Durante mucho tiempo aún se hablará de "lo económico" en esta segunda guerra del Golfo de los tiempos modernos. ¿No es ésta, en el fondo, la más reciente, aunque no la última, batalla por el dominio de los recursos productivos?
Dominio de la energía,
dominio de las finanzas, dominio de los mercados: tres parámetros
que, junto con el dominio tecnológico y el dominio militar,
constituyen la base del poder económico, del poder a secas.
Desde este punto de vista,
lo que está en juego es lo siguiente:
En primer lugar, el Norte
de la postperestroika. Este Norte, con sus dos principales cabezas
de puente Estados Unidos y la Unión Soviética, está
decidido a concretar hoy, y para siempre, lo que podría
denominarse "el dividendo de la perestroika": reducción
de los gastos de armamento nuclear y convencional, reducción
de los gastos de defensa y seguridad, apertura de nuevos mercados
para los intercambios de bienes, servicios y tecnologías,
etcétera. Para Estados Unidos y sus socios de la OCDE,
esto significa la continuación de una expansión
secular (ininterrumpida, de hecho, desde 1982-83). Para la URSS
y sus socios del ex-COMECON, esto significa el retorno a un ciclo
de crecimiento (que hoy se ha vuelto urgente). Para todo ello,
este Norte de la postperestroika tiene necesidad imperiosa de
un "nuevo orden mundial" que le garantice seguridad
a cuatro niveles:
Por todo eso, la batalla económica subyacente
a estos cuatro parámetros de seguridad del Nuevo Orden
Mundial es una batalla lógica.
A este respecto, los siete meses de crisis
guerra del Golfo nos permiten hoy sacar una gran enseñanza
por lo que se refiere a la voluntad del Norte de imponer a todo
el mundo su "nuevo orden", su nueva realpolitik. En
efecto, ésta no retrocederá ante ningún costo,
ante ningún sacrificio. Ni en términos humanos,
en la medida en que no se siente responsable de las pérdidas
de vidas limitadas o masivas que podría causar. Ni en términos
económicos, en la medida en que le tiene sin cuidado las
destrucciones de infraestructuras productivas. Ni en términos
de civilización, en la medida en que borrará, si
hace falta, hasta la memoria, hasta la cultura, hasta la historia
de los pueblos y naciones que se opongan a ella.
Luego, el Sur. En esta vasta reestructuración
del mundo, deseada y llevada a cabo por el Norte (y, principalmente,
por Estados Unidos), el Tercer Mundo, el Sur, rico o pobre, petrolero
o desprovisto de recursos, socialista o liberal, monárquico
o republicano, democrático o autocrático, no ocupa
ningún lugar. Se encuentra a la vez excluido y neutralizado.
En semejante contexto, la aventura iraquí
se presenta como un gran desafío al Nuevo Orden Mundial;
un desafío, pues, que hay que combatir y vencer con todos
los medios, económicos y militares, legales e ilegales,
legítimos e ilegítimos. Porque precisamente se trata
de un país como Iraq: un país que amenaza, más
o menos, directa o indirectamente, las cuatro formas de seguridad
de las que antes hablamos.
Para comprender por qué Iraq, y no el mundo
árabe en su totalidad, constituye una amenaza inaceptable
para el Nuevo Orden Mundial arbitrariamente decidido por el Norte
habría que mostrar cómo la entidad económica
árabe funciona (o no funciona) en la actualidad.
Este será el primer punto de esta ponencia.
Luego, para vislumbrar la posible o probable situación
en que se encontrará esta economía árabe
en la era de la posguerra del Golfo, deberíamos examinar
un cierto número de guiones (o, más exactamente,
subguiones) político-económicos a los que el mundo
árabe será arrastrado, voluntariamente o de mala
gana, en cuanto Iraq haya sido vencido militarmente: es decir,
desde hoy. Ese será el segundo punto de la presente ponencia.
