La búsqueda de modos sustentables de consumo

Los actuales modos de consumo se caracterizan por el empleo directo e indirecto de combustibles fósiles, la utilización sin freno de los recursos naturales en la fabricación de bienes manufacturados y en la producción de alimentos, los volúmenes crecientes de residuos y de contaminación, los productos de obsolescencia rápida y un comportamiento general que no se preocupa de dilapidar los recursos.

El aumento del consumo está en el origen del 75% de los contaminantes en los países occidentales entre 1970 y 1988, y del 74% de las emisiones de dióxido de carbono entre 1965 y 1989. La filosofía del cada vez más, sinónimo de aspiraciones sociales, inspira un exceso de consumo que no se preocupa en modo alguno de las consecuencias potencialmente irreversibles sobre el medio ambiente.

El consumo se basa en las decisiones que toma el individuo en el contexto tanto de la comunidad en la que vive como de la sociedad global. Los esquemas del consumo dependen de lo que está disponible, es decir de los recursos que se pueden procurar un individuo o un grupo. Depende también de lo que se ahorra para el futuro, es decir del traslado de la satisfacción inmediata de ciertas necesidades con vistas a una mayor satisfacción posterior en favor de las generaciones actuales y futuras. Los modos de consumo actuales tienden a ignorar en su comportamiento este tipo de reservas, y a hacer coincidir identidad del individuo y estilo de consumo.

Criticar este estilo no es hacer un juicio moral sobre los estilos de vida de los demás. Es más bien arrojar algo de luz sobre las deficiencias del comportamiento social y del estado de las ciencias políticas, económicas, sociales y de ingeniería. Si no conseguimos impedir que el consumo amenace cada vez más la calidad de vida, no lo hará por nosotros la disminución del crecimiento demográfico. El mundo en su conjunto no puede mantener el nivel de consumo de Occidente. Si 7.000 millones de seres humanos consumieran tanta energía y recursos como consumen hoy los países industriales, (según un análisis realizado en Noruega en 1994), serían necesarios cinco planetas Tierra para responder a todas las necesidades.

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Estos efectos se dejan sentir particularmente en Estados Unidos, donde reina una cultura de frontera fundada en la abundancia de recursos, y en la que los modos de producción y de consumo favorecen el derroche más que en cualquier otro país industrializado. En 1991, para producir un dólar más de PNB, Estados Unidos consumieron tres veces más energía que Japón5. Con sólo el 4,6% de la población del globo, Estados Unidos produjeron el 22% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono, es decir más que China, India, América del Sur y Africa juntas6.

Si se adopta el consumo de energía como medida del impacto sobre la sustentabilidad, un niño nacido en Estados Unidos tiene un impacto medioambiental sobre las infraestructuras biológicas y físicas equivalente al doble de un niño sueco, al triple de un italiano, trece veces más que un brasileño, treinta y cinco veces el de un hindú y 140 veces el de un niño de Bangladesh.

En un país desarrollado, entre 1986 y 1990, un individuo medio utilizó nueve veces más combustibles fósiles y veinte veces más aluminio que su homólogo de los países en desarrollo. Si atendemos a los residuos, produjo cuatro veces más basuras domésticas, once veces más dióxido de carbono, veintiséis veces más clorofluorocarburos y setenta y cinco veces más residuos peligrosos7. Un americano utiliza como media cuarenta y tres veces más gasolina que un hindú, cuarenta y cinco veces más cobre y treinta y cuatro veces más aluminio8.

Si queremos llegar a regímenes sustentables de consumo, los individuos tienen que estar preparados para pagar el costo del impacto sobre el medio ambiente de lo que consumen. Eso significa que la vivienda, la carne y los desplazamientos en automóvil serán más costosos y que tendrán que aumentarse el precio de la energía y las cargas de la sanidad pública y de la recogida de basuras. Es inconcebible que sin enormes avances tecnológicos pueda la Tierra admitir de aquí al 2015 la duplicación del número de vehículos puestos en circulación (es lo que actualmente se prevé), ¡por no hablar de una multiplicación por ocho de aquí al 2100!

