Un título como el anterior plantea tres cuestiones de interpretación, la primera de las cuales es: ¿que se entiende por "África"?. Aquí nos referimos al continente en su totalidad, excluyendo a África del Sur y a los países ribereños del Mediterráneo. Esta es una definición que se utiliza con frecuencia en los estudios sobre África, pero no por ello resulta especialmente coherente. Este agregado de países no es en ningún sentido realista una región económica.
Resulta difícil y en cierta medida arbitrario el definir regiones económicas. Pero si esto se hiciese para África, sin duda una de estas incluirla a África del Sur junto a los países del sur de África que son periféricos y en cierta medida dependientes económicamente de aquella. Los problemas y dinámicas económicas de estos países se han obviado en la perspectiva que adopto en este trabajo. Incluso hay que decir que muchos de los acontecimientos significativos de las economías africanas, como de cualquier otro lugar, requieren para ser identificados, de un estudio mucho más desagregado y mucho más cualitativo del que soy capaz de llevar a cabo. África Subsahariana sería una categoría de países mucho más homogénea que "tercer mundo", y aun así incluiría países con un rango de renta per capita que va, según cálculos del Banco Mundial, de los 2.700 dólares de Gabón a los 130 de Etiopía -una diferencia de uno a quince, aunque la gran mayoría se sitúan entre los 200 y los 500 dólares, en esta, por otra parte, dudosa escala-; países cuyas exportaciones han aumentado en los años 80 a un ritmo del 10%% anual o incluso más, y países cuyas exportaciones han caído a una tasa anual del 5% o incluso más; países que entregan más de un tercio de sus ingresos por exportaciones para el servicio de la deuda y países que pagan la deuda con menos de la veinteava parte de dichos ingresos.
Las medias y los agregados correspondientes a un gran número de países pueden fácilmente ocultar las realidades divergentes que los constituyen. Por eso muchas de las generalizaciones empíricas que siguen a continuación deben ser leídas más como hipótesis de lo que se debiera descubrir con un análisis más ajustado, que como enunciado de hechos. No pretendo deducir de las medias y agregados qué utilizo en este articulo que exista algo así como un país subsahariano típico, o que las medias sean muy significativas; pero si concluyo que, mediante un análisis cualificado caso por caso, se nos presenta un conjunto de experiencias y problemas ampliamente difundidos, que existe una historia económica específicamente Africana correspondiente más o menos a la última década, y que esta historia es trágica.
Definir "la crisis económica" es aún más problemático. Si bien existe un enorme acuerdo entre los economistas políticos sobre la existencia -presente ya desde hace algunos años- de una gran crisis económica del sistema capitalista, también existe un escaso acuerdo entre nosotros sobre la naturaleza de dicha crisis. Se argumenta por parte de diferentes autores que las raíces de la crisis se encuentran en el proceso de acumulación capitalista, en el mercado de trabajo, en el proceso de trabajo, en el sistema monetario, en el desequilibrio de competitividad entre las principales potencias capitalistas, en las limitaciones del consumo, etc... La crisis es concebida como algo que caracteriza simultáneamente a los principales países, o como algo que está asociado con las relaciones entre clases o entre naciones dentro del sistema. Por supuesto, estas diferentes perspectivas no son siempre mutuamente excluyentes; muchas de ellas tienen elementos comunes o solapamientos. Pese a la diversidad teórica, existe un campo de consenso bastante amplio sobre cuales son las principales manifestaciones empíricas de la crisis capitalista mundial. Parece existir cierto acuerdo general sobre el hecho de que en los 50 y en los 60 se produjo un boom de proporciones- históricas, concentrado en los países avanzados pero que afectó también profundamente a muchos de los subdesarrollados, y que desde entonces ha sido sustituido por un período, o sucesión de períodos, de un carácter cualitativamente distinto. La tasa media de crecimiento de la producción total declinó y se volvió más errática. Los ciclos se volvieron más largos y los beneficios y la acumulación de capital cayeron de forma marcada. Una aguda espiral inflacionista se desarrolló y fue seguida por más controles monetarias rígidos que intensificaron las presiones hacia la depresión. El sistema monetario se volvió severamente inestable. El nivel mínimo de desempleo se elevó fuertemente. Los precios relativos de las mercancías mundiales se modificaron radicalmente -se elevó el precio del petróleo al tiempo que disminuían los de muchos productos tropicales. Esta puede ser al menos una definición general de la crisis.
Pero para continuar con los problemas de definición que se derivan del título de mi artículo, necesitamos también una interpretación de las interrelaciones entre la crisis mundial y las condiciones económicas y funcionamiento de los países africanos. Hay diversas vías para observar esta interrelación, cada una de las cuales puede ser parcialmente verdadera.
En primer lugar, se puede argumentar que los problemas económicos de los países africanos en estos años de crisis mundial no significan nada nuevo, sino la continuación de determinadas tendencias existentes ya en los períodos de postguerra o de la post-independencia y que brotan de la dependencia económica de África.
En segundo lugar, África puede ser vista como la receptora pasiva de choques e influencias del exterior. Los acontecimientos económicos mundiales más importantes de las últimas dos décadas. Muchos países africanos se han visto obligados por ejemplo, a sufrir el alza de los precios de importación resultante de los choques provocados por los precios del petróleo. Tan solo dos, aunque los más grandes, han sido productores de petróleo de cierta relevancia; y los efectos, incluso para ellos, han sido ambiguos, por decir lo menos. Para los importadores el incremento del precio del petróleo afectó. no solo el coste del petróleo, sino también de productos relacionados con éste, como los fertilizantes agrícolas, de los cuales África, sin embargo, usa en principio menos que el resto del tercer mundo. Además los precios de los productos manufacturados importados aumentaron de forma extraordinaria durante los golpes inflacionarios en los países desarrollados. Al mismo tiempo un crecimiento más lento y una depresión de escala mundial indujeron declives en los precios de las materias primas, que han tenido un efecto desproporcionado en el continente que, más que ningún otro, permanece como un exportador de productos primarios.
Los problemas experimentados por los países africanos en capear el temporal han sido agudos en parte por la ausencia de flexibilidad económica, resultado del atraso económico extremo; la mayoría de los países africanos carecen de los recursos que les hubieran permitido irrumpir en algunos de los mercados mundiales que continuaron expandiéndose. Este simple hecho les convirtió, a los ojos de los bancos internacionales, en menos fiables; y así se les negó el acceso a otra forma de aliviar la tormenta.
Incluso como deudores limitados, los países africanos han sufrido otros choques externos: el agotamiento de nuevos créditos comerciales tras la crisis de la deuda de principios de los años 80; el incremento de los tipos de interés; el aumento del valor internacional del dólar (moneda en la que se libran la mayor parte de los créditos) han significado que los países subdesarrollados son crecientemente forzados a devolver un dinero que ellos nunca han pedido prestado. A partir de 1973 los países africanos fueron obligados en la práctica a imponer políticas de austeridad y reducciones en la demanda interna mucho más rápida e intensamente que en otros países del tercer mundo, que pudieron o bien conseguir nuevos préstamos, o exportar manufacturas, o sustituir más importaciones. Pese a que África produce menos del 1% del producto bruto mundial y representa un porcentaje tan sólo ligeramente mayor del comercio mundial, la menor demanda africana retroalimentó la situación de la economía mundial y contribuyó marginalmente al estancamiento mundial. Una gran parte del funcionamiento de las economías africanas se puede explicar en términos de estos círculos viciosos de la economía internacional, que los países africanos experimentaron en gran medida como sufridores pasivos. Si a las influencias climáticas en sentido metafórico le añadimos las literales,, en particular la pertinaz sequía, podríamos caer en la tentación de interpretar la crisis africana como algo completamente externo en su origen, en la cual África juega el papel de víctima desamparada. La presente situación económica podría ser vista como el resultado de la combinación de los efectos seculares de largo plazodel imperialismo acrecentados de pronto por el impacto de la crisis capitalista mundial.
