EL USO DE LA NATURALEZA
y su degradación

The material resources and environmental quality
are affected by a lack of consideration of the two as a
unit... Depletion of reserves and pollution have
the same cause, failure to manage the flow of
materials as a cycle, resulting in resource depleting,
dispersal of energy and materials into the
environment as pollutants.

National Commission on Materials Policy

La forma de utilización de la naturaleza en la extracción de los productos que el hombre necesita para su subsistencia o para satisfacer aquellos deseos que va creando el desarrollo, está indisolublemente ligada a la actividad humana en su relación con el sistema natural. En esta utilización el hombre no siempre ha actuado en forma racional o eficiente vis à vis el sistema natural, aun cuando su acción pudo parecer racional de acuerdo con los principios vigentes y aceptados del sistema económico-social en un momento histórico dado.

La acción humana ha producido efectos y alteraciones en los sistemas naturales, algunos positivos, otros negativos; unos reversibles, otros irreversibles; algunos temporales, otros de carácter más permanente; unos inmediatos, otros de larga gestación y maduración; visibles a veces, no fácilmente perceptibles en la mayoría de los casos, y a menudo despreciables, pero muchas veces catastróficos.

El sistema social siempre ha hecho uso del sistema natural, ya sea en la explotación misma de los recursos naturales, o mediante el aprovechamiento de la capacidad de adaptación y asimilación del medio natural. Lo nuevo es la escala en que éste se utiliza a través de una explotación de los recursos naturales cada vez más intensiva y de mayor magnitud, y de la presión creciente sobre las capacidades de asimilación y la resiliencia del sistema natural.

La sociedad contemporánea se sustenta en una base que exige una cantidad cada vez mayor de recursos materiales, utilizados bajo formas innumerables y crecientemente diversificadas en la mayoría de las ocasiones de manera ineficiente.

Este uso masivo y acelerado de los recursos naturales, y la presión sobre los mecanismos naturales de asimilación y resiliencia, se lleva a cabo a un ritmo y en una forma tal, que supera los tiempos normales de regeneración y asimilación del sistema natural, resultado en un agotamiento acelerado de recursos y degradación del medio.

No tiene sentido el argumento de que la sociedad ha vivido antes con menos y más simple recursos materiales. No es posible volver al pasado; tampoco tiene validez, ni es aceptable una posición conservacionista que frene el desarrollo e impida superar la situación de miseria en que vive la gran mayoría de la población mundial.

El rechazo de una posición conservacionista de este tipo no implica, obviamente, la aceptación de una política de explotación irrestricta del medio natural. Ni los conceptos de explotación ni los de conservación responden a los requerimientos de un proceso de desarrollo racional visto desde el ángulo del medio ambiente. Por lo tanto, los argumentos relativos al menor consumo de recursos naturales en periodos anteriores y la idea de que su creciente uso lleva inevitablemente, con su agotamiento, al colapso de la civilización, deben ser vistos desde otro punto de vista. Hay que tratar de descubrir en qué forma deben usarse tales recursos a fin de aumentar su eficiencia y cómo incorporar nuevos recursos que no alteren negativamente el funcionamiento de los sistemas naturales.

Ello implica explorar en qué medida el problema ambiental y de utilización de recursos va a contribuir y obligar al sistema social a cambiar sus estilos de vida y patrones de desarrollo. Y esto a su vez supone reconocer que el consumo masivo y la creciente diversificación de recursos por un lado responde y por otro requiere una específica institucionalidad social. Así pues, el problema de la utilización de los recursos naturales, de su agotamiento y del deterioro del medio deben examinarse desde una doble perspectiva: por una parte, la de la existencia de recursos naturales conocidos y de las leyes naturales que gobiernan y regulan su proceso de reproducción, así como la capacidad del medio para regenerarse y absorber el impacto de la actividad humana, y, por otra, por la forma en que el sistema social lleva a cabo sus actividades, que se traducen en formas específicas de gestión ambiental.

Ello requiere definir un patrón de desarrollo y un estilo de vida que considere explícitamente la dimensión ambiental, tanto en relación con sus escalas de valores, posiciones culturales y procesos de decisión como en la estructuración del sistema institucional. Pero, además, requiere un sistema social capaz de reconocer las leyes que gobiernan los procesos naturales y de tomarlas debidamente en cuenta en sus actividades. En otras palabras, la disponibilidad física de recursos naturales está supeditada a una definida institucionalidad social, un estilo de vida y patrón del desarrollo.

