NOCIONES DE ECONOMÍA
DE LOS RECURSOS RENOVABLES

Muchos problemas ambientales, de deterioro y agotamiento de recursos se dan cuando recursos renovables, es decir, susceptibles de autorregenerarse, corren el riesgo de extinguirse por ser mal utilizados o mal administrados. Un aspecto escasamente considerado en la práctica de la explotación de los recursos renovables es que su autorregeneración está supeditada a que el ambiente en que se encuentran se mantenga favorable a dicha regeneración y desarrollo. Las especies silvestres, tanto animales como vegetales, la tierra, el agua y las poblaciones ictiológicas son los ejemplos clásicos. Por ejemplo, la sobreexplotación de la tierra por sobrepastoreo empobrece los suelos y eventualmente reduce tierras fértiles a eriales estériles; sin embargo, si se alteran las condiciones que garantizan esa fertilidad (humedad, temperatura, ausencia de contaminación, etc.) puede producirse el mismo fenómeno aun en ausencia de sobrepastoreo. Con los acuíferos sucede algo similar. En condiciones normales son recargados por filtración y flujos hídricos anuales, tanto subterráneos como superficiales; pero si la extracción supera la recarga en forma continuada y por largos periodos, las disponibilidades de agua serán cada vez menores y eventualmente el acuífero se agotará. Si además la recarga se contamina antes de llegar al acuífero, o si en el caso de acuíferos costeros el exceso de extracción da lugar a intrusión de aguas salobres, el acuífero y la cuenca que depende de él se verán deteriorados y eventualmente destruidos.

Los recursos del mar, en particular los ictiológicos, pueden normalmente reproducirse y sobrevivir indefinidamente en tanto que especies siempre y cuando sus existencias, es decir su población, no se reduzca por debajo de ciertos niveles umbrales más allá de los cuales la renovación de la población original no es posible.

También puede suceder que el habitad marino se deteriore por acciones antrópicas de descargas de contaminantes y materiales inertes vertidos, introducción de especies ajenas, alteraciones del litoral, cambios en los aportes de aguas continentales, aumentos de salinidad, etc. Estas intervenciones modifican las condiciones del medio impidiendo o dificultando la renovación automática de la especie. Si ambos fenómenos, adversos a la renovación natural de la especie se dan conjuntamente, el riesgo de deterioro y extinción se magnifica.

En el pasado estos recursos eran considerados inagotables, la explotación afectaba a una pequeña fracción del total, sin comprometer su renovación natural. El umbral crítico entre explotación renovable y sobreexplotación se encontraba distante y no se percibían límites naturales a la acción antrópica. La concepción de disponibilidad ilimitada de bienes eternamente renovables impregnó, como se ha visto en capítulos anteriores, el pensamiento económico. Pero con los aumentos de explotación y la ocupación progresiva de los espacios naturales, la sociedad se ha ido acercando a límites más allá de los cuales la renovabilidad se ve comprometida, el umbral es entonces claramente perceptible.

Si la tasa de explotación de un tipo de recursos renovables, es decir, una población, ha sido históricamente pequeña y su renovación ocurre automáticamente sin necesidad de administración o intervención humana, dichos recursos podrían considerarse como ilimitados, infinitos y, por lo tanto, como un bien libre. La mayoría de los recursos del mar han sido considerados bienes libres. Pero a medida que la explotación del recurso aumenta los umbrales críticos de renovabilidad se alcanzan. Pero la sociedad ha internalizado la idea de renovabilidad automática, de infinitud, y el recurso en cuestión sigue siendo considerado como un bien público; es decir, que el acceso a su uso es libre. El concepto de bien libre implica que el uso que cada individuo hace de él no reduce ni la disponibilidad para los demás del recurso ni el bienestar de los demás. La idea de bien libre o público persiste tanto en el contexto de los principios, teorías y criterios que orientan su explotación como en el de los hábitos y la mentalidad del público que guía su uso.

EL CONCEPTO DE EXTERNALIDADES

Los bienes libres o públicos son aquellos para los cuales es difícil definir derechos de propiedad, o si éstos están definidos por algún tipo de normativa, su puesta en vigor, imposición o cumplimiento es difícil, cuando no imposible. En el caso de los peces es prácticamente imposible definir derechos de propiedad; por lo tanto, en ausencia de regulaciones, un individuo puede pescar la cantidad que quiera. Como se actúa bajo el supuesto de que el bien es ilimitado e inagotable, no se reduce ni su disponibilidad para los demás ni el bienestar del resto de la sociedad.

