LA COOPERACION DE LA UNION SOVIETICA CON LOS PAISES ARABES

Ratchik Avakov (*)

Al término de la segunda guerra mundial, la derrota de Alemania y de Japón y el desenlace victorioso para la Unión Soviética pusieron a ésta en la delantera del escenario político mundial, elevándola al rango de segunda superpotencia. Sus intereses en lo tocante a política exterior y a comercio exterior se acrecentaron proporcionalmente. En adelante, ningún problema internacional, ni siquiera regional, podría ser resuelto sin su participación en uno u otro grado. Ahora estaba en una situación histórica y política totalmente nueva, que exigía de ella una nueva estrategia y nuevas tácticas en materia de política internacional.

Esto se refería muy particularmente a las cuestiones de política y de cooperación económica de la Unión Soviética con los países árabes, una región muy cercana a sus fronteras. Durante los 45 años de posguerra, la posición soviética sobre estas cuestiones experimentó una evolución compleja y llena de contradicciones, determinada tanto por factores de desarrollo interno como por las vicisitudes de la situación internacional y de la región aludida.

La cooperación económica, científica y técnica ha desempeñado un papel no desdeñable en las relaciones entre la URSS y los países árabes. Sin embargo, desde el principio, lo predominante fueron los intereses militares de la URSS. Comenzaremos con ellos.

La política soviética en los países árabes

La problemática árabe es un tema extremadamente amplio y complejo, aún si se lo aborda sólo a través de la política soviética. Es evidente que un breve artículo no reflejará toda su complejidad, por lo que nos limitaremos a bosquejar sus grandes rasgos. Así pues, hemos delimitado tres grupos de cuestiones, que nos parecen primordiales:

a) La URSS y la descolonización de los países árabes

Al término de la segunda guerra mundial, el enfrentamiento entre las fuerzas aliadas y las fuerzas fascistas y militaristas fue reemplazado por otro enfrentamiento, esta vez político, entre dos sistemas sociopolíticos, representados por dos superpotencias: Estados Unidos y la URSS. Este enfrentamiento tuvo una influencia fundamental en la elaboración de la política soviética (lo mismo que en la de Estados Unidos y las metrópolis occidentales) respecto al movimiento de liberación nacional de los pueblos árabes y en el establecimiento de relaciones políticas y diplomáticas con los nuevos Estados árabes. Recordemos también que, a diferencia de Estados Unidos y de las potencias coloniales (Inglaterra y Francia), que entonces tenían enormes intereses militares y económicos en esta región, la Unión Soviética no tenía aún más que vínculos muy tenues, apenas nacientes.

Aquí no se trata de explicar las razones que llevaron a los diversos grupos de Estados al enfrentamiento: Pero por lo menos una cosa está clara: tanto el Este como el Oeste son responsables de ello, y la "guerra fría" es el resultado de una lucha desatinada entre los dos bloques político-militares, en la cual todos los medios eran aptos para agravar el recelo y la tensión. Si Inglaterra y Francia, que habían perdido sus imperios coloniales, no tenían más remedio que llorar su grandeza pasada, Estados Unidos tenia una posición muy diferente, que se manifestaba en intenciones expansionistas a escala planetaria cada vez más patentes.

Se puede decir que la política soviética unía un fundamento moral con objetivos obvios encaminados a extender su influencia política, objetivos inherentes a toda gran potencia, especialmente en caso de conflictos abiertos con adversarios poderosos.

Por un lado, la Unión Soviética se esforzaba sinceramente por apoyar al movimiento de liberación de los árabes. Este apoyo respondía al credo moral de los pueblos de la URSS, a quienes su historia, sus destinos, sus tradiciones y su experiencia inducían moralmente a estar al lado de los pueblos en lucha por su independencia. A este respecto hay que señalar la constancia de la posición soviética, por ejemplo, en el momento de la discusión de las cuestiones marroquí y tunecina en la ONU, en la primera mitad de los años 50. Se fundaba en el hecho de que no se trataba de un problema interno (puramente francés), sino internacional, y de que había que tomar en cuenta el derecho de los pueblos tunecino y marroquí a la autodeterminación y a la independencia.

