Burhan Ghalioun

LA CRISIS DEL MUNDO ÁRABE
Estado contra Nación

INTRODUCCIÓN

La crisis general que actualmente vive el mundo árabe está casi enteramente focalizada en el Estado, entendido éste-según la concepción aún dominante de lo político-como una ciudadela, cuya toma constituye la condición del control del conjunto de la vida nacional. Estado islámico, Estado laico, Estado democrático, Estado socialista, Estado nacionalista, Estado árabe unificado, Estado territorial, Estado oriental despótico, Estado moderno racional: he aquí los términos que utilizan a diario los intelectuales y el conjunto de la intelligentsia árabe. Son la expresión del lugar central que ocupa el Estado en el debate político, social y religioso en una sociedad que, como nunca antes, se busca y se interroga acerca de sus orígenes, su identidad, sus fundamentos y su porvenir.

Para entender mejor este debate, así como la problemática general del Estado en el mundo árabe, nos parece necesario distinguir tres niveles fundamentales en el análisis de ese objeto que aquí llamamos Estado y que no es necesariamente idéntico (es decir, que no se ha formado de manera similar, no tiene el mismo papel y no responde a los mismos criterios y aspiraciones) en todas partes del mundo . El primer nivel se refiere al origen de ese objeto, no en el sentido de la historia general y cronológica, sino en el de la historicidad, es decir, esencialmente, en el de su razón de ser.

A la pregunta "¿por qué hay Estado?", los teóricos y filósofos políticos siempre respondían con la misma frase de Aristóteles: porque las sociedades humanas son, por naturaleza, sociedades políticas. No pueden vivir sin Estado. Los filósofos musulmanes desarrollaron, sobre todo, la idea del "wasi" (vector de disuasión y de persuasión material y moral) como el fin de lo político. Para materializarse, este wasi necesita una fuerza autónoma, que Ibn Jaldun busca en la assabiya (solidaridad natural de sangre y espíritu de cuerpo), sin, no obstante, dejar de decir que, para los árabes, este factor de la assabiya no es suficiente. El establecimiento del Estado requiere además, para ellos, la intervención de un mensaje religioso, que trascienda las oposiciones y los conflictos entre las múltiples assabiya y espíritus de cuerpo.

La razón de ser no significa aquí la justificación a fortiori de los Estados, sino lo que provoca, material y moralmente, su creación concreta en un momento de la historia. La problemática del origen no busca explicar porqué hay Estado en general, o porqué las sociedades humanas no pueden vivir sin Estado, sino porqué, en un momento y en un lugar dados, hay un Estado dado (árabe, indio, unificado, segmentado, nacional, imperial, etc.), y no otro. En pocas palabras, se trata de saber cuál es, exactamente, en nuestra época, la fuerza histórica capaz de engendrar un Estado.

El segundo nivel de esta problemática se refiere a la estructura material, objetiva, del poder, es decir, al aparato y al dispositivo en los que el poder procura materializarse para realizar sus objetivos (el programa y las políticas que le pide la sociedad o que él mismo se fija).

El tercer nivel se refiere precisamente al proyecto histórico de este Estado, a la fuente de su legitimidad, a la razón de su funcionamiento, es decir, a su acción colectiva o a su misión histórica, que-al igual que el espíritu que da vida al cuerpo-hace trabajar a sus aparatos y hace actuar a sus fuerzas. Ese es el aspecto fundamental y primero de la legitimidad, que está ligado a la realización de objetivos determinados. El segundo aspecto de legitimación, relacionado con la apreciación de la manera en que el Estado cumple su misión, sólo se plantea en un segundo momento, cuando la satisfacción de las necesidades pasa de la exigencia de la cantidad a la de la calidad. Entonces ya no bastará con que el Estado satisfaga necesidades para legitimarse, sino que primero será juzgado por los métodos y medios utilizados. Aquí es donde aparece, en nuestra época y para nuestro tipo de Estado, la demanda social por la democracia.