El concepto de recursos naturales ha sido objeto de múltiples intentos de definición que difieren según los fines del estudio o la óptica de la disciplina específica con que se enfrenta el problema. Las Naciones Unidas los han definido como todos aquellos que encuentra el hombre en su ambiente natural y que puede en alguna forma utilizar en beneficio propio.1 Esta definición, un tanto amplia, contiene sin embargo tres elementos más o menos comunes a todas las que es habitual encontrar en los textos: a) el hecho de que son parte o se obtienen a partir de un sistema natural; b) que satisfacen necesidades, y c) que enfatizan el carácter pasivo de la disponibilidad de recursos naturales, ignorando el proceso activo de apropiación y transformación de tales recursos a través de la aplicación del conocimiento científico-tecnológico.

Los recursos se definen, entonces, en función de la capacidad de la naturaleza para satisfacer necesidades humanas, lo que puede lograrse por utilización directa de elementos que forman parte del sistema natural o por transformación de algunos de esos elementos en materiales que pueden a su vez utilizarse directamente o emplearse como materias primas para la producción de otros bienes.

En el primer caso, el hombre usa recursos naturales que simplemente coge o colecta. Algunas de estas formas de utilización se llevan a cabo inconscientemente; por ejemplo el aire, que es un elemento esencial, la energía solar, etc. Otra forma de utilización es consciente: se recogen frutas y alimentos para satisfacer necesidades. Una situación de este tipo es la de una sociedad primitiva en la cual la utilización de la naturaleza se lleva a cabo por simple ocupación de la misma. Los procesos de transformación son mínimos y, por lo general, no conscientes. Otros elementos de la naturaleza --o combinaciones de ellos-- empiezan a ser utilizados cuando se descubren las formas de transformación para aprovechar algunas de sus propiedades individuales o conjuntas.

En este segundo caso las sustancias existentes en la tierra, o combinaciones de ellas, son utilizadas cuando la sociedad ha desarrollado el conocimiento básico acerca de cómo extraerlas, transformarlas y procesarlas para beneficiarse de sus propiedades. Este aspecto es importante porque implica un acceso diferencial a ellas basado en el conocimiento y la tecnología; acceso que depende de la posibilidad y capacidad para adquirir dicho conocimiento y la capacidad técnica y económica para utilizarlos. Estas capacidades están a su vez asociadas con una determinada organización social para su apropiación. Finalmente, la disponibilidad de conocimientos científico-tecnológicos, la capacidad de utilización de los mismos y la organización social son función del patrón y nivel de desarrollo.

El funcionamiento de la sociedad moderna se sustenta en la utilización masiva de los elementos naturales existentes en forma directa o a través de complejos procesos de transformación. Ello lleva a establecer una distinción entre lo que puede considerarse como recursos intrínsecamente naturales2 y aquellos que, siguiendo la terminología utilizada en el comercio internacional, se agrupan como productos básicos. Este último grupo incluye elementos que son esencialmente materias primas y aquellos otros que incorporan un proceso de transformación más o menos complejo y que pueden clasificarse como materias procesadas. Tanto las materias primas como las procesadas tienen como característica común --aparte de que se obtienen de la naturaleza-- dos aspectos: a) que su importancia radica más en su función de satisfacer ciertas necesidades que en su especificidad como cosas o elementos, y b) que son productos del ingenio y la capacidad humana, pues en cierto sentido son creados por el hombre a partir de la naturaleza. En el cuadro de la siguiente página se presenta en forma gráfica la distinción señalada entre los recursos naturales.

El enfoque que ha orientado históricamente la utilización de los recursos naturales se ha caracterizado por su reduccionismo. Esto se ha puesto de manifiesto en dos hechos precisos: la consideración del producto per se, desligado de su relación con el sistema del cual es parte, y la forma en que se han valorado los recursos.

Es claro que ambos aspectos se relacionan. Así, los recursos naturales están valorados exclusivamente en función de su posibilidad de apropiación y de su valor de cambio; en otros términos, por la capacidad de generar rentas y la existencia de un precio que permita su transacción en el mercado. Hay una serie de recursos naturales que no son susceptibles de apropiación ni se transan en el mercado y que, sin embargo, se utilizan por el hombre directa o indirectamente. El argumento tradicional y conocido es que dichos recursos son inagotables y constituyen un don de la naturaleza. El agua y el aire son los ejemplos típicos que se mencionan, y la teoría económica los considera como bienes libres, es decir, bienes tan abundantes que su valor marginal para cualquier usuario real o potencial es cero.

