Inmediatamente después
de cada catástrofe, la mayoría de los intelectuales
árabes caen en la nostalgia de los tiempos gloriosos, sé
refugian en el pasado o se retiran a lo general y a lo global,
intentando escapar con esta forma de huida de la realidad de un
momentáneo desasosiego que ellos mismos han preparado,
contentándose más bien con una simple reacción
pragmática y privilegiando durante mucho tiempo lo cotidiano
frente a lo teórico y la meditación o el análisis
frente al compromiso.
Así fue su reacción
o, al menos, la de la mayoría de ellos frente a las catástrofes
de 1948,-1967 y 1977; señal de incomprensión de
su papel histórico en la unificación de la conciencia
nacional al salir de un desastre, o del papel dirigente que algunos
de ellos deberían haber asumido ante las clases sociales
capaces de resistencia política en tales circunstancias.
Los intelectuales no son rápidos
para elaborar una posición que esté a la altura
del movimiento de las fuerzas sociales que aspiran a una recuperación
y superación de la situación conforme a una visión
más avanzada, mientras las masas se lanzan a ello sin tardar,
propulsando a la vanguardia a capas sociales que no necesariamente
son las candidatas naturales a ese papel dirigente. En efecto,
después de la derrota de 1948, quienes condujeron el intento
de cambio, a partir de los años cincuenta, fueron grupos
militares. Del mismo modo, después de la derrota de 1967,
y hasta comienzos de los años setenta, quienes encabezaron
las manifestaciones y movimientos de protesta favorables al cambio
fueron los estudiantes.
Se puede decir, pues, que los intelectuales, debido
a su vacilación y a su confusión ideológica,
adoptan, con mucha frecuencia, en vez del papel de vanguardia
que se espera de ellos, una posición que va a remolque
del proceso de cambio y con retraso con relación a sus
tesis. Eso también explica que, en la evolución
social del mundo árabe, no hayan desempeñado un
auténtico papel revolucionario, un papel transformador
y creador, comparable al de otras regiones del mundo, tales como
África y América Latina. Incluso se puede decir
que, a diferencia de la creadora adhesión de los intelectuales
a los amplios movimientos revolucionarios de masas, como, por
ejemplo, en Asia, los intelectuales árabes han sido, en
numerosas ocasiones, un factor de "moderación"
del movimiento de las masas obreras y campesinas.
A pesar de ello, no se les puede negar cierta influencia,
en circunstancias que otros factores contribuyeron a crear. Tampoco
se puede olvidar su papel en la clarificación de las ideas
de la revolución de julio de 1952, ni el diálogo
(unas veces positivo, otras negativo) que mantuvieron con esta
revolución hasta su consolidación en el seno del
movimiento árabe y mundial de liberación nacional,
cuyo inevitable ascenso se inició inmediatamente después
de la Segunda Guerra Mundial, gracias, también, en parte,
a la contribución de algunos intelectuales. No menos importante
fue su papel después de la catástrofe o el "revés"
de 1967, cuando millones de árabes expresaban su apremiante
deseo de continuar la lucha o la "mechuar" (la marcha
adelante), para decirlo con la consigna de las masas egipcias,
en 1967 y 1970 hasta el final.
Pero parece que, en esa época, esta "mechuar"
del movimiento de masas ya había alcanzado sus limites
como movimiento de liberación nacional. Comenzaba entonces
la era de la cultura del petróleo, la de las masas del
petróleo, la del intelectual del petróleo, es decir,
un nuevo ciclo en la curva descendente, que continuó hasta
los acuerdos de Camp David (1977-1979), acompañada de un
evidente desasosiego entre los intelectuales, que todavía
dura, y que se manifiesta tanto en la manera de enfocar los problemas
de la lucha nacional y social, como en el análisis de las
formaciones sociales, las relaciones interárabes o las
relaciones entre los árabes y el mundo exterior.
Con todo, la importancia del papel del intelectual
no s610 su papel de clase y el que desempeña en la sociedad
en general, sino, sobre todo, su aportación en la elaboración
de la "conciencia general" está evidenciada tanto
por los numerosos estudios consagrados a este tema, como por los
cambios del mundo contemporáneo. Si bien es verdad que,
como ya hemos dicho, ese papel puede no ser el de "actor
principal", también es verdad que la "conciencia
de la nación", la conciencia colectiva, el tipo y
nivel de "cultura política" que está constituyéndose
como cultura dominante, adquieren extraordinaria importancia después
de las catástrofes nacionales. Para convencerse de ello
no hay más que comparar las situaciones después
de la derrota de 1967 y después de 1973.
En 1967, la nación árabe sufrió
una tremenda derrota y tuvo la voluntad de superarla, con una
elevada combatividad, fuertemente estimulada por los intelectuales.
Estos supieron utilizar la cohesión social, o la solidaridad
social, resultado de una "integración" que permita
preservar los logros existentes, o esperar otros. En este sentido,
los intelectuales desempeñaron un innegable papel en la
movilización del conjunto de la herencia cultural antiimperialista
y en la articulación de lo nacional con lo social, por
lo menos dentro te los limites que permitía la ideología
naseriana. Fue más un intento de "superar la derrota"
que el desarrollo de una nueva posición social al servicio
de las masas, que querían un cambio, sin llegar a concretarlo.
