PREFACIO

Samir Amín

Esta obra, producto de un colectivo de trabajo animado y coordinado por Michel Capron, trata del conjunto de las relaciones "Norte-Sur" propias de la región que, desde el Cabo Norte hasta el Cabo de Buena Esperanza, pone en contacto a la Europa Occidental (la de la CEE) y a la Oriental (incluida Rusia), al mundo árabe y al África subsahariana (a su vez asociada con la Europa de la CEE por las convenciones de Lomé). La obra sitúa estas relaciones en una perspectiva basada en las reflexiones que puede inspirar el análisis del pasado-presente-post-colonial y pre-perestroika- para el futuro "a medio plazo".

La historia sometió al conjunto de la región árabe-africana a la expansión colonial de las potencias marítimas del Occidente europeo. Como consecuencia de la segunda guerra mundial, este orden colonial fue alterado por cuatro factores principales: el progreso de los movimientos de liberación nacional que obtuvieron la independencia de los Estados árabes y africanos mediante la guerra o la negociación; la inserción de este primer conflicto Norte-Sur en el tiempo del conflicto Este-Oeste y, por consiguiente, el apoyo que daba la URSS a las alas radicales de los movimientos de liberación nacional y a los Estados nacidos de éstos; la construcción europea (desde la CEE de los Seis hasta la de los Doce), la inserción de esta construcción en un ahondamiento de la mundialización del sistema capitalista, protegida por la hegemonía de Estados Unidos en todo este sistema. El conjunto de estos factores nos impone situar las relaciones euro-árabe-africanas en un marco más amplio que el de su geografía e implican en primer lugar la masiva presencia de Estados Unidos.

Los resultados logrados en la reconstrucción árabe y africana en el transcurso de esta posguerra han sido limitados y llenos de contrastes. No hay duda que el paisaje social y político de todo este continente del Sur es hoy radicalmente diferente de lo que era hace medio siglo, y su "modernización", indiscutible, aunque los aspectos positivos y negativos de esta modernización se entremezclen inextricablemente, cualesquiera que sean los puntos de vista desde los que se los califique como tales. Yo haría hincapié en los límites de este período de la historia, porque creo que las estructuras dentro de las cuales funcionó esta dinámica histórica han agotado su potencial. Por eso la actual "crisis", cuya agravación, trágicamente revelada por la guerra del Golfo-que acaeció después de que el trabajo de este grupo hubiera acabado-, es segura, en mi opinión, y va a ocupar el "medio plazo" venidero.

Primer límite: la "reconstrucción" de todo el continente al sur del Sahara en el marco considerado-balcanización del mapa político y estructuras de asociación neocolonial con la Europa de la CEE-no podía ir muy lejos. Al contrario, ha contribuido a mantener a esta región del Sur del mundo en una "especialización" agrominera que correspondía perfectamente al principio de la polarización centros/periferias del pasado (desde la revolución industrial hasta la segunda guerra mundial), pero que ya no constituye el eje de la nueva polarización basada en la industrialización de las periferias. Las convenciones de Lomé cargan, por esto, con una grave responsabilidad en la involución (la "cuarto-mundialización") de buena parte del continente. Y si, como creo, la Europa del mundo político real no es capaz de ver otra cosa, si no es retóricamente, el medio plazo corre mucho peligro de seguir estando marcado por la preponderancia de los factores de desagregación con relación a los factores de recomposición.

Segundo límite: los intentos de reconstrucción "nacional" radical se han situado en lo que he llamado el espíritu de Bandung (1955-1975). Se trataba de hacer avanzar un proyecto de modernización burgués nacional que se situaba objetivamente en la nueva dinámica de la expansión capitalista mundial (la industrialización de las periferias) y se asentaba en reformas económicas y sociales internas (reforma agraria, nacionalizaciones, populismo, etc.). Los conflictos con los intereses occidentales eran, pues, limitados, y los "países no alineados" podían movilizar el apoyo soviético para negociar relaciones más favorables. Esta estrategia se agotó debido a sus límites internos (los del populismo), reflejando lo que llamo la ilusión del imposible proyecto burgués nacional, y, hoy, debido al colapso del apoyo soviético. Los intentos de este nacionalismo radical dejaron a veces tras ellos experiencias de las que es difícil retractarse (inicios de industrialización y cambios sociales). En otros casos, sobre todo en el sur del Sahara, la extrema fragilidad de las estructuras estatales dentro de las cuales se han efectuado estos intentos ha reducido a poca cosa lo que podía hacerse en "el espíritu de Bandung". Más tarde, el intento colectivo de negociar mejores relaciones internacionales conocido con el nombre de "Nuevo Orden Económico Internacional" (1975) se topó con un rechazo global de Occidente, preludio de la "contraofensiva" de recompradorización emprendida a partir de 1980. El alineamiento europeo con la estrategia norteamericana canalizado por el Banco Mundial y el FMI, se sitúa en esta ofensiva generalizada. Ahora bien, el agotamiento del proyecto de Bandung deja más problemas por resolver que los que ha resuelto. El medio plazo venidero corre, pues, peligro, también aquí, de tomar la forma de una serie de callejones sin salida que durarán todo el tiempo que sea necesario para permitir que una recomposición social y política progresista sustituya a las falsas respuestas "pasadoístas" en las que sólo se expresa la disolución de pueblos desamparados.

