Al acabar la guerra del Golfo,
el mundo árabe se encuentra en vísperas de un nuevo
orden mundial que, de Este a Oeste, lo engloba totalmente, y que,
a corto plazo, compromete su futuro en lo político, lo
cultural y lo social. No es la menor de las paradojas de la guerra
que, habiendo nacido de la voluntad de mantener el statu quo y
defender valores aceptados, no haya tardado en convertirse en
un pretexto para modificar la situación existente e instaurar
un nuevo equilibrio. Todo ocurre como si la guerra silo fuera,
en el fondo, una ocasión para cosechar ganancias y realizar
proyectos concebidos desde hace mucho tiempo.
Si los países coaligados
contra Iraq recurrieron a la guerra con el fin de liberar Kuwait,
restablecer la situación anterior y restaurar la soberanía
del Estado kuwaiti sobre su territorio y su petróleo, la
evolución del conflicto engendró otros objetivos,
induciendo a los coaligados a procurar eliminar al régimen
iraquí, capturar a su presidente y cambiar el mapa político
del país. El jefe de la coalición proclamó
incluso, desde antes de la iniciación de las hostilidades,
su intención de edificar un nuevo orden regional en Oriente
Próximo y apartar las fuentes de energía del control
de los dirigentes árabes, a fin de garantizar a la economía
mundial un aprovisionamiento regular, a salvo de los caprichos
y de los bruscos cambios de humor.
¿Puede considerarse la guerra del Golfo, en
sus causas aparentes y en sus resultados, como una etapa decisiva
de este último cuarto de siglo, como un momento crucial
en nuestra actitud respecto a las causas árabes y una invitación
a la reflexión para un futuro alternativo? O ¿habrá
entrado la comunidad internacional en un vasto proceso de cambio
desde la caída del muro de Berlín, e incluso antes
de esa fecha y, más exactamente, desde que desapareció
el equilibrio internacional, tanto militar como político,
entre el Este y el Oeste, dejando a un solo polo político
la conducción de los asuntos del mundo contemporáneo,
un polo que funciona a partir de un solo espacio ideológico
y se basa en un sistema de valores del que quisiera hacer una biblia para el conjunto
de la humanidad? La Unión Soviética tuvo que dejar
a Estados Unidos y a sus dirigentes el poder de decisión.
Igual fue la claudicación de parte de la Comunidad Económica
Europea y de países asiáticos tales como China,
Japón e India. Los intelectuales de los países occidentales
han sido unánimes (o casi) en considerar que el socialismo
marxista ha perdido todo impacto ideológico, todo valor
de referencia, dejando ampliamente abierto el camino al liberalismo.
Por eso, los debates de ideas, y hasta el esfuerzo de reflexión,
han perdido su motivación. Ya es, como escribió
un pensador occidental, "el fin de la historia".
Se puede considerar que la guerra del Golfo ha sido,
en sus pormenores, lo mismo que en sus intenciones y motivaciones
declaradas, el resultado del cambio que ha afectado a las relaciones
internacionales, y uno de los frutos de la reducción de
los factores de tensión que se ha producido en el escenario
político mundial. Incluso podría ser que pruebas
irrefutables lleguen a demostrar que el origen de esta guerra
se remonta a los comienzos de los años ochenta y que su
desencadenamiento comenzó a ser planificado inmediatamente
después de los acuerdos de Camp David, concertados entre
Egipto e Israel bajo la égida del presidente Cárter
y gracias a los esfuerzos desplegados por su ministro de Asuntos
Exteriores, Kissinger. No es exagerado sugerir que Iraq estaba
muy especialmente en la mira porque, después del armisticio
concertado por Egipto, quedó como la única potencia
árabe a la que había que tener en cuenta, no sólo
Israel, sino también sus vecinos árabes, cercanos
o lejanos. Por eso, uno no puede sorprenderse que el reactor nuclear
iraquí haya sido destruido bajo los auspicios de los servicios
de información norteamericanos, en medio de la indiferencia
árabe e internacional. Este acto puede contarse entre las
operaciones de lanzamiento del plan establecido, un plan al que
se sabe la administración norteamericana dio un contenido
y un número de código hace más de diez años.