La URSS continuó defendiendo este principio durante los tumultuosos debates sobre la cuestión argelina. Los acontecimientos demostraron que sólo el reconocimiento del derecho del pueblo argelino a la independencia permitió detener la efusión de sangre y resolver este grave problema.

Por otro lado, el Estado soviético, cuyo carácter totalitario y cuyas ambiciones en lo tocante a política exterior se habían asentado todavía más con la victoria sobre la Alemania hitleriana y el Japón militarista, intentaba, con declaraciones en favor de los movimientos de liberación nacional, apropiarse de esta moral y disimular así sus objetivos expansionistas, que crecían desmesuradamente. Esta ambigüedad moral-política muy particular se manifestaba en sus empeños para establecer vínculos (políticos y otros) con los países árabes independientes y hacer de ellos sus aliados en el enfrentamiento global con Estados Unidos y Occidente. El apoyo suministrado entonces por la URSS a los pueblos árabes, las acciones concretas y las declaraciones en favor de los países recientemente independientes le proporcionaron, indiscutiblemente, dividendos nada despreciables. A medida que se desintegraban los imperios coloniales del Oeste y nacían nuevos Estados independientes, el mundo árabe se abría cada vez más a la Unión Soviética. Ya en 1944, durante la guerra, fueron establecidas las primeras relaciones diplomáticas con dos antiguos protectorados franceses: Siria y Líbano. En 25 años de posguerra fueron establecidas relaciones semejantes con catorce de los mayores Estados árabes, con la única exclusión de ciertos Emiratos árabes.

Era un éxito indiscutible, tanto desde el punto de vista de las relaciones bilaterales como desde el punto de vista estratégico internacional. Siguiendo esta estrategia, la URSS se esforzaba por establecer vínculos diplomáticos con todos los países recientemente independientes, sin dejar de privilegiar las relaciones con los países en vías de desarrollo llamados "de orientación socialista". Hay que subrayar, de paso, que la elección de esta orientación se hacía mediante una ayuda muy activa y muy diversificada de parte del Estado soviético. Todo esto muestra de manera bastante clara la influencia de los objetivos ideológicos sobre la política exterior de éste.

Hubo que cambiar de prioridades varias veces, en la medida en que se manifestaba que la orientación socialista era un fenómeno fluctuante, y que en los países que la habían escogido, los árabes en particular, ocurrían toda clase de convulsiones. Cuando la orientación socialista estaba alicaída en tal o cual país (a causa de contradicciones internas o a causa de golpes de Estado), la ideología recuperaba inmediatamente sus derechos: en todos los casos y de la misma manera, todo el sistema de relaciones de la URSS con el país aludido se derrumbaba. Dicho de otro modo, la política exterior de la URSS, en particular para con los países árabes, era completamente tributaria de la situación interna de éstos. Ese era uno de sus puntos débiles. El Egipto de Sadat, el Sudán de Numeyri, el Iraq y sus sucesivos presidentes son convincentes ejemplos de ello. Por regla general, la Unión Soviética, lo mismo que, por lo demás, sus socios socialistas, manifestaba una gran intolerancia ideológica. Y esto le impedía abordar con calma los conflictos complejos en las relaciones entre las dos partes, teniendo en cuenta los verdaderos intereses de cada una de ellas, cuando no era la crisis misma el resultado de una demasiado grande "ideologización" de las relaciones. Ambas partes sufrían las consecuencias de ello, los contratos eran rotos, y a veces hasta la cooperación dejaba su lugar al recelo y al odio.

