Al término de la segunda
guerra mundial, la derrota de Alemania y de Japón y el
desenlace victorioso para la Unión Soviética pusieron
a ésta en la delantera del escenario político mundial,
elevándola al rango de segunda superpotencia. Sus intereses
en lo tocante a política exterior y a comercio exterior
se acrecentaron proporcionalmente. En adelante, ningún
problema internacional, ni siquiera regional, podría ser
resuelto sin su participación en uno u otro grado. Ahora
estaba en una situación histórica y política
totalmente nueva, que exigía de ella una nueva estrategia
y nuevas tácticas en materia de política internacional.
Esto se refería muy
particularmente a las cuestiones de política y de cooperación
económica de la Unión Soviética con los países
árabes, una región muy cercana a sus fronteras.
Durante los 45 años de posguerra, la posición soviética
sobre estas cuestiones experimentó una evolución
compleja y llena de contradicciones, determinada tanto por factores
de desarrollo interno como por las vicisitudes de la situación
internacional y de la región aludida.
La cooperación económica,
científica y técnica ha desempeñado un papel
no desdeñable en las relaciones entre la URSS y los países
árabes. Sin embargo, desde el principio, lo predominante
fueron los intereses militares de la URSS. Comenzaremos con ellos.
La problemática árabe
es un tema extremadamente amplio y complejo,
aún si se lo
aborda sólo a través de la política soviética.
Es evidente que un breve artículo no reflejará toda
su complejidad, por lo que nos limitaremos a bosquejar sus grandes
rasgos. Así pues, hemos delimitado tres grupos de cuestiones,
que nos parecen primordiales:
a) La URSS y la descolonización
de los países árabes
Al término de la segunda
guerra mundial, el enfrentamiento entre las fuerzas aliadas y
las fuerzas fascistas y militaristas fue reemplazado por otro
enfrentamiento, esta vez político, entre dos sistemas sociopolíticos,
representados por dos superpotencias: Estados Unidos y la URSS.
Este enfrentamiento tuvo una influencia fundamental en la elaboración
de la política soviética (lo mismo que en la de
Estados Unidos y las metrópolis occidentales) respecto
al movimiento de liberación nacional de los pueblos árabes
y en el establecimiento de relaciones políticas y diplomáticas
con los nuevos Estados árabes. Recordemos también
que, a diferencia de Estados Unidos y de las potencias coloniales
(Inglaterra y Francia), que entonces tenían enormes intereses
militares y económicos en esta región, la Unión
Soviética no tenía aún más que vínculos
muy tenues, apenas nacientes.
Aquí no se trata de explicar las razones que
llevaron a los diversos grupos de Estados al enfrentamiento: Pero
por lo menos una cosa está clara: tanto el Este como el
Oeste son responsables de ello, y la "guerra fría"
es el resultado de una lucha desatinada entre los dos bloques
político-militares, en la cual todos los medios eran aptos
para agravar el recelo y la tensión. Si Inglaterra y Francia,
que habían perdido sus imperios coloniales, no tenían
más remedio que llorar su grandeza pasada, Estados Unidos
tenia una posición muy diferente, que se manifestaba en
intenciones expansionistas a escala planetaria cada vez más
patentes.
Se puede decir que la política soviética
unía un fundamento moral con objetivos obvios encaminados
a extender su influencia política, objetivos inherentes
a toda gran potencia, especialmente en caso de conflictos abiertos
con adversarios poderosos.
Por un lado, la Unión Soviética se
esforzaba sinceramente por apoyar al movimiento de liberación
de los árabes. Este apoyo respondía al credo moral
de los pueblos de la URSS, a quienes su historia, sus destinos,
sus tradiciones y su experiencia inducían moralmente a
estar al lado de los pueblos en lucha por su independencia. A
este respecto hay que señalar la constancia de la posición
soviética, por ejemplo, en el momento de la discusión
de las cuestiones marroquí y tunecina en la ONU, en la
primera mitad de los años 50. Se fundaba en el hecho de
que no se trataba de un problema interno (puramente francés),
sino internacional, y de que había que tomar en cuenta
el derecho de los pueblos tunecino y marroquí a la autodeterminación
y a la independencia.
La URSS continuó defendiendo este principio
durante los tumultuosos debates sobre la cuestión argelina.
Los acontecimientos demostraron que sólo el reconocimiento
del derecho del pueblo argelino a la independencia permitió
detener la efusión de sangre y resolver este grave problema.
Por otro lado, el Estado soviético, cuyo carácter
totalitario y cuyas ambiciones en lo tocante a política
exterior se habían asentado todavía más con
la victoria sobre la Alemania hitleriana y el Japón militarista,
intentaba, con declaraciones en favor de los movimientos de liberación
nacional, apropiarse de esta moral y disimular así sus
objetivos expansionistas, que crecían desmesuradamente.
Esta ambigüedad moral-política muy particular se manifestaba
en sus empeños para establecer vínculos (políticos
y otros) con los países árabes independientes y
hacer de ellos sus aliados en el enfrentamiento global con Estados
Unidos y Occidente. El apoyo suministrado entonces por la URSS
a los pueblos árabes, las acciones concretas y las declaraciones
en favor de los países recientemente independientes le
proporcionaron, indiscutiblemente, dividendos nada despreciables.
A medida que se desintegraban los imperios coloniales del Oeste
y nacían nuevos Estados independientes, el mundo árabe
se abría cada vez más a la Unión Soviética.
Ya en 1944,
durante la guerra, fueron establecidas las primeras
relaciones diplomáticas con dos antiguos protectorados
franceses: Siria y Líbano. En 25 años de posguerra
fueron establecidas relaciones semejantes con catorce de los mayores
Estados árabes, con la única exclusión de
ciertos Emiratos árabes.