Esta guerra es una guerra norteamericana, según
testimonio del mismo M. Brzezinsky, antiguo asesor para asuntos
militares. "Es norteamericana en un 90 por ciento" dijo.
"También es norteamericana en lo que concierne al
nuevo orden mundial al que va a dar origen". Esta afirmación
es corroborada por Arthur Schlesinger, también antiguo
asesor del presidente norteamericano, que en su último
libro escribe que "(...) esta guerra es, en primer lugar,
una guerra norteamericana, y la ONU no tuvo en ella más
que un papel de cobertura y de justificación internacional".
E1 escritor francés Régis Debray destaca también
este aspecto cuando escribe, en un reciente articulo, que "Estados
Unidos no ha ocultado, desde hace diez años, que hacia
planes para la implantación de bases militares permanentes
para sus fuerzas en el Golfo a fin de poder vigilar la producción
de petróleo y controlar sus precios".
Habida cuenta de las reservas que hemos expresado
acerca de las razones de la guerra del Golfo ¿estamos ante
un nuevo orden mundial, o ante una nueva fase dentro de un orden
ya establecido y que seria idéntica a las fases precedentes
en sus principios, sus formas y sus motivaciones? Y ¿qué
cambios cabe prever en lo que concierne a la comunidad árabe,
en el Machreq, en primer lugar, y en el Magreb, después?
Estas son las preguntas a las que intentaremos dar algunas respuestas.
El principio más importante es que se trata
de un orden norteamericano, que se basa en el control por Estados
Unidos de todos los medios de supremacía militar, cultural
y científica capaces de garantizarle su dominación
política. Esto implica que Washington se considera concernido
por todo lo que pasa en el mundo y que cualquier gran decisión
que comprometa el futuro de la comunidad internacional debe ser
tomada o aprobada por Estados Unidos.
El segundo principio es el de la legitimidad y el
de "tener la razón". Estados Unidos está
convencido que tiene derecho de ejercer su liderazgo sobre el
resto del mundo debido al papel de pionero que ha desempeñado
en tres grandes campos:
El tercer principio se refiere al mesianismo universal,
del que los dirigentes norteamericanos se creen los únicos
depositarios en la época moderna, y que, a sus ojos, fundamente
su responsabilidad para con todos los pueblos del mundo. El presidente
Kennedy repetía a menudo que él era "el primer
jefe de Estado norteamericano que considera al mundo entero como
un asunto interno" (1). En cuanto al presidente Cárter,
éste decía que "es deber de los diplomáticos
norteamericanos ayudar a todos los Estados, aliados u hostiles,
a tener en cuenta los valores morales en sus asuntos internos".
Agreguemos a ello lo que escribió el profesor Brzezinsky,
asesor militar del presidente norteamericano: "Estados Unidos
se ha convertido en el polo intelectual del planeta, en el laboratorio
sociológico y el primer Estado universal de la historia"
(2).
El pasaje más importante y revelador en cuanto
a esa misión es quizá el siguiente, extraído
de la misma obra del asesor Brzezinsky: "Es un derecho de
cada continente y de cada pueblo recibir de Estados Unidos los
consejos y sugerencias que le propone (¡sic!), como es deber
de Estados Unidos ser fiel a este compromiso ante cada continente
y cada pueblo (...) Tal compromiso nos aleja del ámbito
conocido con el nombre de asuntos exteriores y entra en el ámbito
de la responsabilidad reservada a Estados Unidos de conferir al
curso de los acontecimientos en el mundo su marco ideal y su forma
necesaria". Terminamos estas citas con las palabras de Lester
Brown, pensador norteamericano conocido por sus simpatías
tercermundistas: "Es deber de Estados Unidos trabajar para
difundir una visión del mundo más racional y más
humanitaria, a fin de sustituir las concepciones religiosas, ideológicas
y nacionales por esta visión" (3).
