¿Qué quiere decir
"cultura política"? No hay ninguna relación
entre este concepto y cualquier cultura o saber extraídos
de la ciencia política, pues se trata de un conjunto de
opiniones y de corrientes de pensamiento en torno a las cuales
gravitan el discurso colectivo, la conciencia colectiva y la acción
colectiva. En este sentido, se podría hablar de una cultura
política liberal o marxista, pero pienso que la cultura
representa, a la vez, unidad y diversidad. Es un conglomerado
formado por numerosos elementos, algunos de los cuales son más
importantes que otros, según los periodos históricos,
las circunstancias y las categorías sociales. El carácter
compuesto, y hasta confuso, de sus elementos aparece de manera
clara en el espacio árabe, debido a la multiplicidad de
campos que abarca, a su incapacidad para eliminar los residuos
del pasado y a su creciente necesidad de integrar a las corrientes
ideológicas. Sólo a nivel del discurso observamos
muy a menudo, en un mismo individuo, una enorme acumulación
de conceptos: reforma y renacimiento, patriotismo y nacionalismo-arabismo,
revolución y liberación, marxismo y democracia,
islam, etc. Estas ideas no son necesariamente antagónicas,
pero pueden interferirse y enmarañarse en el discurso y
en la conciencia. Esta confusión y esta inflación
de ideas se deben, en primer lugar, al bajo nivel de cultura y
sensibilidad históricas. En efecto, el conocimiento histórico
permite situar a los movimientos intelectuales en su verdadero
contexto original, definirlos y delimitarlos, mientras que el
desconocimiento de la historia deja paso a las construcciones
imaginarias y petrifica los conceptos en una visión histórica
y anacrónica. Esto es lo que pasa con nuestra cultura política,
que bebe sin discernimiento en todas las fuentes y acaba convirtiéndose
en pura charlatanería.
Muchos hablan simultáneamente de los conceptos
"reforma" y "renacimiento", confundiéndolos
y utilizándolos en modos de acción y de conciencia
completamente diferentes y nuevos cada vez. Del mismo modo, el
"patriotismo" está
ligado a un momento preciso de la historia, a los movimientos
de liberación anticolonial, tanto en el Machreq como en
el Magreb, y, por consiguiente, no puede ser asimilado al "nacionalismo".
En el mismo orden de ideas, el "liberalismo", que, en
los años treinta, y en un ambiente semicolonial preciso,
indicó corrientes intelectuales y prácticas políticas
con un evidente sello occidental, no tiene relación con
el movimiento democrático que se desarrolló en los
años ochenta y que está vinculado a la reivindicación
de los derechos humanos. El concepto "liberación árabe",
que parece muy impreciso lo que, por lo demás, explica
que sea utilizado de modo tan pletórico, también
debe ser definido con exactitud: por ejemplo, "lucha contra
las fuerzas imperialistas y sionistas y contra la dependencia
en todas sus formas". También, el concepto "revolución",
como movimiento histórico y social, como ideología,
y como cultura política que pasó por diferentes
etapas antes de convertirse en una cultura estereotipada.
Es necesario comenzar con esta critica, pues permite
esclarecer lo que seria el "núcleo" de la cultura
política árabe. Pero esta cultura comprende elementos
periféricos, que lo son porque no han ocupado un lugar
central en el discurso, la conciencia y la acción trinidad
básica, o porque sólo recientemente han entrado
en la esfera cultural, o porque se trata de un pensamiento que
no es puramente político.
Así, por ejemplo, la ideología del
"desarrollo" asocia lo económico con lo político
y transmite un conjunto de reivindicaciones y reflexiones sobre
la deuda externa, la dependencia y, desde hace poco, sobre la
relación con el orden económico mundial. Del mismo
modo, todos los debates, e incluso todos los movimientos, que
han vinculado la política con el pensamiento y la religión
entran dentro de la cultura política en sentido amplio:
el despertar islámico con sus múltiples ramificaciones,
la dialéctica de la modernidad y de la tradición,
la dialéctica del Yo y del Otro, etc. Aquí tomaremos,
como ejemplo, algunas manifestaciones de la cultura política
que consideramos esenciales.
