Enseñar valores,
enseñar a cuidar

La educación dispone de un gran potencial en el proceso de socialización de los jóvenes: la tradición le ha conferido una función significativa en la definición y transmisión de valores. Esta función ha sido cuestionada especialmente por la globalización y la explosión de los conocimientos, y por las exigencias crecientes y a menudo contradictorias de la evolución económica, política y cultural. Después de la segunda guerra mundial, en todo el mundo, era de buen tono declarar que las instituciones educativas no tenían que preocuparse de los "valores". Desde entonces la rueda ha dado la vuelta completa, y hoy se pide que se deje espacio en la educación a la enseñanza de los valores.

La Comisión insiste en el papel decisivo de los sistemas educativos en la promoción y adopción de los valores universales que son fundamentales para una mejora sostenible de la calidad de vida en todo el mundo

El Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales menciona algunos de estos valores. La educación debe inculcar el respecto de los derechos humanos, de la paz y de la tolerancia entre las naciones y los grupos étnicos o religiosos; tiene que preparar a los individuos a participar de manera activa en una sociedad en la que se reconozcan los derechos y las responsabilidades y debe compartir una ética de preocupación por la humanidad y la naturaleza.

Si la educación tiene por objeto la fundación de una sociedad previsora y protectora, es necesario acabar con la idea de asimilarla a un producto que favorece el avance personal y que sólo tiene valor económico. Más bien hay que inclinarse a ver en ella su capacidad potencial, incontestada, de enseñar a cada persona cómo aprender y transmitir los valores de la paz, de la tolerancia y de la justicia. Creemos que los valores que sostienen la capacidad de protección y la atención a los demás deben ser enseñados en todos los estadios de la educación, desde la tierna infancia hasta la formación de los adultos. Una ética de atención al otro tiene como componentes esenciales las nociones de igualdad y de equidad, de derechos y de responsabilidades, de protección de los más débiles, de dignidad humana, así como el sentido y la importancia de los lazos fundamentales entre los individuos.

Cada vez más se piensa que corresponde a los gobiernos y a las ONG favorecer la toma de conciencia de estos problemas. Pero también tienen su parte de responsabilidad las universidades y los demás centros de enseñanza, porque los profesores, los educadores de adultos, los responsables políticos, los jefes de las empresas, los profesionales de los medios, los científicos, los autores, los artistas y los funcionarios (como también los fundadores de ONG) generalmente han salido de la universidad. La Comisión ha descubierto numerosos ejemplos innovadores y constructivos de solidaridad y de asociaciones activas entre universitarios y organizaciones de base.

La Comisión pide insistentemente a la comunidad de educadores, estudiantes y especialistas de todos los niveles, que amplíen sus preocupaciones más allá de la clase y que movilicen los recursos institucionales y humanos de que disponen para favorecer la mejora sostenible de la calidad de vida de cada uno.