Una de las cuestiones centrales
que atraviesa las dos conferencias está ligada a la relación
de la guerra con la economía.
Por supuesto, la violencia
ha acompañado siempre al desarrollo económico cuando
éste estaba organizado sobre relaciones de dominación
y de explotación (luchas de clases o luchas entre naciones).
Pero la guerra sólo es un medio de la economía,
nunca su fin.
La guerra de Estados Unidos
contra Iraq es una guerra por el petróleo, cuyo solo control
puede garantizar a EE.UU. el mantenimiento de su hegemonía
económica frente a sus futuros rivales (RFA, Japón,
etc.).
Es una guerra por la hegemonía
mundial. Pero sus consecuencias serán contradictorias.
A corto plazo, los logros petroleros norteamericanos frenarán
el ocaso de este país, pero transformarán su hegemonía
en dominación. Su poderío ya no estará, entonces,
ligado a su capacidad de producción, sino a su dominación
sobre una fuente de materias primas. Es el tránsito de
una economía capitalista a una economía de tipo
rentista.
Además del hecho de
que este tránsito necesitará del mantenimiento de
la fuerza militar (es decir, la militarización), generará
violentas contradicciones con los rivales económicos de
EE.UU. (RFA, Japón, la CEE, etc.) y contribuirá
a debilitar las posibilidades de autoreproducción del propio
sistema norteamericano.
A medio plazo, la guerra del
Golfo va a transformar la hegemonía norteamericana en dominación
(sobre el mundo árabe, y también sobre los demás
polos) y podría hacer necesaria una perestroika norteamericana,
como ha ocurrido en la URSS.
Hafed Sezom
(Profesor de Geografía
Económica y Humana en la Facultad de Ciencias Sociales
y Humanas de Túnez)
Entre los conferenciantes y el conjunto de los demás
participantes en nuestro seminario hay consenso
sobre el hecho de que la guerra del Golfo aspira a extender y
reforzar la hegemonía de Estados Unidos y Occidente sobre
Oriente Próximo y el mundo árabe, así como
a garantizar el abastecimiento del mundo occidental en materias
primas producidas por los países árabes (en especial,
el petróleo), a precios que los Estados occidentales consideran
aceptables y "razonables". Pero nuestras interpretaciones
divergen un poco sobre las posibilidades de estabilidad de la
situación creada por esta guerra. Todos nos preguntamos
si, de uno u otro modo, la totalidad de los países árabes
ya se trate de los países que se han alineado detrás
de la bandera de los coaligados, o de los que han apoyado a Iraq
y denunciado la codicia de los coaligados por el petróleo
árabe va a aceptar tratar con Occidente, integrarse en
el circuito económico occidental, someterse a la autoridad
del "centro" occidental y, por consiguiente, colocarse
en la "periferia" del mundo occidental.
Es verdad que la situación de los países
árabes, después de la victoria de los ejércitos
coaligados, no es de las más prometedoras en el próximo
futuro y que vamos a atravesar un periodo en que Occidente va
a imponer su voluntad y su política en detrimento de los
intereses inmediatos y a largo plazo de los pueblos árabes.
Con todo, seria presuntuoso e irrealista, por parte de Occidente,
creer que la situación mundial, a la vez vieja y nueva,
permanecerá mucho tiempo sin cambiar. E1 mundo árabe,
ya se trate del Machreq o del Magreb, abunda en contradicciones,
pero ningún árabe que tenga fe en el porvenir árabe
está dispuesto a aceptar la hegemonía de Occidente,
y especialmente de Estados Unidos, sobre las riquezas árabes.
Por eso, el actual estado de shock sólo puede ser provisional
y pasajero.
Sin embargo, hay que establecer distinciones entre
los países árabes, pues la situación difiere
de uno a otro. En efecto, un primer grupo de países está
constituido por los que tienen importantes reservas petroleras,
como los Estados del Golfo, Iraq y Libia. Es este grupo el que,
principalmente, ha suscitado la codicia de Occidente, que procura
controlar tanto las fuentes como los precios del petróleo.
