Introducción: NUEVAS RELACIONES
NORTE-SUR EN EL MEDITERRANEO

Michel Capron

Si hoy hubiera que trazar la frontera Norte-Sur (en su sentido generalmente aceptado) en el sistema mundial está claro que la línea divisoria pasaría a través de la cuenca mediterránea. Pero, más que una frontera, en realidad se trata de una fractura entre una orilla norte, constituida por los países del Sur europeo que conciben su vida en un escenario comunitario europeo, y una orilla sur, constituida por países árabes, divididos y sometidos actualmente a un reflujo caótico y a la "compradorización". Más al sur, en el eje euro-africano, los países del África subsahariana también se debaten en un reflujo igualmente caótico y atormentado. La realidad de hoy se caracteriza pues por un foso que cristaliza los contrastes entre un Norte "opulento", más o menos dominante, y un Sur "dominado" y dependiente.

Si se considera que este tipo de confrontación Norte-Sur es, en su conjunto, nefasto para el futuro de toda la humanidad, entonces hay que esforzarse por acabar con él, especialmente actuando para reducirlo en la región donde las tensiones son más sensibles actualmente, pero donde los vínculos históricos permiten pensar en transformaciones que vayan en ese sentido.

Semejante propósito supone, a nuestro parecer, una opción en favor de la ampliación del espacio de autonomía de los Estados y de los pueblos de la región, que implica el rechazo del sometimiento pasivo a las exigencias de la mundialización.

El objeto del presente capítulo introductivo es pues el examen de las condiciones de establecimiento y de refuerzo de los márgenes de autonomía de la región mediterránea en relación al sistema mundial. Este examen se sitúa en la búsqueda de alternativas para una nueva articulación de las relaciones Norte-Sur en la región y en la perspectiva de una puesta en marcha de nuevas relaciones de cooperación entre Europa, en su conjunto, y "su" Sur árabe y africano.

Ambos conjuntos no presentan las características de una gran cohesión interna y es importante descubrir en su seno las contradicciones y los factores de evolución favorables o desfavorables para la determinación de los márgenes de autonomía.

La hipótesis de un acercamiento entre ambos conjuntos implica situar esta perspectiva en el contexto más amplio de la evolución mundial, identificar las fuerzas sociales sobre las que puede apoyarse un proyecto semejante y hacer un balance de las cooperaciones existentes y de sus perspectivas.

El estado de la situación

La situación puede ser comprendida, por una parte, a partir de los elementos que constituyen el foso entre ambos conjuntos y, por la otra, por los factores internos de evolución de cada uno de los conjuntos.

Los obstáculos

Los obstáculos son de carácter económico, demográfico, sociocultural e institucional.

Desde el punto de vista económico y social se puede considerar que, entre las formaciones sociales del Norte y las del Sur del Mediterráneo, vistas globalmente, existen desigualdades de desarrollo que constituyen la ruptura radical y ya clásica entre países cuyo aparato productivo es de fuerte densidad tecnológica y países cuyo aparato productivo está concentrado en los sectores extractivos y agrícolas. Esta situación se refleja en los intercambios comerciales, que son claramente desfavorables a los países del Sur, y, en el caso de buena parte de los países árabes, la dependencia es mayor por provenir sus ingresos casi de una monoexportación, el petróleo.

Causas o efectos, las consecuencias de ello son grandes diferencias de productividad, desigualdades de salarios y de protección social, diferencias muy notables en los sistemas de relaciones sociales del trabajo; en resumen, condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo que, globalmente, tienden a alejar a los dos tipos de formaciones sociales. A ello hay que añadir que, en el terreno financiero internacional, unos son generalmente acreedores de los otros (con excepción de algunos países del Golfo), lo que acentúa el carácter de dependencia, pero también de interdependencia.

La evolución demográfica constituirá probablemente, en el futuro, el escollo más temible para la cuenca mediterránea. Por un lado, al norte, una población estancada, envejecida, que ya no encuentra en sí misma las fuerzas vivas capaces de mantener su elevado nivel de protección social y que, además, está sometida a los efectos de un paro que se ha vuelto estructural. Por el otro lado, al sur, se observa, en cambio, una demografía galopante, que tiene como consecuencia la llegada masiva de las generaciones jóvenes a un mercado de trabajo que tropieza con las peores dificultades para ofrecer un número de empleos suficiente, con todos los riesgos fácilmente imaginables de marginación social, explosión y peligros sociales como corolario. Lo cual plantea agudamente el problema de las migraciones.

