Considerar el problema del
Golfo como un laboratorio proviene, ante todo, de una preocupación
epistemológica: es aprovechar la oportunidad brindada al
discurso árabe para ejercitarse epistemológicamente
a "echar el ancla" en la realidad. No hay duda que mucho
de lo que hoy se dice y se escribe da la impresión de que
el pensamiento árabe no ha sido marcado por el paso por
una etapa experimental. Es paradójico que los pensadores
árabes se quejen, muy a menudo, de esta "prueba"
cognoscitiva que sufren los conceptos, las categorías y
los instrumentos de análisis que utilizan.
En cuanto a la puesta de relieve
del factor cultural, ésta reviste un interés que
podría calificarse como humano, además de su aspecto
cognoscitivo. Y es que el campo cultural parece más apto
para preparar al hombre árabe, intelectual y sicológicamente,
para la posguerra, cualesquiera que sean los resultados del conflicto
a nivel militar. La guerra del Golfo también es un espacio
coyuntural que se brinda a proyecciones sicológicas, individuales
y colectivas. Cada uno ha proyectado, desde el lugar que ocupa,
algunos de sus problemas; males, aspiraciones y esperanzas. Por
eso, atar los resultados de esta guerra a una solución
militar definitiva significa reducir las alternativas a un dualismo
rígido y absoluto entre lo positivo y lo negativo, lo que,
en realidad, encubre una prefiguración del trauma.
En este caso, la cultura relativiza el dualismo.
Representa un lugar en el cual se ramifican y se prolongan las
líneas del enfrentamiento. Para decirlo en términos
militares, la cultura transforma la guerra relámpago en
guerra prolongada, y, por eso mismo, atenúa la fobia árabe al trauma.
Las actuales "reacciones" (en sentido químico)
a nivel macro o microsociológico son tan rápidas
que no podemos pensar en un retorno a una situación anterior
que era objeto de una continua autocrítica y autoflagelación.
Esto es cierto a escala árabe, a escala regional y a escala
local, pero, ante todo, es cierto para la región del Golfo.
Algunos indicios nos permiten pensarlo. Pero en el campo de la
cultura se sabe por intuición que las "reacciones"
de orden intelectual son incalculables. A continuación,
nos limitaremos a destacar ciertos cambios que ya han cristalizado
relativamente y que consideramos aptos para una primera formulación
en forma de hipótesis, que, en el futuro, podrían
ser objeto de un estudio más detenido.
Era previsible que la primera víctima de la
guerra fuera la verdad. Sin embargo, y pese a todo lo que, durante
décadas, se ha dicho sobre los aspectos negativos del pensamiento
árabe durante largas décadas, esta guerra ha mostrado
entre otras revelaciones sorprendentes hasta qué punto
habían renunciado los intelectuales a los instrumentos
más elementales de su saber en la elaboración de
su pensamiento. Quienquiera que examine la producción cultural
de los "siete meses" comprobaría con que facilidad
se esfumó, y hasta se abandonó, el trabajo de análisis,
en provecho de posturas y actitudes militantes. La homologia estructural
entre el campo militar y el campo intelectual pasó del
nivel de una relación conceptual entre dos universos exclusivos
a una especie de identificación, que transformó
a los intelectuales en partes de un conflicto físico, que
reducía al extremo los espacios y las mediaciones del campo
del conocimiento, en el que habitualmente se mueven para expresar
sus divergencias y aun para enfrentarse. En efecto, la "franja
gris" entre el negro y el blanco se estrechó de tal
modo que el antagonismo intelectual se volvió enfrentamiento
directo. Se puede afirmar, efectivamente, que los intelectuales
se transformaron en otros tantos frentes de guerra y que el pensamiento
se militarizó.
