Este estudio es un intento
de evaluación de los principales logros del movimiento
árabe de liberación nacional desde el comienzo hasta
nuestros días. No hay duda que este intento es difícil
en razón de la complejidad y del enmarañamiento
de los datos del problema, tanto a nivel árabe como internacional.
Por movimiento árabe
de libe}ación nacional entendemos todas las corrientes
que han actuado, con medios pacíficos (políticos,
sociales, culturales, religiosos) o violentos, de manera consciente
o a veces inconsciente, para resolver la contradicción
principal de la nación árabe, a saber: la contradicción
entre esta nación y las esferas de dominación del
sistema capitalista mundial. La resolución de esta contradicción
pasa, a nuestro parecer, por la edificación de un desarrollo
autocentrado y la solución del problema de la fragmentación
territorial de la nación árabe.
Comenzaremos este estudio
recordando una realidad importante y muchas veces olvidada, a
saber, que Japón es el último Estado que logró
edificar, en la segunda mitad dei siglo XIX, un capitalismo nacional
autocentrado. Desde entonces, ninguna otra experiencia tuvo éxito,
pese a múltiples intentos, incluidos las que tuvieron lugar
en el mundo árabe, donde el naserismo y el baazismo han
sido los más importantes. ¿Cuáles han sido
pues las causas del repetido fracaso de las burguesías
árabes en repetir la experiencia japonesa?
Segunda pregunta: ¿cómo
explicar la relación dialéctica entre la aspiración
Árabe a realizar un desarrollo económico autocentrado,
por una parte, y la unidad árabes por la otra? Pues no
se necesita ser particularmente clarividente para comprobar que,
cada vez que las burguesías árabes llegaron a ocupar
un lugar relativamente importante en la división internacional
del trabajo, se vieron obligadas a salir de sus marcos regionales
y a plantear, de uno u otro modo, la cuestión de la unidad
árabe.
En la primera parte de este estudio, intentaremos
comprender el carácter de esa fuerza que domina nuestro
mundo contemporáneo que es el imperialismo En efecto, pensamos
que, hasta ahora, el movimiento árabe de liberación
ha dado pruebas de incompetencia y confusión en la comprensión
del carácter de su enemigo principal, a saber: el imperialismo.
Las diversas experiencias han demostrado que, en
la época del imperialismo, las burguesías árabes
son estructuralmente incapaces de realizar el proyecto histórico
concluido por sus homólogas en Occidente, es decir, la
construcción del capitalismo autocentrado y la unificación
nacional. Por consiguiente, es necesario dar una definición
del imperialismo, principal obstáculo que explica el fracaso
de las burguesías árabes. Los teóricos liberales,
socialistas y marxistas de fines del siglo pasado y de comienzos
del siglo XX observaron que el sistema capitalista mundial pudo
salir de la crisis en la que se había debatido durante
dos décadas (los años setenta y ochenta) mediante
su expansión a costa del mundo exterior. Pero se trataba
de un fenómeno que, por su amplitud, superaba a todos los
movimientos de expansión que habían tenido lugar
desde el nacimiento del sistema capitalista, en el siglo XV. Esos
teóricos consideraron que, en este caso, se trataba del
resultado de mutaciones estructurales del sistema capitalista
internacional, pero discreparon sobre el carácter de estas
mutaciones y sólo estuvieron de acuerdo en un punto: el
surgimiento de grandes sociedades monopolistas de gigantescos
recursos. Lenin comprendió, mejor que los otros, el carácter
del imperialismo; pues consideró que la gran expansión
que, a fines del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, condujo,
por primera vez en la historia, al reparto territorial y económico
de todo el planeta entre los países y los monopolios era
el resultado no de un cambio cuantitativo, sino de un cambio cualitativo
dentro de los países capitalistas más avanzados.
Este cambio cualitativo consistía, en su opinión,
en la aparición de los monopolios y la emergencia del capital
financiero, síntesis de la interdependencia de los capitales
industriales y de los capitales bancarios, así como en
la exportación de capitales de los países imperialistas
dominantes hacia los países imperialistas menos poderosos,
las colonias y las semicolonias.
Estamos convencidos que esta definición leninista
del imperialismo sigue siendo el marco esencial para la comprensión
del carácter de la época en que vivimos, a condición
de que no sea aplicada de modo dogmático.
La expansión de los países imperialistas
fuera de sus fronteras condujo a la rápida difusión
de las relaciones de producción capitalistas en las colonias
y otros territorios en fideicomiso, así como a la creación
de burguesías por medio de operaciones "quirúrgicas".