En 1973, en cambio, un ejército árabe
se apuntó una importante victoria, al atravesar la "línea
Bar-Ley" y vencer la barrera del miedo a la maquinaria de
guerra israelí. A pesar de eso, el guión preparado
por la clase dirigente y por el mando de la operación de
cruce del Canal no permitió marchar adelante al movimiento
popular; al contrario, condujo a la firma de los acuerdos de alto
el fuego, al anuncio de la disposición a reconciliarse
con el "enemigo sionista", a la política de apertura
económica (al mercado capitalista mundial) y de apertura
política (especialmente, a Estados Unidos), y a la instauración
de un ambiente conflictivo entre la izquierda y la base islámica.
Todo eso creó una situación de desintegración
nacional. Desde ese momento, los intelectuales ya no vieron qué
papel, digno de ellos, podrían desempeñar, en lo
sucesivo, en la obra de salvación nacional. Una mayoría
de ellos no tardaron en emprender la ruta hacia los bancos del
Golfo y la "petro-cultura", de modo que la victoria
militar de 1973 se convirtió en la capitulación
de Camp David, a partir de 1977.
Por consiguiente, el problema que se plantea es saber
en qué medida son los intelectuales capaces de unirse con
las amplias masas en el momento oportuno y de elegir las tesis
más adecuadas, o, para ser más exactos, de recurrir
a los elementos del pasado y del futuro más apropiados
a las circunstancias (es decir, apropiados para superar la derrota,
teniendo en cuenta las interacciones reales, que enlazan el pasado
con el futuro).
Pero antes de abordar ese problema, es necesario
que mencionemos rápidamente las características
de la ofensiva norteamericana, que aprovechó la ocasión
de la anexión de Kuwait por Iraq para desencadenar la mayor
operación militar de destrucción desde la segunda
guerra mundial.
Los intelectuales árabes deben saber que los
norteamericanos estaban totalmente decididos a consolidar su hegemonía
y a reservarse la exclusividad del poder de decisión en
la actual etapa, y que estaban igualmente resueltos a dar una
rápida lección a todos los sectores de la institución
militar soviética y a las naciones del Sur, pequeñas
o grandes, que tuvieran la tentación de provocar alborotos
en el imperio del capital internacional.
Estados Unidos tiene el compromiso de defender a
los regímenes estratégicamente dependientes de él.
En este caso, no se trata tanto de su socio principal (Israel),
que está protegido por una alianza estratégica y
económica que no hace falta resaltar, como de sus socios
petroleros, que son tan frágiles que para garantizarles
su seguridad, no bastan simples declaraciones de alianza con ellos,
y a los que masivas compras de armamentos (valoradas en l50.000
millones de dólares), durante las dos últimas décadas,
no han conseguido darles seguridad frente a países árabes
tales como Iraq, a los que los acuerdos de Camp David no neutralizaron.
Es más, tener la ambición de construir un nuevo
Estado nacional, según el modelo de los de los años
sesenta, no puede sino constituir un grave atentado contra el
tipo de dominación imperialista que se ha instituido. Estaba
excluido, pues, que Estados Unidos, que había liquidado el eje
de El Cairo, pudiera tolerar la existencia del de Bagdad con sus
ambiciones y sus recursos, que le habían permitido quebrar
el poderío iraní. La pax americana no podía
consumarse, en beneficio de Israel el gendarme de reserva, siempre
disponible, más que con la destrucción de Iraq.
A1 mismo tiempo se enviaba una advertencia al propio Irán,
así como a los Estados del Magreb que podrían tener
tentaciones similares y a todos los pueblos del Sur, a quienes
las dificultades económicas podrían incitar a perturbar
el nuevo orden internacional unipolar.
A la inversa de lo que podrían pensar algunos
(que en eso siguen el ejemplo de -Sadat), la ofensiva norteamericana
de ningún modo hará realidad una "paz global",
pues es necesario dejar algunas zonas de conflicto para favorecer
el comercio de las armas, en una época en que sólo
el arma nuclear puede inquietar al Norte.
Los rencores que no se dejará de fomentar
contra Iraq (aprovechando la operación de reconstrucción
de todo lo que tan minuciosamente se ha destruido en el Golfo);
la marginación de los países del Golfo con relación
a su "comunidad árabe"; el estallido de conflictos
locales; las turbulencias a las que será arrastrada la
cuestión palestina; la probable guerra que provocarán
Turquía e Israel (como recién llegados a la amplia
coalición meso-oriental) en torno al problema de las aguas;
todo eso, más las disposiciones de seguridad que se derivan
de ello, contribuirá a mantener la preeminencia norteamericana
en todo lo que se refiere a los asuntos del mundo árabe.
Los intelectuales especialmente en Egipto están
lejos de ser unánimes en admitir el verdadero carácter
de este mapa de Oriente Próximo, por más simple
y claro que sea. Justificación dada a menudo: esta crisis,
que se debió a un error de Sadam ¿no pasó ya?
Aunque sabemos cuán poco creíbles son
los juicios absolutos sobre el conjunto de los intelectuales,
creemos que existe una "unidad de análisis" que
es intangible: es el núcleo que expresa la opinión
dominante, o que posee los medios para otorgar a sus conceptos
una posición dominante, tanto más cuanto que ese
núcleo es la quintaesencia misma de la burguesía
dominante, que sigue rumiando palabras como "nación",
"alma de la nación", etc. Supondremos, pues,
que los intelectuales comprometidos comprenden que el momento
de la catástrofe es aquél en que ellos se encuentran
colocados ante el imperativo categórico de la unidad de
la nación, cualesquiera que sean sus posiciones intelectuales
o sociales. E1 instante de la catástrofe se convierte entonces
en el instante del descubrimiento (o del redescubrimiento) de
la nación, mientras que la "quiebra del Estado"
aparece como la causa del desastre, debido a su contradicción
(como "Estado dependiente") con las masas constitutivas
de la nación.
