Segunda Parte

EUROPA Y EL ÁFRICA

SUBSAHARIANA


DE LOMÉ AL GOLFO Y AL MEDITERRÁNEO: LOS DESAFÍOS DE UN NUEVO ENFOQUE DE LA CEE

Myriam Vander Stichele (*)

La firma de la primera Convención entre la Comunidad Económica Europea (CEE) y los países del África subsahariana, del Caribe y del Pacífico (ACP), en Lomé (capital de Togo), en febrero de 1975, debía su importancia al conflicto entablado entonces entre los países industrializados y los países llamados en vías de desarrollo. El primer choque de los precios petroleros iniciado por la acción de algunos países-la mayor parte de ellos árabes-, coordinada en la OPEP, había puesto de manifiesto cuán dependientes del petróleo y de las materias primas eran los países industrializados. Esto había inspirado una estrategia y un poder de negociación a un grupo de 46 ex-colonias-entre ellas Nigeria, productor de petróleo-a punto de negociar un nuevo acuerdo con la Comunidad Europea. De ello resultó que los Estados miembros fueron arrastrados a hacer más concesiones de lo que habían previsto. En consecuencia, Lomé I fue acogido por la novedad de sus instrumentos de cooperación, que incluían preferencias comerciales, compensaciones por pérdida de rédito de la exportación de productos agrícolas, proyectos de desarrollo a iniciativa de los países ACP, etc., en un contrato de cinco años. La Convención de Lomé fue presentada por la CE y sus países miembros como un modelo de cooperación y de nuevas relaciones NorteSur y suscitó las esperanzas de los países en vías de desarrollo.

Después de la firma de las Convenciones siguientes-hasta Lomé IV, en diciembre de 1989-, la Convención de Lomé sigue siendo, para la Comunidad Europea, la imagen emblemática del diálogo Norte-Sur, pero sin que esto reciba mucha atención o seguimiento. Aunque Lomé contenga instrumentos de cooperación con los que no se beneficia ningún otro (grupo de) país(es) no industrializado(s), la Convención no ha tenido un resultado tan satisfactorio como dicen la CE y sus Estados miembros. Esto lo explica Bruno Carton en su artículo, donde traza el historial y el balance de las tres Convenciones de Lomé.

En un contexto más reciente, en que la Comunidad Europea teme que la inmigración magrebí se torne imposible de absorber y que su aprovisionamiento de petróleo sea puesto en peligro por conflictos, la CE tiende a intensificar su cooperación económica con los países del Mediterráneo y del Golfo para garantizar su seguridad. Como señala Bichara Khader, la Comunidad ya ha llegado a un acuerdo en su seno sobre una Política Mediterránea Renovada para "su jardín" más cercano. Los instrumentos y la filosofía económica de esta "política renovada" presentan una semejanza con los de la IV Convención de Lomé, tal como, por ejemplo, la ayuda no programada reservada para el apoyo a las reformas económicas (sobre todo, a los programas de ajuste estructural), la importancia dada al sector privado y al mercado libre, y al perfeccionamiento de los recursos humanos, el apoyo financiero a la planificación familiar, la cooperación técnica en lo que concierne a la protección del medio ambiente (por ejemplo, del Mediterráneo), etc. Si Lomé IV sigue estando mucho más elaborada que la Política Mediterránea Renovada, ¿por cuánto tiempo más podrán los países ACP gozar de más privilegios que los países de la región árabe limítrofe de Europa? En su enfoque de política activa de la posguerra del Golfo para Oriente Próximo, la Comunidad tiene la intención de incluir provisiones de fondos de ayuda económica junto a otras iniciativas políticas y de seguridad regional. Los países del Golfo podrían sin duda estar tentados a tomar la Convención de Lomé como ejemplo para una cooperación más amplia de parte de la CE.

Por eso, un análisis crítico del texto de Lomé IV (ver el posterior artículo de Myriam Vander Sticbele, cap. III) puede ser útil para ambos espacios. Las experiencias de las Convenciones anteriores permiten mostrar las lagunas de los instrumentos incluso renovados y los peligros de las novedades de esta Convención. Junto a la identificación de los problemas a los que deberán hacer frente los 69 "socios ACP" en la aplicación de la nueva Convención, las críticas pueden indicar, por otra parte, los aspectos que merecen una advertencia en la Política Mediterránea Renovada o en cualquier otra ayuda económica para el mundo árabe. Habrá que evitar, cueste lo que cueste, que los países árabes se encuentren en una relación de clientelismo con respecto a la CE, como los países ACP hasta ahora.

La estrategia fundamental: el vacío

A la vista del estado actual de la economía está claro que la Convención de Lomé no ha ayudado a África a superar su especialidad agrominera. En un momento en que se consideraba que la industrialización era una etapa importante del desarrollo, los países de la CE no tuvieron la voluntad política de poner a disposición de la Convención recursos suficientes para hacer evolucionar a los ACP hacia otro estadio económico. En una época en que los países industrializados entran plenamente en una economía de servicios sin que Lomé IV prevea por lo demás medios adecuados a los ACP para aceptar este desafío, uno se puede preguntar sobre qué estrategia de desarrollo se apoya la Comunidad en sus acuerdos con los países del Sur.