El apoyo de la Unión Soviética proporcionaba indiscutiblemente muchas ventajas al mundo árabe, especialmente a los nuevos Estados recientemente independientes. El hecho de proclamar su independencia no zanjaba automáticamente todos los problemas derivados de sus relaciones con las antiguas metrópolis y con el Oeste en general, el cual no estaba dispuesto a abandonar sus posiciones sin compensaciones. Además, entre ambos surgían problemas; sus relaciones eran a veces tormentosas y estaban llenas de complicaciones, contradicciones y conflictos. En estas condiciones, los países árabes tenían, por supuesto, interés en poder contar con la URSS. Esta, por su parte, tenía interés en ganar a su causa al mayor número de países árabes u otros países en vías de desarrollo en su lucha global contra el Oeste. La URSS era, para ellos, una fuerza a la cual podían dirigirse en caso de necesidad; era un socio natural, un partidario y hasta un aliado.

A la luz de lo que hemos visto era natural que, para todo lo que atañía a los intereses nacionales de los países árabes, la URSS estuviera del mismo lado de la barrera. Así, apenas independientes, Siria y Líbano exigieron la retirada de todas las tropas extranjeras (francesas e inglesas) de su territorio; la lucha no fue fácil, pues chocaba con la resistencia de las metrópolis; hasta hubo combates militares. La Unión Soviética apoyó las exigencias de estos países, cuyos intereses coincidían con su propio interés: preservar la seguridad de sus fronteras meridionales. En su nota del 1 de julio de 1945 y en el transcurso de los debates sobre esta cuestión en el Consejo de Seguridad de la ONU insistió en la necesidad de resolver esta cuestión satisfaciendo las exigencia legítimas de Siria y Líbano. Esta postura fue importante, pues era la primera acción política de envergadura de la URSS en el mundo árabe desde la guerra; más tarde determinó la política soviética en este tipo de situaciones. Cuando Egipto, Iraq y, poco después, Libia exigieron a su vez la evacuación de las tropas extranjeras, la URSS se atuvo invariablemente a esta posición.

En las condiciones de la guerra fría, cuando estallaban crisis en Oriente Próximo, la posición soviética estaba dictada, en primer lugar, por la posición de Occidente, y por la de Estados Unidos en particular. Esto es cierto también para los Estados occidentales, que, indefectiblemente, tomaban la posición contraria a la de la URSS. Como Occidente intentaba conservar y hasta ampliar sus intereses acumulados durante siglos en los países árabes, era lógico que hubieran choques con los renacientes Estados árabes. Esto simplificaba la opción de la URSS, la cual, en la mayoría de los casos, se dejaba llevar entonces por sus tendencias antioccidentales y antinorteamericanas, al coincidir sus propios intereses con los de los países árabes. Las demás consideraciones pasaban a segundo plano; poco importaba si la política occidental era justificada o legítima, política que, por lo demás, funcionaba a su vez según el mismo principio. Era, pues, prácticamente imposible poner de acuerdo los puntos de vista y, menos, resolver los problemas. Sin embargo, detrás de esta situación aparentemente artificial y subjetiva se ocultaban intereses contradictorios reales, que se manifestaban en todos los campos, y particularmente en el polvorín de Oriente Próximo. Esto se podría resumir con la fórmula: a dos mundos - dos políticas".

Así, cuando Occidente lanzó las ideas del amando de Oriente Próximo", del pacto de Bagdad y de la doctrina Eisenhower, la URSS reaccionó en seguida criticándolas y rechazándolas y calificando estos planes de antisoviéticos y antiárabes. Por lo tanto, nunca fueron realizados, y, de todos modos, no podrían haberlo sido, al llevar demasiado el sello de la pasada época colonial. La política árabe de la Unión Soviética era comprendida y apreciada en el mundo árabe, aunque a veces suscitaba un cierto escepticismo, si no dudas o recelo. Con todo, contribuyó globalmente al proceso de descolonización de esta región, sin dejar de estar dirigida sobre todo contra las potencias occidentales.