Era un éxito indiscutible, tanto desde el
punto de vista de las relaciones bilaterales como desde el punto
de vista estratégico internacional. Siguiendo esta estrategia,
la URSS se esforzaba por establecer vínculos diplomáticos
con todos los países recientemente independientes, sin
dejar de privilegiar las relaciones con los países en vías
de desarrollo llamados "de orientación socialista".
Hay que subrayar, de paso, que la elección de esta orientación
se hacía mediante una ayuda muy activa y muy diversificada
de parte del Estado soviético. Todo esto muestra de manera
bastante clara la influencia de los objetivos ideológicos
sobre la política exterior de éste.
Hubo que cambiar de prioridades varias veces, en
la medida en que se manifestaba que la orientación socialista
era un fenómeno fluctuante, y que en los países
que la habían escogido, los árabes en particular,
ocurrían toda clase de convulsiones. Cuando la orientación
socialista estaba alicaída en tal o cual país (a
causa de contradicciones internas o a causa de golpes de Estado),
la ideología recuperaba inmediatamente sus derechos: en
todos los casos y de la misma manera, todo el sistema de relaciones
de la URSS con el país aludido se derrumbaba. Dicho de
otro modo, la política exterior de la URSS, en particular
para con los países árabes, era completamente tributaria
de la situación interna de éstos. Ese era uno de
sus puntos débiles. El Egipto de Sadat, el Sudán
de Numeyri, el Iraq y sus sucesivos presidentes son convincentes
ejemplos de ello. Por regla general, la Unión Soviética,
lo mismo que, por lo demás, sus socios socialistas, manifestaba
una gran intolerancia ideológica. Y esto le impedía
abordar con calma los conflictos complejos en las relaciones entre
las dos partes, teniendo en cuenta los verdaderos intereses de
cada una de ellas, cuando no era la crisis misma el resultado
de una demasiado grande "ideologización" de las
relaciones. Ambas partes sufrían las consecuencias de ello,
los contratos eran rotos, y a veces hasta la cooperación
dejaba su lugar al recelo y al odio.
El apoyo de la Unión Soviética proporcionaba
indiscutiblemente muchas ventajas al mundo árabe, especialmente
a los nuevos Estados recientemente independientes. El hecho de
proclamar su independencia no zanjaba automáticamente todos
los problemas derivados de sus relaciones con las antiguas metrópolis
y con el Oeste en general, el cual no estaba dispuesto a abandonar
sus posiciones sin compensaciones. Además, entre ambos
surgían problemas; sus relaciones eran a veces tormentosas
y estaban llenas de complicaciones, contradicciones y conflictos.
En estas condiciones, los países árabes tenían,
por supuesto, interés en poder contar con la URSS. Esta,
por su parte, tenía interés en ganar a su causa
al mayor número de países árabes u otros
países en vías de desarrollo en su lucha global
contra el Oeste. La URSS era, para ellos, una fuerza a la cual
podían dirigirse en caso de necesidad; era un socio natural,
un partidario y hasta un aliado.
A la luz de lo que hemos visto era natural que, para
todo lo que atañía a los intereses nacionales de
los países árabes, la URSS estuviera del mismo lado
de la barrera. Así, apenas independientes, Siria y Líbano
exigieron la retirada de todas las tropas extranjeras (francesas
e inglesas) de su territorio; la lucha no fue fácil, pues
chocaba con la resistencia de las metrópolis; hasta hubo
combates militares. La Unión Soviética apoyó
las exigencias de estos países, cuyos intereses coincidían
con su propio interés: preservar la seguridad de sus fronteras
meridionales. En su nota del 1 de julio de 1945 y en el transcurso
de los debates sobre esta cuestión en el Consejo de Seguridad
de la ONU insistió en la necesidad de resolver esta cuestión
satisfaciendo las exigencia legítimas de Siria y Líbano.
Esta postura fue importante, pues era la primera acción
política de envergadura de la URSS en el mundo árabe
desde la guerra; más tarde determinó la política
soviética en este tipo de situaciones. Cuando Egipto, Iraq
y, poco después, Libia exigieron a su vez la evacuación
de las tropas extranjeras, la URSS se atuvo invariablemente a
esta posición.
En las condiciones de la guerra fría, cuando
estallaban crisis en Oriente Próximo, la posición
soviética estaba dictada, en primer lugar, por la posición
de Occidente, y por la de Estados Unidos en particular. Esto es
cierto también para los Estados occidentales, que, indefectiblemente,
tomaban la posición contraria a la de la URSS. Como Occidente
intentaba conservar y hasta ampliar sus intereses acumulados durante
siglos en los países árabes, era lógico que
hubieran choques con los renacientes Estados árabes. Esto
simplificaba la opción de la URSS, la cual, en la mayoría
de los casos, se dejaba llevar entonces por sus tendencias antioccidentales
y antinorteamericanas, al coincidir sus propios intereses con
los de los países árabes. Las demás consideraciones
pasaban a segundo plano; poco importaba si la política
occidental era justificada o legítima, política
que, por lo demás, funcionaba a su vez según el
mismo principio. Era, pues, prácticamente imposible poner
de acuerdo los puntos de vista y, menos, resolver los problemas.
Sin embargo, detrás de esta situación aparentemente
artificial y subjetiva se ocultaban intereses contradictorios
reales, que se manifestaban en todos los campos, y particularmente
en el polvorín de Oriente Próximo. Esto se podría
resumir con la fórmula: a dos mundos - dos políticas".