Ante la sangrienta ofensiva del imperialismo contra
el mundo árabe, en el Golfo, los intelectuales han descubierto
de nuevo la presencia de la "nación" en ese movimiento
popular que, "desde el Atlántico hasta el Golfo",
ha manifestado, de diversas maneras, su hostilidad contra la ocupación
de la tierra árabe por el imperialismo norteamericano.
El estupor que paralizó a la mayoría de los intelectuales
árabes merece, sin duda, ser estudiado hoy, en comparación
con la facilidad con la que las masas superaron las "dimensiones
del Estado?' para aparecer de inmediato en el centro de la nación
y reabrir los expedientes del imperialismo mundial y del movimiento
de liberación árabe (expedientes que los intelectuales
habían dejado que se cubrieran de polvo, cuando no habían
intentado, lisa y llanamente, ocultarlos).
Los otros intelectuales se quedaron totalmente desconcertados,
preguntándose porqué esos "expedientes"
desaparecían de vez en cuando para, luego, volver a aparecer,
y cuestionándose acerca del papel que habían desempeñado
frente a las posiciones de los gobernantes y a la realidad de
los gobernados. En este contexto, es, sin duda, especialmente
significativo que el concepto de "casualidad histórica"
haya aparecido en el Machreq y el de "activación de
la historia" en el Magreb, bajo la pluma de intelectuales
de renombre, para señalar la dimensión del acontecimiento
y la deserción de otros intelectuales.
El más largo período dé conflicto
con el imperialismo occidental lo ha sufrido, sin duda, el mundo
árabe, más que otras regiones del mundo, debido
a su posición geográfica con relación al
centro del capitalismo en plena expansión. La oportunidad
histórica que así se presentó habría
hecho de los árabes la nación mejor dotada para
edificar un contradesarrollo, simétrico al de Occidente,
si el mercantilismo y el militarismo árabes hubiesen podido
emprender el camino del verdadero desarrollo. No olvidemos, a
este respecto, que los pensadores del Machreq ofrecieron una imagen
exagerada de la "capitulación" o el "colapso"
económico y militar de la nación árabe después
de las Cruzadas. En efecto, se limitaron a invocar la gloria de
Saladino corno acontecimiento histórico, y no como ideología
de liberación de la dominación capitalista ascendente,
mientras que los reinos árabes del Magreb mantenían
su dinamismo y su fuerza (de los que Ibn Jaldun fue expresión)
hasta comienzos del siglo XV. Vitalidad ésa de la cual
aún dio pruebas más tarde la dinastía saadí
de Mansur al-Dahbi, que hizo frente a prácticamente toda
la expedición colonial occidental en el Mediterráneo
y en África Occidental, y que resistió hasta el
siglo XVII A pesar de su derrota libró la primera gran
batalla moderna en que d capitalismo occidental fue desafiado,
una batalla que la cultura política de la liberación
debe incorporar al actual enfrentamiento.
La cultura de la liberación nacional se forma,
pues, por un lado, con la memoria colectiva que es el reflejo
de la realidad del proceso dialéctico de evolución
social y política y, por el otro, con la aplicación
práctica de los valores del desafío y de la resistencia,
así como con la reactivación y el enriquecimiento
de esta memoria, con la experiencia y el análisis, en cada
viraje histórico, en cada momento de crisis, en cada desastre.
Es en este sentido que hablamos de responsabilidad del intelectual,
y de instante del "redescubrimiento" de la nación
, cuando el Estado, o el régimen establecido, se viene
abajo. Muchos intelectuales han cumplido, sin duda, esta tarea
de uno u otro modo, pero aquí estamos hablando de un amplio
"proceso" cultural, como el que la cultura árabe
puso en marcha en el periodo de ascenso del movimiento nacional.
Es esta cultura que las fuerzas árabes vencidas
asediaron desde que el "mercantilismo" árabe
fracasó en su intento de promover un verdadero desarrollo
capitalista y civilizatorio, dejando paso a la dominación
y la creatividad europeas. Al menos, así es como la intelligentsia
árabe vio las cosas; entonces apareció el seguidismo
como la fachada de la nueva cultura, mientras que la cultura popular
y tradicional se refugiaba en el pasado.
Algunos consideran que la alternación de fases
de éxito y fases de fracaso es, en si misma, signo de vitalidad
(que no podemos negar a nuestra cultura y a nuestro desarrollo
histórico), y que esta alternación sólo puede
expresarse en forma de un renacimiento permanente, al que no son
ajenos ni la cultura ni los intelectuales.
Algo de verdad hay en esta observación, sin
duda, pero no hay que perder de vista el mecanismo de la dependencia,
que hace que el intelectual árabe, recién salido
del cerco, vuelva a encontrarse cercado, esta vez por la cultura
del triunfalismo árabe, en mayor grado de lo que lo estuvo,
al comienzo, por la cultura del "desafío revolucionario",
cultura ... también occidental. La mayoría de las
veces, es con esta nueva cultura que el intelectual trasciende
la cultura de las rebeliones populares o de las nuevas fuerzas
del rechazo que se manifiestan ante él.
