser.

Bunge7 hace notar que incluso las especulaciones físicas más audaces se refieren a cosas reales, en tanto que la teoría neoclásica se ocupa de decisiones perfectamente racionales, tomadas en posesión de conocimiento completo y de previsión perfecta, que eligen libremente entre diferentes alternativas, en mercados competitivos y situaciones de equilibrio inexistente, que permiten la asignación óptima de recursos, operando como guiados por una mano invisible. Supuestos muy distantes de la realidad y en extremo abstractos. Y todo ello en un vacío social e histórico.

No cabe duda de que el esquema del equilibrio general logra una gran perfección en su formulación matemática, pero hay que tener presente que, por un lado, no todos los conceptos económicos y sociales pueden reducirse a términos cuantitativos, la pretensión de precisión científica que trata algo que en principio es inconmensurable como si fuera una cantidad, esconde, al fin de cuentas, confusión intelectual. Por otro lado, la formalización matemática puede precisar pero no necesariamente dar contenido. Sólo la pertenencia a un sistema de generalizaciones a un conjunto de leyes, puede asignar un contenido preciso a un concepto.8 Lo que lleva a revisar el grado de validez científica de la teoría neoclásica.

Una teoría es un sistema de hipótesis precisas susceptibles de contrastación; también se la define como un sistema deductivo, es decir, un conjunto de preposiciones (por ejemplo ecuaciones) ordenadas por la relación de deductibilidad; a su vez, como toda preposición es ya una hipótesis o una conclusión, también se puede afirmar que una teoría es un sistema hipotético deductivo, en el sentido que es expresable, de tal manera que toda fórmula del sistema constituye o bien una premisa inicial (hipótesis, axioma o dato), o una consecuencia lógica de un conjunto inicial de suposiciones. Las teorías científicas pretenden aumentar el conocimiento de la realidad, para lo cual deben poseer poder explicativo así como determinadas propiedades epistemológicas. Entre éstas está la de consistencia externa o compatibilidad con el cuerpo de datos, hipótesis y teorías ya corroboradas, y en último término, compatibilidad con una realidad concreta. Una teoría debe ser contrastable, lo cual exige que todos sus predicados deben ser escrutables, para lo que, de alguna manera, directa o indirectamente, se cristalizan en hechos observables. Una teoría científica deber ser contrastable ya sea por medio de la observación, la medida o el experimento.9

Las teorías y los modelos científicos se ponen a prueba por su compatibilidad con otros cuerpos de conocimientos y por contraste con la realidad, es decir, con hechos o datos empíricos. La teoría económica tiene que ser compatible con la lógica y la matemática, con la biología y la psicología. Como señalara Max Weber, «no sólo formas del pensamiento matemático, como ha sucedido durante mucho tiempo, sino que también ciertas formas del pensamiento biológico tienen un puesto legítimo en nuestra disciplina. A cada paso, y en numerosos puntos de interés para nuestra disciplina, nosotros economistas estamos y debemos estar comprometidos en fructíferos intercambios de descubrimientos y de puntos de vista con quien trabaja en otros campos».10

No deja de llamar la atención que algunos exponentes de la economía neoclásica como Ludwig von Mises,11 de sabida influencia en L. Robbins, afirmara en 1922 que las teorías económicas son verdades a priori y que, por lo tanto, no necesitan comprobaciones empíricas. A su vez, Hayek12 sostenía que la única parte empírica de la economía concierne a la adquisición de conocimientos. Finalmente, un neoliberal prominente como Milton Friedman sostiene que en las hipótesis de la teoría económica no tienen por qué conformarse con hechos reales y que basta con que sean «ficciones útiles» o convenientes para los razonamientos del tipo «como si» contra lo cual evaluar las acciones, racionales o irracionales, lógicas o ilógicas de los individuos o las empresas.13, 14 Posición difícilmente aceptable para muchos epistemólogos, entre ellos Popper:

A scientist, whether theorist or experimenter, puts forward statements, or systems of statements, and tests them step by step. In the field of empirical sciences, more particularly, he constructs hypothesis, or systems of theories, and tests them against experience by observation and experiment.15

Al margen de la opinión de sus representantes, es evidente que los postulados de la economía neoclásica, en particular los que sustentan el modelo del equilibrio general de Walras y el análisis de Marshall, carecen de referentes reales: nunca ha habido un sistema económico en equilibrio así como nunca ha existido un sistema de competencia perfecta, ni jamás un consumidor ha tenido información completa, de donde se concluye que la teoría neoclásica es incomprobable.

Las limitaciones para medir y experimentar en ciencias sociales y en particular en economía son conocidas. En sus Exercises in economic analysis Joan Robinson resumía: «We cannot isolate a particular causal element from its surrounding circumstances by a controlled experiment... We have to proceed by breaking the question up into parts, and after discussing each separately, reassemble the pieces as best we may.»16

Al aislarse lo económico del resto del mundo real, al definir el mercado como mecanismo de autocontrol que mantiene al sistema económico en un equilibrio estacionario, y al restringir lo económico a bienes susceptibles de apropiación, intercambiables, valorizables en términos monetarios y que en último término cumplen con el principio de la escasez walrasiana, la economía neoclásica se enfrenta, inevitablemente, a múltiples dificultades para explicar aquellos fenómenos que ocurren al margen del mercado y no tienen una expresión cuantitativa monetaria, entre ellos muchos inherentes al desarrollo, así como una también apreciable cantidad de fenómenos ambientales.