A su vez, este grupo se subdivide en dos conjuntos. Por una parte,
están los pequeños países petroleros del
Golfo, tales como Kuwait, los Emiratos Arabes Unidos, Qatar y
Bahrein, cuya población autóctona es muy poco numerosa,
y que han estado obligados a recurrir a mano de obra extranjera
para poder dedicar una parte de sus ingresos a la construcción
de ciudades, autopistas, fábricas y otros equipos e infraestructuras.
Dado su escaso peso demográfico, que les obliga a depender
casi totalmente de los trabajadores inmigrantes (el 90 por ciento
de la mano de obra en los Emiratos Arabes Unidos), estos países
son incapaces de garantizar su defensa y, desde hace mucho tiempo,
han establecido alianzas con países occidentales, tales
como Gran Bretaña y EE.UU. Después de la guerra
del Golfo, estos países se han convencido más que
nunca de que la protección de Occidente les es necesaria
y que su alianza con los países occidentales es, a la vez,
lógica e irreversible. Aunque Arabia Saudi disponga de
un vasto territorio y de una población bastante importante
que no se cuenta por centenares de miles de habitantes, como sucede
con los cuatro Estados que acabamos de mencionar, sino por millones
(más de 10 millones), también se ha evidenciado,
con motivo de la crisis del Golfo, que el reino saudí no
tiene ninguna confianza en sus propias fuerzas, lo que lo incitó,
pocos días después de la invasión de Kuwait
por Iraq, a recurrir a las fuerzas norteamericanas y occidentales.
E1 único país árabe que demostró
claramente que estaba dispuesto a oponerse al dominio de Occidente
sobre el petróleo árabe es Iraq. En efecto, dispone
de inmensos recursos petroleros y de una población numerosa
(17 millones de habitantes), además de que se preparó
para tal resistencia, desde los puntos de vista militar, tecnológico
y político, y esperaba encontrar ayuda y apoyo entre los
demás países y pueblos árabes. En cuanto
al comportamiento de Libia, defraudó todas las esperanzas,
pues, en su enfrentamiento con Occidente, no superó la
fase del insulto y de las intermitentes e inútiles escaramuzas
en el Chad, mientras que, durante la última crisis, mantuvo
una posición de neutralidad por temor a ver destruidos
su potencial militar, sus fábricas y su infraestructura.
De este modo, la actual crisis ha demostrado que todos los fondos
libios congelados en la compra de armamento, cohetes y aviones
han sido gastados para nada. También es evidente que las
secuelas de la crisis ya sea en Iraq, en Libia o en Arabia Saudi
no serán fáciles de superar. La guerra ha estremecido
a la sociedad iraqui en todas sus partes componentes y, sin duda,
la situación no podrá estabilizarse, ni tampoco
instaurarse un equilibrio duradero, a la sombra del nuevo orden
regional impuesto en Oriente Próximo bajo la tutela de
Estados Unidos.
A pesar de los antagonismos y de los rencores sembrados
por ocho años de guerra, Iraq e Irán tienen un interés
común en la explotación de los recursos petroleros
en beneficio de sus economías y de sus pueblos. Pues ambos
poseen considerables reservas, que representan el 20 por ciento
de las reservas mundiales, y a ambos les interesa obtener precios
elevados para sus exportaciones petroleras. Todo eso volverá
a crear, a corto plazo, las condiciones de una situación
de crisis en Oriente Próximo, entre los Estados petroleros
que se esfuerzan por subir los precios del petróleo (tales
como Iraq, Irán y Argelia) y los Estados del Golfo (Arabia
Saudi inclusive), sometidos a la coalición occidental,
que van a tratar de mantener los precios a un nivel "razonable"
para preservar el equilibrio y la expansión de la economía
mundial, es decir, servir los intereses de Occidente.
