LOS RECURSOS NATURALES Y LA POBLACIÓN

La selva precede al hombre;
el desierto le sigue.
Paris, Mayo 1968

Los recursos naturales constituyen un tema de debate constante en la escena político-económica contemporánea. Las formas de apropiación, explotación, comercialización y destino final de tales recursos afectan profundamente las relaciones internacionales, determinan flujos financieros de envergadura y son causa de conflicto entre Estados soberanos y corporaciones transnacionales. Pero su importancia va aún más lejos. Podría decirse que la dotación de recursos y las modalidades adoptadas para su apropiación y explotación contribuyen a definir patrones específicos de desarrollo en países centrales y periféricos, así como su forma de inserción en el sistema mundial, en un proceso acumulativo que refuerza un sistema de división internacional del trabajo.

Las formas de explotación y utilización de los recursos no sólo afectan profundamente el funcionamiento del sistema socioeconómico mundial, sino que impactan y alteran los sistemas naturales, hasta el extremo de amenazar sus límites últimos y las posibilidades de sobrevivencia en la tierra. Esta nueva visión del problema y la conciencia creciente acerca de su globalidad han centrado el debate mundial en torno a la finitud de los recursos y el freno eventual que tal finitud podría constituir para el desarrollo. Es decir, se ha centrado la atención en la existencia y disponibilidad de los recursos, más que en las formas de explotación y en su uso y que están estrechamente ligados al estilo actual de desarrollo. Este énfasis en las limitaciones físicas por sobre las prioridades socioeconómicas de ciertos grupos sociales ha fortalecido la opinión de que la escasez relativa de los recursos naturales constituye el tope al desarrollo de la humanidad, pasando este a ser un aspecto clave, alrededor del cual se elaboran los argumentos en pro y en contra del crecimiento cero. Quizá la otra cara de la polémica --básicamente centrada en los aspectos socioeconómicos-- está dada por las discusiones en torno a la necesidad de buscar una relación más equitativa que las actuales formas de intercambio, entre las cuales los recursos naturales ocupan un lugar de extrema importancia.

Algunos hechos, consecuencia del sistema internacional de relaciones vigente han contribuido a enardecer el debate sobre los recursos naturales. Entre ellos cabe mencionar las crisis de petróleo en 1973 y 1978, que atrajeron la atención pública y centró la polémica mundial tanto en la utilización como en la disponibilidad de los recursos energéticos y en las formas de gestión de los mismos.

Otro elemento fundamental en esta polémica es el factor población. El crecimiento de la población, y la presión que supone sobre la producción de alimentos y recursos naturales en general, constituye uno de los aspectos más visibles de la relación medio ambiente-desarrollo. Como en cualquier ecosistema natural, el aumento de la población que lo habita significa una presión creciente sobre el mismo. En el caso de la población humana tal presión es mayor todavía, pues no se trata sólo de un aumento numérico, sino asociado además a la creación y diversificación de nuevas necesidades. Este aspecto cualitativo se traduce en exigencias sobre los recursos, que en términos cuantitativos son un múltiplo del crecimiento de la población. Nuevamente en este caso, la relación población-recursos ha sido vista más en su dimensión cuantitativa que en los aspectos cualitativos que la acompañan y que, en términos de recursos, son muchas veces más onerosos que el mero crecimiento de la población.

Los recursos naturales han sido objeto de preocupación a lo largo de la historia del pensamiento económico. Entre diversos paradigmas científicos, su consideración ha ido reflejando las ideologías imperantes en cada situación histórica particular.

La necesidad de una adecuada situación de recursos naturales en términos globales, capaz de sustentar un proceso de desarrollo, fue ampliamente examinada por los clásicos, en especial por Malthus, Ricardo y Mill. Según estos autores, la eventual escasez de los recursos naturales llevaría a la larga a un estado estacionario. Dicha preocupación reaparece en los llamados neomalthusianos, y más recientemente en los trabajos patrocinados por el Club de Roma sobre los límites del crecimiento y en las expresiones vertidas por diversos autores, posiciones éstas muy controvertidas que mantienen vigente y vivo el debate.

Una segunda preocupación de los economistas tiene un carácter más limitado y se enfoca al examen de la forma de utilización de recursos naturales concretos para la producción de los bienes y servicios que demanda el mercado. En este caso el interés por los recursos naturales está enmarcado en el enfoque tradicional de la evaluación de proyectos: los recursos naturales son considerados como un acervo de capital, y desde este punto de vista lo importante es definir cómo deben ser explotados, ya sea con el fin de maximizar las utilidades del productor privado o los ingresos del país productor y su crecimiento económico. En tal enfoque se pone el acento en la necesidad de maximizar los retornos de la inversión, las utilidades y el aporte al producto nacional.

CONTROVERSIA SOBRE RECURSOS NATURALES-POBLACIÓN

To start on a wrong path leads
to wrong destinations.
Mazisi-Kunene

La preocupación por la escasez de los recursos naturales fue planteada por vez primera en forma sistemática en 1798 por Malthus. Su proposición básica se refiere a la relación población-recursos alimenticios, y señala que mientras la población crece en proporción geométrica, la producción alimenticia lo hace en proporción aritmética. Malthus concrenta su análisis fundamentalmente en el recurso tierra, que considera como finito. En este contexto la escasez del factor tierra se hace extensiva al resto de los recursos, que pasan a estimarse como limitados frente a una población siempre creciente. El supuesto básico es que los recursos constituyen una existencia finita, siendo este hecho el que define el concepto de escasez.

David Ricardo comparte en gran medida la preocupación malthusiana por el incremento de la población, pero extiende sus análisis a todos los recursos y no particularmente al recurso tierra. Sin embargo, su enfoque del problema no descansa en el hecho de que los recursos sean finitos, sino en la comprobación empírica de que los recursos varían en calidad y en ubicación. Ello determina un uso diferencial en función de sus respectivas calidades y ubicaciones, que se traduce en rendimientos económicos decrecientes, al requerir su explotación mayores cantidades de capital y trabajo. Los problemas de escasez relativa se traducen así en precios y costos crecientes que se manifiestan desde el momento mismo en que el recurso de menor calidad y/o más desfavorablemente ubicado se incorpora al proceso productivo. Es decir, la escasez de recursos, desde de la perspectiva malthusiana, se da en términos absolutos: recursos homogéneos y en cantidades finitas. En cambio, en Ricardo el supuesto de calidad diferencial implica un concepto distinto de escasez, definido por los rendimientos decrecientes que empiezan a manifestarse una vez que el recurso de mejor calidad y más favorablemente ubicado ha sido utilizado por completo. Esta situación no necesariamente coincide con el límite absoluto de los recursos naturales.