Así, cuando Occidente lanzó las ideas
del amando de Oriente Próximo", del pacto de Bagdad
y de la doctrina Eisenhower, la URSS reaccionó en seguida
criticándolas y rechazándolas y calificando estos
planes de antisoviéticos y antiárabes. Por lo tanto,
nunca fueron realizados, y, de todos modos, no podrían
haberlo sido, al llevar demasiado el sello de la pasada época
colonial. La política árabe de la Unión Soviética
era comprendida y apreciada en el mundo árabe, aunque a
veces suscitaba un cierto escepticismo, si no dudas o recelo.
Con todo, contribuyó globalmente al proceso de descolonización
de esta región, sin dejar de estar dirigida sobre todo
contra las potencias occidentales.
Esta política se realizó concretamente
durante la crisis de Suez, en 1956. Los hechos son bien conocidos:
desde el principio, la URSS condenó la acción de
Israel, Gran Bretaña y Francia contra Egipto, calificándola
de triple agresión: exigió su cese inmediato y la
retirada completa de tropas del territorio egipcio. También
se sabe, y numerosos documentos dan prueba de ello (las actas
de los debates de la ONU durante la crisis de Suez, las declaraciones
de los jefes de Estado y de los dirigentes políticos, las
opiniones expresadas por los especialistas), que el fracaso de
esta triple agresión fue, en primer lugar, el resultado
de las acciones decisivas del gobierno soviético. Suez
fue un momento crucial que confirmó el prestigio de la
URSS a los ojos del mundo árabe y de los movimientos de
liberación nacional de los pueblos de Asia, África
y América Latina. Durante esta crisis se planteó
con fuerza a los ojos del mundo el problema de la legitimidad
de la nacionalización de bienes extranjeros por Estados
recién liberados del yugo colonial, y de su soberanía
sobre su territorio. A primera vista, la proposición occidental
de poner al Canal de Suez bajo control internacional parecía
convincente, porque se apoyaba en el hecho de que lo utilizaban
decenas de países y que, por consiguiente, era peligroso
nacionalizarlo y, por lo tanto, confiar su gestión a un
solo Estado. Sin embargo, este argumento apenas ocultaba los verdaderos
objetivos de las antiguas potencias coloniales, que querían
conservar sus bastiones. No tenía ninguna posibilidad de
éxito en un momento en que en el orden del día de
la vida internacional figuraban la consolidación de la
independencia nacional y la preeminencia concedida a la autodeterminación
de las naciones. He ahí porqué la política
árabe de la URSS respondía tan bien a los intereses
y preocupaciones de los pueblos de la región.
En este período de posguerra y de movimientos
de liberación nacional, la posición de la URSS sobre
las cuestiones que atañían a los intereses árabes
creaba amplias posibilidades de cooperación y de amistad
con estos países. Más tarde hablaremos de la cooperación
económica, científica y técnica. Ahora observaremos
simplemente que esta política fue sellada en las décadas
de los 60 y los 70 por una serie de tratados de amistad y cooperación:
con Egipto, Iraq, Siria, Argelia ...
b) El conflicto de Oriente Próximo y la
cuestión palestina
El conflicto de Oriente Próximo, que se acerca
a su funesto quincuagésimo aniversario y que confunde los
intereses divergentes de decenas de países implicados,
se ha convertido en tal nudo de contradicciones que hoy es difícil
delimitarlo. Constantemente aparece un hecho nuevo, inesperado,
imprevisible. ¿Cómo definir el conflicto de Oriente
Próximo? Sin duda alguna, su epicentro es la cuestión
palestina, pero no se lo puede reducir sólo a ella. Pues
hasta una solución justa de este problema no traería
la paz y la calma a la región, aunque se trataría
de un enorme paso adelante. ¿Qué se puede considerar
como una solución del problema palestino? Sólo una
cosa es segura, y es que el pueblo palestino tiene derecho a la
autodeterminación y a la independencia. Incluso si Israel
reconoce este derecho surgirá una infinidad de cuestiones
complejas, como, por ejemplo, la cuestión territorial.
Aquí consideramos el conflicto de Oriente Próximo
como el que pone frente a frente a Israel y a los países
árabes limítrofes y abarca la cuestión palestina.
Desde luego, cualquier situación conflictiva
en Oriente Próximo y en el mundo árabe puede tener
consecuencias sobre la solución del conflicto de Oriente
Próxirno, o, al contrario, ser una consecuencia de este
conflicto, pero aquí nos limitaremos a nuestra noción
relativamente estrecha. Por eso, por ejemplo, dejaremos de lado
la guerra Irán-lraq, la agresión de Iraq a Kuwait,
exactamente lo mismo que la crisis de Suez fue estudiada aparte.
¿Cuál fue, pues, la posición de
la Unión Soviética en esta situación compleja,
en constante evolución, y que desgraciadamente no marcha
en la buena dirección? ¿Cuál fue su política
hasta estos últimos años, la rectificó, y
cuáles son los grandes rasgos de su evolución? ¿Qué
se puede decir de esta política con respecto a la solución
del conflicto?
Lo menos que se puede decir de ella es que fue, globalmente,
lógica y consecuente. Incluso se podía decir que
es su principal cualidad, si uno se remite a Bismarck, quien consideraba
que cualquier línea de conducta es mejor que una política
de indecisión y dilaciones. Pero la desgracia es que precisamente
la URSS no supo dar pruebas de flexibilidad en este conflicto:
se atuvo siempre a una posición simplista y desprovista
de todo matiz.
Recordemos las etapas de esta crisis y la evolución
de la política soviética al respecto. Previamente
hay que subrayar que esta política no estaba determinada
únicamente por la evolución de la crisis misma.
Como ocurrió con numerosos otros conflictos regionales,
la posición soviética se formaba en el contexto
de la estrategia global de la URSS y de sus posiciones de principio
en las cuestiones relativas a los movimientos de liberación
nacional. Es decir, era el producto de estos dos factores.
