DE LA OCUPACIÓN A LA
TRANSFORMACIÓN DE LA NATURALEZA

Una de las pocas excepciones de caracterización de sociedades en que la componente ambiental aparece claramente explicitada y asumiendo un papel estratégico la encontramos en la discusión de las sociedades basadas en lo que Marx llamó «el modo de producción asiático». Es decir, en sociedades que se organizaron en función de las posibilidades de aprovechamiento de un medio ambiente natural específico, generalmente asentadas en cuencas fluviales y estructuradas a base del aprovechamiento de los recursos hidráulicos.

Siguiendo a Marx, con el desarrollo del modo de producción asiático se lleva a cabo el paso de la comunidad arcaica o primitiva a la sociedad de clases. Según Godelier, la comunidad primitiva corresponde a la economía de «ocupación de la naturaleza», y hay un proceso de transición hacia la economía de «transformación de la naturaleza».1

El modo de producción asiático establece una relación entre un Estado centralizado, el pueblo, y un determinado ambiente natural, conservando elementos propios de las sociedades primitivas, tales como una economía de autosuficiencia --asentada sobre la estructura de las aldeas-- y la ausencia de propiedad privada. Las condiciones para que se dé tal modo de producción se presentan cuando la utilización del medio impone la cooperación entre diferentes comunidades a fin de llevar a cabo obras públicas en gran escala, para beneficio de todos, y que sobrepasan las posibilidades y capacidades de las aldeas o de los grupos comunitarios considerados separadamente.

Danilo Giori2 resume las características del modo de producción asiático en los siguientes cinco puntos fundamentales:

La caracterización anterior pone de relieve la importancia que la dimensión ambiental tiene tanto en la organización social del grupo como en su porvenir, al definir una estructura social que va creando nuevos elementos dinámicos en su seno (clases). Haciéndose eco de una inquietud de Marx, Engels escribía:

...la ausencia de propiedad de la tierra es ciertamente la clave para la comprensión de todo el Oriente. Aquí reside su historia política y religiosa. Pero ¿por qué los orientales no llegan a la propiedad territorial ni siquiera en su forma feudal? Creo que esto se debe principalmente al clima, junto con la naturaleza del suelo, especialmente en las grandes extensiones del desierto que parte del Sahara y cruza Arabia, Persia, India y Tartaria, llegando hasta la más elevada meseta asiática. El riego artificial es aquí la condición primera de la agricultura...3

Al margen del caso de las sociedades basadas en el modo de producción asiático, la consideración explícita de la dimensión ambiental es más evidente en las comunidades primitivas. éstas parecen lograr una relación más clara entre el sistema social y el natural, es decir, una mayor adecuación entre la dinámica de ambos sistemas.

En África y en Amazonia se dan claros ejemplos de este equilibrio entre naturaleza y grupo social y de cómo ese equilibrio está relacionado por prácticas sociales, religiosas y de organización institucional o por ritos familiares.

Los mboum del Camerún son una sociedad cuya principal actividad económica es el cultivo del mijo. Anualmente celebran una fiesta durante la cual se designan las áreas que serán quemadas y aquellas otras que serán sembradas. Es en la práctica una acción planificada del grupo basada en las necesidades alimenticias, el crecimiento de la población, las condiciones de la sabana, la situación climática, etc. Tal planificación, que algunos califican de ritual, se ejecuta rigurosamente; la rotación de los cultivos se sucede dentro del plazo requerido para permitir la regeneración de los suelos fértiles. En este contexto se entiende perfectamente cómo el régimen de propiedad debe someterse a las exigencias colectivas y no a las individuales. La propiedad privada está limitada estrictamente, permitiéndose sólo en la medida en que posibilita una relativa integración de la economía familiar (pequeños huertos de carácter artesanal).

En el caso de los masai, pastores nómadas de Kenia, la organización social está basada en la clase guerrera, instrumento social necesario para conservar los territorios de pastoreo y preservar su integridad, amenazada por la expansión de los agricultores kikuyus de origen bantú.