John Stuart Mill clarificó y sistematizó el pensamiento de Malthus y Ricardo. Subrayó el enfoque de éste último al asignar a su concepto de escasez --determinado por la cantidad limitada en términos de calidad y productividad-- más importancia que a la noción de escasez definida en términos absolutos. Destacó lo que califica como la ley más importante de la economía política: el «efecto de escasez», que define cómo el incremento del costo de capital y trabajo por unidad de producción, debidos a la incorporación al proceso productivo de recursos naturales de calidades inferiores o localizados desfavorablemente.

Un segundo elemento importante aportado por Mill es lo que denomina el progreso de la civilización, fenómeno que contrarrestaría la tendencia a los rendimientos decrecientes. Este principio antagónico se refiere al progreso de las técnicas agrícolas en los conocimientos sobre agricultura y ganadería; la incorporación de nuevos productos alimenticios, y la reducción de desechos en las actividades del agro. Dicho efecto contrastante sería más factible en el sector minero que en el agrícola. El concepto de progreso en los términos empleados por Mill constituye una incipiente tentativa de incorporar el cambio tecnológico como un elemento fundamental para evitar la escasez.

Los planteamientos sobre la escasez de los recursos naturales fueron reactualizados por los movimientos conservacionistas que se desarrollaron fundamentalmente en Estados Unidos a fines del siglo XIX y comienzos del XX. La preocupación se circunscribe a un problema nacional, en el cual el efecto de escasez de Ricardo y Mill es destacado por sobre el concepto del límite absoluto de los recursos preconizado por Malthus. Un aspecto importante esbozado por los conservacionistas es el de la interdependencia de los recursos naturales y el de los aspectos asociados a su deterioro o pérdida como consecuencia de la utilización de otros recursos o de su empleo en un uso alternativo. Ejemplo de esto sería el uso de terrenos agrícolas para carreteras o zonas urbanas.

La idea de límites absolutos o de escasez de los recursos naturales como un obstáculo al crecimiento ha sido replanteada en los informes preparados por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), bajo los auspicios del Club de Roma, conocidos como World III, o, más comúnmente, en el libro de Meadows.1 Los conceptos malthusianos de límites absolutos de los recursos y crecimiento exponencial de la población son desarrollados y enriquecidos con la consideración de los problemas de la contaminación y del deterioro del medio ambiente natural en general.

Dentro del modelo elaborado por Meadows y sus colegas para el Club de Roma, el tema de los recursos naturales se examina detalladamente a través de dos submodelos: uno para los recursos naturales «no renovables» y otro para el sector agrícola. El supuesto básico es que los recursos minerales son limitados y que --dado el ritmo de utilización actual-- sólo puede garantizarse un suministro de 250 años. A ello se añaden los costos de capital para ubicar y desarrollar nuevos recursos, que aumentan rápidamente a medida que se aproximan al límite.

Los supuestos anteriores son apoyados con un tercero, referente al desarrollo tecnológico. éste sería incapaz de contrarrestar los efectos de costos crecientes en la explotación de los recursos naturales de origen minero. En relación con el sector agrícola, responsable de la producción alimentaria para una población que crece exponencialmente, el modelo de Meadows postula también una serie de supuestos: la tierra agrícola arable es limitada y son crecientes los costos de incorporar nuevas tierras al sistema productivo. Ello se asocia al hecho de que los rendimientos de la actividad agrícola son claramente decrecientes. Los problemas anteriores se acentúan por la pérdida de los terrenos agrícolas, causada por un proceso centenario de erosión, a la utilización de los suelos agrícolas para otros fines (carreteras, construcciones habitacionales y/o industriales, etc.) y a la pérdida de fertilidad por la contaminación.

Las teorías de que la sociedad llegaría a un estado estacionario, y eventualmente al colapso definitivo como consecuencia de la escasez de recursos naturales, vis à vis del crecimiento exponencial de la población, fueron y aún son rechazadas por muchos. Marx atacó violentamente las tesis malthusianas, argumentando que si la sociedad se dirigía hacia un estado estacionario o de crisis del sistema, se debía a razones socioeconómicas y en ningún caso a razones de límites físicos absolutos, rendimientos decrecientes y crecimiento explosivo de la población. En su opinión, más que un científico, Malthus era el representante de una determinada clase social, y sus argumentos estaban orientados a justificar ciertas medidas económicas y sociales. Decía al respecto:

The people were right here in sensing instictively that they were confronted not with a man of science but with bought advocate, a pleader of behalf of their enemies, a shameless sycophant of the ruler class.2

En lo referente a la población, Marx rechaza la «ley biológica natural», que llevaría a un exceso de población.

...Dicho exceso poblacional es aparente y creado por el sistema capitalista. De hecho, el sistema capitalista «necesita de la superpoblación». Hasta el propio Malthus reconoce como una necesidad de la industria moderna, la necesidad de la superpoblación, que él con su horizonte limitado, concibe como un exceso absoluto de población obrera y no como un remanente relativo.3

El exceso de mano de obra en el sistema capitalista es una exigencia sine qua non para su funcionamiento:

...a la producción capitalista no le basta la cantidad de trabajo disponible que le suministra el crecimiento natural de la población. Necesita, para poder desenvolverse desembarazadamente, un ejército industrial de reserva, libre de esta barrera natural.4

En función de las fluctuaciones de este ejército industrial de reserva se regula el movimiento general de los salarios. Además de la existencia de una parte de la población obrera condenada al desempleo, crea una situación de oferta de trabajo superior a la demanda de mano de obra, con lo cual se contribuye a la formación del ejército industrial de reserva y se incrementa la creación de riqueza en beneficio del capitalista. Por lo tanto,

...al producir la acumulación de capital, la población obrera produce también, en proporciones cada vez mayores, los medios para su propio exceso relativo. Es esta una ley de población peculiar de régimen capitalista, pues en realidad todo régimen histórico concreto de producción tiene sus leyes de población propias.5

El planteamiento marxista establece claramente que la población no debe ser considerada como variable externa ni como un parámetro. Más bien constituye una variable interna, cuya trayectoria y dinámica está condicionada por las formas de producción.

