Primera parte: EUROPA FRENTE A LOS PAÍSES ÁRABES


EL MEDITERRÁNEO ENTRE LAS TENTACIONES SOLITARIAS Y LOS PROYECTOS SOLIDARIOS

Bichara Khader (*)

¿Vamos a asistir por fin a la irrupción del Mediterráneo en este siglo XX que se acaba? Sí, parece insinuar toda una pléyade de autores. Pero irrupción tempestuosa, de consecuencias imprevisibles, a menudo descritas como apocalípticas. Y es que el Mediterráneo aparece como una "amenaza", un mar "inestable", un "mar de penas", en resumen, un "Mediterráneo amargo".

Los autores enumeran todos los factores de conflagración-si no de deflagración-que allí se reúnen: la explosión demográfica, el integrismo musulmán, el terrorismo, la inmigración, el conflicto árabe-israelí más otros treinta conflictos abiertos o latentes, el subdesarrollo, el agotamiento de los recursos hidráulicos, la erosión de los suelos y las tensiones económicas. Cada vez más pasan por alto la rivalidad Este-Oeste ... distensión obliga.

Tantos factores de inestabilidad en un mar semicerrado no pueden sino alimentar los miedos y angustias en las dos orillas, sobre todo en la más opulenta. En su erudito libro, François Puaux lo reconoce sin rodeos: "El viejo mar latino (el subrayado es mío), cuna de nuestra civilización, es, en realidad, un lugar de contradicciones religiosas, sociales y territoriales, el foco de múltiples conflictos por mucho tiempo insolubles".

En verdad, el Mediterráneo, que no tiene finalidad ni autonomía, se ha convertido en un objetivo estratégico importante. Se lo puede comprobar a lo largo de su historia, que a sus características marinas generales (espacio, movilidad, flexibilidad de uso) une la ventaja especial de una posición única y privilegiada en el punto de intersección de tres continentes (Asia-Africa-Europa), en el cruce de dos ejes (Este-Oeste y Norte-Sur), y como nexo entre dos océanos (el Adriático y el Indico) y cuna de tres religiones monoteístas. Además, el Mediterráneo absorbe la sexta parte del comercio mundial y la tercera parte del tráfico petrolero mundial. De esta arteria dependen en gran medida la economía y la seguridad de los ribereños.

Pero este mar semicerrado no es un mar como los otros; es, observaba Fernard Braudel, un "complejo de mares": mares llenos de islas, interrumpidos por penínsulas, rodeados de costas dentelladas. Su vida está íntimamente ligada a la de la tierra; su historia no puede disociarse del mundo terrestre que lo circunda. Es, en resumen, un mar encerrado por tierras. Si el mar conserva el mismo rostro, aunque cada vez más arrugado por la contaminación, las tierras, por su parte, se distancian. Contrastes de las tres "D": Demografía, Democracia, Desarrollo.

Por eso, la geopolítica del Mediterráneo es, en primer lugar, la geopolítica del espacio terrestre que él baña.

Hemos analizado en otro lugar los desequilibrios demográficos en el Mediterráneo. Aquí nos dedicaremos a examinar las desigualdades económicas.

El Mediterráneo en la economía mundial

Una digresión histórica

Desde la remota Antigüedad, árabes y europeos habían tejido una densa red de intercambios en tomo a la zona mediterránea. Desde luego, ésta no vivió una unidad política de tipo imperial más que durante el Imperio Romano. Pero el hecho de que esta unidad no haya podido ser reconstituida por Bizancio, ni por el Islam árabe ni por el Imperio Otomano en ningún momento obstaculizó la intensidad de los intercambios. Por una parte, porque el mar, en si, es movilidad. Y, por la otra, porque es en las orillas del Mediterráneo que nace y se desarrolla el poder de burguesías urbanas, mercantiles y clericales. Este carácter urbano de la zona mediterránea la diferencia de la Europa del Norte, de predominio aristocrático y feudal, a la vez que explica el fenómeno del clientelismo político, tan corriente en los Estados mediterráneos, incluso hoy en día.

Hasta el siglo XVI, el Mediterráneo pertenece a sus ribereños. Los polos dominantes se localizan en sus orillas: fenicios, griegos, romanos, árabes musulmanes, ciudades italianas, Imperio Otomano.

Con el descubrimiento de las Américas, el centro de gravedad se desplaza hacia el Atlántico. No sólo las ciudades italianas pierden su influencia en beneficio de ciudades portuguesas, inglesas, holandesas, sino el Mediterráneo se vuelve precisamente la zona fronteriza entre el nuevo centro europeo, luego euro-norteamericano, y la nueva periferia afro-asiática. Antaño lugar de intercambio y de ósmosis, el Mediterráneo se vuelve una línea de demarcación de un capitalismo europeo naciente, que busca sus raíces en la Antigüedad greco-romana y su basamento ideológico en la civilización judeocristiana, marginando, de este modo, a la orilla sur árabe-islámica, y, peor aún, desconociendo la aportación fantástica de la civilización árabe-islámica a la civilización universal. De espacio económico autocentrado (a pesar de las separaciones políticas), el Mediterráneo se vuelve "el prototipo del espacio fragmentado, donde los interventores externos y las relaciones bilaterales con otras zonas prevalecen sobre las relaciones multilaterales internas".

En el momento en que el capitalismo europeo echa raíces y coge fuerzas, la nación árabe, unificada después de los primeros siglos de la hégira, se halla descuartizada entre dinastías rivales y, por añadidura, ampliamente debilitada por la dominación otomana. Y cuando los egipcios Ali Bey al-Kabir (siglo XVIII) y Muhammad Ali (siglo XIX) intentan sacudir el yugo otomano y unificar el Machreq árabe para hacer frente a la Europa conquistadora ya era casi demasiado tarde. Europa no sólo había logrado abrir una gran distancia industrial, tecnológica, científica y militar con el mundo árabe-musulmán, sino también, y sobre todo, sus intenciones coloniales hacia Oriente aparecen con toda claridad (expedición de Bonaparte a Egipto y a Palestina, conquista de Argelia, etc.).

El mundo árabe se vuelve pronto un terreno de paso. La colonización europea de las orillas sur y este del Mediterráneo ahonda la distancia entre los mundos europeo y árabe.

El Mediterráneo se vuelve zona fronteriza. La complicidad rival euroárabe se convierte en un conflicto desigual. El mundo del islam se torna, en el discurso del siglo XIX, el mundo de la barbarie. El propio islam es criticado por los escritores (Renan) y los filósofos (Hegel) como una religión fatalista, tanática, impermeable al pensamiento racionalista, crítico, científico. La distancia económico-científica se transforma en un foso cultural. El Mediterráneo se convierte no sólo en el lugar de demarcación entre el centro y la periferia-el Norte y el Sur (diríamos hoy)-, sino también, y sobre todo, en una zona de enfrentamiento cultural entre la cristiandad y el mundo del islam, la arabidad y la europeidad. A partir de la colonización, la desigualdad económica toma una coloración religiosa. Entonces, el terreno es propicio para todos los fanatismos.

Paradójicamente, desde la destrucción de la flota de Napoleón en Trafalgar hasta el fin de la segunda guerra mundial, el Mediterráneo se convierte simplemente en una zona geoestratégica al servicio de un imperio no mediterráneo, el Imperio Británico. El Mediterráneo es la ruta más corta hacia las Indias para Gran Bretaña, que en él ocupa Egipto, Chipre, Malta, Gibraltar y Palestina, donde, por lo demás, contribuye a instalar el enclave sionista que, en 1948, se convirtió en el Estado de Israel.