A este respecto, basta con considerar las repercusiones
de la "Nahda" de Muhammad Ali, o las de otros intentos
reformistas que tuvieron lugar en Oriente en la misma época,
para calibrar, por ejemplo, la influencia de un Rifaat al-Tahtawi
sobre la mayoría de los intelectuales, en comparación
con la de un Abdallah al-Nadim. Es evidente la diferencia entre
ambos desde el punto de vista del contenido revolucionario de
su pensamiento; sin embargo, la orientación reformista
de Tahtawi prevaleció sobre las otras. Con al-Nadim fue
desechada la vía del militarismo nacional y radical (no
sólo la de Orabi, sino también la de Muhammad Abid).
También fue marginada, con un Muhammad Abduh, la resistencia
contra la ocupación inglesa, a favor de la aceptación
de su presencia civilizadora y educatoria, así como fue
marginado el constitucionalismo auténticamente representativo
de las fuerzas campesinas en provecho de la representación
de los notables y de los nuevos terratenientes ... Es en todo
eso que pienso cuando hablo de aprender de la experiencia respecto
al papel que desempeñó la cultura de la liberación
nacional en la adopción de una posición correcta
frente a los grandes acontecimientos que marcaron los últimos
cien años.
Es posible que la constante relectura del pasado
pueda ayudarnos a enfrentar las nuevas realidades. Pues el proyecto
capitalista de someter a la nación árabe prosigue,
desde hace cinco siglos, a través de medios que no dejan
de evolucionar,- avanzando desde la dominación comercial
hasta la dominación financiera, industrial, manufacturera,
militar, cultural y política; pasando de la competencia
a la coordinación y permutación de los papeles,
para acabar en el reciente despliegue militar norteamericano.
Ahora bien, al seguir un procedimiento ecléctico frente
a la historia y frente a las categorías sociales a las
que se dirige, el intelectual adopta una actitud relativamente
diferente a la que exigirían las normas académicas.
Más allá del necesario debate sobre las relaciones
entre objetividad y eclecticismo, uno no ve qué objetividad
podría impedir una lectura correcta de otro ejemplo histórico,
esta vez contemporáneo, cuyo contenido y significación
bien concebidos permitirían dar nuevo impulso a la cultura
nacional: me refiero a los movimientos de resistencia árabe
contemporáneos. ¿Qué lectura profunda se ha
hecho de la cultura y de la ideología de los movimientos
de lucha armada que han tenido lugar en diversas regiones del
mundo árabe (los de Argelia, Yemen del Sur, Palestina),
así como de las guerras que emprendió Egipto, comenzando
por la de la resistencia anti-inglesa en el Canal de Suez?.
Es sorprendente, en efecto, la desproporción
entre la dimensión de estos acontecimientos y el insignificante
lugar que ocupan en la producción intelectual, incluida
la destinada a las amplias masas y sus movimientos políticos
y sociales. Ni punto de comparación, por ejemplo, con la
influencia de la resistencia francesa sobre el pensamiento europeo,
o el impacto de la revolución vietnamita en el Sudeste
asiático, entre 1945 y 1975. ¿Qué repercusiones,
qué impacto ha tenido la revolución argelina en
el mismo Magreb? ¿Qué huellas ha dejado este acontecimiento
histórico en el mercado cultural de El Cairo? ¿Qué
impulso renovador han dejado en nuestras sociedades las revoluciones
de Adén, de Palestina o del Sahara, o los levantamientos
del pueblo sudanés de 1964 a 1985? ¿Qué difusión
se ha dado a la teoría de la violencia de masas como reacción
a la violencia colonial, que Franz Fanon extrajo de la experiencia
revolucionaria argelina? ¿No ha sido amordazado el pensamiento
de Franz Fanon, que se declaró a favor de los campesinos,
como lo han sido las mismas masas campesinas? Digo todo esto en
base a la simple comprobación de que las obras consagradas
a estos acontecimientos que uno podría encontrar en las
librerías de una gran capital árabe se cuentan casi
con los dedos de una mano.
Pienso que este cerco que sufre la cultura de la
liberación nacional es lo que explica junto con otros factores
objetivos la ausencia casi total de una temprana conciencia de
los peligros de la incesante ofensiva imperialista contra la nación
árabe, y, por lo tanto, el aflojamiento de los movimientos
de resistencia en momentos tan cruciales como los que vivimos,
e incluso la inclinación de amplias capas de la sociedad
y de una importante parte de los intelectuales a sumarse a una
posición europea con evidente tufo racista.
El imperialismo norteamericano no hubiera podido
emprender una ofensiva de esta amplitud independientemente de
su hegemonía en el mundo y. de los argumentos y pretextos
formales que dio para justificar su fechoría sin haberse
asegurado previamente, en base a una estimación de las
condiciones locales, que podría pasar a los hechos con
toda tranquilidad ... aunque, en la experiencia, la reacción
popular espontánea se ha revelado más fuerte de
lo previsto. En situaciones como estas es cuando resulta sumamente
importante que los intelectuales reanuden el debate sobre la realidad
del imperialismo norteamericano y movilicen los mecanismos de
la cultura de la liberación nacional, con toda la audacia
que requiere la gravedad del acontecimiento que vive nuestra región.
