LA DIMENSION CULTURAL REPERCUSIONES DE LA GUERRA DEL GOLFO EN LA CULTURA POLITICA ARABE

Hicham Djeit*

Introducción

¿Qué quiere decir "cultura política"? No hay ninguna relación entre este concepto y cualquier cultura o saber extraídos de la ciencia política, pues se trata de un conjunto de opiniones y de corrientes de pensamiento en torno a las cuales gravitan el discurso colectivo, la conciencia colectiva y la acción colectiva. En este sentido, se podría hablar de una cultura política liberal o marxista, pero pienso que la cultura representa, a la vez, unidad y diversidad. Es un conglomerado formado por numerosos elementos, algunos de los cuales son más importantes que otros, según los periodos históricos, las circunstancias y las categorías sociales. El carácter compuesto, y hasta confuso, de sus elementos aparece de manera clara en el espacio árabe, debido a la multiplicidad de campos que abarca, a su incapacidad para eliminar los residuos del pasado y a su creciente necesidad de integrar a las corrientes ideológicas. Sólo a nivel del discurso observamos muy a menudo, en un mismo individuo, una enorme acumulación de conceptos: reforma y renacimiento, patriotismo y nacionalismo-arabismo, revolución y liberación, marxismo y democracia, islam, etc. Estas ideas no son necesariamente antagónicas, pero pueden interferirse y enmarañarse en el discurso y en la conciencia. Esta confusión y esta inflación de ideas se deben, en primer lugar, al bajo nivel de cultura y sensibilidad históricas. En efecto, el conocimiento histórico permite situar a los movimientos intelectuales en su verdadero contexto original, definirlos y delimitarlos, mientras que el desconocimiento de la historia deja paso a las construcciones imaginarias y petrifica los conceptos en una visión histórica y anacrónica. Esto es lo que pasa con nuestra cultura política, que bebe sin discernimiento en todas las fuentes y acaba convirtiéndose en pura charlatanería.

Muchos hablan simultáneamente de los conceptos "reforma" y "renacimiento", confundiéndolos y utilizándolos en modos de acción y de conciencia completamente diferentes y nuevos cada vez. Del mismo modo, el "patriotismo" está ligado a un momento preciso de la historia, a los movimientos de liberación anticolonial, tanto en el Machreq como en el Magreb, y, por consiguiente, no puede ser asimilado al "nacionalismo". En el mismo orden de ideas, el "liberalismo", que, en los años treinta, y en un ambiente semicolonial preciso, indicó corrientes intelectuales y prácticas políticas con un evidente sello occidental, no tiene relación con el movimiento democrático que se desarrolló en los años ochenta y que está vinculado a la reivindicación de los derechos humanos. El concepto "liberación árabe", que parece muy impreciso lo que, por lo demás, explica que sea utilizado de modo tan pletórico, también debe ser definido con exactitud: por ejemplo, "lucha contra las fuerzas imperialistas y sionistas y contra la dependencia en todas sus formas". También, el concepto "revolución", como movimiento histórico y social, como ideología, y como cultura política que pasó por diferentes etapas antes de convertirse en una cultura estereotipada.

Es necesario comenzar con esta critica, pues permite esclarecer lo que seria el "núcleo" de la cultura política árabe. Pero esta cultura comprende elementos periféricos, que lo son porque no han ocupado un lugar central en el discurso, la conciencia y la acción trinidad básica, o porque sólo recientemente han entrado en la esfera cultural, o porque se trata de un pensamiento que no es puramente político.

Así, por ejemplo, la ideología del "desarrollo" asocia lo económico con lo político y transmite un conjunto de reivindicaciones y reflexiones sobre la deuda externa, la dependencia y, desde hace poco, sobre la relación con el orden económico mundial. Del mismo modo, todos los debates, e incluso todos los movimientos, que han vinculado la política con el pensamiento y la religión entran dentro de la cultura política en sentido amplio: el despertar islámico con sus múltiples ramificaciones, la dialéctica de la modernidad y de la tradición, la dialéctica del Yo y del Otro, etc. Aquí tomaremos, como ejemplo, algunas manifestaciones de la cultura política que consideramos esenciales.