Durante el período en que el Mediterráneo está dominado por la flota británica, el mundo árabe es desmembrado en colonias (Argelia), protectorados (Marruecos) y mandatos (los países del Machreq). La periferización económica es total. El renacimiento nacional sigue siendo veleidoso.

Paradójicamente, la posguerra significa el hundimiento de los imperios europeos (francés y británico) y la emergencia de la hegemonía norteamericana, pero también los comienzos de la construcción europea y el auge económico que la acompaña (1945-1970).

El 18 de abril de 1951 se firma el tratado que instituye la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), y el 25 de marzo de 1957, los tratados de la Comunidad Europea de la Energía Atómica (CEEA) y de la Comunidad Económica Europea (CEE). Estos tratados entran en vigor el 1 de enero de 1958. La construcción se inicia en torno al polo franco-alemán. Los países europeos del Sur (España, Portugal y Grecia) son dejados de lado. Mientras que Gran Bretaña, cuya mirada e intereses están dirigidos hacia el Atlántico, se desinteresa de ello.

Esbozada desde el Plan Marshall, la construcción europea no era para desagradar a Estados Unidos al comienzo. Una Europa unida podía ser no sólo una muralla contra el comunismo, sino también un subconjunto de un sistema mundial bajo el cayado norteamericano por la vía indirecta de la Alianza Atlántica, las inversiones norteamericanas y el rey dólar.

Fundamental para Europa, el período 1945-1970 también lo fue para el mundo árabe. En primer lugar es en 1945 que nace la Liga de los Estados Arabes, que, sin embargo, no consigue ir en contra del proyecto sionista en Palestina ni impedir la creación del Estado de Israel. También es el período en que ocurren los primeros golpes de Estado, llevados a cabo por la pequeña burguesía militar(Siria en 1948, Egipto en 1952, Iraq en 1958). Sobre todo es el período en que Egipto recupera el control sobre el Canal de Suez (1955) y en que Argelia arranca su independencia (1962), al mismo tiempo que se desarrolla la ideología arabista unitaria, cuya primera aplicación concreta es la efímera unión egipcio-siria (República Arabe Unida, en 19581961). Pero también es el período en que se desencadena el ataque tripartito franco-británico-israelí contra el Egipto naseriano (1956) y la guerra llamada de los Seis Días (1967), que permite a Israel ocupar el Sinaí, Gaza, Cisjordania y el Golán. El proyecto árabe desaparece con la muerte de Náser en 1970.

Durante este período, el movimiento nacional árabe ha sido inducido a situarse en una perspectiva de alianza con la Unión Soviética para oponerse a la ofensiva norteamericana (cuyo apoyo a Israel, después de la agitada peripecia de 1956, vuelve a ser total). El mundo árabe se convierte en la zona por excelencia del enfrentamiento Este-Oeste. Todo acontecimiento, golpe de Estado o revolución es captada a través de este prisma deformante. Europa se repliega en sí misma. Sólo se preocupa por su propia prosperidad y su seguridad. Está allanado el camino para los futuros acuerdos de Camp David (1977-1978).

Desde el punto de vista económico, la inserción del mundo árabe en el sistema mundializado se acentúa entre 1945 y 1978. Francia conserva de facto, aun después de las independencias de los países del Magreb, posiciones privilegiadas con sus antiguas colonias y protectorados y permite la firma de las primeras convenciones de asociación entre la CEE y los países del Magreb; mientras que Inglaterra, presente en los países del Golfo, y Estados Unidos procuran garantizar el flujo de un petróleo árabe abundante y barato a un mercado europeo especialmente glotón. Por lo demás, en los países dominados por los nuevos equipos dirigentes procedentes de la pequeña burguesía militar, si bien consiguen mejorar la suerte de las capas pobres y medias del campo y de la ciudad, no logran, sin embargo, impulsar un desarrollo autocentrado, ni ampliar la base industrial, ni negociar las modalidades de la división del trabajo a escala de la región.

Por eso, el intento de cristalización de una burguesía nacional árabe, que implicaba el dominio de la fuerza de trabajo, de los recursos naturales, de los circuitos financieros y de las tecnologías, se quedó sin futuro.

La economía europea 1970-1990

El choque petrolero de 1973 recuerda a Europa una evidencia: la importancia de sus lazos con el mundo árabe, pero también la vulnerabilidad del edificio económico que ha construido.

Por esto, la década de los setenta se sitúa en Europa bajo el signo de la crisis, imputada esencialmente a la cuadruplicación de los precios del petróleo. No es éste el lugar para refutar una explicación tan superficial, pero una cosa, sin embargo, es cierta: la crisis esbozada a fines de la década de los sesenta y desencadenada a comienzos de la década de los setenta es, antes que nada, una fase-por cierto, larga-de reconversión de la distribución de la división internacional del trabajo y de la modificación del lugar de cada uno de los polos económicos mundiales (Europa, Estados Unidos y Japón) en la transnacionalización actual.

Por lo que se refiere a los países árabes, petroleros y parapetroleros, la esperanza creada por el reajuste de los precios del petróleo no se ha plasmado en resultados económicos y avances políticos reales. Lo que es más, resulta que, tanto para el mundo árabe como para Europa, principales protagonistas de esta "crisis", una oportunidad histórica de recentraje de la economía mundial en torno a una cooperación euro-árabe no ha sido plenamente aprovechada. Más grave aún, si la crisis dio a Europa un nuevo impulso, a la vez político (ampliación de la Comunidad) y económico (superación de la crisis, Acta única, etc.), el enriquecimiento financiero y la "prosperidad petrolera" de los árabes tuvieron dramáticos efectos dañinos para todos los países, tan dramáticos que la situación de los países árabes es hoy, en muchos aspectos, peor de lo que era en 1970. Es verdad que nunca se construyeron tantos hospitales, escuelas, carreteras, puertos, aereopuertos, embalses. Pero ni desde el punto de vista financiero, ni desde el de la tecnología, ni desde el de las modificaciones de las relaciones regionales e internacionales, en donde, sin embargo, todas las esperanzas estaban permitidas, dio lugar la "prosperidad" petrolera a avances significativos.

Si la crisis fue para Europa, en lo esencial, la transición a una mundialización acrecentada, para el mundo árabe significó, sobre todo, la transición del subdesarrollo a una dependencia generalizada.

La crisis, esbozada desde fines de la década de los sesenta, se desarrolló a comienzos de la década de los setenta a consecuencia de los choques sucesivos que fueron las devaluaciones del dólar, el fin del sistema monetario internacional de Bretton Woods y las alzas de los precios del petróleo en 19731974 y 1979-1981. El hecho de que los medios de comunicación occidentales se hayan esforzado sobre todo por destacar "los choques petroleros" como factores explicativos exclusivos de la crisis dice mucho de la mala fe de quienes procuraban achacar a la OPEP, y especialmente a los árabes, la responsabilidad de las conmociones de la economía mundial de los años setenta.

Multidimensional por su naturaleza, la crisis es, en realidad, una transformación del paisaje económico mundial que se caracteriza por el desquiciamiento de la hegemonía norteamericana y el fortalecimiento de las otras potencias nacionales mundiales que son Europa y Japón.

Por lo que se refiere al Tercer Mundo, del que los países árabes, petroleros y no petroleros, son parte integrante, los efectos de la crisis son contrastantes, habida cuenta de las características de los diferentes países, de sus ventajas, de su lugar y de su modo de inserción en el sistema de la economía mundial.