Estoy convencido que los árabes entraron en
el mundo moderno con la revolución, o, por lo que se refiere
a los países del Magreb, con el periodo de la independencia
(por ejemplo, la revolución argelina). Aquí, "revolución"
significa ruptura con el viejo orden, interior y exterior, ya
fuese ella antimonárquica, patriótica, populista,
socialista o desarrollista. Quiso ser liberación total.
Por eso gozó de un amplio apoyo popular, tanto en Egipto
(1952) como en Iraq (1958) o en los países del Magreb árabe.
En los países del Machreq, a la inversa de lo que pasó
en los países del Magreb, el factor interno fue más
importante que el externo. Por esta razón, la revolución
se apoyó, en su primera fase, en una poderosa adhesión
popular y en una especie de unanimismo, y, por consiguiente, no
tuvo necesidad de recurrir a la violencia contra el cuerpo social.
Luego, la revolución entró en una segunda fase,
durante la cual se apoyó en un aparato fuerte, organizado
y represivo, por diversas razones:
La literatura nacionalista arabista y las luchas
reales en el Machreq han planteado el problema del sentido y realidad
de la nación. Las definiciones del concepto "nación"
se han multiplicado y no han dejado de evolucionar desde Sati
el-Husri hasta el Baaz, pasando por los nacionalistas árabes
libaneses, y van desde la idea de la nación como un conjunto
basado en el idioma y la voluntad de existir hasta la idea de
que la nación es una realidad que no necesita ser justificada
(Michel Aflaq), una realidad que se basta a si misma. Sin embargo,
ese debate teórico sólo se extendió a capas
cada vez más amplias de la sociedad cuando llegó
a la cumbre del aparato de Estado (aunque sólo fuese por
un corto período de tiempo), como sucedió en Siria,
o, sobre todo, cuando Naser hizo del nacionalismo unitario el
fundamento de su acción política. En este caso,
parece que es el Estado, y no la sociedad civil, quien difunde
la cultura nacionalista. Naser utilizó el aparato de Estado
y su carisma personal para hacer avanzar la conciencia nacional,
antes de esforzarse, en una segunda etapa, por materializar la
nación en un Estado (la República Árabe Unida).
Es sabido que la construcción de este Estado terminó
en un fracaso y que las ulteriores experiencias calcadas sobre
ese modelo también fracasaron en la práctica, lamentablemente.
Pero que este objetivo haya sido perseguido con tal obstinación
es, en si mismo, significativo. Del mismo modo, en los años
sesenta y setenta, la conciencia nacional se abrió camino
lentamente entre las capas más amplias de la población
del Machreq, ya sea a través de un riguroso marco político
(el Baaz iraquí, por ejemplo), ya sea como confuso sentimiento
popular de la necesidad de una nación unida. No hay duda
que, pese a las luchas partidistas, se formó una sensibilidad
nacional árabe. Tampoco se puede negar el efecto que la
red de las relaciones establecidas entre los países árabes
ejerce sobre las élites, el desarrollo de los contactos
y la cultura (cualesquiera que sean, por otro lado, los niveles
de hipocresía, de enemistades o de incapacidad para llegar
a realizaciones concretas. Contrariamente a lo que se cree, las
apariencias tienen un sentido), sin hablar del papel unificador
que, por supuesto, continúa desempeñando la causa
palestina.
No cabe duda que, antes de la crisis del Golfo, el
mundo árabe constituía un área cultural,
ya se trate de la alta cultura (la creación intelectual
y artística) o de la cultura política. Por eso,
las fronteras de los Estados en ningún caso pueden frenar
el movimiento de las influencias reciprocas. De ahí proviene
la fuerza del factor cultural en el mundo árabe.
