LA GEOPOLITICA DE LA DEMOGRAFIA MEDITERRÁNEA

Bichara Khader

"(...) la Nueva Frontera de la
que hablo no es una serie de promesas,
sino una serie de problemas".

J. F. Kennedy
Discurso de investidura
en la Convención Demócrata
15 de julio de 1960

Hay que ser ciego-o satisfecho-para no darse cuenta de ello: hoy existe un « malestar mediterráneo". El ingreso de Grecia a la CEE, y luego de España y Portugal (el 1 de enero de 1986)-todos, países mediterráneos-, ha sido de un alcance geopolítico considerable, muy pocas veces destacado. Seguramente, a estos tres países les ha parecido que "se incorporaban a su entorno natural, del cual habían estado demasiado tiempo separados: políticamente, a causa de las dictaduras; económicamente, a causa de su tardía industrialización". Pero esta "reagrupación familiar" ¿no está creando, dentro de una zona que conserva muchos rasgos comunes, un nuevo "Río Grande, con todos sus contrastes de desarrollo, de democracia y de demografía? El Mediterráneo, zona de contacto y de intercambio ¿está en trance de convertirse en "la nueva frontera" de la Europa de los Doce? ¿Una línea de ruptura entre el Norte y el Sur? El mar, que siempre ha sido un puente, ¿se habrá convertido, o se estará convirtiendo, en un foso, una barrera, una línea de demarcación? No hay respuestas definitivas para todas estas preguntas inquietantes. Pero el hecho de que uno se las plantee atestigua la profunda confusión que sienten los mediterráneos de las dos orillas. Ya se ven asomar al horizonte graves desequilibrios y tensiones extremas. Se manifestarán, sobre seguro, en conflagraciones sociales, en conflictos políticos, y tomarán otras múltiples formas, sin duda inéditas. Uno de esos desequilibrios, que parece merecer el interés de numerosos especialistas y amedrentar a ala opinión pública mediterránea", es el de la explosión demográfica en el sur del Mediterráneo.

Vista desde la orilla norte del Mediterráneo, " la explosión demográfica" de la orilla sur aparece, en primer lugar, como una amenaza de invasión. Si la contaminación asfixia al Mediterráneo, el maremoto migratorio amenaza con asfixiar la identidad de Europa. Este es, en líneas generales, el análisis que hacen numerosos responsables europeos, y no sólo de la extrema derecha del abanico político. En una circular difundida en unos cuantos millones de ejemplares, Alain Juppé, secretario general del RPR [Asamblea para la República, partido de la derecha francesa.- Nota del t.], toca el clarín de la movilización general: "Lo que está en juego es capital, escribe, tenemos que preservar la identidad de Francia ».

Las tendencias profundas de la demografía mediterránea

La evolución demográfica es el dato más "pesado" de la cuenca mediterránea. Está marcado por el contraste de los números en el norte y en el sur y las características de las poblaciones. En el norte, la transición demográfica-o "la transición de un régimen tradicional de equilibrio demográfico, de mortalidad y fecundidad altas, a un régimen moderno de equilibrio, de mortalidad y fecundidad bajas"-está acabada. En el sur, ha empezado, pero está lejos de estar acabada. En el conjunto mediterráneo de los dieciocho países ribereños, la población se ha acrecentado en un 68 por ciento en treinta y cinco años (1950-1985), es decir, una tasa de incremento anual promedio del 1,5 por ciento, más baja que la del 1,9 por ciento registrada para todo el mundo. Esta tasa disminuye lentamente, pero se calcula que seguirá siendo considerable: del orden del 1,3 por ciento hasta el año 2000, y del 0,9 por ciento entre el 2000 y 2025.

Sin embargo, estos porcentajes globales ocultan muchos desequilibrios. En efecto, los cinco países grandes de la orilla norte (Región A: España Francia, Grecia, Italia y Yugoslavia) experimentan tasas de incremento netamente inferiores a las de los demás países del Mediterráneo, que acusaron un incremento del 2,3 por ciento (Región B: Albania, Chipre, Israel, Mónaco, Líbano y Malta) y del 2,5 por ciento (Región C: Argelia, Libia, Marruecos, Túnez, Turquía, Sina y Egipto).

Según las hipótesis demográficas del Plan Azul, se calcula que, en 2025 la Región A ya no tendrá más que el 36 por ciento de la población total de la cuenca, frente al 66 por ciento en 1950 y el 52 por ciento en 1985. A la inversa, los países de África del Norte (Libia, Túnez, Argelia, Marruecos) más Egipto, Siria y Turquía agruparían, en 2025, cerca del 60 por ciento de toda la población de la cuenca mediterránea, es decir, en valores absolutos, el doble de sus actuales efectivos y cerca de cinco veces más que en 1950.

Las tendencias profundas de la demografía en los países árabes

No todos los países árabes son mediterráneos. Pero los países árabes más poblados lo son. Conviene, por lo tanto, analizar la situación de la población en el mundo árabe independientemente de su anclaje mediterráneo para demostrar la gravedad de lo que está en juego demográficamente.

Dimensión, aumento y distribución de la población en el mundo árabe

La población total de los países árabes en 1987 ha sido estimada en 204 millones de habitantes, es decir, el 4 por ciento de la población mundial, situando al mundo árabe en quinto lugar después de China, India, la URSS y EE.UU. Se calcula que en 1990 alcanzó 210 millones y que en el año 2000 llegará a 289 millones (en la hipótesis de un promedio de crecimiento del 2,8 por ciento). Esta población está distribuida en 22 Estados: 13 en Asia, con un total de 62 millones (1987), y 9 en África, con un total de 142 millones, o sea, el 60 por ciento de la población árabe total.