En realidad, se trata de tres niveles relativamente autónomos, que no evolucionan necesariamente en esferas idénticas y que no tienen la misma temporalidad. La dimensión histórica-que encarna al sujeto de la historia, fundador del Estado-concibe a este último como modo de lo político o proyecto histórico y de porvenir. A este nivel, el Estado es entendido, esencialmente, como la expresión de la organización de sí misma de una sociedad, y por eso refleja los programas y los intereses de las fuerzas sociales organizadas: élites, clases sociales, alianzas de clases, pueblos, etc. Eso es lo que se suele analizar como el contenido sociopolítico del poder del Estado, que nos permite distinguir, por ejemplo, entre un Estado feudal y capitalista, tributario o periférico, etc. .

El modelo organizativo del Estado a este nivel-objeto de la ciencia política-es un fenómeno ligado a la evolución y la acumulación de las técnicas de gobierno y de control del poder, que tienen lugar a medida que éste crece y se diversifica. Esa es la dimensión estructural, que concibe al Estado como técnica del poder y formas de organización de la vida pública: los aparatos, las maneras de gobernar, la organización de las jerarquías en el seno del Estado y de los aparatos, etc. En este sentido distinguimos, por ejemplo, entre el Estado moderno burocrático y el Estado tradicional personificado.

El tercer nivel comprende al Estado como valor o conciencia de sí, definición de objetivos y orientación de la acción general. Son los fines de la política encarnada por el Estado. El carácter de esta acción es, generalmente, insuflado al Estado por la sociedad, pero también puede ser "importado" junto con el Estado. Y, en la medida en que los fines del Estado, cualquiera que sea su origen, estén en correspondencia con los de la sociedad, estará asegurada la legitimidad del poder, por lo menos en el primer sentido, y esto independientemente de la forma o de las técnicas que adopte esta correspondencia. Las técnicas de legitimación reflejan, en un segundo momento, el proceso histórico de establecimiento de las finalidades y los valores fundamentales en torno a los cuales se produce el consenso general, tácito o explícito. Es este nivel del análisis de la legitimidad lo que nos permite distinguir entre un Estado democrático, por ejemplo, y uno despótico.

Esos son los tres elementos inseparables de los que debe dotarse todo Estado, a saber: la organización, el programa político y el sistema de legitimación.

Pero mientras que la organización material-o el Estado como técnica de poder-pertenece, en su historicidad, a la evolución de la civilización universal y, por lo tanto, es tomada como tal en todas las sociedades civilizadas, el proyecto político está determinado por las fuerzas constituidas en el seno de la sociedad, que se reflejan, en uno u otro sentido, en el seno del Estado. El Estado como política es, por eso, el reflejo de los movimientos sociales, de los equilibrios de fuerzas y de las coaliciones de intereses. Y, conforme estos movimientos representen más o menos los intereses del conjunto de la sociedad (como en el período de la lucha anticolonial) o los de la élites (radicales o conservadoras), cambiarán continuamente de contenido las estrategias y el sentido de la acción del Estado con relación a la sociedad.

En cuanto a la cristalización de las fuerzas históricas fundadoras del Estado -hoy, las naciones-, ésta tiene sus raíces profundas en las transformaciones efectivas de las aspiraciones de las sociedades humanas. Estas son, en efecto, el factor menos determinado y más cambiante y contradictorio, que ni las fuerzas políticas ni el Estado técnico pueden controlar. Esta realidad empírica-y, por lo tanto, opaca-, que ni siquiera es, en sí misma, política, es, sin embargo, la raíz profunda de toda política. En cambio, el sistema de legitimación es un hecho histórico, que no se deriva ni del modelo del Estado ni del modelo de las aspiraciones colectivas, sino que se crea y elabora a lo largo del tiempo, a medida que la conciencia del Estado y sus propias aspiraciones se identifican con las de la sociedad. La legitimidad no se encarga, no se inventa, aparece o no, según la evolución de la política en el seno de las sociedades y de los Estados, envueltos conjuntamente en un único y mismo proceso de civilización y modernización. El Estado político-o su proyecto de sociedad-depende tanto de la evolución de las estructuras de producción y consumo, de las ideologías y de las tradiciones de organización políticas y sociales, del principio ético, como de su capacidad efectiva de realización.

