La mejora sostenible de
la calidad de vida

Es el momento de fijar un nuevo objetivo: la mejora sostenible de la calidad de vida

Hemos visto que la búsqueda del crecimiento económico es ya una preocupación dominante en todo el mundo. El desarrollo está situado en el mismo plano que el mero crecimiento económico (o incluso es considerado como sinónimo): así se ignoran todas las implicaciones sociales y lo económico domina todas las demás consideraciones, la equidad, la conservación del medio ambiente, el empleo y la cohesión social.

La misma palabra "desarrollo" es más bien engañosa. Implica un movimiento en dirección de un objetivo. El contraste entre países "en desarrollo" y países "desarrollados" sugiere que este objetivo es llegar a un cierto grado de abundancia en el consumo, que existe ya en los países industrializados y que los otros tratan de alcanzar. De hecho ese supuesto grado de abundancia es una ficción, porque la realidad humana es multidimensional y no se puede reducir a uno sólo de sus aspectos, como es el crecimiento de la economía. Claramente ha llegado el momento de adoptar una alternativa más holística con el fin de alcanzar objetivos que tengan en cuenta los problemas enunciados y los desafíos que implican

La Comisión, pues, propone que en todos los países la política tenga como preocupación esencial una mejora de la calidad de vida que sea sostenible. Se trata de una acción a la altura de las dificultades encontradas y al mismo tiempo de una tarea dinámica y continua que no deja ningún lugar al status quo ni a las excusas por inacción.

Es imposible un aumento ilimitado del número de seres humanos y de la cantidad de bienes materiales por persona. Pero cantidad y calidad se separan en algún lugar del horizonte de lo posible. Y mientras que la cantidad y el crecimiento de esa cantidad ya no pueden ser los principales preceptos que guíen la actividad de los hombres, la calidad siempre puede ser afinada y mejorada. Gro Brundtland sostiene constantemente que "debemos pasar de la cantidad a la calidad". Y esto es así porque es posible imaginar una mejora continua y sostenible de la calidad de vida (que, de hecho podría ser ilimitada). La mejora sostenible de la calidad de vida puede en realidad convertirse en la regla de oro de todos los países, industrializados o en desarrollo.

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En la búsqueda de una mejora sostenible de la calidad de vida, es necesario dar la máxima prioridad a la satisfacción de las necesidades mínimas para la supervivencia de la población, para permitirle que, al menos sobreviva: aquí no cabe la mínima discusión. En el nivel de la pobreza y por debajo de ella, la cantidad es, naturalmente, esencial, tanto en los ingresos como en los servicios. Es evidente que tiene que existir una cierta cantidad mínima antes de poder hablar de "calidad de vida". Pero por encima del nivel de supervivencia, la cantidad conserva todavía su importancia en la medida en que contribuye a la calidad de la existencia, cuando ayuda a reducir o a suprimir las diferencias entre los individuos (una búsqueda excesiva de la cantidad puede avocar al fracaso e incluso conducir a un deterioro de la calidad de vida).

Asegurar la sostenibilidad no debe limitar los horizontes de los países en desarrollo a satisfacer sólo las necesidades elementales, ni tampoco frenar la evolución de los procesos de industrialización y de consumo. No implica un estado final estable para los países industrializados, ni continuar por la vía del "cada vez más". La sostenibilidad no es ni un techo que hay que imponer a las masas, ni un espacio abierto reservado a unos pocos. Por el contrario, autoriza a todos --a todas las naciones y a todas las personas-- una calidad de vida en constante perfeccionamiento.

La calidad de vida supone numerosos elementos. Se funda en el gozo tranquilo y seguro: de la salud y de la educación, de una alimentación suficiente y de una vivienda digna, de un medio ambiente estable y sano, de la justicia, de la igualdad entre los sexos, de la participación en las responsabilidades de la vida cotidiana, de la dignidad y de la seguridad. Cada uno de estos elementos es importante en sí mismo, y la ausencia de uno solo de éstos puede alterar el sentimiento subjetivo de "calidad de vida".

Además, no es posible ni "resumir" una calidad de vida ni definir una "media" de la misma. Culturalmente tiene un cierto significado pero, incluso en el seno de una determinada sociedad, puede variar sensiblemente lo que constituya la calidad de vida, según los tipos de cultura y según los individuos.

Así el concepto de calidad de vida contiene siempre una parte de subjetividad y de diversidad cultural.

En el seno de una cultura dada o de una de sus subdivisiones, puede ocurrir que la restricción de los deseos materiales (e incluso de un deseo exagerado) sea considerado como un rito de iniciación, mientras que en otra cultura o en otra sociedad sería considerado no sólo como una estupidez, sino también como una especie de tortura voluntaria. Es cierto que, en la mayoría de las culturas, existe cierta dicotomía entre egoísmo y altruismo. Además, la casi-universalidad de estas tensiones ético-antropológicas, incluso en los sistemas actuales de creencias y de valores que tan deprisa evolucionan, constituye para la Comisión el fundamento de su decisión de poner la mejora sostenible de la calidad de vida como objetivo central de toda política.