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Igual que la división del globo entre países ricos y países pobres ya no responde a una creciente diferenciación, así también la idea de que el superconsumo es patrimonio del Norte es una simplificación excesiva. El Sur tiene su "Norte" que se desarrolla: son las clases pudientes que llevan un género de vida cada vez más semejante, hablando en sentido material, al de Occidente.

Dicho en otros términos, como se verá más adelante en esta obra, la quinta parte más rica de los habitantes de Chile, de México, de Venezuela, de Malaysia, tienen ingresos más altos que los de un alemán o japonés medio9. La evolución de la situación es notable porque las rentas progresan en el Sur. China que es la tercera economía del mundo (según un cálculo en dólares, fundado en la paridad del poder de compra), es también el tercer emisor de dióxido de carbono a partir de fuentes industriales. La India, séptima mayor economía en términos reales, a su vez, el sexto emisor del mismo gas con efecto de sierra10.

En los países en desarrollo es ya grande la importancia de la categoría de consumidores más pudientes -los que disponen de una renta suficiente para comprar bienes de consumo durables y voluminosos. Se puede uno hacer una idea de la amplitud de esa clase emergente con ayuda de los datos sobre la posesión de televisores, aparatos que hoy se estiman necesarios en nuestra civilización (y que por otra parte ya no son el reflejo de un cierto estilo de vida). En 1985 había ya en los países en desarrollo 570 millones de personas que poseían un televisor en sus casas. En 1991, esta cifra casi se había duplicado (1.120 millones, es decir, la población total de los países industrializados). Durante esos seis años, el número de televisores aumentó el 12% anual -lo que representa 134 millones de nuevos propietarios- seis veces más que el ritmo de crecimiento de la población.

Aunque en muchos países, la televisión pueda propagar el gusto por un modo occidental de consumo (con el consiguiente derroche), también ofrece posibilidades nuevas de información y de educación relativas a modos de consumo sostenibles. Esta promoción de estilos de vida diferentes puede convertirse en una realidad. Aunque no se pueda detener el consumo, sin embargo, como fenómeno global que ejerce un efecto global, es susceptible de ser influenciado y reformado.

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Las consecuencias del exceso de consumo constituirán una amenaza, bastante después de que haya comenzado a disminuir el ritmo de crecimiento de la población, si no se cambia la actual concepción que vincula el desarrollo al crecimiento económico. Por otra parte, la adopción, por el Norte, de modos de consumo sustentables podría ser un ejemplo para el Sur. Es necesaria una "revolución de la eficacia" en el gasto de energía y de materias primas, lo que implica una reglamentación y el recurso a incentivos económicos o a medidas disuasorias.

A medida que disminuya el crecimiento de la población y se reduzca el tamaño de las familias, el interés se orientará menos hacia la reproducción y más hacia la satisfacción de otros deseos humanos, especialmente para satisfacer el deseo de poseer y poner un mayor énfasis en el consumo. Incluso donde el crecimiento demográfico es poco estimable (como en los países ricos), los cambios en la población continúan ejerciendo presión al alza sobre la tasas de consumo por persona. La edad del matrimonio, el porcentaje de divorcios y la esperanza de vida aumentan. Un creciente número de personas viven en hogares compuestos por uno o dos individuos, cada uno de los cuales tiene sus propias necesidades de energía y de agua, de muebles, etc. (la disminución del crecimiento de la población no siempre lleva consigo una inmediata reducción del consumo total).

El camino hacia un tipo de consumo sostenible puede ser largo, especialmente porque existe toda una infraestructura de viviendas, tiendas, oficinas, fábrica y carreteras. Los gobiernos pueden acelerar la transición actuando de suerte que las infraestructuras nuevas o de reemplazo utilicen la energía o los otros recursos con mayor eficacia Esto se podrá hacer mediante una reglamentación de la iluminación, la ventilación, calefacción, refrigeración, etc.; atendiendo a una composición más equilibrada de las comunidades; con la actuación de los poderes públicos en cuanto compradores y constructores; gracias a programas de investigación y a campañas de educación del público.

