EL EFECTO DE LA GUERRA EN LAS SOCIEDADES ARABES. HIPOTESIS DE INVESTIGACION

Ali al-Kinz*

Evidentemente, la crisis y la guerra del Golfo han tenido extraordinarias consecuencias en todos los niveles constitutivos del escenario mundial: el geoestratégico, el económico, el político, el cultural, etc. A esto hay que añadir que estas consecuencias incalculables por definición sólo están en el comienzo de su efectividad.

A nivel del mundo árabe, hemos pasado de un espacio topológico a otro, con todo lo que esto supone de enredo de las referencias históricas, políticas y culturales que se habían acumulado durante el periodo anterior; reestructuración de los subconjuntos "nacional-estatales", tanto en su composición interna como en sus mutuas relaciones; y, por último, nuevas líneas de tensión, a partir de las cuales van a constituirse las nuevas estrategias políticas, económicas y sociales, internas y externas. Está surgiendo una nueva "axiomática" de base, que exigirá del intelectual árabe una profunda reestructuración de su material de análisis, incluidas las hipótesis y los objetos de investigación.

Comencemos con cuatro observaciones (de tipo periodístico, por cierto, pero no por ello menos significativas de las líneas de ruptura venideras).

  1. En la efervescencia del movimiento social que desencadenó la guerra en los diferentes países árabes, son los del Magreb los "más alejados del campo de batalla" quienes expresaron con mayor intensidad su apoyo a Iraq. El indicio más revelador de esta intensidad es, sin duda, el comportamiento del pueblo marroquí, el cual, por primera vez desde la independencia en 1956, manifestó, con toda libertad, su solidaridad con Iraq.

    Desde luego, este hecho social tiene sus razones. Algunas están ligadas a la posición de estos países con respecto a Occidente; una mayor proximidad geográfica, cultural (antigua colonización y actual emigración), económica y a nivel de medios de comunicación, ayudó a estos países a "descifrar" con mayor pertinencia el discurso y el comportamiento de los países occidentales, a leer con mayor sutileza las estrategias subyacentes a uno y otro, y a ser, por la tanto, más vigilantes y sensibles a sus subterfugios. Evidentemente, también hay una cultura anticolonial compartida por los países del Magreb y con recuerdos aún frescos de las luchas de liberación de los años cincuenta. Por último, también está el hecho de que las sociedades de estos países no han sido desgarradas por las luchas étnicas y religiosas de sus homólogas de Oriente Próximo, exacerbadas por la monstruosa militarización de sus regímenes políticos (justificada, sin duda, por la permanente amenaza israelí, pero que ha tenido dramáticas consecuencias para el sometimiento de las poblaciones y el control de las libertades cívicas).

    Este comportamiento diferencial de las sociedades del Magreb en comparación con las del Machreq replantea la cuestión de la dialéctica de estas dos regiones, pero esta vez a partir de las nuevas luces impuestas por la guerra del Golfo: la "arabidad" no sigue las líneas de la geografía, sino las de la historia, que, desde luego, sigue estando ligada al "patrimonio", pero no exclusivamente y en la forma mítica y casi obsesiva en que lo estaba en el periodo anterior. Actualizada por la experiencia de nuestros días, la arabidad se "desplaza" hacia las sociedades del Magreb y, en este desplazamiento, se enriquece con la dimensión de una nueva centralidad, articulada esta vez en torno a la noción de "proyecto". Una noción que no reemplaza al eje patrimonial, suprimiéndolo, sino que lo engloba, y sustituye la retrospección volcada al pasado, que lo caracterizaba, por la noción más dinámica de "perspectiva".

  2. La segunda observación indica otra perspectiva de investigación: la máxima efervescencia social se expresó en Argelia, Túnez y Jordania. Tres países que actualmente viven, con más o menos intensidad, una experiencia democrática inédita en el mundo árabe. Sin duda, la experiencia es breve, aún frágil, y el momento, excepcional; todo lo cual no permite un examen profundo ni generalizaciones abusivas. No obstante, de este acontecimiento destacaremos que la experiencia democrática, lejos de perjudicar la formación de un campo unitario árabe, aparece como el camino más seguro para su construcción. Es el segundo vaivén que hoy estamos viviendo, pero esta vez en el cuerpo de las formaciones sociales. La arabidad como "creación social", orgánicamente ligada a la participación de los actores socio históricos (y, por lo tanto, a la experiencia democrática), será, a nuestro modo de ver, cada vez menos la obra de aparatos estatales, cuyos compromisos con los intereses de las potencias occidentales los alejan de esta perspectiva, y más el producto de la acción política de los pueblos. Tras haber sido una coartada política, la arabidad emergente se convertirá en un objetivo social, en un producto de las luchas de mañana.