A escala mundial, la economía árabe
hace el papel de un enano cada vez más impotente. Un enano
particularmente deforme, cuyos miembros están cada vez
más desproporcionados entre si. De todos los espacios regionales
en el Tercer Mundo (y en el mundo a secas), el espacio económico,
financiero y social árabe es donde se dan las disparidades
más grandes, las iniquidades más flagrantes, los
fenómenos de desintegración y la ausencia de cooperación
más evidentes; en una palabra, los disfuncionamientos más
graves.
E1 mundo árabe contemporáneo se presenta
hoy, más que nunca, y tal como lo ha mostrado esta maldita
guerra del Golfo, como un apéndice del orden económico
mundial: dependiente de Occidente para su alimentación
cotidiana, a pesar de sus inmensas riquezas agrícolas e
hidráulicas; gravemente subindustrializado, a pesar de
sus materias primas y sus recursos naturales; científica
y tecnológicamente atrasado, a pesar de sus "yacimientos"
de recursos humanos; peligrosamente subcapitalizado, a pesar de
sus medios financieros disponibles. Que en este espacio árabe
particularmente desarticulado, no-solidario, dependiente y débil,
uno de sus componentes en este caso, Iraq se esfuerce, con derecho
o sin él, torpemente o en el momento oportuno, por aceptar
los retos e impugnar los órdenes establecidos y las flagrantes
injusticias (continua baja de los precios del petróleo,
destrucción del pueblo palestino, por no hablar más
que de estas injusticias), y ... Ia división, las inversiones
de alianzas, los estrechos egoísmos, los sórdidos
cálculos a corto plazo, los reflejos de autoconservación
de los regímenes establecidos, las abjuraciones de las
promesas de ayer ... se agudizan, hasta tal punto que los árabes
se ponen a destruirse mutuamente ... ¡por intermedio de Occidente!
¿Cómo le va hoy a esta economíaárabe dependiente? Algunos indicadores de referencia nos
permitirán verlo más claro.
1973 o el año del primer choque petrolero;
1980 o el año después del segundo choque
petrolero;
1988 o el último año del que se disponen
estadísticas comparables.
¿Qué encontramos?
Habría que corregir esta imagen, agrupando
esta vez a los países árabes exportadores netos
de petróleo es decir, los países del Golfo, más
Argelia, Omán, Libia e Iraq, para luego compararlos con
los otros. La evolución es entonces ésta: un crecimiento
nominal anual promedio del 43 por ciento para los países
petroleros frente al 23 por ciento para el resto de los países
árabes.
Cuando a estas cifras se añade la comparación
de las masas del PIB entre los diferentes países, se comprende
aún mejor los niveles de producción diferenciales
entre unos y otros. Júzguenlo. En 1985, la relación
entre el PIB de Yibuti (el país más pobre) y el
PIB de Arabia Saudi (el país más rico) era nada
menos que de 1 a 342. En 1988, esa relación era de 1 a
204.
Las estadísticas disponibles y los cálculos
efectuados sobre éstas dan los siguientes puntos de referencia:
Pero cuando un dirigente árabe indignado se
levanta para denunciar enérgicamente, a su modo un modo
que podría ser política y moralmente condenable,
esas grandes iniquidades, engendradas por rentas llovidas del
cielo (o, más bien, del subsuelo: el petróleo, principalmente),
y no por el trabajo y el sacrificio propios, caen sobre él,
a la velocidad del sonido, los epítetos de "loco,
iluminado, demagogo y oportunista". Y, en la medida en que
estas rentas, origen de iniquidades e injusticias sociales, son
doblemente confiscadas por los grandes consumidores mundiales
de productos rentistas, es decir, los países occidentales
(tratándose del petróleo), y por los regímenes
en el poder en los países rentistas, se produce una alianza
objetiva entre éstos y aquéllos para defender el
orden existente o cualquier nuevo orden que asegure esa doble
confiscación; defenderlo con las armas, con la agresión,
con la destrucción de "el enemigo".