Las consecuencias son diversas. Por un lado, la teoría pierde capacidad explicativa, no puede explicar fenómenos que ocurren fuera de la esfera monetaria o que aun acaeciendo al interior de la misma, son causados por fenómenos considerados no económicos por ocurrir al margen del mercado; tal es el caso de la innovación tecnológica y en particular de la mayoría de los problemas ambientales. Tampoco es capaz de explicar en forma convincente la ausencia de situaciones de equilibrio en el mundo real, equilibrio que, sin embargo, constituye la piedra angular de la teoría. Ni siquiera los modelos econométricos más refinados tienen poder explicativo, son solamente descriptivos.

Se ha dicho que el concepto de equilibrio adoptado por el análisis neoclásico surge, como hiciera notar Hicks,17 de una equivocada analogía con el movimiento en el espacio, donde es posible ir de un lado a otro y regresar, pero en el tiempo el movimiento va en una sola dirección sin posibilidad de retorno, es irreversible. Así, por un lado es imposible regresar a un hipotético punto de equilibrio originario, y por otro, no se puede alcanzar un punto de equilibrio por la simple corrección de errores resultantes de decisiones adoptadas, por la simple razón que esas mismas decisiones, o errores, nos han desplazado a una nueva, distinta, situación. Esto invalida la teoría del «tâtonnement» de Walras, según la cual compradores y oferentes buscan conjuntamente «a tientas», en un proceso de ensayo y error, hasta encontrar un conjunto de precios de equilibrio.

Esta equivocada analogía entre el movimiento en el espacio y en el tiempo, tiene importantes implicaciones desde la perspectiva del desarrollo de la problemática ambiental y de utilización del sistema natural, ya que introduce al tema de la reversibilidad. El modelo del equilibrio general supone la reversibilidad, mientras que en la realidad, y sobre todo en relación con las modificaciones del sistema natural, lo más frecuente es la irreversibilidad.

En economía hay decisiones e inversiones que resultan en situaciones irreversibles, como las examinadas de preparación de terrenos para el desarrollo de esquemas de regadío, la construcción de presas y embalses, la desecación de humedales para habilitar el espacio a la construcción inmobiliaria, la conversión de tierras agrícolas a uso urbano, etc. Estas inversiones dan origen, a su vez, a otros fenómenos ambientales irreversibles: cambios en los microclimas, pérdidas de diversidad biológica, etc. En estos casos la inversión está ligada al sistema natural en el cual se ha materializado, en la práctica es una inversión permanente o casi, la situación se ha modificado para siempre, el cambio es irreversible.

Los neoclásicos, en particular Marshall,18 captaron el problema de la irreversibilidad. Pero, siendo ésta difícil de explicar por un modelo en el cual el tiempo no existe, fue considerado exclusivamente desde el punto de vista de sus efectos sobre la curva de oferta y asociados a las economías de escala. Pero esta salida ignora la contraparte de esa irreversibilidad, que es, ni más ni menos, que el efecto sobre el sistema natural en términos de agotamiento de recursos, conversión de ecosistemas naturales, deterioro ambiental. Si bien Pigou19 elaboró, para explicar estos aspectos, el concepto de deseconomías externas, lógico complemento de las economías externas marshallianas, los ejemplos que provee se limitan, como es sabido, a problemas como las molestias causadas por el humo de la quema de hojas, es decir, efectos instantáneos, compatibles con un modelo estático en el cual el tiempo no existe, dejando los efectos permanentes, de larga gestación e irreversibles, al cuidado de los cientistas naturales, es decir, excluyéndolos de la esfera económica y considerándolos ajenos a la ciencia económica.

En la economía neoclásica «todo se convierte en un movimiento pendular, un ciclo económico sigue a otro. El fundamento de la teoría del equilibrio es que, si algún acontecimiento altera la propensión de la oferta y la demanda, el mundo económico siempre regresa a su condición previa, tan pronto como el evento desaparece: una inflación, una sequía catastrófica, o el desplome de la bolsa de valores no dejan en absoluto huella en la economía. La regla general, tal como en la mecánica, es la completa reversibilidad».20

En la realidad hay muchos fenómenos irreversibles, no sólo negativos sino también positivos, sin ir más lejos el aprendizaje, el progreso científico y el tecnológico son procesos irreversibles, que a su vez están en el origen de una gran diversidad de externalidades, tanto positivas como negativas, de tipo ambiental y social. Más aún, un papel crucial que se atribuye a la política gubernamental, en particular la política comercial, es el de crear las condiciones necesarias para mejorar la situación competitiva de sus países, condiciones que se manifiestan fundamentalmente como la creación de externalidades económicas y tecnológicas positivas. Estas son, ni más ni menos, que políticas creadoras de externalidades, muchas de ellas derivadas de inversiones en infraestructura científica y tecnológica, a las que Laura Tyson denomina «linkage externalities».21 Lo «estratégico» de estos sectores radica, justamente, en su capacidad para originar tanto «linkages externalities» como externalidades tecnológicas tradicionales. Un ejemplo es la moderna política de sectores estratégicos, como la adoptada por Japón.