Quedan dos elementos importantes, cuya ausencia alimenta
el pesimismo árabe con respecto al porvenir de la nación,
así como la ironía del extranjero respecto a esos
"árabes-irrealistas-que-corren-detrás-del-espejismo-de-la-grandeza-y-de-la-unidad".
Estos dos elementos son: la economía y la verdadera cohesión
política, ya se trate de la incapacidad de los árabes
para edificar un Estado unitario, o, sobre todo, de la heterogeneidad
existente entre los regímenes locales en cuanto a las opciones
en política interior. Dejaré de lado la cuestión
económica y haré hincapié en la cuestión
política, es decir, en el problema del Estado y, luego,
de la democracia.
El problema de actualidad es el desarrollo de la
nación hacia una entidad estatal unificada. Y es aquí
donde se levantan enormes obstáculos.
Algunos están relacionados con la solidez
y la antigüedad de las estructuras territoriales llamadas
Estados. La conquista islámica se extendió por territorios
que tenían una larga historia detrás de ellos y,
por consiguiente, marcadas especificidades: Egipto, Iraq, Siria,
Magreb. Estas regiones habían sufrido dominaciones extranjeras
(persa, griega, romana) sin por ello haberse disuelto, a pesar
de la duración de los periodos de dominación. Además,
la conquista islámica arabizó e islamizó
estas regiones sólo después de siglos; en efecto,
había concentrado sus fuerzas en ciudades-campamentos compactas,
pobladas por combatientes árabes-musulmanes rodeados por
un océano de "ayam" y de "dimmies"
[extranjeros y clientes, respectivamente. Nota del t ], En realidad,
el fenómeno de la individualización de los territorios
árabes apareció muy pronto, no por la influencia
de los pueblos sometidos, sino por razones internas, al haber
creado la propia presencia árabe sentimientos de apego
y pertenencia a esos nuevos territorios. Así, muy pronto,
las poblaciones árabes de Siria se sintieron lejanas de
las de Iraq; los habitantes árabes de Basora, de los de
Kufa; los pueblos del Magreb, de los de Andalucía. El foso
se ensanchó aún más con la aparición
de emiratos independientes, la fragmentación del Califato
y la entrada de grupos de población no árabe cada
vez más importantes, que participaron en la edificación
de esos Estados y territorios. Este proceso histórico de
fragmentación se extendió y prosiguió durante
mucho tiempo aún en las tierras del islam.
Por lo que se refiere al presente y al pasado reciente,
no hay necesidad de recalcar que los intereses de los dirigentes,
y los tejidos de intereses ligados a la existencia del Estado
territorial, se oponen a la disolución de estos Estados
(por más pequeños que sean) dentro de una entidad
más amplia. De rnanera general, cuando las élites
pierden su base estatal, pierden sus privilegios, tanto dentro
como fuera del grupo nacional. Luego, toda estructura unitaria
establecida entre dos Estados encierra un peligro de absorción
del más débil por el más fuerte, es decir,
el peligro de una dominación. Este fenómeno no sólo
se explica por su propia naturaleza, sino también por el
predominio de estrechos sentimientos patrióticos alimentados
por la historia sobre los sentimientos unitarios, que sólo una
larga experiencia y muchas pruebas podrán algún
día plasmar en la realidad.
Una de las dificultades del proyecto unitario es
la edificación de estructuras económicas, sociales
y administrativas homogéneas.
Por último queda el sistema internacional;
quiero decir, esencialmente, el sistema jurídico de las
Naciones Unidas, que garantiza la perennidad de las entidades
existentes, es decir, los Estados-naciones, y se opone a cualquier
modificación del mapa geográfico del mundo en el
sentido de la unificación o de la división (eso
es lo que ocurrió con el asunto de Kuwait), sobre todo
cuando ese sistema jurídico llega a reforzar el sistema
económico dominante. Se trata pues, de una verdadera petrificación
de la dinámica de la historia, sobre todo cuando se sabe
que numerosos Estados del Tercer Mundo, y parte de los Estados
árabes, son obra de la colonización.
