Derecho a la procreación

Dimensiones individuales y sociales de la elección en materia de procreación

En una comunidad el clima que rodea el nacimiento y la procreación es el fruto de una evolución histórica de la cultura local y de valores colectivos e individuales que se derivan de las circunstancias propias de esa comunidad. En las civilizaciones clásicas, la procreación era un deber natural para todos, hombres y mujeres, a fin de asegurar la continuidad del grupo. El respeto a los antepasados que caracteriza a numerosas culturas, reforzaba esta obligación al subrayar la deuda de cada generación con las precedentes. De hecho la continuación del linaje era el pago de esta deuda.

Como la filiación podía ser matrilineal o patrilineal (o en ocasiones ambas a la vez), podía haber una divergencia de puntos de vista entre los hombres y las mujeres a propósito de esta obligación. En una comunidad matrilineal, la mujer era la que establecía el lazo entre el pasado y el futuro y el hombre sólo tenía un papel subsidiario. Pero en los grupos en los que reinaba la filiación masculina, la responsabilidad de la procreación recaía sobre el hombre. Si la mujer no tenía hijos o no los quería tener, el hombre tenía que tomar otra mujer. En estos grupos, la mujer tenía deberes no respecto a su propia parentela, sino frente a la de su marido. La práctica de la adopción (de un niño de la familia próxima) y del levirato (matrimonio con una cuñada viuda) ofrecía soluciones alternativas a la esterilidad de uno u otro esposo.

La continuación de la descendencia aún era más importante cuando había una herencia por medio: ganado, tierras, derechos y deberes feudales y religiosos, tradiciones y conocimientos profesionales, etc. Cuando la tierra era de propiedad común, los hijos eran considerados como un "bien colectivo", es decir, que la colectividad y no los padres, eran responsables de su educación y bienestar. En algunas comunidades de este tipo que todavía existen, tiende a desarrollarse lentamente la noción de hijo ilegítimo o huérfano.

El instinto de conservación del grupo influye en todos los campos, cualesquiera sean las divergencias de puntos de vista entre hombres y mujeres. En algunas comunidades del sub-continente indio existen clanes femeninos y clanes masculinos. Las hijas pertenecen al clan de la madre y los hijos al del padre.

Es importante tener presente en la mente toda esta diversidad, porque la idea de libertad de elección en la procreación está vinculada estrechamente a los derechos individuales; la diversidad implica una obligación de reciprocidad, el respeto del hecho de que los derechos y las decisiones de los demás respecto a la procreación, pueden ser diferentes los de cada uno. Las instituciones sociales y los valores culturales, a pesar de que se han hecho menos estrictos, ejercen todavía una gran influencia en las decisiones individuales. Sin embargo, consideramos fundamental la autonomía del individuo en el seno de un contexto social dado y reconocemos que la decisión apela inevitablemente a un equilibrio entre derechos y responsabilidades.

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La preocupación que tenemos por las generaciones futuras está marcada por una cierta angustia a propósito del mundo que les vamos a dejar en herencia. El individuo de hoy se encuentra en un cruce de caminos entre el pasado y el futuro; tiene que "decidir" si tendrá hijos o no, cuántos y cómo espaciarlos. Se ha discutido al infinito sobre el "valor económico" de los hijos, pero este debate no hace justicia a la complejidad de un proceso de decisión que es diferente en los hombres y las mujeres. En lo que les concierne, los hombres en la mayoría de las civilizaciones tienen miedo a procrear. Pero las mujeres, por su parte, son percibidas y apreciadas en función de su capacidad de dar la vida (capacidad genésica), incluso en sociedades que aprueban su participación directa en la vida profesional y en la vida social.

La procreación no se puede concebir independientemente de una comprehensión de la sexualidad. Todo individuo percibe su existencia en relación con las diversas dimensiones de su yo. Una de ellas es la sexualidad: es una expresión de la personalidad y uno de los fundamentos más significativos de las relaciones humanas, por el intercambio y la emoción que dan su vitalidad al más concreto de los lazos sociales.

La obsesión sexual que caracteriza a la cultura de nuestra época (y que es alimentada activamente por los medios de comunicación), influye sobre el momento en que se manifiesta la sexualidad entre los jóvenes y la trivializa. La sexualidad de los jóvenes es también el reflejo del lugar que ocupa el sexo en la sociedad. El mundo no puede ignorar los embarazos de adolescentes ni los abusos sexuales de niños y adolescentes (incluso en el seno de la familia).