Desde hace siglos, la cuenca mediterránea es un lugar de intensos movimientos migratorios. Todavía hoy es una de las regiones del mundo con los flujos más importantes, ya se trate de las corrientes norte-sur, de las intereuropeas o de las interárabes.

Fuera de las innumerables diferencias sociales resultantes de las desigualdades de desarrollo económico, el tema de la inmigración en los países del Norte, en gran parte de origen árabe-africano, constituye el mayor obstáculo para una ampliación voluntaria de las relaciones Norte-Sur en la región por el fantasma de invasión que engendra. Sin embargo, el asunto es más complejo de como se lo presenta generalmente, puesto que hasta ahora la mayor parte de la inmigración en Europa ha sido de origen sudeuropeo. Como destaca Bichara Khader en uno de los capítulos siguientes de este libro, parece que la noción de extranjero se ha desplazado hacia el sur y que más que el peligro de la inmigración es el "peligro islámico" lo que en realidad preocupa a Europa. Pero ahora se sabe, desde hace poco, que la perspectiva de una afluencia masiva de emigrantes provenientes del Este también preocupa a los dirigentes de la CEE y hace aún más complejos los problemas de las migraciones en Europa.

Desde el punto de vista político e institucional, Europa Occidental está embarcada en un proceso de integración no sólo económica, sino también política, que probablemente le hace volver la espalda al Mediterráneo. La unificación de Alemania, la influencia económica predominante que en el futuro ejercerá aún más en Europa y la perspectiva de una "Mitteleuropa" [Europa Central, en alemán.- N. del t.] como nuevo polo dinámico mundial son, sin duda alguna, factores desfavorables para un acercamiento económico entre los ribereños del Mediterráneo.

Las corrientes de intercambios comerciales están ampliamente orientadas, en primer lugar, hacia la zona de los Doce, luego hacia Norteamérica, y ahora es Europa del Este, con sus grandes mercados prometedores, lo que parece constituir la zona de expansión más atractiva para la CEE. En cuanto a los intercambios intermediterráneos, éstos son muy reducidos.

Los países del Tercer Mundo, y especialmente África, son considerados más bien como clientes capaces de absorber excedentes de producción agrícola y como medios de reabsorción de una parte de los déficits de comercio exterior. Las políticas de cooperación aparecen, en el mejor de los casos, como el precio que hay que pagar para tener una conciencia tranquila frente a la pobreza en el mundo.

Los factores de evolución

Los factores de evolución pueden ser abordados, para cada una de las zonas, en función de su capacidad respectiva para unificarse, tanto económica como políticamente.

Europa debe hacer frente a nuevos desafíos: la definición de la delimitación de su espacio geopolítico, la influencia de Alemania, las relaciones con EE.UU., las incertidumbres provenientes de la evolución de los países del Este.

La formación de la Europa comunitaria, que hasta 1989 avanzaba dando tumbos, está ahora francamente puesta en tela de juicio. Se puede afirmar tranquilamente que nada será ya como antes y que una CEE limitada a doce países y centrada en sí misma es hoy un objetivo superado.

La CEE, que casi se ha llenado completamente con los países del Oeste europeo, está desde ahora puesta en duda por los cambios en el Este, que han acabado no sólo con los vestigios del stalinismo, sino también con las separaciones ideológicas, políticas y militares heredadas del reparto de Yalta.

La inestabilidad y las interrogaciones que se derivan de ello engendran nuevas contradicciones y nuevas batallas, al mismo tiempo que abren nuevos espacios de libertad y de maniobra.

¿De cuál Europa podemos hablar ahora? ¿De la que se basa en la geografía y tradiciones culturales seculares, que engloba a todos los pueblos desde el Atlántico hasta los Urales? ¿De una Europa (Occidental) friolera, que aceptaría su ampliación a otros países fuera de los doce actuales sólo con cuentagotas? ¿O también de una concepción ambiciosa bautizada "Casa común" o "Confederación", que asocia a pueblos y Estados a través de una compleja red de contratos de asociación diversificados y respetuosos de las especificidades nacionales?

Todos los guiones son posibles. Evaluar el alcance de los factores orientados hacia una cooperación con la zona sur de la cuenca mediterránea conduce a interrogarse sobre la compatibilidad del "sueño europeo", basado en una amplia identidad cultural, con una ampliación a otras esferas culturales, principalmente árabe-musulmanas. O, examinando las cosas de un modo más preciso, ¿puede la construcción europea (actual o futura) convertirse en un instrumento de acción favorable a un proyecto de reorganización de las relaciones Norte-Sur, sobreentendiendo que parece excluido que semejante proyecto pueda concebirse a costa de la desarticulación de la Comunidad Europea?