    Pero, al estar sostenida por la experiencia democrática más que por las dictaduras políticas y militares, esta arabidad arrastrará, a un mismo tiempo, a las autoridades locales y a las metrópolis del Centro a intervenir duramente para limitar y controlar su expresión, cuando no para prohibirla abiertamente.

    Derechos humanos y democracia fueron la cobertura ideológica que utilizaron las potencias occidentales para absorber la crítica social y política que expresaban las sociedades árabes en su deseo de libertad. Utilizaron esa cobertura para debilitar a los Estados árabes, presentándose como las defensoras de la exigencia democrática de los pueblos frente a la dictadura de los poderes.

    La guerra del Golfo ha mostrado claramente que el apoyo brindado por las potencias occidentales a la exigencia democrática de los pueblos árabes sólo era una táctica de penetración ideológica entre las élites locales y de debilitamiento de los sistemas políticos.

    La experiencia democrática de las sociedades árabes, en cuanto se desconecte del apoyo occidental que, aun involuntariamente, recibió, será inducida creemos a ser más auténtica y autónoma, y a unir, en un solo movimiento, la exigencia de libertad interior y la de independencia exterior.

    Esta experiencia democrática, después de haberse constituido en los "márgenes" de la experiencia de liberación nacional y de la cultura nacionalista y anticolonial de nuestra historia reciente, está obligada, por las nuevas circunstancias, a incorporarse orgánicamente a esa experiencia liberadora y a unir en un mismo destino a ambos movimientos.

  3. El apoyo masivo y sin ambigüedad que expresaron a Iraq los tres países más pobres del mundo árabe (Mauritania, Sudán y Yemen) revela y ésta es nuestra tercera observación el carácter artificial y muchas veces mistificador de la noción de "nación árabe", pues ésta está atravesada por una línea "Norte-Sur" y dividida por las enormes diferencias que separan a los árabes de ambos lados.

    Sin duda, los hechos eran conocidos y vividos como tales por unos y otros, pero hoy son reconocidos y se expresan en una nueva conciencia política, a la que el unitarismo del periodo anterior tenia precisamente como objetivo enmascarar y ahogar. De este reconocimiento, y del movimiento social y político que lo sostiene, surgen nuevos datos, que pueden desempeñar un importante papel en la recomposición de la arabidad como conciencia y como proyecto, y también en la reconstrucción del mundo árabe como realidad histórica. Especialmente, la "identidad árabe" ya no puede bastarse a si misma con un vago sentimiento de pertenencia cultural, indicado por las referencias de un pasado común y organizado en torno a un idioma y a una religión; limitada, por lo tanto, al campo cultural. Antes que como una herencia y un "legado de nuestros ancestros", la arabidad aparece como un derecho, un interés compartido, un futuro común. Derecho, interés, futuro: otras tantas dimensiones ligadas a la experiencia histórica real que se hace hoy y mañana y a las batallas efectivas (sociales, económicas y políticas) que se juegan en los conflictos que vivimos hic et nunc. De este modo, la arabidad entra en la modernidad, provocando una verdadera implosión de su núcleo cultural, mito anestésico de la conciencia histórica, que cubrió con el velo de la "identidad" las ya intolerables desigualdades del espacio árabe "realmente existente".

  4. Nuestra cuarta observación se refiere al comportamiento de las corrientes islamistas puesto de manifiesto por la guerra del Golfo y al eventual papel que el periodo venidero asignará a la dimensión religiosa.

    El islamismo o islam político, orgánicamente ligado al modelo cultural "del Golfo" y manipulado, de cerca o de lejos, por las potencias occidentales (que lo utilizaron como hicieron, por lo demás, con la exigencia democrática de Ias sociedades árabes para debilitar la experiencia nacionalista árabe y eliminar en ella todo lo que contenía como proyecto de liberación y emancipación), se ha hundido, junto con su modelo, en la alianza norteamericana.