En resumen, la crisis es, en primer lugar, una larga transformación (1970-1990). A este respecto, el parecido con la "gran depresión" de los años 1873-1895 es impresionante (el cuadro construido por Michel Beaud, que traza un paralelismo entre ambas "crisis", es edificante): una economía predominante desafiada, economías nacionales ahogadas, capitalismos nuevos que se asientan, industrias tradicionales en decadencia, nuevas tecnologías y nuevas actividades en auge, nuevos impulsos en el sentido de la internacionalización y de la mundialización. Con la sola diferencia de que la crisis actual constituye, probablemente, el "tempo forte" de una transición hacia un capitalismo posindustrial.

No es nuestra intención, en este estudio, extendernos sobre las medidas de detalle tomadas por la CEE para administrar la "crisis" que se desarrolla a comienzos de los años setenta. No obstante, un hecho merece ser destacado: la ampliación de la Comunidad y, como corolario, las nuevas polarizaciones intercomunitarias, intereuropeas, interregionales y entre el Norte y el Sur del Mediterráneo.

La ampliación de la CEE

Las discrepancias de opinión entre los miembros fundadores de la CEE y Gran Bretaña (principalmente entre Francia y Gran Bretaña) impidieron la incorporación de ésta a la Comunidad Europea. La réplica a este fracaso británico es la constitución de la AELE (Asociación Europea de Libre Cambio), en 1959, de la que se hacen miembros Austria, Dinamarca, Gran Bretaña, Islandia, Noruega, Portugal, Suecia, Suiza y, posteriormente, Finlandia.

Pero, pronto, Gran Bretaña se da cuenta de su interés económico de no quedarse fuera de la CEE. Por lo que en 1961 presenta una primera solicitud de incorporación. Dinamarca, Islandia y Noruega hacen lo mismo. Esta solicitud es rechazada como consecuencia de la oposición del presidente francés De Gaulle, quien además hace fracasar la segunda solicitud de incorporación, presentada en 1967. No es, por lo tanto, sino después de la dimisión de De Gaulle, en 1969, que la solicitud de incorporación de Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca halla una acogida favorable. Los tratados de incorporación son firmados el 22 de enero de 1972 y estos tres países se convierten en miembros efectivos el 1 de enero de 1973. Noruega retira su candidatura como consecuencia de la oposición de la población noruega al proyecto de incorporación.

Otros países europeos presentan su candidatura: Grecia en 1975, luego España y Portugal en 1977. El primero se convierte en miembro efectivo el 1 de enero de 1981 y los dos últimos países se convierten en los miembros undécimo y duodécimo el 1 de enero de 1986.

Quisiéramos detenernos un poco en esta última ampliación dadas sus posibles repercusiones sobre el futuro de las polarizaciones europeas y sobre las relaciones euro-árabes. En efecto, a la inversa de la primera ampliación, cuyo alcance y efectos fueron reducidos, la segunda ampliación ha introducido una situación inédita. La Europa comunitaria se divide en dos: la Europa del Norte y la Europa mediterránea. La línea divisoria no es simplemente geográfica, sino también política, social y demográfica. La Europa del Sur es, innegablemente, una región distinta en el seno de la Comunidad Económica Europea. El desarrollo tardío del capitalismo, la instauración de dictaduras fascistas o conservadoras a lo largo del siglo XX, el establecimiento de un Estado fuerte y la debilidad de la sociedad civil en todos estos países les confieren, a todas luces, cierto parentesco. Ciertamente, todos ellos han instaurado, durante las dos últimas décadas, regímenes políticos parlamentarios y han experimentado un crecimiento económico relativamente fuerte, del orden del 4,5 al 7 por ciento. Pero este proceso de modernización política y económica se efectúa paralelamente a la conservación de estructuras "arcaicas" de producción y de trabajo. La intervención del Estado en la economía nacional ha sido decisiva para asentar el poder de las nuevas élites modernistas, pero ha impedido la introducción de una dinámica de competitividad necesaria para sostener este proceso de crecimiento, lo que, en resumidas cuentas, ha conducido a un desfase de productividad) con relación a la Europa del Norte.

En estas condiciones, la incorporación de España, Portugal y Grecia aparece, de buenas a primeras, como una voluntad de estrechar la distancia que separa a la Europa mediterránea de la Europa del Norte. De hecho, esa distancia se ha estrechado notablemente. Pero la contrapartida ha sido una mayor integración de las economías de estos países al sistema capitalista mundial y, en especial, a su polo noreuropeo.

Por lo que se refiere a la CEE, es evidente que la ampliación se justifica por el objetivo de constituir un subconjunto importante en el sistema mundializado. El ingreso de España en la CEE aumenta la tierra cultivable de la Comunidad en un 27 por ciento y la población agrícola en un 28 por ciento. Este objetivo sólo podía ser alcanzado con la extensión de la base territorial de Europa, la ampliación de su mercado interior y una política voluntarista de revitalización del tejido industrial y de modernización acelerada de la primera periferia de la Europa comunitaria (España, Portugal y Grecia). Esta modernización pasaba por la incorporación y ésta suponía una aceptación de las reglas de juego de la competencia mundializada por parte de los países candidatos.

La ampliación y su efecto sobre la economía europea

Ya antes de la incorporación de España y Portugal, la Comunidad Europea constituía un polo importante del comercio mundial, con casi un tercio del comercio mundial (incluido el intracomercio) (31,1 por ciento) y un quinto del comercio mundial (excluido el intracomercio) (19,8 por ciento) en 1984-1985.

Se observa que, entre los diez países que más participan en el comercio mundial, hay seis países miembros de la Comunidad, cuya participación en las importaciones mundiales es del 29,4 por ciento y, en las exportaciones mundiales, del 30,5 por ciento. Entre éstos, la participación de Alemania es preponderante, con el 7,9 por ciento y el 9,ó por ciento, respectivamente.

En 1988, año para el que disponemos de cifras fiables, los intercambios extracomunitarios representan el 41 por ciento de los intercambios totales de los Doce y hacen de la Comunidad el primer exportador y el primer importador del mundo, por delante de Estados Unidos y Japón. La Comunidad atiende, en 1988, el 18 por ciento del comercio mundial (excluidos los intercambios intracomunitarios) y el valor de los intercambios exteriores de los

Doce se ha multiplicado por 16 desde 1958, es decir, un ritmo más rápido que la evolución del comercio mundial.

Como es de esperar, la mayor parte de los intercambios se efectúan con los países industriales, principalmente con Estados Unidos, que sigue siendo el primer cliente y el primer proveedor de los Doce, seguido de Japón. Los países en desarrollo atienden el 31 por ciento de los intercambios exteriores de la Comunidad; entre ellos, los países mediterráneos y los miembros de la OPEP ocupan un lugar privilegiado.

Pero el hecho notable que merece ser destacado es la evolución extraordinaria de los intercambios intracomunitarios entre 1958 y 1988.

Ciertamente, la Comunidad pasó de 6 a 12 miembros, pero el efecto dinamizador de la construcción europea sobre los intercambios internos sigue siendo, sin duda alguna, un dato importante.

Los desequilibrios macroeconómicos en Europa

La situación de los socios europeos en el seno de la CEE es muy contrastada desde el punto de vista macroeconómico, en términos de PIB y de PIB por habitante, de empleo, de inflación, de finanzas públicas y de margen de maniobra que deja la presión exterior. En algunos países, entre los cuales en primer término la RFA, las evoluciones demográficas conducen a una estabilización del paro, incluso en ausencia de creaciones de empleo. En otras partes, como en Francia, en Italia o en España, el crecimiento necesario para una simple absorción de los ingresados en el mercado ya es considerable.

Sería ilusorio pensar que la unificación alemana podría retardar el envejecimiento demográfico de Alemania, dado que el crecimiento demográfico de Alemania del Este tendería a seguir al de su hermana gemela.