Sin embargo, la expansión mundial ha exigido una utilización creciente de ambos elementos, utilización que se tiene que considerar en términos cualitativos y no sólo cuantitativos. El agua es sin duda abundante en la tierra, si se considera que su volumen es estimado en 1 500 millones de kilómetros cúbicos.3 Pero sus usos dependen de su calidad. Esa calidad se ha ido deteriorando hasta tal punto, que los problemas asociados con los recursos hídricos han constituido el tema de una de las grandes conferencias mundiales en los últimos años y uno de los mayores problemas actuales.

A su vez, la preocupación creciente por la contaminación del aire, y la fijación de normas, impuestos y controles orientados a mantener su calidad, representa de hecho un intento de valoración de dicho recurso y la exigencia de un pago por su uso. La no valoración económica de estos recursos ha promovido su uso predatorio. Ello se manifiesta en un costo social que escapa a los mecanismos tradicionales del sistema de mercado. Al fijar un precio (impuesto) de hecho se define un mecanismo de apropiación del recurso en función del mercado.

Los elementos que se extraen de la naturaleza para su utilización no se encuentran aislados. En realidad son parte de un sistema dinámico y abierto en que cada uno interacciona con los otros y desempeña un papel específico en su funcionamiento. De ahí que las alteraciones en uno de ellos --alteraciones de orden tanto cualitativo como cuantitativo-- repercutan necesariamente sobre el resto del sistema y lo afecten en su totalidad. Es así como la disponibilidad de ciertos recursos está condicionada por la existencia y forma de utilización de otros con los que interactúan en el mismo sistema, y a los que a su vez condiciona y determina.

La existencia y posibilidad de utilización de los elementos existentes en la corteza terrestre responde a una doble dinámica: la de los fenómenos naturales y la de los sistemas sociales. Ello implica considerar en su análisis dos dimensiones temporales: la inherente a los fenómenos naturales y la regida por la acción humana. Los recursos naturales existentes hoy son el resultado de procesos de transformación que se han gestado hace millones de años y que se pueden interpretar como un flujo que se va generando y transformando a lo largo del tiempo. Este proceso natural de generación y regeneración de recursos puede alterarse por la forma en que la acción humana interfiere en él. La forma, la magnitud y el ritmo de utilización de los recursos afectan el funcionamiento del sistema natural, muchas veces en algunos de sus procesos básicos. Por otra parte, la capacidad de asimilación del sistema natural es utilizada de un modo cada vez más intensivo, tanto debido al crecimiento de la población y del consumo como a la mayor magnitud y diversificación de los procesos de transformación que generan volúmenes crecientes de residuos. Siguiendo la tradición, tal capacidad asimiladora se considera como un bien libre y no se valora por el mercado: no tiene un precio.

El concepto de recurso está definido además en función de las posibilidades de aprovechamiento por parte del hombre, posibilidad que está supeditada a factores diversos: conocimiento de sus cualidades intrínsecas y de sus facultades para satisfacer necesidades específicas; de su existencia y capacidad científica y tecnológica para extraer y transformarlos, posibilidades económicas, conveniencia política, etcétera.

Por lo tanto, los recursos son definidos en términos de los conocimientos y tecnologías disponibles. Como ambos cambian constantemente, lo que es considerado como recurso en un determinado momento y lugar puede no serlo en otro. A ello se añade el hecho de que las necesidades mismas cambian y aparecen otras nuevas, que requieren productos distintos para ser satisfechas.

Los recursos se originan siempre a partir de los denominados recursos naturales intrínsecos, pero su valoración económica es consecuencia de la aceptación social y del desarrollo tecnológico. El proceso actúa en ambos sentidos. En efecto, la dinámica social y el desarrollo científico-tecnológico, tan pronto descubren nuevas propiedades en los recursos naturales y nuevas tecnologías para emplearlos, provocan también la obsolescencia de otros productos.

Por lo tanto, el concepto de lo que constituye un recurso es un concepto dinámico. Dos factores básicos dan cuenta de este dinamismo: el desarrollo científico-tecnológico a través del descubrimiento de nuevas características de los elementos existentes en el sistema natural, del descubrimiento de nuevos elementos existentes, y la invención y aceptación de nuevos procesos para su extracción y procesamiento. El segundo factor es la adopción de nuevos hábitos de consumo y necesidades sociales que determinan nuevas demandas sobre los elementos naturales.