Si tomamos en consideración el campo politico-militar,
dejando de lado provisionalmente los aspectos económicos,
parece probable que el nuevo orden mundial sea concebido como
un inmenso circulo, cuyo centro lo constituiría Estados
Unidos, alrededor del cual se distribuirían los círculos
anexos cercanos a ese centro, detrás de los cuales se hallarían
otros círculos de segundo y tercer rango, que reagruparían
al resto de las fuerzas organizadas en el mundo. A orillas de
ese gran círculo englobante se situarían puntos
dispersos y marginales, que representarían a los países
aislados que no pertenecen a ningún orden regional. La
constelación de los círculos cercanos al centro
estaría constituida por cuatro grupos de países:
la Comunidad Europea, en la que Inglaterra y Alemania se disputan
el papel de polo; el grupo que tiene como centro a la Unión
Soviética, con sus problemas internos y regionales; el
grupo "amarillo", cuyo polo es Japón; y el cuarto
grupo comprende la región de Oriente Próximo, la
gran región del petróleo, cuyo polo está
constituido, indiscutiblemente, por Israel. Este sistema tiene
como función organizar los canales de comunicación
entre el polo central y los polos de apoyo de los círculos
anexos, que tienen como epicentros a Londres, Moscú,
Tokio y Al-Qods, con un sistema de jerarquías que varia
en función de las circunstancias y de los problemas del
momento. Estos cuatro polos estarían rodeados por un cinturón
de países aliados o amigos con los que Washington se comunicaría
ya sea directamente o pasando por el polo anexo. Cada uno de los
círculos anexos incluiría, por supuesto, puntos
débiles y bolsas de resistencia, que gozarían de
una atención particular y de un tratamiento adecuado por
parte del polo central.
Si este orden es un orden premeditadamente concebido
para fines de dominación, y si efectivamente toma la forma
de una construcción edificada en torno a un polo central,
un cinturón de polos coaligados y un abanico de seguidores
y satélites, necesariamente debe actuar en función
de una estrategia estudiada, que tiene sus fundamentos y sus medios
de acción.
Es indiscutible que el principal argumento de Estados
Unidos, en calidad de Estado que se ha arrogado el derecho de
intervenir en los asuntos del mundo y dominar el escenario político,
es su supremacía militar, capaz de garantizar la victoria
en caso de guerra o de crear el efecto de disuasión.
Un imponente y sofisticado arsenal militar es, en
efecto, el medio más eficaz de garantizar esa dominación.
La superioridad de la fuerza militar norteamericana se mide en
la importancia de su presupuesto de defensa y en los impuestos
sufragados por el pueblo norteamericano para alimentar tal presupuesto.
Por otra parte, los resultados realizados por Estados Unidos en
el mercado mundial de armamentos y el volumen alcanzado por sus
exportaciones militares constituyen uno de los mejores argumentos
publicitarios en favor de su supremacía militar y uno de
los medios más eficaces para inducir a sus adversarios
a una actitud de autodisuasión; además, este comercio
es un excepcional medio de control y seguimiento del arsenal de
los Estados compradores, al mismo tiempo que una de las más
valiosas prestaciones que los servicios de información
norteamericanos brindan al Estado de Israel.
El nuevo orden, que se basa en la supremacía
militar norteamericana dentro del club occidental de industrias
militares, también descansa en un conjunto de aliados,
satélites y "protegidos", que creen en los valores
predicados por Estados Unidos o, bien, esperan de esta coalición
la garantía de sus intereses económicos, el mantenimiento
de su posición internacional o la protección contra
un enemigo al acecho. Si, impulsados por estos diferentes móviles,
algunos de los aliados de EE.UU. entre los Estados europeos y
árabes no hubiesen estado dispuestos a aceptar el plan
norteamericano, la guerra del Golfo no habría tenido lugar
de la misma manera.