En contra de las apariencias y sin dejarse llevar por un optimismo desbordante, hasta comienzos de 1991 se podía descubrir la existencia de señales alentadoras. Así, por ejemplo, a nivel de los Estados se multiplicaban los encuentros entre representantes de países sudeuropeos y de países árabes, principalmente por iniciativa de las cancillerías italiana y española, con el fin de extender el espíritu de los acuerdos de Helsinki al Mediterráneo y a Oriente Próximo. De modo general, los Estados sudeuropeos están a favor de la definición de una política de Europa con respecto a los países árabes. A nivel de la Comisión Europea, donde hay la preocupación de que el Mediterráneo se convierta en una "bomba de efecto retardado", se ha planteado la propuesta de duplicar la ayuda a los países del Sur mediterráneo para el período 1992-1996 y los ministros de Asuntos Exteriores decidían, en diciembre de 1990, fijar la ayuda financiera en 4.400 millones de ECU, es decir, 2.7 veces más que durante el período quinquenal anterior. Aun si se puede considerar que se trata de respuestas falsas, en la lógica tecnocrática son prueba de una creciente consideración de los problemas planteados por el foso Norte-Sur.

Por lo que se refiere a las organizaciones populares, se han tomado iniciativas, o están previstas, muchas veces por iniciativa de los movimientos por la paz, para (re)anudar un diálogo euro-árabe "en la base", por ejemplo, bajo la forma de "asambleas de ciudadanos". A este respecto, la celebración, en Granada, en abril de 1991, de un "diálogo mediterráneo de ciudadanos" en busca de respuestas para la construcción de un nuevo orden en la región es un primer paso alentador en esta dirección.

Estas iniciativas se sitúan dentro de un proyecto geopolítico y económico que rompe con una visión dicotómica CEE de doce/resto del mundo. Esta idea empieza a abrirse paso, pues muchos observadores piensan que ni la dinámica unificadora europea podrá continuar ni podrá hacerse la digestión de la reunificación alemana sin tropiezos más que con una ampliación privilegiada hacia el Magreb. Sin embargo, esto plantea el problema del peso relativo de los países sudeuropeos en la concepión de la futura construcción europea y, como contrapunto, el de la Alemania reunificada.

A pesar de los problemas financieros y sociales que le va a plantear transitoriamente la absorción de la ex-RDA, Alemania constituye el soporte central de la construcción europea, y el eje de los principales intercambios en Europa se mantendrá, en líneas generales, en torno a una franja orientada de noroeste a sudeste, desde Londres y sus suburbios hasta la región de Milan, pasando por el viejo cuadrilátero industrial del Rin-Mosela.

Contradictoriamente, en la Comunidad europea se reprocha a Alemania de querer imponerse no sólo económicamente, sino de querer independizarse política y militarmente y convertirse, a corto plazo, en un gigante mundial. Pero también se le reprocha de abandonar Europa Occidental para concentrar todos sus esfuerzos en los países de Europa Oriental. Cualquiera que sea la orientación privilegiada que adopte, la configuración de las alianzas que le harán contrapeso es completamente determinante. Se podría ver resurgir las antiguas alianzas de principios del siglo con, por ejemplo, una alianza anglo-franco-rusa, o sólo una "pequeña alianza" entre Francia y países de Europa central (sin Rusia).

Todas estas fórmulas no presentan ningún interés (e incluso amenazan con ser catastróficas) para el contorno mediterráneo de Europa, que entonces se vería arrinconado en un papel de periferia exótica de vocación esencialmente turística. De ahí el interés de hacer resbalar el centro de gravedad de la construcción europea hacia el sur con la emergencia de nuevos polos de desarrollo, sobre todo en las penínsulas italiana e ibérica. Es una hipótesis que tiene cierta consistencia incluso en el seno de la Comunidad Europea, ya que ésta considera que las cuatro regiones motrices (los "cuatro tigres" europeos) y cooperantes entre sí son Cataluña, Ródano-Alpes, Lombardía y Baden-Wurtemberg, es decir, regiones que, al menos tres de ellas, indiscutiblemente forman parte del sur de Europa.