Marx rechaza también el planteamiento ricardiano de los rendimientos decrecientes, con el argumento de que su autor ignoraba la función de la innovación y el desarrollo tecnológico como las fuerzas fundamentales del sistema capitalista. El planteamiento malthusiano-ricardiano se encuentra en contradicción con la historia.

No cabe duda que, a medida que progresa la civilización, se ponen en cultivo tierras cada vez de peor calidad. Pero tampoco cabe duda de que estas tierras de peor calidad son aún relativamente nuevas en comparación con las tierras buenas anteriores, gracias a los progresos de la ciencia... Desde 1815 el precio del trigo ha bajado de 90 a 50 chelines y aún más, de un modo irregular pero constante. La renta ha ido constantemente en aumento. Así ha ocurrido en Inglaterra y también, mutatis mutandis, en todos los países del continente... Lo fundamental en todo esto está en acomodar la ley de la renta a los procesos de fertilidad en la agricultura, único modo de explicar, de una parte, los hechos históricos y eliminar, de otra parte la teoría malthusiana del empeoramiento no sólo de brazos, sino también de la tierra.6

Marx reconoce la existencia de distintos tipos de fertilidad de los suelos, pero subraya el hecho de que la fertilidad de la tierra aumenta generalmente en forma paralela al desarrollo de la sociedad. Once años más tarde --y también dirigiéndose a Engels7-- afirma que la premisa ricardiana de «un deterioro constante de la agricultura parece los más ridículo y arbitrario».

La argumentación posterior en contra de los planteamientos neomalthusianos y de las tesis ricardianas reforzaría la importancia del desarrollo científico tecnológico como una fuerza que se opone a los rendimientos decrecientes. La sustitución y el reciclaje, posibilitados por la tecnología, permiten evitar la escasez y el colapso definitivo, y explican además la tendencia a la baja de los precios de productos agrícolas y mineros.

El desarrollo científico-tecnológico contribuye no sólo a explicar el aumento en la producción agrícola y minera, sino también el aumento de las posibilidades de sustitución, al descubrir nuevas fuentes de materias primas y lograr nuevos productos para satisfacer las mismas necesidades. De este modo permite, por un lado, el desplazamiento y la sustitución hacia aquellos productos de costos menores o con tendencias decrecientes, y por otro, explica una tendencia a la reducción de costos y al aumento de la rentabilidad en la explotación de los recursos tradicionales.

El conocido trabajo de Barnett y Morse señala que en el periodo 1870-1957 los costos unitarios en el sector agrícola experimentaron tendencias decrecientes, sobre todo a partir de 1919:

The period 1870-1919 was characterized by a middle declining unit cost of agricultural products. During the period 1919-1957, agriculture experienced a more sharply declining unit cost. During 1870-1919 units of cost in terms of labour and capital declined by a compound rate of 0.4 per cent by year. But comparable unit cost during 1919-57 declined by 1.4 percent by year.8

En lo que toca a los recursos de origen mineral, en el mismo estudio se resume la situación y se afirma que, desde 1880, los costos por unidad de producción neta, medidos en trabajo, o trabajo y capital, ha declinado rápida y persistentemente. Hacia el final del periodo (1960), el costo del trabajo y capital por unidad de producción sólo era un quinto del registrado en 1889. La caída es aún mayor para el costo de trabajo tomado aisladamente. De nuevo el incremento de productividad es más rápido en la segunda parte del periodo que en la primera. De 1889 a 1919 se estima que el costo unitario en capital y trabajo de la producción de minerales declinó a una tasa del 1.2% anual; de 1919 a 1947 la tasa descendió en 3.2% anual.9

Lo anterior revela que el mayor ritmo de reducción en los costos de explotación se presenta, paradójicamente, en un periodo en que el consumo de minerales supera todos los niveles precedentes en la historia de la humanidad.

El debate sobre la relación entre recursos y población se polariza en dos posiciones extremas: la del estado estacionario o la del expansionismo continuo.

Las teorías del estado estacionario no son nuevas. Los clásicos no sólo lo concebían, sino que también lo preveían y en algunos casos lo consideraban como una solución o un estado ideal digno de alcanzarse. Tanto Adam Smith como David Ricardo veían claros límites al proceso de crecimiento sostenible. Según la visión clásica tradicional, tal crecimiento es posible en la medida en que exista una tasa de ganancia positiva, aspecto que asigna a los capitalistas un papel decisivo en el proceso, pues lo mismo los terratenientes que los trabajadores tienden a consumir la totalidad de sus ingresos.

Son los capitalistas los que ahorran una parte de sus ingresos, parte que finalmente se transforma en un fondo de inversiones mediante el cual se expande el proceso productivo a través de la contratación de más mano de obra, más equipos y mayor empleo de los recursos naturales. Pero las ganancias del capital se ven afectadas por el crecimiento de la población y por la calidad y cantidad disponible de recursos naturales.

El proceso expansionista, al aumentar la demanda de mano de obra, tiende a hacer subir la tasa de salarios, con lo cual sube el ingreso de los trabajadores. Mejoran así sus condiciones de vida, y con ello se produce una baja en la tasa de mortalidad, de la que, al cabo de cierto tiempo, tiende a reducir los niveles de salarios reales.

Por otro lado, la mayor población estimula la incorporación de tierras de inferior calidad para producir los alimentos necesarios. La presión sobre la tierra se traduce en una mayor renta para la tierra de mejor calidad. Es así como el terrateniente tiende a absorber un porcentaje creciente del valor producido, lo cual quiere decir que la parte a distribuir entre capitalistas y trabajadores, ganancias y salarios, es cada vez menor. Si declinan tanto la tasa de ganancia como la de salarios, se dan dos efectos negativos sobre el proceso de crecimiento. En la medida en que la primera se acerca a cero, el proceso de acumulación tiende a reducirse, y con ella el crecimiento, llegando eventualmente a cero, cuando la tasa de ganancia llega, asimismo, a cero.