La cultura de la revolución

Estoy convencido que los árabes entraron en el mundo moderno con la revolución, o, por lo que se refiere a los países del Magreb, con el periodo de la independencia (por ejemplo, la revolución argelina). Aquí, "revolución" significa ruptura con el viejo orden, interior y exterior, ya fuese ella antimonárquica, patriótica, populista, socialista o desarrollista. Quiso ser liberación total. Por eso gozó de un amplio apoyo popular, tanto en Egipto (1952) como en Iraq (1958) o en los países del Magreb árabe. En los países del Machreq, a la inversa de lo que pasó en los países del Magreb, el factor interno fue más importante que el externo. Por esta razón, la revolución se apoyó, en su primera fase, en una poderosa adhesión popular y en una especie de unanimismo, y, por consiguiente, no tuvo necesidad de recurrir a la violencia contra el cuerpo social. Luego, la revolución entró en una segunda fase, durante la cual se apoyó en un aparato fuerte, organizado y represivo, por diversas razones:

La cultura nacional y la cuestión del Estado

La literatura nacionalista arabista y las luchas reales en el Machreq han planteado el problema del sentido y realidad de la nación. Las definiciones del concepto "nación" se han multiplicado y no han dejado de evolucionar desde Sati el-Husri hasta el Baaz, pasando por los nacionalistas árabes libaneses, y van desde la idea de la nación como un conjunto basado en el idioma y la voluntad de existir hasta la idea de que la nación es una realidad que no necesita ser justificada (Michel Aflaq), una realidad que se basta a si misma. Sin embargo, ese debate teórico sólo se extendió a capas cada vez más amplias de la sociedad cuando llegó a la cumbre del aparato de Estado (aunque sólo fuese por un corto período de tiempo), como sucedió en Siria, o, sobre todo, cuando Naser hizo del nacionalismo unitario el fundamento de su acción política. En este caso, parece que es el Estado, y no la sociedad civil, quien difunde la cultura nacionalista. Naser utilizó el aparato de Estado y su carisma personal para hacer avanzar la conciencia nacional, antes de esforzarse, en una segunda etapa, por materializar la nación en un Estado (la República Árabe Unida). Es sabido que la construcción de este Estado terminó en un fracaso y que las ulteriores experiencias calcadas sobre ese modelo también fracasaron en la práctica, lamentablemente. Pero que este objetivo haya sido perseguido con tal obstinación es, en si mismo, significativo. Del mismo modo, en los años sesenta y setenta, la conciencia nacional se abrió camino lentamente entre las capas más amplias de la población del Machreq, ya sea a través de un riguroso marco político (el Baaz iraquí, por ejemplo), ya sea como confuso sentimiento popular de la necesidad de una nación unida. No hay duda que, pese a las luchas partidistas, se formó una sensibilidad nacional árabe. Tampoco se puede negar el efecto que la red de las relaciones establecidas entre los países árabes ejerce sobre las élites, el desarrollo de los contactos y la cultura (cualesquiera que sean, por otro lado, los niveles de hipocresía, de enemistades o de incapacidad para llegar a realizaciones concretas. Contrariamente a lo que se cree, las apariencias tienen un sentido), sin hablar del papel unificador que, por supuesto, continúa desempeñando la causa palestina.

No cabe duda que, antes de la crisis del Golfo, el mundo árabe constituía un área cultural, ya se trate de la alta cultura (la creación intelectual y artística) o de la cultura política. Por eso, las fronteras de los Estados en ningún caso pueden frenar el movimiento de las influencias reciprocas. De ahí proviene la fuerza del factor cultural en el mundo árabe.

Quedan dos elementos importantes, cuya ausencia alimenta el pesimismo árabe con respecto al porvenir de la nación, así como la ironía del extranjero respecto a esos "árabes-irrealistas-que-corren-detrás-del-espejismo-de-la-grandeza-y-de-la-unidad". Estos dos elementos son: la economía y la verdadera cohesión política, ya se trate de la incapacidad de los árabes para edificar un Estado unitario, o, sobre todo, de la heterogeneidad existente entre los regímenes locales en cuanto a las opciones en política interior. Dejaré de lado la cuestión económica y haré hincapié en la cuestión política, es decir, en el problema del Estado y, luego, de la democracia.

El problema de actualidad es el desarrollo de la nación hacia una entidad estatal unificada. Y es aquí donde se levantan enormes obstáculos.

Algunos están relacionados con la solidez y la antigüedad de las estructuras territoriales llamadas Estados. La conquista islámica se extendió por territorios que tenían una larga historia detrás de ellos y, por consiguiente, marcadas especificidades: Egipto, Iraq, Siria, Magreb. Estas regiones habían sufrido dominaciones extranjeras (persa, griega, romana) sin por ello haberse disuelto, a pesar de la duración de los periodos de dominación. Además, la conquista islámica arabizó e islamizó estas regiones sólo después de siglos; en efecto, había concentrado sus fuerzas en ciudades-campamentos compactas, pobladas por combatientes árabes-musulmanes rodeados por un océano de "ayam" y de "dimmies" [extranjeros y clientes, respectivamente. Nota del t ], En realidad, el fenómeno de la individualización de los territorios árabes apareció muy pronto, no por la influencia de los pueblos sometidos, sino por razones internas, al haber creado la propia presencia árabe sentimientos de apego y pertenencia a esos nuevos territorios. Así, muy pronto, las poblaciones árabes de Siria se sintieron lejanas de las de Iraq; los habitantes árabes de Basora, de los de Kufa; los pueblos del Magreb, de los de Andalucía. El foso se ensanchó aún más con la aparición de emiratos independientes, la fragmentación del Califato y la entrada de grupos de población no árabe cada vez más importantes, que participaron en la edificación de esos Estados y territorios. Este proceso histórico de fragmentación se extendió y prosiguió durante mucho tiempo aún en las tierras del islam.

Por lo que se refiere al presente y al pasado reciente, no hay necesidad de recalcar que los intereses de los dirigentes, y los tejidos de intereses ligados a la existencia del Estado territorial, se oponen a la disolución de estos Estados (por más pequeños que sean) dentro de una entidad más amplia. De rnanera general, cuando las élites pierden su base estatal, pierden sus privilegios, tanto dentro como fuera del grupo nacional. Luego, toda estructura unitaria establecida entre dos Estados encierra un peligro de absorción del más débil por el más fuerte, es decir, el peligro de una dominación. Este fenómeno no sólo se explica por su propia naturaleza, sino también por el predominio de estrechos sentimientos patrióticos alimentados por la historia sobre los sentimientos unitarios, que sólo una larga experiencia y muchas pruebas podrán algún día plasmar en la realidad.

Una de las dificultades del proyecto unitario es la edificación de estructuras económicas, sociales y administrativas homogéneas.

Por último queda el sistema internacional; quiero decir, esencialmente, el sistema jurídico de las Naciones Unidas, que garantiza la perennidad de las entidades existentes, es decir, los Estados-naciones, y se opone a cualquier modificación del mapa geográfico del mundo en el sentido de la unificación o de la división (eso es lo que ocurrió con el asunto de Kuwait), sobre todo cuando ese sistema jurídico llega a reforzar el sistema económico dominante. Se trata pues, de una verdadera petrificación de la dinámica de la historia, sobre todo cuando se sabe que numerosos Estados del Tercer Mundo, y parte de los Estados árabes, son obra de la colonización.