El tema de las relaciones entre Europa y EE.UU. también es complejo. Los vínculos privilegiados que mantiene la CEE con EE.UU. son, probablemente, la mayor hipoteca para el desarrollo de los intercambios euro-árabes. En efecto, la supremacía militar de EE.UU. con su papel de gendarme en la región, su constante política de división del mundo árabe desde el fin de la segunda guerra mundial, su apoyo incondicional al Estado hebreo y, recientemente, su voluntad reafirmada en el Golfo de quebrar cualquier veleidad de emergencia de una potencia secundaria árabe son otras tantas trabas para la realización de una verdadera autonomización del Mediterráneo. La estrategia global de EE.UU. en el Mediterráneo sigue centrada en Oriente Próximo, donde actúa por cuenta del conjunto de Occidente para garantizar su control sobre el petróleo de los países árabes.

Sin embargo, en 1990, antes del desencadenamiento del conflicto armado en el Golfo, habían aparecido varios factores o señales favorables a una modificación de la política comunitaria con respecto a EE.UU. En primer lugar. el colapso de los regímenes de Europa del Este, con la disolución del Pacto de Varsovia como sistema militar como corolario, ha desprovisto de todo sentido a las doctrinas estratégicas de defensa y ha puesto en entredicho las bases del Pacto Atlántico. Los europeos, en su gran mayoría, ya no ven ahora el interés de una masiva presencia norteamericana sobre el suelo del viejo continente.

En segundo lugar, la unificación alemana y el creciente papel que tiende a desempeñar la CSCE contribuyen a reducir el liderazgo norteamericano y el papel de la OTAN. Por último, la firmeza de la CEE en las últimas negociaciones del GATT también ilustraba esta nueva corriente de liberación.

No es seguro que la guerra del Golfo haya vuelto a poner profundamente en tela de juicio esta evolución. Sin duda alguna, la Comunidad Europea ha sido totalmente impotente o no ha querido influir en los acontecimientos durante la fase diplomática de la crisis y finalmente ha seguido los pasos de los norteamericanos en el momento de desencadenarse las hostilidades. Pero, aparte de Gran Bretaña y los Países Bajos, la "solidaridad" europea con respecto a las iniciativas norteamericanas no ha sido ilimitada. Lo que esta crisis reveló sobre todo, desde este punto de vista, es la casi inexistencia de la Comunidad Europea como fuerza política de dimensión mundial y las diferencias de evaluación en su seno, y también la diversidad de proyectos políticos, que no son testimonios de unidad para el futuro.

Pero ya es hora de introducir los nuevos datos provenientes de la evolución de la URSS y de los países de Europa del Este, puesto que ellos serán lo que desde ahora va a influir en la evolución de la construcción europea. E1 esbozo de la nueva arquitectura europea dependerá en buena medida de la evolución interna de la URSS, de la concepción que tenga de su nueva situación geopolítica en el escenario mundial y del papel que quiera y pueda desempeñar en Europa.

Lo menos que se puede decir al respecto es que las nubes que se amontonan hacen pesar graves hipotecas que vuelven muy seria la hipótesis de un caos interno generalizado. En efecto, los peligros son muy numerosos:

Todos estos elementos hacen que la URSS y sus antiguos aliados sean una gran zona de incertidumbre y que cualquier pronóstico sea aventurado. Con todo, es muy probable que, durante un período aún bastante largo, los problemas de reestructuración interna estén por delante de cualquier otra preocupación y que los problemas de las relaciones con el Sur sean relegados a un segundo plano.

Sea lo que fuere, la apertura de un período de tensiones más fuertes entre Europa Occidental y Estados Unidos y la redistribución de los datos en el conjunto de Europa permiten colocar de nuevo en primer plano la idea de un espacio no alineado. Los indispensables debates futuros que habrá sobre las doctrinas de defensa, las nuevas formas de disuasión, las nuevas concepciones de intercambios comerciales, deben dar paso a nuevas concepciones de las relaciones entre los pueblos.

Aunque todavía presente en el pensamiento político árabe, la temática de la unidad nunca ha tenido una plasmación concreta, ni política ni económica. Y hasta el desencadenamiento de la crisis del Golfo, las perspectivas discernibles a medio plazo no favorecían esa tendencia, como tampoco fomentaban una autonomización de la región árabe. Si hoy es imposible decir lo que saldrá del conflicto, uno puede estar seguro de que el antiguo orden árabe no podrá perpetuarse y de que la crisis habrá tenido como efecto soldar de nuevo la unidad de las poblaciones árabes permitiendo a éstas tener plena conciencia de ello.

El postulado que sostiene nuestro análisis es que la unidad árabe, o, en una tesis minimalista, la complementaridad de los esfuerzos de desarrollo, es una condición necesaria de un desarrollo autónomo del conjunto árabe.