La primera etapa va desde la aprobación de
la resolución 181/2 de la Asamblea General de la ONU sobre
la división de Palestina en dos Estados independientes
(29 de noviembre de 1947) y la proclamación de la independencia
de Israel el 15 de mayo de 1948 hasta la crisis de 1967. Revela
tres momentos importantes en la política:
En la segunda etapa, que arranca con la crisis de
1967 y termina con la reunión de la conferencia internacional
sobre Oriente Próximo, hay que observar las siguientes
cosas:
La crisis era inevitable, y era evidente para toda
la comunidad internacional que estallaría tarde o temprano.
Los signos precursores de esta desgracia eran las incesantes escaramuzas
militares en las fronteras árabe-israelíes, que
mantenían una tensión ininterrumpida. Como siempre
en estos casos, cada una de las partes acusaba a la otra de agresión
y provocaciones; sin embargo, la sensatez demuestra que en una
situación tan grave y en tal ambiente de recelo nunca hay
una parte inocente y otra completamente culpable. Los árabes
tenían reacciones que daban prueba de la ferocidad de los
ataques israelíes contra sus países. Israel, por
su parte, insistía en el carácter defensivo de sus
acciones y en los actos terroristas de los palestinos.
Así se veía, por un lado, a la Unión
Soviética defendiendo a los países árabes
y denunciando la política de agresión de Israel,
y, por el otro, a EE.UU. y demás potencias occidentales
protegiendo a Israel y defendiéndolo contra todas las acusaciones.
En tales condiciones y en tal estado de ánimo, cualquier
esperanza de hallar una solución aceptable, un comienzo
de reconciliación y, con mayor motivo, una solución
del conflicto estaba excluida. Todos los esfuerzos del Consejo
de Seguridad de la ONU fueron vanos: durante toda la década
de los 60 examinó unas veces las denuncias de los países
árabes contra Israel, otras veces las de Israel contra
los árabes. Sin embargo, en la mayoría de los casos,
el Consejo de Seguridad condenaba a Israel por agresiones armadas
contra los territorios árabes. Como escribió el
investigador inglés H. Cattan, Israel estableció
una marca: la del número de condenas aprobadas en su contra
por el Consejo de Seguridad.
Los combates comenzaron el 5 de junio de 1967 con
la invasión de Israel a la República Árabe
Unida, y luego a Jordania y a Siria. El mismo día, la URSS
reaccionó con una declaración que denunciaba firmemente
la agresión de Israel. Esta declaración contenía
dos exigencias esenciales para con el gobierno de Israel: cesar
inmediatamente y sin condiciones las acciones armadas, y retirar
sus tropas al otro lado de la línea de alto el fuego. En
cuanto a Estados Unidos, se negó a condenar a Israel y
a exigir la retirada de sus tropas, pero no pudo decentemente
oponerse a la orden de suspender las acciones militares. Por lo
tanto, propuso una resolución que fue aprobada por el Consejo
de Seguridad, el ó de junio, por unanimidad. Todos los
países árabes le dieron su aprobación, lo
que no impidió a Israel continuar sus acciones militares
y apoderarse de nuevos territorios. La guerra no se acabó
sino el 10 de junio, cuando la Unión Soviética rompió
sus relaciones diplomáticas con Israel, declarando que
si Israel no suspendía sus acciones militares en las horas
siguientes tomaría medidas, incluso militares, para forzarlo
a ello.
Ese no fue más que un primer paso (indispensable,
por cierto) hacia la solución de la crisis, pues la consecuencia
de esta guerra fue la ocupación por Israel de importantes
territorios en Egipto, en Siria y en Jordania. Al problema central
del conflicto de Oriente Próximo-la cuestión palestina-venía,
pues, a sumarse el de la liberación de los territorios
ocupados. A primera vista, la situación era simple: cualquier
anexión de territorios extranjeros por la fuerza es inadmisible.
Es a este principio claro que se refería la Unión
Soviética al proponer su programa al Consejo de Seguridad.
Pero Israel, apoyado por EE.UU. y otros países occidentales,
se esforzó por dar largas al asunto remontándose
al pasado, dando como argumento que tenía que defenderse
contra la hostilidad de los países árabes, que le
negaban el derecho a existir, etc.
A pesar de ello, después de largos y agitados
debates, el Consejo de Seguridad acabó aprobando la célebre
resolución del 22 de noviembre de 1967. Era un compromiso
que no satisfacía plenamente a los países árabes
y a la Unión Soviética, pero éstos dieron
su aprobación, porque esta resolución parecía
ser un primer paso hacia la solución del conflicto. Sin
embargo, este documento fue papel mojado, porque Israel no tema
ninguna intención de aplicarlo.
Como acabamos de mostrarlo, las causas del conflicto
no habían desaparecido: al contrario, otras habían
venido a sumarse. La situación era cada vez más
explosiva, la amenaza de un nuevo conflicto se acercaba y cada
cual se preparaba. Israel seguía estando tan obstinado,
instalándose en los territorios ocupados y expulsando de
ellos a la población. Los países árabes directamente
implicados se armaban para compensar las pérdidas sufridas
durante su derrota. Su principal abastecedor era la Unión
Soviética, que les permitió mejorar seriamente su
preparación militar.
El guión de la siguiente crisis (la cuarta
en la región en 25 años) fue parecido a los anteriores.
Choques incesantes en las fronteras, acusaciones recíprocas
de agresión; la ONU y el Consejo de Seguridad eran prácticamente
impotentes, no obstante aprobaban resoluciones que habían
podido estabilizar la situación si sólo hubiesen
sido aplicadas. El antagonismo entre los dos sistemas sociopolíticos
y sus dirigentes iba aumentando. En resumen, la comunidad internacional
no era capaz de impedir una nueva crisis, un nuevo baño
de sangre, y, menos, de resolver el conflicto.