Sencillamente, esto quiere decir que la constitución de las fuerzas sociales no es obra del Estado. Este llega, o no, a controlarlas con sus propias estrategias, y en función de su evolución técnica y ética. En el caso en que no lo consiga, el Estado sigue siendo tributario de las solidaridades y "políticas" establecidas fuera de él y nunca llega a convertirse en el centro de una adhesión general o de una solidaridad nacional. La absorción de las solidaridades periféricas y parciales depende, pues, directamente, de la capacidad del Estado político para presentar y realizar un proyecto nacional que beneficie al conjunto de la sociedad. Por lo demás, la adquisición de la legitimidad por parte del Estado (forma universal) -vista como el resultado de su familiarización con la comunidad (particularidad histórica)-tiene, a estas alturas, mucho que ver con la seriedad, la moral y la actuación de las élites y dirigentes históricos. A la luz de este esquema examinaremos el carácter de lo que denominamos Estado árabe contemporáneo, su acción y sus fuerzas inspiradoras, para saber si se trata, como tendemos a pensar, de un Estado tradicional, sultánico y religioso, o más bien de un organismo histórico nuevo: en su estructura interna, sus métodos de acción, su programa social, sus finalidades y su ética general.

Si, en este ensayo, hemos privilegiado el análisis del Estado es porque éste aparece, a la vez, como el fin y como el instrumento de ese difícil proceso de construcción nacional. Pero el Estado es considerado aquí, antes que como un simple aparato, más bien como la materialización de principios éticos y sociales en función de los cuales se organiza la sociedad. Constituye el nudo y el cerebro que combina múltiples redes de solidaridad, de afinidad, de parentesco y de relaciones de intercambio, que constituyen la sociedad como unidad y organización.

Desde este punto de vista se ha hecho hincapié no en las estructuras, sino en el movimiento, el devenir y los cambios: allí donde actúa y razona el Estado, se civilizan las sociedades, se deshacen y hacen las historias de los pueblos, se buscan las naciones, se organizan los sistemas geoestratégicos y se construyen los aparatos y fuerzas políticas.

Pensamos, en efecto, que es difícil, tal como están las cosas, comprender el carácter del Estado en los países del Tercer Mundo, es decir, su sentido y su papel, al margen de las profundas transformaciones que, desde hace un par de decenios, experimenta el sistema internacional. Nos parece que el concepto de devenir, más que el de estructura, es el que mejor corresponde a la actual situación del mundo árabe, en perpetua agitación. Es, en nuestra opinión, el único concepto operativo en el plano metodológico, en cuanto hace más transparentes las múltiples rupturas, morales y materiales, que vive la sociedad árabe-y, en primer lugar, la fractura, que no deja de ahondarse, entre el Estado y la sociedad-, así como las distorsiones que atraviesan, por una parte, al Estado y, por la otra, a la sociedad, y que tienen muy poco que ver con estructuras culturales o sociológicas llamadas "tradicionales".

También nos parece cada vez más inoperante limitar el análisis del Estado a aspectos jurídicos y de ciencia política. No podrá dominarse el concepto de Estado más que si llegamos a comprenderlo de arriba abajo, es decir, por un lado, en sus relaciones con el sistema internacional de Estados, intercambios y comunicación, y, por otro, en sus relaciones (o, más bien, su interacción) con la sociedad civil, sus solidaridades parciales opuestas, los múltiples campos de sus intereses privados y la complejidad de sus contradicciones internas.

Eso significa que habrá que romper con la actual literatura política, que opone sistemáticamente "sociedad civil" y "Estado". Pensamos, en efecto, que, para comprender la política y desmontar sus mecanismos, no basta analizar al Estado tal como se presenta, sino que hay que identificarlo como un nudo de relaciones complejas, a la vez nacionales e internacionales, civiles y políticas, culturales y materiales. Vamos a analizar la constitución de este Estado a través de la vida de las comunidades y sus historias; de la evolución mundial de los dispositivos y técnicas del poder; de la eclosión del nacionalismo como espíritu que hace funcionar a esos dispositivos, forjando, al mismo tiempo, la unidad de los pueblos como realidad sociológica y la cohesión del Estado como lugar de adhesión general; de la crisis de este Estado y su ideología nacionalista; y, finalmente, de las perspectivas contradictorias que se perfilan en el sistema geopolítico y cultural internacional.