Sin especular sobre los cambios políticos que no dejarán de surgir después de la crisis, ¿hay posibilidades, en las condiciones presentes, para un desarrollo diferente al actual? Los interrogantes son todavía más numerosos que las respuestas: se refieren al marco institucional global, a los subconjuntos regionales y, por supuesto, al futuro del conflicto árabe-israelí.

La Liga Árabe, en calidad de marco institucional, fue primeramente un proyecto político que sigue siendo dependiente de las relaciones de fuerza políticas, centradas en la cuestión palestina. La totalidad económica, a imitación de la CEE, no ha sido posible desde el comienzo. Y las iniciativas tomadas en este sentido están en un callejón sin salida. El Mercado Común Árabe, instituido oficialmente hace un cuarto de siglo, es pura teoría. Con todo, existen numerosas instituciones dentro de la Liga Árabe o fuera de ella: principalmente, el Fondo Monetario Árabe, el Fondo Árabe para el Desarrollo Económico y Social, el Consejo Económico y Social y el Departamento de Asuntos Económicos de la propia Liga. La coordinación que ahí se hace no abajo ¿podrá desembocar en la cristalización de una concepción común de la integración árabe? ¿Se puede esperar de ello una superación de la conflictividad de las relaciones entre Estados en el sentido de una coordinación no arriba de los esfuerzos de desarrollo? El mismo porvenir de la Liga Árabe no está asegurado, dadas las secuelas que dejarán las divergencias reveladas durante la crisis del Golfo y que pueden conducir a varios de sus miembros a abandonar la organización.

Es más bien en los subconjuntos regionales donde hay que buscar los lineamientos de una integración supraestatal. Y eso que es sólo una tendencia reciente, ilustrada por la evolución del Consejo de Cooperación del Golfo y la resurrección del proyecto del Gran Magreb con la UMA (Unión del Magreb Arabe). La configuración es diferente en cada caso, y las motivaciones también: para el CCG, expansionismo peninsular de Arabia Saudí y similitud de las formaciones sociales y económicas; para el Magreb, efectos de los vencimientos europeos y callejón sin salida del desarrollo argelino. Estos proyectos de integración no son necesariamente instrumentos de autonomización. El ejemplo contrario del Consejo de Cooperación Árabe (que reunía a Iraq, Egipto, Jordania y Yemen), enterrado con la crisis del Golfo, ha mostrado claramente que una condición necesaria de la durabilidad de este tipo de organización es la existencia de una capacidad de autonomía. Por otro lado, ¿son estos proyectos portadores de una dinámica que pueda trascender la voluntad de los responsables políticos que los promueven? En este escenario, el Magreb desempeña un papel central. Ahora bien, por falta de un reagrupamiento interestatal en la zona central del mundo árabe (Creciente fértil y valle del Nilo), los proyectos de integración en las dos extremidades significarían ciertamente el fin de la problemática de la unidad árabe y, con ella, la posibilidad de autonomizar al mundo árabe.

La evolución del conflicto de Oriente Próximo es determinante y de interés inmediato para el futuro de la configuración árabe. Las posibilidades y las interrogaciones deben ser seriadas siguiendo dos hipótesis: solución pacífica o permanencia del conflicto.

En la hipótesis de una permanencia del conflicto: la probabilidad mayor es que continúe formando un absceso y agotando los recursos del Machreq, aumentando su dependencia con respecto a Estados Unidos. Este país, por lo demás, no ha ocultado su intención de hacer pagar a los países de la región la factura de su ocupación. Inversamente, uno puede preguntarse, en esta óptica, si los esfuerzos tendientes a la creación de una industria árabe de armamentos--que se han renovado más sistemática y rigurosamente que antes (bajo la influencia de la guerra Iraq-lrán, pero sobre todo del desarme israelí) no inducirían necesariamente una complementaridad (sobre todo entre los dos polos egipcio e iraquí).

En la hipótesis de una verdadera solución pacífica: uno puede preguntarse si la suspensión de los esfuerzos de guerra tendría efectos sobre la integración económica en Oriente Próximo. El problema del lugar de Israel en el mundo árabe se plantearía de modo general: ¿seguiría siendo una cabeza de puente de Occidente o aceptaría una asociación económica con los países circundantes? Por último, uno también se puede preguntar si el fin del conflicto no debilitan aún más las potencialidades unitarias en el mundo árabe, en general. A lo cual hay que añadir que la respuesta a todas estas preguntas suscitadas por la hipótesis de una solución pacífica no es fácil dada la total novedad de la situación que se crearía.

