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Los desajustes del ajuste
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El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) dicen que cuanto mayor sea la integración de un país a la economía mundial -y para ello su receta son los programas de "ajuste estructural"-, mejor será su nivel de vida. No obstante, los hechos demuestran que estas políticas y la forma actual de globalización tienden a favorecer meros acuerdos especulativos que acentúan las desigualdades sociales en todo el mundo.

LAS POLÍTICAS ECONÓMICAS de "ajuste estructural" guían el accionar de un creciente número de gobiernos, en especial los gobiernos llamados del Primer Mundo. Sus metas principales son abrir los mercados nacionales a las influencias internacionales y al capital extranjero; eliminar los subsidios y los controles de precios; reducir los compromisos presupuestarios, en especial los destinados a educación y seguridad social; reducir la carga fiscal de las grandes empresas, el gran capital y los ingresos en gran escala; privatizar las empresas públicas y desreglamentar los salarios y las condiciones laborales.

Según quienes propugnan estas políticas, en particular organismos internacionales como el FMI o foros como el grupo de los siete países más ricos del mundo (el Grupo de los 7), estas medidas son absolutamente indispensables para evitar que fenómenos como la "globalización" de las economías -en especial el aumento del comercio mundial- aumenten las desigualdades sociales en los países pobres o entre los países ricos y los pobres. En un comunicado publicado en la cumbre de Lyon, en Francia, en junio de 1996, el Grupo de los 7 escribió lo siguiente: "el crecimiento económico y el progreso están estrechamente ligados al proceso de globalización", que ofrece "a un número cada vez mayor de países en desarrollo la posibilidad de mejorar sus niveles de vida."

En su informe "Las perspectivas económicas mundiales y los países en desarrollo", también de 1996, el Banco Mundial se refirió a los marcados desequilibrios entre los países con relación a la integración al mercado mundial. Según este organismo internacional, cuanto mayor sea la presencia del comercio exterior y de la inversión extranjera directa con relación al Producto Interno Bruto de un país, mayor será el porcentaje de productos manufacturados en sus exportaciones, será considerado más "seguro" para recibir crédito y más rápida será su integración al mercado mundial. En términos generales, los estados más pobres se "integran" a un ritmo más lento, lo que, según el Banco Mundial, se debe en parte a que tienden a resistir el "ajuste estructural" de sus economías. Esto crea desequilibrios en sectores que están en plena expansión, como la inversión extranjera, ya que si bien el 38 por ciento de la misma tiene como destino los países en desarrollo, dos tercios de estas inversiones son recibidas por sólo ocho de los 93 países. Argentina, Chile y México en América Latina, Ghana en África, y la República Checa, Hungría, Polonia y Turquía en Europa, figuran entre los países en desarrollo con un ritmo de "integración" más veloz.

En otras palabras, el argumento es que cuanto más "ajuste" se aplique, mejor se integrará una nación a la economía mundial, y cuanto más se integre, mejor será su nivel de vida. No obstante, muchos expertos y observadores creen que las políticas de ajuste y la forma actual de "globalización" tienden a favorecer acuerdos puramente especulativos que acentúan las desigualdades sociales mundiales. En algunos casos también ocurre que las políticas de ajuste crean por sí solas tales desequilibrios económicos y sociales que los logros de años de rigor pueden quedar desbaratados en unos pocos minutos. El caso más claro es el de México, cuya "ortodoxia" le permitió ingresar a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) -conformada por los 25 países más ricos del mundo- tan solo siete meses antes de que una repentina y vasta fuga de capitales dejara al país en bancarrota.

A nivel mundial, las operaciones especulativas están en alza, alentadas, entre otros factores, por la liberalización de los mercados de divisas. Las transacciones diarias de divisas pueden estimarse en unos 1.500 millones de dólares y alrededor del 90 por ciento de esas transacciones son puramente especulativas: no hay nada producido, comprado o vendido. Esto ha llevado a algunos especialistas, como el Premio Nobel científico James Tobin, a reclamar un impuesto a las transacciones de divisas. No obstante, una medida de este tipo debería aplicarse al mismo tiempo en todos los mercados de divisas del mundo, ya que una de las características del capital especulativo es su gran movilidad, y si sólo algunos mercados aplican impuestos, entonces los otros sin duda estarán mucho más activos.

Según los expertos que se oponen a la política de ajuste, como el sociólogo estadounidense James Petras, la volatilidad misma de este capital produce efectos opuestos a los que se supone que causaría en el empleo y las desigualdades sociales. Esto se vincula con la creciente aplicación de políticas similares a los planes de ajuste estructural en los países desarrollados, que tienden a aumentar el número de pobres y concentrar la riqueza en manos de un grupo social cada vez más reducido.

"Dos tendencias básicas parecen caracterizar las mutaciones que sufre actualmente la economía mundial: la explosión del capital especulativo y el aumento correlativo de trabajos cada vez más precarios", escribieron Petras y Todd Cavaluzzi en "Le Monde Diplomatique", agregando que desde 1969 a 1994,  los trabajadores forzados a ocupar un empleo de medio horario (en la medida que no lograron emplearse en trabajos de tiempo completo) en Estados Unidos aumentaron del seis por ciento al 13 por ciento de la población trabajadora. El número de trabajadores "mal remunerados", es decir, los que ganan menos de 15.000 dólares anuales, se triplicó, de 8,4 por ciento a 23,2 por ciento, y los trabajadores pobres, agregados a los desempleados, aumentaron de poco más de 23 por ciento a 38,5 por ciento.

Para Petras y Cavaluzzi, "lo que el capital gana en movilidad, el mundo laboral lo pierde en seguridad. El aumento de las inversiones directas en países con salarios bajos tiene dos consecuencias: en un nivel crea una mano de obra competente y competitiva, que baja los salarios en Estados Unidos y por lo tanto también en los otros países industrializados; en otro nivel, estas inversiones provocan un aumento de las exportaciones hacia Estados Unidos y los otros países "ricos". En los casos más extremos, los empleos industriales bien remunerados son sustituidos por ocupaciones mal remuneradas de la rama de los servicios en supermercados surtidos de productos importados. Al mismo tiempo, las políticas de ajuste han empeorado las condiciones laborales del Tercer Mundo.

En otras palabras, fenómenos como este pueden desembocar en que los sectores más desafortunados de los países "pobres" compitan con los menos favorecidos de los países "ricos" por trabajos cada vez más precarios y mal remunerados.

De igual manera, la distribución de la riqueza tiende a ser menos equitativa, incluso en los países desarrollados que, a nivel social, se están pareciendo cada día más a los países llamados en desarrollo. Edward N. Luttwak, ex asesor del Departamento de Estado de Estados Unidos, escribió un ensayo titulado: "The Endangered American Dream: How to Stop the United States from Becoming a Third World Country" (El sueño americano en peligro: cómo impedir que Estados Unidos se convierta en un país del Tercer Mundo). El autor parte de la idea de que eso es lo que está haciendo gradualmente su país, y que allí la concentración de riqueza es tal que los ciudadanos más ricos se parecen cada vez más a los ricos del Tercer Mundo. Para Luttwak, este tipo de riqueza, característica de los países más pobres y de Estados Unidos, no sólo es resultado del subdesarrollo sino también una de sus causas.

Estos fenómenos también ocurren en los países europeos, aun cuando hasta ahora la concentración de ingresos es menos marcada en Europa Occidental que en Estados Unidos. Así, mientras que en Estados Unidos el 70 por ciento de la riqueza están en manos del 10 por ciento de los más ricos, este porcentaje es del 28 por ciento en Francia. No obstante, la concentración de riqueza sigue siendo alto en Francia, sobre todo en la propiedad de la tierra, ya que el 20 por ciento de la población es propietaria aproximadamente del 70 por ciento del país. Claude Julien, ex jefe de "Le Monde Diplomatique" y autor de "L'Empire Américain", manifestó que el ajuste estructural ha provocado una "verdadera ideología del libre comercio, transmitida a través del FMI y el Banco Mundial, que controla nuestras almas". Para Julien, ningún país puede cambiar individualmente esta situación y aduce que las huelgas y manifestaciones, como las ocurridas en Francia en diciembre de 1995, deberían contar con mecanismos mundiales, como, por ejemplo, derechos gremiales en todo el mundo, para evitar la constante caída de los salarios e impedir que día a día el mundo se vaya convirtiendo en un gigantesco país subdesarrollado.

Políticas alternativas

En cierto momento jurisdicción exclusiva del Fondo Monetario Internacional, el conjunto de políticas conocidas como Programas de Ajuste Estructural ha sido utilizado desde principios de los 80 por el Banco Mundial para imponer condiciones a los préstamos. A fines de 1992, 75 países de África, Asia, América Latina, el Caribe y Europa Oriental habían recibido Programas de Ajuste Estructural del FMI y el Banco Mundial por un total de más de 150.000 millones de dólares estadounidenses.
    Según Lisa McGowan, del Development Group for Alternative Policies (Grupo de Desarrollo para Políticas Alternativas), con sede en Washington D.C., los Programas de Ajuste Estructural están destinados a promover los ingresos de divisas de un país a través de la promoción de las exportaciones, a reducir el déficit fiscal a través de recortes de los gastos, y a mejorar las condiciones para la inversión extranjera eliminando las reglamentaciones al comercio y la inversión. Si bien los Programas de Ajuste Estructural tienen leves diferencias según el país, generalmente todos incluyen el cambio de la producción nacional de alimentos a la producción de alimentos para la exportación; la devaluación de la moneda (para fomentar las exportaciones); la reducción del gasto social (en especial salud y educación); la restricción del crédito y la constricción de los salarios; la privatización de las industrias nacionales; y por último la liberalización del comercio.
    Las consecuencias han sido drásticas y amargas. Mientras que los pequeños productores sufrieron restricciones en los créditos y subsidios, aumentaron las exportaciones para la producción de la gran agroindustria. La producción de alimentos disminuye y los cultivos de exportación ocupan cada vez más tierras y capitales escasos. La devaluación de la moneda provoca dramáticos aumentos de precios de  los alimentos y otros suministros básicos, como el combustible.

Fuente: Brave New World Bank: 50 Years Is Enough!, de Juliette Majot

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