Siete Estados árabes tienen una población de más de 10 millones. Se trata de: Egipto, Argelia, Marruecos, Siria, Iraq, Sudán y Arabia Saudí Estos siete países reunidos disponen de una población total de 161 millones, o sea, el 78,9 por ciento de la población total. Otros doce Estados tienen menos de 5 millones de habitantes. Estos países son: Líbano, Jordania, los Emiratos, Kuwait, Qatar, Omán, Bahrein, Yemen del Sur, Libia, Yibuti, Mauritania y Somalia. Estos doce países tienen una población total que no sobrepasa los 25 millones, o sea, un poco menos de una octava parte de la población total.

Sólo dos países tienen una población media que se sitúa entre 5 y 10 millones-;. Son Túnez (7,7 millones) y Yemen del Norte (7,2 millones), o sea, el 7,3 por ciento de la población total.

Al distribuir a la población árabe por reagrupamientos regionales se llega a los siguientes porcentajes:

Esquema 1

Población total (en millones)% de la población árabe
Consejo de Cooperación del Golfo
(Arabia Saudí Kuwait, Omán,
Qatar, EAU)
19
9,3%
Consejo de Cooperación Arabe
(Egipto, Iraq, Jordania, Yemen
del Norte)
78,2
38,3%
Unión del Magreb Arabe
(Libia, Mauritania, Túnez, Marruecos,
Argelia)
60
29,4%
Otros países
(Siria, Líbano, Yemen del Sur, Sudán,
Yibuti, Somalia)
63,9
31,0%

La población árabe se acrecenta a una tasa anual promedio de 3 por ciento, lo que coloca al mundo árabe entre los países que tienen la tasa de crecimiento demográfico más alta del mundo. Si el crecimiento se mantiene en las mismas proporciones (entre 2,7 y 3 por ciento), la población árabe llegará a 300 millones en el año 2002, y rebasará la población de los doce países de la Comunidad Europea en torno al año 2010, constituyendo así el tercer bloque demográfico después de India y China.

El mundo árabe se extiende sobre una superficie de 14 millones de km2, con una densidad demográfica de 14 habitantes por km2. Pero los desniveles entre los países árabes son enormes, con una densidad de 300 habitantes por km2 en Líbano y sólo 2 habitantes por km2 en Libia y Mauritania.

Dentro de cada uno de los países, la distribución de la población es muy desigual. Por ejemplo, la gran mayoría de la población egipcia se halla concentrada en una región que apenas supera el 4 por ciento de la superficie total. En el valle del Nilo, la densidad sobrepasa el tope máximo de 1000 a 200.0 habitantes por km2. Una situación semejante se vuelve a encontrar en Gaza (Palestina) y, a menor escala, en Argelia, Libia y Arabia Saudí.

Estos desequilibrios en lo tocante a la distribución de la población se vuelven a encontrar en las ciudades y el campo. Así, la población urbana representa el 52 por ciento de la población total. El crecimiento urbano, cuya magnitud cobra proporciones alarmantes desde hace 20 años, se explica no sólo por las altas tasas de crecimiento demográfico, sino también por los flujos migratorios internos (corno en Bagdad, Damasco, El Cairo, Argel, ErRiad, etc.), así como por los flujos migratorios externos, como es el caso de Kuwait, Bahrein y otras ciudades del Golfo.

En los otros países, de vocación agrícola (Yemen, Siria), la población rural se halla esparcida en 50.000 aldeas, en Yemen, y 14.000 aldeas y caseríos, en Siria, sin contar a la población beduina, las estimaciones de la cual fluctúan mucho debido a su emigración temporera.

La fuerza de trabajo y la fuerza activa

La fuerza de trabajo es la población total en edad de trabajar, generalmente el grupo de edad de 15 a 64 En el mundo árabe representa el 53 por ciento de la población total, es decir, 108 millones (en 1987). Es un porcentaje más bien bajo con relación a otras regiones del mundo.

La fuerza activa, que agrupa a los trabajadores efectivamente metidos en una actividad económica o en busca de una actividad económica, representa el 27,6 por ciento de la población total, o sea, 56,5 millones en 1987. Esta tasa relativamente baja explica el nivel extremadamente elevado de dependencia económica (es decir, el número de personas cuya subsistencia depende de 100 personas que se han puesto a trabajar).

Se calcula que, en 1990, la fuerza activa se situaba en torno al 28,3 por ciento, o sea, 62 millones. En el año 2000 podría subir a 85 millones, es decir, el 29,4 por ciento, suponiendo un incremento anual del 3 por ciento.

La baja tasa de la fuerza de trabajo se explica por la reducida participación de las mujeres en edad de trabajar en las actividades económicas, puesto que menos del 10 por ciento de las mujeres árabes desarrollan una actividad económica en el mercado de trabajo (contra el 32 por ciento en Italia, el 38 por ciento en Alemania y el 45 por ciento en Dinamarca).

Todo esto es especialmente esclarecedor. La situación sería todavía más palpable si se comparara la tasa de la fuerza activa con la fuerza de trabajo y no con la población total. En este caso, los porcentajes serian todavía más sorprendentes, ya que la fuerza activa casi no representaría más que el 52,3 por ciento de la fuerza de trabajo, con notorias diferencias entre los países, desde el 75 por ciento en Bahrein hasta el 29 por ciento en la República Democrática del Yemen. Esta relación fuerza activa/fuerza de trabajo es más baja que el promedio mundial.