Está, pues, claro que el problema no proviene
de la posición de cada uno, como tal, y cualquiera que
sea el carácter de ésta (pues esa posición
se justifica con la libertad y compete a las exigencias de la
ciudadanía), sino del hecho de que esa posición
no refleja ni una visión, ni un sistema de pensamiento,
ni un itinerario intelectual, y también del hecho aún
peor de que esa posición se subleva contra el conocimiento
y la verdad, cualquiera que sea. Desde luego, una postura es necesaria,
pero no en perjuicio del saber. Que el historiador deforme la
verdad histórica para reforzar su posición personal
es inadmisible, así lo haya hecho en nombre del saber o
de la lucha junto a las masas. Del mismo modo, este problema no
pone en tela de juicio ni el capital cultural ni los conocimientos
de quien defiende una posición, sino refleja la relación
paradójica que ha aparecido entre el conocimiento verdadero
y la renuncia a ese conocimiento. Esta paradoja tiene aún
más fuerza y significación cuando se trata de personas
de quienes no se esperaba esa actitud a nivel cognoscitivo. Esas
personas, más que otras, constituyen una referencia y un
criterio para calibrar la regresión del pensamiento árabe.
Porque la verdad científica es la condición misma
de la existencia de esas personas y uno de los elementos que permiten
identificarlas como intelectuales. Los cambios a escala mundial
han desestabilizado el pensamiento árabe al mismo tiempo
que le infundían la esperanza de un renacimiento. Pero
el intervalo entre la perestroika y la guerra del Golfo no permitió
que este pensamiento madurara y se estabilizara. La guerra sobrevino
en un momento casi excepcional, en el cual el intelectual todavía
estaba despojándose de sus antiguas armas, de tal modo
que entró en esta guerra desarmado o casi desarmado. Por
eso no tardó en convertirse, de uno u otro modo, en uno
de sus rehenes. La "sorpresa" de la guerra sorpresa
para la cual ni sus referencias ni sus enfoques lo habían
preparado hizo "abortar" al intelectual de los siete
meses.
Se suponía que el intelectual-investigador
debía hacer frente, en primer lugar, a un conjunto de conceptos
y categorías, de los que no podía librarse. Pero,
en vez de dominar esos conceptos, en su calidad de científico,
a través de un trabajo de revisión y verificación
y a partir de su especialidad, permitió que en su discurso
irrumpieran conceptos difundidos no sólo por la mala literatura
y por los análisis preconcebidos, sino también por
el sentido común, y hasta por la más directa propaganda
política. Así, por ejemplo, intelectuales y especialistas
árabes rumiaron una cantidad de conceptos, categorías,
consignas y fórmulas que no tenían ningún
fundamento científico y que muchas veces iban en contra
de la verdad científica. Los principales motivos retóricos
fueron el insulto y la apología, que alimentaron un verdadero
delirio verbal, en el que la palabra y el escrito se combinaron
para administrar el absurdo.
Seria útil que los investigadores estudien
algún día el lenguaje de los intelectuales durante
la guerra. Para evidenciar la gravedad de la cuestión,
nos contentaremos con un ejemplo extremo del recurso del intelectual
investigador a un concepto o a una calificación sin fundamento
científico: que Sadam Husein haya sido comparado con Hitler
era previsible y se justificaba corno argumento de propaganda
utilizado por los adversarios políticos. Sin embargo, ningún
árabe que yo sepa planteó el problema epistemológico
que supone semejante comparación.
El antropólogo francés Emmanuel Terray
considera un escándalo para la inteligencia y para el pensamiento
que intelectuales e investigadores hayan recurrido a tal identificación.
Pues éstos tienen el deber de dar pruebas de rigor científico,
precisión y respeto de las especificidades. Después
de recordar que Occidente habla establecido un paralelo entre
Hitler y Naser, y entre "La filosofía de la revolución"
y "Mein Kampf", Teatro menciona las particularidades
históricas que hacen que semejante paralelismo sea equivocado desde el punto de vista científico.
Intentando dar una explicación a este terco paralelismo,
recalca que el hitlerismo se desarrolló en Europa, como
amargo fruto de la historia europea, pero que el viejo continente,
harto ya de tener que soportar esta carga, trata de involucrar
en ello a los árabes. Esta tendencia fue expresada por
unos alemanes que afirmaron que Hitler ya no era alemán,
sino árabe; y que mañana podría ser chino
("Libération", 18 de febrero de 1991
Parece que, durante esta guerra, el pensamiento árabe
se ha estancado en su proceso de autocrítica, o que ha
vuelto a lo de siempre. La etapa posterior a "La ideología
árabe contemporánea", es decir, después
de 1967, se caracterizó por el hecho de que la reacción
a la derrota militar fue un impulso en pro de la renovación
del pensamiento: la casi totalidad de las tendencias (incluidas
la nacionalista, la marxista, la liberal y la islamista) se enfrentaron
dentro de los limites que permite la sociedad civil. Muy al comienzo
de esta etapa aparecieron los más relevantes textos de
autocrítica árabe en los campos del análisis
y de la creación. En "La victoria", de 1973,
encontramos los primeros indicios de la derrota y regresión
del pensamiento árabe, que, después de Camp David,
se transformarían en un derrotismo ampliamente generalizado.
Paralelamente, la corriente islamista, en su forma más
retrógrada y extremista, extendía su influencia.
El estancamiento en el proceso de autocrítica se produjo
con la confluencia y fusión temporal de las diferentes
corrientes y enfoques, cuando las divergencias intelectuales se
borraron y se transformaron en una dicotomía sin matices:
por o contra. Esto sucedió en el momento en que los espacios
de referencia del antagonismo, y especialmente el marxismo y el
nacionalismo, se tambaleaban. A ello contribuyó el que
los temas de controversia fueran reducidos por la guerra a un
solo tema, sin que hay que subrayarlo esta "unificación"
contribuyera a dar origen a una intelligentsia, aun en sentido
coyuntural, es decir, una intelligentsia árabe de urgencia,
que habría podido intervenir en favor de una solución
árabe.
Esto no significa que no hubo excepciones, en ambos
frentes, y en las zonas de imbricación y de interrogación
perpleja. Pese a la dificultad y a la relatividad de toda distinción,
se puede afirmar que la producción de conocimiento fue
más importante en el discurso del desafío que en
el del afán de emulación ente árabes.
De manera general, y desde un punto de vista exclusivamente
epistemológico, el pensamiento ha resultado ser más
profundo y el esfuerzo científico más grande en
los escudos que han hecho frente al desafío extranjero
que en los que se han enfrentado a una parte árabe. La
presencia de lo extranjero en el pensamiento fue un estimulante
para renovar los enfoques y diversificarlos, mientras que la presencia
de un adversario árabe sólo sirvió para repetir
un discurso saturado.
La parte contraria fue, pues, el determinante esencial
para el carácter del discurso y de sus límites epistemológicos.
Además, si observamos la debilidad de las referencias y
de los conceptos fundamentales con los que el intelectual árabe
enfocó esta guerra, llegamos a comprender que sea precisamente
en el enfrentamiento con una parte exterior donde su pensamiento
encuentra estimulo. Y esto, sin hablar de la experiencia histórica
acumulada y alimentada al menos desde la "Nahda" por
el antagonismo entre el Yo y el Otro, de donde se deduce que lo
que los árabes realizaron lo fue contra el Otro y no con
el Otro.
Si dejamos de lado las posiciones ideológicas
y políticas para bosquejar las visiones intelectuales del
proceso histórico árabe, podemos esbozar los grandes
rasgos de dos visiones principales: una, que se basa en las potencialidades
de la realidad árabe y en las alternativas posibles que
contiene, y la otra, en la acumulación empírica
de esta realidad. Esto significa que la línea de separación
entre estas dos visiones al captar el "acontecimiento"
del Golfo varia según cómo comprende y evalúa
cada una de ellas el impacto de este acontecimiento histórico
sobre el porvenir árabe: una lo percibe como estimulante,
y la otra, como obstáculo.
La visión de lo posible hace hincapié
en la contextuación del acontecimiento a. nivel árabe
y a nivel internacional. Esta contextuación confiere a
ese acontecimiento la forma de un desafío interno y externo:
modificación de la situación prevaleciente en el
escenario árabe y lucha contra la dominación extranjera.
Así es como apareció el concepto
de dinamización de la historia árabe como concepto
clave que algunos llevaron hasta el extremo para justificar la
anexión de Kuwait. De ello se derivan varias revisiones:
Esta visión es, pues, esencialmente optimista:
considera al desafío, en sí mismo, como una victoria
árabe frente al Otro y frente a sí mismo. Por eso,
en el desarrollo de la guerra ve una acumulación de la
acción árabe a largo plazo, cualesquiera que sean
los resultados directos (militares y políticos) del conflicto.
El acontecimiento ha quebrantado el orden árabe establecido:
la situación no podrá ser en ningún caso
peor de lo que era. El concepto mismo de derrota está excluido
como figura, en todos los casos.
En cuanto al enfoque basado en lo empírico,
se apoya, por principio, en el acontecimiento en si mismo, es
decir, la ocupación/liberación, omitiendo incluso
establecer un vinculo entre los diferentes problemas o entre los
factores endógenos y exógenos. Hay una cautela explícita
o implícita ante la contextuación del acontecimiento.
Este es enfocado desde el punto de vista de la legalidad y de
sus correspondientes criterios y valores estilo: "autor de
la injusticia-victima de la injusticia", y, por consiguiente,
desde el punto de vista del regreso a la situación anterior.
Es natural que tal enfoque no restablezca al menos, antes del
fin de la guerra la crítica intelectual o política
de la situación anterior al conflicto, incluso en quienes,
en el pasado, formulaban tal critica. Es por eso que los discursos
pronunciados por algunos en este sentido encubren claramente un
completo silencio: por ejemplo, respecto al carácter de
la sociedad y del Estado en el Golfo árabe, respecto a
las relaciones entre lo árabe y lo extranjero, respecto
a las perspectivas del futuro orden árabe, etc. En realidad,
detrás de todo eso se perfila, a nivel intelectual y a
nivel existencial, el espectro de las experiencias árabes?
que un nacionalismo árabe iraquí, que interviene
con la fuerza, recuerda negativamente.
Entre los dos enfoques aquí expuestos se observa,
a través de tendencias e indicios generales, diversas actitudes,
que van desde el "sí" hasta el "si, pero"
que han cambiado, se han interpenetrado o han divergido a merced
de los acontecimientos, sobre todo cuando comenzó esta
guerra y, luego, cuando ésta pasó del objetivo de
la liberación de Kuwait al de la destrucción de
Iraq. Estas actitudes requieren una clasificación, bastante
compleja, que no puede tener lugar aquí. Con todo, hay
que notar que la dualidad que manifiestan es reveladora de una
verdadera angustia intelectual y moral. E1 ejemplo más
contundente de ello lo han dado los defensores de la legalidad
y de los derechos humanos cuando se toparon con la contradicción
entre la legalidad internacional y la legalidad nacional o panárabe,
y con la contradicción entre los derechos ciudadanos y
los derechos de los pueblos.
En general, las opiniones formuladas por los intelectuales
han ido en el sentido de las posiciones adoptadas por los regímenes
de sus países. Digo "en el sentido" y no necesariamente
"detrás" de sus regímenes. Por eso, al
ser precisada y matizada, esta opinión global mejorará.
En primer lugar, ese paralelismo ha sido observado, sobre todo,
durante el primer sobresalto, antes de matizarse, en grados variables,
con el desencadenamiento de la guerra, y luego, cuando la destrucción
de Iraq se convirtió en uno de los objetivos de esta guerra.