Por lo que se refiere a los Estados árabes
de la coalición, su actitud se explica por uno de los elementos
en los que se basa el nuevo orden mundial, como es el apoyarse
en las élites dirigentes de la sociedad, que son poco numerosas
y están concentradas en los grandes centros urbanos, donde
se encuentran los más importantes medios de comunicación
e información. Estas élites están capacitadas
para asimilar el mensaje cultural de este nuevo orden y propagar
el modo de vida impuesto por la moderna sociedad de consumo. También
son capaces de influir sobre su sociedad, y en especial sobre
las clases medias, especulando con el mimetismo. Además,
las élites dirigentes están frecuentemente ligadas
a algunos de esos polos por intereses materiales, además
de por lazos lingüísticos y culturales. Por todas
estas razones, estas élites constituyen un elemento de
refuerzo de la interdependencia con el polo exterior y un distribuidor
de propaganda para el producto importado, trátese de mercancías,
de conceptos o de modos de comportamiento.
El más importante de los fundamentos del nuevo
orden mundial es tal vez el progreso realizado por Estados Unidos
en lo tocante a industria espacial, recopilación sistemática
y utilización de informaciones y datos precisos sobre todas
las regiones del planeta. Brzezinsky califica ese progreso como
"revolución tecnotrónica": "La sociedad
posindustrial escribe se ha vuelto una sociedad tecnotrónica,
es decir, una sociedad que, en lo cultural, lo sicológico,
lo social y lo económico, está gobernada por la
tecnología y la electrónica, y que, de modo especial,
está subordinada a las industrias informáticas y
de comunicación".
Por su parte, John Eager, asesor de los presidentes
Nixon y Ford para la comunicación y la información,
afirmaba que "es deber de Estados Unidos eliminar los obstáculos
que retrasan o estorban la circulación de datos, así
como está en su derecho eliminar el control ejercido por
los Estados sobre todo dato que les llega o que sale de ellos".
Así, como escribe Lester Brown, "se reducen las distancias,
al mismo tiempo que desaparecen las especificidades culturales,
ideológicas y nacionales. La tecnología ha gobernado
el nacimiento de una verdadera 'aldea planetaria"'.
He ahí algunos aspectos de la estrategia adoptada
por Estados Unidos para instaurar el Nuevo Orden Mundial; un orden
no tan nuevo, en realidad, puesto que, de 1965 a 1972, durante
la guerra de Vietnam, Estados Unidos ya había levantado
en Saigón un gigantesco sistema de información,
bajo el control de una oficina especial, que creó y atendió
el funcionamiento de cuatro estaciones de televisión, cuatro
estaciones de radiodifusión, una imprenta y un centro de
producción cinematográfica. Ese sistema tenia como
misión "ganar el corazón y el espíritu
del pueblo vietnamita y apoyar el esfuerzo de guerra norteamericano,
influyendo positivamente en los periodistas y recogiendo datos
del enemigo para la guerra sicológica, con el objetivo
de socavar la moral de sus fuerzas" (4).
En el Pentágono, la conquista de los espíritus
es llamada "la otra guerra" (other war). Una de las
principales aplicaciones de la tecnología es el control
de las masas. "Y es que el control de las tendencias ideológicas
y el control policiaco-militar son, a los ojos de los investigadores
y planificadores norteamericanos, las dos caras de un mismo problema,
que encuentra su solución en los medios tecnológicos"
(5).