Por otro lado, la tasa de salarios tiende a bajar, llegando a sus niveles naturales o de subsistencia. Cuando las tierras fértiles se han agotado paulatinamente, y los costos para hacer producir la tierra más pobre sólo alcanzan para cubrir los salarios naturales, no hay ya más estímulos para el capitalista, pues sus ganancias son cero y no hay incentivos ni posibilidades para su acumulación.

Este fenómeno puede ser retardado y contrarrestado en cierta medida mientras existan recursos naturales abundantes y de buena calidad, lo cual permitiría un proceso de acumulación de capital tan rápido que posibilitaría elevadas tasas de salarios.

El progreso técnico, que aplaza la incorporación de tierras de menor calidad, o permite su explotación a costos decrecientes, es la segunda forma que considera Ricardo para retardar la llegada del estado estacionario. Finalmente, un tercer factor que lo aleja es el comercio internacional, que permite la especialización de los países industrializados en la producción de manufacturas y la de los países en vías de desarrollo ricos y con abundantes tierras, en la producción alimentaria y de materias primas. Por ello, Ricardo consideraba el estado estacionario como algo muy lejano.

Malthus pone el acento sobre el aspecto de la demanda efectiva y centra su análisis en los efectos del aumento de producción y población resultantes de los estímulos y de los deseos. Por lo tanto, su análisis se basa en las razones que estimulan el consumo y en una ley del crecimiento de la población asociada a la concepción de un mundo finito y de recursos limitados. Afirma que la riqueza produce deseos, pero que también los deseos producen riqueza. Ahora bien, los deseos y el consumo conspicuo de los ricos puede traducirse en cierta demanda que, a la larga, crea empleo, mientras que el consumo de los pobres y sus deseos sólo se traducen en consumo de alimentos y crecimiento de la población. Por el contrario, en las clases altas, el consumo conspicuo se asocia con una política prudente en términos de expansión de la familia.

El razonamiento de Malthus es diferente en el caso de capitalistas y terratenientes que en el de los trabajadores. Así, por un lado, la ley natural de la población le permite pronosticar un estado inevitable de miseria para la gran masa de los habitantes, en tanto que la teoría de la demanda efectiva ejercida por las clases pudientes asegura el empleo del capital y el trabajo y la expansión del sistema. Sin embargo, como los recursos naturales son finitos, el proceso tiene inevitablemente que llegar a una situación de tipo estacionario.

John Stuart Mill se ocupó explícitamente del estado estacionario en el capítulo sexto de sus Principios de política económica, viéndolo como resultado lógico e inevitable de un proceso de aumento de la riqueza que irremediablemente tiene que llegar a su límite. Reconocía que el crecimiento, aun cuando genera indudables beneficios, también tiene sus costos. Por otro lado, dicho crecimiento sólo es aceptable en los países más atrasados, ya que en los más desarrollados el objetivo económico debe ser una mejor distribución, para lo cual uno de los medios recomendados es el control de la población.

En oposición a los clásicos, lo que plantea Marx es que el modo de producción capitalista es incompatible con el proceso de crecimiento. De hecho, la esencia del capitalismo está en la expansión económica. Esta última lleva a la centralización de los medios de producción que, asociada a la tendencia a la baja de la tasa de ganancias, el crecimiento del ejército industrial de reserva y la socialización de la producción conducen al sistema capitalista a una situación de crisis, que puede estar relacionada con un estado estacionario y cuya única alternativa es el paso a una sociedad socialista o comunista.

La posibilidad del estado estacionario es muy remota en el pensamiento económico neoclásico. Por un lado, el cambio tecnológico se presenta con caracteres suficientes como para contrarrestar la ley de rendimientos decrecientes, y, por otro, según los neoclásicos, el aumento de la población tiende a decrecer a medida que la economía se expande. En este esquema tanto población como tecnología son consideradas variables externas al sistema. El pensamiento neoclásico arranca del supuesto de que los capitalistas están dispuestos a invertir en la medida que exista un fondo de inversión disponible a partir del cual pueden obtenerse los recursos financieros necesarios. A través del mercado de capitales, los inversionistas se relacionan con aquellos que ahorran y el nivel de la inversión vendrá determinado por la intersección de las curvas de oferta y demanda de inversiones. La tasa de interés desempeña un papel fundamental en este esquema porque, es en último término, la que determina el nivel de ahorro y el ritmo y monto de la inversión. Aun cuando la demanda de fondos de inversión tiene, como cualquier curva de demanda, una pendiente negativa, los adelantos tecnológicos tienden a desplazarla, alejándola de la intersección del eje de coordenadas. Así, la inversión emprendida se suma a un stock de capital existente, elevando la productividad de la fuerza de trabajo. El aumento de productividad se traduce en mayores ingresos, y, por lo tanto, en mayores ahorros (supuesta una propensión del ahorro positiva), resultando en una oferta de fondos para inversión crecientes.

El pensamiento neoclásico descansa sobre las posibilidades de un desarrollo tecnológico, que no presenta límites de especie alguna. Si no hubiera progreso tecnológico, la curva de demanda para inversión no se desplazaría. Los proyectos de más alto rendimiento van siendo completados y hay que recurrir a proyectos de menor rendimiento, lo cual quiere decir que las curvas de demanda y de oferta para inversión se cruzan a tasas de interés cada vez más bajas. A medida que este proceso se desarrolla, el volumen de actividad declina, la tasa de interés puede llegar a un nivel tan bajo que la comunidad no desee ahorrar ni invertir, y la economía se encontraría entonces en un estado estacionario.

Por un lado, tal concepción supone una propensión al ahorro positiva, lo cual permite crear un fondo de inversión; por otro, concibe una curva de demanda de bienes de inversión muy elástica, de tal manera que pequeñas bajas en la tasa de interés hacen rentable una gran cantidad de proyectos, lo que tiende a compensar con creces las posibles bajas en los proyectos de más alto rendimiento.

El gran optimismo en las posibilidades del desarrollo tecnológico, y la visión de un mundo abundante en recursos naturales, se tradujo en una posición contraria a tal estado: «no parece existir razón alguna para creer que nos encontramos próximos a un estado estacionario», escribía Marshall.10

Las posibilidades se volvieron a plantear con ocasión de la crisis de los años treinta, y formulada explícitamente por Alvin Hansen, quien señala que la ausencia de posibilidades de ganancia en fases declinantes del ciclo induce a una escasez de inversiones. A medida que las fases depresivas se suceden con mayor rapidez, tal escasez tiende a largo plazo a convertirse en un estado permanente, que lleva en forma inevitable a un estado estacionario. Frente a esta posición, Keynes plantea que las políticas monetaria, fiscal y de gasto público permiten superar las situaciones de crisis. Sin embargo, considera la posibilidad a largo plazo de un estado estacionario, que podría evitarse en la medida en que la sociedad fuera capaz de controlar la población, lograr un proceso de acumulación adecuado, asignar a la ciencia la dirección del proceso de desarrollo tecnológico y evitar las guerras.

