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La cruzada contra las drogas
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La droga es uno de los temas más debatidos en los círculos económicos, polícos, jurídicos y hasta médicos de la actualidad. Algunas plantas, como la coca, que algunas culturas del Sur aún veneran, han sido el blanco de la última cruzada de Occidente. 

LA COCA REPRESENTA  un claro ejemplo de cómo la verdad, incluso la verdad científica, responde a un interés o a un punto de vista. Un estudio detallado de su hoja lleva a la conclusión de que, debido a su riqueza en aminoácidos, ácidos y vitaminas, la coca es la planta que contiene más nitrógeno no proteico. Este tipo de nitrógeno elimina del cuerpo humano toxinas y enfermedades y también hidrata y regula el sistema nervioso. 

La planta se cultiva en valles calurosos y húmedos, que en aymará se llaman yungas. Los campesinos de los Andes mascan coca mientras trabajan y descansan e incluso convidan con ella a sus huéspedes. El hábito de mascar coca -no solo aceptado sino también ampliamente difundido entre millones de habitantes de países como Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile- tiene una base económica. Para los campesinos, la coca es un cultivo más que beneficioso debido a su capacidad de producir entre tres y cuatro cosechas por año, en suelos no explotables para otros fines. Los campesinos también aprecian la coca por su mayor rentabilidad, en comparación con otros cultivos. La técnica de cultivo, muy especial, se adapta muy bien a los valles por la construcción de plataformas de piedra o suelo cercado. 

Cultivar coca en los valles andinos no sólo es una solución práctica sino también una costumbre ancestral. Desde el año 2000 a.C. la hoja de coca quedó entrelazada a la vida en la región andina. Los campesinos no solo la utilizaron para expresar amistad, retribuir servicios o simplemente como moneda, sino que también la consideraron sagrada. Además de descubrir sus virtudes medicinales, emplearon la hoja, mezclada con ciertos aceites, para ablandar las rocas. Cuando los incas centralizaron políticamente la región, las plantaciones se distribuyeron por todo el imperio a fin de mantener una producción estable y el Inca era el único propietario de la cosecha sagrada. Más tarde, cuando los españoles conquistaron la región, la Corona española distribuyó las plantaciones entre algunos colonos bajo el régimen de las encomiendas y se autorizó el pago con hojas de coca. 

Cuando los españoles descubrieron sus propiedades energéticas, fomentaron el consumo de la hoja para aumentar la productividad de los nativos obligados a trabajar en las minas del Potosí. Esto hizo que muchos españoles se dedicaran exclusivamente al comercio de coca, lo que se convirtió en una fuente de ingresos muy importante para la Corona, la segunda después de la expotación de las minas. Los diezmos de la coca constituyeron la fuente de ingresos casi exclusiva de la Iglesia católica en la región andina. 

La coca entró en la economía de mercado y la sociedad colonial empezó a usar la planta, incorporándola totalmente a sus hábitos hasta el punto que los médicos la emplearon como remedio para el asma, las hemorragias, el dolor de muelas, los vómitos y las diarreas. 

La hierba satánica 

La sociedad colonial la asimiló enseguida, pero los españoles no vacilaron en atribuirle la demora de los  indios en convertirse al cristianismo al uso ritual que de la hoja hacían los nativos : inmediatamente comenzaron a combatir su consumo. Cuando tras la descolonización se crearon en la región los estados independientes, la coca fue nuevamente acusada, esta vez de impedir la integración de los nativos en la sociedad "blanca". 

Sin embargo, fue la irrupción de la cocaína -uno de los catorce alcaloides de la planta- lo que inició la leyenda negra de esta hierba. Poco después de ser aislada en 1884, la cocaína se aplicó como anestésico en cirujía, mientras que Sigmund Freud la recomendaba para aliviar la tensión nerviosa y la fatiga. Hacia fines del siglo XIX, el consumo de cocaína se extendió por las clases altas y el medio artístico de Europa y Estados Unidos. Para entonces, todos los médicos recetaban el Vin Mariani, un tónico hecho a base de extracto de coca, como remedio para varias enfermedades y también en esa línea se encuentra el origen de la Coca-Cola, patentada en 1895 como estimulante y analgésico contra el dolor de cabeza. 