Lo anterior, junto a la cada vez mayor presencia de externalidades no intencionales, y a menudo no deseadas, revela que este tipo de imperfecciones del mercado, o externalidades, si bien consideradas excepciones o rarezas irrelevantes en el modelo neoclásico son sin embargo, un hecho cotidiano del mundo real; más aún, cada día aparecen nuevas y más complejas externalidades, su creación puede ser el objetivo de políticas económicas y su explotación, de interés para los agentes económicos que a través de ella pueden maximizar beneficios, minimizar costos y ganar posiciones competitivas. ¿Cómo considerar una excepción algo que aparece en todo momento, que forma parte de la cotidianidad?

Se podría argüir que el esquema del equilibrio general es algo más que una ficción, constituyendo una pauta o criterio normativo contra el cual evaluar la economía real, o como una descripción de cómo las relaciones económicas se llevarían a cabo --si no son interferidas-- según las leyes de la economía; pero esto equivaldría a afirmar que la teoría puede modelar la realidad, afirmación en verdad muy discutible.

El equilibrio walrasiano, derivado de la mecánica newtoniana, posee una «intellectual structure which has fascinated generations of students and provided generations of professors with position and with reputation for the brilliance with which they expound and elaborate it».22 Pero esta expansión y elaboración continua, por un lado, adolece de un fuerte mecanicismo y, por otro, resulta en «una proliferación de ejercicios de papel y lápiz, y modelos econométricos cada vez más complicados, que a menudo sólo sirven para ocultar los problemas económicos fundamentales»,23 estos modelos econométricos han avanzado poco en el desarrollo de explicaciones adecuadas de cómo una realidad en permanente desequilibrio puede moverse hacia un equilibrio general competitivo. Dichos modelos están, en opinión de Hahn, lejos de la realidad y no ofrecen resultados aceptables en situaciones reales, lo cual evidentemente implica escasa utilidad para el diseño de políticas económicas y de desarrollo; tales modelos no logran clarificar los procesos dinámicos de ajuste, fuera de una posición de equilibrio:

[...] the study of equilibrium alone is of no help in positive economics: Yet it is no exageration to say that the technically best work in the last twenty years has been precisely that. It is good to have it, but perhaps the time has now come to see whether it can serve in an analysis of how economics behave.24

Estos esfuerzos estériles, que a menudo sólo pretenden un perfeccionamiento formal y el lucimiento personal académico, favorecen poco la ciencia económica, «it cannot be denied that there is something scandalous in the spectacle of so many people refining the analysis of economic states which they give no reason to suppose will ever, or have ever, come about [...] it is an unsatisfactory and slightly dishonest state of affairs».25 Más aún, ellos terminan por obstaculizar el avance de la ciencia económica, como señalara Kaldor: «El poderoso atractivo que ejercen los hábitos de pensamiento engendrados por la economía del equilibrio se ha tornado un obstáculo importante al desarrollo de la economía como ciencia.»26

El mundo neoclásico es también darwiniano, la sociedad se comporta, según la teoría, igual que la naturaleza. La adaptación y la competencia son procesos naturales a través de los cuales la selección ocurre. Marshall señalaba que «The Mecca of economics lies in economic biology rather than economic mechanics»,27 sin embargo, enfrentado a la disyuntiva de una teoría basada en la realidad que percibía y una que hiciera de la economía, lo que él creía debía ser una ciencia económica, optó por lo último: una teoría matemática abstracta, fuerte en analogías mecánicas y, desde esta perspectiva, aparentemente lógica. Karl Menger, uno de los más relevantes exponentes del pensamiento neoclásico, fundador de la escuela austriaca y, junto a Jevons, máximo teórico del concepto de «utilidad marginal», concibe a la sociedad como un sistema evolutivo en el cual un orden espontáneo surge gracias a la adaptación mutua entre individuos funcionalmente integrados, tal como sucede en el sistema natural. Friedrich Hayek28 profundizaría este aspecto al vincularlo al individualismo, argumentando que la libertad individual es una condición fundamental para que los individuos respondan a situaciones imprevistas, mostrando así su capacidad de adaptación espontánea, que es lo que finalmente permite mantener el orden social. Sin embargo, en biología y, en términos más amplios, en el sistema natural los procesos evolutivos suponen cambio progresivo a largo plazo. No queda claro cómo se compatibiliza un modelo de ajustes instantáneos, sin variables temporales, con un concepto en el cual la dimensión temporal es básica.