Una de las primeras desigualdades europeas se manifiesta en el PIB, ya sea que se utilice como unidad de expresión del PIB el ECU o el SPA (Estándar del Poder Adquisitivo).

El cuadro antes indicado pone de manifiesto un dato esencial: Alemania ocupa un lugar dominante en el seno de la CEE, puesto que, con sus 61 millones de habitantes, es decir, poco menos de la quinta parte de la población comunitaria, dispone de un cuarto del PIB comunitario. Por otro lado, el PIB de un alemán es cuatro veces más importante que el de su homólogo estadístico griego y hasta cinco veces más importante que el de un portugués. Claro es que si el PIB es redactado en SPA, las polarizaciones intracomunitarias son más suavizadas, pero siguen siendo, a pesar de todo, considerables.

La RFA es también la primera potencia comercial de la Europa comunitaria. El saldo de la balanza comercial de la RFA, constantemente positivo desde comienzos de los años cincuenta, ha experimentado un importante crecimiento después de 1973. Es el único país de la CEE que almacena masivos excedentes exteriores.

La RFA no sólo hace disponibles importantes excedentes en su balanza comercial global, sino también presenta considerables excedentes comerciales en los intercambios intracomunitarios. Así, el saldo de los intercambios comunitarios (promedio 1986-1988) arroja un excedente de 27.038.000 millones de ECU para la RFA, seguida por los Países Bajos con 13.417.000 millones.

Nada sorprendente, por lo tanto, que las inversiones directas alemanas en el exterior sean, con gran diferencia, muy superiores a las de otros grandes países de la CEE, como Francia e Italia.

Por eso, sintentizando en demasía, se puede decir que, en el seno de la CEE, existe una importante polarización Norte-Sur, con una Alemania próspera y dominante, y países que se enfrentan con un déficit masivo de sus finanzas públicas, que conduce a un considerable aumento de su endeudamiento.

Polarizaciones intraeuropeas

A la polarización intracomunitaria conviene añadir una polarización intraeuropea, es decir, la que existe entre la Europa comunitaria y los otros países mediterráneos no árabes: Yugoslavia, Turquía, Albania, Malta, Chipre e Israel.

Así, con excepción de Israel, cuya economía es sostenida por la ayuda exterior, principalmente norteamericana (el 10 por ciento de la ayuda norteamericana va a Israel), y de Chipre y Malta, cuyo PIB per cápita relativamente elevado se explica en parte por su escasa población, los otros tres países (Turquía, Yugoslavia y Albania) tienen un PIB per cápita que los acerca más a los otros países mediterráneos árabes que a los países europeos vecinos, pues un alemán promedio dispone de un ingreso medio 14 veces superior al de un turco o 16 veces superior al de un albanés y 9 veces superior al de un yugoslavo.

Polarizaciones intra-regionales

Dentro de cada uno de los Estados miembros, la CEE no ha conseguido reducir las diferencias.

Las regiones más ricas se concentran hoy en el triángulo Londres-Ruhr-París, si se exceptúa algunos espacios aislados, como la región lionesa, el valle del Po y, en menor medida, Cataluña. Estas regiones atraen las migraciones externas, presentan índices de urbanización elevados y reúnen la mayor parte de las grandes metrópolis europeas, donde se concentran las funciones de mando.

A la inversa, otras regiones presentan un grave retraso de desarrollo. Se trata de espacios periféricos, que presentan todas las características de las regiones subdesarrolladas en Europa (baja densidad de población, fecundidad mas elevada que el promedio nacional, participación más importante de la agricultura, red de comunicaciones deficiente) y son, sobre todo, tierras de emigración hacia las regiones ricas del mismo país o, directamente, hacia otros países europeos. Es el caso de Andalucía, el Mezzogiomo, Irlanda, Extremadura, Creta, Córcega, etc.

A estos espacios desfavorecidos se añaden ciertas regiones industriales duramente afectadas por la decadencia de las actividades tradicionales (explotación hullera, textiles, siderurgia, construcción naval, etc.). Es, principalmente, el caso de Valonia, del Norte-Paso de Calais, del País de Gales, que registran altas tasas de desempleo.

En todas estas regiones, el PIB es de 30 a 50 por ciento inferior al promedio comunitario. En Italia, la renta per cápita en el Mezzogiorno representa todavía un 60 por ciento de la del resto del país. Siempre en Italia, la renta de los habitantes de Liguria es por lo menos dos veces superior a la de los habitantes de Calabria.

En cuanto a los desniveles a escala de la Comunidad, por ejemplo entre Calabria y la región de Hamburgo o de París, son del orden de 1 a 5. Los principales medios de acción establecidos por la Comunidad para corregir estas "anomalías", como el FEDER (Fondo Europeo de Desarrollo Regional), no han tenido sino pocos efectos.

Para paliar estas deficiencias, la Comunidad adoptó un nuevo enfoque regional, que apunta a juntar en las regiones en dificultad tanto las ayudas comunitarias como las nacionales y regionales. Estas operaciones integradas, que obtienen una prioridad de financiamiento, se refieren esencialmente a dos tipos de acción:

La reforma de los fondos estructurados, aprobada por el Consejo de Ministros en junio de 1988, prevé una mayor concentración de las intervenciones en un número limitado de objetivos.

A pesar de las múltiples polarizaciones (intracomunitarias e intraregionales), la Europa de los Doce sigue siendo la segunda potencia económica, con un PIB de 4.232.000 millones de ECU en 1989. Sólo es aventajada por Estados Unidos, cuyo PIB se estima en 4.863.000 millones de dólares, o sea 4.192.000 millones de ECU, en 1988, y 4.950.000 millones de dólares en 1989 o 4.500.000 millones de ECU, y precede a Japón, con un PIB de 2.559.100 millones de dólares, o 2.206.100 millones de ECU (relación ECU/dólar = 1,16), en 1988, y probablemente un PIB de 2.750.000 millones de dólares o 2.500.000 millones de ECU en 1989 (relación ECU/dólar = 1,10).

Hoy, la Comunidad se clasifica entre los principales productores mundiales en la mayor parte de los sectores. Es la primera potencia agrícola del mundo e incluso figura en primer puesto en las exportaciones agrícolas. También es un centro del tráfico marítimo y aéreo mundial. La Comunidad es también el principal espacio turístico mundial: el turismo representa el 5,5 por ciento de su PIB total, el 8 por ciento de sus gastos de consumo, el 4 por ciento de su comercio exterior, emplea 7,5 millones de personas, es decir, el ó por ciento de su población activa, y experimenta una tasa de crecimiento del 5 por ciento.

Pero si la CEE se ha convertido en un polo importante en el sistema mundial es, sobre todo, gracias a los intercambios cruzados, que representan cerca del 55 por ciento de su comercio (intra), y a las inversiones cruzadas, que representan del 36 al 40 por ciento de las inversiones realizadas en el mundo.

Así, en resumen, el primer círculo de Europa es Europa.

Las relaciones económicas entre la Comunidad Europea y los países árabes

El primer círculo de la CEE es, pues, la CEE.

El segundo círculo son los países del Sur: países ACP [África subsahariana, Caribe y Pacifico] y países árabes, y, entre éstos, los países árabes del Mediterráneo del Sur. Ciertamente, los países de América Latina y de Asia están vinculados a Europa por el sistema del Commonwealth, de la francofonía o de la lusofonía, y mantienen con Europa importantes intercambios económicos. Pero estos países son disputados a Europa por el polo japonés en expansión (principalmente en Asia) y el polo norteamericano, que domina sobre todo en América Latina. El siguiente esquema ilustra las principales corrientes Norte-Sur y las principales zonas de influencia.