El Sur puede evitar la repetición de los errores cometidos ayer por el Norte. El modo de consumo sustentable es un ideal, incluso en los países pobres, por medio (por ejemplo) de estufas de leña eficaces, de la economía agro-forestal y de métodos baratos de conservación de los suelos. El Norte puede marcar el camino decretando la urgencia de la reducción de emisiones antes del año 2000. (N.T. La versión original de este Informe se terminó en 1996, cuando se estaba lejos de imaginar el retroceso de la Conferencia de Kioto)

La puesta en marcha de modos sostenibles de producción

El funcionamiento de las economías debe ser reorientado mediante el cuestionamiento y la adaptación de los modos de producción vigentes, a la luz de sus efectos sobre el medio ambiente. Con este fin es necesario analizar los métodos de utilización de los recursos, su eficacia, la producción de desechos, los perjuicios que se causan a la naturaleza y la integración de las preocupaciones estéticas en la producción.

Hay que encontrar el medio de obtener los mismos resultados con el mínimo de perjuicio al medio ambiente11. Las medidas a medias no serán suficientes. Al contrario hay que disociar el crecimiento del PNB del consumo de energía; desarrollar la producción de bienes que tengan una larga duración de vida y puedan ser reutilizados; reciclar los desechos industriales y los demás desperdicios; limitar la práctica de los transportes privados y practicar una agricultura basada en la sustentabilidad.

Lo que se gana en eficacia disminuirá el volumen de productos minerales, de combustibles fósiles y de otros recursos que se tengan que utilizar. Hay que señalar que a menudo los precios no traducen la escasez real de los productos, lo que implica una utilización inadecuada de materias primas y de productos semi-terminados. Muchos gobiernos, por ejemplo, subvencionan el empleo de combustibles fósiles, de pesticidas, abonos químicos y otros productos que se emplean en la agricultura. Puede ocurrir que a menudo los recursos naturales que se encuentran bajo la tutela de los poderes públicos (el agua, los bosques, las zonas de pastos, las minas del subsuelo) se utilicen mediante un canon tan bajo que en realidad estén subvencionando el excesivo consumo y la degradación del medio ambiente. Al revés, sería necesario estimular prácticas que favorezcan un uso sostenible de esos recursos.

A este respecto, es esencial la revolución tecnológica: hay que descubrir nuevos modos de producción que reduzcan de manera significativa los volúmenes de recursos naturales empleados, lo que disminuirá las emisiones y los diversos desechos que se producen; así se respetarán los actuales criterios de evaluación de riesgos. Una política industrial dinámica que sepa equilibrar incentivos y prohibiciones, podría facilitar la concepción y aplicación de técnicas respetuosas con el medio ambiente. El interés de la industria es colaborar en ello.

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El problema de los residuos

Aquí de lo que se trata es de reducir el volumen creciente de desechos sólidos, líquidos y gaseosos producidos por los hogares y por la industria. Eso implica la disminución del volumen de materiales necesarios, desde la extracción hasta la aparición del producto terminado, para satisfacer la demanda de bienes y de servicios; la consigna que hay que poner de relieve podría ser "Reducir, reutilizar, reciclar".

El sector minero da una imagen elocuente de esta situación: en 1990, ha sido la causa de casi el 46% de los residuos producidos en Europa occidental y en América del Norte. Apenas hay peligro de escasez de productos minerales, pero existe el peligro de envenenamiento por los detritus que engendran la extracción, refino, transporte y consumo de estos productos, si no se reduce su utilización. Los 344 millones de toneladas de basura doméstica no son nada frente a los 2.951 millones de toneladas de desechos mineros que se producen en el mismo período.

El crecimiento futuro de la población va a agravar naturalmente el problema de los desechos mineros: montañas de desperdicios cada vez más voluminosas, terrenos sin vegetación cada vez más extensos, contaminación creciente de las aguas no sólo por los desechos de la producción sino también por los de la misma utilización de los minerales, lo que afecta a la vez a la atmósfera, al agua, a la biodiversidad y a la misma calidad de vida12.

