Al aceptar la presidencia de la Comisión independiente sobre la Población y la Calidad de vida (ICPQL), tuve muy presente en mi pensamiento aquello que había escrito Gro Brundtland, primera ministra de Noruega, en el prólogo de " Our Common Future" (1987): "Las cuestiones de población -- presión de la población y derechos humanos-- y los vínculos entre estas cuestiones y la pobreza, el medio ambiente y el desarrollo se presentan entre los asuntos más difíciles que nunca hayamos tenido que afrontar"
Lo mismo iba a ocurrir con nuestra Comisión. ¿De dónde partir? ¿En qué nivel establecer las relaciones analizadas en el Informe Brundtland? Comenzar por los problemas globales era prácticamente inútil porque el lenguaje político-mediático ha hecho que estos vínculos sean demasiado vagos y demasiado abstractos. Describir concretamente el estado del crecimiento de la población cuando existen ya tantos análisis excelentes y tantas recomendaciones emanadas de instituciones serias se convertiría en una simple recapitulación.
El modo habitual de explicar estos vínculos con la ayuda de dos términos complementarios --población y desarrollo, población y pobreza-- era científicamente restrictiva y poco satisfactoria. Para nosotros, la mejor forma de resolverlo era intentar establecer correlaciones parciales más concretas entre todos los elementos reunidos en lo que se llama la dinámica de la población, considerar sus interfaces desde ángulos nuevos y determinar en cada caso el "punto de entrada" de la problemática que había que estudiar.
No resulta nada fácil este método. Yo iba a descubrir hasta qué punto estaba presente y vivo el espíritu de especialización y cómo éste suponía un freno frente a los nuevos modos de pensamiento y de acción. Competencias interdisciplinares, aproximación intersectorial a los problemas, políticas integradas de acción: para avanzar se imponía un salto cuántico. Sobre este punto se pronunció claramente la Comisión: no se puede resolver la problemática de la población sin salir de sus fronteras. La tarea que se nos había confiado --"situar los problemas de la población en su contexto socio-económico"--, exigía analizar los principales elementos de un cuadro conceptual y deducir de él propuestas para una estrategia diversificada.
Para algunos de nosotros la preparación y celebración de la Conferencia de El Cairo sobre la población y el desarrollo (1994) parecía, a primera vista, que quitaba a la Comisión su razón de ser. Por haber trabajado sólo dos años antes de El Cairo, en un momento en que ya estaban actuando las reuniones y comités preparatorios en el plano regional y mundial, la Comisión no podía esperar tener influencia sobre la Conferencia.
Pero esto apenas me preocupó. Por el contrario me aliviaba constatar que algunos de los grandes componentes del problema de la población se incluirían en el orden del día de la Conferencia de las Naciones Unidas: las cuestiones que se apoyaban en análisis demográficos y la evaluación de los servicios y los métodos, alineados en el marco general de los "programas de población" iban a ser tratadas a fondo. Los movimientos feministas, que desde el comienzo comprendieron la importancia de esta serie de acontecimientos, se implicaron con fuerza en la Conferencia de El Cairo. Su compromiso fue decisivo: condujo a un cambio en las posiciones voluntaristas de los gobiernos y de las demás instituciones. Dio paso a los derechos de las mujeres como sujetos de las decisiones que directamente les conciernen. Con la participación de las mujeres, apareció sin ambigüedad alguna que la problemática de la "población" debía ser situada en un marco amplio. La Conferencia de El Cairo, pues, en sí misma ha constituido un giro decisivo en la manera de considerar las cuestiones de "población". La Comisión ha visto en esta evolución una confirmación de lo bien fundada que estaba la vía que había elegido desde el comienzo.
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Después de la Conferencia de El Cairo se hicieron evidentes dos hechos. En primer lugar todos los datos subrayaban que el crecimiento demográfico agrava la pobreza y que, según las proyecciones de las años próximos, los sufrimientos que afligen a los pobres golpearán aún a millones de seres humanos. ¿Cómo, entonces, ligar población y calidad de vida, si no es de un modo a la vez nuevo y coherente? En segundo lugar, la Conferencia de Río de Janeiro (1992) ya había demostrado con claridad que la problemática de la población está asociada igualmente con el superconsumo y con la acumulación de residuos en los países industriales. Este paralelismo fue afirmado frecuentemente durante la Conferencia del El Cairo. Al referirnos al consumo, no estábamos ante un simple problema de "medio ambiente" al que los políticos sólo prestan una atención condescendiente. A causa del evidente encadenamiento:
ecología > medio ambiente > naturaleza
muchos consideran que una buena parte del discurso sobre el medio ambiente es para mucha gente idealista y no toca el nudo de la cuestión.