Por eso, en la medida en que el comercio entre países
árabes es reducido, miserable y sin perspectivas de futuro,
la solidaridad económica entre estos países, e incluso
la política, pierde una de sus bases, una de sus razones
de ser más esenciales. Por eso también, los gobiernos
y los particulares árabes procuran establecer acuerdos,
estrategias, alianzas y defensas comunes con sus socios comerciales
extranjeros (occidentales en su gran mayoría). Como señalábamos
antes, para los países del Norte, los mercados exteriores
(en este caso, los mercados árabes), son, como recurso
productivo, parte integrante del concepto general de seguridad
que tiene el Nuevo Orden Mundial. Por tres razones: como fuentes
de aprovisionamiento de materias primas (petróleo y, accesoriamente,
gas); como mercados para los excedentes exportables de ese mismo
Norte (bienes de equipo, bienes alimentarios, servicios tecnológicos
y de asistencia técnica, etc.); por último, como
poderosos vectores de implantación cultural e ideológica,
en la medida en que el socio comercial dominante aquí,
Occidente o el Norte, para los países árabes siempre
consigue transmitir, a través de sus bienes, sus servicios
y su tecnología, su propio mensaje cultural e ideológico.
Tal mensaje es muchas veces esencial para el mantenimiento de
los equilibrios políticos y geoestratégicos de los
que hablábamos antes: uno de los cuatro parámetros
fundamentales de la seguridad del "Nuevo Orden Mundial".
De 1982 a 1988, la participación de los países
árabes en el comercio mundial pasó del 8 al 4 por
ciento. Esta modicidad, o marginalidad, creciente de los intercambios
árabes en el comercio mundial oculta, en realidad, otra
fragilidad de la economía de nuestros países. En
efecto, en la masa de los intercambios exteriores árabes,
la parte de las importaciones pasó del cuarenta y seis
por ciento del total en 1982 a casi el cincuenta por ciento en
1987, incrementando así, de año en año, la
dependencia de las economías árabes con respecto
al exterior.
Esta dependencia las convierte en un sistema cautivo
del exterior a dos niveles.
Primero, a nivel de las exportaciones, puesto que
la energía representa un promedio del 90 por ciento de
las ventas árabes al exterior, esencialmente a los países
de la OCDE. Y, en la medida en que el mercado mundial de la energía
se ha transformado progresivamente, desde el primer choque petrolero,
en 1973, en un mercado de compradores dominado por los grandes
consumidores occidentales, los árabes han perdido, de hecho,
toda autoridad tanto sobre los volúmenes de producción
como sobre los precios de la energía. Una de las consecuencias
de la reciente crisis del Golfo ha sido acentuar aún más
este dominio de Occidente sobre el "principal recurso productivo"
y sobre el único poder de negociación del que aún
dispone el mundo árabe, a saber: la energía.
Luego, a nivel de las importaciones, puesto que cerca
del 86 por ciento de las compras árabes en el exterior
están constituidas por bienes alimentarios (entre el quince
y el diecisiete por ciento) y diversos bienes de equipo (entre
el sesenta y cinco y el setenta por ciento) ... de origen occidental,
por supuesto. Esta doble característica del mercado árabe
mercado dependiente y mercado cautivo se capta aún mejor
a través de la distribución geográfica del
comercio internacional árabe. En efecto, mientras que los
intercambios inter-árabes nunca superaron, en el mejor
de los años, el 8,4 por ciento (en 1985), el comercio árabe
con los países industrializados de Occidente evolucionó
entre un índice mínimo del 60 por ciento y un índice
máximo del 73 por ciento ... a pesar de los cuarenta y
cinco años de existencia de la Liga Árabe, a pesar
de las cumbres árabes, a pesar de los Consejos de la Unión
Económica Árabe, a pesar de las mil y una promesas
y otras profesiones de fe de las que nuestros dirigentes no han
dejado de colmarnos durante medio siglo. Allí donde hay
intercambios, hay logros que defender. Allí donde no hay
intercambios, prevalecen la desconfianza, la hostilidad, las malas
lenguas. Es precisamente en este contexto que Iraq decidió
ir a la guerra contra sus vecinos, contra Occidente, contra el
Norte.
Y si el maná financiero engendró, a
veces, crecimientos notables, no consiguió ni dar seguridad
a los sistemas políticos, económicos y sociales
árabes contra las sorpresas del subdesarrollo o las vicisitudes
de la coyuntura mundial, ni, con mayor motivo, erradicar, en los
países árabes, las secuelas de la miseria, de la
desnutrición y del analfabetismo.