Es conveniente señalar aquí que estas relaciones
de producción capitalistas están orientadas esencialmente
a satisfacer los intereses del imperialismo y no los de los pueblos
de las colonias y semicolonias, pese al desarrollo de las fuerzas
productivas, que, en diversos grados, puede beneficiar al conjunto
de la población en los países del "Tercer
Mundo". Esta verdad esencial ha sido demostrada por las investigaciones
de la "escuela de la dependencia" en América
Latina (escritos de Frank, Furtado, Cardozo, etc.).
La cuestión que se plantea ahora es saber
qué es lo que ayudó al imperialismo a hacer fracasar
todos los intentos de las burguesías de las regiones dominadas
de realizar un desarrollo económico independiente. La respuesta
radica en el carácter de las alianzas de clase establecidas
por el imperialismo a escala mundial. Las burguesías imperialistas
consiguieron neutralizar a sus clases trabajadoras hostiles, para
poder dedicarse plenamente al enfrentamiento contra los movimientos
de liberación nacional en el exterior, a partir de una
posición de fuerza.
A comienzos del siglo, tuvo lugar un gran debate
en los círculos de los intelectuales marxistas en torno
al papel de las clases obreras en el Occidente capitalista y de
los movimientos de liberación nacional en las colonias
y semicolonias en la lucha contra el imperialismo y el capitalismo.
Aun cuando todos fueron unánimes en decir que el imperialismo
es la fase suprema del capitalismo y que la transición
al socialismo sólo puede hacerse por medio de la revolución,
discreparon en dos puntos. El primero se refiere a las fuerzas
interesadas en realizar esa tan esperada revolución, y
el segundo es saber si definir que el imperialismo es la última
fase del capitalismo significa que este capitalismo se hundirá
por sí mismo, aunque las fuerzas que le son hostiles no
desempeñen un papel activo, o si tal afirmación
es un simple reconocimiento del hecho de que las condiciones objetivas
de la revolución están dadas, pero que si las fuerzas
hostiles al imperialismo no desempeñan un papel activo,
la fase del imperialismo puede tener una duración indefinida.
Rosa Luxemburgo, en la línea del socialista
suizo Sismondi y de los populistas rusos, considera que las tesis
formuladas por Marx en el segundo libro de "E1 Capital"
son erróneas y que las regiones donde predominan las relaciones
de producción precapitalistas (es decir, esencialmente,
el Tercer Mundo) constituyen una necesidad vital para el capitalismo,
de la que nunca podrá prescindir. En efecto, las regiones
capitalistas son incapaces de dar salida a sus producciones dentro
de las fronteras de sus propios países debido al bajo poder
adquisitivo de las clases obreras de estos países. Rosa
Luxemburg piensa, en efecto, que la expansión de los países
capitalistas a costa de las regiones no-capitalistas es consustancial
al capitalismo, pero que el movimiento de gran expansión
que caracterizó el fin del siglo XIX y el comienzo del
siglo XX a saber, el imperialismo conducirá al próximo
colapso del capitalismo, debido a que las relaciones capitalistas
de producción abarcarán a todo el planeta y, entonces,
los capitalistas ya no tendrán la posibilidad de realizar
la plusvalía. Rosa Luxemburg considera que la revolución
depende de la capacidad de las clases trabajadoras en Occidente;
en cuanto al papel de los movimientos de liberación nacional
en el "Tercer Mundo", cree que es muy secundario, si
no nulo. Nikolai Bujarin la criticó enérgicamente
por esta definición del imperialismo, tachada de economicista
y errónea, considerando que redujo enormemente el papel
de la "cuestión agraria", es decir, que no comprendió
la gran capacidad de lucha antiimperialista de los movimientos
de liberación nacional.
En cuanto a Lenin, considera que las tesis del segundo
libro de "El Capital" pretenden tener el carácter
de un análisis deliberadamente abstracto del sistema capitalista
y no el de un análisis del capitalismo tal como es en los
hechos. Lenin reconoce que el capitalismo es capaz de mantenerse
y durar incluso sin expansión exterior, pero
que, al mismo tiempo, es incapaz de prescindir de esta expansión,
porque su motor principal es la búsqueda de una ganancia
siempre mayor, y nada más que esa máxima ganancia.
Creo que es un error considerar que Lenin se contentó
con estudiar el aspecto económico del imperialismo en su
célebre librito "El imperialismo, fase suprema del
capitalismo". Si bien es verdad, en efecto, que sólo
dedicó algunas rápidas alusiones a los mecanismos
de la dominación imperialista en las colonias y semicolonias,
también es verdad que vinculó el carácter
económico del imperialismo con la lucha de clases en los
países imperialistas. De ahí proviene su importante
descubrimiento del fenómeno de "la aristocracia obrera".