Europa y los países del Sur

Los intercambios comerciales con los países en vías de desarrollo en general (el Sur) no han dejado de incrementarse desde la creación de la CEE. El Tercer Mundo es, en 1988, el primer socio de la Comunidad, que atiende el 30 por ciento de las importaciones y el 31,3 por ciento de las exportaciones europeas. Del mismo modo, Europa es el primer mercado del Tercer Mundo. En 1988, las exportaciones comunitarias hacia el Sur han sumado cerca de 113 mil millones de ECU y sus importaciones han sobrepasado los 115 mil millones.

Paradójicamente, la balanza comercial de la Comunidad presenta un déficit estructural desde 1958, debiéndose principalmente a las importaciones de gas y de petróleo. Pero desde la caída de los precios del petróleo, como consecuencia del contrachoque petrolero de 1985, el déficit se está reabsorbiendo.

En conjunto, las relaciones de la Comunidad con los países del Sur han estado regidas por las famosas convenciones de Yaundé I (firmada el 20 de julio de 1963); Yaundé II (firmada el 20 de julio de 1969); la Convención de Arusha, en Tanzania, firmada entre la CEE y tres países de Africa oriental (Kenia, Uganda y Tanzania), el 24 de setiembre de 1969; y las cuatro convenciones de Lomé, firmadas el 28 de febrero de 1975 entre los Nueve y 46 países ACP; el 31 de octubre de 1979, entre la CEE y 58 países ACP; el 8 de diciembre de 1984, con 66 países ACP; y el 15 de diciembre de 1989, con 68 países.

Los intercambios económicos euro-árabes

Las relaciones económicas europeas con los diferentes países árabes se sitúan en varios marcos diferentes:

Iraq y Libia no tienen relaciones formales con la Comunidad Económica Europea, pero sus intercambios económicos con ella son considerables. En cuanto al Estado de Palestina, éste todavía tiene que instalarse en su territorio.

Así, desde hace más de 20 años, la CEE ha procurado institucionalizar sus relaciones con los diferentes Estados árabes, sea porque Estados europeos (como Francia) habían conservado de facto posiciones privilegiadas en las antiguas colonias (es el caso del Magreb), sea porque se esforzaban por reforzar su presencia en nuevos mercados (es el caso del Machreq), o por ir en contra de la penetración japonesa o norteamericana (es el caso de los países árabes de África vinculados a la CEE por las convenciones de Lomé), o por garantizar un abastecimiento regular de petróleo y de productos petroleros (es el caso del Golfo).

No hay, pues, relaciones económicas organizadas entre la CEE y la Liga de los Estados Arabes como tales El diálogo euro-árabe instaurado en 19731975 es un foro de reflexión, de debate, de información. No ha permitido instituir un marco formal en el que se organizarían las relaciones euro-árabes.

Los intercambios económicos euro-árabes 1973-1988

Entre 1968 y 1988, los intercambios internacionales se han multiplicado por más de diez. Hasta 1973, dos tercios del aumento del valor de las transacciones se explican por un crecimiento del volumen de los intercambios, y un tercio, por el aumento de los precios de las mercancías. Desde 1973-1974, es a la inversa.

Este rápido crecimiento de los intercambios internacionales ha sido muy desigual, según los productos y según las regiones del mundo. En efecto, si el sector agroalimentario y los metales han visto retroceder su participación, otras dos categorías han sido favorecidas con un notable incremento: la electrónica y, sobre todo, la energía. En efecto, si la energía representaba en 1968 alrededor del 7 por ciento del valor del comercio mundial (todas operaciones corrientes), en 1986 representaba más del 13 por ciento (y 18,ó por ciento si uno se limita sólo al comercio de mercancías), antes de caer a un 11,1 por ciento (y un 15 por ciento en el comercio total de mercancías) en 1988. Nada sorprendente, por lo tanto, que los intercambios euro-árabes desde 1973 hayan estado determinados por la variable energética.

Desde el ajuste petrolero de 1973 se ha presenciado una intensificación de los intercambios euro-árabes. El total de las importaciones de la CEE procedentes de los países árabes subió de 9.000 millones de ECU en 1972 a 67.400 millones en 1980, antes de caer a 31.700 en 1987 y probablemente 28.000 millones en 1988, como lo muestra el próximo cuadro:

La evolución del valor de las importaciones de la CEE procedentes de los países árabes está ligada directamente a la participación del petróleo en estas importaciones. En este ámbito se observan variaciones considerables en el curso de los años por el doble efecto de las variaciones de los volúmenes y de las bruscas oscilaciones de precios (en sentido del alza en 1979 -1980 y en sentido de la baja, a consecuencia de la caída de los precios, en 1986). En efecto, la participación del petróleo árabe en las Importaciones netas de la CEE bajó del 77,4 por ciento en 1981 a cerca del 62,1 por ciento en 1988.

Por otro lado, según las estadísticas de la AIE y teniendo como base un índice 100 en 1980, los precios CIF de la importación del petróleo comprado por los países miembros de la AIE han bajado, en moneda corriente, del índice 53 en 1986 al 45 en 1988.

La primera consecuencia de la caída de los precios del petróleo, principalmente en 1986, ha sido, naturalmente, una gran baja del valor de las importaciones de la CEE procedentes de los países petroleros, que pasaron de 67.400 millones de ECU en 1980 a sólo 28.000 millones en 1988. Por esta razón, la participación de los países árabes en las importaciones extra-CEE se encogió considerablemente, pasando del 23,9 por ciento en 1980 al 7,3 por ciento en 1988.

Las exportaciones de la CEE hacia los países árabes han aumentado a un ritmo muy acelerado, sobre todo desde 1973. Este incremento proviene del aumento de la demanda de los países árabes en materia de bienes de equipo y de transporte, de tecnología, de bienes alimentarios, de servicios, de armamento y de productos manufacturados.

El incremento de las ventas de la CEE a los países árabes corresponde principalmente a la acumulación de petrodólares por los países poseedores de una renta petrolera. Así, Argelia, antaño primer cliente de la CEE (21,5 por ciento de las exportaciones de la CEE al mundo árabe en 1972), ha dejado el puesto a Arabia Saudí (22,3 por ciento de las exportaciones de la CEE al mundo árabe en 1988). La participación del Magreb (Marruecos, Túnez, Argelia) ha disminuido sistemáticamente, pasando del 36 por ciento en 1972 al 23 por ciento en 1979, al 21,2 por ciento en 1987 y a cerca del 20 por ciento en 1988 (cuadros 10. 11 y 12).

Comparada con el total de las exportaciones de la CEE, la parte de las exportaciones hacia los países árabes alcanzó el 7 por ciento en 1980 antes de caer a un modesto 3,7 por ciento en 1987 y a un 4 por ciento en 1988. Pero, referida a las exportaciones extracomunitarias, la parte de las exportaciones de la CEE hacia los países árabes ha sido del 17,5 por ciento en 1980 y sólo del 9,5 por ciento en 1988 (cuadros 13 y 14).

Hasta 1983, el saldo de los intercambios comerciales ha sido desfavorable para la CEE y llegó a su punto culminante en 1980, en que el déficit de la CEE en sus intercambios con los países árabes alcanzó la cifra récord de 29.500 millones de ECU. Pero, desde entonces, el saldo global es excedentario para la CEE, sumando cerca de 5.700 millones de ECU en 1988.

