CRECIMIENTO POBLACIONAL Y
ABUNDANCIA DE MANO DE OBRA

El aumento poblacional desempeña un papel importante en la problemática del empleo, y se le ha vinculado con ciertas características de los países en desarrollo, como la abundancia relativa de mano de obra barata. Pero el análisis de la forma como la periferia se integra al sistema mundial revela que el exceso de mano de obra no es una característica congénita del mundo en desarrollo como pretende Lewis, sino la consecuencia de determinados patrones de desarrollo. Así, en los periodos coloniales, los pueblos indígenas fueron diezmados o expulsados hacia regiones lejanas. La incorporación de estas regiones al esquema liberal de la división internacional del trabajo implicó la implantación de nuevas actividades y la reorientación de las ya existentes. Cuando, además, hubo cierta escasez de población en relación con los recursos naturales, la expansión de la frontera geográfica, junto con la innovación tecnológica, se tradujo en resultados muy significativos en el plano económico. Esta situación fue básicamente la de aquellas áreas nuevas que hoy forman parte del mundo desarrollado: Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda. En otras regiones el colonizador se encontró con una población que había ejercido una presión muy fuerte transformando su base natural, como es el caso de los incas.

En otras ocasiones, la presión de la población fue más bien resultado de la necesidad de incorporar tierras a la producción de bienes para el mercado internacional. La población local fue expulsada de las tierras fértiles hacia aquellas marginales que no proporcionaban una base suficientemente diversificada para su desarrollo y sustento. La conservación de las reservas indígenas --sobre todo en África-- fue básicamente una forma para conseguir las tierras necesarias para la producción destinada a la metrópoli y, al mismo tiempo, crear una oferta muy elástica de mano de obra para el sector de exportación. Era, finalmente, una forma de forzar el proceso de monetarización de los sistemas rurales autóctonos.

La interpretación estática de una existencia de abundante mano de obra fue desarrollada ampliamente por Lewis, con su teoría de la oferta ilimitada de mano de obra, que fue y es todavía aceptada por muchos como caracterización adecuada del subdesarrollo. Sin embargo, esta concepción estática ha sido rebatida por Arrighi,5 cuyo análisis revela cómo Lewis acepta una situación en un momento dado ignorando las causas que conducen a ella, incapacitándolo para entender la dinámica del proceso. El supuesto básico de Lewis es que los países en desarrollo poseen abundante mano de obra tradicional, y que este exceso debe ser reducido a través de su absorción por el sector moderno en expansión. La experiencia histórica muestra las debilidades de un enfoque mecanicista y que la abundancia de mano de obra se presenta con frecuencia no en el sector tradicional, sino en el sector moderno. En consecuencia, lo que explica la abundancia de oferta de mano de obra de los países en desarrollo es el proceso de acumulación primitivo que garantiza tal oferta a los niveles de salarios deseados. En su ya clásico trabajo sobre la antigua Rodesia, actualmente Zimbabwe, Arrighi demuestra a través de un análisis histórico cómo el proceso de capitalización de la economía africana iba creando mano de obra abundante. Los principales elementos expresan relación con el creciente desequilibrio entre medios de producción y población en el sector campesino, transformación de las exigencias de renta monetaria en tanto que beneficio discrecional, en una necesidad, expulsión de los campesinos, sistemas impositivos, etcétera.

La primera acción importante fue la expulsión de los campesinos, a la que siguieron la creación de sistemas impositivos sobre sus tierras y propiedades, la enajenación de su ganado, con lo cual se les incapacitó para emplear su tiempo en actividades productivas dentro de su propio sector campesino. Por otra parte, la imposición de la Ley de la Paz Británica impedía a los grupos autóctonos la actividad guerrera. Durante un tiempo, esos grupos vivieron de sus economías de subsistencia, sin emplearse en haciendas y minas de la región. Ocasionalmente vendían algunos productos agrícolas a fin de obtener una renta monetaria que les permitiera participar en forma discrecional en la economía monetaria, en el sentido de que no era indispensable para las actividades de subsistencia de la población africana.