El comportamiento sexual de la juventud es el reflejo simultáneo de una "cultura", que es la suya, y del ambiente creado por los adultos. El deseo de explorar la realidad en su totalidad y de ir tan lejos como sea posible en la relación con el otro, son poderosos estimulantes que se pueden encontrar reforzados ya sea por una inquietud que halla su fuerza en la educación o en el trabajo, ya sea por la comercialización del sexo en la pornografía, ya por una prensa ávida de lo sensacional o por el turismo sexual. La idea del "cada vez más", que reina sobre el consumo en general, se ha extendido a la sexualidad.

Antes la familia era el medio de socialización inicial de un niño.En la mayor parte de las culturas, por diferentes que hayan sido los papeles asignados a hombres y mujeres, la familia preparaba a los hijos para llegar a ser adultos. En el marco familiar los jóvenes hacían la experiencia de la división del trabajo doméstico y del papel asignado a cada sexo. Pero la evolución de la sociedad ha ido transfiriendo cada vez más esta función de la familia al sistema educativo, a los grupos de amigos y a las pandillas o, también, a los medios de comunicación social. Esto ha influido en la forma en que numerosos niños contemplan la vida de familia, la procreación y lo que espera la sociedad del individuo.

Sufrimiento, euforia, angustia y amor

Las mujeres pueden tener condiciones de vida muy diferentes... pero sus actitudes ante el embarazo y el nacimiento de un hijo son notablemente parecidas: euforia intensa, espera con ansiedad, temor o desánimo según las circunstancias, ante la posibilidad de estar embarazada; clandestinidad desesperada, frecuentemente asociada a los embarazos fuera de matrimonio; una vinculación al recién nacido --o rechazo a veces--; angustia ante la perspectiva de un nacimiento prematuro o de mala salud del niño; y mezcla de amor y de sufrimiento cuando el nacimiento es acogido con alegría por uno de los padres pero no por el otro.

Sisela Bok1,

Estados Unidos

Han desaparecido los antiguos tabúes y con ellos los ritos de iniciación con los que la mayor parte de las culturas transmitían su sabiduría enseñando a los jóvenes a gobernar su sexualidad. La actitud del que está hastiado de todo y del "yo lo sé todo" de hoy --que ha sustituido a la *magia" de la iniciación-- disimulan las dudas y temores que obstaculizan el conocimiento de sí mismo. Es necesario, sin duda, que la sociedad vuelva a pensar y reinventar valores y prácticas que permitan a la juventud desarrollarse y madurar más armoniosamente que hoy.

La sexualidad está inserta en el misterio de la persona y forma por ello parte del vasto campo de las libertades individuales. Sin un esfuerzo serio de educación aplicada a la sexualidad de los niños y los adolescentes, el ser humano corre hoy peligro de llegar a la madurez sin haber definido e interiorizado una actitud responsable en este aspecto. La Comisión estima que para la sociedad es esencial la educación de la sexualidad que facilite una justa apreciación de los límites de la libertad y de la responsabilidad individuales. A este respecto, los programas educativos y los medios de comunicación tienen una responsabilidad especial en esta materia.

El concepto de libertad de elegir en materia de procreación está condicionado (y delimitado) por:

La autonomía que se ofrece al individuo, es decir, la libertad de decisión frente a la coerción, debe estar contrapesada por la conciencia de las consecuencias sociales posibles de su propio comportamiento ante los demás: ¿hay absoluta libertad de coacción? No es posible separar el comportamiento sexual del contexto más amplio de las responsabilidades sociales de cada individuo.

La Comisión ha hecho notar que la libertad de elegir implica anticipaciones construidas por la sociedad. Ésta tiene una parte muy grande en la definición de la identidad de los individuos, del papel que se espera de ellos en cuanto padres, madres, niños y adolescentes, ciudadanos, trabajadores o artistas. El proceso según el cual una persona se hace autónoma y construye su propia identidad en relación con múltiples identidades determina su capacidad de elegir más o menos libremente entre una mezcla de roles a menudo contradictorios.

Derechos respecto a la procreación y derechos humanos

La noción de derechos en materia de procreación en realidad no es nueva. Estos derechos proceden de un conjunto de libertades y garantías fundamentales reconocidas universalmente e integradas en los "derechos sociales". De ellos hacen mención numerosas constituciones nacionales refiriéndose especialmente a:

Aunque este concepto no haya aparecido hasta la década de los 80, la mayoría de sus elementos constitutivos ya eran objeto de reconocimiento internacional. La "Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer" (1979) ha reconocido el derecho de elegir "libre y responsablemente" el tamaño de la familia, el derecho a la información y a los consejos relativos a la planificación de la familia, y el derecho a asistencia sanitaria adecuada antes, durante y después del embarazo. El derecho a la salud que se cita en todos los tratados internacionales de derechos sociales, encierra todos los demás derechos.