Cuando comenzaron las operaciones militares, el ó
de octubre de 1973,1; situación política y diplomática
seguía estando en el mismo punto: la misma distribución
de fuerzas (la URSS al lado de los árabes, Estados Unidos
con Israel); las mismas propuestas en el Consejo de Seguridad
por las dos partes enemigas, siempre tan inaceptables para la
parte contraria; los mismos resultados: una frágil paz
restablecida, al estar todavía ahí, y cada vez más
arraigadas, las causas de la enfermedad. No obstante hubo algo
nuevo: en primer lugar, la famosa resolución 338, del 22
de octubre de 1973, fue aprobada en base a una propuesta conjunta
de la URSS y de EE.UU., lo cual era un principio de esperanza.
Luego, la idea de una conferencia internacional sobre Oriente
Próximo fue aprobada gracias a los esfuerzos de la URSS:
comenzó sus trabajos el 21 de diciembre de 1973, copresidida
por la URSS y Estados Unidos, pero no duró mucho tiempo,
por falta de resultados tangibles.
Respecto a la cuestión palestina volvamos
a los trabajos de V. Nosenko, en nuestra opinión los más
serios sobre el tema en la Unión Soviética: aunque
en esa época, la política soviética para
con el movimiento palestino es todavía reservada se nota
un creciente interés por su actividad, sus posibilidades
y sus objetivos, y por el papel que podría desempeñar
como socio o como eventual aliado en el proceso de solución
del conflicto de Oriente Próximo. La imagen del movimiento
y la actitud ante la cuestión palestina comienzan a evolucionar,
sobre todo a partir de 1970, fecha de la primera visita a Moscú
de una delegación de la OLP encabezada por el principal
dirigente, Y. Arafat. No estaba invitada por el gobierno soviético,
sino por d Comité soviético de solidaridad con
los pueblos abasiáticos, pero sería erróneo
subestimar este primer paso. Otro hecho notable: dos años
después, a partir de 1972, la URSS se pone a abastecer
de armas a la; OLP. Este cambio de la poli tica soviética
se explica por el hecho de que el movimiento palestino había
madurado y se volvía menos extremista, en palabras como
en hechos; a los ojos de la URSS, su carácter antiimperialista
podía más. En este cambio de actitud con relación
a los palestinos también hay que considerar otras explicaciones,
de carácter más global, pero igualmente importantes:
desde la llegada de Sadat al poder, las relaciones con Egipto
se deterioraron y, como se vio más tarde, la URSS perdió
con él uno de sus principales aliados en el mundo árabe.
Había, pues, que hallar otros; Desde luego, la OLP no podía
remplazar al Egipto de Náser, pero más valía
no ignorarla.
La tercera etapa va desde fines de la crisis de 1973
hasta el comienzo de la perestroika en la URSS. La perestroika
clausura el largo período en que la política exterior
soviética estaba determinada, como ya lo hemos advertido,
por postulados ideológicos y por el enfrentamiento internacional
de la guerra fría.
Este período fue rico en acontecimientos complejos,
en fenómenos nuevos; presenció la agravación
de una situación ya tensa. Sin abandonar sus principios
fundamentales, y sin dejar de seguir situándola en su contexto
global, la Unión Soviética intentaba introducir
algunos correctivos a su política árabe. Los resultados
más visibles se manifestaron en las relaciones entre la
URSS y el movimiento palestino. Mejoraron rápidamente:
el prestigio de Y. Arafat en Moscú aumentó considerablemente;
fue recibido por los organismos de máximo rango del partido
y del gobierno, y en la capital se abrió una representación
oficial de la OLP. La política soviética era cada
vez más clara, ponía de relieve el antiimperialismo
de la OLP. En los documentos oficiales y en los discursos de los
dirigentes soviéticos se hacía hincapié en
los derechos legítimos del pueblo árabe palestino;
la fórmula vaga de "el derecho a un hogar nacional"
deja su lugar a la reivindicación del "derecho a la
autodeterminación y a la soberanía nacional",
y, luego, del "derecho inalienable a la creación de
un Estado soberano". La Unión Soviética reconoce
a la OLP como "el único representante legítimo
del pueblo palestino" y considera a la cuestión palestina
ya no sólo como aparte integrante de la solución
del conflicto de Oriente Próximo", sino como su "núcleo».
Hay que señalar que una evolución análoga
tenía lugar en la ONU, no sin ayuda de la URSS. Así,
si en 1970 se hablaba del "respeto a los derechos del pueblo
palestino" (resolución 2628/XXV de la Asamblea General
de la ONU) y en 1974, del <<derecho a la autodeterminación
sin ingerencia foránea y derecho a la independencia nacional
y a la soberanía» (resolución 3236/XXIX de
la Asamblea General de la ONU), en 1980, se añade a esta
fórmula del derecho (del pueblo palestino) a crear su propio
Estado, independiente y soberano" (resolución E-7/2
de la Asamblea General de la ONU).
Observemos, sin embargo, que las relaciones entre
la URSS y el movimiento palestino no han sido siempre invariables.
