UN MUNDO EN TRANSICIÓN


Frontispicio: Miles de millones de hombres en marcha
La curva sigmoidal muestra el crecimiento de la población humana según estimaciones que abarcan el período de 1650-1980. Entre 1825 y 1925, se añadió un segundo millar de millones al primero. Han bastado 25 años para el tercer millar de millones y 15 para el cuarto. Las Naciones Unidas prevén una población de 5,6 mil millones para 1996 y quizás --según ciertas hipótesis de fertilidad y mortalidad-- 8 mil millones en 2025.

Introducción: Un mundo en transición

Nunca la expresión "cambio sin precedentes" había caracterizado tan bien un período de la historia como cuando se aplica a los decenios que han seguido a la segunda guerra mundial, durante los cuales lo nuevo y lo desconocido han venido a ser la norma, a la vez que surgía una multitud de acontecimientos imprevisibles. Igualmente, nuestro siglo ha visto un crecimiento espectacular de la población.

En 1830 el número de seres humanos alcanzó los mil millones, mientras que los mil millones siguientes no necesitaron más que cien años. Después de la guerra, el crecimiento ha continuado a una escala totalmente diferente. 30 años después llegaba a los 3 mil millones. Los 4 mil millones apenas necesitaron 14 años y 13 años los 5 mil millones.

A pesar de esta aceleración del crecimiento absoluto, el crecimiento relativo presenta una tendencia diferente. Durante el decenio de 1960 el crecimiento fue superior al 2% frente al 0,5% de la primera mitad de nuestro siglo y al 1,5% durante los cinco primeros años del decenio de 1990.

Así el ritmo de aceleración del crecimiento de la población ha comenzado a descender entre 1960 y 1990. En términos de curva de crecimiento el mundo ha alcanzado un punto de inflexión, que se sitúa en la mitad de un período de transición demográfica global que se extiende más o menos sobre dos generaciones.

Jonas Silk interpreta la situación de la humanidad según una curva cuyos dos ejes describen la evolución de toda la especie en un volumen finito. Antes de alcanzar el punto de inflexión, parece prevalecer una apariencia de expansión ilimitada, fundada sobre la independencia, la concurrencia, el poder, la racionalidad basada en "o aquello", el individualismo desenfrenado y la percepción parcial de la realidad. Pasado este punto de inflexión, la curva refleja la interdependencia, la colaboración, el acuerdo, el equilibrio, la racionalidad basada no ya en la oposición, sino en la compatibilidad y, sobre todo, la percepción de la realidad como un todo.

Así se definen la forma y las características de un gran período de transición de nuestra civilización. A pesar de los múltiples cambios a lo largo de la historia de la Tierra nunca había acontecido nada de esta naturaleza durante la historia humana. Nunca antes había conocido la humanidad un cambio tan radical de tanta amplitud y en un tiempo tan breve. Es probable que nuestra especie nunca conocerá un cambio tan profundo.

En lo que respecta a su composición, la humanidad de hoy reúne 5.700 millones de seres muy "diferentes". Sólo el 16% de ellos viven en países industrializados. El 45% de los habitantes de los países en desarrollo no tienen 15 años y el número de las personas ancianas sobrepasa en todas partes el 10% de la población.

Incluso con una tasa de crecimiento descendente, la población del globo va a continuar creciendo durante muchos decenios a causa de la dinámica demográfica inherente en los números absolutos actuales. Ya han nacido los padres de mañana, de suerte que todavía van a añadirse varios miles de millones de seres humanos. El mundo, pues, saldrá de la transición demográfica con una población mucho más numerosa. Incluso si el crecimiento se estabiliza hacia el 2040 (lo que implica una tasa de fertilidad en el nivel de reposición de 2,1), de aquí al año 2050 todavía se añadirán a la población más de 4.000 millones de individuos.

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Vivimos en una época en la que las formas sociales, los métodos experimentados y los valores desaparecen antes de que hayan tenido tiempo de construirse nuevas formas y nuevos métodos. Las tradiciones y los valores existentes son contestados, mientras que los mismos cambios permanecen mal definidos y no son articulados de forma sistemática. Pero a medida que se reduce la aceleración de la tasa de crecimiento, quedándose estancado el crecimiento económico, la imagen del poder y el temor de perderlo adquieren una importancia creciente. A los ojos de algunos, los valores antiguos son insostenibles, mientras que otros se agarran a ellos desesperadamente. Los nuevos valores, a pesar de todo, exigen un cierto tiempo para establecerse; cuando, finalmente, parecen estar bien arraigados, surgen soluciones nuevas.