Así, una perspectiva de la crisis económica africana que la contemple como parte de las condiciones económicas mundiales permite entender la presente- situación de dos formas: echando mano de la teoría de la dependencia, como el resultado del subdesarrollo de largo plazo; y empleando algunos de los aspectos internacionales de la teoría de la crisis, como el resultado de la vulnerabilidad a corto plazo frente a un desastre económico mundial. ,
Se pueden obtener ciertos resultados parciales de estas perspectivas, pero me parece muy dudoso que nos puedan explicar todo lo que pretendemos que nos expliquen. Ninguna de ellas parece que considere más allá de unos pocos de los siguientes fenómenos: los efectos económicos y ecológicos de la sequía; el declive de la agricultura; la persistencia del hambre; la naturaleza de la clase dominante africana y sus privilegios; y la dimensión del conflicto militar interno e internacional dentro del continente. Sin embargo todos estos factores han tenido una gran importancia en la especial virulencia que ha adoptado en África la epidemia de la crisis económica mundial.
Si pretendemos reducir la explicación de estos fenómenos a la economía, o a las consecuencias inevitables del imperialismo, entonces perderemos de vista importantes aspectos de sus orígenes y no llegaremos a entender su naturaleza específica. Para decirlo más concretamente, una guerra entre estados africanos o una gran hambruna se encontrarán necesariamente influidos por la dominación imperialista de África. Pero esa dominación no implica de necesidad una guerra universal permanente o el hambre; por tanto dichos acontecimientos requerirán su propia y especifica explicación. Y desde el momento en que acontecen, imponen sus propias leyes que la mayor parte de la economía política no está capacitada para entender. Estamos mejor equipados para explicar un proceso general de polarización en términos abstractos que para aclarar sus manifestaciones concretas.
Todo esto está dicho simplemente para situar, aunque no tanto para resolver, lo que parece ser un desafío abierto a los economistas políticos: si mediante nuestro trabajo podemos realizar una contribución real para superar la situación verdaderamente cataclismática de muchos pueblos y comunidades africanas hoy en día. Los artículos más concretos y específicos de este número de la revista pueden ser una respuesta a ese desafío. Como un telón de fondo a este problema, el resto de este artículo pretende dar una perspectiva general de las tendencias macroeconómicas en el África subsahariana en su conjunto en los años de la pestilencia económica que nos sacuden desde inicios de los 70.
La perspectiva general de la reciente experiencia macroeconómica de África que sigue a continuación deriva casi en su totalidad de las estadísticas fácilmente asequibles del Banco Mundial. Mi análisis de las mismas no se basa en ninguna experiencia reciente en África, y no considera-las probables deficiencias existentes en los datos cuantitativos. Por estas razones no pretende sustituir a ninguno de los análisis cualitativos y específicos que el estudio de la economía africana requiere.
El producto bruto continental del África subsahariana en 1987 fue de aproximadamente 129 mil millones de dólares, alrededor de dos quintas partes del gasto militar de los Estados Unidos en ese mismo año. Dividido entre una población de 442 millones de personas, obtenemos una renta per capita media en el subcontinente de unos 330 dólares por año. Los 27 países africanos clasificados por el Banco Mundial dentro de la categoría de "países de bajos ingresos" se encuentran entre los más pobres del-planeta (ver cuadro 1).
Los países africanos tienen las más altas tasas de mortalidad del mundo (una media de 16 por 1000). África también posee, por un margen estrecho, las mayores tasas de natalidad (47 por 1000). Estas no han caído de forma apreciable en los últimos 30 años, a diferencia de lo acontecido en otros continentes. El resultado neto de ello es que contrariamente a un supuesto muy extendido, África es el continente con la más rápida tasa de crecimiento de la población, hoy en torno a un 3% anual.
Durante los últimos 30 años África ha tenido la más rápida tasa de crecimiento de cualquier continente tanto para su población urbana como rural, tendencia que se espera continúe durante los próximos 20 años. Dado que los problemas económicos y sociales tanto urbanos como rurales dependen en parte de la tasa de crecimiento de la población, son aquí más intensos que en cualquier otra parte del planeta, independientemente de la crisis económica mundial. Y en términos de los recursos económicos disponibles, África es el continente menos preparado para ocuparse de ellos. Entre 1950 y 1980 las ciudades y pueblos africanos crecieron a una pasmosa tasa del 7.0% anual (lo cual implica la duplicación en tamaño cada 11 años). La población rural continuó creciendo durante esos años a una tasa del 2.5% anual.
