LOMÉ IV: ¿QUÉ ES LO QUE SE JUEGA POLITICAMENTE?

Christian Coméliau (*)

  1. En la difícil historia de las relaciones entre países del Norte y países del Sur desde hace unos treinta años, la cooperación entre la Comunidad Europea y los países ACP que se asociaron con ella constituye una experiencia original, que merece un examen detenido, por múltiples razones, la más importante de las cuales es, sin duda, que se trata del único ejemplo de convenio colectivo global de desarrollo concertado entre dos grupos de países soberanos.

    La renovación de la Convención de Lomé invita insistentemente a una reflexión de conjunto sobre lo que está en juego globalmente en esta cooperación y en su prolongamiento en el futuro, debido a las expectativas que legítimamente puede suscitar esta perspectiva.

    El objeto de este texto es proponer algunas referencias esenciales para esta reflexión de conjunto.

  2. En primer lugar es necesario darse cuenta del contexto global, mundial, en el cual se sitúa esta asociación, y que ya no es el de los comienzos de esta cooperación. Entre los componentes de este contexto parecen merecer una especial atención los siguientes hechos:

  3. Aunque el análisis se limite a las características principales del contexto global tal como se las conocía en el momento de la preparación de la nueva Convención de Lomé, ya se ve que esta preparación no podía reducirse a la puesta a punto de una serie de informes técnicos, por muy numerosos y detallados que fuesen. Estos informes sólo pueden apreciarse dentro de una problemática de conjunto que los relaciona entre ellos. Pero esta problemática, a su vez, se ilumina más si, más allá de las interrelaciones entre problemas globales e informes técnicos, se consigue despejar lo que verdaderamente se ventila políticamente en la Convención de Lomé.

    Considerado en esta perspectiva, en 1988-1989, el éxito de la negociación en absoluto estaba garantizado, sobre todo si se tomaba en serio las ambiciones anunciadas por la Comisión de Bruselas. Pues si se quería ir más allá del "desencanto" y de una renovación de rutina que remedia lo más urgente, si se quería proponer una alternativa creíble al mercantilismo y al paternalismo, si realmente se quería hacer de Lomé un "modelo" de renovación de las relaciones Norte-Sur, había que abordar el debate a un nivel mucho más profundo.

    Es a este debate sobre las cuestiones políticas que las notas a continuación esperan servir de introducción. Habida cuenta del contenido de la Convención firmada y de los acontecimientos internacionales acaecidos desde entonces, el mismo debate sigue siendo necesario hoy día. Las observaciones propuestas aquí parten de la idea de que, efectivamente, la asociación CEE-ACP puede ser la ocasión de una verdadera renovación en la práctica de las relaciones Norte-Sur. Pero esta renovación-es la propuesta esencial-provendrá menos de la novedad de las propuestas técnicas formuladas de una y otra parte por los negociadores que del espíritu y de las concepciones globales con las que estas propuestas serán aplicadas y las discusiones futuras serán abordadas. Y para bosquejar este espíritu y estas concepciones globales-es decir, para definir el sentido que se quiere dar, aquí, a las cuestiones propiamente políticas de la asociación-se tiene que volver a ciertas implicaciones, desgraciadamente elementales, de dos nociones básicas que son objeto de la negociación, a saber: el desarrollo y la cooperación.

  4. En primer lugar, el desarrollo. Los teóricos nunca han conseguido ponerse de acuerdo sobre una definición, y nosotros no necesitamos una disputa académica suplementaria. Pero en vista del contexto mundial anteriormente mencionado, ciertas exigencias esenciales del desarrollo tienen que ser recordadas:

    • a) No hay vía única, modelo necesario, del desarrollo: el pluralismo de las finalidades y de los medios tiene que ser reconocido como un derecho político fundamental de las colectividades. Hay, pues, y tiene que haberlo, varias maneras posibles de combinar los grandes objetivos de crecimiento, equidad, estabilidad, eficacia; varios modelos de consumo y varios modelos correspondientes de acumulación y de intercambio; varias concepciones de la organización social y política y de la identidad cultural. Después de todo ¿no implica el desarrollo novedad más que simple imitación de experiencias pasadas? Las consecuencias concretas de estas opciones son innumerables y no pueden ser descritas aquí; pero es importante comprender que estas cuestiones constituyen los verdaderos desafíos a largo plazo que deben resolver los responsables del desarrollo en cada colectividad. También es importante comprender que hay extrema urgencia en librarse del economicismo de las concepciones dominantes en el tema y en admitir que el desarrollo es mucho más que el crecimiento o incluso que el desarrollo económico, y que se trata de un fenómeno esencialmente social, cultural y político.