A partir de esta necesidad, me gustaría examinar
aunque sea rápidamente dejando la puerta abierta a la discusión
algunos fenómenos del bloqueo que ha obstaculizado el desarrollo
de la "cultura" política nacional durante los
últimos años, y que aún pueden frenar su
movimiento frente al imperialismo en el futuro próximo.
La cultura de la liberación nacional tuvo
gran vitalidad en los años sesenta, gracias a sus tesis
sobre la aspiración de los pueblos a una independencia
real y no formal (después de la nacionalización
del canal de Suez), y sobre la necesidad de romper las relaciones
de dependencia con los monopolios del mercado capitalista mundial,
tesis ambas ligadas a la reivindicación "el petróleo
de los árabes, para los árabes"; tesis que
también estaban ligadas a ideas sobre el papel y el carácter
de los "ejércitos nacionales", y a la necesidad
de apoyar a los movimientos de lucha armada en el mundo árabe
y en África, como medio para romper, por lo menos, los
vínculos de su dependencia política ... Considerando
esta primera dinámica, los comienzos de los años
setenta aparecen como el principio de la actual ola de derrotismo.
Aquí hablaremos de la dimensión cultural de este
periodo es decir, del núcleo de conceptos y visiones que
lo reflejan, más bien que de su dimensión social,
que exigiría toda una investigación sobre la ausencia
de democracia social como expresión de la marginación
de las masas.
Esta creciente marginación de las masas desde
fines de 1967 (a pesar de algunas formas limitadas de democracia
aparecidas en algún que otro lugar) explica la debilidad
de la- presión popular efectiva en pro de un verdadero
enfrentamiento con el imperialismo norteamericano, cuando éste
decidió ocupar la tierra árabe, con todo ese despliegue
militar y político contra Iraq, sin temor a ver comprometidos
sus intereses con los pueblos árabes, e incluso ignorando
a la cultura política dominante (cuyo viejo dominio sobre
el "espíritu árabe" garantiza, al haber
abandonado los intelectuales el terreno de la cultura anti-imperialista,
dejando toda libertad a los poderes establecidos para manipular
a su antojo el espíritu y la sensibilidad de las masas,
e incluso participando, muchos de ellos, en esta manipulación).
Ahora examinaré algunas cuestiones que, en
mi opinión, comprometieron la responsabilidad de los intelectuales
durante los últimos veinte años, confiando en que,
en parte o totalmente, estarán en el programa del movimiento
cultural en los años venideros. El orden en que las presento
no es un orden de importancia.
Después de 1967 se desataron controversias
en torno a la contradicción entre la ideología impuesta
como ideología dominante y la tecnología "posible".
Conocidos intelectuales algunos de buena fe libraron campañas
en ese sentido, con el objetivo de condenar la orientación
socialista de algunos gobiernos y sus alianzas externas. Esos
intelectuales ocultaron entonces, y por mucho tiempo, el hecho
de que las luchas armadas proseguían con éxito en
Asia, África y América Latina, bajo la bandera de
la "ideología" socialista; el hecho de que millones
de personas en el campo socialista habían luchado, bajo
la misma bandera y con riesgo de sus vidas, para defender y construir
sus países; y el hecho de que los ejércitos que
habían llevado a cabo eficazmente la guerra de 1973 con
los recursos de 1967, habían sido forjados con organización
y con determinación. Esos intelectuales "tecnócratas"
no comprendieron si es verdad que eran de buena fe que con semejante
cultura política despojaban a los ejércitos toda
dimensión política nacional, conduciéndolos
a firmar acuerdos de tregua con Israel, aunque habían salido
victoriosos en 1973, dando así paso a Camp David. Esto
terminó consumándose en un ambiente de decadencia
del sistema social y cultural que había protegido a la
nación después de 1967, pues Estados Unidos se había
encargado de infiltrar este sistema desde comienzos de los años
setenta.
Aunque el alza del precio del petróleo y el
consiguiente aumento de la riqueza estuvieron estrechamente ligados
a la guerra de 1973, muchos no quisieron ver en ello una fuente
de poder para los árabes, ya se tratara del destino de
las causas nacionales árabes, o de la instauración
de un intercambio comercial equitativo con los países occidentales.
De este modo, dejaron que se agrandara el foso entre los árabes
de la pobreza y los árabes del petróleo, los cuales,
al precipitarse, de uno u otro modo, bajo el paraguas del imperialismo
norteamericano, no tardaron en convertirse en los árabes
de Norteamérica y de la dependencia. A1 mismo tiempo, también
se agrandaba el foso entre lo nacional y lo social. Muchos intelectuales
no establecieron un vinculo entre la "orientación
capitalista" o las políticas de la infitah ["apertura".
Nota del t.] y el deslizamiento en la órbita de la dominación
imperialista. La nueva orientación fue incluso considerada
como un modo de "liberar las potencialidades internas",
que podía realizarse bajo la protección de Estados
Unidos. En resumen, muchos intelectuales vivieron a la sombra
de la cultura del petróleo, como lo hicieron diversas capas
sociales y los gobiernos establecidos. Desde ese momento, la conclusión
de los acuerdos de Camp David se volvió fácil, y
Estados Unidos pudo castigar el impulso insurreccional del pueblo
iraní, constituir fuerzas de despliegue rápido,
darles instrucción en suelo árabe, apoderarse de
miles de millones de dólares árabes para reciclarlos
en el circuito capitalista mundial, incluso a través de
ventas de armamentos ficticios a algunos regímenes del
Golfo ... Nadie, sin embargo, quiso acordarse que el imperialismo
es un mecanismo de dominación y de expansión, y
no una simple faceta del capitalismo, que se podía neutralizar.