Fue en 1906 cuando las autoridades estadounidenses declararon ilegal la cocaína. En 1922, el Congreso de Estados Unidos amplió el alcance de la medida al declarar oficialmente que la cocaína era un narcótico y luego al prohibir su importación, junto con las hojas de coca. A pesar de la prohibición -o al final debido a ella- a lo largo del siglo la cocaína llegó a ser muy apreciada y consumida. El Convenio de las Naciones Unidas sobre los Narcóticos puso la cocaína en el primer lugar de su página de drogas tóxicas y en 1961 la incluyó en la lista de "psicótropos", pero la verdad es que el alza vertiginosa de su precio indica que el de cocaína es uno de los comercios más rentables de la Tierra. En los medios financieros, artísticos y políticos de Europa occidental y Estados Unidos, la cocaína es considerada sinónimo de opulencia y distinción y también se consume en Japón, Europa oriental y América Latina, aunque en menor medida. 

La atracción que ejerce la cocaína dio inicio al fabuloso negocio -más lucrativo que el comercio de petróleo y situado en segundo lugar después del negocio de la guerra- conocido como narcotráfico. La palabra define todo el proceso de producción ilegal, transporte y venta de drogas ilegales o de uso controlado. En este juego trasnacional, cada uno desempeña su papel. Estados Unidos, Europa o Francia sostienen una fuerte demanda, mientras que los países andinos como Perú, Bolivia o Colombia abastecen del producto. En estos países, el consumo de coca sigue siendo diferente del que se estila en los países del Norte. Si bien entre la población joven flotante se va extendiendo el consumo de pasta de cocaína, a los nativos y los campesinos no les gusta la pasta y siguen conservando el hábito de mascar la hoja diariamente. Las regiones que producen coca se han transformado evidentemente en zonas en desarrollo, debido a que los cárteles de la droga conceden créditos y seguros a los grupos que elaboran la cocaína. Los campesinos que plantan coca han aumentado sus ingresos: el cultivo de la hoja da muchas más ganancias que cualquier otro. 

En Bolivia, la coca y sus productos derivados generan un ingreso de 600 millones de dólares al año y da ocupación al 20 por ciento de la mano de obra adulta. En Perú, este rubro ocupa el 15% de la mano de obra activa y representa un ingreso anual de mil millones de dólares. En Colombia, el tráfico de drogas da un ingreso de mil millones de dólares, cifra más elevada que la que aporta la exportación de café. Sin embargo, la ganancia principal la obtienen los países consumidores, donde se realiza el lavado de dinero, se suministran los productos químicos para la producción de la cocaína y se venden las armas para apoyar a los traficantes. 

El tráfico de drogas y las medidas represivas 

El elemento fundamental de este asombroso negocio parece ser la hipocresía. En Estados Unidos, desde que el presidente Ronald Reagan en 1983 inició la guerra contra las drogas, se han gastado más de cien mil millones de dólares en detenciones, encarcelamientos, educación y otras medidas. Sin embargo, en el período que va de 1983 a 1993, la cifra de muertes por abuso de drogas se duplicó, mientras que los asesinatos vinculados al tráfico de drogas se triplicaron. Las estadísticas revelan que en Estados Unidos, en 1992, por abuso de drogas murieron 12.000 personas y otras 2.000 perecieron en asesinatos relacionados con la droga. Los peores indicadores de víctimas de la droga provienen de los adultos de entre 35 y 50 años, quienes en 1983 representaban el 80 por ciento del total de las mismas. Diez años después, el riesgo de morir por abuso de drogas era 15 veces más grande en una persona de alrededor de 40 años que en un estudiante universitario. 