La exportación de residuos peligrosos y tóxicos plantea un problema especial: hay que vigilar que no sean exportados -"vertidos"- hacia los países en desarrollo.

Reducción de las emisiones y de otros contaminantes

No corremos peligro apenas de que falten los combustibles fósiles, pero el peligro de una evolución del clima nos obliga a reducir fuertemente el uso que hacemos de ellos, pese a la presencia subterránea de reservas inmensas. La evolución técnica y nuevos métodos de utilización de estos combustibles pueden provocar grandes diferencias en las emisiones de dióxido de carbono si observamos las tres reglas siguientes:

El paso de los combustibles fósiles a las fuentes de energía renovable implicará una mejor reestructuración de la economía, bajo el impulso de nuevas políticas nacionales e internacionales. Si esta adaptación se corona de éxito, disminuirán las emisiones de gases con efecto de invernadero y se encontrará a largo plazo una solución al problema de las necesidades de energía de los países en desarrollo. Esta solución exigirá un apoyo financiero importante y transferencias de tecnología en condiciones ventajosas en favor de las naciones en vías de industrialización.

El imperativo de una nueva lógica económica

Nos enfrentamos a una desconcertante paradoja: Los pobres aumentan su consumo para escapar de la pobreza, y los que no son pobres aspiran a una prosperidad material todavía mayor. Todos los gobiernos defienden una subida del consumo para estimular la actividad económica y reducir el paro. Pero en las condiciones actuales, el crecimiento del consumo sólo nos puede conducir a un nivel insostenible de utilización de energía (energía que proviene de fuentes fósiles y provoca la contaminación del aire y del agua).

Hay que romper el encadenamiento "crecimiento económico - empleo - éxito político de la democracia - consumo creciente de recursos - residuos contaminantes y daños al medio ambiente - si queremos mejorar de modo sustentable la calidad de vida. Es necesario sustituir una economía basada en la cantidad por otra economía basada en la calidad: se tratará de producir bienes de calidad y más servicios que sean mejores con la ayuda de una mano de obra de gran calidad.

La Comisión, por tanto, estima que es urgente, e incluso imperativo, hacer que evolucionen los modos de producción y los estilos de consumo, lo que no es sino una nueva revolución económica. Puesto que ello afecta al futuro -y quizás a la supervivencia- del mundo, el esfuerzo que hay que realizar pone en juego la responsabilidad de todos, países industrializados y países en desarrollo.

La principal debilidad del sistema económico actual es su miopía en lo que concierne a la toma de decisiones, en particular en materia de inversiones. No prestamos al porvenir la atención que se merece. El desafío que se nos lanza es enorme: elaborar un marco macroeconómico que atienda a las consecuencias a largo plazo de la actividad humana.

Se necesita: una visión del mundo

La población, no sólo en términos numéricos, sino, lo que es más importante, en cuanto personas, debe ser considerada en los contextos íntimamente interpenetrados de la pobreza que debilita, de la degradación del medio ambiente y de la globalización de la economía. La mejora sostenible de la calidad de vida debe convertirse en nuestro objetivo central, -respetando los límites de la capacidad de carga de la Tierra y como respuesta a las necesidades, a través del redescubrimiento y la reafirmación de la capacidad que la humanidad tiene para hacerse cargo de todo ello. Esta visión sólo puede hacerse realidad si se traduce en una política socialmente comprometida de los Estados y de la comunidad internacional. Esta política exige como mínimo un cambio de paradigma en las políticas de población, una redefinición de nuestro concepto del trabajo, la conceptualización y la puesta en práctica de políticas alternativas de sanidad y de educación, la oferta de posibilidades de decisión en materia de natalidad y el acceso de las mujeres al poder. Dicho de otra manera, nada menos que un nuevo contrato social: un contrato que movilizará las fuerzas y demás recursos de la sociedad.