Simultáneamente, el mundo está empeñado en un proceso de transformación acelerado de múltiples facetas que afecta a todos los aspectos de la vida, aunque las diversas transiciones no necesariamente estén ligadas entre sí por una relación causal.

Parece que incluso evolucionan en muchas y contradictorias direcciones El antiguo "orden" mundial ha desaparecido mientras que todavía no emerge el nuevo. En el fondo estamos asistiendo a la transición de un horizonte sin límites a un espacio limitado, si no finito, en busca de su equilibrio. Existe, -de eso no cabe duda-- un conflicto interno entre dos series de valores que jalonan esta transición. Este conflicto con frecuencia desemboca en un callejón sin salida, lo que afecta peligrosamente a la estabilidad de la sociedad, a la equidad en las relaciones entre las naciones y los pueblos y a la seguridad de los individuos.

Las tensiones están exacerbadas por las consecuencias de la aceleración del progreso científico que ha favorecido el nacimiento de una cultura mundial que tiende a atenuar la diversidad de los sistemas de valores.

Las Naciones Unidas en su Carta adoptada en 1945 definieron sus objetivos así:

Esto representaba de hecho un conjunto de valores y de principios destinados a favorecer una transición hacia un mundo más pacífico y más próspero. De ese modo se definía por vez primera la búsqueda de una seguridad colectiva en el campo militar, económico y social.

En el curso de los cincuenta años que siguieron a la última guerra mundial, en nuestro mundo se ha más que cuadruplicado la producción en términos reales: la producción industrial se ha multiplicado por cuarenta, el consumo de energía por veintidós, la producción de cereales se ha más que triplicado y el comercio mundial se ha multiplicado por siete. En dólares corrientes, el valor del producto mundial ha pasado de 2,6 billones de dólares en 1950 a 22,3 billones en 1990. Entre esas dos fechas el valor del comercio mundial ha pasado de 60.000 millones a 3,4 billones de dólares y la producción de cereales de 631 millones a 1.971 millones de toneladas.

Este crecimiento ha impuesto fuertes tensiones sobre los recursos naturales en una medida inimaginable algunos decenios antes. Además estas tensiones han producido otras que han sido fuentes de conflictos: una explotación sin freno de los recursos naturales, la acumulación de residuos, la contaminación ambiental, la pobreza y el hambre por no citar más que algunas.

Las grandes esperanzas de paz no se han concretado. La carrera armamentista y la política de la guerra fría han mantenido e incluso atizado las diferencias y los conflictos. Los bloques rivales han ido acumulando la capacidad de destruir varias veces el mundo desviando para ello recursos necesarios para el bienestar de los seres humanos. La prioridad atribuida a la seguridad militar ha hecho que se abandonaran otros aspectos de la seguridad humana en lo que concierne a la alimentación, la salud, el empleo, la renta y el medio ambiente.

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Estos factores no son en modo alguno independientes unos de otros; su combinación es lo que ha creado las tensiones inherentes al proceso de transición global. Ponen en causa los modos de producción y de consumo, que no se pueden mantener indefinidamente y que durante demasiado tiempo han permanecido intocables. Subrayan también la necesidad de asignar a las cuestiones sociales una mayor prioridad en la toma de decisiones y en la formulación de las distintas políticas. Todo ello requiere una transición de otro tipo: la de la naturaleza de las políticas públicas tanto en el plano nacional como en el internacional.

Estos cambios interfieren con dos transiciones de amplitud general. Una de naturaleza política, se refiere a la transformación de los regímenes autoritarios en Estados-naciones democráticos, con la devolución del poder al pueblo. La segunda, que afecta a todas las demás evoluciones, se deriva de la revolución de las comunicaciones a escala mundial. La transición cultural, favorecida por unas mejores comunicaciones, juega un papel crucial en la aproximación de los pueblos, de los hechos y de las ideas; "globaliza" fácilmente todos los aspectos del proceso de transición.