Según Lenin, el extraordinario excedente realizado por
las burguesías imperialistas en las colonias y semicolonias
les ha permitido, dentro de sus países, corromper a las
franjas superiores de las clases trabajadoras, las cuales, al
hundirse en el economicismo, es decir, al limitar sus luchas a
las reivindicaciones económicas, han perdido todas sus
aspiraciones al socialismo. El pensamiento que justifica este
economicismo es la socialdemocracia. Esa aristocracia obrera es,
para Lenin, un engranaje indispensable para la supervivencia del
imperialismo y para la continuación de su desarrollo y
de su expansión. Aunque Lenin no abandonó la esperanza
de una recuperación de la conciencia entre las clases obreras
occidentales, acabó reconociendo que los movimientos de
liberación nacional en el "Tercer Mundo" tienen
un importante papel revolucionario que desempeñar en la
lucha contra el imperialismo. Pero ese papel sólo puede
ser revolucionario, en su opinión, si tiene perspectivas
socialistas. En cambio, si los movimientos de liberación
siguen estando de acuerdo con el capitalismo, pese a su hostilidad
al imperialismo, quedarán encerrados en un circulo vicioso.
Ahí está, a nuestro parecer, la causa de la impotencia
del movimiento de liberación nacional árabe desde
su nacimiento hasta nuestros días. ¿Qué estrategia
ha adoptado este movimiento para superar esa impotencia estructural?
El sistema capitalista mundial comenzó a atenazar
la región árabe desde el siglo XVI; las "capitulaciones"
impuestas por los países europeos al sultán otomano
son la mejor prueba de ello, y, con el control del emirato de
Bahrein por los portugueses, la región árabe sufrió,
desde entonces, las primeras manifestaciones de la agresión
capitalista extranjera. Desde esa época, el sometimiento
de la región árabe al capitalismo mundial y su integración
en los engranajes de este sistema no ha hecho más que profundizarse.
En el siglo XIX, el cerco impuesto por el capitalismo mundial
a la región árabe se acentuó, de modo que
ésta se transformó, en su mayoría, en zonas
de influencia de los polos del capitalismo mundial. Desde entonces,
el mundo árabe ya no ha tenido otro papel que el de abastecer
a esos polos con materias primas y productos agrícolas
a bajo precio, y servir de mercado a sus productos industriales.
Además, ha comenzado a sufrir los cambios económicos,
sociales e ideológicos inducidos por las exigencias de
la división internacional del trabajo. Aquí pensamos
en el caso de Túnez, que, primero, fue incitado a endeudarse,
y luego, obligado a autorizar que los europeos posean bienes inmuebles
y ejerzan el comercio y, por lo tanto, destruyan los sectores
avanzados de su artesanía floreciente como, por ejemplo,
la fabricación de feces de zuavo (sombreros), a sufrir
la invasión cultural, a través de la acción
de los misioneros y de la enseñanza, y a ver que, en el
seno de su clase dirigente, surgían franjas sometidas a
las esferas capitalistas europeas que luchaban por la conquista
de Túnez.
El intento de Muhammad Ali en Egipto (1805-1849)
fue el más importante intento de romper el cerco de la
región árabe de modo positivo, mediante la construcción
de un capitalismo nacional. Con este fin, Muhammad Ali sometió
a los campesinos egipcios a una explotación abusiva para
extraer un excedente que le permitiera financiar la industrialización.
También organizó un ejército nacional, implantó
una desarrollada infraestructura de irrigación y creó
numerosas industrias, que empleaban a centenares de miles de obreros
y producían tejidos de algodón, máquinas
de vapor y armas. La tecnología utilizada era, desde luego,
importada, pero los egipcios la habían asimilado muy rápidamente.
Aunque Muhammad Ali era de origen albanés, se vio obligado
de hecho a plantear el problema de la unidad árabe. Utilizó
la fuerza para anexar regiones árabes limítrofes
y para adueñarse de materias primas y de mercados. Digamos
aquí que la región árabe, desde el Golfo
hasta el Atlántico, agrupa pueblos que tienen los mismos
orígenes u orígenes parecidos y mantienen relaciones
desde hace milenios. Estas relaciones adoptaron diversas formas:
guerras, comercio y migraciones de poblaciones. El sentimiento
nacional árabe es anterior al islam, pero el islam, en
su impulso unificador y unitario, reforzó este sentimiento
y lo transformó en una realidad política. Es importante
destacar aquí que el sentimiento nacional árabe,
a la inversa de los nacionalismos europeos, no está ligado
a la aparición del sistema capitalista mundial. Esta orientación
unitaria árabe pasó, a lo largo de la historia,
por periodos de flujo y de expansión, así como por
periodos de languidez y de reflujo.
El intento de Muhammad Ali de edificar un capitalismo
nacional provocó la admiración de Karl Marx, quien
dijo de él que había intentado sustituir la arrogancia
del turbante por un verdadero cerebro capaz de reflexionar. Dígase
lo que se diga de las razones internas del fracaso del proyecto
de modernización de Muhammad Ali y que son razones reales,
como el saqueo impuesto a los campesinos, la falta de democracia,
el origen extranjero de la burocracia militar en el poder, la
inexistencia de un ambiente cultural adecuado en Egipto y la incapacidad
de Muhammad Ali para explotar a fondo las contradicciones del
campo capitalista internacional, las causas externas desempeñaron,
a nuestro parecer, un papel esencial. Que Egipto estuviera cerca
de Europa y situado en una zona estratégica, por la que
pasa la ruta de las Indias, no podía sino movilizar a Inglaterra
el Estado capitalista más poderoso de la época contra
Muhammad Ali. Nunca los países capitalistas del siglo XIX
habían unificado sus fuerzas del modo en que lo hicieron
Inglaterra, Austria, Prusia, Rusia y Turquía contra Muhammad
Ali. Es así como se puso fin por la fuerza al experimento
de Muhammad Ali en 1840, de modo que Egipto tuvo que incorporarse,
obligado y forzado, a la división internacional del trabajo,
según las condiciones impuestas por Inglaterra.
El fracaso de este experimento arrastró a
toda la región árabe bajo la dominación directa
de los países capitalistas europeos, especialmente cuando
éstos pasaron a la fase imperialista (Túnez en 1881,
Egipto en 1882, Libia en 1911, Marruecos en 1912 y Oriente Próximo
inmediatamente después de la primera guerra mundial)
El movimiento de renacimiento árabe (Nahda),
que se constituyó en Túnez, Siria, Líbano
y Egipto a fines del siglo pasado, no comprendió las verdaderas
razones del fracaso de la experiencia de Muhammad Ali y de la
derrota de los árabes ante el imperialismo europeo conquistador.
Por tanto, no pudo definir medidas apropiadas para promover el
desarrollo de la región árabe, y, en especial, medidas
sociales. Sólo hizo hincapié en el factor lingüístico
y cultural, de modo que puede decirse que los intelectuales de
este movimiento no constituyeron una "intelligentsia"
en el sentido pleno del término, es decir, intelectuales
orgánicos que representan a una clase social ascendente,
portadora de un proyecto social real.
La experiencia de Muhammad Ali se desarrolló
durante la época preimperialista. En la etapa imperialista,
la primera experiencia árabe importante que intentó
reproducir la de Muhammad Ali, pero en un contexto mucho más
complejo y difícil, fue la experiencia naseriana. Esta
se desarrolló en el contexto de seis importantes cambios
a escala árabe e internacional:
Estas burguesías pequeña y media, que
habían encabezado los movimientos de reivindicación
de la independencia política en la mayoría de los
países árabes, consiguieron obligar al imperialismo
a concederles un lugar más importante (aunque variable
de un país a otro) en la división internacional
del trabajo. Fue lo máximo que pudieron obtener estas burguesías.
El naserismo consiguió ocupar posiciones independientes
relativamente avanzadas en la división internacional del
trabajo durante el periodo en que el sistema capitalista internacional
experimentaba una importante reactivación, es decir, entre
1945 y los años sesenta. Los principales logros del naserismo
se sitúan en el marco del modo de desarrollo llamado modo
de las industrias de sustitución de importaciones. Esos
logros consistieron en las nacionalizaciones, la industria pesada,
la reforma agraria, la represa de Asuan, etc. Indujeron al naserismo
a hacerse eco de la corriente unitaria árabe, aunque Naser
no era un nacionalista árabe cuando tomó el poder
político. El naserismo se comportó a su modo respecto
a la corriente unitaria árabe (intervención en Yemen,
unidad egipcio-siria, apoyo a la revolución argelina ...).
El imperialismo, cuando tuvo le certeza de que el naserismo comenzaba
a cruzar la "línea roja", movilizó todos
sus recursos y logró limitarlo, en varias etapas, desde
la agresión tripartita de 1956 hasta el tratado de paz
separada entre Egipto e Israel en marzo de 1979, pasando por la
guerra de 1967.