Al igual que en otros grupos nómadas, entre los masai el aumento de la cantidad de ganado no es entendido como acumulación de riqueza o signo de prestigio, sino como garantía de supervivencia en los periodos de sequía. Su estructura social y económica responde a una determinante ambiental a la que el sistema social se adapta y, en cierta medida, se somete.

Tal vez uno de los casos más claros de adaptación al factor ambiental son las prácticas de control demográfico, que revisten distintas modalidades desde las guerras hasta los sacrificios, encontrándose ejemplos que abarcan las más diversas latitudes y periodos históricos, como, por ejemplo, los sacrificios humanos en la cultura azteca o las conocidas prácticas de infanticidio en las culturas china y japonesa. Es posible vislumbrar aquí una forma de control del sistema social para adaptarse, en términos cuantitativos, a la capacidad de sustento material del medio.

Como puede apreciarse, las interrelaciones hombre/medio ambiente constituyen básicamente un proceso dinámico, mediante el cual se realiza la adaptación de un grupo social a un ambiente dado. Este proceso implica que ciertos hechos naturales sean incorporados, interiorizados e institucionalizados por el grupo social: en último término, «humanizados». El proceso de adaptación se efectúa por ajustes sucesivos de tal grupo social y de sus estructuras, y puede interpretarse como la respuesta del grupo a la dinámica del ambiente natural. En relación con éste la sociedad se organiza y busca los acomodos adecuados en el plano social, religioso, económico, institucional y político. La adaptación se realiza en sucesivas etapas definidas por nuevos conocimientos técnicos y culturales, cambios institucionales, etc. En última instancia, es un proceso dinámico de sucesivos ajustes entre el grupo y el medio ambiente natural.

Lo anterior explica el fenómeno observado en muchos casos de identificación de elementos ambientales con elementos culturales y sociopolíticos. Por ejemplo, en África, la línea de los 350 mm de lluvia divide claramente las sociedades pastorales nómadas del desierto de las agrícolas dedicadas al cultivo de mijo en la región de Sahel. El breve ciclo vegetativo del mijo se adapta a las condiciones del clima de la región, a sus escasas lluvias, definiendo la organización social, económica e institucional de las sociedades sudano-sahelianas.4

En Etiopía la altura de los 1 500 metros sobre el nivel del mar separa a los agricultores abisinios monteístas de los nómadas islámicos, y en China la gran muralla corre a lo largo de la línea de precipitaciones de 380 mm, separando el mundo sedentario agrícola del nómada mongol.5

El caso de los massa de Camerún es similar: dos grupos del mismo origen se instalan a lo largo del río Logone. Unos ocupan las áreas secas y los otros las áreas inundadas, lo que determina actividades diferentes: la agricultura y la pesca. Esta especialización se deriva de las condiciones ambientales y se traduce en organizaciones institucionales y económicas distintas.6

En función de las aparentes coincidencias mencionadas, podría afirmarse que las modificaciones en los sistemas sociales se originan ya sea en causas internas, inherentes a la propia dinámica social, o en alteraciones que sufre el medio natural en cuestión.

Las transformaciones del sistema natural pueden deberse a su vez a la acción que sobre él ejerce el grupo social o a procesos propios de la dinámica de los fenómenos naturales, sean éstos o no de tipo evolutivo. Las transformaciones naturales pueden tener periodos de gestación muy largos --decenas de miles de años-- superando las dimensiones temporales humanas, o producirse súbitamente, como en el caso de muchas catástrofes naturales.

Los cambios pueden deberse a causas externas, en el sentido de que provienen o son originados en otros sistemas con los cuales el sistema social entra en contacto.

Como el sistema social y el sistema natural están vinculados estrechamente, cabe asimismo tener por causal de cambios fenómenos originados en el proceso mismo de mutua interacción, que tiende en algunos casos a atenuar los cambios en uno de los sistemas y en otros a reforzarse mutuamente.

Ambos sistemas --el natural y el social-- están en un permanente proceso de cambio, en una relación dinámica, como cabe apreciar, por ejemplo, en las sociedades de pastores que habitan en el Sahara: el avance sistemático por el desierto hacia el sur de las sociedades nómadas, que buscan condiciones climáticas aptas para su supervivencia. Este caso, entre otros muchos, ilustra cómo una concatenación de fenómenos naturales y procesos de cambio en el sistema social se refuerzan constantemente.

