ORGANIZACIÓN ESPACIAL,
MEDIO AMBIENTE Y DEPENDENCIA

Desde el momento en que un grupo humano elige un determinado lugar y se establece en él, se inicia un proceso de interacción mutua mediante el cual lo que se podría denominar el hábitat natural empieza a transformarse por la acción del grupo que trata de adaptarlo a sus necesidades. Al mismo tiempo se va adaptando y organizando de acuerdo con las condiciones del medio natural. De este modo, los asentamientos humanos vienen a ser un tipo especial de hábitat transformado por la acción del hombre y desempeñan funciones específicas dentro del sistema social, económico, político y cultural. Se va gestando así un sistema de organización espacial resultante del proceso histórico de desarrollo del sistema social, en su interrelación con el hábitat natural. En consecuencia, cada forma espacial es el producto de una estructura social específica en su interacción dinámica con un determinado medio ambiente.

Los trabajos e investigaciones disponibles --entre otros de Mumford, Sjöberg, Hauser y Adams-- ubican las primeras aglomeraciones humanas hacia el término del neolítico, asociadas a la aparición de técnicas y formas de organización social que permiten la creación de un excedente de las sociedades agrícolas comunitarias. En la medida en que estas primitivas formas de asentamientos humanos --organizaciones comunitarias básicamente de ocupación de la naturaleza-- sean capaces de desarrollar técnicas y formas de organización social que les permitan la cración de un excedente, se sentarán las bases de lo que hoy son las ciudades.

La ciudad --modo especial de ocupación del espacio-- es la forma residencial adoptada por aquellos miembros de la sociedad cuya presencia no es requerida en el lugar de producción y que pasan a desarrollar funciones específicas más relacionadas con el proceso de absorción del excedente y su realización. Esta función es clara en los sistemas basados en el modo de producción asiático, donde la ciudad está claramente subordinada a la actividad agrícola y tiene sólo una función administrativa o de residencia del rey o emperador y la correspondiente burocracia administrativa y religiosa. Tal sistema social --para el proceso productivo-- sigue dependiendo de la actividad comunitaria característica de las formas primitivas de producción, estructuradas en función de la autarquía de las aldeas, que viene a ser el tipo más simple de asentamientos humanos.

La formación de ciudades está ligada entonces a la creación de un excedente capaz de ser apropiado por un grupo social. El desarrollo de la ciudad como forma de organización y ocupación espacial pone término a la comunidad primitiva estructurada en función de la propiedad colectiva, iniciándose así un proceso de alejamiento del hombre de su medio natural.

El sistema social se transforma y aparecen nuevas funciones y clases sociales. La ciudad será el lugar en que se produce el contacto entre estas nuevas funciones y clases sociales, el lugar propicio para estimular el poceso de división del trabajo y el intercambio. Justamente en la ciudad se inicia el desarrollo de los valores de cambio que permitirán la aparición del capital y la formación de la propiedad privada. Como bien señala Mumford, la ciudad no es --dentro de este esquema-- un lugar de producción, sino el lugar de gestión y dominación ligado a una supremacía social y a los aparatos políticos, administrativos, militares y religiosos. Tal esquema es claro en el imperio romano. Sus ciudades son el centro del poder político, militar y administrativo del imperio y, al mismo tiempo, el lugar de residencia de la clase aristocrática, los militares y los burócratas. La expansión del imperio se va estableciendo a través de la creación de ciudades, que cumplen funciones administrativas y de captación del excedente en los diferentes lugares conquistados. Lo anterior explica por qué la caída del imperio romano marca también la caída de muchas ciudades, ya que al desaparecer el primero, en las segundas terminan las funciones que tenían en materia de control político, administrativo y económico.

El desarrollo de la ciudad medieval se liga con otras funciones y con la aparición de otras clases sociales, utilizando a veces estructuras y organizaciones espaciales heredadas del imperio romano, a veces creando otras nuevas.

Finalmente, la ciudad de hoy está asociada al desarrollo del sistema industrial, que supone un proceso de organización del espacio en función de la dinámica de dos fenómenos sociales específicos: a) la descomposición de la estructura agraria preexistente con la consiguiente migración del campo a la ciudad y b) la transformación del sistema económico, que de estar centrado en la economía agraria, pasa a estructurarse de acuerdo con los requerimientos del sector manufacturero e industrial que está surgiendo.