Estructuras demográficas de la población

En el mundo árabe, el número de hombres sobrepasa al de mujeres en cerca de 3 millones de unidades, o sea una relación de 103. El promedio mundial es de 100.

Pero esta distribución por sexo varía de un país a otro, a causa, en gran parte, de las migraciones. Así, en los países receptores de mano de obra (países de recepción), el número de hombres es con muchísimo superior al de mujeres, alcanzando un coeficiente de 205 en los Emiratos Arabes Unidos, 164 en Qatar y 147 en Bahrein.

En cambio, ese coeficiente es con gran diferencia desfavorable a los hombres en los países proveedores de mano de obra, como Argelia y la República Democrática del Yemen.

La estructura por edad es, sin duda alguna, uno de los indicadores demográficos más importantes y el factor de mayor impacto social, económico y demográfico. Es un factor decisivo en la determinación de la mano de obra disponible (fuerza de trabajo), de la dimensión de la fuerza activa y de la tasa de dependencia económica.

En el mundo árabe, el elemento más llamativo es el predominio del grupo de edad de O a 15 años en la pirámide de las edades, puesto que quienes tienen menos de 15 años representan cerca del 50 por ciento de la población total. Sólo el África subsahariana tiene una estructura de edad semejante a la del mundo árabe, ya que los menores de 15 años representan el 45 por ciento de la población total. Como simple comparación, ese porcentaje cae a 21 por ciento en Europa.

Por supuesto, la proporción de los menores de 15 años vana de un país a otro, dadas las tasas de natalidad y de mortalidad (sobre todo, la mortalidad infantil), así como el nivel económico y la importancia de la migración (y, sobre todo, la estructura por edad y sexo de esta migración).

A causa de la extrema juventud de la población árabe, la tasa de dependencia bate marcas mundiales, puesto que sobrepasa 90 en 13 países árabes y 100 en algunos otros, como Jordania y Argelia.

Cambio de población

Tres factores determinan la dimensión del crecimiento y de la estructura demográficas:

  1. Ias tasas y los tipos de fertilidad;

  2. Ias tasas y los tipos de mortalidad;

  3. las características de las migraciones internas e internacionales.

La tasa de incremento bruto en el mundo árabe oscila alrededor del 42 por mil (frente a un promedio mundial del 28 por mil). Esta tasa es sobrepasada por África, donde llega al 46 por mil:

(Esquema 2)

Mundo árabe42,1
Mundo28,5
Africa (+países árabes)46,0
América Latina33,6
América del Norte16,3
Asia Oriental21,0
Asia meridional (+países árabes)37,1
Europa14,4
Oceanía21,8
URSS18,3

Pero esta tasa sobrepasa el 45 por mil en doce países árabes, con las tasas más altas en Mauritania y Yemen. Cae a 35 por mil en otros seis países (el Golfo), donde el número de hombres excede al de mujeres a causa de la inmigración, y en los demás países árabes donde la planificación familiar forma parte de una política gubernamental deliberada (como en Egipto y en Túnez).

Por lo que se refiere al promedio de nacimientos por mujer, el más alto es en Jordania (7,7) y el más bajo en Líbano (3,8). El promedio mundial se sitúa en tomo a 4, pero es menos de 2 en Europa y EE.UU.

La tasa anual de mortalidad es del 12,6 por mil (frente a un promedio mundial del 11,4).

Esta tasa es elevada a pesar de la juventud del mundo árabe, lo que demuestra el bajo nivel de sanidad pública. Pero aquí también merece la pena destacar las diferencias, con una tasa de mortalidad infantil que apenas sobrepasa el 4 por mil en Kuwait y más del 22 en Yemen. Total, la esperanza de vida es estimada en 56,2 años (54,6 para los hombres y 58,6 para las mujeres). Es apenas inferior al promedio mundial, que es de 58 años. En Europa es de unos 72 años para los hombres y de 75 para las mujeres.

Los árabes han vivido siempre importantes movimientos migratorios. A comienzos del siglo hubo considerables flujos migratorios no organizados hacia América Latina (4 a 6 millones de árabes) y Estados Unidos (3 a 4 millones de árabes).

La emigración de trabajadores árabes hacia Europa es de fecha reciente (años 50, 60 y 70), pero atañe a casi 4 millones de personas (trabajadores y sus familias).

La migración palestina es un caso aparte, ya que ha sido provocada, en gran parte (casi un millón después de 1948), por la creación de Israel sobre suelo palestino. Hoy, de 5 millones de palestinos, alrededor de 3 millones viven fuera de la Palestina histórica (Israel y territorios ocupados). La mitad de estos 3 millones de palestinos disponen de una cartilla de radón alimentaria en calidad de refugiados.

Con el auge petrolero de los años 50, un gran número de migrantes árabes se dirigieron hacia los países del Golfo, que acogieron de 3,5 a 4 millones de trabajadores árabes, entre ellos, 700.000 a 800.000 palestinos.

Todas estas migraciones internas (horizontales) y externas (verticales: hacia los países industrializados) han modificado ampliamente la estructura de la población en los países árabes, agravando las desigualdades ciudades-campos y creando situaciones de subpoblación en ciertas regiones rurales, ligadas a los problemas de envejecimiento y de feminización en ciertas aldeas.