La polémica se replantea en los últimos años no sólo como una posibilidad real o teórica, sino en términos de una política intencional que lleve a tal estado estacionario. Dentro de esta polémica se destacan el agotamiento de los recursos, el crecimiento de la población y los problemas de la contaminación como aquellos elementos fundamentales que inducen a pensar en el estado estacionario, no ya como algo inevitable o posible, sino como algo que tiene que buscarse, como una solución a los problemas más agudos que enfrenta la sociedad contemporánea.

El economista Kenneth E. Boulding ya planteaba veinticinco años antes que el Club de Roma las posibilidades de limitar el proceso de crecimiento económico. Parte de la premisa de que durante la primera mitad de este siglo la sociedad ha actuado como si el planeta Tierra fuera un sistema abierto, gracias a una aparente abundancia de recursos naturales y de un espacio no ocupado que permitió la expansión de la frontera agropecuaria. Sin embargo, Boulding señala que la sociedad vive en un sistema cerrado, con espacios perfectamente delimitados y con recursos finitos, límites éstos que son cada vez más perceptibles. Hay que pasar de una concepción de la economía típicamente expansiva --que denomina la economía del cowboy-- a una economía de sistema cerrado, donde los recursos son limitados y el espacio finito. De hecho, el hombre vive en una verdadera nave espacial, la Tierra.11

El planteamiento de Boulding es recogido por economistas como Herman Daly12 y Robert Heilbroner.13 Según el segundo, el punto límite de capacidad de este sistema cerrado ha sido superado ya y prácticamente no hay posibilidades de lograr un nivel de vida decente para la población mundial dentro del presente esquema. Siguiendo en gran medida a Paul y Anne Ehrlich y a Boulding, señala que son tres los factores que han llevado a estos límites: la explosión de la población, los efectos acumulativos negativos de la tecnología y, finalmente, la situación de hambruna que vive gran parte de la población mundial. Según Heilbroner, el problema poblacional, desde la perspectiva de Ehrlich, difiere de la de Malthus, pues no lo examina en el contexto de la relación oferta-demanda, sino como un problema que guarda relación con el equilibrio ecológico total del sistema. Respecto a la tecnología, los efectos negativos del desarrollo tecnológico han alcanzado también su punto límite debido al impacto que causan sobre el sistema por la acumulación de bióxido de carbono en la atmósfera, la contaminación por insecticidas y fertilizantes y los efectos contraproducentes de la revolución verde, sobre todo el impacto social negativo de este tipo de tecnología.

Aceptando la concepción de Boulding de la nave espacial tierra, Heilbroner afirma que hay en ella dos clases de pasajeros: unos que han logrado ya la satisfacción de sus necesidades y un elevado nivel de vida, y los demás --que constituyen la gran mayoría--, cuyos niveles de vida y satisfacción de requerimientos básicos son insuficientes.

El primer grupo estaría constituido por los países desarrollados y las élites de los países en vías de desarrollo; el segundo, por la gran mayoría de la población de los países en desarrollo. Estos países nunca podrán alcanzar a los desarrollados y, por lo tanto, tienen que reorientar sus objetivos de desarrollo. Sin embargo, esto no es suficiente, pues de los tres factores mencionados --población, tecnología y hambre (escasez de alimentos)-- los países en desarrollo son responsables del primero y parcialmente del último, mientras que el factor tecnológico está localizado básicamente en los grupos de altos ingresos, donde «a cada recién llegado se le equipa con la debida cantidad de capital y maquinaria, y donde el ritmo de transformación física y química de los recursos per capita aumenta constantemente».

Heilbroner no logra presentar soluciones diferentes a las ya tradicionales, que ponen el acento sobre la necesidad de un crecimiento cero, indica la posibilidad de que la crisis ecológica se traduzca en un nuevo agrupamiento político, donde no habría enemigos de clase, sino un solo enfrentamiento de la sociedad con la naturaleza. Los sistemas tradicionales de acumulación capitalista serían considerablemente disminuidos, se controlaría el ritmo y el tipo de cambio tecnológico y los niveles de beneficio se verían drásticamente reducidos. Para Heilbroner esta es la única esperanza frente a la posibilidad alternativa de que la crisis ecológica redunde en la decadencia y destrucción de la civilización occidental, y de la hegemonía de la ciencia y tecnología característica del presente patrón de desarrollo.

Daly ahonda el esquema de Boulding con un violento ataque contra los modelos y políticas económicas contemporáneas centradas en el paradigma del crecimiento, concibiendo un estado estacionario en función de existencias y flujos constantes de bienes de consumo y de capital, y de una población constante. En este contexto, los recursos naturales constituyen una existencia invariable en volumen y calidad, de la cual surge un flujo continuo --invariable también-- en cantidad del ingreso real.

En todos estos esquemas, el primer paso al crecimiento cero es siempre el crecimiento cero de la población, y en este contexto, pese a la opinión de Heilbroner de que el enfoque poblacional moderno respecto al crecimiento cero es diferente al malthusiano, en la práctica sus planteamientos y recomendaciones son idénticos. Basta comparar las citas de Malthus y de Garret Hardin, partidario de las corrientes del crecimiento cero, en la línea preconizada por Ehrlich y Boulding. Dice Malthus:14

Nada contrarrestaría con tanta eficacia los errores causados por los Derechos del Hombre como un conocimiento general de los verdaderos derechos del hombre...