Lo que quedará de la guerra del Golfo a la
hora de los balances será la creencia, que se impone a
gran escala, de que la potencia militar norteamericana es una
potencia científica, la primera entre las que son capaces
de utilizar de modo óptimo los descubrimientos tecnológicos,
gracias a sus infraestructuras de investigación, a los
bancos de datos existentes y al vinculo establecido entre las
técnicas de control espacial por satélite y las
técnicas de ordenador. E1 objetivo esencial de esta acrecentada
superioridad en la utilización de los descubrimientos científicos
para fines militares es la disuasión armada en el escenario
internacional, y, en particular, en las regiones subdesarrolladas
y dependientes del Tercer Mundo. Desde ahora, cualquier tentativa
de rebelión de un Estado, o incluso de un grupo de Estados,
frente a semejante potencia aparecerá como una pura locura.
Esa es la base militar en la que Estados Unidos asienta la legitimidad
de su liderazgo político.
La segunda finalidad del orden resultante de la guerra
del Golfo es el desarme y el control del comercio armamentista,
trátese de su volumen, de su calidad o de su nivel tecnológico.
Por lo que se refiere al armamento en Oriente Próximo,
no hay duda de que el mundo occidental será exhortado a
preconizar una estrategia firme y coordinada, más estricta
que en el pasado, en la elección de los países a
armar. Se impondrá un control severo tanto sobre los volúmenes
como sobre los tipos de armamento autorizados. Esta estrategia
intentará, especialmente, garantizar la supremacía
militar de Israel sobre los Estados árabes limítrofes.
La seguridad de ese Estado, la defensa de su territorio y la disuasión
de sus vecinos están esencialmente ligadas a ese control
que Estados Unidos se esfuerza por instaurar, primero, mediante
la vigilancia por satélite y, luego, con el establecimiento
de bases militares en el Golfo; pues Israel está destinado
a seguir siendo el polo del sistema regional en torno al cual
gravitará un conjunto de Estados árabes debilitados,
e incitados, por la política de la zanahoria y el palo,
a adherirse al nuevo orden.
Por último, el petróleo tiene un papel
fundamental que desempeñar en la instauración de
este orden. El control de las fuentes de producción, la
organización del mercado y la garantía de un óptimo
y rentable aprovisionamiento de la economía occidental
figuran entre los principales objetivos del nuevo orden. Se puede
esperar que, a través de esta estrategia petrolera, Estados
Unidos adquiera una mayor competitividad frente a la CEE y a Japón,
quienes importan de Oriente Próximo lo esencial de sus
necesidades en energía. La Organización de los Países
Arabes Exportadores de Petróleo será uno de los
instrumentos de aplicación de esa política petrolera
norteamericana y el marco apropiado de su legalidad.
Hemos demostrado, con las observaciones anteriores,
que la región de Oriente Próximo será reestructurada
por lo menos ése es el propósito de Estados Unidos
en torno a Israel, como eje reforzado y polivalente, y como enclave
destinado a garantizar la estabilidad armada y el respeto a la
"pax americana". Todavía es difícil prever,
en esta fase, de qué modo se dotará Israel de fronteras
seguras. ¿Recaerá la opción en la fórmula
de la expansión geográfica con vistas a crear el
gran Israel, aprovechando las negociaciones de paz, como lo quisiera
el ala religiosa extremista en Israel, expansión que probablemente
se haría en perjuicio de Jordania e Iraq? ¿O, más
bien, recaerá en la fórmula llamada "cinturón
de seguridad", que abarca a los territorios limítrofes
con el Estado hebreo, que serian sometidos a alta vigilancia y
colocados en situación de dependencia reforzada desde el
punto de vista financiero, tecnológico y económico?
A este respecto, no está demás conocer
el punto de vista de las otras partes implicadas en el futuro
de Oriente Próximo, y, principalmente, de la Comunidad
Económica Europea y de los países árabes
que forman parte de la coalición antiiraqui.
Se observará, en primer lugar, que la CEE
no adoptó una posición común durante la guerra
a causa de divergencias evidentes entre sus Estados miembros,
debidas a la desigual importancia de los vínculos políticos
que los unen al mundo árabe y a los divergentes intereses
económicos que mantienen. La guerra del Golfo reveló
cuán diferentes son las posiciones adoptadas por un país
como Inglaterra, por ejemplo, de las seguidas por otros, tales
como el grupo de países latinos del sur (Italia, España).