Los supuestos básicos del análisis económico tradicional neoclásico son los de competencia perfecta en el mercado y divisibilidad total de recursos, bienes y servicios. En este contexto se postula la capacidad del mercado para lograr automáticamente un óptimo económico en términos de bienestar social u óptimo de Pareto. En este óptimo toda influencia económica de la conducta de una persona (o de una firma) sobre el bienestar (o los beneficios o costos) de otra persona (u otra firma) se trasmite a través del mercado, y concretamente mediante modificaciones de precios. Se acostumbra expresar esto en los siguientes términos: el equilibrio en una economía perfectamente competitiva tiende hacia una situación óptima y de equilibrio excepto cuando las interdependencias entre las unidades económicas no operan a través del mercado, es decir, son externos al mismo. Los economistas neoclásicos argumentan que la presencia de externalidades, es decir, interdependencias que operan al margen del mercado, revela fallas del mercado y son causa fundamental de divergencia entre el bienestar social y el privado, o que algunos se benefician a costa del bienestar del resto. En términos más generales, los fenómenos que ocurren fuera del mecanismo del mercado, pero que afectan la conducta económica, se subsumen en el concepto de externalidades que pueden ser positivas; economías externas, o negativas; deseconomías externas.

Múltiples fenómenos de importantes consecuencias económicas, tales como los problemas ambientales o los beneficios que derivan de la difusión del conocimiento científico, se manifiestan como interdependencias directas entre unidades económicas, fuera del mercado.

La literatura sobre el tema es abundante. En forma muy simple se define el concepto de externalidades en términos de la respuesta de un individuo (o una firma) a las consecuencias externas al mercado, de la actividad de otras. La existencia de un efecto externo quiere decir que la actividad de una unidad económica repercute sobre la actividad de otras modificando la conducta de estas últimas. Como estas interacciones no operan a través del mercado, los beneficios o costos que ellas provocan no tienen un valor de mercado, es decir, un precio. Según la teoría neoclásica, una peculiaridad básica de esta interdependencia directa es la no intencionalidad, es decir, el efecto de las acciones no es deliberado.

Los economistas neoclásicos descuidaron el tema de las externalidades por considerar que eran excepciones a la regla, que sus efectos eran despreciables o mínimos, no afectando en forma significativa el bienestar social. Pero en la realidad los fenómenos de interdependencia directa son cada vez más frecuentes y evidentes, además no son ni despreciables ni mínimos. No es posible, por lo tanto, considerarlos como excepciones. Las externalidades son inherentes al sistema de mercado, ignorarlas genera decisiones que magnifican las imperfecciones del mercado y alejan, aún más, al sistema de un óptimo bienestar social.

Una externalidad existe cuando se dan dos condiciones:

El goce que proporciona la belleza del jardín del vecino supone que el trabajo de jardinería de éste proporciona un bienestar que no se negocia en el mercado. No se incurre en gasto alguno para gozar de la belleza del jardín. Si el efecto es negativo y disminuye el bienestar de otros individuos u ocasiona gastos para contrarrestarlo, se habla de deseconomías externas.

Según la teoría, las externalidades persisten debido a que el mercado carece de mecanismos que permitan determinar precios para las variables interdependientes. Esto se debe a tres causas. Una es que los mercados potenciales para internalizarlas, es decir, para tomarlas explícitamente en cuenta en el cálculo económico, son muy pequeños, difíciles y costosos de operar, y no hay suficientes unidades económicas dispuestas a participar en ese mercado (por ejemplo, el mercado de la belleza del jardín del vecino). La segunda es que los agentes económicos desconocen o no tienen información sobre la existencia de esas externalidades, de sus causas y de sus consecuencias (de allí la no intencionalidad); o que la información es parcial y/o conocida sólo por uno de los agentes. Este es el caso frecuente de las denominadas externalidades intertemporales o intergeneracionales, es decir, aquellas que maduran lentamente, materializándose en el futuro (por ejemplo, el efecto de los CFC sobre la capa de ozono). La tercera, quizás la más importante, es que la generación de externalidades está asociada al uso de recursos, bienes y servicios considerados públicos o libres (el aire, los océanos, la belleza de un paisaje), nadie puede apropiarse de ellos. La teoría asume que la no apropiabilidad implica que el uso que cada unidad económica hace de un bien no reduce su disponibilidad para los demás: el consumo de aire de un individuo no reduce su disponibilidad para los demás, así como el consumo de conocimientos no reduce la disponibilidad de conocimientos y, por lo tanto, todos pueden acceder a la misma cantidad de conocimientos.