Hacia una calidad de vida segura y sostenible

A lo largo de estos últimos años, el sentimiento de duda que engendraba el concepto de "desarrollo" ha tenido dos notables consecuencias que, a la vez, son de suma importancia y reflejan plenamente la evolución del mundo contemporáneo. El informe de la Comisión Brundtland, Nuestro futuro común (Oxford 1987) daba testimonio de la toma de conciencia de un mundo limitado y añadía un claro y decisivo sentimiento de urgencia a la noción de desarrollo sostenible. Desde entonces se ha hecho evidente que (citamos aquí este informe) "debe evolucionar el contenido del crecimiento económico" y que "el mismo consumo de bienes materiales debe tener en cuenta los problemas de sostenibilidad"

En el mismo sentido, la desaparición de las amenazas militares, --entre el Este y el Oeste, porque las amenazas militares siguen siendo reales en numerosos países-- que durante cincuenta año han planeado sobre numerosas naciones, ha llevado a la aceptación de la primacía de la seguridad humana, concepto eclipsado durante mucho tiempo por el de la seguridad del Estado.

Un nuevo lugar para la seguridad humana

Tradicionalmente, los gobiernos se preocupan primero de mantener la soberanía y la seguridad del Estado; la desaparición de un mundo bipolar a finales de los años 80 no ha resuelto en modo alguno todos los conflictos fundados sobre este precepto. Por el contrario, la yuxtaposición de un mundo unipolar y de sociedades fragmentadas y dispersas, ha dado origen a numerosos miniconflictos entre intereses opuestos, fuentes de violencias que descargan sobre las poblaciones y pretexto para una remilitarización. Además, los "dividendos de la paz" esperados después de la guerra fría se ha visto que eran ilusorios. La reconversión del complejo militar-industrial en los países desarrollados --especialmente en el antiguo bloque del Este-- y la desmilitarización progresiva del Tercer Mundo se presentan complejas y difíciles.

La aparición de un concepto nuevo y más amplio de seguridad humana (que minimiza el contenido militar, pero consagra explícitamente la importancia de los factores sociales, económicos y ecológicos) abre perspectivas de gran importancia. La Comisión comparte la opinión según la cual es indispensable adoptar una nueva visión de la seguridad que sustituya a la visión tradicional centrada en el Estado y el instrumento militar. Todavía, cuando hablamos de "seguridad", entendemos la del Estado, tanto en el exterior como en el interior. La Comisión ha constatado que las consecuencias de esta concepción eran particularmente devastadoras en especial en América Latina.

A partir de ahora, tenemos, pues, que dar una dimensión humanista a la noción de seguridad, centrándola sobre la persona. A la postre, la seguridad consiste en hacer más segura la vida de la gente, y no sólo en defenderla de los peligros exteriores. Cada uno puede preocuparse de sí mismo, naturalmente, --y se esfuerza en proporcionarse su propia seguridad con toda clase de medios-- pero deben preexistir las condiciones favorables a esa seguridad. No es posible "aportar" simplemente la seguridad al otro: tienen que darse ciertas condiciones propias de la sociedad que permitan esta aportación. La persistencia de una actitud estática respecto a la seguridad no es en modo alguno susceptible de darle un contenido verdaderamente humanista. Un estado muy "seguro" puede contar con muchos ciudadanos que no tienen seguridad.

Hoy las poblaciones se encuentran atrapadas en una especie de inseguridad estructural --que tiene su origen en la pobreza y en la exclusión de los servicios que ofrece la comunidad. A menudo coexisten la imposibilidad de encontrar un empleo con la indiferencia hacia los servicios sociales por parte e la máquina del Estado y de una clase detentadora del poder. La Comisión ha constatado que la mayoría tienen menos temor del peligro de guerra que de problemas como:

La inseguridad, pues, se siente más en el plano personal y son numerosos los que ponen su confianza en los responsables locales en caso de desgracia. Sin embargo, de hecho, las garantías de seguridad ya no se las puede proporcionar la comunidad cercana, porque los verdaderos peligros tienden a saltar por encima de las fronteras administrativas e incluso nacionales. La solución de los problemas del medio ambiente, de las migraciones, de la droga y del terrorismo exigen toma de conciencia y cohesión1.

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La Comisión adopta una amplia definición de la seguridad: ésta, que va ganando rápidamente apoyo en el plano internacional, transciende el concepto tradicional estipulando explícitamente la seguridad de las personas respecto a lesiones, accidentes, catástrofes, enfermedad, violencias, así como la perdida de los medios de vida y de la degradación del medio ambiente2.