En lugar de estar atentos al hecho de que el imperialismo podía
desencadenar la guerra y golpear fuerte, los intelectuales de
Camp David no vieron en él más que posibilidades
abiertas para la paz y para las soluciones pacíficas. Por
eso ¿qué tiene de sorprendente que algunos consideren
que la crisis del Golfo es un paréntesis, llegando otros
incluso hasta a echamos la culpa de ella, lo que no deja de plantear
muchos interrogantes sobre el futuro próximo, sobre todo
si se tiene en cuenta este conjunto de visiones contradictorias
que circulan, especialmente entre los intelectuales?
La cultura de Camp David se caracteriza por lo que,
desde mediados de los años setenta, se denomina "etapa
de reexperimentación de la democracia occidental a través
del pluralismo político". Es una etapa en que algunos
gobernantes se declaran favorables a las "tribunas",
a los frentes y partidos políticos, y, allí donde
no hay parlamento, se ve a algunos intelectuales sirviendo de
intermediarios con los emires, como solución de recambio
a la representación nacional aunque estos intelectuales
no reconocían las formas de representación tradicionales
y ficticias!
Todo el mundo se ha conformado, pues, con injustificables
situaciones de ausencia de democracia: asambleas parlamentarias
constituidas bajo el reino de las leyes de excepción, consejos
ministeriales que sólo se ocupan de las medidas de seguridad,
consejos de coordinación que son disueltos o cuyos miembros
pueden ser asesinados sin que eso despierte preocupación
o particulares comentarios. A1 mismo tiempo se refuerza la alienación
de las masas, abandonadas a medios de comunicación invadidos
por el modelo norteamericano: desde "Rambo-siempre-victorioso"
hasta todo un sistema de valores importados, pasando por el estilo
de la ropa y la cocina, sin olvidar los programas de enseñanza,
los proyectos de investigación y los centros de orientación
extranjeros.
En estas condiciones ¿no es natural que los
pueblos cuyo sustrato cultural se construye de esta manera no
puedan desarrollar formas sociales de resistencia efectiva contra
la penetración imperialista?
Ningún periodo histórico árabe
ha sufrido un movimiento poblacional tan amplio como el actual,
que afecte a tanta gente y cruce tantas fronteras (Egipto, Sudán,
Túnez, Jordania, Palestina, Yemen ...). Aproximadamente
veinte millones de personas han abandonado sus países para
buscar trabajo junto a sus "hermanos" en el Golfo, en
Iraq o en Libia. Estos millones de seres han vivido, de este modo,
una doble situación de inmigrantes y parias, y hasta se
puede decir que cada uno de ellos fue doblemente paria: en su
país de origen y en d país de recepción.
La situación de estos emigrantes no ha sido objeto más
que de estudios estadísticos, efectuados estoy convencido
de ello ¡con el fin de organizar la reinserción de
los que han retornado a su país! Ningún gobierno,
ningún intelectual? ninguna organización política
se han preocupado de sus derechos humanos, sociales o culturales.
No es nada sorprendente, por lo tanto, que, entre estas masas,
no haya habido ninguna reacción unitaria frente a los acontecimientos.
Por otra parte, nadie ha prestado atención a las actitudes
negativas observadas en los círculos de estos trabajadores,
como consecuencia de conflictos locales, nacionales y chauvinistas
vividos en los países de recepción.
Tal vez existan sentimientos similares en el emigrante
magrebi en Europa, y especialmente en Francia. En todo caso, debemos
estudiar los efectos de esta situación negativa sobre la
actitud de los emigrantes egipcios hacia la guerra del Golfo,
al haberse mantenido amplios sectores de ellos un comportamiento
pragmático respecto a los efectos de la agresión
norteamericana sobre las infraestructuras e instalaciones en las
que trabajan, en el Golfo y, especialmente, en Iraq, actitud que
se explica por la ausencia de una visión unitaria dominante.
En cambio, los magrebíes han expresado de manera más
masiva su rechazo a la agresión, y especialmente a la posición
de Francia en la guerra, lo que puede indicar tanto una rebelión
contra la opresión vivida en Francia como una condena de
la guerra. La actitud de los egipcios es de sometimiento al dominador,
quienquiera que sea, sobre todo comparada con la de los magrebies,
que refleja el deseo de liberarse de la autoridad del padre francés
(la idea es de Abdelkader Zgal).
Sea lo que fuere, queda planteada la cuestión
de saber cómo es posible que el poder, en los países
del Golfo, se haya convertido en ese cruel amo que el ciudadano
árabe de Egipto ve, con indiferencia, que, en el momento
del desastre, se transforma en un "amo norteamericano"
sin que eso genere una profunda revolución popular contra
la tiranía imperialista norteamericana. ¿Es el resultado
de la cultura de Camp David en toda su gloria? ¿O es que
estamos llegando al límite mismo de la educación
política nacional y de los derechos democráticos
tal como se ejercen en este país? ¿Es culpa de los
intelectuales o de las organizaciones políticas de masas?
Tantas preguntas que esperan respuestas ...