Aparecen con bastante nitidez muchas paradojas inherentes al problema:
la extensión de los derechos de las mujeres, especialmente en su papel central en la fertilidad, en el que representan un papel central, choca en este ámbito con una débil voluntad política de los gobiernos y las respectivas agencias de financiación.
entre el Norte y el Sur subsiste una gran desigualdad, a pesar de la aceptación y de la aplicación generalizada de un modelo único de desarrollo;
el acuerdo unánime sobre el principio de sustentabilidad en las relaciones con la naturaleza está bloqueado por la lentitud demasiado grande en la creación de tecnologías capaces de atenuar las agresiones al medio ambiente.
Una vez adoptada una nueva perspectiva de los problemas de población, estas paradojas deben ser consideradas como relacionadas intrínsecamente con la dinámica demográfica.
La Comisión, pues, ha sentido vivamente la necesidad de un nuevo tipo de "ecuación industrial" susceptible de modificar los esquemas actuales de producción y los patrones de consumo. No me parecía fácil esta tarea pero tenía la profunda convicción de que encontrar los caminos para una nueva ecuación y para las relaciones entre producción y consumo era un verdadero desafío. El escándalo de la pobreza absoluta y la irracionalidad de los modos de consumo, ligados intrínsecamente al crecimiento de la población, sólo se pueden superar con un nuevo modelo de crecimiento económico.
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La misión asignada a la CIPCV era muy ambiciosa: elaborar una nueva visión de las cuestiones internacionales de población, tomando como elementos fundamentales de referencia los derechos humanos y las condiciones socioeconómicas. Era estimulante pensar en una nueva visión pero ¿cómo pretender, desde el comienzo, crear nuevos conceptos, nuevas estrategias, nuevos instrumentos?
Me acordé entonces de una visita que en 1986 había hecho al Salk Institute, en California. Después de una fascinante conversación con Jonas Salk sobre la dialéctica hombre/mujer y sobre otra dialéctica: ciencias humanas y ciencias biológicas, éste me ofreció un ejemplar de World Population and Human Values, una obra que habían escrito él y su hijo Jonathan al comienzo de los años 80. Este libro me dio la clave que buscaba: la curva sigmoidal, que se usa habitualmente para describir el período de transición en la evolución del tamaño de la población, la consideraban los autores como una metáfora, un símbolo de los cambios en la aspiración a una mejor calidad de vida y la percepción que de ello se tiene. Si la primera parte de la curva --que tiende hacia el infinito-- sugiere un crecimiento y unas perspectivas ilimitadas, el segmento a seguir en zona de transición evoca la existencia de un techo, un "espacio" cerrado. El cambio de una zona a otra correspondería a un cambio de valores: la competitividad agresiva daría lugar a la cooperación, la independencia feroz a la interdependencia, la expansión al equilibrio. En las regiones geográficas en las que ya se ha estabilizado el tamaño de la población (es decir en la mayor parte del hemisferio norte), las decisiones y resoluciones casi no parecen influenciadas por la toma de conciencia de una civilización con límites --a pesar de que ya hemos entrado en ella. De facto, el dominio del Norte sobre los recursos del planeta y sobre el saber crea la ilusión de que estamos todavía en el segmento "ilimitado" de la curva. Sumergido en esta ilusión el Norte se regodea razonando como si siempre fueran ilimitadas las capacidades del planeta. El Sur, al adoptar el mismo modo de pensar, se nutre de la misma ilusión. De ahí se impone una conclusión: si hay una necesidad evidente de cambiar de valores en relación con el crecimiento de la población, lo mismo, y con mayor razón, ocurre con los modelos de consumo.
Aparecía entonces que la urgencia de una estabilización de la población estaba ligada a otra urgencia que Salk calificaba de " equilibrio" que se impondrá como una evidencia en las relaciones entre los seres humanos y en las relaciones entre éstos y la Naturaleza" . Esta sugerencia es la que me ha llevado a la idea según la cual ya no se puede abordar el problema de la " población" en cada sociedad bajo el ángulo de la transición demográfica o el de los medios de acelerar directamente esta transición. Es preciso ir más lejos. Llegué a la convicción de que la sociedad debe preocuparse más bien de todos los elementos que contribuyen a un equilibrio dinámico de la población en armonía con el medio ambiente y susceptible de garantizar la calidad de vida de las futuras generaciones.
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Uno de los miembros de la Comisión propuso entonces una concepción de un equilibrio global que ofrecía al mismo tiempo el cuadro de la visión de las políticas que la Comisión trataba de definir: la calidad de vida para todos sólo se puede conseguir cuando se tiene en cuenta la "capacidad de carga" de la Tierra y de la "capacidad de hacerse cargo del otro" que la humanidad puede desarrollar.