Algunos ejemplos ilustran lo anterior. A mediados del siglo XIX se inició la explotación masiva de un árbol de la floresta amazónica para la producción de caucho. La explotación masiva de ese recurso forestal se redujo frente a la competencia de especies de alto rendimiento, que se desarrollaron científicamente en Malasia. El recurso malayo vio limitado su uso y, por lo tanto, su valoración económica cuando se desarrolló una técnica que permitía la obtención del producto en forma sintética, con ventajas económicas y cualidades que satisfacían mejor las necesidades del mercado. Un caso aún más claro se tiene con el nitrato natural. A fines de la primera guerra mundial se desarrollaron a escala industrial los procesos para la producción de fertilizantes nitrogenados, que deberían desplazar rápidamente a los nitratos naturales del norte de Chile. Hasta ese periodo el producto chileno abastecía más de 90% de la producción y el consumo mundial. Hoy la producción de nitrato natural se mantiene en Chile más por motivos sociales que por razones económicas o técnicas. Ambos ejemplos ilustran un caso claro de obsolescencia tecnológica, con lo que elementos naturales útiles al hombre pierden valor económico en cuanto recursos, al aparecer sustitutos naturales o artificiales.

Las enormes cantidades de bauxita de Australia, Jamaica y Surinam sólo se consideraron como recurso cuando se inventaron y desarrollaron los procesos para la obtención de alúmina y aluminio. Otros productos adquieren una valoración mayor como recursos cuando se descubre que alguna de sus propiedades permite su uso en actividades más rentables. Un ejemplo se tiene en la casabé, el maíz, el sorgo y la caña. Los problemas de energía y el desarrollo a escala industrial de procesos para obtener alcohol de los productos citados, que permite reemplazar al petróleo en el uso de corriente, se ha traducido en el desarrollo de grandes plantaciones en Brasil, Australia y Estados Unidos. Estos recursos se han revalorado, determinando la asignación de otros recursos, tanto naturales como financieros (tierra, capitales, etc.) a su producción en escala industrial. Los recursos naturales por definición --aquellos que en el esquema anterior (véase de nuevo el cuadro anterior) han sido denominados «intrínsecos»--, aun cuando tienen su valor en sí mismos, también pueden verse afectados por la aplicación de tecnología orientada a mejorar su rendimiento y capacidad para satisfacer necesidades. Así, por ejemplo, nuevas tierras pueden ser incorporadas al cultivo y su fertilidad puede verse aumentada. En tal caso, la existencia de recursos aumenta, pero también puede ocurrir que se vea reducida a consecuencia de una descarga excesiva de residuos o por una utilización predatoria de recursos a un ritmo superior al que permite su normal recuperación.

La tecnología incorpora el sistema natural y sus recursos al sistema económico en la medida que permite su utilización y, por lo tanto, la asignación de un valor. La concepción de los recursos naturales como existencia es discutible. Su valor depende de la situación científica-tecnológica en un determinado momento, más que de su existencia física en sí. De hecho, lo que se da es un flujo de recursos regulado por la dinámica de los fenómenos naturales --que determina el tiempo de reproducción y formación de ciertos elementos necesarios al consumo-- y por la dinámica del sistema social, su capacidad de «crear» nuevos recursos, de originar la obsolescencia de otros y de buscar el sustituto adecuado cuando la existencia de algún producto o de algún material enfrente situaciones críticas de abastecimiento.

El concepto de recurso es así un concepto social y económico: los elementos del sistema natural son considerados recursos sólo en relación con una sociedad específica y en determinado momento histórico, que define un marco económico, una capacidad tecnológica una forma institucional y organizativa, y que permite su explotación, distribución y consumo.