La existencia de externalidades revela que el mercado falla en el logro del bienestar social óptimo. Esta falla es, primafacie, razón suficiente para justificar formas de intervención. La solución propuesta habitualmente consiste en internalizar las externalidades mediante la asignación de precios a los daños (o beneficios) que surgen de las interdependencias directas. Los instrumentos gubernamentales utilizados para internalizar externalidades son: impuestos, multas, subsidios, derechos a contaminar, derechos de propiedad. La alternativa a ellos son intervenciones o regulaciones que adoptan la forma de prohibiciones, estándares o normas y cuotas. Al imponer el gobierno un precio (un impuesto o una multa) al efecto externo, hace que cada unidad o agente económico esté forzado a considerarlo en sus cálculos económicos y, por lo tanto, en sus decisiones de producción y consumo.

Se acostumbra distinguir entre externalidades públicas y privadas. Las primeras se dan cuando un bien, o un recurso natural, es usado sin que sea necesario pagar por ello; o cuando el consumo que un individuo hace de ese bien o recurso no reduce las posibilidades de su consumo por otros (el aire, el agua de un acuífero). La imposibilidad de apropiación del bien o recurso suele ir acompañada por la presencia (acceso) de un gran número de usuarios del bien, o de unidades económicas que originan externalidades (muchos agricultores explotan un mismo acuífero, muchas flotas pesqueras explotan un mismo caladero). El bien es público, cualquiera puede acceder a él. Además, parece existir en el ser humano una propensión innata a usar al máximo todo aquello que se obtiene sin costos. El esfuerzo de un individuo por maximizar el uso de un bien público se traduce en la imposición de un efecto negativo sobre los demás, pero también sobre sí mismo porque contribuye, por ejemplo, al agotamiento del recurso, con lo cual él mismo se verá perjudicado. Sin embargo, es difícil determinar el grado de consumo que cada individuo hace del bien.

Cuando una externalidad es bilateral o involucra a pocos individuos, y tanto los que causan la externalidad como aquellos que la sufren son perfectamente identificables, se habla de externalidades privadas. Es el caso tradicional de aquel que quema basura en su jardín molestando con ello al vecino. Estas externalidades se denominan unidireccionales. Se mueven en una dirección determinada entre un(os) origen(es) conocido(s) o identificable(s) que impone(n) una externalidad en otro(s) también perfectamente identificable(s). Pero ese tipo de externalidades son cada vez menos frecuentes.

Por ejemplo, la gestión de los recursos del mar es muy compleja; los océanos y mares son el habitad de poblaciones de diferentes especies ictiológicas, de mamíferos y aves; de especies vegetales que sustentan especies animales superiores como los peces. Es decir, los océanos son el habitad de una gran diversidad y variedad de recursos biológicos. Son también, al mismo tiempo, el sumidero donde se vierten residuos, se descargan basuras y materiales o se depositan contaminantes. Lo segundo equivale a decir que el ecosistema marino proporciona servicios o funciones ambientales que inciden en el bienestar social y posibilitan actividades económicas sin que por ello sea necesario incurrir en desembolsos monetarios. La capacidad de biodegradación del sistema natural, en este caso de los océanos, es un servicio público por excelencia, es imposible su apropiación. Así, los ecosistemas marinos proporcionan gratuitamente, por un lado, recursos (peces, mariscos, etc.) y, por otro, funciones (o servicios) ambientales (absorción y biodegradación de residuos). Proporcionan también otros servicios de esparcimiento, científicos, etc. Todos estos servicios fluyen al individuo y las unidades económicas al margen del mercado. Pero su uso intensivo reduce sus capacidades naturales para desempeñar esas funciones y, al mismo tiempo, aquella de habitad de recursos biológicos.

Tanto la sobreexplotación de los recursos biológicos (sobrepesca, sobrepastoreo) como de la función de sumidero de los ecosistemas marinos (por la magnitud, las calidades, las frecuencias y los efectos sinérgicos de las descargas que reciben) puede, si se transgreden ciertos umbrales, menoscabar sus capacidades para proporcionar recursos y servicios o funciones ambientales. En ambos casos se generan externalidades. Se utilizan en exceso recursos (peces, productividad natural de los pastizales) y servicios o funciones ambientales (capacidad para absorber y degradar contaminantes y residuos), lo que tiene efectos negativos sobre el resto de la sociedad.

Al empeorar la calidad de un ecosistema, por ejemplo un ecosistema marino, por el abuso que cada uno hace de la función de sumidero, toda la sociedad sufre los efectos de cada acción individual; es un caso de externalidades recíprocas.