El Comité de la ONU sobre los derechos económicos, sociales y culturales (creado en 1987) ha adoptado una posición según la cual "no hay vínculos de filiación directos entre los intereses del individuo y los de la colectividad". Y regularmente se informa del nivel de "la mortalidad infantil y de la asistencia sanitaria que se ofrece a las mujeres embarazadas"2, país por país.

Sin embargo, el concepto de derecho a la procreación parece nuevo. Reafirma todos los derechos que en el contexto restringido del control del crecimiento de la población y, a causa de la actitud adoptada con demasiada frecuencia por los médicos respecto a su pacientes (considerados como súbditos, como casos o como números), tienden a perder importancia. Por eso la Comisión propone que este derecho sea considerado oficialmente como uno de los derechos humanos fundamentales.

Implica intrínsecamente la afirmación del derecho de las mujeres en todas las sociedades, a ser tratadas como ciudadanas en completa igualdad con los hombres. Cuando se hayan reconocido como derechos algunos valores, como la integridad del cuerpo de cada uno, el consentimiento para cualquier intervención en el cuerpo o sobre él, con pleno conocimiento de causa, la seguridad para todo lo que afecta a la maternidad, la libertad de decidir si se participa y cómo se participa en la sucesión de las generaciones, todavía serán necesarios algunos esfuerzos más: "la promoción de estos valores a la categoría de derechos del ser humano implica, como mínimo absoluto, y sin importar las medidas que haya que tomar para llevarlos a la práctica, que no son negociables"3.

La Comisión sugiere que la no negociabilidad de los "derechos reproductivos", en cuanto derechos humanos esté en el mismo nivel que muchos principios fundamentales: la dignidad del individuo, la equidad y no discriminación, la participación y la solidaridad.

El principio de la dignidad del individuo exige que se superen la noción de maternidad y las cuestiones anejas a ella, para considerar todas las circunstancias susceptibles de afectar a las funciones genésicas de la mujer a lo largo de su vida. La Comisión pide que se ponga fin de manera urgente a ciertas prácticas que violan gravemente el derecho de las mujeres a la libertad de elección en materia de procreación. Son, pues, violaciones del derecho de la persona los actos siguientes:

El principio de equidad y no discriminación exige que se corrija con prioridad la imposibilidad de algunas mujeres (que viven en aldeas aisladas o pertenecientes a minorías marginales en las ciudades) de acceder a los servicios ginecológicos.

El principio de participación se refiere a la movilización de fuerzas que puedan hacer realidad el derecho de elección en materia de procreación. El problema presenta múltiples aspectos: todas las mujeres, gracias a la educación y a la información que hayan recibido, deben estar en condiciones de gestionar por sí mismas este derecho a lo largo de toda su vida, y de transmitir su experiencia a los miembros de su familia, en su lugar de trabajo y en su comunidad. Hay que enseñar a los hombres y a los muchachos el sentido y el valor de los derechos de las mujeres en este terreno, derechos que, además deben ser reconocidos con las responsabilidades que ello implica, por las comunidades, las sociedades y las diversas culturas del mundo. Los Estados tienen la misión de respetar, proteger y favorecer el derecho de elección en materia de procreación, igual que todos los demás derechos, y no deben hacerse cómplices de su violación. La participación de las escuelas y universidades, de las asociaciones profesionales y los sindicatos, de los grupos religiosos y culturales y de las diversas instancias de la sociedad civil, será entonces la expresión del principio general de la solidaridad.

La Comisión afirma que el derecho de decisión en materia de procreación es a la vez el símbolo y uno de los elementos intrínsecos de la calidad de vida.

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La Comisión aprueba la idea, expresada en diversas ocasiones con motivo de conferencias recientes organizadas por las Naciones Unidas, según la cual la salud genésica es un aspecto importante de la salud en general. Estima que a toda referencia a una decisión en este campo debe responder la disponibilidad de servicios adecuados, cuya eficacia está limitada seriamente en muchos países por falta de recursos. Dar prioridad absoluta a la difusión cada vez más amplia sólo a los servicios que tocan a las cuestiones de maternidad, podría llevar a desatender otros sectores importantes de la protección de la salud.