¿Qué imagen presenta hoy la situación
de las finanzas árabes?
Sabiendo que este país estaba en posesión
de unos 7.000 millones de dólares a fines de 1977, y, asimismo,
que la guerra que este país llevó a cabo contra
Irán desde 1980 (y durante ocho años) agotó
más de los 7.000 millones de dólares disponibles,
se puede suponer razonablemente que la pérdida de las reservas
de divisas del mundo árabe se sitúa mucho más
allá de los 18.000 millones de dólares antes mencionados.
La volatilidad de las reservas de cambio árabes es consecuencia
directa de la volatilidad de la renta petrolera que las engendró.
Y en la medida en que esta renta es cada vez más confiscada
por los grandes países consumidores (los países
occidentales), en nombre de la seguridad del Nuevo Orden Mundial
decidido por ellos y para ellos, esa volatilidad revela por si
hiciera falta la gran fragilidad y la gran dependencia de los
países petroleros árabes con respecto a Occidente.
La economía política de la renta petrolera árabe
lleva en su seno suficientes ingredientes como para que, un día,
un dirigente árabe de un país petrolero, en este
caso diga "no", a su modo, a la confiscación
permanente del único recurso estratégico que todavía
sigue estando en manos árabes: el petróleo.
Ayer fue el libio Gadafi: un rebelde que desestabilizó
por sorpresa la economía energética y petrolera
occidental. Hoy es el iraquí Sadam Husein. Era demasiado.
La rebelión no pasará. ¡Y no pasó! Jamás
se sabrá a costa de cuántos sufrimientos humanos,
de cuántas destrucciones físicas y morales.
La economía moderna del petróleo especialmente
la de los dos últimos años, y, sin duda alguna,
la de la posguerra del Golfo se presenta como "un golpe de
Estado permanente" llevado a cabo por los occidentales para
tener acceso, en cantidades suficientes y a los más bajos
costos posibles, al recurso productivo que más se les va
de las manos (aunque en condiciones menos dramáticas que
en 1973): el petróleo. Esto significa que el conjunto de
los países árabes (y, entre ellos, en primer lugar,
los países petroleros) estará cada vez más
falto de reservas de divisas y, por lo tanto, será cada
vez más vulnerable y estará cada vez más
integrado, por fuerza, en la "lógica" del Nuevo
Orden Mundial.
Ya se trate de compras de bonos del tesoro y otras
obligaciones públicas norteamericanas (65.000 millones
de dólares sólo para Arabia Saudi), o de depósitos
fiduciarios en los bancos occidentales, o de tomas de participación
directa en las empresas industriales occidentales (más
de 60.000 millones de dólares sólo para Kuwait),
o ya se trate de adquisiciones de valores mobiliarios en las bolsas
extranjeras, el dinero árabe se encuentra, a la vez, coaccionado
en su movilidad (la eventual liquidación por Arabia Saudi
de su portafolio de bonos del tesoro norteamericano constituye
una amenaza para la seguridad del dólar); limitado en su
remuneración por las políticas monetarias occidentales
(ejemplo: la continua baja de los tipos de interés norteamericanos);
despojado de su poder de decisión (numerosas inversiones
directas kuwatíes no tienen un derecho de fiscalización
sobre la gestión de las empresas concernidas); y amenazado
por los bloqueos, congelaciones y otras expoliaciones (como ocurrió,
hace muy poco, con los activos iraquíes y kuwatíes,
y, antes, con los libios e iraníes). Sin olvidar, por supuesto,
que la reconstrucción de Kuwait, de las infraestructuras
destruidas en Arabia Saudi, y ¿quién sabe? de Iraq,
apenas dejará sitio para cualquier financiamiento árabe
de esta deuda externa, también árabe.
He ahí, pues, una economía árabe,
acreedora neta del exterior en el papel, que se hundirá
cada vez más en la dependencia económica, financiera,
e incluso política, de la deuda externa. y que, por lo
tanto, deberá seguir solicitando asistencia y ayuda del
Nuevo Orden Mundial.
