EL INTELECTUAL DE LOS SIETE MESES

Tahar Labid*

La guerra del Golfo como laboratorio

Considerar el problema del Golfo como un laboratorio proviene, ante todo, de una preocupación epistemológica: es aprovechar la oportunidad brindada al discurso árabe para ejercitarse epistemológicamente a "echar el ancla" en la realidad. No hay duda que mucho de lo que hoy se dice y se escribe da la impresión de que el pensamiento árabe no ha sido marcado por el paso por una etapa experimental. Es paradójico que los pensadores árabes se quejen, muy a menudo, de esta "prueba" cognoscitiva que sufren los conceptos, las categorías y los instrumentos de análisis que utilizan.

En cuanto a la puesta de relieve del factor cultural, ésta reviste un interés que podría calificarse como humano, además de su aspecto cognoscitivo. Y es que el campo cultural parece más apto para preparar al hombre árabe, intelectual y sicológicamente, para la posguerra, cualesquiera que sean los resultados del conflicto a nivel militar. La guerra del Golfo también es un espacio coyuntural que se brinda a proyecciones sicológicas, individuales y colectivas. Cada uno ha proyectado, desde el lugar que ocupa, algunos de sus problemas; males, aspiraciones y esperanzas. Por eso, atar los resultados de esta guerra a una solución militar definitiva significa reducir las alternativas a un dualismo rígido y absoluto entre lo positivo y lo negativo, lo que, en realidad, encubre una prefiguración del trauma.

En este caso, la cultura relativiza el dualismo. Representa un lugar en el cual se ramifican y se prolongan las líneas del enfrentamiento. Para decirlo en términos militares, la cultura transforma la guerra relámpago en guerra prolongada, y, por eso mismo, atenúa la fobia árabe al trauma.

Las actuales "reacciones" (en sentido químico) a nivel macro o microsociológico son tan rápidas que no podemos pensar en un retorno a una situación anterior que era objeto de una continua autocrítica y autoflagelación. Esto es cierto a escala árabe, a escala regional y a escala local, pero, ante todo, es cierto para la región del Golfo. Algunos indicios nos permiten pensarlo. Pero en el campo de la cultura se sabe por intuición que las "reacciones" de orden intelectual son incalculables. A continuación, nos limitaremos a destacar ciertos cambios que ya han cristalizado relativamente y que consideramos aptos para una primera formulación en forma de hipótesis, que, en el futuro, podrían ser objeto de un estudio más detenido.

La prueba del conocimiento

Era previsible que la primera víctima de la guerra fuera la verdad. Sin embargo, y pese a todo lo que, durante décadas, se ha dicho sobre los aspectos negativos del pensamiento árabe durante largas décadas, esta guerra ha mostrado entre otras revelaciones sorprendentes hasta qué punto habían renunciado los intelectuales a los instrumentos más elementales de su saber en la elaboración de su pensamiento. Quienquiera que examine la producción cultural de los "siete meses" comprobaría con que facilidad se esfumó, y hasta se abandonó, el trabajo de análisis, en provecho de posturas y actitudes militantes. La homologia estructural entre el campo militar y el campo intelectual pasó del nivel de una relación conceptual entre dos universos exclusivos a una especie de identificación, que transformó a los intelectuales en partes de un conflicto físico, que reducía al extremo los espacios y las mediaciones del campo del conocimiento, en el que habitualmente se mueven para expresar sus divergencias y aun para enfrentarse. En efecto, la "franja gris" entre el negro y el blanco se estrechó de tal modo que el antagonismo intelectual se volvió enfrentamiento directo. Se puede afirmar, efectivamente, que los intelectuales se transformaron en otros tantos frentes de guerra y que el pensamiento se militarizó.

Está, pues, claro que el problema no proviene de la posición de cada uno, como tal, y cualquiera que sea el carácter de ésta (pues esa posición se justifica con la libertad y compete a las exigencias de la ciudadanía), sino del hecho de que esa posición no refleja ni una visión, ni un sistema de pensamiento, ni un itinerario intelectual, y también del hecho aún peor de que esa posición se subleva contra el conocimiento y la verdad, cualquiera que sea. Desde luego, una postura es necesaria, pero no en perjuicio del saber. Que el historiador deforme la verdad histórica para reforzar su posición personal es inadmisible, así lo haya hecho en nombre del saber o de la lucha junto a las masas. Del mismo modo, este problema no pone en tela de juicio ni el capital cultural ni los conocimientos de quien defiende una posición, sino refleja la relación paradójica que ha aparecido entre el conocimiento verdadero y la renuncia a ese conocimiento. Esta paradoja tiene aún más fuerza y significación cuando se trata de personas de quienes no se esperaba esa actitud a nivel cognoscitivo. Esas personas, más que otras, constituyen una referencia y un criterio para calibrar la regresión del pensamiento árabe. Porque la verdad científica es la condición misma de la existencia de esas personas y uno de los elementos que permiten identificarlas como intelectuales. Los cambios a escala mundial han desestabilizado el pensamiento árabe al mismo tiempo que le infundían la esperanza de un renacimiento. Pero el intervalo entre la perestroika y la guerra del Golfo no permitió que este pensamiento madurara y se estabilizara. La guerra sobrevino en un momento casi excepcional, en el cual el intelectual todavía estaba despojándose de sus antiguas armas, de tal modo que entró en esta guerra desarmado o casi desarmado. Por eso no tardó en convertirse, de uno u otro modo, en uno de sus rehenes. La "sorpresa" de la guerra sorpresa para la cual ni sus referencias ni sus enfoques lo habían preparado hizo "abortar" al intelectual de los siete meses.

Se suponía que el intelectual-investigador debía hacer frente, en primer lugar, a un conjunto de conceptos y categorías, de los que no podía librarse. Pero, en vez de dominar esos conceptos, en su calidad de científico, a través de un trabajo de revisión y verificación y a partir de su especialidad, permitió que en su discurso irrumpieran conceptos difundidos no sólo por la mala literatura y por los análisis preconcebidos, sino también por el sentido común, y hasta por la más directa propaganda política. Así, por ejemplo, intelectuales y especialistas árabes rumiaron una cantidad de conceptos, categorías, consignas y fórmulas que no tenían ningún fundamento científico y que muchas veces iban en contra de la verdad científica. Los principales motivos retóricos fueron el insulto y la apología, que alimentaron un verdadero delirio verbal, en el que la palabra y el escrito se combinaron para administrar el absurdo.

Seria útil que los investigadores estudien algún día el lenguaje de los intelectuales durante la guerra. Para evidenciar la gravedad de la cuestión, nos contentaremos con un ejemplo extremo del recurso del intelectual investigador a un concepto o a una calificación sin fundamento científico: que Sadam Husein haya sido comparado con Hitler era previsible y se justificaba corno argumento de propaganda utilizado por los adversarios políticos. Sin embargo, ningún árabe que yo sepa planteó el problema epistemológico que supone semejante comparación.

El antropólogo francés Emmanuel Terray considera un escándalo para la inteligencia y para el pensamiento que intelectuales e investigadores hayan recurrido a tal identificación. Pues éstos tienen el deber de dar pruebas de rigor científico, precisión y respeto de las especificidades. Después de recordar que Occidente habla establecido un paralelo entre Hitler y Naser, y entre "La filosofía de la revolución" y "Mein Kampf", Teatro menciona las particularidades históricas que hacen que semejante paralelismo sea equivocado desde el punto de vista científico. Intentando dar una explicación a este terco paralelismo, recalca que el hitlerismo se desarrolló en Europa, como amargo fruto de la historia europea, pero que el viejo continente, harto ya de tener que soportar esta carga, trata de involucrar en ello a los árabes. Esta tendencia fue expresada por unos alemanes que afirmaron que Hitler ya no era alemán, sino árabe; y que mañana podría ser chino ("Libération", 18 de febrero de 1991

Parece que, durante esta guerra, el pensamiento árabe se ha estancado en su proceso de autocrítica, o que ha vuelto a lo de siempre. La etapa posterior a "La ideología árabe contemporánea", es decir, después de 1967, se caracterizó por el hecho de que la reacción a la derrota militar fue un impulso en pro de la renovación del pensamiento: la casi totalidad de las tendencias (incluidas la nacionalista, la marxista, la liberal y la islamista) se enfrentaron dentro de los limites que permite la sociedad civil. Muy al comienzo de esta etapa aparecieron los más relevantes textos de autocrítica árabe en los campos del análisis y de la creación. En "La victoria", de 1973, encontramos los primeros indicios de la derrota y regresión del pensamiento árabe, que, después de Camp David, se transformarían en un derrotismo ampliamente generalizado. Paralelamente, la corriente islamista, en su forma más retrógrada y extremista, extendía su influencia. El estancamiento en el proceso de autocrítica se produjo con la confluencia y fusión temporal de las diferentes corrientes y enfoques, cuando las divergencias intelectuales se borraron y se transformaron en una dicotomía sin matices: por o contra. Esto sucedió en el momento en que los espacios de referencia del antagonismo, y especialmente el marxismo y el nacionalismo, se tambaleaban. A ello contribuyó el que los temas de controversia fueran reducidos por la guerra a un solo tema, sin que hay que subrayarlo esta "unificación" contribuyera a dar origen a una intelligentsia, aun en sentido coyuntural, es decir, una intelligentsia árabe de urgencia, que habría podido intervenir en favor de una solución árabe.

Esto no significa que no hubo excepciones, en ambos frentes, y en las zonas de imbricación y de interrogación perpleja. Pese a la dificultad y a la relatividad de toda distinción, se puede afirmar que la producción de conocimiento fue más importante en el discurso del desafío que en el del afán de emulación ente árabes.

De manera general, y desde un punto de vista exclusivamente epistemológico, el pensamiento ha resultado ser más profundo y el esfuerzo científico más grande en los escudos que han hecho frente al desafío extranjero que en los que se han enfrentado a una parte árabe. La presencia de lo extranjero en el pensamiento fue un estimulante para renovar los enfoques y diversificarlos, mientras que la presencia de un adversario árabe sólo sirvió para repetir un discurso saturado.

La parte contraria fue, pues, el determinante esencial para el carácter del discurso y de sus límites epistemológicos. Además, si observamos la debilidad de las referencias y de los conceptos fundamentales con los que el intelectual árabe enfocó esta guerra, llegamos a comprender que sea precisamente en el enfrentamiento con una parte exterior donde su pensamiento encuentra estimulo. Y esto, sin hablar de la experiencia histórica acumulada y alimentada al menos desde la "Nahda" por el antagonismo entre el Yo y el Otro, de donde se deduce que lo que los árabes realizaron lo fue contra el Otro y no con el Otro.

Dos visiones: lo empírico y lo posible

Si dejamos de lado las posiciones ideológicas y políticas para bosquejar las visiones intelectuales del proceso histórico árabe, podemos esbozar los grandes rasgos de dos visiones principales: una, que se basa en las potencialidades de la realidad árabe y en las alternativas posibles que contiene, y la otra, en la acumulación empírica de esta realidad. Esto significa que la línea de separación entre estas dos visiones al captar el "acontecimiento" del Golfo varia según cómo comprende y evalúa cada una de ellas el impacto de este acontecimiento histórico sobre el porvenir árabe: una lo percibe como estimulante, y la otra, como obstáculo.

La visión de lo posible hace hincapié en la contextuación del acontecimiento a. nivel árabe y a nivel internacional. Esta contextuación confiere a ese acontecimiento la forma de un desafío interno y externo: modificación de la situación prevaleciente en el escenario árabe y lucha contra la dominación extranjera.

Así es como apareció el concepto de dinamización de la historia árabe como concepto clave que algunos llevaron hasta el extremo para justificar la anexión de Kuwait. De ello se derivan varias revisiones:

Esta visión es, pues, esencialmente optimista: considera al desafío, en sí mismo, como una victoria árabe frente al Otro y frente a sí mismo. Por eso, en el desarrollo de la guerra ve una acumulación de la acción árabe a largo plazo, cualesquiera que sean los resultados directos (militares y políticos) del conflicto. El acontecimiento ha quebrantado el orden árabe establecido: la situación no podrá ser en ningún caso peor de lo que era. El concepto mismo de derrota está excluido como figura, en todos los casos.

En cuanto al enfoque basado en lo empírico, se apoya, por principio, en el acontecimiento en si mismo, es decir, la ocupación/liberación, omitiendo incluso establecer un vinculo entre los diferentes problemas o entre los factores endógenos y exógenos. Hay una cautela explícita o implícita ante la contextuación del acontecimiento. Este es enfocado desde el punto de vista de la legalidad y de sus correspondientes criterios y valores estilo: "autor de la injusticia-victima de la injusticia", y, por consiguiente, desde el punto de vista del regreso a la situación anterior. Es natural que tal enfoque no restablezca al menos, antes del fin de la guerra la crítica intelectual o política de la situación anterior al conflicto, incluso en quienes, en el pasado, formulaban tal critica. Es por eso que los discursos pronunciados por algunos en este sentido encubren claramente un completo silencio: por ejemplo, respecto al carácter de la sociedad y del Estado en el Golfo árabe, respecto a las relaciones entre lo árabe y lo extranjero, respecto a las perspectivas del futuro orden árabe, etc. En realidad, detrás de todo eso se perfila, a nivel intelectual y a nivel existencial, el espectro de las experiencias árabes? que un nacionalismo árabe iraquí, que interviene con la fuerza, recuerda negativamente.

Entre los dos enfoques aquí expuestos se observa, a través de tendencias e indicios generales, diversas actitudes, que van desde el "sí" hasta el "si, pero" que han cambiado, se han interpenetrado o han divergido a merced de los acontecimientos, sobre todo cuando comenzó esta guerra y, luego, cuando ésta pasó del objetivo de la liberación de Kuwait al de la destrucción de Iraq. Estas actitudes requieren una clasificación, bastante compleja, que no puede tener lugar aquí. Con todo, hay que notar que la dualidad que manifiestan es reveladora de una verdadera angustia intelectual y moral. E1 ejemplo más contundente de ello lo han dado los defensores de la legalidad y de los derechos humanos cuando se toparon con la contradicción entre la legalidad internacional y la legalidad nacional o panárabe, y con la contradicción entre los derechos ciudadanos y los derechos de los pueblos.

Las leyes de la distribución: centros y periferias

En general, las opiniones formuladas por los intelectuales han ido en el sentido de las posiciones adoptadas por los regímenes de sus países. Digo "en el sentido" y no necesariamente "detrás" de sus regímenes. Por eso, al ser precisada y matizada, esta opinión global mejorará. En primer lugar, ese paralelismo ha sido observado, sobre todo, durante el primer sobresalto, antes de matizarse, en grados variables, con el desencadenamiento de la guerra, y luego, cuando la destrucción de Iraq se convirtió en uno de los objetivos de esta guerra. Además, ese paralelismo se sitúa dentro de los limites permitidos por la actitud popular, ya se exprese ésta con la acción o con el silencio. La convergencia entre la posición oficial y la de las élites intelectuales está, pues, condicionada, positiva o negativamente, por la actitud popular.

Una de las observaciones más importantes que requeriría ser verificada y analizada es que lo que estaba considerado como "periferia" o "confines" de la ideología nacional en el mundo árabe es, precisamente, el lugar donde las posiciones intelectuales han aparecido más ligadas a la dimensión nacional árabe de la cuestión del Golfo y más resueltas en su apoyo a Iraq en el conflicto. Son los casos de Jordania, Túnez, Argelia, Mauritania, Yemen y Sudán, sin hablar de los palestinos. Por supuesto, sólo se trata de un resumen general. No necesitamos recordar, cada vez, que existen excepciones. Así, para tomar el ejemplo de Egipto, la actitud de los intelectuales varió, en calidad y en intensidad, de una a otra etapa de la crisis. Y aun cuando las masas tardaron en expresar sus posiciones, grupos de intelectuales, a título individual o en el marco de organizaciones no gubernamentales, defendieron públicamente opiniones y posiciones opuestas al punto de vista oficial. No hay duda que su acción, en el contexto del Egipto "coaligado", da prueba de una audacia política e intelectual que exige respeto. Los países de la "periferia" son de los más pobres del mundo árabe. Uno se pregunta entonces cómo y porqué se declararon a favor de apoyar a Iraq, y, por consiguiente, de deshacer sus vínculos económicos, políticos e ideológicos a la vez con Occidente y con los países del Golfo. Quizá se encuentre algunos elementos de respuesta en las observaciones siguientes:

La cuestión del Golfo como laboratorio ha mostrado que las ideologías "puras" sean nacionalistas o religiosas son las que mejor han integrado la intervención extranjera y más estrechamente se han aliado con lo que hasta entonces se consideraba "el enemigo imperialista" o "el invasor cultural". Por ideologías "puras" se entiende, aquí, las ideologías que tienen como fundamento y como consigna la arabidad o el islam, aunque haya que tener en cuenta las interferencias secundarias y coyunturales.

El Yo y el Otro, y el Yo-otro

La interrogación acerca de la relación entre el Yo y el Otro es el lugar geométrico, aparente o latente, de todas las tesis expuestas por el pensamiento árabe, al menos desde la "Nahda". Pero la guerra del Golfo ha engendrado una forma de escisión totalmente nueva: el área de interferencia entre el Yo y el Otro ha dado origen a una figura inhabitual, donde el Yo es, al mismo tiempo, el Yo-otro o el Otro del Yo (en la medida en que se trata de un alter ego árabe) y el Otro del Otro (en la medida en que es el aliado del Otro, sin ser completamente el Otro). Esto se aplica de manera especial al ''aliado", porque Iraq siguió estando, en el discurso contrario, en una situación más ambigua: no es ni el Yo ni el Otro. Está más cerca de la excepción que de la regla. ¿Cómo ha formulado el discurso árabe esta escisión? La expresión que ha dado de ella aún no está suficientemente elaborada. No tenemos, pues, otros elementos de respuesta para añadir a lo que se dijo antes. Sólo quisiéramos formular algunas observaciones complementarias.

La forma más visible y más extrema de esta escisión entre el Yo y el Yo-otro/Yo del Otro es lo que se podría denominar tendencia "arabushista": por "arabushismo" entendemos la tendencia a apoyar al Otro en nombre del Yo, es decir, a apoyar a Bush en nombre del interés árabe. Durante la guerra, esta tendencia ofreció al Otro dimensiones y valores de los que algunos tenían un "perfil" árabe, lo que también podría indicar una interpenetración afectiva entre ese Otro y el Yo árabe. Al mismo tiempo, esta tendencia despojaba a la parte árabe de toda positividad potencial, incluidos algunos aspectos considerados dignos de admiración por las mismas criticas y campañas anti-árabes en Occidente. Se sabe que esta tendencia se ha manifestado de manera ostentoria y escandalosa ante el mundo entero después de la guerra, adoptando incluso la forma de una vendetta interárabe. Todo esto podría hacer pensar en un cierto sadomasoquismo árabe en esta guerra.

Está claro que la cultura árabe no ha movilizado sus valores fundamentales con vistas a una solución árabe y, por lo tanto, con vistas a impedir la escisión. En un articulo publicado en el periódico francés "Libération", aposté por el factor cultural, partiendo de la convicción de que el soldado sirio no poda disparar contra el soldado iraquí por orden del mando norteamericano. Semejante posibilidad me parecía excluida desde un punto de vista antropocultural. Esa apuesta resultó ser falsa. Esto significa que la ruptura producida por la guerra ha sido profunda en su momento, es decir, más profunda que una simple divergencia política.

Uno puede pensar que esta escisión no es necesariamente un elemento negativo si permite el surgimiento de un núcleo coherente, que polarice las potencialidades de desafío en el seno del pueblo árabe y constituya un polo dinámico dentro de una dialéctica árabe, cuyo otro polo parece no tener ya más opción que tratar de preservar su existencia o sus intereses reforzando su dependencia. Esta dialéctica podría intensificarse con cambios de posición y de situación, siempre posibles, tratándose, sobre todo, de países tan importantes e influyentes como Egipto y Siria. En realidad, es necesario apostar por estos dos países, no sólo por razones políticas, sino también por razones sicológicas.

Cualquiera que sea la evolución a largo plazo, lo que seria de temer, a más corto plazo, es que Iraq se refugie en la amargura árabe, y bajo el peso del enorme precio que ha tenido que pagar, como ocurrió con Egipto después de 1967; y que, por otra parte, los países del Golfo se refugien en una venganza dirigida contra los otros y, quizá, también contra si mismos. Lo importante, a nivel intelectual, es no olvidar que Iraq y el Golfo son, uno y otro, socios de pleno derecho de la acción cultural árabe. Esta acción es parte componente de las desigualdades y contradicciones, cualesquiera que sean: es, pues, esencial que los intelectuales tengan cuidado con ello, a fin de no labrar rupturas culturales impuestas por la política.

¿Y ahora?

Para que esta guerra haya tenido lugar verdaderamente haría falta que se prolongue, más allá del desenlace impuesto, al campo de las posibilidades árabes. Pues, pese a todo lo que se ha dicho sobre "la catástrofe", siguen abiertas amplias perspectivas. Todo lo que se dijo en forma de afirmación categórica respecto a la "catástrofe", a la ruptura árabe o a la inevitable persistencia de relaciones de dominación y de dependencia, directa o indirecta, en la región árabe, sigue teniendo el valor de una simple conjetura, a la vista de la realidad social árabe. Es cuestión de visión y de enfoque. La evaluación de lo empírico y de lo inmediato no es la prospección de lo posible. A pesar de todas las trabas puestas a la acción cultural e intelectual en la sociedad árabe, no sólo durante la guerra, sino también antes de ella, esas potencialidades siguen siendo capaces de recobrar su impulso en la medida en que emerjan movimientos sociales que puedan llevarlas por el camino de la liberación y del progreso.

Si hay una esperanza que pueda expresarse es que, en lo inmediato, la "derrota" no se transforme como de costumbre en derrotismo árabe. Aquí, la responsabilidad que recae sobre el intelectual árabe es grande. Nos incumbe, a nosotros, la generación de la derrota, no engendrar una segunda generación de la derrota. Si lo conseguimos, eso significaría que, desde un punto de vista intelectua1 y humano, esta guerra no tuvo lugar.


* Tahar Labid (Túnez). Profesor de Sociología. Universidad de Túnez. Secretario general de la Asociación Árabe de Sociología.