Esta política se realizó concretamente durante la crisis de Suez, en 1956. Los hechos son bien conocidos: desde el principio, la URSS condenó la acción de Israel, Gran Bretaña y Francia contra Egipto, calificándola de triple agresión: exigió su cese inmediato y la retirada completa de tropas del territorio egipcio. También se sabe, y numerosos documentos dan prueba de ello (las actas de los debates de la ONU durante la crisis de Suez, las declaraciones de los jefes de Estado y de los dirigentes políticos, las opiniones expresadas por los especialistas), que el fracaso de esta triple agresión fue, en primer lugar, el resultado de las acciones decisivas del gobierno soviético. Suez fue un momento crucial que confirmó el prestigio de la URSS a los ojos del mundo árabe y de los movimientos de liberación nacional de los pueblos de Asia, África y América Latina. Durante esta crisis se planteó con fuerza a los ojos del mundo el problema de la legitimidad de la nacionalización de bienes extranjeros por Estados recién liberados del yugo colonial, y de su soberanía sobre su territorio. A primera vista, la proposición occidental de poner al Canal de Suez bajo control internacional parecía convincente, porque se apoyaba en el hecho de que lo utilizaban decenas de países y que, por consiguiente, era peligroso nacionalizarlo y, por lo tanto, confiar su gestión a un solo Estado. Sin embargo, este argumento apenas ocultaba los verdaderos objetivos de las antiguas potencias coloniales, que querían conservar sus bastiones. No tenía ninguna posibilidad de éxito en un momento en que en el orden del día de la vida internacional figuraban la consolidación de la independencia nacional y la preeminencia concedida a la autodeterminación de las naciones. He ahí porqué la política árabe de la URSS respondía tan bien a los intereses y preocupaciones de los pueblos de la región.

En este período de posguerra y de movimientos de liberación nacional, la posición de la URSS sobre las cuestiones que atañían a los intereses árabes creaba amplias posibilidades de cooperación y de amistad con estos países. Más tarde hablaremos de la cooperación económica, científica y técnica. Ahora observaremos simplemente que esta política fue sellada en las décadas de los 60 y los 70 por una serie de tratados de amistad y cooperación: con Egipto, Iraq, Siria, Argelia ...

b) El conflicto de Oriente Próximo y la cuestión palestina

El conflicto de Oriente Próximo, que se acerca a su funesto quincuagésimo aniversario y que confunde los intereses divergentes de decenas de países implicados, se ha convertido en tal nudo de contradicciones que hoy es difícil delimitarlo. Constantemente aparece un hecho nuevo, inesperado, imprevisible. ¿Cómo definir el conflicto de Oriente Próximo? Sin duda alguna, su epicentro es la cuestión palestina, pero no se lo puede reducir sólo a ella. Pues hasta una solución justa de este problema no traería la paz y la calma a la región, aunque se trataría de un enorme paso adelante. ¿Qué se puede considerar como una solución del problema palestino? Sólo una cosa es segura, y es que el pueblo palestino tiene derecho a la autodeterminación y a la independencia. Incluso si Israel reconoce este derecho surgirá una infinidad de cuestiones complejas, como, por ejemplo, la cuestión territorial. Aquí consideramos el conflicto de Oriente Próximo como el que pone frente a frente a Israel y a los países árabes limítrofes y abarca la cuestión palestina.

Desde luego, cualquier situación conflictiva en Oriente Próximo y en el mundo árabe puede tener consecuencias sobre la solución del conflicto de Oriente Próxirno, o, al contrario, ser una consecuencia de este conflicto, pero aquí nos limitaremos a nuestra noción relativamente estrecha. Por eso, por ejemplo, dejaremos de lado la guerra Irán-lraq, la agresión de Iraq a Kuwait, exactamente lo mismo que la crisis de Suez fue estudiada aparte.

¿Cuál fue, pues, la posición de la Unión Soviética en esta situación compleja, en constante evolución, y que desgraciadamente no marcha en la buena dirección? ¿Cuál fue su política hasta estos últimos años, la rectificó, y cuáles son los grandes rasgos de su evolución? ¿Qué se puede decir de esta política con respecto a la solución del conflicto?