Mientras que estos dos Estados adoptaron una posición moderada,
que, a largo plazo, deja la puerta abierta a la reconciliación
y a la defensa de las posiciones políticas conseguidas,
Londres optó por la firmeza y la intransigencia, que ponen
en peligro las posibilidades de una paz duradera.
La línea intermedia en la actitud de la CEE
pasa por la paz y la seguridad de Israel, por una parte, y por
la cuestión del petróleo y la garantía de
su aprovisionamiento, por la otra.
El presidente en ejercicio de la Comunidad Europea
estima que hoy se presenta, por primera vez, la ocasión
de negociar la cuestión palestina y de llegar a una solución
apropiada, y que, además, las perspectivas para la instauración
de una paz duradera y global en beneficio de Israel y del conjunto
de la región son más favorables que nunca. También
propone establecer un mecanismo ad hoc, que se denominaría
Conferencia de Paz y Cooperación en el Mediterráneo,
siguiendo el modelo del mecanismo intereuropeo similar. La Comunidad
confiaría a ese mecanismo el control de la seguridad, de
la estabilidad y del armamento. La CEE no oculta las dificultades
a las que se enfrenta este proyecto y que, a su juicio, deben
imputarse, esencialmente, a la carrera armamentista, al desequilibrio
en la distribución de los recursos entre los países
de la región, a la falta de democracia y a la importancia
adquirida por los movimientos religiosos. Estas posiciones no
forman una visión coherente para un orden regional árabe.
Pero algunos de los países de la CEE, si no la mayoría,
podrían renunciar a tomar iniciativas en un ámbito
en que, según ellos la prioridad corresponde a Estados
Unidos, habida cuenta de la firmeza y determinación de
que dio muestras en la guerra del Golfo, y de su mayor compromiso
en el terreno militar y logístico. Al fin y al cabo, la
CEE podría contentarse con confirmar y apoyar las proposiciones,
o el proyecto "listo-para-usar", que Estados Unidos
podría presentar, como ya lo han hecho durante la guerra,
y aun a pesar de las divergencias que enfrentan a los países
de la Comunidad y a su poderoso aliado en ciertos temas importantes,
tales como el nacionalismo árabe y el despertar religioso,
o las relaciones con algunos países del Magreb. Por consiguiente,
es probable que Europa no desempeñe más que un tímido
papel secundario en la concepción del nuevo orden regional
preconizado por Estados Unidos, sobre todo si, en el seno de la
Comunidad, estas opciones gozan desde ahora del apoyo de miembros
tales como el Reino Unido, Holanda, Alemania y Bélgica.
Entre los Estados árabes de la coalición
los Estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo,
Egipto y Siria existe casi un consenso en torno a un conjunto
de principios, que pueden considerarse como el núcleo de
un nuevo orden regional, tal como lo conciben los ministros de
Asuntos Exteriores de esos Estados. Estos principios se ordenan
alrededor de los siguientes ejes:
Este enfoque merece algunas objeciones y observaciones
relativas a las lagunas que en él pueden descubrirse.