Cuando, mucho antes del 2 de agosto de 1990, Iraq
pidió que Kuwait anulara las deudas que le debía
un puñado de miles de millones de dólares y que
se diera solución al problema de la deuda externa de los
países del Sur; cuando ese mismo Iraq, asfixiado, desde
el mes de agosto de 1990, por un embargo de la ONU, tan inhumano
como ilegítimo, proclamó que su petróleo
seria regalado a los países pobres que lo necesitaran,
se le negó ese derecho de patrocinio del Tercer Mundo.
E1 Nuevo Orden Mundial vio en ello una maniobra de desestabilización
que había que parar, costara lo que costara. Y así
se hizo.
Escandalosas desigualdades a nivel de la producción
de riqueza insoportable pobreza en unos lugares e irritante opulencia
en otros en el seno de la comunidad árabe del Machreq y
del Magreb, de Asia y de África; una economía árabe
de endeudamiento cautivo de Occidente, tanto en sus intercambios
comerciales como en sus recursos financieros: ¿qué
otro caldo de cultivo haría falta para que, por fin, se
alcen voces árabes que digan ¡no! a ese golpe de Estado
permanente, a esa escandalosa confiscación de la riqueza
nacional árabe? Iraq y su presidente Sadam Husein han creído
tener que ser los abanderados de la rebelión, en nombre
de objetivos declarados (la defensa de los derechos de los pueblos
árabes sobre la propiedad árabe) y también
en nombre de objetivos no-declarados: la satisfacción de
una venganza con respecto a un vecino acreedor, próspero
y altanero, y también ese hado profético del que
se emperifollaron, a veces, un Naser y un Gadafi para no citar
más que la historia árabe contemporánea,
y que dio a algunos de nuestros dirigentes la ilusión de
ser el "Mehdi el-Montader" o el novísimo Mesías,
destinado a liberar al mundo árabe y musulmán de
las cadenas del subdesarrollo, de la dependencia y de la decadencia
religiosa y cultural. Tanto el camino elegido (la conquista militar
de un país vecino tan soberano como cualquier otro), como
los desafíos lanzados (hacia toda la comunidad occidental
dominante), los discursos (dirigidos, primero, a Iraq, y luego,
a la nación árabe y al mundo entero) y los cálculos
estratégicos (un permanente chantaje con el miedo a la
guerra del próspero Occidente) fueron, todos, erróneos,
torpes, injustificados y mal manejados. Vencido y humillado, Iraq
paga hoy por ello el más caro de los precios. Pero las
razones de la rebelión no por eso han desaparecido.
La situación del mundo árabe y la del
Tercer Mundo, y la de sus relaciones con el Norte de antes y de
después de la perestroika, exigían impugnar lo que
un historiador japonés llamó el "fin de la
historia", después del colapso del imperio del Este.
Iraq quiso poner fin a este "fin de la historia", reivindicando,
primero para si mismo, luego para el mundo árabe, y por
último para el Tercer Mundo, el derecho a convertirse,
por primera vez, en lo que H. Djait llama "actores de la
historia". Iraq jugó y perdió. Está
bien, pero la impugnación del Nuevo Orden Mundial no por
eso se ha apagado. Reaparecerá bajo otras formas, con otros
hombres y con otros métodos.
¿Alumbrará el mundo árabe otra
rebelión contra las injusticias del Nuevo Orden Mundial?
Y, primeramente ¿cómo será, o, más bien,
cómo seria, este mundo árabe de la posguerra del
Golfo? Es a esta segunda interrogación que consagraremos
la segunda y última parte de este articulo.
Algunos guiones probables
Es difícil delimitar el estado en que ha quedado
el lugar de los sucesos este 28 de febrero de 1991, fecha en que
el presidente Bush ha anunciado la suspensión de las hostilidades
contra Iraq. Son difíciles de evaluar las destrucciones
físicas, económicas, industriales, petroleras y
ecológicas sin hablar de las destrucciones humanas en Iraq,
Kuwait y Arabia Saudí; igualmente, los gastos presupuestarios
y no-presupuestarios, pasados y futuros, directos e indirectos,
ocasionados por la anexión de Kuwait y por la guerra del
Golfo, y que han sido sufragados por estos mismos tres países,
por sus aliados árabes y por el resto del mundo árabe;
y, por último, las necesidades de reconstrucción
y rehabilitación allí donde la guerra destruyó
o dañó el potencial productivo árabe.