El concepto de competencia tiene claras connotaciones biológicas, y en particular darwinistas: la sobrevivencia del más fuerte, del más competitivo. Pero el concepto de competencia neoclásico tiene algunas peculiaridades. En primer lugar, se trata de un concepto de competencia estática, el mercado perfectamente competitivo en términos neoclásicos es aquel que ya está en equilibrio, en cierto sentido es una situación que, en sí misma, es la negación de la competencia, ya que no hay en ella ni necesidad ni oportunidad para competir. El concepto importante es el de competitividad dinámica, en este caso, y en una situación de fuerte competencia, los más fuertes, en cuanto a competitividad, desplazarán a los más débiles o los menos competitivos. Y, paradójicamente, una fuerte competencia lleva en sí misma el germen de su eliminación por la clara tendencia al monopolio o, en el mejor de los casos, al oligopolio, es decir, una situación en la cual pocas firmas poderosas prefieren compartir un mercado antes que implicarse en la batalla final por la supremacía.

La concepción estática, o de corto plazo, de competencia, definida como una simple competencia de precios, se traduce por lo general, en una práctica predatoria sobre el medio ambiente. El medio ambiente escapa a la mecánica del mercado: no existe un mercado para los servicios que provee el sistema natural, o, en el mejor de los casos, tanto bienes como servicios ambientales son subvaluados por el mercado; el valor de uso de bienes y servicios ambientales no tiene, en la mayoría de los casos, su correspondiente expresión de mercado, no existe un valor de cambio para dichos bienes y servicios, carecen de precios. A esto se agrega una vez más el problema temporal. En ausencia de tiempo, o aun en un horizonte temporal de corto plazo, la competitividad se define exclusivamente en función de los precios: una empresa es competitiva si puede producir a costos inferiores a los de sus rivales. Costos menores, a niveles de precios similares entre los competidores, se traducen en mayores beneficios.

En este contexto, un expediente para ser más competitivo es externalizar el máximo de costos mediante la utilización intensiva del sistema natural, ya sea por el uso de recursos naturales subvaluados por el mercado, o por la explotación de aquellos servicios y bienes del medio natural, para los cuales no existe un mercado; por ejemplo, su capacidad para degradar y eliminar residuos. Se externalizan así los costos, y aumentan los beneficios privados pero a costa de deterioro ambiental y agotamiento indeseado de recursos, lo que a fin de cuentas, termina reflejándose en menor bienestar social al aumentar los costes sociales presentes y futuros.29

En la economía mundial contemporánea, la ventaja que los costos inferiores a los de la competencia proporcionan se ha mostrado muy volátil. Al margen de que a menudo la empresa tiene dificultades para mantener costos inferiores a los de la competencia por periodos más o menos largos, es la lógica inherente de la competencia, la que requiere que esa ventaja sea destruida: nuevos competidores entran al mercado con costos menores, se racionalizan procesos productivos y se introducen innovaciones de mejoras en forma continua. En otras palabras, pareciera que las ventajas competitivas que derivan de operar con costos menores son relativamente efímeras o, en otros términos, no son sostenibles.30

Lo anterior puede pasar inadvertido en un esquema en el cual el tiempo no existe. Pero en el mundo real, mantenerse en posiciones competitivas requiere, cualquiera que sea el horizonte temporal, crear permanentemente ventajas competitivas y mantenerlas por el mayor tiempo posible, lo cual no es posible en un contexto estático, se necesita una perspectiva dinámica en la cual las ventajas competitivas dependen, tal como Schumpeter lo notara hace ya varias décadas, de la capacidad de la firma, o del país, para innovar en forma constante. En otras palabras, la competitividad está condicionada a la creación constante, es decir sostenida, de ventajas competitivas, lo que, en último término, depende de la capacidad de innovación científico y tecnológica.31

Los partidarios a ultranza de la competencia opinan que ésta conduce al desarrollo, posición controvertida por otros que apuntan que la situación final en un proceso competitivo supone que algunos han ganado posiciones a expensas de otros, por lo tanto, para algunos el bienestar habrá disminuido; si desarrollo implica bienestar, entonces para estos últimos no ha habido desarrollo.

El tema de la competencia permite introducir un elemento fundamental que explica el proceso económico y el desarrollo: el cambio tecnológico. Además, la tecnología es el instrumento más poderoso de que dispone la sociedad para transformar y apropiarse del sistema natural. Un sistema en el cual se ignora el cambio tecnológico no puede pretender entender el proceso de desarrollo ni la interrelación sociedad-medio ambiente.

Tanto los costos como la tecnología desempeñan un papel crucial en determinar la competitividad de la firma; los primeros son fundamentales a corto plazo. Pero si las ventajas de corto plazo, obtenidas por operar a costos menores, no van acompañadas por capacidad de innovar, las posiciones ganadas son efímeras: el cambio tecnológico es determinante a largo plazo.

El análisis económico de los últimos cincuenta años concede cada vez más importancia al cambio tecnológico, ya sea en relación con la competitividad, el crecimiento económico, el desarrollo o la transformación del sistema natural. La tecnología no es, como supone el modelo neoclásico, un factor exógeno al sistema, ya sea como un deus ex machina o algo impuesto desde fuera gracias al trabajo de científicos y técnicos, sino que es parte del sistema mismo: progresa en respuesta a intereses económicos, supone inversiones cuantiosas y es en sí mismo objeto de intercambio. Las innovaciones tecnológicas se producen, difunden y adaptan acordes con los requerimientos de la sociedad y en particular del sistema económico, de manera que su generación y difusión, así como la velocidad de difusión del cambio tecnológico, están determinados por el ambiente económico, político, cultural y natural. El análisis neoclásico se lleva a cabo en una situación tecnológica y de conocimientos determinados. El crecimiento económico, la competitividad, el desarrollo y la transformación y apropiación del sistema natural se explican por el cambio tecnológico.