Los diversos grupos sociales tienen diferentes formas y capacidades para enfrentar el cambio que se produce en el medio ambiente natural. En la medida en que lo logran, el grupo social como tal sale fortalecido con la experiencia, habiendo incorporado todos aquellos elementos de adaptación que posibilitaron su ajuste al medio.

Ciertos grupos sociales, incapaces de readaptarse, buscan en el proceso migratorio el remedio a la situación de crisis. Otras sociedades, demasiado cerradas y arraigadas en su medio ambiente natural, no son capaces de renovarse ni de emigrar, y se enfrentan así a una crisis cultural y a un proceso de decadencia.

Se pueden comparar dos casos con características interesantes: Etiopía y China. La sociedad etiope se estableció y fortaleció en un altiplano de clima lluvioso, desarrollando una economía agrícola en el contexto de una cultura y una religión monoteísta cristiana resistente al embate del islamismo, frente al cual se cerró, constituyendo una identidad política: el imperio del Negus, que permitió la unificación de los diferentes grupos feudales. Sin embargo, esta unidad político-social se mantuvo siempre en una posición defensiva y conservadora respecto al exterior. Se impermeabilizó frente a cualquier tipo de innovación que pudiera surgir de los contactos con otras sociedades. El ambiente natural, el altiplano, proporcionó una defensa natural a la civilización amhara y contribuyó sin duda a la definición de su originalidad. Pero no la proyectó, sólo permitió su sobrevivencia.7

Más tarde el crecimiento de la población, asociado a una rígida estructura agraria, se fue traduciendo en un uso cada vez más intensivo de los suelos agrícolas y en la incorporación de nuevas tierras de menor calidad o a expensas de las áreas forestales. La pérdida de fertilidad de los suelos se fue agravando con procesos de erosión cada vez más acentuados, facilitados por el carácter volcánico de los suelos y su poca permeabilidad. Las sequías prolongadas se agregaron a los procesos de deterioro mencionados.

Frente a esa situación del sistema natural se encontró el Estado etiope de tipo feudal, estructurado en un sistema de propiedad agraria fragmentada, generadora de una clase política conservadora y poco receptiva a la innovación y el cambio. El proceso de deterioro del sistema natural se asoció así a un sistema social rígido. La incapacidad del Estado para enfrentar las exigencias de desarrollo y cambio de la sociedad se unió a su propia incapacidad de enfrentar el deterioro sistemático del medio ambiente, constituyendo dos aspectos íntimamente vinculados con la crisis del imperio etiope.

Por su parte, la sociedad china está asentada sobre dos grandes sistemas fluviales: el Yangtsé y el río Amarillo. El proceso de desertificación asiático empujó a gran parte de la población hacia estas cuencas, mientras que otra parte quedaba en las zonas desérticas. Se originaron así dos tipos de sociedad, una nómada y otra sedentaria.

El sistema chino se desarrolló sobre la base de la explotación de cuencas fluviales de carácter aluvial, explotación que se fue haciendo cada vez más intensiva para responder al crecimiento de la población, llegándose a una de las más elevadas tasas de habitantes por kilómetro cuadrado: 600, contra 320 de Gran Bretaña y 110 de Estados Unidos. El resultado fue el descuido de las colinas, que fueron presa de creciente erosión a consecuencia de una deforestación progresiva.

La agricultura china ha estado expuesta a catástrofes naturales en una escala raramente conocida en otras partes del globo. Inundaciones y sequías han causado hambre y muerte millones a personas a lo largo de la historia china. El Yangtsé y el río Amarillo se han desbordado en múltiples oportunidades, y los diques y embalses se han venido abajo, arrastrando ciudades enteras. Estas catástrofes se explican por la combinación de factores diversos, desde los naturales --sistema de lluvias muy variable, condiciones de los suelos, características topográficas, etc.-- hasta los sociales: presión demográfica, extensión e intensificación de cultivos, deforestación, migración, corrupción y burocracia de instituciones encargadas de embalses y diques.