No me corresponde de momento explicar lo que son estos derechos; pero hay uno, que siempre se ha pensado que el hombre posee, que estoy seguro nunca ha poseído ni puede poseer: el derecho a la subsistencia cuando su trabajo no basta para adquirirla... Un hombre que nace en un mundo ya poseído, si no puede obtener su subsistencia de sus padres, sobre los cuales tiene un justo derecho, y si la sociedad no necesita de su trabajo, no tiene ningún derecho siquiera a la más mínima porción de los alimentos, y, en realidad, no tiene por qué estar donde está. La naturaleza le ordena que se marche y bien pronto ejecuta sus propias órdenes, a menos que aquél logre mover a compasión a algunos invitados. Si éstos se levantan y le hacen lugar, de inmediato aparecerán otros intrusos pidiendo el mismo favor. El anuncio de que hay provisiones para todo el que llegue, llena la antesala de numerosos solicitantes. Se ha perturbado el orden y la armonía de la fiesta; la abundancia que antes reinaba se ha troncado en escasez, y la felicidad de los huéspedes queda destruida por el espectáculo de la miseria y dependencia de todos los que están en la antesala, y por la clamorosa porfía de aquellos que están justamente enfurecidos por no encontrar las provisiones con las que se les había enseñado a contar. Los huéspedes comprenden demasiado tarde el error que han cometido al contravenir aquellas estrictas órdenes impuestas a todos los intrusos, emitidas por la gran anfitriona de la fiesta, que, deseando que todos sus huéspedes gozaran de la abundancia y sabiendo que no podía satisfacer a un número ilimitado, se negó humanamente a admitir nuevos huéspedes cuando su mesa estaba ya ocupada.

En diciembre de 1968, refiriéndose a la declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Hombre, Garret Hardin escribía lo siguiente:

The Universal Declaration of Human Rights describes the family as the natural and fundamental unit of society. It follows that any choice and decision with regard to the size of the family must irrevocably rest with the family itself, and cannot be made by someone else...

It is painful to have to deny categorically the validity of this right, denying it, one feels as uncomfortable as a resident of Salem, Massachusetts, who denied the reality of witches in the seventeenth century. At the present time, in liberal quaters, something like a taboo acts to inhibit criticism of the United Nations. There is a feeling that the United Nations is «our last and best hope» that we shouldn’t find fault with it; we shouldn’t play into the hands of the archconservatives. However let us not forget what Robert Louis Stevenson said: «The truth that is suppressed by friends is the readiest weapon of the enemy» if we love the truth we must openly deny the validity of the Universal Declarations of the Human Rights, even though is promoted by the United Nations.15

En otro artículo afirma enfáticamente:

How can we help a foreign country to escape overpopulation? Clearly the worst thing we can do is send food... Atomic bombs would be kinder. For a few moments the misery would be acute, but it would soon come to an end for most of the people, leaving a very few survivors to suffer thereafter.16

Boulding recomienda un método menos drástico que el de Garret Hardin para controlar la población, por el simple expediente de crear un mercado de niños. Según Boulding, cada persona tendría derecho a recibir certificados que le permitieran --sumando sus derechos con los de su pareja-- tener un número de hijos igual al de la tasa de reemplazo poblacional. Si la tasa de reemplazo es dos, cada persona recibiría certificados de valor de uno. Estos permisos se podrían negociar en el mercado. Aquellos que tienen más niños se verían obligados a pagar o comprar estas licencias a aquellos que no quisieran tenerlos o se contentaran con un número menor al de la tasa de reemplazo.

El mecanismo de mercado, libre de la intervención burocrática gubernamental, garantizaría de esta forma la existencia de una población constante, y al mismo tiempo tendría efectos sociales secundarios benéficos, ya que tendería a una situación más equitativa en la que los ricos, al tener más niños, se harían más pobres, y los pobres, por el hecho de tener menos niños, se harían más ricos. Además esto significaría una compensación monetaria para las parejas infértiles.

En posiciones extremas como las de G. Hardin, o en otras más modernas, como las de Barry Commoner, es común siempre el convencimiento de que los recursos finitos de la tierra, asociados al crecimiento de la población --de carácter explosivo en algunos casos-- tarde o temprano llevan a una situación no sólo crítica, sino catastrófica para la humanidad. La mayor parte de estas posiciones y planteamientos los sistematiza, con la ayuda de la computación, el informe del Club de Roma sobre Los límites al crecimiento económico, que preparó el equipo del MIT encabezado por D.L. Meadows. Las fallas metodólogicas, las insuficiencias científicas, la debilidad de la información empírica utilizada y el claro sesgo ideológico del informe han sido largamente debatidos en los últimos años y su discusión escapa a los propósitos de estas páginas.17 Por otro lado, es interesante observar que ese debate ha obligado al Club de Roma retirarse a posiciones menos extremas, y aun a financiar estudios opuestos al informe de Meadows.18

En lugar de entrar en un debate sobre dichas posiciones, se presentan algunas reflexiones de índole general concernientes a algunos aspectos que los planteamientos sobre el crecimiento cero olvidan fácilmente. Estos esquemas tienden a ignorar que, aun cuando se lograra un tasa de reemplazo poblacional en forma instantánea, es decir, hoy día a nivel mundial, se requeriría más de un siglo para que la población lograra un estado estacionario, hecho que debe ser evaluado tomando en cuenta los costos de esta política de control. Pero, además, lo anterior implica que el crecimiento económico debe continuar a un ritmo elevado, no sólo para satisfacer las necesidades de una población que seguirá creciendo durante los próximos cien años, sino también para solucionar graves problemas de subalimentación de gran parte de la población de países en vías de desarrollo.

Más aún, los esquemas que preconizan el crecimiento cero parecen llevar implícita la idea que, siendo los recursos finitos, la limitación del crecimiento es el remedio para evitar su agotamiento, lo cual evidentemente es una falacia. El crecimiento cero no evita el agotamiento de los recursos; sólo lo pospone. Es más, se concibe perfectamente un estado estacionario asociado con el aumento de consumo de recursos como consecuencia de alteraciones de patrones y estructuras de consumo. En otras palabras, la ideología del crecimiento cero adolece de un cierto mecanicismo y de los defectos de un análisis realizado en términos estáticos, que pone el acento sobre los costos de lograr un estado estacionario sin señalar en forma clara y convincente sus beneficios. Ello está asociado con el hecho concreto de que quienes quieren el estado estacionario y el crecimiento son aquellos que no sólo han logrado un nivel de consumo más que suficiente, sino que han entrado además en las fases del sobreconsumo o consumo dispendioso y, por lo tanto, tienden a desear la consolidación del statu quo.