Lo que preocupa a los economistas y políticos es la búsqueda de una tecnología que ahorre los factores escasos, éstos han sido, por lo general, el capital y el trabajo. Como los componentes del sistema natural, los bienes y servicios ambientales carecen de mercado, son de libre acceso; o como los recursos naturales están, ya sea subvalorados o se les considera permanentemente renovables, resulta que, por lo general, los patrones tecnológicos dominantes tienden a la sobreexplotación de los elementos del sistema natural subvaluado, sobre todo si éstos son de libre acceso. Es una tecnología a menudo depredadora del sistema natural. Fueron necesarias dos crisis petroleras, la cartelización de la industria petrolera y el drástico aumento de sus precios, para que tecnologías ahorradoras de energía fueran adoptadas en el sector manufacturero, desde entonces el consumo de energía por unidad de producto se reduce regularmente, si bien no al ritmo que lo hizo entre 1973 y 1983. En el sector agrícola el desarrollo tecnológico aumentó sistemáticamente el rendimiento por hombre empleado, pero por muchos años los rendimientos por superficie cultivada o se redujeron o se mantuvieron constantes. En el caso del agua se emplean tecnologías ahorradoras prácticamente sólo en aquellos casos donde su escasez hace inviable la actividad económica y aun la presencia humana, como en las zonas áridas y desérticas, o cuando el agotamiento de acuíferos da señal de alarma.

Lo anterior lleva a examinar el tratamiento dado a los recursos naturales y ambientales, tema embarazoso para el modelo del equilibrio general, debido en gran parte, a sus supuestos. El primer elemento que condiciona el análisis de los recursos naturales surge del concepto restrictivo de riqueza, asumido por los neoclásicos: L. Walras señala que hay que designar con el nombre de riqueza social toda cosa, material o inmaterial, que vale y que se intercambia;32 a su vez, Jevons afirma que los recursos naturales no tienen cabida en el término de riqueza, tal y como es usado en economía. Estos recursos se consideran condiciones necesarias de riqueza, por ser portadores de «utilidad potencial», pero no real, a menos que sean directamente utilizados para satisfacer necesidades humanas.33

Un segundo hecho que en el modelo del equilibrio general limita el análisis de los recursos naturales es su consideración como una globalidad indiferenciada, es decir, sin distinguir entre diversos tipos de recursos naturales y en particular entre renovables y no renovables. A esto se añade su inclusión en el término de ‘tierra’, en su acepción ricardiana, es decir, como se ha visto en un capítulo anterior, tierra en cuanto espacio cualitativamente invariable, generador de renta, haciendo abstracción de sus características intrínsecas como verdadero sistema productivo, de su fertilidad, de las funciones que desempeña, etcétera.

Sin embargo, aun así el concepto de tierra presentaba dificultades para su tratamiento dentro del modelo del equilibrio general: ¿es renta o es capital? Walras, habiendo previamente definido al capital fijo como todo bien duradero que no se consume y que sobrevive al primer uso que se hace de él, considera a la ‘tierra’ como un verdadero capital fijo, ya que sobrevive al primer uso que se hace de ella, y se puede usar más de una vez, siendo la sucesión de estos usos las rentas de la tierra. Pero al definir la tierra en estos términos está suponiendo su permanente renovabilidad: es, según Walras un capital que no se destruye por el uso, es inconsumible, no desaparece por accidente.34 El análisis va más lejos al considerar que la tierra, en cuanto capital es sustituible. La escasa referencia que se hace a otros recursos como los no renovables, es también discutible. Walras distingue entre capitales y aprovisionamientos, definidos éstos últimos como rentas preparadas para el consumo, y señala que el vino en las bodegas, la leña en las leñeras, las materias primas en los almacenes, así como los minerales en las minas y las piedras de las canteras son aprovisionamientos, es decir, sumas de rentas y no capitales. No puede pasar inadvertida la importancia que, desde la perspectiva de la gestión de los recursos naturales, tiene esta afirmación, que equipara el vino en las bodegas con los minerales en las minas: el primero es el producto de una actividad económica que puede repetirse, y de hecho se repite, año tras año, mientras que los segundos, cualquiera que sea la opinión sobre su renovabilidad, son, como se ha visto en una perspectiva temporal humana, una reserva que eventualmente se agota. Si bien es cierto que ambos son fungibles, aspecto que considera Walras, no es menos cierto que el vino se puede volver a producir, mientras que los minerales de una mina una vez agotados no se vuelven a producir por una actividad humana.

La reversibilidad, asumida por el modelo walrasiano, supone concebir a estos recursos como un flujo renovable. El agotamiento de un recurso implica la negación de la reversibilidad, pero, además, sobre todo a partir de Pigou, estos recursos, para ser considerados por el análisis económico, deberían ser apropiables, valorables, en términos monetarios e intercambiables.