En efecto, semejante posición parece implicar
un retorno a la situación anterior, en cuanto esté
cerrado el paréntesis de la guerra, considerada como un
simple accidente de ruta que no dejó más secuelas
que los cadáveres de las víctimas, los escombros
de los edificios destruidos y los casquillos humeantes de los
cohetes. Se basa en la lógica de conservación de
las instituciones y organismos financieros, así como de
su tipo de discurso político y de sus modos de percepción
de lo real. No cabe duda que, algún día, los responsables
árabes deberán tomar en cuenta los factores del
profundo cambio que ha tenido lugar en el seno de la opinión
pública árabe e internacional, así como la
repercusión de esos factores en el carácter de las
nuevas relaciones que se establecerán entre los pueblos
árabes y los regímenes establecidos. También
tendrán que tener en cuenta la evolución de la coyuntura
económica y, particularmente, del nuevo orden petrolero
nacido de la guerra del Golfo en Oriente Próximo, ya se
trate de la explotación de los circuitos de distribución
o de los precios de venta. A este respecto, saben perfectamente
cuáles serán las consecuencias de ese nuevo orden
para los recursos financieros de la región y para las posibilidades
de inversión, y las oportunidades que esa evolución
podrá brindar en materia de empleo y absorción de
la mano de obra excedente egipcia, magrebi y sudanesa. El asunto
más delicado, desde el punto de vista de su evolución
histórica es, sin duda, la causa palestina. En efecto,
este asunto ha salido de la esfera de competencia de los árabes
y ha sido incorporado a la carpeta de las iniciativas y opciones
norteamericanas. Por consiguiente, sería erróneo
querer aplicarle, después de la guerra del Golfo, los mismos
criterios regionales y el mismo discurso que prevalecieron durante
los últimos cuarenta años. En cuanto a la Unión
del Magreb Árabe, no tiene más actitud declarada,
en lo que respecta al nuevo orden regional, que las proposiciones
que presentó al Consejo de Seguridad en el marco del esfuerzo
común para poner fin a los enfrentamientos, a saber: la
retirada iraquí de Kuwait y el establecimiento de un nexo
entre el asunto del Golfo y el conjunto de problemas de Oriente
Próximo. Si los Estados del Magreb discreparon en la cuestión
de su participación efectiva en el terreno, también
es verdad que sus pueblos adoptaron una posición común
de condena de la ocupación extranjera de la región,
y de solidaridad con Iraq y su pueblo.
Los regímenes magrebies saben que les concierne
la concepción que tiene Estados Unidos del nuevo orden
regional árabe, así como saben que deberán
pagar su tributo a la guerra del Golfo, especialmente a nivel
de sus relaciones con la CEE y con ciertos Estados árabes
que participaron en la guerra. También están al
corriente de las evidentes consecuencias de esta guerra para la
actividad económica, especialmente en los campos de las
inversiones y de los intercambios comerciales.
Uno tiene derecho a preguntarse si la Unión
del Magreb Árabe será un socio que tendrá
algo que decir en la edificación del nuevo orden regional,
o bien, si va a situarse en la continuidad árabe, reintegrarse
en el seno de la Liga Árabe y reanudar el discurso de las
consignas. ¿Tomarán en cuenta los regímenes
magrebies y árabes a las corrientes que han desencadenado
sus pueblos? ¿Se apoyarán en estas corrientes para
lanzarse por el camino del cambio? ¿Aprovecharán esta excepcional
ocasión histórica para reconstruir sus relaciones
con sus pueblos y cimentar el frente interior para poder adherirse
al nuevo orden internacional y regional a partir de una base fuerte
y coherente? ¿Tendrán los dirigentes magrebies la
voluntad necesaria para acelerar el proyecto de unión magrebí,
como marco ejemplar para la renovación cualitativa de sus
relaciones con sus socios extranjeros? ¿Se dotarán,
con este fin, de los mecanismos de decisión y de acción
apropiados?
Por otra parte ¿qué papel podrán
desempeñar las élites intelectuales magrebies y
árabes en la concepción de una alternativa al orden
regional árabe que se sitúe en el contexto del nuevo
orden internacional propuesto por Estados Unidos?
He ahí otras tantas preguntas que pueden ayudarnos
a explorar el futuro y a poner de relieve sus rasgos sobresalientes.
Hemos subrayado la política voluntarista que se desprende
de las declaraciones norteamericanas para el establecimiento de
un orden regional propio para la zona árabe del Golfo dentro
del nuevo orden internacional. Es muy probable que los regímenes
árabes de la coalición no tengan más opción
que la de sumarse a ese proyecto de orden internacional y que
su futuro común no sea el fruto de sus mutuas concertaciones.