Ahora mencionaré brevemente algunos problemas
sociales urgentes, que son inseparables de los problemas culturales
y de la actitud de aceptación o rechazo del fenómeno
imperialista:
¿En qué medida se podrá promover
un nuevo estatuto para la mujer, que le permita desempeñar
positivamente una función política? No hace falta
recordar el papel de la mujer en varias revoluciones de liberación
nacional, y la historia misma de la mujer en muchas sociedades
árabes muestra un claro repliegue entre el punto de partida
y el punto de llegada.
A la largo de los años ochenta, los islamistas
se preocuparon no tanto por hallar soluciones para los problemas
sociales de sus masas de simpatizantes como por buscar cada vez
más soluciones capitalistas para situaciones que la libertad
económica no puede resolver. Ahora podemos observar que
su proceder fue víctima, en parte, tanto de su deseo de
vengarse de la experiencia naseriana o de experiencias similares,
como de su manera de enfocar la aplicación de la ley islámica.
Los intelectuales del movimiento islamista no han establecido
un vinculo entre el capitalismo y el imperialismo, que ejerce
su dominación tanto a través de sus aliados en Arabia
Saudi y en los Estados del Golfo, como a través del comercio
de armas que alimentó la guerra irani-iraqui. Por eso,
su rechazo a la "hegemonía norteamericana", en
esa época, se quedó en una simple consigna religiosa
acerca del "gran satán", cuyo agente sería
Sadam Husein.
Por otro lado, una parte de la izquierda se dejó
acaparar por los problemas de la paz, a nivel regional e internacional,
mientras que la aplicación de los acuerdos de Camp David
avanzaba sin ruido, a través de la "solución
pacifica" de la cuestión palestina. Esta cuestión
acabó emprendiendo la ruta de las embajadas norteamericanas,
con gran asombro de amplios sectores de la opinión pública
árabe. A su vez, la paz de la perestroika sirvió
de nuevo pretexto para "solucionar pacíficamente"
los conflictos regionales y para eliminar el peligro de guerra
nuclear ... que todos queremos evitar. En esta atmósfera
de "consenso por la paz", estos intelectuales disociaron
el desarrollo capitalista norteamericano (y el monopolio de la
decisión económica y política que EE.UU.
intenta imponer a nivel internacional) y su carácter imperialista.
Entonces fue cuando se difundió la idea de trabajar primero,
y ante todo, por la realización de las conquistas democráticas
... muy lejos del ambiente de la lucha anti-imperialista, que
la habían convertido en ¡consigna
anticuada!
Estamos, pues, ante fuerzas que controlan la calle
sobre todo, en Egipto y que oscilan dentro de posiciones y políticas
que no pueden conducir a la elaboración de una cultura
política adecuada a la resistencia contra el imperialismo:
por una parte, un islam político preocupado por el carácter
"cruzado" de Occidente, y no por la promoción
de la cuestión nacional en los aspectos social y económico;
y, por la otra, una izquierda o una importante parte de la izquierda
preocupada por la democracia, pero que desconoce aspectos esenciales
de la cuestión nacional, que primeramente es conciencia
y posición con respecto al imperialismo norteamericano.
Mientras tanto, el imperialismo acrecienta su influencia sobre
las sociedades árabes a través de un poderoso aparato
ideológico, en el cual trabajan ¡intelectuales de
tercer clase!
En estas condiciones no nos queda más que
pedir a estas corrientes que sometan esta cuestión, por
lo menos, a una discusión interna sin complacencia, y que
vengan a debatirla alrededor de una mesa.
Siguiendo la lógica interna del reciente proceso
de acumulación, evaluado a la luz de la racionalidad abstracta,
sólo se podía esperar de la "calle árabe"
y de las masas árabes una reacción política
y sicológica frente al desastre de la guerra del Golfo
y a la agresión norteamericana menos enérgica que
la que tuvo lugar efectivamente. Pues, durante las últimas
dos décadas, las conquistas de la cultura de la liberación
nacional se habían visto enfrentadas como lo demostramos
a la mayor operación de marginación que hayan sufrido
los movimientos nacionales en la historia moderna de la nación
árabe. No podemos explicar esta importante reacción
popular sino con el "fondo de reserva" de la memoria
popular árabe relativo a su hostilidad al colonialismo
y al imperialismo. Es éste un elemento que hoy es raramente
tomado en cuenta por los intelectuales, y que, además,
es un elemento no religioso y no laico a la vez. La visión
global de las masas se reveló más precisa que el
enfoque sociológico de los intelectuales: las masas palestinas
recurrieron a la memoria de las tragedias que vivieron; las masas
magrebies, a la memoria de su experiencia con Europa; y las masas
yemenies, a su largo contencioso con su vecino de desgracia. Aún
los aspectos relativamente negativos de la reacción de
la calle egipcia deben considerarse como expresión de los
sufrimientos vividos por los egipcios, que pasaron por todas las
suertes de la historia árabe contemporánea; así,
amplios sectores del pueblo egipcio se contentaron con dejar que
sus políticos y sus intelectuales sean los portavoces de
su tristeza. Con todo, el crimen histórico que ha sido
la marginación del pueblo egipcio, impedido de ejercer
toda su influencia en- el enfrentamiento contra la agresión
imperialista, debe necesariamente servir de lección a todas
las fuerzas políticas árabes, a fin de que comprendan
hasta qué extremos pueden conducir las condiciones económicas
y sociales cuando estas fuerzas permiten que los regímenes
establecidos actúen a su antojo y que la situación
de dependencia se consolide en los países árabes.