Lo que está en juego y perspectivas en el contexto de la evolución geopolítica mundial

Dentro de nuestro análisis creemos que hay dos grandes problemas geopolíticos que deben merecer interés:

Con respecto al Tercer Mundo, la perspectiva de una acrecentada cooperación Norte-Sur en el Mediterráneo puede entenderse como una tentativa de reequilibrio mundial a la que pueden adherirse otras zonas económicas y culturales.

En primer lugar, uno piensa en el África subsahariana, socio privilegiado de Europa, que tiene relaciones seculares con el mundo árabe mediterráneo. Pero otras direcciones son posibles y ya se ha expuesto la idea de una asociación privilegiada que agrupe a la cuenca mediterránea, el África subsahariana y América Latina en nombre de una comunidad de intereses y de fondos culturales comunes.

La probabilidad de la extensión de tales espacios de cooperación es generalmente examinada ahora en función de la perspectiva de reorientación de los flujos de ayuda de la CEE hacia Europa del Este. En efecto, parece que, en el transcurso de 1990, los flujos financieros se han desviado del Sur para ir hacia el Este. Muchos observadores y agentes económicos, en el Norte y en el Sur, se han inquietado por ello. Pero también se han levantado otras voces para decir que eso también podía ser una oportunidad para que el Sur se desprendiera por fin de la lógica de dependencia y de asistencia, asumiera el financiamiento de su desarrollo y se librara del modelo técnico y cultural impuesto hasta ahora por el Norte.

Tal vez es el momento oportuno para reinvertir el balance de la experiencia de cooperación afro-árabe en la perspectiva de una intensificación y de una reciprocidad de los intercambios Sur-Sur; pero todavía hay que hallar los medios de evitar que este tipo de cooperación no sea una simple transposición de las relaciones desiguales Norte-Sur.

La segunda dimensión esencial a tener en cuenta es el desafío planteado por la evolución de Europa del Este. Las relaciones entre los países del Este y los países en desarrollo han existido hasta ahora en una red de acuerdos bilaterales con niveles muy diferentes, que van desde los tratados de cooperación y de amistad (con los aliados más seguros) hasta los acuerdos comerciales a medio plazo, pasando por los acuerdos a más largo plazo. El multilateralismo es muy reducido y el CAME nunca tuvo en la mente convenciones del tipo de la de Lomé; tampoco existe un equivalente de la AID o del Banco Mundial.

En realidad, parece que los países del Este siempre tuvieron dificultad para insertarse de modo satisfactorio en las relaciones Norte-Sur, debido tanto a su posición de países intermediarios como a su insuficiente dominio de los procesos de internacionalización; siendo las motivaciones de los países del Este ya esencialmente políticas e ideológicas, ya el acceso a las materias primas y a los mercados. El capítulo dedicado a estos temas por Rachik Avakov muestra cuánto pudo haber perjudicado al desarrollo de las relaciones soviético-árabes la demasiada subordinación de los intercambios a consideraciones políticas.

La nueva situación que aparece a finales de 1989 plantea en forma inédita el tema de una cooperación tripartita y de la definición del carácter de nuevas relaciones que se sitúan en un contexto de distensión y de descompartimentación a todos los niveles.

Si todo aparece súbitamente posible después de cuarenta años de situación congelada, eso no quiere decir, sin embargo, que de ello puedan desprenderse opciones coherentes y viables tanto para los pueblos como para los Estados. Los europeos del Oeste han tenido que desengañarse rápidamente al día siguiente de la fiesta en el Este: todavía nadie ha encontrado la fórmula de la transición de la economía administrada a la economía de mercado, el aprendizaje de la democracia es más difícil de lo que se pensaba, el espíritu de empresa no se inventa de la noche a la mañana y las dificultades sociales no han hecho más que comenzar. A causa de esto, las inversiones occidentales no parecen seguir a las promesas financieras iniciales. No es imposible que el propio gran proyecto europeo sea dejado para más tarde, cuando la situación en las antiguas democracias populares se haya decantado. Mientras tanto, las miradas tal vez puedan volverse de nuevo hacia el Sur...

El tema de las fuerzas sociales

Ahora conviene evaluar la fiabilidad de un proyecto de extensión y de fortalecimiento de la cooperación mediterránea en la perspectiva de una autonomización de la región con relación al sistema mundial en función de la existencia de fuerzas sociales capaces de sostenerlo o de apoyarlo tanto en Europa como en los países árabes.

Aun cuando hoy aparezcan relativamente marginales, estas fuerzas sociales existen, se expresan y contribuyen a hacer evolucionar el debate político al tomar en cuenta temas innovadores relativos al cambio del orden mundial.