Cuando, además, se sabe que la reparación
de la economía árabe especialmente en los países
del Golfo tendrá como marco las nuevas alianzas, los nuevos
pactos estratégicos que los países "coaligados"
están todavía en trance de definir, se comprende
aún mejor la dificultad de imaginarse en este momento cuál
podría ser la situación de la economía árabe
de la posguerra del Golfo.
Con respecto a las orientaciones alternativas que
podrían ser dadas a la economía árabe en
lo inmediato y durante los próximos años ya se perfilan
algunos grandes rasgos, que se podrían denominar un poco
abusivamente, hay que decirlo guiones posibles o probables.
Estos guiones alternativos se apoyan en dos grandes
cuestiones previas esenciales:
En primer lugar, la identidad de los socios árabes
cooperantes. La cuestión principal que se plantea a este
respecto es la siguiente: ¿quién debe cooperar con
quién en el mundo árabe de mañana y sobre
qué bases estratégicas deberían establecerse
en el futuro las nuevas relaciones interárabes?
En segundo lugar, los modos de cooperación
económica. Ya establecidas las bases estratégicas
de las relaciones interárabes ¿qué debería
abarcar la cooperación económica?
Más concretamente ¿cuál es la
participación respectiva de la cooperación llamada
pública (ayudas, asistencia y donaciones otorgadas por
los gobiernos de los países del Golfo al resto de los países
árabes) y de la cooperación llamada privada (inversiones
directas, asociaciones o joint-ventures industriales, bancarias,
agrícolas u otras)?
Al contrario, se trata de un nuevo dato estratégico,
a medio y largo plazo, e, incluso, de un parámetro esencial
del Nuevo Orden Mundial, tal como fue descrito al comienzo de
esta ponencia. La futura cooperación interárabe
sólo tendrá lugar entre socios que no sólo
fueron los aliados de ayer, sino que se comprometen a asegurar
el Nuevo Orden Mundial de mañana. Entonces aparece claramente
la nueva identidad de los socios árabes cooperantes.
Por un lado, habrá un "Creciente fértil",
compuesto por los países del Consejo de Cooperación
de los países del Golfo (Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos
Arabes Unidos, Omán, Qatar y Bahrein) y sus aliados árabes
(Egipto, Siria y, probablemente, Marruecos). Este grupo de países
bien podrá constituirse en una Comunidad de Cooperación
Económica, bajo la égida de una alianza militar
y estratégica árabe-euro-norteamericana, tal como
declaró más de una vez, estos últimos días,
la administración del presidente Bush. Por el otro lado,
estará el resto un resto disperso, es decir, los 4/5 de
un Magreb más que nunca desunido (Túnez, Argelia,
Libia y Mauritania), más Sudán, Jordania, Yemen
y Líbano, que se han quedado sin amarras y casi aislados;
sin hablar de Iraq ¡del que no se sabe lo que le podrá
ocurrir!
Un grupo de países demasiado inconexos como
para crear una Comunidad ... ¡aunque fuese un "Creciente
árido"! La guerra del Golfo habrá, así,
arrastrado a sus miasmas a la Liga Árabe por lo menos,
como Casa de todos los árabes, al naciente Consejo de Cooperación
Económica (Egipto, Iraq, Jordania, Yemen y Siria) y, probablemente,
al no menos incipiente Magreb.
Sin duda, el núcleo de ese "Creciente
fértil" de nueve miembros, antes mencionado, podría
muy bien ampliarse con nuevos entrantes, en primer lugar, árabes
Líbano, Libia y tal vez el Iraq "deshuseinizado"
podrían ser los primeros candidatos y, luego, no-árabes:
Irán y Paquistán. Con la condición expresa
de que todos los nuevos recién llegados paguen el derecho
de entrada: la adhesión total a la estrategia militar y
de seguridad que el Nuevo Orden Mundial impondrá desde
ahora a todos los que busquen su protección y auxilio.