La CEE exporta, en primer lugar, bienes de equipo y de transporte (un promedio del 30 al 35 por ciento), bienes manufacturados (entre el 15 y el 20 por ciento), productos alimentarios (del 11 al 15 por ciento) y productos químicos (del 7 al 9 por ciento). Las exportaciones comunitarias de productos alimentarios han experimentado un importante salto en el transcurso de los cinco últimos años debido al creciente déficit alimentario en todos los países árabes. La CEE ha obtenido más de la cuarta parte de este mercado prometedor, aventajando a Estados Unidos, que se ha reservado entre el 10 y el 15 por ciento, según los años.

Hasta 1980, el principal abastecedor de los países árabes era Francia. Eso se explicaba por los lazos de dependencia tejidos con los países del Magreb durante el período colonial. En 1988, Francia contribuye con más de la quinta parte de las exportaciones comunitarias hacia los países árabes (21,52 por ciento en 1988). Pero es seguida de cerca por el Reino Unido (20,11 por ciento), Alemania (19,60 por ciento) e Italia (17,33 por ciento). España- país mediterráneo-, con el 5,64 por ciento, hace menos que los Países Bajos, que se reservan el 7,15 por ciento de las exportaciones comunitarias hacia los países árabes.

Sin duda alguna, la penetración más espectacular en los mercados árabes ha sido la de Italia. En 1983, incluso se subió al primer puesto de los exportadores europeos. Pero después perdió esta posición dominante, contentándose con el cuarto puesto en 1988. Los principales clientes de Italia siguen siendo los mismos: Arabia Saudí, Libia, Argelia y Egipto, que suman cerca del 60 por ciento del comercio italiano con los países árabes. El tercer exportador de la CEE hacia los países árabes es Alemania. Contrariamente a Italia, cuyas exportaciones se concentran en algunos países, Alemania ha distribuido sus exportaciones en todos los países árabes, pero su principal cliente sigue siendo Arabia Saudí.

Pero Italia y Alemania experimentaron un debilitamiento, incluso una disminución de sus participaciones en las exportaciones totales de la CEE hacia los países árabes a consecuencia de la incorporación de España y Portugal, el 1 de enero de 1986, España no ha escatimado sus esfuerzos para acrecentar su participación. Desde luego, no ha habido un salto espectacular, pero la evolución es positiva, ya que la participación de España ha pasado del 5,27 por ciento en 1987 al 5,64 por ciento en 1988. Los españoles son los primeros en reconocer que todavía es insuficiente, principalmente en atención a su proximidad geográfica con el mundo árabe (especialmente Magreb) y al dinamismo de su sector exportador (del 17 al 20 por ciento). Su principal cliente sigue siendo Arabia Saudi, con 30-35 por ciento de sus intercambios con el conjunto del mundo árabe.

La incorporación de Grecia a la Comunidad (el tratado es firmado el 28 de mayo de 1979 y entra en vigor el 1 de enero de 1981) no parece haber tenido una influencia positiva sobre su comercio con los países árabes. Al contrario, después de haber alcanzado un 2,1 por ciento a comienzos de los anos 80, su participación ha bajado al 1,8 por ciento en 1986 y a un humilde 1,46 en 1988.

Por lo que se refiere a las importaciones, la mejor marca como cliente del mundo árabe la tiene Italia, con el 27,3 por ciento del total de las importaciones de la CEE procedentes de los países árabes. Es seguida por Francia (21,18 por ciento), Alemania (14,13 por ciento) y los Países Bajos (10,22 por ciento), que aventajan a Inglaterra, con un 9,28 por ciento.

Globalmente, la Comunidad Europea registra, desde 1983, saldos positivos en sus intercambios con los países árabes. En 1988, el porcentaje de las exportaciones sobre las importaciones representa el 119,81 por ciento, o sea, un saldo global de 5.630 millones de ECU. Sólo Inglaterra realiza un excedente de 4.210 millones de ECU, seguida de Alemania (2.659 millones) y Francia (1.309). El país europeo con los intercambios más negativos con los países árabes es Italia, con un déficit de 1.780 millones en 1988, es verdad que en baja sustancial con relación a 1987, en que el saldo negativo alcanzó la suma de 3.331 millones de ECU.

En cuanto a España, sus intercambios se saldan en un ligero déficit de 384 millones de ECU, menos importante, en resumen, que el registrado por Portugal (499 millones de ECU) en 1988.

Los intercambios económicos árabes con La Comunidad Europea

Si uno examina los intercambios económicos árabes con la CEE ¿qué comprueba? Dos tercios de las importaciones árabes, es decir, 94.100 millones de dólares en 1986, y dos tercios de las exportaciones, es decir, 84.700 millones de dólares, se hacen con los países industrializados.

Es a la CEE que le toca la mejor parte, tanto en el orden de la importaciones como en el de las exportaciones. En 1986, los árabes exportaron hacia la CEE por un valor de 30.600 millones de dólares (o sea, 31.000 millones de ECU) e importaron de la CEE por cerca de 43.000 millones (o sea, 43.600 millones de ECU). En porcentaje, la participación de la CEE en las exportaciones árabes representaba el 36 por ciento, y en las importaciones, el 45, 74 por ciento.

En 1986, el comercio internacional árabe experimenta una considerable disminución en valor, pasando de 235 mil millones para las exportaciones en 1980 a sólo 86 mil millones de dólares en 1986. Eso se debe, esencialmente, a la caída de los precios del petróleo, como consecuencia de la multilateralización de la oferta petrolera, y a las medidas tomadas por los Estados consumidores con objeto de economizar la energía petrolera, entre otras cosas con el recurso a energías alternativas y la baja de la intensidad energética.

La disminución de las importaciones está ligada a la misma situación antes descrita. La caída de los precios del petróleo (1985-1986) ha acarreado, naturalmente, una consiguiente disminución de la actividad económica general.

Los países árabes petroleros, sobre todo los del Consejo de Cooperación del Golfo, han sido golpeados de frente, evidentemente, por el contrachoque petrolero. Por lo demás, han tenido que repatriar parte de sus haberes invertidos en los países industrializados, estimados en 1986 en cerca de 200 mil millones de dólares. Pero su participación en las exportaciones e importaciones árabes ha seguido siendo muy alta: el 44,4 por ciento del total de las exportaciones y el 37,2 por ciento de las importaciones del conjunto de países árabes.

En 1988 se asiste a un ligero aumento en valor de las exportaciones árabes, con un total de 97.700 millones de dólares (relación ECU/dólar = 1,16) y de las importaciones, que superan de nuevo la barra de los 100.000 millones de dólares.

La CEE sigue siendo, por supuesto, el primer cliente (con 29.700 millones de dólares, o sea el 30,6 por ciento) y el primer abastecedor(41.900 millones de dólares, o sea el 39,2 por ciento), en baja con relación a 1986.

Entre los países árabes, Arabia Saudí sigue siendo el socio comercial más importante de la CEE; el comercio euroárabe permanece estacionario en el 22,2 por ciento. Es seguida por Argelia, con el 13,4 por ciento, Libia (12,3 por ciento) y Egipto (9 por ciento).

Entre los reagrupamientos regionales, la mejor parte del comercio euroárabe la tiene el CCG [Consejo de Cooperación del Golfo], seguido de la UMA [Unión del Magreb Arabe] y del CCA [Consejo de Cooperación Árabe]. Pero sólo la UMA realizó en 1988 un saldo positivo en su comercio con la CEE.

De la lectura de los cuadros anteriores se desprenden varias lecciones:

  1. A pesar del derrumbe de los precios del petróleo a partir de 1985, la CEE ha seguido siendo el principal socio comercial de los países de la Liga árabe, acaparando el 35,13 por ciento del comercio euro-árabe en 1988. En cambio, los países de la Liga árabe sólo representan el 4 por ciento del total de los intercambios comunitarios (extra e intra).