El resultado neto de las más bajas tasas de crecimiento de la producción y de los ingresos, junto con las mayores tasas de crecimiento de la población a nivel mundial, es un crecimiento muy débil o incluso un descenso de la renta media (PNB per capita). Durante la presente década el africano medio se ha ido empobreciendo rápidamente. La tasa actual de declive económico en el continente implica una disminución de la renta per cápita del 50% en 25 años.
Otras estadísticas confirman el record de bajo crecimiento mostrado en el cuadro 3. Durante el período que abarca desde 1965 hasta 1987, 20 países en el mundo han tenido tasas de crecimiento de la renta per capita negativas; 13 de esos países se encuentran en África. Entre 1979-81 y 1985-7, 21 entre 33 países africanos tuvieron una caída en la producción de alimentos por habitante. También durante el periodo 1980-87 de los 23 países subdesarrollados que mostraron una tasa negativa de crecimiento de la producción industrial agregada, 10 se encontraban en África (ver cuadro 7 para más detalles). :
En la mayoría de los países africanos la proporción de la fuerza de trabajo dedicada en la industria ha aumentado. Pero en la mayoría de los casos esto no parece indicar ningún proceso significativo de industrialización dado que la producción manufacturera solo parece haber aumentado de modo sustancial en unos pocos países. Al menos 13 países africanos experimentaron una caída en el valor de la producción manufacturera por habitante entre 1980 y 1987.
No existen datos fiables sobre los cambios en la distribución de la renta en África. Muchos analistas certifican un empeoramiento en la distribución entre clases y entre áreas durante las últimas dos décadas. Así pues, como incluso los niveles de vida medios parece que han disminuido, los correspondientes a los sectores más infortunados de la población deben estar en determinados casos cayendo de forma estrepitosa, al verse obligados a mantenerse con un pedazo más pequeño de una tarta que está encogiendo.
Cuando las cifras de renta nacional se desagregan en las partes del consumo, ahorro e inversión, emerge una imagen más a largo plazo, menos estática, del empobrecimiento africano. En respuesta a la caída de las rentas en el África de bajos ingresos, la parte del consumo en la renta nacional subió de 83% en 1965 (ya entonces mayor que para otras áreas subdesarrolladas) al 87% en 1983. La parte de los ahorros brutos cayó del 14% al 13%. Durante los años 80 la inversión bruta ha bajado en un--8.3% anual, un hecho que indica un peligro extremo para el crecimiento futuro. Pero aun para financiar este nivel decreciente de inversiones, África se ha visto obligada a entrar en una situación de déficit de recursos. La brecha entre la inversión y el ahorro continentales equivale al 4% del PIB total, que debe ser financiado importando capitales del exterior, por ello África resulta ser la parte más dependiente de la financiación externa (ver cuadros 4 y 7 para más detalles).
En la primera mitad de los 80 el déficit anual de la balanza por cuenta corriente de los países africanos se situaba en torno a los 10 mil millones de dólares. Este déficit fue financiado casi completamente mediante flujos de fondos gubernamentales procedentes de los países avanzados. El flujo neto de inversiones directas extranjeras hacia estos países fue insignificante y el flujo de préstamos bancarios privados resultó negativo. África, en particular los países más pobres, era considerada por los banqueros como un "riesgo crediticio" excesivo, que le impedía obtener las ambiguas bendiciones del crédito bancario privado. Para otros países la "crisis de la deuda" viene a significar que se encuentran muy endeudados con los bancos. La deuda africana es en cierto sentido lo contrario--ha sido en muy escasa medida capaz de lograr el endeudamiento privado. El cuadro ó muestra la caída en la parte de la deuda privada dentro del total.
En términos absolutos la deuda Africana no es muy grande en comparación con la de los países más endeudados de América Latina. El total del continente en 1987 ($-104 mil millones) era comparable con la deuda de Brasil, o la de México. Sin embargo en términos relativos el continente Africano es el más endeudado de todos. La deuda africana, en contraste con la de América Latina, es una deuda no tanto con los bancos internacionales como con las agencias multinacionales (el Banco Mundial y el FMI) y los estados de los antiguos poderes coloniales.