Por lo que se refiere a los otros países árabes
no-petroleros (o que sólo poseen reducidas reservas), también
ellos parecen hoy divididos en dos grupos: el primero comprende
a Egipto y Siria, que se
unieron a la coalición
occidental y participaron en la guerra, y que se preparan para
cosechar los frutos de su contribución a la victoria de
los coaligados contra Iraq. E1 segundo grupo está compuesto
por los demás países árabes, que se mantuvieron
en una posición de neutralidad y, sin dejar de oponerse
a la anexión de Kuwait por Iraq, denunciaron esta guerra
que, con el pretexto de liberar Kuwait, no buscaba más
que la destrucción de la fuerza iraquí y la defensa
de la codicia occidental por el petróleo árabe.
Se trata de Jordania, Yemen, Sudán y los países
del Magreb árabe.
Cualesquiera que sean sus posiciones divergentes
sobre el conflicto del Golfo, todos los países no-petroleros
se encuentran enfrentados a una gran crisis económica,
social y política y sufren un déficit alimentario
cada vez más alarmante, además de su acrecentada
dependencia con respecto a los mercados exteriores, la fragilidad
de sus industrias tributarias de los mercados occidentales, la
agravación de los problemas del paro, de la miseria social,
del analfabetismo, de la desnutrición, de la situación
sanitaria, por más apreciables que hayan sido los esfuerzos
realizados en este sentido en el transcurso de las últimas
décadas. En otras palabras, estos países sufren
los mismos males y se enfrentan a los mismos desafíos.
Aunque hayan adoptado posiciones diferentes en esta guerra, estos
países siguen estando, a nivel económico, en situación
de dependencia con respecto a Occidente. Habida cuenta de su escasa
capacidad de inversión, no tienen ninguna solución
alternativa que les permita seguir una política de independencia
con respecto a Occidente. En las actuales circunstancias, no tienen
más remedio que seguir tratando con Occidente. Pero esta
dependencia no ha hecho más que agravar la crisis de estos
países, pues no ha creado actividades directamente productivas
y generadoras de empleo, capaces de sentar las bases de una economía
sólida y equilibrada. Por eso, todos estos países
sufren inextricables dificultades económicas, entre las
cuales figura, en primer lugar, una urgente necesidad de inversiones
para crear riqueza y empleo, inversiones que no pueden encontrar
a nivel local. Como siempre ocurre, no todas las categorías
sociales sufren en las mismas proporciones las consecuencias de
esta situación. En efecto, al lado de una minoría
de privilegiados, el conjunto de clases populares viven, tanto
en las zonas rurales como en las ciudades, en condiciones tan
deplorables que están dispuestas a lanzarse a cualquier
aventura para intentar cambiar la situación en su favor.
Naturalmente, estos problemas económicos y
estos antagonismos sociales no pueden sino contribuir a la aparición
de conflictos políticos multiformes, que amenazan con estallar
en todos los países árabes pertenecientes a este
grupo, en forma de luchas sindicales o de divisiones interétnicas
o confesionales. Todo esto demuestra que la situación del
mundo árabe es inestable y poco tranquilizadora. Mientras
la situación social siga siendo tan mala y las perspectivas
tan cerradas, esta región se parecerá a un volcán,
unas veces dormido, otras veces en actividad, que se calma durante
breves intervalos sólo para explotar de nuevo, bajo el
efecto de las contradicciones y de los problemas persistentes.
Contrariamente, pues, a lo que algunos creen, Estados
Unidos y Occidente nunca conseguirán imponer su dominación
sobre el conjunto del mundo árabe, ni gozar de toda la
seguridad y estabilidad necesarias para la explotación
de las riquezas naturales árabes al servicio de sus solos
intereses.
Por otro lado, las contradicciones y las múltiples
rivalidades que agitan al mundo occidental, entre ellas, especialmente,
las ambiciones que abrigan la Alemania unificada y Japón
de sacar provecho de las riquezas disponibles en proporción
a su fuerza y a sus necesidades, no dejarán de debilitar
la coalición
norteamericana y de socavarla parcial o totalmente. Del mismo
modo, las rápidas mutaciones que experimentan Europa Oriental
y la Unión Soviética generarán situaciones
inestables, que no pueden sino influir en el equilibrio internacional
y en el mundo occidental, y socavar el nuevo/viejo orden mundial.
La situación en los países del Tercer
Mundo en América Latina, en África y en Asia seguirá
siendo inestable. Todo esto demuestra que la "pax americana"
es frágil y no puede durar.
Por eso, aunque los países árabes no
tengan solución de recambio para librarse fácilmente
de la dependencia con respecto a Occidente, ni posibilidades concretas
y prácticas para modificar sus relaciones con los países
occidentales en beneficio de sus economías y de sus pueblos,
no será fácil para Occidente imponerles su orden,
y la situación no alcanzará la estabilidad deseada
por los occidentales, y por los norteamericanos en especial.
La prospección y la explotación de
los recursos petroleros en el Golfo Arábigo, en Libia y
en otras partes, presentan una valiosa oportunidad histórica
para desarrollar el mundo árabe y edificar una economía
moderna y productiva, para la época actual y para la del
pospetróleo. Si los árabes aprovechan esta oportunidad,
el petróleo será un beneficio para sus pueblos.
Pero si persisten la ocupación occidental y la hegemonía
de Estados Unidos y Occidente sobre las riquezas petroleras árabes
y el desvío de los ingresos petroleros hacia el financiamiento
de guerras tan devastadoras para los países árabes
como beneficiosas para Occidente, entonces el petróleo
se convertirá en una maldición para los árabes:
se habrá perdido esta valiosa oportunidad y los árabes
habrán dejado escapar su "cita con la historia".
Se puede considerar que este importante desafío,
al que se encuentran enfrentados todos los árabes, será
uno de los motores esenciales del rechazo total que, tarde o temprano,
opondrán al nuevo orden regional norteamericano en Oriente
Próximo, en especial, y en el conjunto del mundo árabe,
en general.
Ahmed Abdelkefi
(Tunecino. Economista y futuro hombre de negocios)
Yo quisiera expresar una inquietud: tengo la impresión
de que nos estamos concentrando en los factores externos, sin
ahondar en las cuestiones de orden interno. Desde luego, existen
factores exógenos, pero, al mismo tiempo, hay factores
endógenos. Europa y Occidente viven conflictos internos,
y, sin embargo, evolucionan.
El problema es un problema de decisión: cómo
deben tomarse las decisiones. El deber de autocrítica nos
induce desgraciadamente a reconocer que, desde la independencia,
la situación ha defraudado todas nuestras esperanzas, sobre
todo en un país como Argelia. En efecto, Argelia importa
los productos alimenticios que necesita. ¿Era muy diferente
la situación de Iraq, incluso ya antes de la guerra contra
Irán?
La comunidad árabe es rica en recursos materiales
y humanos. Le falta una buena gestión. Todo el problema
está en la mala gestión, en el monopolio del poder
de decisión, en la falta de concertación y de sentido
de la responsabilidad.
No hay ni un solo país árabe donde
haya aunque sólo fuese un embrión de democracia. Ni uno
que se haya adaptado a las circunstancias y a la evolución
de la situación.
Es necesario hacer hincapié en las cuestiones
económicas, políticas y otras.
Abdelkader Zgal
Los economistas utilizan a menudo la noción
de interés como si esta noción plasmara una idea
de la realidad y valores que serian idénticos en todas
las circunstancias y en todas las culturas. Incluso a nivel estrictamente
económico, lo que define el valor de los objetos es el
imaginario cultural. Cada grupo social tiene su propia representación
cultural, la de sus intereses económicos y la de los intereses
de su nación. Uno no debe mencionar la noción de
interés sin precisar el grupo social que imagina el carácter
de este interés.
Se tiene la impresión de que, en los sistemas
políticos democráticos, la política está
al servicio de la economía, del interés económico,
tal y como es imaginado y democráticamente discutido en
las instancias representativas. En los sistemas autoritarios o
totalitarios, lo económico siempre está sometido
al interés político del sistema, o, más exactamente,
al de la minoría que controla los aparatos del Estado.
En estos regímenes, las decisiones económicas son,
ante todo, decisiones políticas, que están al servicio
de la conservación y de la reproducción del sistema
político.
Abdel-Yelil Bedui
En este debate he tomado nota de una idea referida
a las prioridades de la dominación imperialista.
Estados Unidos se habría regenerado como potencia
hegemónica gracias a la reestructuración y a la
dinamización de su economía, que sufría recesión
en vísperas de la guerra, mientras que Japón y la
Alemania reunificada aparecen como verdaderas superpotencias a
escala mundial, pero sin los instrumentos militares que les permitan
dar forma y expresión a su ascenso.
He aquí, en sustancia, mi pregunta: ¿veremos,
en el futuro próximo, la aparición de un particular
tipo de imperialismo, que no seria necesariamente económico,
y al que haría pareja un particular tipo de dependencia,
que no seria necesariamente política?
Dalal al-Bizri
Mi pregunta, que se refiere a la guerra, puede no
tener relación directa con la economía, en el sentido
estricto del término. Me parece que, durante los últimos
meses, han tenido lugar varios cambios en el mundo árabe:
¿Puede decirse que la era de los subsidios petroleros
distribuidos a discreción, y que han hecho abortar los
conflictos sociales, está a punto de acabarse?
Por lo tanto, ¿cómo podrá el conjunto
de las sociedades árabes hacer frente al nuevo orden económico
mundial, o coexistir con él?
También hay otra pregunta, relativa a la dimensión
mundial de la economía; ha sido sugerida por la intervención
del Dr. Bedui, que muy bien ha distinguido la decadencia de la
economía norteamericana (frente al ascenso de las economías
japonesa y alemana) de la voluntad de Estados Unidos de dominar
el planeta.
La pregunta, en realidad, es saber si no tenemos
que entendérnoslas con un "imperialismo" de nuevo
tipo, basado únicamente en un poder militar institucional-politico,
al cual correspondería una "dependencia" que
no tendría más poder que su potencial económico,
destinado a desarrollarse y prosperar crecientemente.
Baquir al-Nayyar
(Profesor de Sociología en la Universidad
de Bahrein)
Las dos conferencias han abordado una cuestión,
de la que últimamente se han hecho eco las noticias: más
exactamente, se trata de las divergencias dentro del campo de
los coaligados occidentales, entre, por una parte, la Comunidad
Europea, encabezada por Francia y Alemania, y, por la otra, Estados
Unidos. Como ustedes saben, supongo, Estados Unidos de América
ha hecho saber, más de una vez, los recelos que le inspiraba
la independencia de Europa y la fuerza en que ésta se convertiría
después de 1992. Por eso, la manera en que Estados Unidos
se ha esforzado, y todavía se esfuerza, por resolver el
conflicto en la región del Golfo Árabe le permitirá,
en gran medida, controlar la producción petrolera y, al
mismo tiempo, los precios del petróleo; lo que le dará
una mayor influencia sobre los países occidentales e industrializados,Japón inclusive, el cual depende cada vez más del
petróleo del Golfo (hasta un 70 por ciento). En otras palabras,
Estados Unidos, para precaverse de la decadencia que lo amenaza,
procede, a través de esta acción, a un reordenamiento
de las regiones estratégicas, en Europa y en Oriente Próximo,
con objeto de garantizar el mantenimiento de su hegemonía
en estas regiones.