La segunda posguerra mundial ahora ha terminado, de todas formas, y la brutal aceleración del colapso de la potencia soviética es la manifestación más evidente de ello. En estas condiciones ¿vamos hacia una recomposición del sistema mundial integrado y, sobre estas bases, hacia una nueva expansión más o menos generalizada, aunque siempre forzosamente desigual? El discurso de los poderes y de las ideologías que dominan en Occidente no permite ver más que esta perspectiva, sin siquiera ser capaz de valorar sus obstáculos, sino los meramente "pasajeros", ni, con mayor motivo, sus contradicciones internas-explosivas y crecientes-, que la hacen muy poco probable, en mi opinión. Agreguemos que la guerra del Golfo ha dado lugar a una explosión publicitaria de discursos que adornan esta perspectiva con virtudes suplementarias que darían paso a una reconstrucción del sistema mundial basada en el "derecho" (!) y la "justicia" (!!), garantía de una larga paz, etc.

En las antípodas de estas palabras desprovistas de valor científico haré hincapié en las gigantescas incógnitas que reducen a la nada la validez de cualquier proyección. Todos los guiones-hasta los más extravagantes-se han vuelto "posibles" al articular casi como uno quiera-en el papel-un gran número de elementos cuya evolución es igualmente incierta. En estas condiciones, más vale contentarse con identificar las contradicciones principales de la nueva mundialización y analizar las explosiones a las que conducen. Dos incógnitas importantes gobiernan, en mi opinión, la navegación previsible a medio plazo en el período de tempestades que ha comenzado. La primera se refiere a las respuestas que darán la URSS y China a sus propios problemas y a los de su mayor inserción en la mundialización: ¿caos, desagregación y periferización? ¿Recomposición capitalista que permitiría a estas naciones recuperar relativamente rápido posiciones fuertes en el equilibrio mundial? ¿Apertura de una evolución hacia una redefinición progresista de las relaciones sociales? La segunda incógnita se refiere a las reacciones, forzosamente violentas, con las que los pueblos del Sur van a expresar su oposición a la mundialización "realmente existente" de la que son víctimas. Estas reacciones ¿esbozan recomposiciones sociales y políticas, nacionales y regionales, que abrirían perspectivas progresistas "nacionales y populares"? ¿O se quedarán confinadas en el caos de las respuestas "golpe por golpe" al imposible ajuste y compradorización impuestas por la ideología liberal? En estos dos campos relativos a la recomposición del Este y del Sur-¡cuatro quintas partes de la población mundial!: por eso mismo dominan el futuro del planeta a más largo plazo-, nada claro se concretará en el medio plazo.

El "cuadro borroso" que seguirá, pues, reinando en el Este y en el Sur ¿podrá no "estorbar" demasiado una recomposición del sistema mundial centrada en el ahondamiento de la mundialización integrada de sus regiones avanzadas (Norteamérica, Japón, Europa occidental y central), que arrastra tras ellas a las semiperiferias más dinámicas? De modo general, los análisis dominantes hacen hincapié en la evolución de las condiciones de la competencia económica Estados Unidos/Europa/Japón y, sobre esta base, imaginan los diferentes guiones posibles de recomposición de la geometría mundial, en la cual uno sitúa la integración europea y las eventuales polarizaciones regionales. Ahora bien, es necesario ver que estos análisis suponen implícitamente una respuesta positiva a la pregunta previa antes planteada, lo que, en mi opinión, ya es muy dudoso. Además, el futuro de la integración europea, de las polarizaciones regionales, de la competencia Estados Unidos/Japón/Alemania y Europa es, en sí mismo, de una gran incertidumbre. Aun antes que la crisis del Golfo se iniciara expresaba yo algunas dudas sobre estos temas, entre las cuales:

Regresemos a las perspectivas a medio plazo referentes a la región Europa-mundo árabe-Africa subsahariana, que es el objeto de este libro. Es más eficaz, en mi opinión, partir "al revés" de la construcción de la imagen de lo que "deberían" ser las relaciones "ideales" entre estas subregiones para medir la distancia que habría que recorrer para alcanzar este objetivo. Entonces se verá que las evoluciones del pasado próximo, analizadas en el libro, no han preparado el terreno para un ulterior desarrollo favorable, sino, al contrario, han hecho más escarpado el recorrido, como también se verá que los sobresaltos que se perfilan no se sitúan, ni siquiera caóticamente, en el esquema de la reconstrucción deseable, sino que, al contrario, agravan las contradicciones del sistema.