Todo esto implica que en África la deuda es mucho más onerosa que incluso en los países más conocidos como grandes deudores. Porque no son deudores grandes en términos absolutos, los países africanos carecen hasta del limitado "poder de los endeudados" que han poseído algunos países Latino-Americanos, que les ha permitido a veces una flexibilidad práctica en el manejo de la deuda. Además, irónicamente, la deuda africana es más onerosa porque no es una deuda comercial a los bancos sino una deuda a 19 agencias internacionales cargadas con la responsabilidad de fomentar el desarrollo económico y a los países desarrollados como consecuencia de sus programas de ayuda oficial al desarrollo.
En la práctica estos préstamos han sido mucho más inflexibles que las deudas privadas. Ha sido menos posible declarar moratorias o llegar a situaciones de renuncia práctica en la deuda oficial que en el caso de lasgrandes deudas a la banca privada.
Esto no quiere decir que los países africanos con deuda oficial han pagado lo que en teoría deben. Sin embargo, el Club de París, la organización de los países acreedores de préstamos oficiales, impone costos como castigo, a los países que se retrasan en el pago de la deuda oficial. Para conseguir una renegociación de la deuda oficial el país endeudado tiene que acordar introducir un programa de ajuste económico para reducir el déficit en la balanza de pagos que ha producido la imposibilidad de pagar el servicio de la deuda. De hecho África experimentó una crisis dentro de la crisis en 1985 cuando la razón servicio de la deuda/exportaciones alcanzó la cifra alarmante de más del 30% (comparado con menos del 5% en el año 1977). Esa crisis provocó una serie de reacciones que ha tenido como resultado una reducción de la razón a un 20%, todavía una cifra que será difícil de sostener. Y esta cifra continental esconde el hecho de que los beneficiarios fueron los países relativamente menos pobres. La razón sigue aumentando para los países más pobres.(1)
Durante los años 1982-1988 el Club de París hizo 100 acuerdos de reestructuración de la deuda con países endeudados de los cuales 59 eran con países de África sub-sahariana. Además hubo algunos ejemplos acreedores. Todos los acuerdos de reestructuración y condonación, sin embargo, implican una entrega de más independencia en la política económica de parte de los países endeudados.
Los préstamos multilaterales son en cierto sentido aún más inflexibles dado que las organizaciones multilaterales son más vulnerables a renuncias de deuda que los bancos privados porque no tienen más actividades económicas. Por eso el FMI y el Banco Mundial todavía nunca han aceptado eliminar una deuda. Sin embargo, estas organizaciones también han tenido que aceptar renegociaciones. Entre 1975 y 1988 hubo 94 reestructuraciones de deuda multilateral acordada con los 35 países africanos más pobres. Sin embargo, a partir de 1985 África en su conjunto ha ido transfiriendo más recursos al FMI de los que recibe, aunque el flujo neto del Banco Mundial sigue siendo positivo.
El aumento de la deuda oficial bilateral durante la década de los 80 es resultado del hecho de que África ha aumentado mucho su participación en el flujo total de ayuda oficial al desarrollo (mucho de la cual está en forma de préstamos subsidiados y no de donativos). Aunque África sub-sahariana contiene solamente 11% de la población de los países de ingresos bajos y medianos, ha recibido una cuota de la ayuda oficial mucho más grande y además aumentando. En 1981 recibió 28% de la ayuda oficial y en 1987 38%.
La marginación de África del comercio internacional, de los préstamos comerciales, de la inversión directa, durante los últimos años no ha sido repetida en el caso de la ayuda oficial al desarrollo. El patrón de esta ayuda en África es muy claro. Corresponde casi exactamente a la antigua estructura de ocupación colonialista. Los países europeos por lo general dan ayuda cada uno a sus ex-colonias. El resultado es el crecimiento de una forma muy directa de dependencia de los gobiernos africanos sobre sus antiguas naciones opresoras. Las promesas de la independencia de hace 30 años parecen ahora muy ingenuas.