Una de las primeras formas para proveerse de mano de obra fue de carácter impositivo. La comunidad indígena tenía que suministrar obligatoriamente trabajadores para su empleo en las minas, la agricultura intensiva de exportación y en el sector terciario. L. Gan6 señala cómo los Natives Commissioners convocaban periódicamente a los jefes de las tribus y aldeas, informándoles que debían proporcionar una cierta cantidad de jóvenes para trabajar en las haciendas de los colonizadores. Entre 1896 y 1920 ésta fue una práctica bastante frecuente entre los ingleses. El informe de la Commonwealth Native Commission, citado por Arrighi, indicaba en 1909 que este sistema había permitido aumentar en 50% la oferta de mano de obra en algunos distritos. La despreocupación de los campesinos también fue empleada para proveer mano de obra barata. Al campesino expulsado de sus tierras se le permitía quedarse en la región en áreas marginales sin trasladarlo a las reservas, con el compromiso de trabajar un cierto periodo al año para las empresas capitalistas de agricultura intensiva en las minas. El informe del Native Affairs Committee of Inquire, señalaba textualmente: «Sería una muestra de grave miopía trasladar estos indígenas a las reservas, ya que sus servicios podrán revelarse preciosos para los europeos que en el futuro ocuparán estas tierras.»

En 1902 a la población africana de Rodesia le habían sido expropiadas tres cuartas partes de todas las tierras del país. Sin embargo, estos procedimientos --que en algunos casos motivaron fuertes revueltas-- no impidieron la preferencia del africano por una economía no monetaria, por lo cual, ya en 1894, la colonia impuso un impuesto de diez chelines sobre cada cabaña por cada adulto que viviera en ella y por cada una de las esposas que desbordasen una situación monogámica. ésta fue la primera forma de obligar al campesino a vender su fuerza de trabajo, ya que el pago en especie no era aceptado. Algunas aldeas, en vez de vender su fuerza de trabajo, intensificaron los cultivos de sus zonas marginales a fin de vender sus productos a los mineros de las haciendas. Con ello aceleraron el proceso de deforestación y agotamiento de las tierras marginales en que estaban afincados. En 1909 se fijó un impuesto sobre las tierras marginales, y los africanos que no vivían en las reservas se vieron obligados a pagar esta renta. Posteriormente se aplicaron impuestos por permitir pastar al ganado.

Estos hechos históricos reflejan claramente cómo la colonia tuvo que poner en práctica medidas especiales para crear una oferta de mano de obra adecuada a las exigencias del sector moderno.

En lo que toca a América Latina, es claro el papel que desempeñaron la encomienda, la mita, el desplazamiento forzado de grandes masas de población para la explotación minera, y la importación de esclavos para el trabajo en las plantaciones, como mecanismos creadores de oferta de mano de obra barata y de acuerdo con los requerimientos de las actividades económicas coloniales.

Caracterizar a los países en desarrollo como aquellos donde existe una oferta «natural» ilimitada de mano de obra, esconde el hecho fundamental de que dicho exceso no es una característica inherente a la economía periférica, sino que responde a un proceso histórico que obliga a un sistema a adaptarse a las exigencias de aquel otro sistema con que establece una relación funcional dependiente.

Los aspectos de población tienen que examinarse en función de su papel en la dinámica de desarrollo y también de acuerdo con la forma en que se establece una relación población-recursos. La incorporación de los sistemas periféricos a la economía mundial altera dicha relación, modificando una relación resultante del proceso histórico de armonización entre el sistema social y su ecosistema natural.

Las estadísticas oficiales revelan que en la primera mitad del siglo la agricultura africana ha experimentado dos tendencias fundamentales: constancia de la producción de cereales per capita, y aumento continuo de la superficie cultivada. Al buscar las causas de esta tendencia, se encuentra que no radica en una aceleración del incremento demográfico. El Chief Native Commissioner señala que la tasa de aumento de los hombres de más de quince años se mantuvo constante en 1.6% entre 1906 y 1936.

Por lo tanto, y como indica Arrighi, es legítimo afirmar que hasta fines del año 1930, la disminución de los rendimientos por acre no fue provocada por una tasa de incremento demográfico tal como para obligar a los campesinos africanos a una explotación más intensiva de las tierras.

Los bajos rendimientos deben atribuirse más bien al traslado de la población africana a la reservas, cuyas tierras de menor calidad tuvieron que soportar una población creciente para la cual no estaban dotadas. Los informes de la colonia británica acotan que el porcentaje de población africana existente en las reservas aumentó de 54% en 1909 a 59% en 1914 y a 64% en 1922.

La disponibilidad de hombres para trabajar en cultivos de subsistencia tiende, en general, a regular los patrones de remuneración en los cultivos de exportación. La expulsión de la población nativa hacia tierras para cultivos de subsistencia y áreas marginales contribuye a mantener bajos los salarios en esas áreas, lo cual se traduce en un proceso de migración rural, pero al mismo tiempo en una presión intensa sobre el recurso natural.

La concepción de una situación de exceso de mano de obra, como característica inherente a los países africanos, oculta el hecho de que en realidad esa pretendida abundancia de mano de obra corresponde al esquema institucional implantado por la colonia.