Las autoridades estadounidenses a cargo de la lucha contra las drogas no dan ninguna explicación acerca de estas cifras. Se limitan a presentan estadísticas que muestran un incremento en el porcentaje relativamente bajo de adolescentes que fuman marihuana. A este respecto, en 1996, Lee Brown, el portavoz oficial de la Casa Blanca en los asuntos relativos a la droga, calificó la marihuana de "droga extremadamente peligrosa" que lleva a los jovencitos a "luchar por sus vidas en camas de hospital". El hecho real es que, de las 20.375 muertes por abuso de drogas ocurridas en 1993, solo 26 relacionaban a los adolescentes con la marihuana. Además, en esos casos, la marihuana se había combinado con el alcohol o drogas más pesadas como la heroína y la cocaína. Solo en un caso, la muerte se había atribuido directamente a una sobredosis de marihuana. 

Aunque las autoridades se niegan a mencionarlo, los informes de la DAWN señalan que la aspirina -y sus sucedáneos como el Tylenol- es la droga más peligrosa entre los adolescentes. Durante 1993, fueron hospitalizados 25.000 adolescentes debido a una sobredosis de aspirina o alguno de sus sucedáneos, cuatro veces más que el total que representa el consumo de heroína, cocaína y marihuana. Este tipo de manipulación de la información esconde otros aspectos, como el hecho de que un adolescente afroamericano tiene, en relación con un adulto blanco de edad mediana, la quinta parte del riesgo de morir por abuso de drogas pero diez veces más posibilidades de ser detenido por el tráfico de éstas. Sin embargo, en 1993 más de 6000 casos de muerte por drogas fueron de personas blancas. 

La catástrofe étnica y el ataque a los cultivos 

En la actualidad, el mercado estadounidense absorbe casi totalmente la producción de drogas de América Latina (y un tercio de la producción mundial de heroína más el 80% de la de marihuana). En Estados Unidos, los consumidores de droga suman 20 millones, pero a fin de resolver su problema interno, dicho país decidió llevar el combate afuera. Este problema del consumo de drogas, exclusivamente interno, se ha convertido en una de las coartadas favoritas para la intervención estadounidense en el extranjero, la creación de la DEA (Drug Enforcement Agency) en julio de 1973 con el propósito fundamental de institucionalizarla. 

La intervención efectuada en Bolivia en 1986 o los tratados de extradición (como el que se firmó con Colombia en 1982) deberían contarse entre los actos más claros de injerencia estadounidense. Esta línea de injerencia se ha ampliado hasta llegar a un total olvido de la soberanía de los demás países: la resolución de1992 de la Suprema Corte de Estados Unidos por la que se legalizó el secuestro de sospechosos en otros países entraña una grave amenaza a los derechos humanos y se burla del derecho internacional. 

Esta es otra manera de desfigurar los problemas reales. El consumo de drogas, una cuestión interna que no ha sido resuelta, se convierte en el objeto de una cruzada y se proyecta el mal en el productor y no en el consumidor, en los otros y no en uno mismo. La política de Estados Unidos centrada en la erradicación total de la coca sin duda no resolverá el problema de los ciudadanos estadounidenses. Pero, por supuesto, constituye una catástrofe para las poblaciones andinas en las que la coca ocupa un espacio en la comunicación que identifica a los participantes con sus familias y su cultura. Para los nativos de los Andes, la coca tiene la virtud de proteger, cambiar la suerte o predecir el futuro y además están los diversos rituales; para ellos, mascar coca constituye hasta hoy un ritual profundo, místico y colectivo, mediante el cual articulan el pasado con el presente. 

Durante los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush, Estados Unidos realizó intervenciones militares directas y fumigó plantaciones enteras de coca con herbicidas que destruyen los componentes orgánicos y los nutrientes pero el único resultado tangible que se obtuvo con esas operaciones "profilácticas" es que, hoy en día, hay plantaciones de coca en los estados del sur de Estados Unidos, mientras que los nativos andinos ven cómo su planta ancestral fue destruida y quemada como un demonio. 

Hoy, muchas voces respetables se alzan para proponer que, como primera medida, se legalicen las drogas, para resolver algunos de los problemas que hoy crean las prohibiciones -como lo elevado de los precios, que a menudo lleva a la corrupción y la violencia o la mala calidad del producto final, que pone la salud en peligro-. Después de todo, ¿no fue esa la única manera de terminar con los años social y políticamente difíciles de la década de 1920 cuando se prohibió el alcohol en Estados Unidos? 

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