    • b) Si el desarrollo proviene de tales opciones hay que admitir, evidentemente, que estas opciones sólo pueden ser declaradas por la propia colectividad interesada o sus legítimos representantes. Esto implica que las otras colectividades o decisores exteriores reconocen este poder de elección a las colectividades, y también que éstas mismas tienen, a la vez, la capacidad y la 2)voluntad de concebir las alternativas, de declarar las opciones, de elaborarlas y de ponerlas en práctica. Y que nadie puede sustituirlas en estas exigencias.

    • c) Si el poder anteriormente mencionado es necesario e inalienable, también es necesario que la colectividad sea capaz de imponerlo como tal, es decir, de negociar con cualquier otra colectividad o decisor exterior (Estados, empresas, organizaciones multilaterales, asociaciones diversas) en posición de soberanía. Sería preferible decir "en posición de igualdad», pero eso seria poco realista en el contexto de las relaciones internacionales. La exigencia de soberanía se encontrará, desde luego, en materia de cooperación, pe l-~, primero es inherente al desarrollo mismo: la abdicación de soberanía es sinónimo de renuncia al desarrollo.

  5. Para hablar de cooperación, primero hay que olvidar el sesgo reductor y pervertido que ha recibido este término de «cooperación al desarrollo" en el vocabulario internacional, significando una ayuda unilateral (y supuestamente desinteresada) de los más ricos a los más pobres. El sentido etimológico del término es muy diferente: cooperar es trabajar juntos en una tarea determinada. En materia de desarrollo hay, pues, cooperación cuando dos o más colectividades soberanas deciden sumar sus fuerzas para realizar ciertos componentes de su desarrollo. El desarrollo de cada una de ellas: pues nada indica que el proceso sea unilateral y pretenda orientarse hacia el desarrollo de una sola de ellas; muy al contrario, tal pretensión seria sospechosa a priori y difícilmente compatible con el carácter necesariamente interno de las opciones de desarrollo. La cooperación implica, pues, normalmente, confrontación de dos procesos de desarrollo, cuyas exigencias pueden ser comunes, pero también contradictorias, puesto que se trata de dos colectividades soberanas (es decir, iguales en derecho, si no en realidad), con intereses distintos, que examinan juntas algunos de sus objetivos, problemas y proyectos y que deciden colaborar para responder a ellos.

    Seria inútil enumerar estas banalidades si las actuales prácticas de la seudoncooperación" no estuvieran tan alejadas de ello. Por eso, he aquí algunos principios elementales relativos a las bases de la cooperación:

    • a)En primer lugar, por lo que se refiere a la definición de su ámbito posible: la cooperación implica que las dos colectividades identifican bien zonas de interés común, bien zonas de intereses conflictivos entre los cuales se impone un arbitraje, bien un objetivo común que hay que realizar con relación a un socio o a una realidad exterior. La identificación de los intereses y de los objetivos perseguidos por cada uno de los socios es, pues, una condición previa indispensable de toda cooperación: nada autoriza a un socio a pretender que es desinteresado (lo cual siempre es falso), ni a afirmar que los intereses convergen sistemáticamente, y menos aún a presuponer los intereses y objetivos del otro. Pero ¿cuántas "cooperaciones", bilaterales o multilaterales, respetan en realidad esta condición previa?

    • b) En la puesta en práctica de la cooperación así delimitada, dos exigencias se imponen en la misma línea. Respetar el poder de decisión de cada colectividad sobre su propio desarrollo, es decir, las opciones que declara con respecto a sus valores, sus finalidades y sus medios; el solo hecho de sustituir a este poder equivale a hacer imposible el desarrollo de esta colectividad. Se ve que, en la práctica, esta primera exigencia va muy lejos. Respetar también el derecho de control mínimo de cada uno sobre el comportamiento de su vecino, sin el cual la cooperación no puede ser viable: aquí se ve todavía más cuán alejada está esta regla de las actuales prácticas de "condicionalidad", cuando un socio impone al otro acomodarse a una norma de gestión económica, incluso a una regla de democracia. El abuso, hay que entenderlo bien, no consiste en el hecho de imponer tal condición (por ejemplo, a la concesión de un préstamo), sino en el hecho de imponerla unilateralmente, es decir, sin admitir el derecho a la reciprocidad. ¿Falta de realismo? Puede ser, en el mundo actual; pero uno no ve qué norma podría prohibir a un país "bajo condicionalidad" exigir del FMI, por ejemplo, que, en reciprocidad, desempeñe verdaderamente su papel de árbitro en vez del de abogado de una sola de las partes. Desde luego, se está muy alejado de ello en la práctica.