Por lo que se refiere a las fuerzas políticas tradicionales, desde luego no se encontrará en ningún país, ninguna organización cuyo centro de gravedad o cuyas preocupaciones principales coincidan por completo con el proyecto que exponemos. Pero existen corrientes, por ejemplo dentro de los partidos socialdemócratas y en la Internacional Socialista, que expresan sus preocupaciones ante los peligros que, para ellas, constituyen la pauperización del Tercer Mundo, el fracaso de las políticas nacionales o el aumento del peso de Alemania. Estas corrientes, muchas veces desorientadas, están en busca de propuestas de cambio del orden mundial existente y están abiertas a ellas y a una problemática del desarrollo que no se reduzca a una oposición frontal Norte-Sur. En eso se acercan a menudo a quienes, en el movimiento comunista europeo, han comprendido las nuevas circunstancias de la situación internacional y no se afianzan en posiciones petrificadas y superadas.

En cambio, un socio natural como el movimiento sindical europeo parece actualmente incapacitado (o poco sensible) para tomar en cuenta la problemática Norte-Sur. Sea porque está enredado en una interminable búsqueda de nueva identidad, sea porque el viento del corporativismo sopla demasiado fuerte sobre él, sea también porque las organizaciones nórdicas son predominantes en el escenario internacional.

En los últimos años han aparecido nuevas fuerzas que, a pesar de su diversidad, y a veces de sus ambigüedades o de una visión limitada de los problemas, han tenido el mérito de situar en el centro de su reflexión y de su acción el tema de las relaciones Norte-Sur y de los vínculos entre la democracia y el desarrollo. Es el caso, sobre todo, de los movimientos ecologistas, antirracistas y de solidaridad con el Tercer Mundo. A este respecto se puede mencionar la valiente posición del grupo de los Verdes en el Parlamento europeo, que, al decidir votar contra la ratificación de la renovación de la Convención de Lomé, ha permitido el único debate a fondo sobre este asunto en los organismos parlamentarios de la Comunidad Europea.

El avance de estas fuerzas y las interpelaciones que dirigen a las clases políticas tradicionales, a su vez zarandeadas por crecientes interrogaciones, permiten pensar que un proyecto de reorganización de las relaciones Norte-Sur que se apoye en la cuenca mediterránea no puede ser entendido, en Europa, como una pura y simple utopía.

Si, como pensamos mostrarlo en este libro, los sistemas establecidos-tanto desde el punto de vista de la lógica social interna de su funcionamiento en los países del Tercer Mundo (mundo árabe y África negra, en este caso) como desde el punto de vista del tipo de relaciones exteriores por las que se expresa su inserción en el sistema capitalista mundial-no favorecen un desarrollo en beneficio real de las capas populares, las fuerzas sociales que deberían poder constituir la base natural de profundas transformaciones sociales-y de una cooperación concebida al servicio de ellas-sí existen potencialmente. Sin embargo ¿significa esto que estas fuerzas, en sus expresiones actuales, presentan la perspectiva realista de la evolución política necesaria, previa al despliegue de un proyecto alternativo nacional popular, al cual deberían estar ajustadas las concepciones de una cooperación renovada? Al contrario, nuestra época es, ciertamente, la de un gran desasosiego. que se manifiesta de varias maneras:

Como en Europa, pues, una visión a demasiado corto plazo, basada en el análisis del tablero de las "fuerzas" establecidas en el escenario de la acción política y de la oferta de los temas ideológicos, puede conducir a un escepticismo que raya en el pesimismo absoluto en lo que concierne a la posibilidad de una "renovación" de las estrategias nacionales e internacionales en un sentido favorable a las aspiraciones populares. El optimismo de la razón exige concebir que la acción política e ideológica tiene como objetivo no sólo "actuar dentro del tablero de las fuerzas establecidas" (realpolitik), sino también, a corto plazo, modificar el tablero mismo.

El carácter de la Cooperación y del desarrollo

El modo en que la cooperación entre los Estados y los pueblos se concibe, se realiza y da lugar a resultados tangibles es uno de los aspectos más significativos de la situación y de la evolución de las relaciones Norte-Sur. Este es el motivo por el que este libro deja un amplio sitio al análisis crítico de experiencias concretas de cooperación.

La Convención CEE-ACP(Lomé) ha sido escogjda para ser estudiada más especialmente en la medida en que, en la zona geopolítica euro-árabe-africana, es la experiencia más completa, más articulada y que con mucha frecuencia se presenta como un prototipo, como el ejemplo que hay que seguir.