La estructura y la organización del espacio de los países periféricos están asociadas con su incorporación al sistema mundial. La estructera espacial preexistente, los tipos de productos de exportación, sus características de producción, las concentraciones humanas y de recursos naturales y las condiciones ambientales explican la actual organización espacial de estos países y la forma como afecta al medio ambiente natural.

En esta organización espacial lo primero que llama la atención es el notable fenómeno de desarrollo costero que caracteriza a las formaciones periféricas, en especial la africana y la latinoamericana, y que se traduce en el abandono del espacio interior. Para el caso latinoamericano se dispone de cifras elocuentes: en 1950, 86.5% de la población de América del Sur se concentraba en las zonas costeras, lo que escasamente representa 50% de la superficie de la región. Las funciones que el área desempeña en el sistema mundial contribuyen a explicar este fenómeno. En primer lugar, la dominación española asignaba a las ciudades dos funciones fundamentales: la administrativa y la comercial. La primera tendía a consolidar la dominación política, la segunda a canalizar hacia la metrópoli los productos demandados y los excedentes que se creaban en los países coloniales.

El desarrollo posterior impuso a estas ciudades nuevas funciones. En los casos argentino y uruguayo, las concentraciones en Buenos Aires y Montevideo se acentuarían como consecuencia del desarrollo de actividades terciarias ligadas a las exportaciones de trigo y ganado. En el norte de Chile se construían puertos cuya única función era dar salida a la producción minera de la región. La vida de estas ciudades dependía del recurso minero. Una vez agotado éste se abandonaban la región, el puerto y la ciudad.

En Centroamérica se observa una concentración costera debida a la actividad portuaria que da salida al producto de las plantaciones. Características similares encontramos en el desarrollo de las denominadas gateway cities, creadas por los ingleses en su ruta hacia la India, y las colonizaciones portuguesas de África, Asia y América Latina. Todas estas ciudades han estado más ligadas a los centros dominantes que al medio ambiente natural del cual forman parte. Por otro lado, estas concentraciones urbanas actúan como centros de atracción de poblaciones rurales. Relegadas muchas veces a reservas, tales poblaciones deben recurrir a las ciudades para satisfacer sus necesidades, proceso que se acentúa con la monetarización de las comunidades agrícolas de las áreas interiores.

Ello confiere un carácter especial al proceso de organización típico de la periferia, que no responde a los patrones tradicionales de urbanización asociados al proceso de industrialización. Para el caso africano, Samir Amin señala:

L’Africa, la cui geografía, come la storia imponevano uno sviluppo continentale, organizzato attorno grandi assi fluviali, sará condannata ad essere valorizzata solo nella sua sottile zona costiera...26

Y más adelante:

...partecipa di questa logica del sistema: mette il lavoro a buon mercato a disposiziones del capitale la dove lo esige.

La urbanización representa una problemática ambiental muy específica. Tradicionalmente, se tiende a aceptar que el fenómeno urbano de los países en desarrollo responde a los mismos patrones que en el pasado siguieron los países desarrollados. Mecánicamente, se concluye que la urbanización y la marginación son consecuencia del proceso de desarrollo y --en forma más precisa-- del de industrialización. Pero el análisis histórico del fenómeno en los países periféricos revela que el proceso de urbanización tiene aquí otras raíces que guardan relación con los procesos de desarrollo y el papel desempeñado por la periferia en el sistema económico mundial. El desarrollo urbano de los países en desarrollo --en especial en América Latina y África-- responde al papel de la ciudad en la articulación de la periferia con el sistema mundial y es una clara expresión de las características de dependencia de estos países.

En el periodo colonial las ciudades latinoamericanas fueron creadas básicamente como centros de dominación y administración. Pasaron después a ser centros comerciales, sedes de una burocracia administrativa de los servicios y actividades terciarias, que habitualmente se desarrollan al amparo de las actividades de comercio exterior o desempeñan el papel de puertos de salida del bien exportable. Así es fácil entender cómo la red vial asume una forma radial que converge en la ciudad o el puerto, quedando desligado el interior. Hace algunos años este fenómeno era perfectamente visible en el caso argentino, donde un sistema vial y de transporte confluía en Buenos Aires desde diferentes puntos del interior desconectados entre sí. La organización espacial de los países en desarrollo se caracteriza, entonces, por grandes aglomeraciones no articuladas por una red urbana y, por lo tanto, sin funciones de articulación económica del espacio circundante. No se observa un continuo jerárquico urbano, dándose en muchos casos la yuxtaposición de dos ciudades: una autóctona y otra moderna, diseñadas y desarrolladas no en función de su medio ambiente, sino de acuerdo con el papel desempeñado en los diferentes periodos históricos en la articulación del subsistema al sistema mundial. A la primitiva población urbana se ha ido agregando en forma creciente una población emigrante, que no desempeña una función específica y es en muchos casos desocupación disfrazada.