Además, ese paralelismo se sitúa dentro de los limites
permitidos por la actitud popular, ya se exprese ésta con
la acción o con el silencio. La convergencia entre la posición
oficial y la de las élites intelectuales está, pues,
condicionada, positiva o negativamente, por la actitud popular.
Una de las observaciones más importantes que
requeriría ser verificada y analizada es que lo que estaba
considerado como "periferia" o "confines"
de la ideología nacional en el mundo árabe es, precisamente,
el lugar donde las posiciones intelectuales han aparecido más
ligadas a la dimensión nacional árabe de la cuestión
del Golfo y más resueltas en su apoyo a Iraq en el conflicto.
Son los casos de Jordania, Túnez, Argelia, Mauritania,
Yemen y Sudán, sin hablar de los palestinos. Por supuesto,
sólo se trata de un resumen general. No necesitamos recordar,
cada vez, que existen excepciones. Así, para tomar el ejemplo
de Egipto, la actitud de los intelectuales varió, en calidad
y en intensidad, de una a otra etapa de la crisis. Y aun cuando
las masas tardaron en expresar sus posiciones, grupos de intelectuales,
a título individual o en el marco de organizaciones no
gubernamentales, defendieron públicamente opiniones y posiciones
opuestas al punto de vista oficial. No hay duda que su acción,
en el contexto del Egipto "coaligado", da prueba de
una audacia política e intelectual que exige respeto. Los
países de la "periferia" son de los más
pobres del mundo árabe. Uno se pregunta entonces cómo
y porqué se declararon a favor de apoyar a Iraq, y, por
consiguiente, de deshacer sus vínculos económicos,
políticos e ideológicos a la vez con Occidente y
con los países del Golfo. Quizá se encuentre algunos
elementos de respuesta en las observaciones siguientes:
La cuestión del Golfo como laboratorio ha
mostrado que las ideologías "puras" sean nacionalistas
o religiosas son las que mejor han integrado la intervención
extranjera y más estrechamente se han aliado con lo que
hasta entonces se consideraba "el enemigo imperialista"
o "el invasor cultural". Por ideologías "puras"
se entiende, aquí, las ideologías que tienen como
fundamento y como consigna la arabidad o el islam, aunque haya
que tener en cuenta las interferencias secundarias y coyunturales.
La interrogación acerca de la relación
entre el Yo y el Otro es el lugar geométrico, aparente
o latente, de todas las tesis expuestas por el pensamiento árabe,
al menos desde la "Nahda". Pero la guerra del Golfo
ha engendrado una forma de escisión totalmente nueva: el
área de interferencia entre el Yo y el Otro ha dado origen
a una figura inhabitual, donde el Yo es, al mismo tiempo, el Yo-otro
o el Otro del Yo (en la medida en que se trata de un alter ego
árabe) y el Otro del Otro (en la medida en que es el aliado
del Otro, sin ser completamente el Otro). Esto se aplica de manera
especial al ''aliado", porque Iraq siguió estando,
en el discurso contrario, en una situación más ambigua:
no es ni el Yo ni el Otro. Está más cerca de la
excepción que de la regla. ¿Cómo ha formulado
el discurso árabe esta escisión? La expresión
que ha dado de ella aún no está suficientemente
elaborada. No tenemos, pues, otros elementos de respuesta para
añadir a lo que se dijo antes. Sólo quisiéramos
formular algunas observaciones complementarias.
La forma más visible y más extrema
de esta escisión entre el Yo y el Yo-otro/Yo del Otro es
lo que se podría denominar tendencia "arabushista":
por "arabushismo" entendemos la tendencia a apoyar al
Otro en nombre del Yo, es decir, a apoyar a Bush en nombre del
interés árabe. Durante la guerra, esta tendencia
ofreció al Otro dimensiones y valores de los que algunos tenían un "perfil" árabe,
lo que también podría indicar una interpenetración
afectiva entre ese Otro y el Yo árabe. Al mismo tiempo,
esta tendencia despojaba a la parte árabe de toda positividad
potencial, incluidos algunos aspectos considerados dignos de admiración
por las mismas criticas y campañas anti-árabes en
Occidente. Se sabe que esta tendencia se ha manifestado de manera
ostentoria y escandalosa ante el mundo entero después de
la guerra, adoptando incluso la forma de una vendetta interárabe.