El balance de la realización de las primeras convenciones establecido por Bruno Carton y el análisis de las condiciones de preparación y del contenido de la cuarta convención efectuado por Myriam Vander Stichele son severos y muestran que estos acuerdos ya no están a la altura de los desafíos planteados por la evolución del mundo y de la situación de los países del Tercer Mundo. El espíritu de la definición de nuevas relaciones Norte-Sur ya no está presente en ellos y los acuerdos de Lomé ya no pueden bastar para definir el marco de lo que deben ser las relaciones entre Europa y el Tercer Mundo Pero frente al pensamiento económico liberal actualmente dominante que ha hecho retroceder la idea de una necesaria organización de las relaciones económicas internacionales, es urgente recordar que los mecanismos existentes más interesantes tienen que ser reforzados y no debilitados y que, en la medida en que existan posibilidades, éstas tienen que ser modificadas y utilizadas para promover un funcionamiento democrático de los organismos de cooperación.

Si la tendencia al repliegue de la CEE en la perspectiva de su mercado único en 1993 se confirma, si los Doce, por incapacidad o por falta de voluntad política, parecen preferir la disciplina financiera a corto plazo (adhiriéndose a las políticas de ajuste estructural) a los grandes proyectos a largo plazo, entonces ya es hora de emprender una reflexión prospectiva que vuelva a crear, a corto plazo, capacidades de imaginación y de iniciativas. Eso es lo que esboza Christian Coméliau, que, situando lo que se juega políticamente, presenta los grandes principios a los que debería remitirse este tipo de convención para abordar resueltamente los problemas de desarrollo en una opaca de autonomía y de solidaridad.

Las relaciones CEE-países mediterráneos, estudiadas por Bichara Khader, plantean a la vez temas de idéntica naturaleza y problemas específicos. En efecto, con excepción de Albania y de Libia, todos los países de la cuenca mediterránea tienen acuerdos separados, pero similares, de duración ilimitada, con la CEE; su capacidad de negociación es, pues, limitada y, sobre todo, deja la inmigración fuera de su campo. Se puede desarrollar el mismo tipo de análisis que para la Convención CEE-ACP y se puede formular el mismo tipo de conclusiones para un proyecto solidario. La particularidad en este campo geográfico es que siempre ha habido malentendidos entre los dos tipos de socios: para los europeos, la cooperación sólo podía ser económica, mientras que para los árabes debía ser ante todo política.

Lo que hoy aparece como más nuevo en todos los casos es el desarrollo de formas de cooperación a nivel de las organizaciones de la sociedad civil: cooperaciones científicas sectoriales, cooperación universitaria, cooperación entre colectividades territoriales, empresas, cooperativas, organizaciones populares, asociaciones, etc. Esta diversificación posee nuevas potencialidades y ofrece un desarrollo de nuevos márgenes de autonomía. También tiene la ventaja de multiplicar los actores de la cooperación, de reconciliar concretamente a pueblos que la historia ha contribuido a separar y de preparar el fortalecimiento (o sólo la instauración) de un control democrático de los instrumentos de la cooperación.

Una cooperación sólo tiene sentido si se sitúa en el marco de una política de desarrollo. ¿Para qué tipo de desarrollo? Esa es la pregunta crucial, que plantea de una vez los problemas de los fines y los medios. En otras palabras ¿puede el Mediterráneo ser el marco de un modo de desarrollo original, que a la vez le garantice un lugar autónomo en el sistema rnundial y permita satisfacer las aspiraciones de sus poblaciones al bienestar y a la democracia?

Apoyándose en las características comunes a los países mediterráneos (recursos agrícolas y humanos, memoria colectiva de tecnologías alternativas, tradiciones de comercio, valores culturales profundamente enraizados especialmente la participación colectiva en la vida local ...), se puede y se debe intentar la apuesta de definir nuevos criterios de desarrollo dando la preferencia a los valores de solidaridad humana.

De todas formas, la cooperación debe asentarse, contractualmente, en una definición conceptual de las ventajas mutuas, recíprocas e igualitarias entre países y pueblos de niveles de desarrollo diferentes. La cooperación pacífica y recíprocamente ventajosa debe servir como base de una seguridad estable para los pueblos de la región. Esta exigencia es aún más evidente en el contexto actual, en que la guerra del Golfo habrá contribuido dramáticamente a ensanchar un poco más el foso entre occidentales y orientales.

Los capítulos que siguen han sido ordenados en dos partes: