La ciudadanía y las mujeres

Las mujeres hoy son declaradas libres y responsables en el mismo terreno en el que el patriarcado ha obtenido su poder desde hace siglos e incluso milenios: la reproducción de la raza. Es una revolución colosal, un cambio de orientación en la comprensión de lo que son las mujeres, de su dignidad como seres humanos: no pueden ser definidas simplemente por su capacidad de procrear.

Pero las decisiones libres y responsables no se toman en vacío; necesitan un contexto social, económico y cultural en el que la libertad y la responsabilidad adquieren un significado concreto. Por eso el papel central de los derechos de las mujeres debe ser reconocido y estimulado no solo en el campo de la procreación, sino en sino en todos los procesos societarios. Habilitar a las mujeres en todo supone que no sólo se reconocen sus derechos, sino también que sus derechos sociales figuren en cabeza de los objetivos del programa político.

La ciudadanía de las mujeres (su afirmación de personas como "lugar" de poder) como medio de reforzar su participación en todas las formas de la vida económica, social y política se funda en los lazos que existen entre las libertades personales, --donde no es admisible ninguna interferencia o presión sobre la conciencia individual-- y los derechos sociales. Estos últimos exigen una acción afirmativa y garantías por parte de la ley y de las autoridades públicas1.

La libertad y los derechos deben ser recíprocos y han de ejercerse de modo responsable, para evitar la destrucción de su fundamento social: la relación entre libertades y derechos que sea el reflejo del contexto social. Una libertad personal ilimitada y mal definida lleva consigo una alienación del individuo y su aislamiento en el seno de la sociedad. Al partir de los derechos específicos (en especial en todo lo que afecta a la procreación), las mujeres luchan porque se reconozcan todos sus derechos para crear un marco en el que se esforzarán por "modelar la vida" en todos los niveles y en todas las situaciones. Su visibilidad sólo con esta condición será operativa en el plano de nuevos conceptos, de nuevas políticas y de nuevas acciones.

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Al comienzo del proceso de afirmación de sí mismas como seres humanos, las mujeres comparan la realidad de su vida con los derechos que poseen. Ahora bien, en todas las culturas, los pobres no están familiarizados con el enunciado de estos derechos; más bien han sido instruidos sobre sus responsabilidades. La asimilación del concepto de derechos y la legitimidad de estos derechos en un contexto dado conducen progresivamente a las mujeres a articular sus sentimientos hasta entonces reprimidos sobre la injusticia de un orden social que no les permite modificar el estado de cosas.

En el curso de este proceso, la mujeres asumen su identidad propia, toman conciencia de su valor, aumentan su autoestima y la confianza en sí mismas: entonces traspasan el umbral de miedo, dejan de sentirse impotentes. Este proceso no transforma a las mujeres en individualistas, porque siguen siendo responsables de las necesidades colectivas. Comenzando por los hijos y la familia, las responsabilidades de las mujeres se extienden a los grupos locales y a sus lugares de trabajo, con los cuales se identifican las mujeres, una responsabilidad que requiere, es preciso reconocerlo, una buena gestión de su parte.

El análisis de la difícil situación de la mujeres va desvelando poco a poco los problemas estructurales de poder que se ejerce en la sociedad y que mantienen la discriminación de que son objeto. Las mujeres perciben entonces cómo, desde su inmediato entorno hasta el plano nacional, las tradiciones, las instituciones y las decisiones dependen del poder ejercido sobre grupos específicos y marginados por el "poder" de una inmensa mayoría.

Si no se percibe esta relación entre una situación personal injusta y las desigualdades estructurales de la sociedad, puede ocurrir que las mujeres eventualmente se beneficien en su vida de diferentes ventajas sociales (por ejemplo de mejores servicios sanitarios antes y durante el embarazo) sin avanzar de facto en su ciudadanía y en su afirmación como seres humanos de pleno derecho2. En vez de adquirir la capacidad de autodeterminación continúan siendo "asistidas".

Cuando, por el contrario, se percibe esta relación, las mujeres descubren las raíces profundas de la discriminación y la marginación de que son víctimas. Comprenden que lo que les está sucediendo es, de hecho, el resultado de la dominación estructural resultante de las distorsiones ideológicas aplicadas en la valoración de cada uno de los dos sexos. Comprenden entonces que la ciudadanía y su afirmación frente al poder es incompatible con la desvalorización de las mujeres que se expresa de formas tan diversas. Sólo entonces pueden las mujeres emprender una acción colectiva para intentar modificar sus condiciones de existencia.

Una vez sean reconocidos sus derechos, ya no se podrá detener el proceso de ciudadanía porque estos derechos se convertirán en una prioridad política. Se trata aquí de una transformación radical y de un verdadero desafío ante el que ya no va a retroceder el movimiento feminista.

Existe, sin embargo, el peligro de que la ciudadanía y el poder de las mujeres se quede en el estadio de la declaración de intenciones como ha sido el caso de otras grandes ideas como la integración y la participación de las mujeres en el desarrollo. Existe incluso el riesgo de que la ciudadanía y la afirmación de las mujeres frente al poder quede vacía de sentido.

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¿Cómo es posible, entonces, que tantas instancias nacionales e internacionales estén dispuestas a comulgar con la idea de que la ciudadanía y el poder de las mujeres deben estar en el corazón del desarrollo?. La única explicación plausible es que estas instancias comienzan a comprender que las mujeres están a punto de convertirse en una fuerza política, tanto en el plano nacional como en la escena internacional. Incluso, hasta los responsables de las estrategias y las instituciones más criticadas por las mujeres están tentados a promover ideas de mayor justicia entre los dos sexos. Estas ideas se traducen, por ejemplo, en proyectos específicos para mujeres, en la devolución de poder económico a las mujeres pobres en los países en desarrollo como respuesta a la creciente evidencia de la feminización de la pobreza que trae consigo el aumento de la visibilidad de las mujeres.

Sin embargo, al evocar la ciudadanía y el poder no se tiene a la vista a éste o aquel grupo de mujeres en situación particularmente difícil, aunque pudieran ser, si se diera el caso, objeto de una atención prioritaria. Más bien, los esfuerzos específicos de este tipo tienen que ir a la par con los que se realizan paralelamente en favor (y por) otros grupos de la sociedad, para que los grupos desfavorecidos no se queden siempre acantonados en un estatuto menor. Las mujeres que trabajan en la administración, en las profesiones liberales, en el mundo académico y otros lugares deben movilizarse para los procesos de aprendizaje de ciudadanía y de afirmación de sí mismas frente a los distintos poderes constituidos.

En toda sociedad, cada individuo es un elemento de la estructura del conjunto; cada uno está unido a los demás y depende de ellos. Incluso aunque haya pequeñas fracciones de la sociedad que adquieren poder, una vez obtenido el sentido de la acción necesaria en su favor, continúan aislados al generalizarse a todos la ciudadanía y el poder.,

Por tanto se puede caracterizar el proceso de ciudadanía y de afirmación de las mujeres frente a los poderes como el acceso de las mujeres de nuestra época a su identidad y a sus ambiciones colectivas. Cuando las mujeres sean visibles y estén capacitadas, sabrán tener acceso a los instrumentos de base que se requieren para cambiar nuestra civilización.

Un nuevo estatuto de influencia en los procesos de toma de decisión.

Desde el punto de vista histórico el sentimiento de solidaridad entre las mujeres es algo nuevo. Durante siglos se han ayudado las mujeres mutuamente, pero hasta hoy no han dado pruebas de una notable capacidad de colaboración. Para responder a los desafíos de los próximos decenios, esta solidaridad debe estar ahora construida a partir de todos los procesos de ciudadanía y de afirmación de las mujeres.

Las mujeres ya no aceptan las simples concesiones que les hacen las estructuras de poder nacionales o mundiales. Las organizaciones femeninas que antes se llamaban apolíticas, hoy participan en el análisis político-económico del mundo; están dispuestas a definir, evaluar y elaborar las estrategias que permitan mejorar de modo sostenible la calidad de vida. Por tanto las mujeres, en todos los niveles y formas del poder político, deben adquirir un cierto estatuto y una cierta influencia en la toma de decisión. No es suficiente reforzar apenas lo ya conocido.

El mismo proceso de la afirmación de las mujeres transformará la forma como ellas ejercen el poder, porque el poder está en todas partes: desde la casa hasta el lugar de trabajo, el Consejo de Ministros y las reuniones en la cumbre. El poder --basado en la competencia, en la dicotomía "o/o"y en el dominio sobre los demás-- engendra el tipo de relaciones y de situaciones sociales que rechazan numerosas mujeres. Para que sea eficaz, el movimiento en dirección a la ciudadanía y a la afirmación de las mujeres frente a los poderes se debe manifestar por la búsqueda activa de la justicia y la resolución de los conflictos mediante la negociación, ya que su impulso nace de la creatividad económica y política de las mujeres. En definitiva, la ciudadanía y la afirmación de las mujeres implica (como vamos repitiendo a lo largo de este informe) una visión totalmente nueva del problema de la dinámica de la población, es decir:

Una nueva voz: la del poder de las mujeres

Sólo se producirá un cambio si las mujeres, en todos los niveles, plenamente conscientes de sus derechos y de sus responsabilidades, expresan colectivamente sus convicciones. Su voz será diferente: tratará más de integrar que de excluir, de promover la convergencia en lugar de la separación, de abandonar la abstracción en beneficio de las capacidades vividas, de situar la justicia en el marco de la capacidad de preocupación por el otro.

Los gobiernos, así como las instituciones financieras y los organismos internacionales, deben contribuir a esta ciudadanía de las mujeres mediante una profunda transformación de la política económica --y principalmente financiera-- a través de los presupuestos nacionales: las iniciativas colectivas femeninas deben se beneficiarias de créditos y las condiciones de los préstamos internacionales deben ser adaptadas en consecuencia. Si los Estados y los organismos internacionales actúan en la línea de esta renovación de los derechos de las mujeres, ya no deberán inspirarse en las preocupaciones estrechas y tecnocráticas del equilibrio presupuestario como objetivo único, sino orientarse hacia nuevas políticas susceptibles de aumentar las oportunidades sociales de las mujeres para ejercer plenamente los derechos que les corresponden.

Por su parte, éstas deberán dejar de adoptar una política de "recomendaciones" y de "declaraciones" para convertirse valientemente en participantes en sentido pleno y en auténticos socios: socios en la gestión de la sociedad al igual que en la mejora de la calidad de vida y del destino de las futuras generaciones.

A la vista de los progresos conseguidos hasta el presente y de las perspectivas que se abren, creemos que el mundo asiste al nacimiento de una nueva era en la que la mujeres tendrán el derecho y el deber de aportar su experiencia y su cultura a la organización de la sociedad y de la economía. Habrá que poner en marcha todos los medios disponibles para que la visión de las mujeres participe en la realización de este fin.