La seguridad del ser humano, pues, es quizás lo que más cuenta en la calidad de vida. Los hombres tienen derecho a ella: no sólo a estar defendidos de los daños no inevitables, sino también a estar libres del temor a esos daños. La seguridad personal está así extremadamente vinculada a la seguridad económica. Una amenaza a los medios de existencia de cualquiera es una amenaza que pesa sobre todo lo que puede proporcionar un ingreso o la posesión de un bien inmobiliario: alimento, salud, vivienda, etc. Y entre los más pobres, la amenaza que pesa sobre los medios de existencia es una amenaza contra la vida misma.

Mantener la seguridad del medio ambiente va ganando importancia a causa de las consecuencias que sus modificaciones tienen para la salud, los medios de existencia y a veces para la misma supervivencia.

La erosión del suelo puede hacer peligrar la base misma de los recursos de un agricultor. La contaminación del agua y del aire amenaza la salud y puede crear conflictos. La rotura de la capa de ozono, que aumenta los peligros de cáncer de piel y de cataratas en los ojos, es una amenaza para la salud de los individuos. El calentamiento del clima aumenta el peligro de inundaciones y de huracanes, y la elevación del nivel del mar puede de dejar sin techo y literalmente sin tierra a millones de personas.

La guerra mata a la gente y trastorna sus vidas: desorganiza la agricultura, la industria, el comercio y la enseñanza; provoca hambres y hace huir a multitud de refugiados. La guerras entre Estados, como hemos dicho, se han hecho menos frecuentes que los conflictos interiores: El número de guerras civiles en el mundo ha pasado de diez en 1960 a treinta y cuatro en 1993. Entre 1980 y 1992 el número de muertos por hechos de guerra se ha elevado a una media de 450.000 cada año3. De hecho, en 1993 todos los conflictos que se han censado han sido guerras civiles: han tenido como escenario la ex-Yugoslavia y la ex-Unión Soviética, nueve de las 43 naciones de África Subsahariana y numerosos países de Asia4. Es un error creer que el aumento de gastos militares es una garantía contra los riesgos de la guerra. Al contrario es posible que traigan la guerra consigo, porque un país pueda temer el poderío de uno de sus vecinos. Un presupuesto militar importante puede empujar a un gobierno hacia la intransigencia: lo que sí va a ignorar son las necesidades y las demandas de las regiones o los grupos sociales marginados.

Los gastos militares ponen en peligro la seguridad de las personas. La prioridad que dan los gobiernos a la seguridad nacional por oposición a la seguridad individual, se expresa en la planificación, la asignación de recursos humanos, la propaganda política, etc. Verdad es que a partir del máximo alcanzado en 1987 (995 mil millones de dólares), los gastos militares han disminuido hasta 767 mil millones en 1994. La casi totalidad (a excepción de 27 mil millones) de ese dividendo de la paz de 228 mil millones han ido a parar a los países industrializados5.

En estos países la seguridad de las personas goza hoy de una prioridad más grande que la defensa nacional: como media, un país industrializado gasta dos veces más en la sanidad que en el ejército, pero entre los 94 países en vías de desarrollo de los que se dispone de datos suficientes, 52 de ellos gastaban en 1990 más en el ejército que en la sanidad. Como media, en los países en desarrollo los gastos militares son 2,5 veces más importantes que los gastos en sanidad6. La Comisión se asocia a la campaña internacional para la reducción de los presupuestos militares, en especial en los países en desarrollo.

Hoy los países industrializados deben contribuir de manera más activa y creíble a la desmilitarización de la vida internacional. No es suficiente dar consejos a los países en crecimiento y crear nuevas formas de ayuda "condicional". La asistencia militar, antes de que cese completamente, debe disminuir. Las ventas de armas de los diez exportadores principales han disminuido más de la mitad entre 1988 y 1992, no obstante, debería detenerse al menos las que se dirigen hacia las regiones más enfangadas en conflictos efectivos o potenciales. Las ventajas que consiga un Estado con este comercio jamás deben servir de argumento convincente para la paz. La producción y la venta clandestina de armas debe ser expresamente prohibida.

La Comisión está convencida de que la aceptación de una nueva definición de desmilitarización para toda la comunidad internacional, tiene que inscribirse en un conjunto que aúne las preocupaciones militares con los objetivos socioeconómicos. Propone, por tanto, que se amplíe el concepto de seguridad colectiva de modo que el órgano más competente en materia de paz y de seguridad internacionales --el Consejo de Seguridad de la ONU-- tenga mandato también para actuar contra las amenazas que pesan sobre la seguridad socio-económica de la humanidad.