La disponibilidad de recursos depende de los costos para obtenerlos, y ello está estrechamente vinculado al desarrollo científico tecnológico. Sobre este punto, son muchos los partidarios del crecimiento cero que creen que puede alcanzarse deteniendo el progreso científico y tecnológico. El argumento tiene dos objeciones fundamentales: primero, el proceso tecnológico es un proceso acumulativo, dinámico, que supone el abandono de ciertas técnicas y su reemplazo por otras, beneficiándose así de conocimientos y experiencias adquiridos. No hay razones para suponer que este proceso se detenga. En el futuro se desarrollarán nuevas técnicas así como algunas --hoy consideradas fundamentales para el proceso de desarrollo-- pueden ser abandonadas, en la medida en que sus efectos negativos en lo social o en lo ambiental sean tales que superen los beneficios del desarrollo y den lugar a otras que, sin reducir esos beneficios, incorporen además ventajas en términos de su impacto sobre el sistema natural, una utilización más eficiente de los recursos o un efecto social y económico más justo y equitativo.

El segundo aspecto referente a la tecnología que no se menciona es que el crecimiento cero sólo puede obtenerse por el desarrollo y la aplicación de ciertas tecnologías y que el mantenimiento del estado estacionario requeriría un desarrollo y control tecnológico sofisticado, que permitía justamente el funcionamiento de este tipo de sociedad.

En otros términos, los partidarios del crecimiento cero consideran el problema exclusivamente desde el punto de vista de la oferta, lo cual obliga a examinarlo como una relación entre costos y precios, en el entendido de que la curva de oferta no es fija, pero es evidente que no podemos limitarnos exclusivamente al examen de la oferta. No sólo ésta depende de fluctuaciones y cambios en los precios, los costos y la tecnología; también la demanda está afectada por esos mismos factores y, por lo tanto, es susceptible de ser manipulada. Así pues, lo importante no es sólo la oferta potencial de un recurso particular, sino el conjunto de funciones de oferta para todos aquellos recursos materiales y servicios con propiedades similares, o capaces de satisfacer idénticas necesidades. A partir de estas premisas pareciera que la limitación del crecimiento no es una forma eficiente --ni siquiera viable-- para solucionar los problemas asociados con la utilización de recursos, crecimiento poblacional y desarrollo. El gran ausente en este debate sobre el crecimiento cero es el aspecto distributivo y, más explícitamente, la interacción entre crecimiento económico, desarrollo y distribución equitativa de los recursos y la producción.

El problema distributivo no tiene que examinarse con la óptica restringida de una simple transferencia de recursos y riquezas entre ricos y pobres. Es algo mucho más complejo y conflictivo. Y la complejidad y el conflicto se magnifica cuando se supera la dimensión nacional para plantearlos en términos mundiales. Así, los partidarios del crecimiento cero tienden a ignorar que el agotamiento de los recursos se da estando éstos bajo el control político, tecnológico y económico, no ya de grandes países industrializados, sino de grandes corporaciones multinacionales, y que son los países industrializados, con menos de 20% de la población mundial, los que consumen más de 80% de los recursos.

Pareciera, entonces, que la mejor manera de solucionar el problema de los recursos no está en restringir y frenar el proceso de crecimiento, sino más bien en reorientarlo, en función de un patrón de desarrollo en el cual la asignación de recursos sea más racional socialmente, y su utilización social sea más eficiente, con una gestión del sistema natural como parte integral del proceso de desarrollo, lo cual requerirá un tipo de tecnología más eficaz y más igualitaria y que consuma menos recursos.

Así, por un lado, la capacidad productiva no es algo fijo, sino que se expande y diversifica, respondiendo a patrones definidos de consumo. Por otro lado, el mero control de los recursos naturales, y su eventual transferencia a los países que los poseen, no es suficiente si su patrón de utilización no se altera en forma sustancial.

En una posición completamente opuesta a los autores mencionados se encuentran Colin Clark y el equipo de Hudson Institute que encabezaba Herman Kahn. El enfoque de este último está claramente arraigado en el planteamiento de Rostow y sus teorías de las etapas de crecimiento económico, según las cuales cada país llegará tarde o temprano a una etapa de alto consumo masivo19. Partiendo de este supuesto, se afirma que el crecimiento económico continuará por muchas generaciones, aunque con tasas decrecientes. Pero tales tasas no son atribuibles a problemas de escasez de recursos ni a limitaciones del sistema natural, sino más bien a un proceso paulatino de estabilización en los niveles de demanda, fenómeno social que resulta de la proliferación y expansión de la modernización, la alfabetización, la urbanización, la salud pública, la seguridad social, el control de la natalidad y las políticas gubernamentales y privadas acordes con una estructura de valor que evolucionan conforme a los factores señalados.

En este planteamiento los problemas de hambruna, sobrepoblación, escasez de recursos y contaminación se consideran como fenómenos temporales, o aun como fenómenos de tipo regional, que tienen que ser enfrentados, resueltos y no vistos como un desastre inevitable. Dentro de este esquema, Kahn manifiesta su preocupación por el hecho de que las ideologías y políticas de crecimiento impidan la solución de los problemas presentes y, por ende, en vez de evitar el desastre, lleven a su encuentro.

La metodología utilizada es básicamente de proyecciones de tipo estadístico. El análisis poblacional de Kahn se basa en la teoría de la transición demográfica y, consecuentemente, la reducción en las tasas de natalidad van asociadas con el paso de la sociedad de una etapa de desarrollo a otra. Será, así, el mismo proceso de crecimiento y expansión del sistema el que lleve a la estabilización de la población.

En lo que toca a los recursos, Kahn, basándose en las estimaciones de la FAO, señalaba que la disponibilidad de tierra arable potencial es cercana a cuatro veces la actualmente cultivada, y contribuye, por lo tanto, un aspecto muy positivo a considerar en cuanto a las posibilidades de sustentar un crecimiento continuo durante los próximos doscientos años. Este hecho se asocia a una gran confianza en la utilización de variedades de alto rendimiento, la introducción de nuevas prácticas agrícolas, los cambios en los patrones de nutrición y tecnologías orientadas a la producción de alimentos de alto contenido proteínico.