Lo menos que se puede decir de ella es que fue, globalmente, lógica y consecuente. Incluso se podía decir que es su principal cualidad, si uno se remite a Bismarck, quien consideraba que cualquier línea de conducta es mejor que una política de indecisión y dilaciones. Pero la desgracia es que precisamente la URSS no supo dar pruebas de flexibilidad en este conflicto: se atuvo siempre a una posición simplista y desprovista de todo matiz.

Recordemos las etapas de esta crisis y la evolución de la política soviética al respecto. Previamente hay que subrayar que esta política no estaba determinada únicamente por la evolución de la crisis misma. Como ocurrió con numerosos otros conflictos regionales, la posición soviética se formaba en el contexto de la estrategia global de la URSS y de sus posiciones de principio en las cuestiones relativas a los movimientos de liberación nacional. Es decir, era el producto de estos dos factores.

La primera etapa va desde la aprobación de la resolución 181/2 de la Asamblea General de la ONU sobre la división de Palestina en dos Estados independientes (29 de noviembre de 1947) y la proclamación de la independencia de Israel el 15 de mayo de 1948 hasta la crisis de 1967. Revela tres momentos importantes en la política:

c) La perestroika y la política árabe de la URSS

Es sabido que la política exterior soviética ha experimentado en estos últimos años transformaciones que se apoyan en los principios de la nueva mentalidad política. ¿Es posible afirmar que esto también se refiere a uno de sus aspectos más importantes: la política respecto al mundo árabe? Para ser más exacto: ¿se trata del comienzo de la "perestroika" [reestructuración. Nota del t.] fundamental de la política árabe de la URSS, o es sólo un balbuceo que atañe a algunos detalles? He aquí un ejemplo reciente: la actitud de la URSS durante la agresión de Iraq a Kuwait. Si este acontecimiento hubiera ocurrido hace diez o quince años, la maquinaria de propaganda soviética se había puesto en marcha para demostrar lo indefendible, a saber: que el Estado progresista, revolucionario y democrático de Iraq daba su apoyo a las fuerzas revolucionarias de Kuwait para derrocar a su régimen feudal retrógrado y podrido, cumpliendo así con su deber internacionalista para con el pueblo kuwatí. Se habría condenado al imperialismo norteamericano, acusándole de defender a este régimen contra las fuerzas progresistas del país, y de, con diversas provocaciones, ocupar Arabia Saudí con el pretexto de defenderla, etc.

Pero la perestroika ha dado prueba de sus aptitudes: la URSS ha condenado la agresión de Iraq contra Kuwait; ha declarado que le retiraba su ayuda y dejaba de suministrarle armas, y ha aprobado la resolución de la ONU sobre el boicot al petróleo iraquí. Esta postura es tanto más importante, y todo el mundo ha tomado nota de ello, cuanto que la URSS tiene un tratado de amistad con Iraq, que recibía de ella armas y preparación militar. Los periodistas más optimistas llegaron hasta a proclamar una nueva era en la política mundial y en las relaciones entre los Estados. No vayamos demasiado rápido, y más bien volvamos a la política árabe de la URSS en su conjunto. Pues, si en modo alguno tenemos la intención de disminuir la importancia de este paso sin precedentes desde el fin de la segunda guerra mundial, no olvidemos que, por ahora, sólo se trata de un acto aislado, que, por supuesto, puede ser rico en consecuencias. Sea lo que fuere, si la política internacional está verdaderamente en un viraje decisivo irreversible, su punto de arranque estará señalado, sin duda, por la actitud soviética ante el conflicto iraquí-kuwaití.

Esta postura no es una casualidad, ni una sensación, por más que lo digan los periodistas, tan propensos a la exageración. Demuestra no sólo la influencia de la perestroika y de la nueva mentalidad, sino también, y sobre todo, la evolución de la política árabe de la URSS durante estos dos o tres últimos años. Es, pues, interesante observar en qué influyen concretamente las ideas y los principios de la nueva mentalidad sobre la política de la URSS en el mundo árabe.