Por una parte, Y. Arafat intentó establecer contactos con
EE.UU.: estaba forzado a ver elementos positivos en el plan de
Reagan, quien, en su programa del 1 de septiembre de 1982, proponía
la autonomía administrativa para los palestinos en las
regiones de la ribera occidental y de Gaza, en asociación
con Jordania. Este plan no le gustó a la URSS, la cual
tampoco apreció el acuerdo firmado en Ammán, en
1985, entre Y. Arafat y Husein de Jordania, que recogía,
prácticamente, las ideas de Reagan. El documento oficial
está redactado así: "La parte soviética
ha acogido con comprensión la posición de la dirección
de la OLP". Por otra parte, las posiciones soviéticas
no siempre satisfacían a Y. Arafat. No hubo, por ejemplo,
ninguna reacción oficial del gobierno soviético
ante los ataques fratricidas infligidos al movimiento palestino
por el ejército sirio en octubre de 1976. Sólo el
Comité soviético de solidaridad con los pueblos
de África y Asia reaccionó con una declaración
que decía "que no comprendía porqué
atacaba Siria a sus aliados naturales en la lucha antiimperialista:
el movimiento de resistencia palestino y las fuerzas nacional
patrióticas de Líbano". También se puede
recordar la actitud de la URSS durante las jornadas críticas
para la OLP de los ataques israelíes contra Beirut en 1982.
Como dice V. Nosenko: "firmeza en las palabras, moderación
en los hechos".
El acontecimiento más importante del período
considerado fue la crisis de Líbano en 1982: la política
soviética se jugaba entonces el apoyo incondicional a los
países árabes. Estados Unidos se implicó
en el conflicto enviando tropas a Líbano. Eso no podía
sino suscitar una enérgica reacción de la URSS.
El aspecto positivo, para la Unión Soviética, fue
que su propio programa de solución del conflicto de Oriente
Próximo coincidía en gran parte con el programa
aprobado por la Conferencia de jefes de Estado y de gobierno árabes,
en Fez, en septiembre de 1982.
La crisis de Líbano mostró con fuerza,
una vez más, que el conflicto de Oriente Próximo
iba a continuar agravándose mientras los Estados implicados
se dejaran guiar por sus propios intereses y por ambiciones internacionales
o regionales en lugar de recurrir a la justicia y a la razón.
c) La perestroika y la política árabe
de la URSS
Es sabido que la política exterior soviética
ha experimentado en estos últimos años transformaciones
que se apoyan en los principios de la nueva mentalidad política.
¿Es posible afirmar que esto también se refiere a
uno de sus aspectos más importantes: la política
respecto al mundo árabe? Para ser más exacto: ¿se
trata del comienzo de la "perestroika" [reestructuración.
Nota del t.] fundamental de la política árabe de
la URSS, o es sólo un balbuceo que atañe a algunos
detalles? He aquí un ejemplo reciente: la actitud de la
URSS durante la agresión de Iraq a Kuwait. Si este acontecimiento
hubiera ocurrido hace diez o quince años, la maquinaria
de propaganda soviética se había puesto en marcha
para demostrar lo indefendible, a saber: que el Estado progresista,
revolucionario y democrático de Iraq daba su apoyo a las
fuerzas revolucionarias de Kuwait para derrocar a su régimen
feudal retrógrado y podrido, cumpliendo así con
su deber internacionalista para con el pueblo kuwatí. Se
habría condenado al imperialismo norteamericano, acusándole
de defender a este régimen contra las fuerzas progresistas
del país, y de, con diversas provocaciones, ocupar Arabia
Saudí con el pretexto de defenderla, etc.
Pero la perestroika ha dado prueba de sus aptitudes:
la URSS ha condenado la agresión de Iraq contra Kuwait;
ha declarado que le retiraba su ayuda y dejaba de suministrarle
armas, y ha aprobado la resolución de la ONU sobre el boicot
al petróleo iraquí. Esta postura es tanto más
importante, y todo el mundo ha tomado nota de ello, cuanto que
la URSS tiene un tratado de amistad con Iraq, que recibía
de ella armas y preparación militar. Los periodistas más
optimistas llegaron hasta a proclamar una nueva era en la política
mundial y en las relaciones entre los Estados. No vayamos demasiado
rápido, y más bien volvamos a la política
árabe de la URSS en su conjunto. Pues, si en modo alguno
tenemos la intención de disminuir la importancia de este
paso sin precedentes desde el fin de la segunda guerra mundial,
no olvidemos que, por ahora, sólo se trata de un acto aislado,
que, por supuesto, puede ser rico en consecuencias. Sea lo que
fuere, si la política internacional está verdaderamente
en un viraje decisivo irreversible, su punto de arranque estará
señalado, sin duda, por la actitud soviética ante
el conflicto iraquí-kuwaití.
Esta postura no es una casualidad, ni una sensación,
por más que lo digan los periodistas, tan propensos a la
exageración. Demuestra no sólo la influencia de
la perestroika y de la nueva mentalidad, sino también,
y sobre todo, la evolución de la política árabe
de la URSS durante estos dos o tres últimos años.
Es, pues, interesante observar en qué influyen concretamente
las ideas y los principios de la nueva mentalidad sobre la política
de la URSS en el mundo árabe.
Comencemos con el principio de la coexistencia pacífica,
base de las relaciones entre los países y los pueblos;
¿cómo ha evolucionado su interpretación en
el tiempo hasta la época actual? La Revolución de
Octubre se había efectuado, según Lenin, "en
espera de la revolución mundial", es decir que en
ese momento no se pensaba que seria necesario un largo período
de coexistencia entre los dos sistemas (capitalista y socialista),
puesto que el socialismo triunfaría rápidamente
a escala mundial. Se comprobó que esas ilusiones eran,
por lo menos, utópicas: el capitalismo, que se desarrollaba
con un gran dinamismo, no tenía de ningún modo la
intención de ceder su sitio a una revolución mundial.
Así pues, con Stalin, la idea de la coexistencia pacífica
cobró una significación completamente distinta y
se transformó en una lucha sin cuartel contra el capitalismo.