¿Sombrío el panorama de esta nueva geopolítica
y de esta nueva geoestrategia árabes? Si, pero ésa
es la realpolitik de mañana.
a. E1 equilibrio de las ventajas reciprocas. La cooperación
en materia económica como en toda materia, por lo demás
es la movilización de recursos comunes a dos o más
entidades cooperantes (países, sociedades públicas
o privadas, etc.) con objeto de realizar juntos uno o varios "productos"
nuevos, que las partes en cuestión juzgan de utilidad para
ellas; es decir, productos que son generadores de intereses y
ventajas reciprocas para ellas. La reciprocidad de los intereses
no quiere decir necesariamente igualdad aritmética perfecta,
equilibrio perfecto entre los intereses o ventajas sacadas por
unos y otros del proceso de cooperación (suponiendo que
semejante igualdad sea posible algún día). La reciprocidad
significa que cada una de las partes contratantes o cooperantes
saca provecho de la acción emprendida en común.
Esta condición de reciprocidad es la que da a la cooperación
su sentido, y, sobre todo, garantiza su perdurabilidad. Tal condición
está, por supuesto, ausente en las nociones de asistencia
o ayuda. Estas pueden, desde luego, incluir ventajas mutuas, directas
o indirectas, para las partes en cuestión; pero estas ventajas
no constituyen la razón de ser original de las relaciones
de asistencia y ayuda. Por eso, estas formas de relaciones generalmente,
relaciones entre Estados son frágiles, inestables, reversibles,
tal como lo demuestra ampliamente la historia de medio siglo de
relaciones Norte-Sur.
Que las prácticas de asistencia y ayuda hayan
estado, durante décadas, disfrazadas de "cooperación"
para no herir las susceptibilidades políticas de las partes
asistidas o ayudadas ha contribuido en alto grado a mantener un
equívoco muy grave en las relaciones económicas,
y hasta políticas, entre las naciones ricas y las naciones
menos ricas. A nivel del mundo árabe, tal equivoco ha sido
constantemente mantenido, e incluso agravado, por el permanente
discurso pasional y romántico sobre la unidad árabe,
sobre la "Umma Arabia", sobre la solidaridad árabe,
sobre el destino común árabe ... y qué se
yo. La abundancia de recursos financieros en los países
del Golfo petrolero, sobre todo en los años setenta y hasta
mediados de los ochenta, permitió mantener tal equivoco
en las relaciones bautizadas como cooperación interárabe.
Cerca del sesenta por ciento de la ayuda árabe proporcionada
durante esos años fue a países árabes, y
principalmente a tres de ellos: Jordania, Siria y el ex-Yemen
del Norte.
En realidad, bajo la apariencia de "cooperación"
sólo había asistencia directa. E1 número
de proyectos árabes comunes podía contarse con los
dedos de una mano. En la segunda mitad de los años ochenta
empezó un viraje en la cooperación económica
interárabe. La disminución de los ingresos petroleros,
añadida a un "golfotropismo" cada vez más
evidente es decir, a una más aguda conciencia de la prioridad
de los intereses propios de los países del Golfo acarreó
un descenso de las transferencias financieras públicas
hacia otros países árabes. Y el proceso se agravó
todavía más con el brutal descenso de las inversiones
privadas árabes en numerosos otros países árabes,
tales como los del Magreb, por ejemplo(l).
El futuro de las relaciones económicas árabes,
a la vista de la realpolitik de la posguerra del Golfo, se presenta,
a nuestro entender, así:
Los ejes prioritarios, si no exclusivos, de la cooperación
interárabe se limitarán a los países miembros
de lo que antes hemos llamado el nuevo "Creciente fértil".
Las ayudas públicas árabes disponibles
serán asignadas prioritariamente a los países coaligados
y aliados, es decir, Egipto, Siria y Marruecos.