Lo anterior se explica por el hecho de que la migración no responde a una dinámica de la actividad productiva localizada en la ciudad, y ello inevitablemente dificulta su integración al sistema social urbano, siendo una de las causas más importantes de la marginalidad. La no integración de estas masas de población a actividades productivas reales y, por consiguiente, la existencia de niveles de vida extraordinariamente bajos y la incapacidad del sistema de responder a las exigencias sociales mínimas de esa masa, se traducen en persistente aumento de zonas urbanas deterioradas, en falta de equipamiento comunitario y en desarrollo de poblaciones marginales.

Que la ciudad cumpla una función con respecto a la metrópoli y no respecto al desarrollo interior, se traduce en una localización urbana alejada de los recursos naturales, en la periferia del continente, con escasas funciones sobre éste, descuidando especialmente la función colonizadora, lo que en último término explica la progresiva aglomeración en algunos centros, la falta de red urbana y su crecimiento desequilibrado.

El colonizador se instalaba en lugares más aptos para la subsistencia del grupo humano en términos de abastecimiento de agua y recursos agrícolas, es decir, se ubicaba en la tierra más fértil. La expansión progresiva de la ciudad se fue haciendo entonces a expensas de la mejor tierra agrícola, con la consiguiente destrucción de futuras fuentes de abastecimiento alimenticio.

Resumiendo, desde el punto de vista espacial, la relación medio ambiente-grupo social se manifiesta en los países en desarrollo en la forma de grandes concentraciones urbanas, generalmente costeras, marginalización porgresiva y creciente, y problemas ambientales asociados a la cada vez mayor presión del grupo social sobre el medio ambiente, que no está en condiciones de proporcionar los productos requeridos. Hay un creciente deterioro del medio ambiente natural debido, por un lado, a la expansión urbana y, por otro, a la pobreza de los cinturones de miseria y una falta de infraestructura básica, incapaz de seguir el ritmo de aquella expansión. En contraste, observamos un espacio interior despoblado, con escaso aprovechamiento de sus potencialidades naturales, generalmente al margen del crecimiento de los sectores modernos.

La aglomeración urbana es un vehículo para introducir, incorporar y difundir los patrones de consumo muy diversificados, exigiendo cierta respuesta del sector productivo , que tiende a desarrollarse verticalmente y no por la ampliación del mercado, creando así un potencial de consumo insatistecho que presiona al sistema y refuerza la dinámica desarticuladora que hemos descrito.

Por lo tanto, a diferencia de los países desarrollados, no hay en los países en desarrollo una razón tecnológica que, derivando de la localización industrial, explique el proceso de urbanización , sino que ésta más bien es una característica que emana de las funciones económica, política y administrativa que desempeñó o desempeña la ciudad en las zonas periféricas en relación con el sistema mundial.

Se observa, entonces, en los sistemas periféricos una expansión urbana a ritmo comparativamente superior que el de los países desarrollados, crecimiento que no se ve acompañado de un ritmo similar en su expansión económica e industrial. Las tasas de urbanización de los países en desarrollo son similares a las europeas y superiores a la tasa de industrialización. Esto quiere decir que la industrialización no afecta el desarrollo urbano de la periferia a través de la creación de empleo industrial, dada la clara disparidad de crecimiento entre los procesos urbano e industrial.

Por otro lado, este acelerado proceso de urbanización dificulta el proceso de desarrollo planificado en la medida que se obliga a desviar recursos , inmovilizándolos en inversiones no productivas destinadas a servicios de infraestructuras necesarios para las grandes aglomeraciones, inversiones que, por lo demás, se manifiestan incapaces de seguir el ritmo de urbanización y, por lo tanto, insuficientes para superar realmente los problemas ambientales y de calidad de vida asociados a las concentraciones humanas.