El fracaso del naserismo se debe esencialmente a
que su lucha se limitó a la obtención de un estatuto
privilegiado en la división internacional del trabajo,
pues nunca pretendió separarse del sistema capitalista
internacional, sabiendo que esta separación de ninguna
manera significaría la ruptura de todo vinculo con ese
sistema, o la autarquía. La incapacidad de Egipto para
tratar de manera correcta la cuestión de la unidad árabe
proviene esencialmente de su fracaso a nivel del modo de desarrollo
adoptado, fracaso que era del todo previsible.
La segunda experiencia árabe importante realizada
por el movimiento árabe de liberación nacional es
la experiencia del Baaz iraquí, que comenzó en los
años ochenta. Esta experiencia fue el blanco de la gran
intervención militar imperialista de enero y febrero de
1991. En nuestra opinión, esta experiencia no es más
que una reedición ampliada de la experiencia naseriana.
Se ha desarrollado en una coyuntura árabe e internacional
caracterizada por:
Todos estos cambios han sido fruto de luchas de clases
y conflictos internacionales, que han tenido lugar durante el
largo periodo de recesión que ha atravesado el sistema
capitalista mundial desde los años setenta (fracaso del
diálogo Norte-Sur, provocado por el Norte; colapso del
socialismo soviético y de los sistemas similares en Europa
Oriental; mayor sometimiento de las economías del "Tercer
Mundo" a las imposiciones del Fondo Monetario Internacional,
etc.). Estos conflictos han terminado en una aplastante victoria
del sistema capitalista mundial. El mayor logro de esta victoria
ha sido, sin duda, el colapso del socialismo en la URSS y en Europa
Oriental. La agresión militar imperialista perpetrada contra
Iraq bajo el mando de Estados Unidos es sólo un eslabón
en el plan imperialista encaminado a destruir a todas las fuerzas
capaces de frenar el restablecimiento de su hegemonía sobre
el mayor número posible de países en el mundo. Seria
ingenuo creer que Iraq hubiera podido evitar enfrentarse con el
imperialismo, pues éste comenzó a cercar a Iraq
desde la llegada al poder de Abdel karim Kasem, en 1958. Este
cerco se estrechó cuando Sadam Husein tomó el poder
e Iraq comenzó a llevar a cabo obras que constituían
un mayor peligro real para los intereses del imperialismo y de
Israel en la región. Pero estamos convencidos que, pese
al muy claro desequilibrio de fuerzas en el mundo en favor del
imperialismo, el Iraq de Sadam Husein habría podido aprovechar
mejor las contradicciones del escenario internacional y salir
con menos daños que los que le ha infligido la coalición
militar imperialista.
Iraq ha encabezado el movimiento árabe contra
la hegemonía imperialista después del fracaso del
naserismo, y en este terreno ha realizado obras que constituyen
un importante cambio cuantitativo en comparación con el
naserismo: importante penetración en el campo del dominio
de la utilización de la riqueza petrolera; adquisición
de una tecnología militar muy destructiva por primera vez
en la historia árabe contemporánea, lo que constituye
una amenaza mortal para Israel; comienzo de un notable movimiento
de renacimiento cultural; atenuación de las contradicciones
sociales gracias a una mayor distribución de los ingresos
del desarrollo. Igualmente, Iraq intentó avanzar, según
su propia óptica, por el camino de la unidad árabe
(su papel en la realización de la unidad yemeni; su protección
a Mauritania frente a la amenaza de Senegal; su anexión
de Kuwait y, por consiguiente, el control del 20 por ciento de
la riqueza petrolera mundial, lo que el imperialismo en ningún
caso podía aceptar).
Es evidente que estos logros iraquíes, pese
a su importancia, no se sitúan en el marco de un desarrollo
autocentrado y, por lo tanto, no apuntan a separarse del sistema
capitalista mundial. Este es el fallo más importante de
la experiencia iraquí.
¿Podemos, ahora, intentar un enfoque prospectivo?
Dominar los recursos nacionales, ya sean naturales
o financieros;
Tomar a la agricultura como base del desarrollo y
romper definitivamente con la política de saqueo impuesta
a los campesinos con objeto de extraer el excedente necesario
para la industrialización;
Distribuir la renta nacional, con la máxima
justicia, entre los productores directos en el campo y la ciudad;
Establecer una igualdad total entre el hombre y la
mujer;
Asimilar la tecnología importada, y luego
pasar a su producción y a su adaptación a las necesidades
locales;
Establecer la democracia;
Velar por la independencia cultural.
Tenemos la convicción de que si logramos realizar
este modo de desarrollo, a pesar de su extrema dificultad, podríamos
abordar la cuestión de la unidad árabe con mayor
racionalidad y eficacia que nunca hasta ahora.