En este contexto la población es algo más que un factor entre otros: se convierte en el factor clave. En la población la persona humana es central y las personas no pueden ser tratadas como si fuesen susceptibles de ser cambiadas por cosas (energía, inflación, etc). Dicho de otra manera, las relaciones que hay que analizar nunca deben "cortocircuitar" al ser humano.
Sin menospreciar el estudio de políticas y de programas específicos de población, la Comisión no se ha limitado a estudiar los objetos tradicionales de análisis de estos problemas. Los miembros de la Comisión decidieron articular todos los asuntos interrelacionados en un único marco de pensamiento
Esto se ha podido hacer gracias al segundo componente del nombre de la Comisión, la calidad de vida. Por decisión unánime, sus miembros adoptaron esta expresión como objetivo último (e incluso como herramienta conceptual) que permite formular conclusiones de forma, esperamos, innovadora.
Durante los tres años de funcionamiento de la Comisión, el concepto de "calidad de vida" ha tenido su lugar en todas las etapas de nuestro trabajo. La calidad de vida aparece como el objetivo esencial una vez que se ha traspasado el umbral de la "cantidad", es decir de eso que va más allá de la simple supervivencia. De ese modo pasa a ser el principio director porque el aumento del consumo que no respete la sostenibilidad paradójicamente conduce con frecuencia a una peor calidad de vida. Poco a poco, la calidad de vida se impuso a la Comisión como un conjunto articulado de derechos y de deberes, y como un objetivo claro tanto para los responsables políticos como para los elementos dinámicos de la sociedad civil.
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En este contexto, las decisiones tomadas en la primera sesión para definir la estrategia de la Comisión tuvieron una extraordinaria importancia. En lugar de descansar en trabajos que, a falta de tiempo, no podían ser más que una compilación de investigaciones realizadas por otros, o en expertos reconocidos en los campos que íbamos a estudiar, decidimos otorgar un papel preponderante a los testimonios recogidos en el curso de audiencias públicas organizadas en las principales regiones del globo. De ese modo la escucha de las "voces de las personas" , en la realidad de su vida, ha constituido el principal campo de ensayo de las opiniones que nos íbamos formando, sin estar todavía coherentemente consolidadas. Al principio apenas teníamos duda de que estas voces darían todo su impulso a nuestro esfuerzo.
A pesar de haber dado a la Comisión una imagen muy clara de la diversidad cultural que había que tener en cuenta, estas voces desembocaron en perspectivas convergentes. Al aportar elementos de una visión realista que no podíamos ignorar, mostraron que las cuestiones de población se integran en una perspectiva nueva que conducirá a caminos originales de gobernabilidad y de tomas de decisión, de políticas y de estrategias, de acciones concretas y de medidas especificas.
En todas las regiones los individuos y los grupos a los que escuchamos revelaron que lo que les interesaba en la ICPQL era la Calidad de la Vida; concepto que les parecía susceptible de contribuir a mejorar su situación. La primera de estas sesiones que se celebró en Zimbabwe en diciembre de 1993 (con participantes procedentes de países anglófonos y lusófonos de Africa) dió el tono. Un gran cartel, con ocasión de la audiencia pública en Harare, anunciaba: "Merecemos una calidad de vida mejor" , lo que se convirtió a todos los efectos prácticos en el lema de la Comisión.
Las sesiones públicas que nos dieron la posibilidad de escuchar, en el contexto de su región, a los habitantes de cincuenta países, suscitaron un entusiasmo considerable. Organizaciones voluntarias de toda clase y de muy diversa vocación reagrupadas bajo la denominación común de ONGs, científicos, representantes de organismos donantes en el marco de los "programa de población", directores de servicios públicos y, finalmente, hombres y mujeres desprovistos de toda clase de medios vinieron a dar testimonio de su situación. Las sesiones públicas tenían otra característica: en seis casos sobre siete fueron organizadas por miembros de la Comisión pertenecientes a la región y en estrecha colaboración con las ONGs nacionales o regionales.
Eacute;stas nos permitieron deducir dos enseñanzas prácticas. La primera atañe a la medida del nivel de integración en el que adquieren sentido tanto a los ojos de los individuos como para sus comunidades las políticas puestas en práctica y los servicios que se ofrecen. Incluso en las regiones más pobres la gente no espera que se tomen medidas aisladas y puntuales. Quieren como conjunto ver las respuestas a los problemas que experimentan como un todo para poder juzgar si las acciones propuestas facilitan o dificultan el acceso a una mejor calidad de vida.