Todo esto podría hacer pensar en un cierto sadomasoquismo
árabe en esta guerra.
Está claro que la cultura árabe no
ha movilizado sus valores fundamentales con vistas a una solución
árabe y, por lo tanto, con vistas a impedir la escisión.
En un articulo publicado en el periódico francés
"Libération", aposté por el factor cultural,
partiendo de la convicción de que el soldado sirio no poda
disparar contra el soldado iraquí por orden del mando norteamericano.
Semejante posibilidad me parecía excluida desde un punto
de vista antropocultural. Esa apuesta resultó ser falsa.
Esto significa que la ruptura producida por la guerra ha sido
profunda en su momento, es decir, más profunda que una
simple divergencia política.
Uno puede pensar que esta escisión no es necesariamente
un elemento negativo si permite el surgimiento de un núcleo
coherente, que polarice las potencialidades de desafío
en el seno del pueblo árabe y constituya un polo dinámico
dentro de una dialéctica árabe, cuyo otro polo parece
no tener ya más opción que tratar de preservar su
existencia o sus intereses reforzando su dependencia. Esta dialéctica
podría intensificarse con cambios de posición y
de situación, siempre posibles, tratándose, sobre
todo, de países tan importantes e influyentes como Egipto
y Siria. En realidad, es necesario apostar por estos dos países,
no sólo por razones políticas, sino también
por razones sicológicas.
Cualquiera que sea la evolución a largo plazo,
lo que seria de temer, a más corto plazo, es que Iraq se
refugie en la amargura árabe, y bajo el peso del enorme
precio que ha tenido que pagar, como ocurrió con Egipto
después de 1967; y que, por otra parte, los países
del Golfo se refugien en una venganza dirigida contra los otros
y, quizá, también contra si mismos. Lo importante,
a nivel intelectual, es no olvidar que Iraq y el Golfo son, uno
y otro, socios de pleno derecho de la acción cultural árabe.
Esta acción es parte componente de las desigualdades y
contradicciones, cualesquiera que sean: es, pues, esencial que
los intelectuales tengan cuidado con ello, a fin de no labrar
rupturas culturales impuestas por la política.
¿Y ahora?
Para que esta guerra haya tenido lugar verdaderamente
haría falta que se prolongue, más allá del
desenlace impuesto, al campo de las posibilidades árabes.
Pues, pese a todo lo que se ha dicho sobre "la catástrofe",
siguen abiertas amplias perspectivas. Todo lo que se dijo en forma
de afirmación categórica respecto a la "catástrofe",
a la ruptura árabe o a la inevitable persistencia de relaciones
de dominación y de dependencia, directa o indirecta, en
la región árabe, sigue teniendo el valor de una
simple conjetura, a la vista de la realidad social árabe.
Es cuestión de visión y de enfoque. La evaluación
de lo empírico y de lo inmediato no es la prospección
de lo posible. A pesar de todas las trabas puestas a la acción
cultural e intelectual en la sociedad árabe, no sólo
durante la guerra, sino también antes de ella, esas potencialidades
siguen siendo capaces de recobrar su impulso en la medida en que
emerjan movimientos sociales que puedan llevarlas por el camino
de la liberación y del progreso.
Si hay una esperanza que pueda expresarse es que,
en lo inmediato, la "derrota" no se transforme como
de costumbre en derrotismo árabe. Aquí, la responsabilidad
que recae sobre el intelectual árabe es grande. Nos incumbe,
a nosotros, la generación de la derrota, no engendrar una
segunda generación de la derrota. Si lo conseguimos, eso
significaría que, desde un punto de vista intelectua1 y
humano, esta guerra no tuvo lugar.