Un segundo aspecto cabe destacar es que el flujo de materiales originado en el sistema natural, en cierta medida vuelve a él bajo la forma de residuos, contaminantes, desechos, etc. En el esquema desarrollado por Kneese y sus colegas es posible visualizar este flujo.4

Tal esquema proporciona una visión más exacta y completa de la realidad económica de los recursos naturales que la habitualmente examinada en los textos de teoría económica. Como bien señalaban sus autores, el enfoque tradicional llega hasta los productos de consumo final, los cuales según el esquema tradicional en alguna forma desaparecen en el vacío. Del mismo modo, dicho enfoque induce una práctica aparentemente tan inofensiva como la de considerar algunos elementos --por ejemplo, el agua y el aire-- bienes libres.5

Lo real es que tanto el proceso de producción como el de consumo dan origen a una cantidad de residuos que quedan en el ambiente y que, de no ser adecuadamente manejados y tratados, son causa --tanto en lo económico como en lo social-- reducción de fertilidad, efectos nocivos a la salud, destrucción de flora y fauna; costos por deterioro de equipos, maquinarias e instalaciones por la contaminación ambiental, etc. Estos residuos negativos fluyen --quiéranlo o no-- hacia consumidores y productores, que generalmente no tienen control sobre tales fenómenos.

Un enfoque integral de los recursos, y de los materiales a que dan origen no puede detenerse en el proceso de consumo, pues sus elementos materiales siguen existiendo y se pueden reutilizar o descargar en el ambiente natural. En un sistema cerrado en el que no hay acumulación neta de inventarios en términos de bienes y equipos, bienes duraderos e instalaciones, al volumen de residuos descargados en el sistema natural debería ser aproximadamente igual al volumen de los combustibles, minerales, alimentos y oxígeno utilizados en el proceso de producción, menos aquella parte de los mismos incorporada a los bienes producidos. Si se considera un sistema económico abierto, los volúmenes mencionados se ven modificados por los flujos de importaciones y exportaciones. Finalmente, el proceso se completa con la consideración de la obsolescencia de equipos y bienes de consumo durable.

Viendo el flujo recursos naturales-materiales en la forma expuesta, cabe destacar diversos aspectos: en primer lugar, las posibilidades y la conveniencia de aumentar la eficiencia en el uso de recursos y materiales, lo que tiene dos resultados positivos: reduce la cantidad de recursos y materiales por unidad final de producción, y reduce la cantidad de residuos descargados en el ambiente natural; en segundo lugar --e interesa destacarlo--, los residuos son de hecho materiales que pueden usarse para otros fines del proceso productivo, o simplemente reutilizarse en procesos similares. Esto lleva a la consideración de los procesos de reciclaje y reutilización. Y de nuevo el reciclaje y la reutilización significan menores requerimientos de recursos naturales y materiales vírgenes, al tiempo que son menores las descargas de residuos en el ambiente natural y, por consiguiente, es menor presión sobre su normal funcionamiento y su capacidad de asimilación y degradación.

Un aspecto adicional en el reciclaje es que implica utilización de materiales que requieren menores cantidades de energía para su transformación que los materiales vírgenes, lo cual nuevamente tiene un doble impacto positivo: en tanto reduce, por una parte, los requerimientos de energía por unidad de producto final, y por otra, reduce el impacto sobre el ambiente natural.

Hay dos consideraciones adicionales que hacer: la relación demanda-oferta y el aspecto distributivo. Se ha señalado que aquellos elementos que tienen características para satisfacer ciertas necesidades pueden considerarse como recurso. Sin embargo, es claro que las decisiones sociales, y sobre todo, económicas se orientan a la satisfacción de aquellas necesidades que se reflejan en una demanda efectiva, reflejo a su vez de una determinada distribución de la riqueza que define un poder de compra. Por lo general, los estudios y proyecciones sobre recursos naturales se refieren a sus respectivas demandas y no a las necesidades. En otras palabras, los recursos están valorados más en función de su demanda efectiva que de las necesidades. Más aún, la gran mayoría de las discusiones sobre recursos naturales tiende a un examen global, ignorando que constituyen la riqueza natural de países en regiones geográficas específicas y ecosistemas con características propias. Este enfoque ignora el aspecto distributivo, lo que es importante cuando se quiere examinar cómo y dónde son conservados los recursos, cómo son extraídos y transformados y dónde se consumen. La propiedad de los recursos y las formas de extracción y transformación están definidas por un patrón de desarrollo y una determinada división internacional del trabajo.

Finalmente, es claro que los recursos deben ser examinados en relación con la población, pero no en términos globales y simplemente aritméticos. Dicho enfoque oculta el hecho de que la relación población-recursos difiere de una región a otra, no sólo por una distribución geográfica irregular de los cursos naturales, sino también porque los patrones de consumo son diferentes y las poblaciones han alcanzado diversos niveles en la satisfacción de sus necesidades.