Una visita a un aeropuerto internacional africano es una experiencia muy reveladora. Tiende a estar lleno de hombres blancos vestidos en trajes y corbatas caros. Son los funcionarios de las varias-organizaciones internacionales que entre ellas deciden la suerte de las economías africanas. Los oficiales del FMI o del Banco Mundial o de las agencias nacionales e internacionales europeas que han venido para ofrecer nueva "ayuda" o renegociar el reembolso de la "ayuda" anterior. O tal vez son oficiales de bancos internacionales de inversión que en general no han venido estos días para ofrecer nuevos fondos sino más probablemente para dar consejo al gobierno en sus negociaciones con el grupo de oficiales dos. La crisis africana ha producido mucho negocio nuevo de este tipo a empresas como Lazard Frères, Lehman Brothers, Kuhn Loeb y S. G. Waburg. Estas empresas financieras han sido asesores de los gobiernos de Zaire, Gabón, Costa de Marfil, Togo, Rep del Congo, Mozambique y Nigeria. La empresa Morgan Grenfell ha asesorado a Sudán, Uganda y Zimbabwe; y Samuel Montagu ha jugado el mismo papel en Zambia. Estos hombres "ganan" en un día un múltiple alto de la renta per cápita de los países donde trabajan. La crisis africana, por tanto, no es trágica para todos: a algunos les hace más ricos.
Para la economía mundial en su conjunto, los años transcurridos desde 1973, e incluso antes, han sido años de pestilencia económica. Un número desproporcionado de los países más afectados se encuentra en África. La evidencia macroeconómica disponible parece sugerir que la experiencia de África durante estos años ha sido no solo cuantitativamente peor que la de la mayoría de los demás países sino que es en cierta medida una experiencia cualitativamente diferente. Parece consistir no de un crecimiento problemático, errático y enmarcado en la crisis, sino más bien de un periodo de declive secular. Las consecuencias del declive son tanto más trágicas por comenzar desde un nivel económico tan bajo. Se han erosionado las bases de incluso una tasa mínima de acumulación financiada internamente. Para su supervivencia diaria los países del área dependen de modo creciente de las subvenciones de fuera, con las condiciones que inevitablemente las acompañan. En muchos lugares este es un entorno económico que no solamente falta en sostener la acumulación de capital, sino que también falta de modo creciente incluso en mantener la vida humana.
Tanto las experiencias comunes como las diferenciales de los pueblos y países africanos durante la actual crisis económica forman parte de un muy complejo proceso de polarizaciones que han caracterizado la economía mundial en las últimas dos décadas. Es un proceso que no me parece que esté ampliamente comprendido. Creo que pone en cuestión una parte de los supuestos que muchos nosotros hemos mantenido sobre el funcionamiento del imperialismo y sobre las crisis económicas.
La polarización ha tenido lugar no en torno a un eje solo sino a varios. La polarización más significativa ha tenido probablemente lugar dentro del tercer mundo más que entre éste en su conjunto y los países imperialistas. La tragedia de África hoy en día es que muchas partes del continente se encuentran el lado relativamente desaventajado en virtualmente cada una de las polarizaciones que están teniendo lugar. EI acceso a los recursos económicos está siendo reducido y el entorno físico, la fertilidad del suelo, los medios de producción y las vidas de sus habitantes están siendo destruidas.
Las perspectivas de un alivio significativo de esta situación a través de un impacto indirecto de los beneficios de la recuperación de la economía mundial capitalista no parece por el momento muy favorable. Su solución parece depender de cambios en el interior del propio continente. Un examen de la evidencia reciente puede inducir fácilmente al fatalismo en torno a las posibilidades de cambios reales. Pero no debemos perder de vista el hecho de que África, pese a sus crisis de endeudamiento, tiene muy pocas deudas; pese a su crisis de alimentos tiene abundancia potencial de tierras fértiles; y pese a su declive económico es rica en recursos naturales y capacidades humanas. Una solución a la crisis puede ser política y socialmente difícil. Pero con toda seguridad, no es materialmente imposible.
* Este artículo esta basado en parte sobre Bob Luteliffe: "Africa and the world economic crisis", en Peter Lawrence (ed.). World Recesson and the Food Crisis in Africa, Review of African Political Economy James Currey, Londres, 1986.
(1} Banco Mundial. Sub-Saharan Africa: from crisis te sustainable groistl, Washington. D.C., 1989.