  2. Eso demuestra un alto grado de dependencia de los países árabes con respecto a la CEE, y, por lo tanto, su extrema vulnerabilidad.

  3. El mundo árabe sigue siendo, en conjunto, monoexportador, puesto que el petróleo representa las nueve décimas partes de las exportaciones árabes. Esto ilustra la persistente debilidad de las economías árabes, su falta de diversificación y su gran sensibilidad a las fluctuaciones de los precios y oscilaciones del mercado petrolero.

  4. El comercio euro-árabe hace disponible un saldo positivo para la CEE, sobre todo desde 1985. Pero, fuera del petróleo, se caracteriza por un déficit crónico de la balanza comercial árabe.

En total, las relaciones económicas de los países árabes con la CFF pueden resumirse en dos palabras: dependencia y verticalidad. En efecto, la dependencia es más fuerte que la interdependencia. En cuanto a la verticalidad, salta a la vista cuando se analiza la distribución geográfica del comercio árabe. A la inversa de la CEE, el mundo árabe comercia muy poco consigo mismo, puesto que apenas del 6 al 7 por ciento de las exportaciones árabes van hacia otros países árabes, mientras que el comercio intracomunitario representa más del 50 por ciento del total de los intercambios comunitarios.

Los intercambios económicos intramediterráneos La región mediterránea comprende en sentido estricto los países de la cuenca mediterránea, es decir: c uatro países del Sur de la Comunidad Europea (Grecia, Italia, Francia y España), seis países no CEE (Turquía, Malta, Albania, Yugoslavia, Chipre e Israel), tres países árabes del Machreq (Siria, Líbano y Palestina) y cinco países árabes de la costa sur (Egipto, Libia, Túnez, Argelia y Marruecos). En sentido amplio, la región mediterránea abarca a todos los países de la Liga árabe. En este estudio se tratará del Mediterráneo en sentido estricto.

La cuenca mediterránea representa hoy el 6 por ciento de las tierras emergidas, el 7 por ciento de la población mundial y el 8 por ciento de la riqueza mundial. Estos porcentajes son muy inferiores a los apreciados en tiempos de los grandes imperios mediterráneos. Eso se debe al hecho de que el Mediterráneo ha dejado de ser, desde hace mucho tiempo, el epicentro económico del desarrollo mundial. La reciente aparición de nuevas zonas de expansión económica, especialmente en torno al Pacífico, acentúa su relativa decadencia. Simultáneamente, el auge petrolero desplaza el centro de gravedad económica del mundo árabe hacia los países del Golfo. En este contexto, como recalca muy oportunamente F. Yachir, "la creciente integración de los países de Europa del Sur y de los países árabes en la economía mundial engendra más intercambios extramediterráneos que intercambios intramediterráneos ".

El sometimiento progresivo de la economía de la región a fuerzas extramediterráneas queda ilustrado por la gran penetración de Japón en calidad de cliente abastecedor. Estados Unidos se ha convertido en un importante abastecedor del Mediterráneo del Sur. En cuanto a Alemania, sigue siendo el tercer abastecedor y el segundo cliente de la cuenca mediterránea.

La penetración de fuerzas extramediterráneas también es demostrada por el aumento de las inversiones de países no mediterráneos en la región. Es conocido el peso de las inversiones norteamericanas y alemanas en Francia.

En España, de las mil empresas más importantes del país, 250 eran, ya en 1985-1986, filiales extranjeras.

Por lo demás, la posición subalterna de la región dentro del sistema capitalista queda bien ilustrada por la amplitud de la crisis que asola al conjunto de los países ribereños desde fines de los años setenta, aunque en grados diversos: inflación, endeudamiento, paro, déficit de la balanza comercial.

Pero la dependencia común de los países mediterráneos no debe ocultar el hecho de que el Mediterráneo está lejos de ser un espacio homogéneo. En efecto, además de su marginación a escala mundial, el Mediterráneo es una zona fragilizada por importantes diferencias de riqueza y relaciones de dependencia interna a la región. En primer lugar, las riquezas están desigualmente distribuidas entre el Norte y el Sur. Sólo los cinco países del contorno mediterráneo miembros de la Comunidad poseen un PIB de 2.018.000 millones de dólares en 1988, frente a un PIB global de 334.000 millones de dólares para los otros 14 países de la cuenca mediterránea, o sea el 16 por ciento del PIB de los países europeos del Sur de la CEE, es decir, una diferencia de 7 a 1. Dentro de los dos grupos, sin embargo, existen enormes diferencias en términos de PNB por habitante. Así, un francés dispone de un PNB de 16.128 dólares en 1988, frente a 710 dólares para un egipcio, o sea una relación de 22 a 1. En cambio, un libio dispone en 1988 de un PNB de 5.272 dólares, mientras que su homólogo estadístico griego sólo dispone de 4.853 dólares.

Luego, hay relaciones de dependencia interna a la región. En efecto, las exportaciones intramediterráneas están ampliamente dominadas por Francia e Italia, que, solas, proveen las dos terceras partes de ellas. Pero, paradójicamente, los países que dominan las exportaciones intramediterráneas son los que menos dependen del mercado mediterráneo. La parte de las exportaciones hacia el Mediterráneo en las exportaciones totales de los diferentes países de la orilla norte apenas supera el 25-30 por ciento según los años.

Además, lo esencial de los intercambios comerciales mediterráneos se hace entre los países del sur de la CFF. Su participación en el comercio de esta zona es primordial. Entre los cuatro realizan el 85 por ciento de las exportaciones y el 83 por ciento de las importaciones (1987).

Estos países poseen vínculos privilegiados entre ellos, como demuestran los datos del cuadro 23.

Así pues, Francia e Italia dominan el comercio mediterráneo. Esta posición dominante se refleja también en el desequilibrio de los intercambios bilaterales. Así, en 1987, Francia era excedentaria con todos los países mediterráneos, salvo Libia, e Italia era excedentaria con todos los países, salvo Francia y Libia. España era deficitaria con relación a Francia, Italia y Libia, pero excedentaria con todos los demás países de la cuenca mediterránea. Grecia era deficitaria con Francia, Italia, España y muchos otros países de la región Esta jerarquía de las posiciones comerciales se mantiene hasta hoy y refleja los respectivos poderíos económicos de Europa del Sur: un país dado, que es excedentario con respecto a los países menos desarrollados y deficitario con respecto a los países avanzados. Sólo es atípico el caso de Libia, en la medida en que este país registra un saldo positivo con los países europeos de la orilla norte, sin formar parte del club de los países desarrollados.

En realidad, esta jerarquía refleja tres cosas:

  1. Un desarrollo desigual en el Mediterráneo. Dos categorías de países se distinguen claramente: una, que exporta principalmente productos manufacturados (es el Mediterráneo europeo), y la otra, los combustibles y los minerales (países árabes). Es verdad que algunos países árabes también exportan bienes manufacturados, pero el componente tecnológico de estos bienes es relativamente ordinario y el valor añadido es bajo. Otro indicador de ese desarrollo desigual es el grado de concentración de la estructura de las exportaciones. Los índices de concentración son muy reveladores. El comercio de los países árabes sigue estando muy concentrado y los índices de concentración están muy cerca de 1, mientras que los países del norte del Mediterráneo exportan un considerable número de productos. En efecto, entre 1970 y 1988, el número de productos que exportan aumentó de 81 a 200 para Francia, de 70 a 190 para Italia y de 62 a 180 para España. En cuanto a los ya bajos índices de concentración, bajaron ligeramente todavía más, para situarse entre 0,10 y 0,15.