Si el problema de los recursos naturales no renovables, como el petróleo, es básicamente «un problema de gestión social óptima de un stock de recursos no renovable pero esencial»,35 entonces en el contexto del modelo del equilibrio general bastaría con analizar el mercado de los recursos no renovables para ver si provee con precios tales que permitan o sean conducentes a una situación de asignación óptima. De no ser el caso, el economista neoclásico sugerirá corregir las imperfecciones del mercado, para que se acerque lo más posible al modelo competitivo ideal. Instintivamente el economista neoclásico dejará la decisión concerniente a ritmo de explotación del recurso no renovable, o del tiempo de explotación, a la «mano invisible», a menos que las fallas del mercado puedan ser demostradas y las medidas correctivas puestas en práctica.36 Pero en este caso el horizonte temporal es fundamental: hay que decidir cómo utilizar un recurso a lo largo de un periodo de tiempo en el futuro, difícil en un modelo atemporal; o al menos debieran existir, en un esquema neoclásico moderno, mercados de futuro bien organizados en diferentes periodos del futuro. Si esto se diera, el empresario deberá conocer el costo de producción en cada instante futuro, las tasas de interés futuras y debiera darse que la tasa social de descuento sea igual a la tasa de descuento aplicada por el empresario respecto de sus ganancias y costos futuros. Pero, como demostrara Hotelling,37 no puede hablarse de asignación temporal óptima de recursos a menos que se conozca la demanda futura total. Pero esto presenta dificultades, ya que habría que asumir que los consumidores de los recursos naturales no renovables conocen exactamente sus necesidades futuras y que éstas se manifiestan en los mercados de futuro; pero el consumidor futuro no necesariamente es el mismo de hoy, la población futura, que consumirá en el futuro, en realidad aún no existe o al menos está excluida del mercado de futuros.

Finalmente, se asume una situación de competencia perfecta, pero hay pocos sectores de la economía mundial donde se den más patentemente situaciones de oligopolio y monopolio que en la explotación de los recursos no renovables, sea el petróleo u otros recursos mineros.

Al suponer que la tierra en tanto que capital es sustituible, el pensamiento neoclásico deja abierta la puerta a planteamientos expansionistas, estimulados sobre todo por los avances tecnológicos de comienzos de siglo, como aquellos ligados a la industria petroquímica con sus múltiples productos que sustituyen otros naturales, desde fertilizantes sintéticos, que desplazan los nitratos naturales; fibras sintéticas, que sustituyen fibras naturales; diferentes formas de plásticos, que reemplazan cobre, aluminio, acero, vidrio o maderas; el caucho sintético al caucho natural; o la aparición de nuevos productos que sustituyen otros basados en recursos naturales, por ejemplo, la telecomunicación vía satélite y la fibra óptica, que eliminan el mercado del cable coaxial de cobre; y también, más recientemente, las tecnologías de los nuevos materiales. Así, Beckerman38 opinaba, en pleno auge del neomalthusianismo, que cualquier preocupación por el agotamiento de recursos es infundada, ya que siempre se inventará algo. Por otra parte, el razonamiento económico convencional es que si un recurso escasea su precio sube, lo que induce al consumidor a buscar otro producto más barato que satisfaga la(s) misma(s) necesidad(es); y en forma similar las industrias buscarán materias primas alternativas frente a alzas de precios de las tradicionales, alzas causadas por la escasez consecuente de un proceso progresivo de agotamiento del recurso. Este es, fundamentalmente, el argumento de Solow: el aumento de precios originado por la creciente escasez de recursos naturales inducirá a los consumidores a comprar menos de aquellos bienes de uso intensivo de recursos naturales y más de otras cosas.39

La reacción complementaria frente a crecientes escaseces es el desarrollo de tecnologías ya sea más adecuadas a su explotación o que permitan ampliar la dotación de recursos naturales, por ejemplo, haciendo posible el uso de minerales de baja ley, o por tecnologías ahorradoras de recursos naturales, lo que nos lleva al concepto de desmaterialización del proceso productivo:

The increasing scarcity of particular resources fosters discovery or development of alternative resources, not only equal in economic quality but often superior to those replaced. Few componentes of the earth’s crust, including farm land, are so specific as to defy economic replacement, or so resistant to technological advance as to be incapable of eventually yielding extractive products at constant or declining costs.40

Posición obviamente objetada por muchos, entre ellos Georgescu-Roegen, que la califica como la falacia de la sustitución sin fin.

A estas alturas podría uno preguntarse el por qué de estas reflexiones sobre el modelo neoclásico. La razón es simple, no sólo el modelo es atrayente para una gran cantidad de economistas y conveniente a ciertas posiciones ideológicas sino que, como se ha hecho notar ya en el capítulo pertinente, el pensamiento neoclásico se apartó de la tradición clásica en la búsqueda de un modelo que fuera no sólo «científico» sino que además fuera instrumental, para ello elaboró instrumentos de gestión económica ampliamente utilizados en diferentes versiones, mejorados por los avances de la computación.