El reconocimiento universal de esta extensión de responsabilidades del Consejo de Seguridad debe ser el resultado de una resolución votada por la Asamblea general de la ONU, lo que permitiría evitar largas discusiones sobre las enmiendas que habría que introducir en la Carta de 1945

Esta nueva definición de la seguridad debe fijar, en el nivel nacional, las prioridades en los campos individual, social, económico, ecológico y militar. También deberá implicar la transferencia de gastos militares hacia sectores que juegan un papel importante en la seguridad de las personas, como la sanidad (en particular todo lo que afecta a la fecundidad), el estado del medio ambiente y de la lucha para la prevención del crimen. Como mínimo, los gobiernos deberían --si es que ya no lo están haciendo-- gastar al menos tanto en sanidad y educación como en asuntos militares.

Estimular la sostenibilidad

La calidad de vida es quizá la parte olvidada de la vida moderna. Para que progrese la civilización, es necesario que se convierta en el futuro de la humanidad. Esta es la razón por la que a lo largo del siglo XXI, la tarea esencial debe inscribirse en un esfuerzo intenso de definición y en la puesta en práctica de una auténtica calidad de vida.

La sostenibilidad es un concepto que hace pertinente todo lo que hoy sabemos, así como la conciencia del carácter limitado de los recursos de la Naturaleza. Es el fundamento de la supervivencia del medio ambiente, de la sociedad, de los individuos y de las economías,

Para la Comisión, la sostenibilidad es a la vez una precondición y una parte integrante de la calidad de vida. Si no se pueden proteger de forma sostenible los medios de existencia y la prosperidad, es que no están asegurados. Seguridad implica, por tanto sostenibilidad. En cualquier nivel de realización, la calidad de vida y las mejoras que se le puedan aportar, deben durar y mantenerse, sin lo cual decaerá; y la calidad de vida de las futuras generaciones será menor que la de hoy. Ahí está una importante dimensión de nuestra capacidad de cuidado, de la que luego hablaremos.

La sostenibilidad comporta múltiples aspectos, y muchos de ellos los tiene en cuenta el acuerdo de Río de Janeiro, denominado Agenda 21 que fue firmado por casi todos los Estados que participaron en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (celebrada en Brasil en junio de 1992).

En el plano económico, la sostenibilidad supone conservar intacto nuestro stock de capital natural. Todos sabemos que una renta obtenida sobre el capital no puede durar indefinidamente. En el tema del medio ambiente, la sostenibilidad implica que evitemos el abuso del stock de recursos de la Naturaleza y la amenaza a su capacidad de absorber los residuos. Es necesario, por ejemplo, conservar todo lo posible la diversidad biológica de todos los hábitats naturales. Por poner otro ejemplo, no se deben producir residuos sólidos, líquidos o gaseosos más allá de lo que pueda absorber la Naturaleza.

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La sostenibilidad tiene también una función social. Es necesario mantener la diversidad de los seres humanos permitiéndoles el desarrollo de su personalidad, en especial, gracias a la salud y la educación. El capital que se invierta en estos dos campos (a veces se habla de capital humano) se ha convertido en un importante factor económico, en especial en una época en que la competencia tiene escala mundial. Este tipo de capital debe ser conservado manteniendo intacto, o elevando el nivel de inversiones en educación, sanidad y demás servicios sociales.

Igualmente, la sostenibilidad debe ser entendida como la capacidad de los hombres para ayudarse mutuamente, para superar cualquier sentimiento de soledad que signifique la disminución o la pérdida de las virtualidades individuales.

Las comunidades y las sociedades en su conjunto engendran también (por emplear un lenguaje más abstracto) un capital social de cohesión, de identidad cultural y de disciplina, elementos fundamentales de nuestra supervivencia colectiva en la paz. Este capital puede ser hipotecado por la desigualdad, el desempleo y la inseguridad, tres estados de cosas que, socialmente, no pueden durar mucho tiempo porque pueden (entre otras consecuencias) conducir a la toxicomanía y a la delincuencia. Entonces no se dará sólo un descenso de la calidad de vida, sino también la perspectiva de un hundimiento social.

La sostenibilidad no es sólo un esfuerzo al que tiene que someterse la política pública. Constituye también un componente esencial de los deberes del individuo frente a la sociedad.

¿Qué es la calidad de vida?

En mi país nuestro mayor enemigo es nuestra mentalidad. Para cambiarla debemos estar correctamente informados, y no engañados, por los ideólogos y los políticos. Ahí está el factor clave de la calidad de vida.

No podemos admitir que la indiferencia ante el sufrimiento humano forme parte de la solución del problema de la preeminencia de la persona.

Igual que no se puede hablar de una vida sin capacidad de supervivencia, tampoco se puede hablar de calidad de vida sin que ésta se mantenga.

Si en el Sur no hay ni calidad de vida, ni desarrollo humano, será imposible frenar las migraciones.

Un funcionario colombiano