Se encontrarán en una posición extremadamente embarazosa
al menos en dos frentes.
En la hipótesis de una aceptación de
este enfoque por parte de los regímenes árabes,
se plantea la cuestión de saber si los dirigentes palestinos
darán su conformidad a ello y si los pueblos árabes
lo consentirán. ¿Cuáles serian entonces las
consecuencias de tal política para la estabilidad interior
de los países árabes y para las relaciones entre
los regímenes y la opinión pública, sobre
todo en los países que cuentan con una fuerte proporción
de refugiados palestinos? Esas son algunas de las grandes preguntas
que plantea la instauración de la "pax americana"
y que son fuente de apuros para los regímenes árabes
coaligados y un peligro para la estabilidad política de
los Estados de la región.
Tal zona chii adosada a las repúblicas islámicas
soviéticas, al constituir un nuevo factor de equilibrio,
tendría, sin duda alguna, el aval de la Unión Soviética,
que así dispondría de una alternativa regional al
orden norteamericano. Pero tampoco cabe duda que el nacionalismo
árabe se opondría a ese tipo de alianza y la consideraría
como una defección de Iraq, y un atentado contra esa visión
racional y avanzada de una sociedad civil liberada que esta corriente
nacionalista aspira a edificar. Se iría ahondando el foso
entre los Estados árabes coaligados y ese eje chii, si
éste llegara a constituirse con la ayuda de la Unión
Soviética, y Teherán aceptara hacer borrón
y cuenta nueva en sus relaciones con Bagdad y salir de su aislamiento
político en medio de esta región del islam sunni.
En efecto, debemos interrogarnos sobre la posición
de Siria en el seno del grupo sunní en el que se encuentra
debido a la guerra, y sobre la actitud de este grupo frente a
ese aliado que sigue ocupando el Líbano ... lo que constituye
una importante brecha en ese frente. Luego ¿cuál será
la posición de Jordania y Yemen frente a estas alianzas?
Este es un enfoque prospectivo de un futuro alternativo,
y esta podría ser la respuesta de la comunidad árabe
al orden regional norteamericano, a los evidentes desafíos
civilizatorios que éste representa y a sus objetivos políticos,
que pretenden, por lo bajo, decidir el futuro de los pueblos de
la región y hacer primar los intereses occidentales e israelíes
sobre los derechos y los intereses de estos pueblos.
Se trata, además, de una visión voluntarista,
que se niega a imaginar que el porvenir de la comunidad árabe
entera esté gobernado por el total sometimiento a un plan
impuesto desde el exterior y que se basa en semejantes objetivos.
Esta visión devuelve todo su peso a los factores culturales
y éticos, que los coaligados tanto se esforzaron por ocultar
durante la guerra del Golfo, procurando sustituirlos por la legalidad
internacional (exponiendo así ésta al fracaso),
de modo que la desvergüenza y la hipocresía prevalecieron
sobre la racionalidad y la virtud.
De este modo, los pensadores árabes adquieren
la convicción de que todo sistema que comienza con la negación
de los valores de civilización e incita a los seres humanos
a la traición cultural y a la alienación intelectual
lleva en sus entrañas los gérmenes de su fracaso.
E1 surgimiento, entre los pueblos árabes mezcladas todas
las tendencias políticas y capas sociales, de una poderosa
corriente de adhesión a su civilización, a su cultura
y a los valores auténticos de los que éstas son
portadoras, y el rechazo a la mentira y al fariseísmo intelectual,
constituyen la aportación más valiosa y el fermento
más fecundo de la guerra del Golfo.
( I) Arthur Schlesinger: Les milles jours de Kennedy.
(2) Brzezinsky: La révolution technotronique.
(3) Lester Brown: Un monde sans frontieres (1973)
(4) Citado por Yves Eude: La conquête des esprits (Maspero, 1982)
(5) Misma fuentc, p. 78.