El artículo de Christian Coméliau pone claramente de manifiesto qué cuestiones y problemas fundamentales debe abordar un acuerdo que pretenda apuntalar el desarrollo. Hallar una estrategia adecuada a la dimensión del desarrollo de los pueblos, en todas sus aspiraciones, exige superar el economicismo que domina cualquier idea de progreso en los acuerdos Norte-Sur. A pesar de unos pocos y excepcionales pasajes filosóficos, y de la introducción de los instrumentos de cooperación cultural y social en la III y IV Convención de Lomé, ni la Comunidad ni los países del Sur se han lanzado hasta ahora a tal ejercicio. Muchas condiciones previas del desarrollo deberán ser examinadas y aclaradas en un diálogo abierto antes de que la Comunidad y una o varias contrapartes árabes se metan en una colaboración concreta de desarrollo o de transformación económica.

Las negociaciones de la última Convención han mostrado cuán reticentes son los Estados miembros a un diálogo semejante, orientado hacia una visión global, que implicaría un análisis de sus propias políticas. Por lo contrario, la filosofía de la Comunidad se ha orientado hacia los programas de ajuste estructural del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. El ejemplo más claro es la facilidad de obtener el apoyo al ajuste estructural (AAE), que ha sido incluido en Lomé IV y en la "política mediterránea renovada». Uno de los criterios de elegibilidad es que los países que emprenden programas de reformas con el apoyo financiero o la aprobación de las instituciones de Bretton Woods podrán obtener automáticamente el AAE. En la nueva Convención de Lomé, algunos artículos deberían proteger un enfoque distinto, pero no contrario, a los programas de ajuste estructural (PAE) del Banco Mundial y del FMI y dejar más iniciativas a los países ACP, incluso a los que no tienen un PAE con las instituciones mencionadas. Ahora bien, el 13 de febrero de 1991, la Comisión firmó un acuerdo con el Banco Mundial, sin informar de ello al Consejo de la CE ni al Secretariado ACP, para confirmar la participación financiera de la Comunidad en la segunda fase del Programa Especial de Ayuda a África (SPA-II) coordinado por el Banco Mundial, al que están asociados todos los donadores occidentales para el período 1991-1993. Esta contribución ascenderá aproximadamente a mil millones de ECU en calidad de recursos de la Convención de Lomé IV previstos para el AAE y los acuerdos con cada país ACP. Reconociendo que, en la primera fase de este programa especial, alas verdaderas cuestiones de políticas de desarrollo a largo plazo, así como los problemas ligados a la problemática del ajuste estructural no han tenido más que un espacio limitado en los debates", la Comisión dice que, en la segunda fase, tendrá más posibilidades de garantizar un enfoque más realista y social, y tiene intención de especializarse en la educación y la salud. Esta influencia deseada no está de ningún modo garantizada, y la participación en la SPA-II permite dudar si todos los artículos que especifican la puesta en marcha del AAE están aplicados (ver más adelante el artículo de Myriam Vander Stichele).

Con todo, un tabú ha caído en los discursos políticos de los ministros de la CE y de la Comisión. Tras los cambios en Europa Oriental, estos discursos han destacado la importancia de los derechos humanos, de la democracia y de las reformas políticas. Esto ha conducido a la discusión de una política comunitaria en este sentido y a la incorporación de estos temas en los objetivos de la Política Mediterránea Renovada. El aspecto negativo ligado a esta nueva actitud es el vínculo directo establecido entre democracia y reestructuración económica hacia un libre mercado, la condicionalidad de la ayuda, el peligro de hacer demasiado hincapié en la democracia y menos hincapié en las responsabilidades de los países industrializados, y la insuficiente atención puesta en los derechos de los pueblos en comparación con los derechos humanos.

Por lo que se refiere a los derechos humanos, la Comunidad ha podido evidenciar en el texto de Lomé IV la importancia de estos derechos en el proceso de desarrollo, a pesar de las objeciones de los países ACP. Se prevé que organizaciones (gubernamentales y no) y ayudas técnicas (por ejemplo, para mejorar los procedimientos jurídicos) que refuerzan los derechos humanos reciban un financiamiento en el marco de la Convención. Tales medidas concretas no existen o son mínimas en la "política mediterránea renovada-" y otros acuerdos de cooperación. Por lo demás, los procedimientos para una intervención de la Comunidad en caso de violación de los derechos humanos en absoluto están claramente elaborados. Las acciones posibles por la intervención de la Asamblea paritaria ACP-CE (ver Lomé Breifing núm. 13) han sido hasta ahora muy limitadas. Las experiencias muestran claramente que los procedimientos en el campo de los derechos humanos y de los pueblos-que quedan por elaborar bajo la Convención de Lomé, pero también para otros países con los que la CE concierta acuerdos-deben ser más independientes, abiertos y asequibles que los que existen hoy, para evitar cualquier explotación u obstrucción política y diplomática del problema y para garantizar una reciprocidad en lo que concierne a la violación de estos derechos en la Comunidad Europea y por ella.