El otro cuerpo teórico básico es el enraizado con el pensamiento keynesiano y que habitualmente se denomina macroeconomía. La macroeconomía en cierto sentido regresa al concepto de política económica de los clásicos, se refiere a sistemas económicos insertos en fases históricas determinadas, y es normativa. La economía no es ya simplemente el resultado de acciones individuales racionales agregadas, sino de agentes económicos insertos en un sistema socioeconómico, por lo tanto, condicionados por la pertenencia a ese sistema; el énfasis se desplaza del comportamiento individual al comportamiento de las actividades económicas de un sistema social. En este sistema, argumentaba Keynes, no existe una tendencia natural al equilibrio con pleno empleo de los recursos productivos, y por lo tanto la intervención gubernamental es necesaria, a fin de que las firmas privadas del sistema operen adecuadamente. Posteriormente, Harrod elaboraría el argumento en una perspectiva de largo plazo, mostrando que la economía capitalista requiere de controles para mantener estabilidad y adecuadas tasas de crecimiento económico. Se rompe con el equilibrio general y se reintroduce la dimensión temporal:

Keynes brought back time into economic theory. He woke the Sleeping Princess from the long oblivion to which «equilibrium» and perfect «foresight» had condemned her and led her out into the world here and now.41

Así la teoría económica da un gran paso hacia adelante, alejándose de la teología y aproximándose a la ciencia.42 Esto permite recuperar la dimensión histórica y con ello explicitar el cambio tecnológico y aproximarse a la problemática del desarrollo.

Esto no supone, como se ha visto en capítulos anteriores, el abandono de la teoría neoclásica, sino el acoplamiento de la misma y, por lo tanto, su adaptación con la teoría macroeconómica en la «síntesis» de Hicks.

Tampoco quiere decir que se superan problemas inherentes de las ciencias sociales, como la contrastabilidad; más aún, renombrados economistas postkeynesianos como K. Arrow y otros que se refieren a la economía como una ciencia de decisiones, opinan que la teoría económica, al ser descriptiva y no normativa, es incomprobable.

La incorporación del tiempo agrega en el análisis económico el tema de la incertidumbre, la que en el caso de la intervención sobre el sistema natural tiende a acentuarse debido al escaso conocimiento que aún se tiene de: cierto fenómenos naturales, de la real existencia de determinados recursos y de sus tasas de regeneración, o simplemente debido a la respuesta del sistema natural a la intervención humana puede ser retardada, de lenta maduración y difícil de predecir o anticipar. Esto motiva un comentario adicional, recordando la afirmación de Hicks,43 en el sentido de que la diferencia entre las leyes de la economía y las de las ciencias naturales es que las primeras contienen retardos temporales, las cosechas de un año dependen de lo sembrado el año anterior, pero, como se ha visto en capítulos anteriores, estos desfases temporales son característicos de los fenómenos naturales y en particular de la biología, la genética nos muestra que hay genes que se expresan en fases avanzadas de la vida de un organismo. Los desfases temporales no son, por lo tanto, una peculiaridad de los fenómenos sociales y económicos en particular, sino que son también típicos de los sistemas naturales.

Colocar la teoría económica en un contexto histórico y social significa que ella tiene que analizar, al igual que otras ciencias, las leyes que gobiernan sus fenómenos. Los neoclásicos, en sus intentos de hacer de la economía una ciencia, supusieron la existencia de leyes «naturales» de la economía, que permiten su autorregulación. Pero en la economía, al igual que en todas las ciencias sociales, existen además las reglas o normas de conducta adoptadas por el sistema social. Estas reglas deben ser compatibles con las leyes que gobiernan los fenómenos. La actividad económica interviene en el sistema natural, lo cual requiere que las reglas que gobiernan el sistema social deban ser compatibles no sólo con leyes propias de los fenómenos sociales sino también con leyes naturales; así, por ejemplo, las reglas que conciernen a la explotación de los recursos naturales deben respetar las leyes que determinan la regeneración de los mismos, tal como se examinó en el capítulo pertinente al uso sostenible de los recursos marinos. Cualquier modelo de explotación de un recurso natural renovable exige la consideración explícita de leyes biológicas específicas, como las que gobiernan la regeneración y el crecimiento.44 Esto quiere decir que una condición del desarrollo sostenible es que sus aspectos normativos sean coherentes o compatibles con las leyes del sistema natural que se interviene.

En realidad lo que distingue a las leyes económicas y, en general, modificadas, suspendidas temporalmente, reemplazadas o anuladas, dependiendo de situaciones históricas, locales o aun naturales.

Esto es distinto de pedir prestado o adaptar leyes del sistema natural al sistema social ignorando las reglas o normas que rigen la conducta y la dinámica social y económica, o ignorando la psicología que gobierna el comportamiento humano. Tal como se discutió en relación con la transposición del concepto de capacidad de carga al sistema socioeconómico.