  2. Una evidente especialización entre los países: a) especialización primaria en el gas y el petróleo (Libia, Argelia); b) especialización primaria agrominera y especialización en las industrias de bienes de consumo: calzado, textil, alimentación, electrónica (Túnez, Marruecos, Egipto); c) especialización en la producción de bienes industriales más elaborados: máquinas, equipos de transporte (Portugal, España, Grecia, Yugoslavia ...); d) especialización industrial antigua, centrada en los bienes de capital (Italia, Francia). El cuadro elaborado por F. Yachir, que ilustra la estructura de las exportaciones globales de los países de la región mediterránea en 1981, es especialmente esclarecedor y es todavía ampliamente válido hoy día.

  3. Una contribución desigual al comercio mundial y mediterráneo. Ciertamente, los cuatro países mediterráneos de la CEE representan, solos, del 12 al 13 por ciento del comercio internacional, cerca del 85 por ciento de las exportaciones y el 83 por ciento de las importaciones mediterráneas (1987). En cambio, al sur del Mediterráneo, los cuatro países del Magreb (Libia, Túnez Argelia y Marruecos) no han superado la barra del 1 por ciento del comercio mundial, pues su participación en las exportaciones mundiales representa el 0,8 por ciento (20.500 millones de dólares) y sólo el 0,7 por ciento de las importaciones (18.200 millones). El volumen de los intercambios magrebíes con el ( conjunto de la cuenca mediterránea es también muy poco abundante: el 5,7 por ciento de las exportaciones y el 4,5 por ciento de las importaciones en 1987. Por otra parte, estos países comercian poco entre ellos. Francia es el primer abastecedor de Marruecos, mientras que las importaciones procedentes de Túnez sólo representan el 0,7 por ciento del comercio marroquí (en 1987). En resumen, el comercio intermagrebí apenas supera el S por ciento del total del comercio exterior de los países del Magreb.

La situación de los países del este de la cuenca mediterránea es parecida a la de los países del sur mediterráneo. Este conjunto inconexo contribuye en un 40 por ciento de la población mediterránea y el 9,4 por ciento del PNB mediterráneo, pero pesa muy poco en el comercio mundial, con el 1,4 por ciento de las exportaciones mundiales (o sea, 35 mil millones de dólares) y el 2 por ciento de las importaciones mundiales (50 mil millones de dólares, aproximadamente) en 1987. La participación de estos países en los intercambios mediterráneos es reducida: 9,8 por ciento de las exportaciones y 12,5 por ciento de las importaciones en 1987.

Conclusión general

Hoy, la región mediterránea no se presenta como una "imagen coherente", un espacio integrado". Es una zona de ruptura, de desarrollo desigual y de especialización diferente. Las fuerzas centrifugas prevalecen sobre las fuerzas centrípetas. Las diferencias son más importantes que las semejanzas. Diferencias en cuanto a la demografía, a los dinamismos industriales, agrícolas, tecnológicos, a los recursos y a las capacitaciones. Pero también diferencias de orden geopolítico, ideológico, incluso institucional.

Tales diferencias son, por supuesto, el origen de múltiples polarizaciones e interrelaciones. Así, el grueso de los intercambios árabes, o, más globalmente, del este y del sur mediterráneos, se efectúa con Europa occidental y principalmente la CEE. Semejante fenómeno de polarización existe, por lo demás, entre Estados Unidos y América Latina, Japón y Asia. Pero, como lo hace notar con mucha razón A. Sid Ahmad, la polarización CEE-Mediterráneo es "específica", en el sentido de que es obra de varios países rivales, de intereses a menudo divergentes, mientras que en el caso de Estados Unidos y de Japón, la polarización proviene de un solo país.

Ciertamente, Francia e Italia ocupan un lugar preferente en los intercambios con ciertos países mediterráneos (Francia-países del Magreb, Italia-Libia). Pero si se toma el total de los intercambios CEE-Mediterráneo, uno no dejará de observar el papel desempeñado por países europeos no mediterráneos, como Alemania, Inglaterra o los países del Benelux. Además, si los intercambios con los Países Terceros Mediterráneos (PTM) no representan más que un reducido porcentaje del total de los intercambios de cada uno de los países europeos (entre el 3 y el 10 por ciento), en compensación, lo esencial de los flujos de los PTM está orientado hacia el norte, reduciéndose los flujos horizontales al mínimo vital (el 7 por ciento del total de los intercambios árabes se hacen con los países árabes y del 3 al 5 por ciento de los intercambios magrebíes se hacen entre los países magrebíes). Así, a la asimetría de los intercambios entre el Norte europeo y el Mediterráneo, y, en éste, entre la orilla norte y la orilla sur, se añade la casi inexistencia de flujos horizontales entre los PTM.

En semejante contexto, marcado por "múltiples jerarquías", ¿cuáles son las estrategias posibles para los PTM?

Se pueden enumerar por lo menos tres.

  1. La desconexión-autonomización con relación a Europa. Esta estrategia seductora en el terreno de la teoría no es, sin embargo, fácilmente realizable. En primer lugar, porque esta estrategia de ruptura con Europa (y el Norte, probablemente) no bastaría, por sí misma, para garantizar el objetivo de la autonomía colectiva. Luego, porque la estrategia de ala desconexión" tiene que estar acompañada de una estrategia real de crecimiento económico, lo que aún no es el caso. Por último, la cooperación Sur-Sur, con la se ha especulado durante mucho tiempo como alternativa a los intercambios Norte-Sur, ha resultado ser lenta y, en el caso de los países árabes, muy difícil.

  2. La resignación al statu quo actual.

    Eso significa la aceptación de la actual dependencia de los PTM como una especie de fatalidad. Esta estrategia ha demostrado sus límites. Los efectos negativos de tal desarrollo dependiente se manifiestan con toda claridad: déficit alimentario, urbanización salvaje, industrialización precaria, aprendizaje tecnológico lento, paro endémico, endeudamiento trepador. De modo que la continuación de una estrategia semejante ya no es defendible.

  3. Una nueva cooperación mediterránea. Esta estrategia no se confunde con la política mediterránea renovada de la CEE. Aquí se trata de una cooperación centrada en los grandes sectores en los que los PTM disponen de una evidente ventaja comparativa: energía, petroquímica, refinación, fosfatos. El objetivo es estimular lo que Sid Ahmad llama una complementaridad dinámica entre el Sur y el Norte del Mediterráneo, y permitir la penetración de los PTM en los mercados industriales del Norte.

Es evidente que una estrategia semejante requiere que se reúnan varias condiciones. La más importante es de orden económico: abrir los mercados de Europa a los productos estratégicos mediterráneos. Eso significa que Europa tiene que proceder a adaptaciones dolorosas en materia de reorganización industrial, a pesar de la resistencia de los refinadores, de los petroquímicos y otros grupos de presión. Habitualmente se pide el esfuerzo a los países del Sur. ¿No se les pide a los PTM adaptarse a las nuevas directivas del Mercado Interior en la perspectiva de 1992?

En la estrategia de complementaridad dinámica, Europa tiene que asumir su parte de responsabilidad. Sólo con esta condición podrá haber una orientación hacia una especialización intraindustria, que sustituya a la vieja especialización de los productos. En esta perspectiva, los sectores de la energía y de los fosfatos se convertirían en los primeros puntos de apoyo de una nueva cooperación euro-mediterránea, a semejanza del papel desempeñado por el carbón y el acero en los comienzos de la construcción europea.


(*) Centro de Estudios e Investigación sobre el Mundo Árabe Contemporáneo, Universidad de Lovaina