La crisis reveló rápidamente algunos
fenómenos graves en la cultura política y social,
diferentes de los que hemos reseñado. Así, se descubrió
uno de los silencios de "la cultura imperialista", a
saber, los preparativos con vistas a una agresión que iba
a ser perpetrada contra Iraq cualquiera que fuera "el comportamiento
del régimen iraquí". Sin embargo, los intelectuales
no tomaron en serio la cosa, ya sea por claudicación, o
una especie de impotencia imperdonable, ya sea por un fenómeno
de acostumbramiento a los planes norteamericanos, destilados a
través de los medios de comunicación, siempre lenta
y sabiamente, a fin de crear precisamente ese acostumbramiento,
como ocurrió con la progresiva escalada de la campaña
anti-iraquí, que tomó como pretextos "asuntos"
que son de rutina para Israel.
También existía todo un expediente
en suspenso acerca de la "hipocresía árabe»
en el apoyo de los países del Golfo a la guerra de Iraq
contra Irán: así, se hicieron revelaciones sobre
las riquezas árabes dilapidadas, sobre el papel de los
Emiratos en los manejos imperialistas a todos los niveles y sobre
los miles de millones pagados por compras de armamento a Occidente,
para dotarse de un supuesto poderío militar cuya existencia
nunca pudo nadie verificar.
Mientras tanto, las manifestaciones culturales se
sucedían de una capital árabe a otra, sin que nada
serio se discutiese sobre el problema de la unidad de la nación,
o sobre nuestro destino frente a la hegemonía imperialista,
que no deja de apretar el tornillo; muy al contrario, predominaban
las tesis sobre las reagrupaciones regionales y sobre las posibilidades
de una paz norteamericana.
Con la agravación de la crisis y el ingreso
en el engranaje de la guerra, los pueblos contemplaron con consternación
las lamentables piruetas de las posiciones árabes, su vergonzante
silencio, o a su injustificada impotencia para utilizar los recursos
por todos conocidos con el fin de hacer presión sobre los
intereses norteamericanos y promover una solución árabe.
El colmo del desastre se alcanzó con la entrada
en escena de las instituciones religiosas tradicionales, en El
Cairo y en La Meca, para justificar piadosamente la solución
norteamericana, mientras que venerables jeques e islamistas profesaban
exactamente lo contrario en Bagdad y en Teherán, lo cual
añadía a la cultura política una dimensión
suplementaria de antagonismo inédito entre las concepciones
religiosas dominantes, frente a la obra de destrucción
de un país árabe y musulmán.
Esas son situaciones que los intelectuales deben
seriamente enfrentar. Aún hay otras, que esta crisis reveló
y en las que habría que meditar. Las masas árabes
han aceptado el principio del desafío sin estar seguras
de la victoria; la paz de Camp David ha caído al mismo
tiempo que la máscara de Estados Unidos, que muchos habían
intentando arrancar a lo largo de la última década,
agotándose en ello. Las masas han descubierto el verdadero
carácter de los regímenes establecidos (cualquiera
que sea el aspecto abierto o disfrazado bajo el que se presentan
y las instituciones tradicionales que los rodean). Muchos intelectuales
que gozaban del respeto de las masas difícilmente ejercitadas
en descubrir las artimañas de las palabras se han desacreditado.
Antes de concluir, reafirmemos que los pueblos del
Sur no tienen más opción, para sobrevivir, que la
de reforzar su resistencia a la hegemonía imperialista
y su capacidad para desafiarla. Los intelectuales deben profundizar
en la idea de que el camino de la subordinación económica
no puede ser el de la independencia política; de que Europa
y la rivalidad euro-norteamericana se han alineado detrás
del estandarte de la hegemonía total; de que el racismo
europeo ha mostrado su odioso rostro a lo largo de las peripecias
de la guerra del Golfo; y de que la democracia y la libertad de
Occidente se han presentado como una impostura ante los "pueblos
de Oriente", desde que vieron el verdadero comportamiento
de los gobiernos occidentales. ¿Acaso no impusieron éstos
una censura a la información, que nada tiene que envidiar
a la de Bokasa o a la de Idi Amin? ¿No se lanzaron a la destrucción
de todo un pueblo para proteger la vida de algunos de sus queridos
hijos? ¿No han mostrado la más grande de las incoherencias
ignorando durante más de cuarenta años la lucha
del pueblo palestino y ocupando el Golfo en menos de una semana,
en nombre de la "liberación de Kuwait", con el
fin de que la mayor riqueza de nuestra época siga bajo
el control del hegemonismo norteamericano?
Estos son, en resumen, los elementos de la cultura
de la liberación que queremos destacar: una emancipación
a nivel de la ideología, de la cultura, de los medios de
comunicación, de la educación, que nos permita salir
de la esfera de la hegemonía imperialista, y que debe constituir
materia de reflexión para los intelectuales y tema de debate
para los islamistas y la izquierda; un debate en el cual también
deben participar los intelectuales del Golfo, que es de temer
pueden ser víctimas de una operación de marginación,
debido a sus regímenes, o al cerco norteamericano, o a
la adopción de nuevas tesis aislacionistas o chauvinistas.
También es un punto de convergencia entre los intelectuales
del Magreb y del Machreq, lejos de las competencias y de la demagogia,
que no favorecen la emergencia de una posición unitaria
frente a la agresión norteamericana contra nuestra nación.