La posibilidad de crear reglas, cambiarlas, modificarlas, está claramente asociada con otro de los aspectos importantes de la revolución keynesiana, cual es la posibilidad y en realidad la necesidad de la intervención estatal. En verdad la necesidad de esta intervención había sido planteada también por Pigou cuando afirmaba que el Estado debe intervenir para corregir las fallas e imperfecciones del mercado que impiden que los recursos se asignen en la forma más eficiente; más aún, Pigou creía que es un deber del Estado defender por ley los recursos naturales agotables de un país, contra una explotación brutal e imprevisora.45

Este planteamiento se opone al de Coase,46 quien considera que los problemas ambientales tienen como principal responsable al Estado. Para ello recurre al mismo ejemplo citado por Pigou de las chispas de los ferrocarriles que incendian los bosques o los campos cultivados, señalando que los ferrocarriles circulan con la autorización y beneplácito del gobierno, que los exime de responsabilidades por estos hechos. La argumentación de Coase con otros ejemplos como el ruido causado por los aviones o los ferrocarriles, deriva de actividades autorizadas y a menudo realizadas directa o indirectamente por el Estado, lo mismo, sigue Coase, es válido para otras formas de contaminación como los olores que emiten alcantarillas y vertederos, autorizados, regulados o administrados, por el Estado. Coase argumenta que la libre competencia permite internalizar las externalidades ambientales, para ello basta con que quienes causan la externalidad negocien libremente con quienes la sufren, y como ambas conductas responden a móviles económicos más exactamente, pecuniarios, el problema se soluciona mediante un acuerdo entre ellos, que maximiza el bienestar de ambos y, por consiguiente, el social. Esta negociación permite la apropiabilidad del recurso o del servicio y su valoración monetaria, con lo cual lo hace susceptible de intercambio y, por lo tanto, lo incorpora al mercado y deja de ser una externalidad. En realidad, el mecanismo de Coase es una alternativa al concepto de impuesto óptimo de Pigou, que permitiría compatibilizar los costos privados con los sociales.

Por un lado, Coase no percibe que no se puede separar la acción del Estado de la acción de la empresa sea privada o pública y que ambas están insertas en un sistema social, económico y político en el cual es difícil separarlos, así se puede muy bien argumentar que las estructuras del poder dominante han permitido que el Estado ignore o legitimice las agresiones ambientales del sector privado; por lo tanto, la causa no es atribuible a la intervención estatal, sino a la coincidencia de intereses entre Estado y empresa privada, en relación con ciertas actividades económicas. Por ejemplo, los objetivos de crecimiento económico del Estado coinciden con los de expansión productiva a costo mínimo del sector privado, o la política comercial externa del gobierno coincide con la necesidad de competitividad de las empresas privadas, que las lleva a externalizar al máximo sus costos ambientales.

La argumentación de Coase ignora el hecho de que constantemente se generan externalidades y que la mayoría son recíprocas e intertemporales, con lo que la posibilidad de identificar causantes y afectados es difícil, si no imposible. Por otro lado, el objetivo de Coase no es eliminar el daño ambiental sino «asegurar la cantidad óptima de contaminación ya que es la que maximiza el valor de la producción».

En realidad, toda la argumentación de Coase no pasa de ser una tautología. Partiendo de cuáles deben ser las condiciones para que funcione el sistema de libre competencia, busca esas condiciones haciendo abstracción de la situación real; no añade nada a lo que los neoclásicos habían ya hecho, sólo que lo aplica al tema ambiental, en particular al de la contaminación.

Obviamente, lo anterior no exime a la intervención estatal de los errores cometidos. La literatura reciente, en particular aquélla vinculada con los trabajos sobre medio ambiente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) hacen una distinción entre las fallas del mercado y las fallas de la intervención. Las primeras son, en su mayoría, las asociadas en particular a la existencia de externalidades negativas; las segundas son aquellas que derivan de la ausencia de políticas adecuadas a la gestión de recursos, que por lo general se manifiestan por inconsistencias intersectoriales resultantes en degradación ambiental. A menudo este último tipo de fallas deriva de errores de información: por ejemplo, la destrucción de humedales y su conversión para usos alternativos irreversibles se debió a que se consideraba a los humedales como lugares insalubres, tierras baldías y no productivas, lo cual fue aun explicitado en los textos legales, como es el caso de la legislación española sobre aguas de 1879, en vigencia hasta 1985. Una vez aceptada y legitimada esta concepción de los humedales, se estimularon políticas para su desecación y conversión para otros usos.47 Sin embargo, el concepto de fallas de intervención no es claro, a menudo resultan de fallas de mercado, o son fallas de mercado asociadas con actividades gubernamentales, o en la mayoría de los casos se deben a fallas de información.

Es claro que tanto en el contexto del desarrollo como del más específico de la gestión del sistema natural no puede haber soluciones y, por lo tanto, políticas puramente económicas, o que ignoren las variables no económicas que de hecho operan en todo problema económico. Si la teoría económica y, por lo tanto, la del desarrollo resultan insuficientes es porque ignoran la estructura social y sus mutaciones, y las cambiantes relaciones de poder que emergen de todo ello. El hecho de que la economía y el desarrollo se refieren a sistemas sociales, a poblaciones históricas y espacialmente localizadas y, por lo tanto, en estrecha interacción con el sistema natural, lleva a pensar que toda ciencia social, en particular la teoría económica y la teoría del desarrollo, deben ser necesariamente sistémicas antes que individualistas.