Las tendencias profundas en el Mediterráneo Occidental

Echemos mano, con el único propósito de demostrar lo dicho, del caso particular de tres países árabes del África del Norte, mediterráneos y miembros de la UMA: Argelia, Marruecos y Túnez. Como en los demás países árabes, la problemática demográfica y la del empleo, que es su corolario, representan aquí un importante desafío. Pero su cercanía geográfica a la Europa comunitaria latina (Portugal, España, Francia e Italia) les confiere un lugar especial en las preocupaciones europeas.

En efecto, la población de Argelia-Marruecos-Túnez se ha duplicado en 27 años, pasando de 22,6 millones en 1953 a 45,2 millones en 1980. Llegará a 74,4 millones en el año 2000 y probablemente a 100 millones en torno a 2025. Comparada con la población de la Europa latina, eso significa que la población de estos tres países del Magreb, que representaba una sexta parte de la población de la Europa latina en 1950 (21 millones frente a 125 millones), representó casi un tercio de ella en 1980, más de un tercio en 1990 y representará, en el intervalo de una generación, poco menos de dos tercios (o sea, unos 110 millones frente a unos 170) en 2025.

Así, por ambas partes del Mediterráneo, el contraste demográfico es manifiesto.

En primer lugar, contraste de números. El ejemplo más flagrante es el de ltalia, cuya tasa de fecundidad se sitúa en tomo a 1,3 nacimientos por mujer, y de su ex-colonia Libia, con un promedio de 7 nacimientos. Lo cual significa, con todos los datos constantes, que la población italiana podría disminuir en un ó por ciento, mientras que la de Libia se duplicará en el transcurso de los próximos 30 años.

Este contraste es, sin duda, extremo. Pero no es excepcional. En efecto, todos los países de la orilla norte del Mediterráneo tienen una tasa bruta de natalidad inferior al 2 por ciento. Y todos los países del Magreb tienen una tasa con mucho superior a ésta, llegando a veces, como en Argelia y Libia, al 4,5 por ciento.

Este rápido vuelo por encima de las cifras entrega un claro mensaje: el centro de gravedad de las poblaciones de ambas partes del Mediterráneo occidental se está volcando. "Este vuelco, escriben Agnes Chevallier y Véronique Kessler, tiene tales implicaciones que hay que desarrollar todas las formas de cooperación entre los dos conjuntos de población. A falta de lo cual, las tensiones que pueden engendrar estas dinámicas divergentes podrían ser portadoras de graves riesgos de conflictos".

Luego, contraste de la estructura de la población. En el Magreb, la categoría de edad de 0 a 15 años representa del 48 al 50 por ciento de la población. Sin duda, hasta el año 2015, la parte de las categorías de edad de 15 a 65 años irá acrecentándose. Pero la edad mediana seguirá siendo baja En Argelia, por ejemplo, pasará de 16,ó años en 1985 a casi 22 años en el año 2015. En el mismo tiempo, en Europa, pasará de 33,9 a 38,5 años. El envejecimiento europeo será, pues, tanto relativo como absoluto. En el norte del Mediterráneo, el porvenir de las sociedades europeas, envejecidas y arrugadas, como diría Alfred Sauvy, suscita muchas inquietudes. En el sur, en cambio, la cuestión esencial será la llegada masiva de las jóvenes generaciones al mercado de trabajo.

Por último, contraste de crecimiento de la fuerza de trabajo. En efecto, si esta tasa oscila en torno al 1 por ciento en el norte del Mediterráneo, sobre todo en España e Italia, subirá, en los diez años que van de 1990 a 2000, al 2,7 por ciento para Túnez, al 3 por ciento para Marruecos y al 3,7 por ciento para Argelia. Concretamente, eso significa una duplicación de la fuerza de trabajo en menos de una generación en el conjunto de los países magrebíes, y en menos de 20 años en el caso particular de Argelia.

En términos de creaciones anuales de empleos, esto significa un promedio de 256.000 para Argelia, de 268.000 para Marruecos y de 78.500 para Túnez, o sea, para el Magreb, un total de 602.500 empleos suplementarios por año hasta el año 2000. Estimando en 50.000 dólares el coste medio de un empleo, como lo hace Mansour Moalla, la inversión anual necesaria sería del orden de 30 mil millones de dólares. Tarea colosal, tanto más cuanto que el desafío para estos países es doble: garantizar un empleo a los jóvenes que entran en el mercado de trabajo y reducir por lo menos a la mitad la tasa de desempleo en cada uno de los países. Para aceptar tal desafío, el empleo argelino debería aumentar en un 5,1 por ciento, el de Marruecos en un 3,8 por ciento y el de Túnez en un 3,ó por ciento, lo cual necesitaría por lo menos la duplicación de la inversión necesaria. Es casi imposible hacer la apuesta sin una política adecuada de recaudación del ahorro local, de fomento sistemático de las inversiones, de impulso de la iniciativa privada, de reformas de las empresas públicas, de revitalización del sector agrícola, de dinamización del sector terciario. Ya ha pasado la época en que se podía contar con la válvula de la emigración para disminuir la presión sobre el mercado de trabajo.

En el Mediterráneo latino, el cuadro es muy distinto. Sin duda, la tasa de desempleo sigue siendo alta (19 por ciento en España, 5,7 por ciento en Portugal, 10,ó por ciento en Francia y 11,8 por ciento en Italia), y el crecimiento del empleo registrado se sitúa por detrás del crecimiento del empleo necesario.

Con todo, a lo largo de los próximos años, la población activa aumentará cada vez menos y los activos serán cada vez más viejos. A comienzos de la década del 2000, el número de activos comenzará incluso a disminuir en Francia e Italia, reflejando una gran escasez de jóvenes adultos en el mercado de trabajo.

En otras palabras, en la Europa latina, las salidas del grupo de edad de 15 a 65 años serán mayores que las entradas, lo que significa una contracción de la fuerza de trabajo. En cambio, en los tres países del Magreb sucederá lo contrario. El siguiente esquema ilustra este contraste.

Así pues, la cuestión demográfica en el Magreb es inmensa. Será, de seguro, la más obsesiva. En efecto, si no se llega a transformar este potencial humano en crecimiento efectivo, el paro y el subempleo tomarán el cariz de una plaga. El Magreb no puede_sin demasiados riesgos_dejar vegetar a una gran parte de su juventud en una existencia tan precaria. En cuanto a Europa, dejar pudrirse una situación a 14 km de su frontera española es rayar en la inconsciencia. En el Mediterráneo, la demografía es una cuestión geopolítica de primera importancia. Por eso tiene que ser manejada desde ahora y eventualmente controlada. Perder eso de vista es prepararse un futuro que no apetece y que no encanta a nadie.

Emigración e inmigración en el Mediterráneo

"(...) Si las riquezas no van
allí donde están los seres humanos,
éstos van naturalmente allí
donde están las riquezas".

Alfred Sauvy

Así pues, el contraste demográfico en el Mediterráneo reviste una gran importancia geopolítica debido a la contigüidad. Pero también por otra razón. Y es que se desarrolla sobre el fondo de una crisis generalizada en la orilla sur. Déficit alimentario preocupante, ya que una de cada dos calorías es importada, industrialización precaria, endeudamiento trepador, integración vertical excesiva, urbanización salvaje y crisis de comportamiento cultural que desemboca en una ola de integrismo religioso.

En semejante contexto, ninguna barrera policial, ningún cordón sanitario pondrá un dique a los nuevos flujos migratorios en el Mediterráneo. A falta de un desarrollo económico de la orilla sur que disuada a los candidatos a la emigración, que los retenga en casa, que les quite todas las ganas de partir, de huir, se presenciará en los próximos decenios una intensificación de las migraciones internas y de los flujos migratorios hacia el exterior.

Migraciones internas

El problema de la presión demográfica está ligado al de su distribución en el espacio. En los países del Magreb, provoca un éxodo hacia la ciudad. "De la experiencia de estos países resulta que la transformación social (urbanización acelerada, proletarización) ha ganado por la mano a las capacidades del sistema económico de crear los empleos necesarios en los espacios adecuados". H. R. D'Orfeuil ha estimado que un crecimiento demográfico del 2 por ciento anual genera un crecimiento urbano del 4 por ciento y un crecimiento de las chabolas del 8 por ciento.

Como en todas partes en el Tercer Mundo, la urbanización del Magreb no es el agente del desarrollo que se había creído que era: ocasiona una extraversión de la economía, una dependencia alimentaria, considerables gastos no productivos. La ciudad magrebí, cautiva del sistema mundial, no consigue hacer las veces de polo de crecimiento y de integración del espacio nacional.

Flujos migratorios externos

Los movimientos de población han marcado toda la historia del Mediterráneo occidental y son un elemento importante en las conciencias colectivas. La población magrebí se ha instalado en Europa desde hace más de dos decenios. Al comienzo, se trataba sobre todo de migración de trabajo, es decir, concernía sólo a los hombres, llegados sobre todo a Francia, Bélgica y Holanda para trabajar como obreros o peones.

Los años 1974-1975 constituyen un viraje decisivo en el carácter de la inmigración, cuando la inmigración de trabajo fue prohibida en casi todos los países europeos. A partir de esos años, el movimiento migratorio se feminiza. El caso de Francia es el más típico. Entre 1975 y 1982, en Francia entran el doble de mujeres magrebíes que hombres. Es más, durante estos siete años, diez veces más argelinas que argelinos llegaron para instalarse en Francia aprovechando la reagrupación familiar. De manera que en 1982, la población argelina (la más numerosa de las magrebíes) llega a comprender un 40 por ciento de mujeres. Por lo que se refiere a la población magrebí total en Francia, hoy se la estima en 1.417.000 personas (frente a 227.100 en 1954), de las cuales 796.000 son argelinas, 431.000 marroquíes y 190.000 tunecinas. En Bélgica, la población magrebí, sobre todo marroquí, representa cerca de 150.000 personas, de las cuales por lo menos 130.000 son marroquíes.

Así, en el transcurso de los últimos quince años se presencia la transición de una inmigración de trabajo a una inmigración de instalación. Eso se manifiesta además en el corrimiento de vocabulario, que habla más gustosamente de los inmigrados que de los trabajadores inmigrados. La inmigración económica masculina y precaria deja paso a la inmigración familiar. El personaje central del trabajador inmigrado, condenado a "la mayor de las soledades», ha sido reemplazado por el del "joven beur ["árabe", en argot francés.- Nota del t.]" escolarizado. Esta inmigración de instalación reviste caracteres inversos:

En lo tocante al empleo, sin embargo, y a pesar de una mayor movilidad registrada en todos los países europeos, las especificidades persisten. No habría sustitución de la mano de obra inmigrada por la mano de obra local, como indica, por otra parte, la demanda de "trabajo clandestino". Como destaca François Dubet, " una mano de obra pagada por debajo de lo normal y móvil sigue siendo necesaria", añadiendo que "en el fondo, la paradoja es la siguiente: los inmigrantes se instalarían porque ocupan empleos marginales, pero útiles". Eso no impide que numerosos inmigrados ya no sean obreros de fábrica o en obras de construcción, sino trabajadores independientes: hoteleros, encargados de restaurante, comerciantes, o incluso abogados y médicos. Hay, sin duda alguna, una movilidad social lenta, pero real. Estudios muy elaborados hechos sobre el caso francés lo demuestran, especialmente los de S. Bonnet y G. Noiriel. Pero los " núcleos duros" del empleo inmigrado persisten, especialmente en la industria automóvil.

En estos sectores, la sustitución de inmigrados por nacionales es muy reducida. De manera general, cuanto más necesita un trabajo una cualificación importante y bien remunerada, más posible es la sustitución, lo que conduce bien a mantener a los inmigrados en las labores menos cualificadas, o a su regresión a la precariedad. Y, sin embargo, se observa cada vez más un corrimiento de la mano de obra inmigrada hacia la pequeña y mediana empresa. Por lo que se refiere al paro de los inmigrados, éste es proporcional al nivel de cualificación. Mientras menos cualificado se es, menos es posible la sustitución y menos se está expuesto al paro. En todo caso, un estudio de G. Abou Saada ha demostrado, siempre para el caso francés, que, desde 1985, el paro de los inmigrados ha disminuido, pasando del 12,4 por ciento en 1983 al 11,05 por ciento en septiembre de 1987.

Es, sin duda, en la vivienda donde el proceso de integración es menos sensible. Las dificultades de vivienda familiar han conducido a la instalación de familias magrebíes en los conjuntos más o menos abandonados por franceses que tuvieron acceso a otras formas de vivienda, o en los cascos deteriorados de la periferia de las grandes ciudades. Las condiciones de vivienda han sido ampliamente estudiadas. Bastan algunas cifras: el 20,9 por ciento de los extranjeros son propietarios, frente al 50,7 de los franceses; el 61 por ciento de los argelinos están en viviendas superpobladas y sólo el 11 por ciento viven en casas individuales, frente al 50 por ciento de los franceses.

Así, globalmente, la población magrebí en el Mediterráneo del Norte, y especialmente en Francia, es buscada en función de sus características especificas de no cualificación. Parece estar adaptada a la "última categoría" de la jerarquía de empleos, para los cuales esta población no entra en competencia con los trabajadores nacionales, al menos en los salarios que está dispuesta a aceptar. Indudablemente, como señala Ghorbel, "la situación de los trabajadores magrebíes no cualificados, que llegan a un mercado de trabajo ya saturado, conduce a una especie de "marginalidad social", sobre todo en un contexto de crisis". Contrariamente a ciertas previsiones, ésta no ha provocado retornos masivos. La inmigración magrebí aparentemente está ahí para quedarse. Quienes en Europa siguen utilizando el término de "trabajadores emigrados", para hacer pensar que la inmigración es temporal, se equivocan. En cuanto a los gobiernos magrebíes que, por nacionalismo friolero, hacen como si su "emigración" hubiera de regresar infaliblemente al país, no hacen más que engañar a su población.

En realidad, el retorno se vuelve cada vez más mítico. La población magrebí inmigrada prefiere vivir, incluso en condiciones de marginación social y expuesta al racismo trepador, antes que regresar a su país a engrosar las filas de los parados. Además, el paisaje sociológico se ha transformado radicalmente. Una "desinserción" demasiado larga, como dice con razón Camille Lacoste-Duiardin, ha desfasado a los padres emigrados de la vida magrebí, mientras que los hijos tienen desde ahora demasiadas ataduras en su país de residencia. Desde luego, los partidarios de la "devolución de los inmigrados a casa" se resisten a admitir que la inmigración magrebí es una inmigración duradera Por eso explotan todas las ocasiones para anatematizar a una población inmigrada que se perpetúa.

En efecto, un sondeo publicado por Le Monde el 31 de octubre de 1989 mostraba que el 50 por ciento de los franceses temen al islam, mientras que el 45 por ciento son de un parecer contrario. Ya en octubre de 1985, un número del Figaro-Magazine armó mucho ruido con el titular "¿Seremos todavía franceses dentro de tinta años, y L'Événement du Jeudi, del 4-10 de enero de 1990 publicaba el titular "Francia: ¿hay que temer al islam?".

Todo eso demuestra la imagen negativa del islam que se cultiva en todos los países europeos El alboroto de los medios de comunicación a propósito de los famosos "pañuelos islámicos" nos ilustra sobre el malestar de una parte de la población que sólo ve al islam a través de prismas deformantes, de grupúsculos integristas especialmente vociferantes. ¿No hay algún peligro, en efecto, en sustituir la categorización de "inmigrado magrebí" por la menos precisa de "inmigrado musulmán"? Pues, como hace resaltar con mucha razón Camille Lacoste-Dujardin, "en tal caso es imponer a los magrebíes su religión como única identidad", lo que, para muchos europeos, cobra forma de fantasma.

Ahora bien, tratándose de religión, no sólo el 83 por ciento de los musulmanes de Francia no van a la mezquita, sino que muy a menudo la afirmación de un sentimiento musulmán es menos la expresión de una diferencia inconciliable que, como señala con mucha razón François Dubet, "la demanda de un derecho de salir de la clandestinidad cuando la idea misma de retorno se aleja".

En realidad, toda esta literatura apocalíptica en tomo al "islam invasor" remite al problema de la conciencia colectiva. Pues, en términos de conciencia colectiva, como nota muy oportunamente Régis Debray, no hay duda de que la cortina de hierro institucional y militar ha dejado lugar a otra cortina de hierro mental y política. La primera, que está destruida, estaba en el Este, la segunda se reconstituye inmediatamente después ¡en el Sur! De hecho, el racismo antimagrebí, antimusulmán, antiárabe ha ocupado el lugar del anticomunismo, del antisovietismo, en términos de movilización de los proyectos conservadores. La noción de extranjero se ha desplazado. La persona del Este, durante mucho tiempo considerada como extranjera y globalmente satanizada, es ahora redescubierta como pariente, como hermana. El extranjero se ha vuelto la persona del Sur, la persona "con la cual no hay acoplamiento mutuo», ni cultural ni político. Al ya no poder constituirse, identificarse contra el «peligro rojo", Europa parece constituirse contra "el peligro islámico".

ero ¿se puede reconstruir un muro ideológico Norte-Sur en el Mediterráneo, impermeable al movimiento de las personas, aunque permeable al movimiento de los bienes? Esta pregunta, planteada por Edgar Pisani, plantea el problema de la impermeabilidad. ¿No es, en efecto, paradójico enfrentar la orilla europea contra la orilla árabe y mulsulmana, cuando el Mediterráneo, por su fluidez misma, es por esencia un factor de movilidad y, por lo tanto, de intercambio y de interdependencia?

Es decir, en el Mediterráneo occidental, la situación es totalmente nueva a juzgar por los desequilibrios demográficos y económicos previsibles, pues las relaciones euro-magrebíes"estarán marcadas por la saturación que caracteriza a las sociedades de recepción, las del Norte, no sólo en función del criterio económico, sino también en atención a un conjunto de variables complejas, en las cuales las que se refieren a la cultura son decisivas".

A pesar de todas las medidas que pudieren ser tomadas en el Norte y en el Sur con vistas a atajar, si no a deshacer, los movimientos de población potenciales, éstos no por eso dejarán de tener lugar, de una manera o de otra, dada la proximidad de ambos conjuntos y la diferencia de niveles de riqueza que los pone frente a frente y los separa. No hay duda de que vamos a hacer frente a una mutación del fenómeno de la migración, que se parecerá a un fenómeno colectivo de "mecánica de fluidos", según la feliz fórmula de Edgar Pisani, en que las grandes masas sobrepresionadas en el Sur tratan de dispersarse hacia los espacios de subpresión demográfica en el Norte.

En cuanto a los inmigrados ya instalados en Europa, éstos serán seguramente integrados. Pero, si toda inmigración es, en primer lugar, una aventura, también es un desgarramiento, una adversidad, un desarraigo, y el cambio de naturaleza que impone requiere tiempo. "Las antiguas inmigraciones, las que desde ahora parecen tan bien asimiladas, no fueron ni tan fáciles ni tan bien aceptadas como ahora se piensa a fin de evidenciar las dificultades de hoy".

Entonces, ¿por qué se hace tanta publicidad de la inmigración magrebí y por qué ésta moviliza tanto a la opinión pública? Sin duda porque los inmigrados entran en un universo popular europeo que se descompone poco a poco bajo el peso de las mutaciones industriales y urbanas, que traen consigo nuevas marginaciones, un debilitamiento del movimiento obrero, un replanteamiento del papel regulador del Estado, una fragilización de la identidad nacional confrontada al reto de la Europa supranacional. Por eso, los inmigrados se sienten, a pesar de ellos, objeto de debates que no siempre son los suyos.

La inmigración clandestina

La inmigración clandestina siempre ha sido, en el Mediterráneo, una realidad tenaz permanente. Pero la aparición del "problema de las migraciones clandestinas" de mano de obra a Europa occidental es relativamente reciente. Demuestra una voluntad de los Estados de "controlar"' más estrechamente los flujos internacionales de migrantes más que de cerrar, hablando con propiedad, la entrada a su territorio.

De hecho, el notable estudio dirigido por Yann Moulier Boutang, JeanPierre et Roxane Silberman sobre las migraciones clandestinas llega a tres importantes conclusiones:

En efecto, a pesar de la "crisis" y el "paro", el cierre total de fronteras nunca se verificó. La inmigración temporera nunca se interrumpió. La reagrupación familiar prosiguió. Los flujos de refugiados adquirieron importancia nueva, mientras que la inmigración clandestina, en el sentido estricto del término, nunca cesó. No se puede hablar, pues, más que de una disminución de las entradas de activos. Pero tal disminución no ha correspondido a un agotamiento de los factores de llamada. Los sectores de actividad que ya recurrían estructuralmente antes de la crisis a una mano de obra extranjera han continuado haciéndolo. bajo la mirada complaciente de los poderes públicos. A este factor de llamada tradicional vino a añadirse un factor específicamente ligado a la crisis y a la intensificación de la competencia internacional. Es la busca de una mayor flexibilidad del aparato productivo soslayando el sistema salarial protegido. Por eso mismo, la mano de obra clandestina es sobre todo aspirada por la economía subterránea, especialmente por el sector informal urbano.

Y como los poderes públicos son incapaces de arreglar el problema de la economía subterránea, se ensañan con la inmigración clandestina. Ahora bien, los autores antes citados son categóricos al respecto: "imputar a la inmigración clandestina la persistencia de la economía subterránea es plantear el problema totalmente al revés". Así, si, globalmente, las "puertas principales" de los países europeos han sido cerradas a los candidatos a la inmigración, las "puertas de servicio" han seguido estando entreabiertas.

Las razones de esta ambigüedad son múltiples:

Y sin embargo, oficialmente, los poderes públicos hacen como si combatieran a los "clandestinos» para tranquilizar a una opinión pública presa de la duda. Así, la lucha contra la migración clandestina se ha convertido en el instrumento de un ataque en regla contra los derechos de los inmigrados y "la máscara favorita del puro y simple racismo con respecto a ciudadanos de origen extranjero".

En el Mediterráneo, la inmigración clandestina amenaza con adquirir dimensiones considerables. La falta de salidas para los jóvenes escolarizados de los países del Sur los inducirá indefectiblemente a intentar la aventura de la inmigración clandestina. Los países en los que más se pone la mira como "término" del viaje o como lugar de tránsito hacia otros cielos son los países mediterráneos de la Europa comunitaria. Por eso, en parte, es muy difícil proceder a evaluaciones de las migraciones no controladas. De ahí las diferencias extravagantes en las estimaciones, que van de 1 a 5 en Italia y de 1 a 2,5 en Francia.

Por eso, nadie, en el estado actual de nuestros conocimientos de métodos de evaluación, puede dar cifras fiables de la inmigración clandestina en la Europa comunitaria, y especialmente en los cuatro países de la Europa latina. No obstante, es posible facilitar, sólo indicativamente, algunas estimaciones, que deben ser tomadas con muchas precauciones.

Estas estimaciones requieren, sin embargo, algunas observaciones:

Conclusión:
El Mediterráneo, demasiado estrecho para separar y demasiado ancho para confundir

Al acercarse el plazo de 1992, las fronteras se irán borrando poco a poco.

No para todos. Sólo el famoso pasaporte rojo podrá abrir las puertas de Europa. Una vez abolidas las fronteras, ¿en qué se convertirán los ocho millones de inmigrados extracomunitarios, de los cuales más de la mitad son inmigrados mediterráneos?

(Esquema 6)
Estimación de la población extranjera en La CEE:

Total población extranjera: 12.800.000
Súbditos de la CEE 5.000.000
Súbditos de Estados terceros7.800.000
Súbditos de Estados terceros desarrollados1.800.000
Súbditos de Estados terceros no desarrollados6.000.000
Súbditos de Estados terceros del contorno mediterráneo 4.600.000
Otros súbditos de Estados terceros1.400.000

Tomemos un ejemplo: supongamos un trabajador argelino establecido en Francia desde hace 20 años. Supongamos que ha obtenido la nacionalidad francesa. Tiene un pasaporte rojo europeo. Este hombre es teóricamente europeo, por lo menos en los papeles. Pero si, por una u otra razón, tiene ganas de establecerse en Alemania y de trabajar allí, ¿tendrá los mismos derechos que un francés de origen? ¿O se lo rechazará, recordándole que es, sobre todo, argelino?

He tomado este ejemplo, además en forma de interrogatorio, para mostrar claramente que la Europa de 1992 corre gran peligro de tropezar con este delicado tema de la "circulación de las personas". Sin duda alguna, el debate sobre la inmigración está lejos de estar cerrado.

Luego está el problema crucial de la segunda generación que Europa tendrá que resolver.

Hay que recordar que estos jóvenes, nacidos en Europa de padres inmigrados, no son inmigrados. En todo caso, ellos no se consideran como tales. Estos jóvenes están sentados entre dos sillas, carecen de referencias sicológicas y culturales y sufren un problema de identidad. Estos jóvenes tienen ambición y lo han demostrado. La mayoría tienen la nacionalidad del país de recepción. Pero los papeles no bastan para que se sientan franceses, belgas o italianos de pleno derecho cuando el racismo y la xenofobia los convierten, en la vida cotidiana, en personas aparte. ¿Cómo va a integrar a esta juventud la Europa de 1992?.

Por último está el problema espinoso de la inmigración clandestina, que es, a la vez, la cara oculta, él reverso de la medalla y la prolongación natural de la migración legal. A pesar de todos los cordones sanitarios y los dispositivos de control que estuvieran tentados de establecer los países europeos, esta forma de migración va a proseguir a causa del mantenimiento de los factores de llamada en los países europeos, y como válvula al sobrante demográfico en los países de origen. La excesiva satanización de la migración clandestina, sin una correspondiente política de represión de las redes de tráfico y de la economía subterránea que dan trabajo a tal migración, es muestra de mala fe.

Todas estas consideraciones remiten al tema, muchas veces planteado en este texto, de los desequilibrios demográficos entre los países de la CEE y los países árabes, y, dentro de estos dos grupos de países, entre los del norte y los del sur del Mediterráneo. A este respecto es forzoso comprobar que los países mediterráneos latinos corren gran peligro de convertirse en los "talones de Aquiles" de la Europa comunitaria. La cercanía geográfica, las especificidades regionales y la evolución económica de estos países son factores de llamada de migración sobre todo magrebí Es de desear que este problema sea manejado en forma realista y ponderada, lejos de los alborotos de los medios de comunicación y de cualquier reflejo xenófobo.

La visión de una "fortaleza Europa" que se cierra a los súbditos de los países mediterráneos terceros alimenta los análisis prospectivos. Si la posibilidad de un nuevo desarrollo de los flujos migratorios, bajo la presión demográfica y económica de los países del sur del Mediterráneo, no es de descartar, ya se perfila la de una Europa temerosa, xenófoba, recogida en sí misma. Ahora bien, como hace notar Jacqueline Costa-Lascoux, "una división 'Norte-Sur', que separaría demasiado claramente a los súbditos de la CEE y a los de los Estados terceros sería perjudicial para las libertades y limitaría enormemente la ejemplaridad de una "Europa de los ciudadanos".