Una cooperación económica de primer grado

Incluso en el nivel económico de la cooperación al desarrollo hay graves carencias. La Comunidad Europea dice que no puede abordar todos los problemas del desarrollo en sus acuerdos de cooperación. Pero las lagunas inducen a preguntarse si la CE tiene intención de resolver alguno de los problemas económicos importantes de los países no industrializados. De los artículos de este libro resulta que, ni por la Convención de Lomé ni por la política mediterránea, la Comunidad invierte recursos para resolver más substancialmente los problemas que obstaculizan la transformación estructural en los países implicados, tales como:

Es indiscutible que todos estos aspectos también tienen dimensiones internas de los países. Sin embargo, la Comunidad Europea y sus Estados miembros siguen teniendo importantes palancas que podrían quitar de en medio numerosos obstáculos económicos para las transformaciones en los países del Sur. Se espera mucho más de la CE, no sólo otro diálogo con los países firmantes de acuerdos, sino también otros instrumentos y otro funcionamiento de los acuerdos de cooperación económica; más aún, un cambio de su política interna y externa en muchos campos. Esto se refiere concretamente a su política agrícola, a su política de investigación y de aplicaciones industriales, de unión política y monetaria de la Comunidad, así como a su posición en las negociaciones comerciales del Mercado Unico, del GATT Ronda Uruguay, con los países ACP y los países de Europa central y Oriental. Eso se refiere sin duda también a las decisiones tomadas por sus Estados miembros en las instituciones de Bretton Woods (FMI y Banco Mundial) o en el Grupo de los Siete. Hay demasiado poca coherencia entre la política de cooperación al desarrollo y la política (económica) exterior de la Comunidad, y entre estas políticas y las de sus Estados miembros individualmente considerados.

Ampliar el campo de la política y de las acciones

Ciertos instrumentos de la Comunidad con relación a los países del Sur podrían proporcionar una ayuda real en su proceso de desarrollo. Un ejemplo es la ayuda a la cooperación regional que figura en la Convención de Lomé, incluida en la Política Mediterránea Renovada y en la cual la CE hace hincapié en sus planes de cooperación con el mundo árabe después de la guerra del Golfo. Sin embargo, en el pasado, los ACP utilizaron poco estos fondos, sobre todo en África, excepto la Conferencia para la Cooperación y el Desarrollo en África Austral (SADCC). La integración regional no es, por cierto, una solución a todos los problemas, por ejemplo, en lo que se refiere a la necesidad de divisas para reembolsar la deuda. También tiene sus propios desafíos: por ejemplo, la diversificación coordinada, la opción por el mercado interior o exterior, la conexión de infraestructura, y, sobre todo, una política regional mejor definida de parte de los países del Sur en un período en que importantes bloques comerciales surgen en los continentes americano, europeo y asiático. En resumidas cuentas se trata de arbitrar las relaciones y las dependencias necesarias para satisfacer las necesidades de desarrollo de la población. Eso no concierne sólo a las cuestiones económicas, sino también a un modelo de desarrollo arraigado en la cultura de las poblaciones.

Otro de los problemas cruciales es el mal conocimiento del funcionamiento de la Comunidad por sus contrapartes. En lo político existen órganos que permiten un diálogo hasta el nivel ministerial, como, por ejemplo, el Consejo de ministros ACP-CE, que se reúne una vez al año, el diálogo político con la Unión del Magreb Árabe y en el Consejo CE-Consejo de Cooperación del Golfo. Estos contactos han sido insuficientemente aprovechados hasta ahora por los países del Sur. Una estrategia y un frente más unidos podrían sacar mucho más de la CE y promover el desarrollo de las ideas progresistas que circulan en ella.

Las poblaciones de una y otra parte están también mal informadas sobre los acuerdos de ayuda económica y de cooperación al desarrollo, de modo que sus potencialidades siguen estando inexploradas.

El debate por un mejoramiento de la cooperación y de la ayuda europea no puede limitarse al ámbito político y diplomático ni al de negocios. Tres Convenciones de Lomé han demostrado que la falta de participación directa de la población implicada desde el comienzo de la cooperación, incluso en la fase de las negociaciones, se refleja en instrumentos y acciones que responden mal a los desafíos de los problemas y a las aspiraciones de desarrollo. los textos de Lomé IV intentan nrmediar este enor, pero su aplicación se presenta digicil y las discusiones al respecto se hacen con poca concertación con el mundo no gubernamental.

En la Comunidad Europea, la voluntad política para un nuevo enfoque solidario a largo plazo deberá proceder de su población, o, al menos, ser aceptada por ella. ¿Está el pueblo europeo dispuesto a ello? ¡He aquí un reto para la democracia! Más análisis e informaciones deben ampliar el debate al que este libro quiere contribuir.


(*) Investigadora. Comité de enlace ONG-Comunidad Europea (Bruselas)