La explotación agrícola se mostró irracional y predatoria frente a un fuerte crecimiento de la población debido a la progresiva concentración de los cultivos en pocas variedades, el desarrollo de sistemas de irrigación, etc. Se fue debilitando así el sistema natural, mostrándose incapaz de dar sustento a una población creciente.

Al igual que en el caso etiope, se tiene un ejemplo claro de explotación de recursos naturales de acuerdo con la teoría ricardiana de los rendimientos decrecientes: la mejor tierra y la más rentable desde el punto de vista económico es explotada primero y, a medida que se agota o es incapaz de responder a las exigencias de una población creciente, se incorporan nuevas tierras de menor calidad o --también desde un punto de vista económico-- más eficientes. Los costos de producción aumentan hasta alcanzar límites que hacen su explotación socialmente inaceptable.

En ambos casos la forma de utilizar del medio estaba determinada por una organización social e institucional que iba concentrando el poder y el control económico en un pequeño grupo de señores feudales o burócratas. Tal rigidez institucional se ve agravada cuando se enfrentan intentos de dominación y colonización extranjera. Si el aparato institucional se muestra incapaz, por un lado, de organizarse frente al embate de otros sistemas socioeconómicos y políticos, y por otro, no puede superar un creciente desequilibrio entre los requerimientos del grupo humano y las posibilidades de un ecosistema natural claramente definido, se da entonces el caso de sociedades que no han creado los mecanismos de adaptación necesarios para una ni otra contingencia. Esas situaciones críticas pueden llevar al colapso del sistema total.

Dentro de ciertos límites, en ambos casos es posible identificar algunos elementos comunes: la existencia de un fuerte poder central que, a través del emperador, domina sobre la burocracia, los señores feudales y los campesinos, y una actividad basada en la división del trabajo, estructurada en aldeas que --viviendo en condiciones de autosubsistencia-- son capaces de producir un excedente del que se apropia el poder central. Al mismo tiempo, en ambas instancias se presenta tanto un aislamiento interno, en términos de aldeas autosuficientes, como un aislamiento externo, en términos de una economía relativamente cerrada al exterior.

El planteamiento de Godelier8 y Chesneaux9 es que el modo de producción asiático no necesariamente tiene que estar ligado a determinadas técnicas de producción o al desarrollo de grandes obras hidráulicas o de otro género, sino más bien al hecho de que tal modo de producción significa fundamentalmente el surgimiento de un tipo de estado particular. Con base en el trabajo de las comunidades y apropiándose regularmente del excedente que ellas crean, ese Estado da origen a una primera estructura de clases, que supera las formas comunales de producción y va desarrollando la propiedad privada cada vez más firmemente. En tal sentido, implicaría el paso más claro de una economía basada en la ocupación de la naturaleza a una economía estructurada en función de su dominación.

Un elemento importante en el modo de producción asiático, que llamaba la atención de Marx, es una cierta tendencia al estancamiento. Tal aspecto --subrayado, entre otros, por Tökey,10 y que aparece claro en las cartas de Marx a Engels de junio de 1853-- es cuestionado en cierta medida por Godelier cuando afirma que el modo de producción asiático, como cualquier otra formación social, sólo significa estancamiento cuando no es capaz de desarrollar contradicciones internas y se petrifica, bloqueando el desarrollo de la sociedad. Por lo tanto, el estancamiento es sólo una de las formas en que puede desembocar el modo de producción asiático, siendo también alternativas viables su paso al modo de producción esclavista y, en algún caso, al modo de producción feudal, sin necesariamente atravesar la etapa esclavista.

Si esto se acepta, parecería que ambas situaciones se presentan en los casos ya examinados de China y Etiopía, con esta diferencia: mientras que en Etiopía el proceso se bloquea en una forma de feudalismo, con claras reminiscencias de un modo de producción asiático, en China se presenta una capacidad de superación del sistema social hacia formas nuevas que permitan resolver sus contradicciones internas y evitar el estancamiento.