El modelo "ideal" supone, desde luego, un sistema de valores (de criterios de evaluación) que constituye su soporte. Expongo estos criterios de evaluación: la reducción de las diferencias de desarrollo entre los socios (Europa Occidental, Europa Oriental, URSS, países árabes semiindustrializados pobres, países petroleros poblados y financieramente ricos, países del Cuarto Mundo, África del Sur y África austral semiindustrializada); un grado aceptable de autonomía nacional que permita definir eficazmente políticas adaptadas a los problemas específicos de estos países muy diferentes, abordando estas políticas progresistas los problemas sociales esenciales; el dominio, en este marco, de la doble apertura exterior de los socios, de unos con relación a los otros y con relación a las demás regiones del mundo.

Ni que decir tiene que la realización de este "ideal" exige profundas modificaciones en las estructuras de los poderes, a saber, la sustitución de las hegemonías sociales que hoy definen a estos poderes por otras nuevas. Aclaro estas sustituciones en los siguientes términos:

Enunciar estas definiciones ya es dar una medida de las gigantescas tareas que quedan por realizar para hacer posible esa perspectiva, puesto que los sujetos sociales y políticos activos capaces de actuar en este sentido sólo existen en estado de fuerzas potenciales, mientras que las organizaciones políticas y las expresiones ideológicas que ocupan el escenario no tienen mucho ascendiente sobre lo que realmente está en juego en los conflictos actuales.

Superando con la imaginación los obstáculos para la realización de estas transformaciones se ve que el modelo "ideal" de que se trata supondría la cristalización de nuestras tres grandes regiones (Europa, el mundo árabe, África) y la articulación de sus relaciones de interdependencia ideada para sostener su desarrollo sobre las bases sociales progresistas y democráticas arriba definidas. Todavía hay que precisar la estructura de las cristalizaciones regionales previstas y los obstáculos que tienen que superar. Una "integración europea" es, en mi opinión, más que deseable, necesaria, pero no, desde luego, según el modelo de la CEE (integración liberal del mercado sin dimensión social y política progresista común), ya siga ésta limitada a los Doce o sea progresivamente ampliada hacia el Este. El concepto de "casa común", aunque siga siendo vago, corresponde mejor a las exigencias de nuestra visión porque supone un margen de autonomía relativa que permite el despliegue de políticas específicas entre los socios menos competitivos. Esta fórmula no excluiría un ahondamiento de la integración en el reducido grupo de países más avanzados, siempre que esta integración asuma toda la dimensión social progresista (la hegemonía del mundo salarial) que está ausente en la idea de la CEE. La construcción de una "unidad árabe" y de una "unidad africana" constituye la vertiente sur necesaria para la progresión del modelo "ideal", aunque sólo sea por la razón, de una banalidad evidente y repetida, de que los Estados resultantes de la balcanización del continente no están a la altura de los desafíos del desarrollo moderno. En una visión progresista de un futuro "común" en el verdadero sentido del término, europeos, africanos y árabes han de aceptar su fortalecimiento mutuo mediante la consolidación de sus respectivas unidades regionales y dejar de verlas como "peligros".

El pasado próximo analizado en este libro ha reforzado, sin duda, todos los aspectos negativos de la polarización centro/periferias inmanente al "capitalismo realmente existente": diferencia creciente entre la Europa de la CEE, los países del Tercer Mundo y los del "Cuarto Mundo" árabe y africano; consolidación de la balcanización del continente y vulnerabilidad aumentada de los países de la región; afianzamiento de las desigualdades sociales internas en casi todos estos países; estancamientos de la causa de la democracia, etc.