La segunda fue una señal de alarma. En todas las regiones la Comisión percibió un sentimiento de revuelta contra las instituciones que llegaban provistas de recetas propias para reducir la tasa de crecimiento de la población, fallando muchas veces en la visión de conjunto y de la interdependencia de las condiciones en que viven las personas.
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Si era necesaria una nueva visión, no menos necesario era dar a las personas los medios y el poder de participar en el proceso de mejora de la calidad de vida. Por su composición la Comisión estaba preparada para tratar tanto la visión como las cuestiones del poder. Factor importante fue el equilibrio entre el Norte y el Sur, igualmente representados en la Comisión. Además, por vez primera en una Comisión internacional había una representación igual de hombres y de mujeres. Esta igualdad no era sólo aritmética, era una igualdad que implicaba a hombres y mujeres con un mismo nivel de notoriedad y de responsabilidad en sus propios países. Su experiencia en el terreno político, social y científico estaba a la altura de su reputación.
Además de sus competencias en diversos campos, los miembros de la Comisión poseían experiencias muy variadas: unos eran profesores, otros habían sido o eran parlamentarios o ministros de desarrollo, de sanidad, de asuntos sociales o de asuntos exteriores. La mayoría de los miembros de la Comisión eran auténticos militantes.
Tengo que expresar aquí el sentimiento profundo de la Comisión ante la imposibilidad de participar en sus trabajos en que se encontró Olusegun Obasango, desde marzo de 1985, cuando fue encarcelado arbitrariamente, juzgado a puerta cerrada y condenado bajo la acusación de asociación para conspirar. La Comisión tiene razones para creer que el general Obasanjo no es culpable en absoluto de lo que se le acusa. En el momento de la publicación de la versión portuguesa del Informe de la Comisión, el nuevo Jefe de Estado de Nigeria acaba de liberar al General Obasango. Me alegro por este acto de justicia.
Debo manifestar mi reconocimiento a todos los miembros de la Comisión por la generosidad con la que han compartido sus ideas, sus experiencias y su trabajo, por su estimulante creatividad, por su compromiso perseverante, por el apoyo que me han dado en los momentos difíciles.
La verdad es que hemos conocido esos momentos nacidos de la incertidumbre que implicaba la búsqueda de nuevos campos para explorar, de las resistencias encontradas, de la relativa novedad de la metodología que utilizábamos para recoger los datos y elaborar nuevos conceptos. Todas estas dificultades fueron trabas en nuestro camino. Pero esos mismos obstáculos reforzaron la cohesión entre los miembros de la Comisión, a medida que avanzábamos hacia una nueva visión de los problemas internacionales de población. Hemos construido colectivamente un cuerpo de pensamiento y, como dijo uno de los nuestros, la Comisión es realmente la "propiedad" de sus miembros.
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En esta obra la Comisión expone las grandes líneas de su visión, con la esperanza de que profundicen en ellas a la vez las personas que trabajan en el terreno y otros especialistas.
Al situar los "problemas de población" en un contexto amplio, sin abordarlas de modo fragmentado, esperamos reducir las "polarizaciones" de que a menudo son objeto. Queremos creer que todos aquellos que están implicados en esta problemática van a considerar en lo sucesivo los problemas de población no sólo como un conjunto situado en los puntos de intersección de las diferentes políticas públicas, sino también (y sobre todo) como la expresión continúa del dinamismo de la sociedad en su compleja realidad de fenómenos humanos, la vida y la muerte, la estabilidad y la movilidad, y todo en la perspectiva de la misma supervivencia sobre nuestro planeta.
Nos gustaría también que este intento de elaboración de una visión nueva estimulara la acción en todos los niveles: el de los individuos, especialmente el de los pobres, a los que se debe dar el poder mejorar su calidad de vida; el de todas las personas a las que concierne la educación, para que imaginen otros conceptos y otros métodos; el de las empresas que deberán buscar cómo casar la compatibilidad entre la maleabilidad social con la flexibilidad económica; el de la comunidad científica a quien corresponde la tarea de hacer avanzar el estudio sistemático de la población y de lo que constituye la calidad de vida; el de los hombres y las mujeres de acción, en todos los dominios evocados aquí, para construir proyectos piloto a partir de las sugerencias que estimen útiles; finalmente, el de los que toman las decisiones políticas, que tienen el deber de afrontar con seriedad y de transformar en actos lo que a primera vista les puede parecer idealista.
La Comisión está profundamente convencida de que si los problemas de población no se abordan en su aspecto global, no será posible solución alguna. Todos los que saben que el crecimiento de la población debe ir más despacio comprenden también que ello no podrá ocurrir sin un cambio radical en la forma en que se integren las cuestiones de población en el corazón mismo de la decisión política.
María de Lourdes Pintasilgo