El chino es sin duda un caso muy especial: el de una cultura en que está más explícitamente considerada la dimensión ambiental. Muchos atribuyen esta capacidad de los chinos de adaptarse a condiciones cambiantes del medio a la componente taoísta de su cultura, que siempre ha visto al hombre como parte integrante de un medio natural, en oposición a la tradición etnocéntrica del mundo occidental, que considera al hombre como un conquistador de la naturaleza. China es un claro ejemplo de la identificación de un pueblo con un sistema natural caracterizado por un espacio geográfico extenso, cerrado por el mar, los desiertos y las montañas, y que no busca ni trata de llevar a la práctica políticas expansionistas a expensas de los sistemas vecinos. Su sociedad ha tenido que ir cambiando y adaptándose a una relación dinámica con su medio ambiente natural, y a un proceso de desarrollo que obligaba a buscar nuevos ajustes, destruyendo viejas estructuras institucionales. Estas estructuras eran poco favorables al cambio necesario y a las condiciones específicas que se iban presentando, a consecuencia de catástrofes naturales, por cambios cuantitativos de su grupo humano o como respuesta a presiones externas.

El enfoque chino se basaba en el reconocimiento explícito de que el origen del deterioro ambiental puede encontrarse en causas institucionales y sociales y, por otro lado, en la conciencia de que su sobrevivencia depende de su capacidad para utilizar, mejorando, el medio ambiente natural.

La forma en que la dimensión ambiental se incorporó a sus esquemas de planificación le permitió controlar, con una visión de largo plazo, los inconvenientes de las regulares catástrofes naturales, gracias a un proceso de gestión ambiental --recursos hídricos, diversificación agrícola, reforestación, etc.--, sin precedentes en la historia.

Para aumentar la superficie cultivada se construyeron en el breve periodo de 1952 a 1957 un total de 46 represas sobre el río Amarillo y 24 embalses. Al mismo tiempo, el proyecto del río Yangtsé fue orientado a la transferencia de 142 millones de metros cúbicos de agua de su cauce superior, a fin de complementar el suministro de agua del río Amarillo, cuyo déficit había sido estimado en 470 millones de metros cúbicos. La construcción de un sistema de 6 800 kilómetros de canales en un terreno caracterizado por grandes desniveles, permitió controlar los regímenes fluviales e incorporar grandes áreas de cultivo. En el plazo de doce años, más de un millón de pequeños diques, 9 millones de pozos, además del sistema de canalización mencionado, permitieron regar 120 millones de acres, aumentando además su potencial energético.

Asociado a lo anterior, se llevó a cabo un gigantesco programa de reforestación: entre 1949 y 1960 se reforestaron 51 millones de hectáreas, es decir, un área dos veces mayor que Gran Bretaña. Los desiertos han sido rodeados por anillos forestales. Uno de 1 200 kilómetros se ha desarrollado en Manchuria y otro atraviesa Mongolia, mientras que un tercero rodea el desierto de Tengui a través de una extensión de 1 600 kilómetros. Los efectos ambientales favorables se asocian con la creación de un enorme potencial económico para la industria y la alimentación.

Con respecto a la salud, problemas como la bilarzia y la oncocercosis fueron controladas a pesar del masivo desarrollo de las obras hidráulicas, directamente vinculadas a la etiología de dichas enfermedades.

Ejemplo de la creación de un sistema social en función de la necesidad de explotar un sistema natural específico lo da el imperio inca, Estado teocrático altamente centralizado basado en un sistema colectivo de producción agrícola hecho posible por el desarrollo de grandes obras de infraestructura que, al mismo tiempo, permitían la creación de un excedente económico. El imperio inca constituye un ejemplo más del llamado modo de producción asiático.

El medio ambiente natural en el cual prosperó puede calificarse de difícil (si no inhóspito) si se tiene en cuenta la altura: 3 000 a 4 000 metros sobre el nível del mar, sistema montañoso de empinadas pendientes, suelos no aptos para la agricultura; sólo 2% cultivable,11 accidentada topografía y problemas consecuentes de comunicación.