Se convirtió en una especie de lucha de clases en el terreno
internacional, lo cual ya no tenía nada que ver con su
significado original. En la época de Kruschov se oía
decir corrientemente: "Nosotros enterraremos al capitalismo",
pero en la práctica se presenció una cierta distensión
en las relaciones internacionales. En cuanto a la era brechnieviana,
ésta no produjo estrictamente nada significativo en el
escenario mundial.
La nueva mentalidad rechaza la teoría de la
lucha de clases en el terreno internacional y hace prevalecer
los intereses universales del ser humano sobre los de las clases
o los de las naciones. Para comprender el alcance teórico
de este cambio hay que recordar que se trata de un enfoque completamente
nuevo de uno de los principios fundamentales del marxismo-leninismo.
Se sabe que, en la óptica marxista-leninista, la lucha
de clases es identificada como el principal motor del progreso
social, como el factor determinante de toda esfera de la actividad
humana. La revolución remplazará la antigua sociedad
por la nueva con la fuerza, "tal como una partera" (Marx).
Al renunciar a la lucha de clases en el campo de las relaciones
internacionales y al privilegiar las normas éticas universales
para hacer de ellas la base de la política mundial, la
teoría de la nueva mentalidad parte del hecho de que, en
esta esfera, las disputas de clases llevan a la humanidad directamente
a la catástrofe. Por supuesto, no se trata de abandonar
totalmente la lucha de clases, sino de que ésta permanezca
en el lugar que le es adecuado, en el interior de las fronteras
nacionales. La idea es simple: la muerte de la civilización
no puede ser el objetivo de la lucha de clases, pues si se lo
alcanzara ya no habría ni lucha de clases del proletariado
ni sociedad comunista.
En el contexto de Oriente Próximo, esto significa
que toda política que desconozca la diversidad de sus estructuras
sociales no puede ser sino peligrosa o totalmente estéril,
porque sólo pone las esperanzas en una clase social, o
en un movimiento nacional, o en un solo país, calificado
de "progresista' o "democrático" con arreglo
a criterios la mayoría de las veces totalmente arbitrarios.
Para ser todavía más preciso, nunca se ha logrado-
ni se logrará jamás-resultados positivos contando
solamente con, por ejemplo, los palestinos o los israelíes,
con Yumblat o con Aún. El destino de esta región
es más importante que el de tal o cual fuerza, el arreglo
global de la situación es prioritario con relación
a los intereses de cada cual. Desde luego, no se trata de sacrificar
a cualquiera en nombre de la paz, pero hay que comprender que
sólo la paz en la región podrá garantizar
a todos condiciones favorables para el futuro.
No se puede decir que la URSS y Estados Unidos (y,
con mayor razón, los árabes) ya estén totalmente
ganados a estos principios, pero las cosas avanzan. Ya hemos hablado
de la reacción de la URSS ante el conflicto iraquí-kuwaití:
también hay que señalar las declaradas intenciones
de la URSS y de Israel de reanudar relaciones diplomáticas,
así como los primeros contactos entre EE.UU. y la OLP.
Señalemos también el hecho de que Estados Unidos
comienza a revisar su opinión sobre el papel de la URSS
en Oriente Próximo: después de un rechazo sistemático,
empieza a reconocer que también ha tenido aspectos positivos.
El otro principio fundamental de la nueva mentalidad
es sobre la cuestión de las divergencias ideológicas
y el papel de la ideología en el mundo actual. No hay que
olvidar que existe un antagonismo ideológico, pero ¿es
necesario proyectarlo a la esfera de las relaciones internacionales?
En el pasado, en la URSS se respondía afirmativamente a
esta pregunta. Hoy, la nueva mentalidad prefiere estar por encima
de las divergencias ideológicas para solucionar problemas
universales como la ecología o la paz. Hay que "desideologizar"
la política exterior. Con este fin se rechaza la noción
de "enemigo», las pretensiones de dirigir el mundo y
la insensata voluntad de demostrar su superioridad sobre los otros
...
Este proceso de "desideologización"
también debe aplicarse a las relaciones con los países
en vías de desarrollo. Especialistas soviéticos
enuncian y desarrollan las siguientes ideas:
No hace tanto tiempo aún, la URSS se aplicaba
a enfrentar a los países árabes unos con otros.
Los que estaban de acuerdo con el modelo soviético de política
internacional apoyaban ciegamente y sin esfuerzo alguno las acciones
de la Unión Soviética, proclamaban consignas antiimperialistas
y veían que se les otorgaba el título de "progresistas".
Conociendo esta debilidad del Estado soviético "hiperideologizado",
algunos adoptaban esta fraseología para aprovecharse de
ello, muchas veces con éxito. Dicho de otro modo, no todos
nuestros amigos eran irreprochables, mientras que a veces criticábamos
de manera muy perentoria e injustificada a todos los que no correspondían
con nuestros esquemas.
Todos saben que uno no se desembaraza de sus dogmas,
sobre todo de los ideológicos, por arte de magia. Pero
ya aparecen signos en la política soviética para
con el mundo árabe. La idea que ahora prevalece es que
la reducción y desaparición de la tensión,
la solución del conflicto en el que están implicados
todos los países de Oriente Próximo no pueden lograrse
sin tener en cuenta los intereses de cada uno de ellos y dejar
de dividirlos entre los nuestros y los otros". Además,
sólo esta política puede responder a los intereses
bien concebidos de la Unión Soviética. Es en esta
óptica que E. Chevardnadse, entonces ministro de Asuntos
Exteriores, efectuó, en febrero de 1989, un viaje a numerosos
países árabes y a Irán. Hace algún
tiempo habría costado trabajo imaginar una misión
de este nivel. en países escogidos de manera tan inhabitual,
para llevar a cabo simultáneamente, en El Cairo, negociaciones
con representantes de los campos enemigos: Y. Arafat y el ministro
de Asuntos Exteriores israelí, M. Arends, o con Mubarak,
el presidente de un país que ya no forma parte de los amigos
más cercanos de la URSS.