La cooperación económica privada árabe
se acelerará, primero, a nivel de los países del
Golfo mismos, en respuesta a ese "golfotropismo" antes
mencionado, y, luego, entre los países árabes miembros
de las alianzas en gestación.
Por lo que se refiere a los demás países
de la región, las ayudas públicas árabes
se.reducirán a su mínimo estricto, por no decir
que desaparecerán totalmente en un futuro próximo.
Entre los Estados miembros del nuevo "Creciente fértil"
y el resto de países árabes sólo podrán
nacer formas de cooperación privada, en el sentido estricto
del término, es decir, dentro de un equilibrio máximo
de ventajas reciprocas. Esto quiere decir que, en el futuro, los
países árabes que están fuera de la coalición
deberán contar con otras fuentes de ayuda y de cooperación:
en primer lugar, deberán apoyarse en sus propias fuerzas,
y, en segundo lugar, en las ayudas multilaterales.
b. Los recursos financieros árabes movilizables.
Una de las grandes incógnitas de la posguerra del Golfo
se refiere al nivel de los recursos financieros árabes
disponibles y movilizables para sostener, a la vez, el esfuerzo
de reconstrucción y rehabilitación de los potenciales
productivos destruidos por la guerra principalmente en Kuwait
y Arabia Saudi y los proyectos de ayuda y de cooperación.
Las cifras divulgadas a través de los medios de comunicación
varían cada día. Sólo se las conocerá
en cuanto haya sido hecha la evaluación de las pérdidas
y destrucciones. Pero desde ahora se puede estimar que serán
deliberadamente exageradas con el fin de reducir las ambiciones
y esperanzas de los potenciales solicitantes de ayuda y cooperación
(árabes, en primer lugar, y no-árabes asiáticos
o africanos, sobre todo, en segundo lugar).
Las perspectivas del simple mantenimiento de las
ayudas kuwatíes a los otros países árabes
a los no-coaligados, se entiende y, también, las perspectivas
de una activa cooperación privada con éstos, se
reducen a nada (o a casi nada), al haberse evaluado ya "lo
roto" y, por lo tanto, la reconstrucción entre sesenta
mil y cien mil millones de dólares sólo en Kuwait.
En cuanto a Arabia Saudi primera potencia financiera
del Golfo y del mundo árabe, prestataria de los mercados
financieros internacionales por primera vez en su historia y enfrentada
a un déficit estructural en su comercio exterior desde
1983, necesariamente cerrará la taquilla de ahora en adelante:
como fuente de ayuda y asistencia al mundo árabe no-aliado
y también como promotora de los proyectos privados de éste
en el mundo árabe.
Cuando todas las cuentas hayan sido hechas, quedará,
pues, menos dinero para gastar en las ayudas y la cooperación.
Y los medios disponibles serán asignados prioritariamente
a los amigos de la guerra y de la postguerra.
Conclusión
Así le va a la economía árabe
en el presente, y en sus perspectivas inmediatas y mediatas, tal
como las podemos ver hoy. Una economía muy desarticulada,
muy desestructurada y muy desorganizada ya en vísperas
de la guerra del Golfo. Una economía que busca, en la incertidumbre,
sus nuevos rasgos distintivos, después de este dramático
conflicto del Golfo. La configuración de las nuevas alianzas
y de los numerosos pactos militares y de seguridad dará
su perfil a la economía árabe de mañana.
Pero, cualquiera que sea esa configuración, esta economía
estará más coaccionada, más sometida y más
dependiente que antes. E1 mundo del Golfo estará más
cautivo que nunca en su soberanía política, en sus
intercambios comerciales, en sus finanzas y en sus proyectos de
cooperación. E1 otro mundo árabe el de los no-aliados,
el de los no-coaligados estará abandonado a su suerte.
Tal vez sea ésta una gran oportunidad histórica
para que estos últimos lo revisen todo: sus opciones políticas,
sus opciones económicas, sus opciones de desarrollo y sus
opciones de cooperación.
(1) Ver nuestro artículo "Les capitaux
privés arabes boudent-ils la Tunisie?", aparecido
en la revista del IFID, en septiembre-octubre de 1990.