¿Hay que deducir de todo ello, sin embargo, que todos los Estados árabes se fundamentan en la "fragmentación" colonial? A la inversa de la opinión común, sigo convencido que la mayoría de estos Estados son circunstancias de la historia y no la resultante de tal fragmentación.

Con todo, está claro que la nación no puede realizar plenamente su ser más que con la instauración del Estado. Pues es el Estado quien, a lo largo de h historia de la humanidad, o bien ha creado a la nación por entero, o bien ha estructurado sus potencialidades y constituido sus fundamentos. Los capetos edificaron Francia en mil años de reinado. También tenemos, más cerca de nosotros, el ejemplo de Estados Unidos, donde es el Estado quien construyó a la nación. Los Estados no crean a los pueblos; los organizan y, al final del proceso, los funden en el molde de una entidad consciente de su ser.

En el mundo árabe tenemos una nación, pero no un Estado, y no será muy fácil tenerlo. Por eso, es más exacto hablar de "nación" únicamente en el sentido cultural de la palabra.

No obstante, es verdad que, en ciertos casos, la ideología nacional-arabista ha desempeñado un importante papel para preservar un mínimo de cohesión interna dentro de un solo país (Iraq, Siria), y es indispensable que, a una escala mayor la de la nación árabe, esta ideología permanezca, pues desempeña un importante papel en la sensibilización de las masas y a nivel de los contactos humanos y de la ampliación de los horizontes culturales. Sin duda, esto favorecerá también la instauración de un espacio económico más racional y más independiente con respecto al exterior.

En cuanto a la cuestión de la democracia, no es necesario repetir que ésta se ha convertido en una verdadera reivindicación, y que muchos países árabes viven un período de transición hacia la democracia. Este proceso se explica mucho más por las circunstancias y crisis internas de los países que por la extensión de la reivindicación democrática a escala mundial.

Sin duda, el futuro de la democracia se beneficiará, sin duda, en gran medida, con el colapso de la cultura de la revolución y con el debilitamiento de la legitimidad del Estado, de la nación y aun del desarrollo. Está claro que el enraizamiento del pensamiento y la práctica de la democracia exige tres condiciones:

  1. La renuncia del Estado a una parte de su autoridad y de su poder discrecional.

  2. El progreso económico y la creación de una base productiva que responda a las necesidades y reduzca los desequilibrios; esta condición está ligada a las relaciones con el exterior, es decir, con el sistema capitalista internacional.

  3. La adhesión, a esta ideología, de la mayoría de los Estados árabes, a fin que la cultura democrática pueda generalizarse.

La importancia de la guerra del Golfo

La guerra del Golfo ha hecho añicos la ilusoria fachada unitaria del mundo árabe y ha desnudado sus contradicciones internas. Iraq, aunque haya perdido la guerra, ha desempeñado un importante papel de revolucionarización y dinamización de la historia. A este respecto, uno de sus resultados importantes será, sin duda, el proceso que conduzca a una solución negociada del problema palestino y la desaparición del complejo árabe con respecto a Occidente. Del mismo modo, no es malo que los Estados árabes se hayan escindido en dos conjuntos: en primer lugar, según su posición en el conflicto, pero también, de manera más profunda, en base a opciones firmes y fundamentales.

Una de las manifestaciones más importantes de esta evolución ha sido la singular posición adoptada por el Magreb.

Por eso, vaticino que la división será así:

Parece que la coalición victoriosa quiere destruir al mundo árabe como unidad, aún cultural, incluso geográfica, y reemplazarlo por el concepto "Oriente Medio", anexionándole un cinturón formado por Turquía, Israel, Irán y Paquistán.

Así, el mundo árabe habrá sido destruido dos veces: desde adentro y desde afuera. Aquí es donde se perfila, en toda su amplitud, el problema islámico.

Todas estos interrogantes son para inducirnos a pensar en una revaluación global de nuestra cultura política y del conjunto de nuestros conceptos.


* Hicham Djeit (Túnez). Profesor de Historia. Facultad de Ciencias Humanas y Sociales. Túnez.