El problema de los conflictos regionales debe ser
tratado con mucha atención. En primer lugar, la noción
misma de "conflicto regional" no debe hacer pensar que
todos los conflictos regionales se parecen, que todos tienen las
mismas causas y que todos pueden ser reducidos al mismo esquema.
Existe, por ejemplo, un prejuicio, completamente equivocado, según
el cual todos los conflictos regionales serían consecuencias
del terrorismo y que bastaría con atrapar a todos los terroristas,
con meterlos en la cárcel o incluso con ejecutarlos, para
que todo vuelva a la normalidad. El terrorismo existe, por desgracia,
y ha cobrado mucha importancia tanto a nivel regional como internacional.
También es una pena que haya sido utilizado durante mucho
tiempo por el movimiento palestino. La experiencia ha demostrado
que ha sido uno de los obstáculos para la solución
del conflicto de Oriente Próximo.
En realidad, ningún conflicto regional se
parece a otro; cada cual es específico, tiene su propio
rostro, sus propias causas sociopolíticas, económicas
y culturales. "Conflicto regional" sólo significa
que un conflicto dado surge en una región geográfica
dada del planeta, sin ningún otro contenido semántico.
Sería igualmente falso, en nuestra opinión, pensar
que un conflicto regional sólo tiene dimensiones regionales:
los hechos demuestran que muchas veces tienden a generalizarse.
Aunque cada conflicto regional tenga su especificidad
y haya que determinar cuidadosamente sus causas, habría
que elaborar un cierto número de principios generales a
los que atenerse cuando el caso se dé. En otras palabras,
haría falta una especie de "código de comportamiento".
Este incluiría cláusulas tales como la obligación
de solucionar los conflictos regionales exclusivamente con medios
políticos, la consideración de los intereses de
todas las partes implicadas, la renuncia a exportar la revolución
o la contrarrevolución, la negativa categórica a
implicarse directamente en el conflicto, etc. Este código
de comportamiento sería respetado obligatoriamente por
todos los países, sobre todo por las grandes potencias.
Lo ideal sería que las grandes potencias se retiraran íntegramente
de los conflictos regionales y se limitaran a desempeñar
juntas el papel de enlace; por ejemplo, que la URSS y Estados
Unidos elaboraran de común acuerdo un programa para tal
o cual situación concreta y lo transmitieran (y no impusieran)
al secretario general de la ONU.
La proposición de "desideologización"
de las relaciones internacionales hecha por la URSS se refiere
en primer lugar a los conflictos regionales. Desgraciadamente
no sólo para los pueblos de las regiones concernidas, sino
también para los de las grandes potencias (la URSS y Estados
Unidos), los conflictos regionales son considerados primeramente
como ideológicos, y, en consecuencia, como un combate entre
la URSS y Estados Unidos. El conflicto de Oriente Próximo
es un triste ejemplo de ello.
La nueva mentalidad llama a desembarazarse de los
clichés y de un enfoque demasiado esquemático. Si
cada una de las grandes potencias persiste en considerar los conflictos
regionales a través del prisma de sus propios intereses,
en ver únicamente lo que la amenaza, este egoísmo
político será de consecuencias graves. La seguridad
de Estados Unidos sólo está garantizada si la de
la URSS también lo está. Y a la inversa. Agregaremos
que la seguridad de las grandes potencias no puede estar garantizada
si la del Tercer Mundo no lo está, y en particular, la
de Oriente Próximo.
Durante estos últimos años, la Unión
Soviética ha procedido a una revisión critica de
su pasada política exterior, y esto atañe, entre
otros, a su política para el mundo árabe. Por ejemplo,
se ha planteado a menudo la cuestión de la moral, de la
ética, en los asuntos internacionales. Así se ha
preguntado si es moral mantener sin condiciones relaciones amistosas
con un Estado que no reconoce el derecho a la existencia de otro
Estado y que a veces incluso tiene como objetivo destruirlo.
Se ha puesto en tela de juicio la ausencia de toda
critica para con la política de los países amigos,
que a veces ha conducido a la URSS a seguir ciegamente esta política,
sin comprenderla siquiera, sin prever sus consecuencias, con riesgo
de olvidarse de sus propios intereses nacionales. Ha ocurrido
que la URSS fue más "árabe" que los propios
árabes, como en el caso de la ruptura de relaciones diplomáticas
con Israel. Se vuelve a la idea de una conferencia internacional
sobre Oriente Próximo: considerándola siempre como
la base esencial de una solución del conflicto, pero sin
por eso excluir otros medios, complementarios e igualmente necesarios.
Por eso se considera de manera mucho más objetiva la experiencia
de los acuerdos de Camp David.
Esta revisión crítica de su política
árabe por parte de la URSS no siempre es apreciada por
los países árabes, que la consideran como un abandono
de la causa de los movimientos de liberación nacional.
Acusan a la URSS de privilegiar ahora sus relaciones con Estados
Unidos, que, de hecho, han pasado al primer plano de la vida internacional.
Pero esta prioridad no significa en absoluto que las otras cuestiones-en
particular, Oriente Próximo-sean consideradas como secundarias.
Al contrario, la normalización de las relaciones con Estados
Unidos es una condición necesaria, una condición
previa para la solución de los otros problemas regionales
e internacionales. Es precisamente el mejoramiento de las relaciones
con Estados Unidos lo que abrirá nuevas perspectivas para
garantizar los intereses de los países en vías de
desarrollo-y, por lo tanto, de los países árabes-y
para reforzar la cooperación con estos países sobre
bases nuevas, conforme a los principios de la nueva mentalidad.