Comencemos con el principio de la coexistencia pacífica, base de las relaciones entre los países y los pueblos; ¿cómo ha evolucionado su interpretación en el tiempo hasta la época actual? La Revolución de Octubre se había efectuado, según Lenin, "en espera de la revolución mundial", es decir que en ese momento no se pensaba que seria necesario un largo período de coexistencia entre los dos sistemas (capitalista y socialista), puesto que el socialismo triunfaría rápidamente a escala mundial. Se comprobó que esas ilusiones eran, por lo menos, utópicas: el capitalismo, que se desarrollaba con un gran dinamismo, no tenía de ningún modo la intención de ceder su sitio a una revolución mundial. Así pues, con Stalin, la idea de la coexistencia pacífica cobró una significación completamente distinta y se transformó en una lucha sin cuartel contra el capitalismo. Se convirtió en una especie de lucha de clases en el terreno internacional, lo cual ya no tenía nada que ver con su significado original. En la época de Kruschov se oía decir corrientemente: "Nosotros enterraremos al capitalismo", pero en la práctica se presenció una cierta distensión en las relaciones internacionales. En cuanto a la era brechnieviana, ésta no produjo estrictamente nada significativo en el escenario mundial.

La nueva mentalidad rechaza la teoría de la lucha de clases en el terreno internacional y hace prevalecer los intereses universales del ser humano sobre los de las clases o los de las naciones. Para comprender el alcance teórico de este cambio hay que recordar que se trata de un enfoque completamente nuevo de uno de los principios fundamentales del marxismo-leninismo. Se sabe que, en la óptica marxista-leninista, la lucha de clases es identificada como el principal motor del progreso social, como el factor determinante de toda esfera de la actividad humana. La revolución remplazará la antigua sociedad por la nueva con la fuerza, "tal como una partera" (Marx). Al renunciar a la lucha de clases en el campo de las relaciones internacionales y al privilegiar las normas éticas universales para hacer de ellas la base de la política mundial, la teoría de la nueva mentalidad parte del hecho de que, en esta esfera, las disputas de clases llevan a la humanidad directamente a la catástrofe. Por supuesto, no se trata de abandonar totalmente la lucha de clases, sino de que ésta permanezca en el lugar que le es adecuado, en el interior de las fronteras nacionales. La idea es simple: la muerte de la civilización no puede ser el objetivo de la lucha de clases, pues si se lo alcanzara ya no habría ni lucha de clases del proletariado ni sociedad comunista.

En el contexto de Oriente Próximo, esto significa que toda política que desconozca la diversidad de sus estructuras sociales no puede ser sino peligrosa o totalmente estéril, porque sólo pone las esperanzas en una clase social, o en un movimiento nacional, o en un solo país, calificado de "progresista' o "democrático" con arreglo a criterios la mayoría de las veces totalmente arbitrarios. Para ser todavía más preciso, nunca se ha logrado- ni se logrará jamás-resultados positivos contando solamente con, por ejemplo, los palestinos o los israelíes, con Yumblat o con Aún. El destino de esta región es más importante que el de tal o cual fuerza, el arreglo global de la situación es prioritario con relación a los intereses de cada cual. Desde luego, no se trata de sacrificar a cualquiera en nombre de la paz, pero hay que comprender que sólo la paz en la región podrá garantizar a todos condiciones favorables para el futuro.

No se puede decir que la URSS y Estados Unidos (y, con mayor razón, los árabes) ya estén totalmente ganados a estos principios, pero las cosas avanzan. Ya hemos hablado de la reacción de la URSS ante el conflicto iraquí-kuwaití: también hay que señalar las declaradas intenciones de la URSS y de Israel de reanudar relaciones diplomáticas, así como los primeros contactos entre EE.UU. y la OLP. Señalemos también el hecho de que Estados Unidos comienza a revisar su opinión sobre el papel de la URSS en Oriente Próximo: después de un rechazo sistemático, empieza a reconocer que también ha tenido aspectos positivos.