  6. De estos principios básicos se derivan por lo menos dos exigencias metodológicas:

    • a) Necesidad de un análisis lo más preciso posible de los intereses a la vista y de su carácter convergente, complementario o conflictivo. Los intereses de que se trata no son, por lo demás, sólo los de las colectividades nacionales consideradas como entidades, sino también, y sobre todo, los de los grupos sociales que las componen, de los actores relacionados con ellos, de las fuerzas exteriores que pueden apoyarlos o combatirlos, etc. Más ampliamente, una mejor concepción de las políticas de cooperación-en Lomé o en otra parte-requeriría un análisis más detenido de las relaciones de fuerzas e intereses a la vista en todo el mundo. Además hay una justificación lógica de la necesidad de un mejor análisis en este terreno: si el desarrollo es, primeramente, un proceso interno de la colectividad interesada, uno de los asuntos privilegiados que se presentan a la cooperación es, sin duda, el mejoramiento de las condiciones internacionales del desarrollo, tal como se derivan de las relaciones internacionales existentes o que son de prever; el análisis de éstas, en términos de lo que se ventila y de intereses a la vista, parece, pues, indispensable.

    • b) Necesidad, luego, de una visión de conjunto sobre el proceso de desarrollo tal y como se presenta entre los diversos socios implicados, y no sólo en uno de ellos, o grupo de ellos, que se trataría de "ayudar". Esta visión de conjunto exige, en primer lugar, un análisis global del desarrollo, como problema social, y no sólo en sus aspectos económicos (y también estrechamente mercantiles), con vistas a una comparación de los problemas planteados, y después, a una identificación de las zonas de cooperación posibles. También exige un análisis del conjunto de los socios, una vez más porque la cooperación por establecer pasa necesariamente por el conjunto de estas relaciones (industriales, comerciales, financieras, científicas. diplomáticas, etc.) y no por un sector especializado en las transferencias unilaterales so pretexto de ayuda al desarrollo. Tal visión de conjunto tal vez desemboque-la cuestión sigue estando abierta-en el replanteamiento de ciertos conceptos o prácticas hasta ahora indiscutidas en las relaciones económicas internacionales.

  7. Se puede concluir recordando primero el punto de partida de esta reflexión introductoria. Ahí se insinuaba que la preparación de Lomé IV no se satisfaría con una elaboración minuciosa de los múltiples informes técnicos implicados, ni siquiera con una coherente articulación de conjunto de esos informes técnicos entre sí, y que hacía falta una reflexión de fondo sobre lo que realmente estaba en juego políticamente en el debate. Las observaciones anteriores no bastan, evidentemente, para esta reflexión de fondo, pero quizá insinúen la verdadera dimensión del problema planteado.

    Este puede resumirse en los siguientes términos. La verdadera cuestión política de la asociación de Lomé es una "definición, elaborada en común de las perspectivas de desarrollo de cada uno de los socios (o grupos de socios) implicados, en la que cada uno toma en consideración las relaciones de intereses (convergentes o conflictivos) que lo conectan con los demás, así como el nuevo contexto del desarrollo en el mundo y los retos que éste trae consigo. Más arriba se han mencionado algunos de estos retos, principalmente con respecto a la restauración del pluralismo en las finalidades del desarrollo y con respecto al reconocimiento recíproco de la soberanía, que puede fundamentar una nueva cooperación.

    Si los socios de Lomé, en el Norte como en el Sur, consiguieran avanzar por este camino, sin duda habrán sentado las bases de lo que es el objeto implícito de su negociación: la emergencia de una perspectiva de codesarrollo. En tal caso habrán innovado, y habrán vencido el desencanto.


(*) Universidad de Ginebra