El imperio se estructuró social, económica y administrativamente para aprovechar al máximo las potencialidades del sistema natural, buscando la forma de adaptarse a esas condiciones adversas mediante una adecuada gestión de los recursos naturales, en especial la escasa tierra cultivable y, sobre todo, los hídricos: forma de organización y gestión del sistema natural que lo identifica con el modo de producción asiático. La cultura inca tuvo un carácter urbano sustentado en la producción de aldeas y comunidades agrícolas (los ayllu). El Cuzco, al momento de la conquista española, era una de las cuatro o cinco ciudades más grandes del mundo,12 ligada a través de una vasta red de carreteras con un gran espacio geográfico organizado alrededor de miles de aldeas agrícolas que producían lo necesario para dar sustento a una población estimada por algunos en 30 millones de habitantes y en ningún caso inferior a los diez o doce millones.13 El sistema social-político administrativo tenía carácter piramidal, que se reflejaba tanto en su estructura social como en la forma de organización espacial y administrativa del imperio.

La cúspide era el inca, hijo del sol, y la nobleza formada por sus parientes y los jefes de los territorios conquistados, clase social cuyos privilegios eran hereditarios. El segundo estrato social lo constituían los sacerdotes, militares y burócratas encargados de la administración del imperio, y los curacas o jefes comunales. Los privilegios de que gozaba esta clase social les eran asignados por el inca y no eran hereditarios. Burgueses, profesionales, artesanos y funcionarios menores constituían el estrato siguiente: mientras que los trabajadores reclutados temporalmente para el trabajo de las minas, los servicios de transporte, mensajeros, soldados y sirvientes (mitayos y yanaconas) formaban el cuarto estrato. Finalmente, los campesinos agrupados en unidades de 100 familias, con atribuciones productivas sobre un espacio geográfico perfectamente delimitado, constituían la base económica sobre la que se sustentaba el imperio. Cien de estas agrupaciones llamadas ayllu formaban las tribus, mientras que cuatro tribus eran una provincia y cuatro provincias un estado.

Ese sistema administrativo y el culto religioso constituían los vínculos que mantenían la cohesión de este vasto imperio, donde no existía la propiedad privada, sino un sistema colectivo que, combinado con la rígida estructura administrativa, permitía la organización para el desarrollo de las grandes obras de infraestructura, hidráulicas y viales, necesarias para satisfacer las exigencias de la expansión económica.

Los sistemas de riego, diques, embalses y acueductos funcionaban de acuerdo con las regulaciones establecidas por la burocracia administrativa, el ciclo agrícola se llevaba a cabo según una programación ritual basada en el calendario que fijaban los sacerdotes. Fue así como se desarrolló un sistema agrícola de utilización intensiva del suelo que permitía el cultivo de más de 60 especies vegetales, algunas domesticadas, del bosque amazónico y adaptadas a las condiciones de los Andes. Los cultivos se efectuaban en terrazas escalonadas en las faldas de las montañas fertilizadas con guano, nombre quechua para el estiércol de aves marinas que se acumula en grandes cantidades en las costas del Pacífico sur y muy rico en sales amoniacales.

La misma estructura administrativa permitía la captación del excedente que este sistema productivo generaba, y que era empleado en el mantenimiento suntuario de las clases altas y en la construcción de grandes obras de infraestructura.

Godelier consideraba dos formas de evolución del modo de producción asiático: una hacia una forma esclavista de producción, y otra hacia ciertas formas de feudalismo, sin pasar por el sistema esclavista en la medida que apareciera la propiedad privada en el seno de las comunidades de ciertos dominios de la aristocracia. Según Métraux14 y Godelier,15 esta era la situación en que se encontraba el imperio incaico cuando sobrevino la conquista española. Los dominios del emperador tenían un desarrollo tardío en relación con los de los nobles. Ello insinúa una evolución hacia el feudalismo, que se acentúa por la división del imperio entre los hijos de Huayna Capac: Huáscar y Atahualpa. Este debilitamiento del imperio, con la preservación de una estructura social-administrativa rígida y la incapacidad de autodefensa, típica de las clases dominadas en los regímenes despóticos, facilitaría la conquista por parte de los españoles.16

Con la caída del imperio inca la relación entre medio ambiente y sistema social establecida a lo largo de cientos de años se rompería, y el sistema natural pasaría a ser explotado en función de una racionalidad ajena al sistema, y en beneficio de una formación social dominante localizada especialmente en un ambiente geográfico distinto y muy distante.