    Desde luego, ante las realidades internacionales del momento, no podía sino resurgir de la memoria, a nivel de la conciencia colectiva, el recuerdo de las "cruzadas", y, de este modo, reactivarse la dimensión religiosa, así como la tentación de leer el presente histórico, o, más bien, de interpretarlo, a través de los textos sagrados. Pero la dura realidad de los hechos, que la guerra del Golfo ha revelado a la más simple observación, ha producido una doble separación, que, a nuestro parecer, la experiencia venidera consolidará.

    A1 estar ligado al bloque de la alianza, el islamismo como modelo político rival del Estado moderno y de las exigencias de desarrollo, si no de supervivencia, impuestas a éste por las necesidades históricas se alejará del islam como experiencia religiosa, como cultura colectiva y como civilización. En otras palabras, la hegemonía cultural y política del modelo "del Golfo" en las sociedades árabes asentada, a la vez, en el colapso del paradigma naseriano y en el "petrocrecimiento" ha entrado en la fase descendente de su ciclo. Arabidad e islamidad ocupan espacios adversos, porque la segunda ha sido "utilizada" por las "petromonarquías" para eliminar el proyecto liberador contenido en la primera.

    Desde el punto de vista de la unidad árabe, esta relación de adversidad se desarrolla en beneficio del islam político, cuyo "poder disuasivo" se alimenta tanto de las políticas de ajuste estructural que fueron impuestas a los Estados árabes frágiles, como del desasosiego de sociedades ahogadas por la acumulación de derrotas (militares, económicas, políticas); todo, articulado por el poder financiero de las monarquías del Golfo, que se convirtieron en el polo activo de la nueva hegemonía.

    La guerra del Golfo ha hecho saltar en pedazos esta construcción geopolítica, y, en el mismo movimiento, la propia relación de adversidad. En la división institucional del mundo árabe que hoy vivimos, el islam político se ha inclinado, con sus amos, del lado de la alianza. Descubierta la mistificación, el islam debe despojarse de sus oropeles tácticos para volver a la dimensión que le es propia: la de una religión, una cultural un área de civilización, indispensable complemento del proyecto de desarrollo y de la emergencia de un espacio geopolítico árabe que esté a la altura de los desafíos de mañana.

    La guerra del Golfo primera consecuencia estratégica de la perestroika soviética ha acelerado Ia descomposición del mundo árabe construido en el mismo movimiento de Yalta y de la guerra fría. La unidad de fachada que tuvo durante este período no ha podido resistir las extraordinarias tensiones que acompañan el reequilibrio de fuerzas internacionales que hoy tiene lugar.

    Sobre los escombros del primero puede emerger un nuevo espacio árabe, pero no con la chapucería de los periodos anteriores, ni las confusiones y las perezas intelectuales que fueron el sustituto de su cultura y de su ideología.

    La identidad árabe que está por construir ya no puede bastarse a si misma con una adscripción patrimonial indiferente al tiempo histórico y a las realidades sociales y económicas, que son lo único que puede darle la fuerza de un rechazo aún pendiente, pero con la participación activa de las sociedades civiles.

    Un nuevo esquema extraído de su cáscara mitológica, abierto a la experiencia histórica de los pueblos e informado por las realidades del mundo y la praxis colectiva de la gente parece estar reconstituyéndose sobre nuevas líneas de fuerza. Estas se llaman: contemporaneidad (como situación del ser colectivo en el presente y el devenir histórico), democracia (como forma insuperable de la libre expresión), igualdad (como relación social fundamental) y, por último, modernidad (como redespliegue del islam en calidad de experiencia religiosa).

    Por supuesto, estas exigencias axiomáticas están supeditadas a las fuerzas de depredación y destrucción que las potencias de la alianza, organizadas en torno a Estados Unidos de América, pondrán en marcha en lo que llaman el Nuevo Orden Internacional. Sin embargo, también en este caso, y en las situaciones más dramáticas que uno pueda imaginarse, la dialéctica de la adversidad daría más fuerza y energía a la aplicación de estas exigencias. Fuerza y energía que sólo pueden ser bebidas de la experiencia colectiva de la gente y que son lo único que puede dar una significación concreta al binomio "resistencia-desafío", que, hoy más que nunca, orientará la relación de fuerzas internacionales.


* Ali al-Kinz (Argelia). Profesor de Sociología. Universidad de Argel.