La elección del tamaño de una familia plantea un dilema, a causa del conflicto que existe entre libertad y responsabilidad. Lo más frecuente es que los individuos decidan el tamaño de su familia en función: 1) de sus deseos, y 2) de sus recursos presentes y futuros. Puede ocurrir que lo que parece deseable para un individuo cree problemas para el conjunto de la sociedad. Aquí se plantea un problema de responsabilidad: cuando toman sus decisiones, los padres deben tener en cuenta también las consecuencias de sus decisiones para las futuras generaciones y para el medio ambiente. Los gobiernos por su parte pueden facilitar la solución de eventuales conflictos creando condiciones gracias a las cuales coincidan lo mejor posible las decisiones individuales con los objetivos sociales y la protección del medio ambiente.

Dada la extraordinaria importancia de estas cuestiones para la población y para el desarrollo sostenible, la Comisión estima que es deseable que un grupo de responsables internacionales tome la iniciativa de elaborar una declaración sobre los derechos en materia de procreación. Esta declaración debería afirmar el derecho a la elección libre y a los servicios primarios de salud en la materia, asegurando la participación del individuo y la calidad de esos servicios. Fijaría las normas de una nueva cultura que debería ser respetada por los responsables políticos nacionales y el personal sanitario especializado --cuyos deberes se podrían enunciar en un código de buena conducta. Los consejos y otras categorías de servicios deberán darse a partir de la adolescencia hasta la vejez; siempre se requerirá un consentimiento lúcido antes de cualquier intervención y se suprimirá cualquier práctica coercitiva.

La litigiosa cuestión del aborto

Según la OMS uno de cada cuatro embarazos termina en aborto. Cada año se practican entre 26 y 31 millones de abortos en los países en los que están autorizados, en condiciones de seguridad médica. Por otra parte, se realizan alrededor de 20 millones de abortos sin ninguna garantía de seguridad (la mayoría en países en desarrollo) y uno de cada 250 termina en muerte. Los abortos practicados en condiciones precarias puedan traer también complicaciones, inmediatas o en el futuro, e incluso una esterilidad permanente4. Con frecuencia las víctimas son adolescentes que no han recibido educación sexual o no pueden o no saben utilizar los anticonceptivos. En Chile, después de decidir el gobierno la gratuidad de la inserción de dispositivos intrauterinos, las muertes a consecuencia de abortos precarios se redujeron a la mitad entre 1965 y 19765.

En la historia y por encima de las diferencias culturales, las mujeres han recurrido al aborto cuando su situación chocaba con las tradiciones de su sociedad. Cuando un embarazo prenupcial o de una viuda podría acarrear la exclusión o la reprobación social, las familias (especialmente las madres) persuadían o forzaban a las hijas a abortar.

La Comisión reprueba totalmente la utilización del aborto como instrumento de control del Estado en el marco de la política de regulación de los nacimientos. El aborto no debe ser un medio anticonceptivo ni servir para ejercer la elección del sexo de niño que va a nacer. Esas prácticas van contra el objetivo buscado de hacer reconocer, como uno de los derechos a la salud de la mujer, la práctica médicamente segura del aborto. La Comisión reprueba también una "cultura del aborto" debida a la falta de información sobre los medios anticonceptivos o a una política gubernamental indiferente a los derechos de las mujeres.

Durante una de las sesiones públicas de la Comisión se preguntó a un arzobispo asiático qué medida preconizaría en caso de embarazo a causa de violación, el prelado respondió que lo que su fe le prescribía "se limitaba a la procreación en el vínculo conyugal del matrimonio"

Un fenómeno inquietante es el aumento del número de casos de incesto en muchas regiones del mundo. Las víctimas son las más veces muchachas jóvenes que quieren interrumpir su embarazo por un aborto. La Comisión estima que la sociedad civil, y en particular sus responsables en el plano cultural o religioso, no pueden permanecer ciegos ante esta situación tan injusta; algunos gobiernos ya se han preocupado por esta violación de todo lo que es humano y han dictado disposiciones que protegen a las jóvenes en esas condiciones.

La Comisión estima además que, cuando se produce un debate parlamentario sobre el aborto, se deben tener en cuenta todos los aspectos de la operación --especialmente los peligros que supone. Los dirigentes del mundo religioso, cultural y social tienen una responsabilidad muy particular en la apreciación de los argumentos que presentan en apoyo de las recomendaciones que hacen a los que toman las decisiones políticas. La Comisión pide también que se despenalice el aborto, bajo reserva de sanciones especiales en caso de abuso de ley, por ejemplo, cuando se trata del aborto decidido en función del sexo del niño que va a nacer.