Los avances realizados en el campo de la sanidad y en la producción de víveres y de otros bienes y servicios han tenido un efecto directo sobre el crecimiento de la población. Las transiciones en curso pueden facilitar o dificultar los esfuerzos emprendidos para mejorar la calidad de vida: sin embargo, influyen, aunque no sea más que indirectamente, en las dinámicas de la población.

La transición demográfica está en el corazón de todas las transiciones; es quizá incluso la base misma de las conmociones, ya se trate de la vida y de la muerte, de la forma de trabajar y de amar, o de los modos de desplazamiento y de acción. Estos procesos no dependen de una lógica particular y aislada cuya aceleración pudiera ser impuesta por un simple efecto de la voluntad.

Todos estos procesos están a su vez afectados por la transición demográfica y los conflictos que lleva consigo. Por ejemplo, los comportamientos en Europa central y oriental después de la caída del comunismo ilustran los efectos inmediatos de los cambios políticos, económicos y sociales sobre las condiciones demográficas, en particular sobre las tasas de fertilidad y mortalidad.

Si son bien dirigidos, los procesos de transición pueden contribuir a reducir el tiempo necesario para la transición demográfica y las turbulencias e incertidumbres que la acompañan. Es un gran desafío la gestión sin sobresaltos de todo el proceso de transición, pero lo que constituye un desafío mayor todavía es su puesta en marcha.

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Se han atenuado las fracturas ideológicas del pasado en lo referente a la democracia, los derechos humanos y los modos de gestión de la economía, pero sigue siendo grande el peligro de nuevas confrontaciones ideológicas o de nuevas tensiones.

Por todas estas razones la Comisión Independiente para la Población y Calidad de Vida (CIPCV) prefirió vincular indisolublemente los problemas de Población y Calidad de vida. Una visión holística de la transición demográfica transciende cualquier idea simplista de una solución que se apoye sólo en la estabilización de la población mundial. La visión global adoptada por la Comisión integra, por el contrario, todos los procesos que afectan la calidad de vida. (Para iluminar mejor todas las dimensiones del problema, la Comisión hizo que se hiciera un cierto número de estudios cuya lista figura en Apéndice).

"El mundo de mañana podrá organizarse, ya bajo la presión de una fuerza exterior ya por la participación de valores comunes", según un politólogo especialista en medio ambiente. Para que no sea el resultado de acontecimientos catastróficos o de la intervención de fuerzas externas, el conjunto del proceso de transición impone de hecho un nuevo sistema de valores, es decir, un conjunto de principios destinados a gestionar con delicadeza y rapidez el proceso de transición. Esta tesis de la Comisión la fortalece el acuerdo que ha dado la comunidad internacional a la decisión libre y a los derechos del individuo en lo que afecta a las cuestiones de población. Así se confirma implícitamente el papel de valores normativos para guiar las decisiones y reforzar los derechos.

En el momento en que nos encontramos hoy en el umbral de un nuevo milenio y en la encrucijada de todos los procesos de transición, tenemos que hacer frente simultáneamente a dos desafíos no resueltos que son extremadamente urgentes y que los hemos de abordar a la vez.

El primero es un viejo conflicto que se remonta a la Revolución industrial y que ha resurgido con fuerza hace cincuenta años cuando nació la ONU, pero que todavía no se ha resuelto: liberar a los hombres de la pobreza. Es el aspecto más fundamental de la seguridad del ser humano, ligado estrechamente al trabajo, a los ingresos, a la salud y al medio ambiente. De ese modo, la erradicación de la pobreza es un desafío lanzado a lo que se ha llamado la capacidad de cuidado del otro y nuestra capacidad humana de entrar en empatía con los demás. Es urgente proporcionar a cada ser humano un nivel de Calidad de Vida compatible con la dignidad de la persona y con la supervivencia de la Tierra.

El segundo desafío va todavía mas lejos: consiste en detener la degradación del medio ambiente. Ahí radica un peligro fundamental que amenaza nuestra calidad de vida y, lo que es peor, la misma supervivencia de la humanidad. Es un desafío planteado a nuestra resolución de respetar los límites de la capacidad de carga del planeta