El otro principio fundamental de la nueva mentalidad es sobre la cuestión de las divergencias ideológicas y el papel de la ideología en el mundo actual. No hay que olvidar que existe un antagonismo ideológico, pero ¿es necesario proyectarlo a la esfera de las relaciones internacionales? En el pasado, en la URSS se respondía afirmativamente a esta pregunta. Hoy, la nueva mentalidad prefiere estar por encima de las divergencias ideológicas para solucionar problemas universales como la ecología o la paz. Hay que "desideologizar" la política exterior. Con este fin se rechaza la noción de "enemigo», las pretensiones de dirigir el mundo y la insensata voluntad de demostrar su superioridad sobre los otros ...

Este proceso de "desideologización" también debe aplicarse a las relaciones con los países en vías de desarrollo. Especialistas soviéticos enuncian y desarrollan las siguientes ideas:

No hace tanto tiempo aún, la URSS se aplicaba a enfrentar a los países árabes unos con otros. Los que estaban de acuerdo con el modelo soviético de política internacional apoyaban ciegamente y sin esfuerzo alguno las acciones de la Unión Soviética, proclamaban consignas antiimperialistas y veían que se les otorgaba el título de "progresistas". Conociendo esta debilidad del Estado soviético "hiperideologizado", algunos adoptaban esta fraseología para aprovecharse de ello, muchas veces con éxito. Dicho de otro modo, no todos nuestros amigos eran irreprochables, mientras que a veces criticábamos de manera muy perentoria e injustificada a todos los que no correspondían con nuestros esquemas.

Todos saben que uno no se desembaraza de sus dogmas, sobre todo de los ideológicos, por arte de magia. Pero ya aparecen signos en la política soviética para con el mundo árabe. La idea que ahora prevalece es que la reducción y desaparición de la tensión, la solución del conflicto en el que están implicados todos los países de Oriente Próximo no pueden lograrse sin tener en cuenta los intereses de cada uno de ellos y dejar de dividirlos entre los nuestros y los otros". Además, sólo esta política puede responder a los intereses bien concebidos de la Unión Soviética. Es en esta óptica que E. Chevardnadse, entonces ministro de Asuntos Exteriores, efectuó, en febrero de 1989, un viaje a numerosos países árabes y a Irán. Hace algún tiempo habría costado trabajo imaginar una misión de este nivel. en países escogidos de manera tan inhabitual, para llevar a cabo simultáneamente, en El Cairo, negociaciones con representantes de los campos enemigos: Y. Arafat y el ministro de Asuntos Exteriores israelí, M. Arends, o con Mubarak, el presidente de un país que ya no forma parte de los amigos más cercanos de la URSS.

El problema de los conflictos regionales debe ser tratado con mucha atención. En primer lugar, la noción misma de "conflicto regional" no debe hacer pensar que todos los conflictos regionales se parecen, que todos tienen las mismas causas y que todos pueden ser reducidos al mismo esquema. Existe, por ejemplo, un prejuicio, completamente equivocado, según el cual todos los conflictos regionales serían consecuencias del terrorismo y que bastaría con atrapar a todos los terroristas, con meterlos en la cárcel o incluso con ejecutarlos, para que todo vuelva a la normalidad. El terrorismo existe, por desgracia, y ha cobrado mucha importancia tanto a nivel regional como internacional. También es una pena que haya sido utilizado durante mucho tiempo por el movimiento palestino. La experiencia ha demostrado que ha sido uno de los obstáculos para la solución del conflicto de Oriente Próximo.

En realidad, ningún conflicto regional se parece a otro; cada cual es específico, tiene su propio rostro, sus propias causas sociopolíticas, económicas y culturales. "Conflicto regional" sólo significa que un conflicto dado surge en una región geográfica dada del planeta, sin ningún otro contenido semántico. Sería igualmente falso, en nuestra opinión, pensar que un conflicto regional sólo tiene dimensiones regionales: los hechos demuestran que muchas veces tienden a generalizarse.