¿Hay que deducir de todo ello, sin embargo,
que todos los Estados árabes se fundamentan en la "fragmentación"
colonial? A la inversa de la opinión común, sigo
convencido que la mayoría de estos Estados son circunstancias
de la historia y no la resultante de tal fragmentación.
Con todo, está claro que la nación
no puede realizar plenamente su ser más que con la instauración
del Estado. Pues es el Estado quien, a lo largo de h historia
de la humanidad, o bien ha creado a la nación por entero,
o bien ha estructurado sus potencialidades y constituido sus fundamentos.
Los capetos edificaron Francia en mil años de reinado.
También tenemos, más cerca de nosotros, el ejemplo
de Estados Unidos, donde es el Estado quien construyó a
la nación. Los Estados no crean a los pueblos; los organizan
y, al final del proceso, los funden en el molde de una entidad
consciente de su ser.
En el mundo árabe tenemos una nación,
pero no un Estado, y no será muy fácil tenerlo.
Por eso, es más exacto hablar de "nación"
únicamente en el sentido cultural de la palabra.
No obstante, es verdad que, en ciertos casos, la
ideología nacional-arabista ha desempeñado un importante
papel para preservar un mínimo de cohesión interna
dentro de un solo país (Iraq, Siria), y es indispensable
que, a una escala mayor la de la nación árabe, esta
ideología permanezca, pues desempeña un importante
papel en la sensibilización de las masas y a nivel de los
contactos humanos y de la ampliación de los horizontes
culturales. Sin duda, esto favorecerá también la
instauración de un espacio económico más
racional y más independiente con respecto al exterior.
En cuanto a la cuestión de la democracia,
no es necesario repetir que ésta se ha convertido en una
verdadera reivindicación, y que muchos países árabes
viven un período de transición hacia la democracia.
Este proceso se explica mucho más por las circunstancias
y crisis internas de los países que por la extensión
de la reivindicación democrática a escala mundial.
Sin duda, el futuro de la democracia se beneficiará,
sin duda, en gran medida, con el colapso de la cultura de la revolución
y con el debilitamiento de la legitimidad del Estado, de la nación
y aun del desarrollo. Está claro que el enraizamiento del
pensamiento y la práctica de la democracia exige tres condiciones:
La guerra del Golfo ha hecho añicos la ilusoria
fachada unitaria del mundo árabe y ha desnudado sus contradicciones
internas. Iraq, aunque haya perdido la guerra, ha desempeñado
un importante papel de revolucionarización y dinamización
de la historia. A este respecto, uno de sus resultados importantes
será, sin duda, el proceso que conduzca a una solución
negociada del problema palestino y la desaparición del
complejo árabe con respecto a Occidente. Del mismo modo,
no es malo que los Estados árabes
se hayan escindido en dos conjuntos: en primer lugar,
según su posición en el conflicto, pero también,
de manera más profunda, en base a opciones firmes y fundamentales.
Una de las manifestaciones más importantes
de esta evolución ha sido la singular posición adoptada
por el Magreb.
Por eso, vaticino que la división será
así:
Parece que la coalición victoriosa quiere
destruir al mundo árabe como unidad, aún cultural,
incluso geográfica, y reemplazarlo por el concepto "Oriente
Medio", anexionándole un cinturón formado por
Turquía, Israel, Irán y Paquistán.
Así, el mundo árabe habrá sido
destruido dos veces: desde adentro y desde afuera. Aquí
es donde se perfila, en toda su amplitud, el problema islámico.
Todas estos interrogantes son para inducirnos a pensar
en una revaluación global de nuestra cultura política
y del conjunto de nuestros conceptos.