En la discusión sobre la escasez tiene un lugar preponderante el tema energético. Kahn es en esta materia extremadamente optimista y visualiza un mundo que va desde la utilización de recursos energéticos agotables hasta aquellos inagotables. Los problemas energéticos que enfrentamos en la actualidad son simples fluctuaciones temporales debidas a una mala gestión o simplemente a la mala suerte. El mundo se encuentra, según el Hudson Institute, en los comienzos de una fase de transición desde fuentes primarias de energía fósiles hacia otras fuentes energéticas eternas, tales como la solar, la geotérmica y la fisión o fusión nuclear. Tal transición se completaría en los próximos setenta y cinco años. Además, el que haya subido el precio del petróleo significa que el carbón comienza a hacerse rentable y tenderá a reemplazarlo. Que el desplazamiento del petróleo por el carbón no se haya producido todavía se debe a que la utilización del carbón como fuente energética requiere proyectos de inversión de larga gestación, incluyendo obras importantes de infraestructura --puertos y caminos--, y es además una inversión que se amortiza en un plazo de quince a veinte años.

Por último, Kahn llama la atención al hecho de que la energía se utiliza por sistemas altamente ineficientes, debido a un bajo conocimiento tecnológico. Los conocimientos actuales se orientan a lograr una mayor eficiencia en la conversión y utilización de energía, lo cual además se traduciría en una reducción importante de su impacto ambiental.

Consideraciones similares se hacen sobre los recursos minerales, donde se subraya el escaso conocimiento de la corteza terrestre, la posibilidad de desarrollo de nuevas tecnologías y la perspectiva de utilizar recursos naturales provenientes de los fondos marinos o ciertas rocas. Estas visiones, en opinión de Kahn y el equipo del Hudson Institute, no son simplemente optimistas, sino que deben considerarse absolutamente reales.

La posición de Kahn subestima y minimiza la importancia de las limitaciones de tipo físico y natural, y las rigideces sociales, económicas e institucionales, así como la magnitud de los impactos negativos asociados a un proceso expansivo basado en el desarrollo tecnológico. El esquema descansa en la creencia de posibilidades tecnológicas sin límite alguno, ignorando la interacción de aquellos factores no tecnológicos, implícitos en su generación, su desarrollo, su adopción y puesta en práctica por el sistema social. En otros términos, ignora que los problemas fundamentales del desarrollo social no son básicamente tecnológicos, sino sociales, políticos, culturales y, en último término, dependientes de un balance de poder en cada situación histórica.

La metodología de proyecciones utilizada por Kahn se basa en la aceptación de ciertas relaciones de causalidad implícitas en las tendencias históricas que han caracterizado el proceso de desarrollo de los países industrializados. Pero un análisis de tendencias y su extrapolación no necesariamente garantiza que las relaciones causa-efecto que caracterizaron dichas tendencias históricas sean las mismas, ni que se mantendrán en el futuro.

La metodología de proyecciones ignora el carácter sistémico del mundo real y la dinámica implícita en las interrelaciones existentes entre las diferentes partes del sistema. En este contexto, la metodología adoptada ignora los problemas asociados a la forma de paso desde una situación presente a una futura. En otras palabras, minimiza las contradicciones y los conflictos típicos del proceso de desarrollo y, sobre todo, de un proceso de transición.

Estas extrapolaciones de tipo cuantitativo tienen dos aspectos sobre los cuales es necesario reflexionar. Por ejemplo, Kahn señalaba que el ingreso per capita mundial lograría, dentro los próximos cien años, un nivel intermedio entre el doble y cinco veces el de Estados Unidos, lo cual equivale a afirmar un ingreso per capita 50 veces superior al de la India y casi 10 veces al de México. ¿Cuáles son las implicaciones sociales, políticas y económicas de este cambio cuantitativo? De hecho, un cambio cuantitativo de tal magnitud necesariamente supone una situación distinta en lo cualitativo.

Además, el enfoque adoptado es profundamente mecanicista en el supuesto de que una cierta ley histórica, no claramente especificada, entre desarrollo tecnológico y crecimiento económico, tiende a reproducirse en el futuro. Sin embargo, hoy más que nunca está perfectamente claro que las relaciones causa-efecto dentro un sistema tienen un elevado margen de incertidumbre, o que son en gran medida de tipo probabilístico. Ello se acentúa si aceptamos que la dirección del proceso tecnológico va a determinarse en el futuro por consideraciones económicas y políticas más que por consideraciones técnicas.

Por último, no podemos olvidar ni dejar de lado el claro sesgo ideológico implícito en este esquema que --siendo prácticamente el mismo que el de Rostow-- ha recibido muchos comentarios.

Así como los enfoques catastrofistas de Boulding, etc., tuvieron su representación en un modelo mundial como el de Meadows, los enfoques expansionistas --no necesariamente el preconizado por Kahn-- encuentran expresión en el modelo de Bariloche, básicamente normativo, que parte del supuesto de que los problemas no surgirán en el futuro de limitantes físicas del sistema natural, sino que son de orden social y político y dependen de la distribución de poder a niveles nacionales o internacionales.

Esta estructura de poder se traduce en crecientes desigualdades, que, en último término, son las causantes del deterioro ambiental y del uso irracional de los recursos naturales. El modelo señala que las posibilidades del mundo natural son tales, que permiten un desarrollo económico y social más igualitario.

A modo de conclusión, podría decirse que el problema de la utilización de los recursos naturales, el del cambio tecnológico y el del desarrollo socioeconómico, tienen que ser considerados en la dinámica global del sistema. En ella todas las actividades se basan en la transformación de materia y energía, lo cual requiere una gestión del sistema natural que provee de materia y energía y que sufre el impacto de este proceso de transformación. Pero, además, este enfoque sistémico requiere una estructura económica e institucional capaz de poner en práctica patrones de desarrollo adecuados en función tanto de las limitantes y condicionantes del sistema como de sus potencialidades.

Por lo tanto, no se trata de un expansionismo sin límites, que tiende a ignorar las limitaciones del sistema en sus aspectos físicos y naturales y en sus rigideces socioeconómicas y políticas; pero tampoco puede asimilarse una teoría de crecimiento cero, que no sólo no soluciona los problemas asociados a la utilización de los recursos naturales, sino que además es un franco intento de consolidación de un statu quo vigente inaceptable en términos de los valores internacionalmente reconocidos y que han encontrado expresión en los planteamientos sobre el nuevo orden económico internacional y sobre la estrategia mundial para el desarrollo, que se analiza y establece periódicamente.