Aunque cada conflicto regional tenga su especificidad y haya que determinar cuidadosamente sus causas, habría que elaborar un cierto número de principios generales a los que atenerse cuando el caso se dé. En otras palabras, haría falta una especie de "código de comportamiento". Este incluiría cláusulas tales como la obligación de solucionar los conflictos regionales exclusivamente con medios políticos, la consideración de los intereses de todas las partes implicadas, la renuncia a exportar la revolución o la contrarrevolución, la negativa categórica a implicarse directamente en el conflicto, etc. Este código de comportamiento sería respetado obligatoriamente por todos los países, sobre todo por las grandes potencias. Lo ideal sería que las grandes potencias se retiraran íntegramente de los conflictos regionales y se limitaran a desempeñar juntas el papel de enlace; por ejemplo, que la URSS y Estados Unidos elaboraran de común acuerdo un programa para tal o cual situación concreta y lo transmitieran (y no impusieran) al secretario general de la ONU.

La proposición de "desideologización" de las relaciones internacionales hecha por la URSS se refiere en primer lugar a los conflictos regionales. Desgraciadamente no sólo para los pueblos de las regiones concernidas, sino también para los de las grandes potencias (la URSS y Estados Unidos), los conflictos regionales son considerados primeramente como ideológicos, y, en consecuencia, como un combate entre la URSS y Estados Unidos. El conflicto de Oriente Próximo es un triste ejemplo de ello.

La nueva mentalidad llama a desembarazarse de los clichés y de un enfoque demasiado esquemático. Si cada una de las grandes potencias persiste en considerar los conflictos regionales a través del prisma de sus propios intereses, en ver únicamente lo que la amenaza, este egoísmo político será de consecuencias graves. La seguridad de Estados Unidos sólo está garantizada si la de la URSS también lo está. Y a la inversa. Agregaremos que la seguridad de las grandes potencias no puede estar garantizada si la del Tercer Mundo no lo está, y en particular, la de Oriente Próximo.

Durante estos últimos años, la Unión Soviética ha procedido a una revisión critica de su pasada política exterior, y esto atañe, entre otros, a su política para el mundo árabe. Por ejemplo, se ha planteado a menudo la cuestión de la moral, de la ética, en los asuntos internacionales. Así se ha preguntado si es moral mantener sin condiciones relaciones amistosas con un Estado que no reconoce el derecho a la existencia de otro Estado y que a veces incluso tiene como objetivo destruirlo.

Se ha puesto en tela de juicio la ausencia de toda critica para con la política de los países amigos, que a veces ha conducido a la URSS a seguir ciegamente esta política, sin comprenderla siquiera, sin prever sus consecuencias, con riesgo de olvidarse de sus propios intereses nacionales. Ha ocurrido que la URSS fue más "árabe" que los propios árabes, como en el caso de la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel. Se vuelve a la idea de una conferencia internacional sobre Oriente Próximo: considerándola siempre como la base esencial de una solución del conflicto, pero sin por eso excluir otros medios, complementarios e igualmente necesarios. Por eso se considera de manera mucho más objetiva la experiencia de los acuerdos de Camp David.

Esta revisión crítica de su política árabe por parte de la URSS no siempre es apreciada por los países árabes, que la consideran como un abandono de la causa de los movimientos de liberación nacional. Acusan a la URSS de privilegiar ahora sus relaciones con Estados Unidos, que, de hecho, han pasado al primer plano de la vida internacional. Pero esta prioridad no significa en absoluto que las otras cuestiones-en particular, Oriente Próximo-sean consideradas como secundarias. Al contrario, la normalización de las relaciones con Estados Unidos es una condición necesaria, una condición previa para la solución de los otros problemas regionales e internacionales. Es precisamente el mejoramiento de las relaciones con Estados Unidos lo que abrirá nuevas perspectivas para garantizar los intereses de los países en vías de desarrollo-y, por lo tanto, de los países árabes-y para reforzar la cooperación con estos países sobre bases nuevas, conforme a los principios de la nueva mentalidad.