Me parece más grave aún que las fuerzas políticas e ideológicas dominantes entre los socios europeos, tanto en la izquierda como en la derecha, no conciban que la unidad árabe pueda ser deseable. Europa no ha desistido de su tradicional actitud imperialista que considera al "Otro"-sobre todo si ese Otro es culturalmente diferente-como un enemigo al que hay que mantener débil y dividido. El orden mundial del capitalismo realmente existente descansa en este principio fundamental y nada indica que las opiniones occidentales estén en condiciones de renunciar a este principio. En Oriente Próximo, este orden mundial salvaje tiene, desde hace medio siglo, un solo objetivo estratégico: perpetuar lo que púdicamente se califica como "accesibilidad al petróleo"; en términos claros: la dominación de las potencias occidentales sobre esta riqueza, cuya explotación ha de estar sometida sólo a las exigencias de la expansión económica del Oeste (lo cual no excluye el conflicto--aun cuando fuera amortiguado--entre los socios de la OCDE en el ejercicio de este control del petróleo). Para alcanzar este objetivo se ponen en práctica dos medios complementarios:

La guerra del Golfo-una guerra cuya idea había sido proclamada por Israel y Estados Unidos incluso antes de que Iraq invadiera Kuwait, invasión que sólo sirvió de pretexto-ha demostrado que Europa no tenía un concepto propio de sus relaciones con el mundo árabe, diferente del de Estados Unidos. El permanente chantaje de Israel, presionando a todo Occidente a solidarizarse con él contra los "bárbaros" de Oriente, actúa en este marco y sólo tiene eficacia en la medida en que, efectivamente, Europa no tiene una visión propia de su relación con su Sur, árabe y africano.

Los diferentes "guiones" a medio plazo referentes a las relaciones Norte-Sur para la región considerada en este libro pueden ser releídos ahora a la luz de las reflexiones que han precedido. El criterio de distinción de estos guiones sigue siendo, en el fondo, el grado de autonomía de Europa (Occidental) con respecto a Estados Unidos y el grado de regionalización dentro del sistema mundial que puede acompañarlo.

El guión de un neoimperialismo colectivo europeo que domina más especialmente "su" Sur árabe y africano tal vez deleite a los espíritus nostálgicos del pasado; la guerra del Golfo ha demostrado que este guión no tenía ninguna consistencia. Si el petróleo ha de ser controlado por "Occidente" sólo lo puede ser directamente por el ejército norteamericano; y Europa no podría jugar contra este proyecto más que la carta de la amistad con los pueblos árabes. Esta última opción está excluida: desde 1945, Gran Bretaña ha optado definitivamente por su absorción a corto plazo por Estados Unidos; Alemania, completamente ocupada por la perspectiva de su expansión económica hacia el Este, seguirá teniendo un bajo perfil en otros lugares; y Francia, al haber renunciado al principio gaullista que rechaza la amalgama entre sus intereses propios y los de Estados Unidos e Israel, está por eso mismo forzosamente marginada. Incluso la esperanza de romper al mundo árabe y de uncir al Magreb al tren europeo ha fracasado. A causa de esto, la "regionalización" dentro del sistema mundial sigue siendo muy relativa. Pues si es verdad que Estados Unidos pesa más y más directamente en "su" Sur (América Latina), y Japón en el Sudeste asiático, el mundo árabe no pertenece a la "esfera de influencia" de la CEE, sino a la de Estados Unidos, exactamente lo mismo que mañana, probablemente, el África austral reorganizada alrededor de África del Sur. La esfera propiamente "europea" corre, entonces, peligro de ser reducida al Cuarto Mundo africano. Alemania, por lo demás, parece ser consciente de este hecho y obra en consecuencia. En cuanto a la URSS, todavía está lejos de haber vuelto a ser capaz de tener una presencia fuera de casa. A medio plazo, Europa no existe, es un enano político.

¿Se debe hablar, entonces, de restauración de la hegemonía de Estados Unidos, enterrada demasiado rápidamente? Lo que se perfila, en mi opinión, es muy distinto: un trío Estados Unidos-Japón-Alemania, en el que los papeles y las perspectivas son distintas. Japón y Alemania harán avanzar su ventaja en la competencia económica, mientras que Estados Unidos desempeñará el papel--costoso para ellos, a corto plazo, en materia de competencia económica--del gendarme encargado de mantener este orden mundial muy particular. Yo llamo a este orden que se perfila para el medio plazo venidero "el imperio del desorden". No se trata, en efecto, de la construcción de un nuevo orden mundial, un poco menos malo que el del que salimos (la segunda posguerra mundial), sino de una especie de orden mundial militar de acompañamiento del orden del capitalismo neoliberal salvaje. Los expertos norteamericanos ya han producido, con este fin, una teoría de la gestión de los conflictos de baja intensidad. No sé si la guerra del Golfo demuestra que los conflictos Norte-Sur inherentes a esta concepción del orden mundial ya han rebasado el "límite máximo" de la intensidad considerada. Temo mucho que el medio plazo venidero demuestre sólo que el capitalismo realmente existente es la barbarie, y que en su nueva indumentaria neoliberal no es nada más que la barbarie ilimitada.