Además, la capacidad de Japón y de
Alemania para competir con Estados Unidos y oponerse con fuerza
al poderío norteamericano depende, en primer lugar, de
la debilidad, del agotamiento, que, poco a poco, se vayan apoderando
de Estados Unidos en lo económico y en lo militar, o, por
lo menos, en lo económico. Esta debilidad favorecería,
como dijo la Dra. Dalal al-Bizri, la aparición de grandes
potencias con influencia decisiva, gracias a su peso económico,
pero desprovistas de fuerza militar.
Chadli Ayari
E1 problema de las contradicciones internas de la
nueva alianza es un problema que sigue abierto. Personalmente,
me parece que existen algunos postulados que los países
occidentales comparten.
Por eso, aunque hay problemas internos, hay soluciones
a esos problemas, por más complejos que sean. Entre estos
países hay una solidaridad que no es tanto económica
como cultural. Sin dejar de respetar lo que se ha dicho a este
respecto, yo no creo, por haber analizado la coyuntura económica
de EE.UU., que la economía norteamericana esté en
periodo de recesión. E1 poderío económico
norteamericano sigue intacto. Estados Unidos ha proseguido su
funcionamiento económico y su desarrollo sin grandes consecuencias.
Y ni Alemania ni Japón saldrán del regazo norteamericano.
Al observar lo que pasa en un Occidente expuesto
a contradicciones, uno se da cuenta de que ese Occidente consigue
encontrar soluciones a sus problemas, y de que no se puede contar
con sus contradicciones internas para resolver los problemas árabes.
Israel se halla en el centro de las alianzas y dispone
de mil medios para golpear a los Estados árabes. En la
época de la superabundancia de capitales, boicoteábamos
a Israel, pero éste pudo utilizar varias vías de
acceso a los árabes por intermedio de EE.UU. y también
a través de la asistencia técnica. Israel tendrá
un importante papel que desempeñar, y se va a hacer la
vista gorda sobre ello. Todo el problema es, simplemente, saber
en manos de quién está la decisión política.
Las alianzas se hacen entre regímenes en el
poder, y no entre los pueblos y los capitales occidentales.
En los próximos años, el mundo será
bipolar: un polo gravitando en torno al Pacífico (con Estados
Unidos a la cabeza, Japón, Canadá, China, India
y América Latina) y un polo europeo.
Las contradicciones a nivel del sistema capitalista
existen, desde luego, pero no dislocarán al campo capitalista
ni reducirán su capacidad de negociación a escala
internacional, como lo demuestra la historia reciente.
Abdel-Yelil Bedui
Es verdad que existe una controversia entre los economistas
respecto a la situación y el poderío de la economía
norteamericana; pero las divergencias no se refieren a la regresión
histórica de esta potencia sobre lo cual hay unanimidad
entre los especialistas, sino a la amplitud, la proporción
y el carácter de esta regresión.
Las disparidades entre las diferentes evaluaciones
se explican, esencialmente, por la diversidad de los indicadores
elegidos por unos y otros para el análisis de la evolución
de la economía norteamericana. Además, la ausencia
de un verdadero método de análisis y la importancia
dada a indicadores puramente cuantitativos muy a menudo hacen
estéril el debate en este campo.
Por mi parte, me he basado a nivel metodológico
en el estudio de la evolución y de los movimientos de capital
en Estados Unidos y en la identificación de las grandes
mutaciones cualitativas que permiten estimar el grado de agudeza
de esas mutaciones. A partir de ahí, he destacado los cambios
que afectan la estructura del capital, el papel cada vez más
importante que desempeña el capital monopolista improductivo
(debido a las mutaciones sectoriales), y el lugar cada vez grande
que ocupa el sector de los servicios. También he destacado
la disminución cuantitativa de las patentes de invención
de origen norteamericano, lo cual indica una disminución
del movimiento de investigación y de invención y
una clara decadencia del desarrollo de las fuerzas productivas.
Del mismo modo, la falta de flexibilidad de las empresas
norteamericanas debida al carácter de las relaciones socioprofesionales,
que no permite participar activamente a la fuerza de trabajo en
la dinámica de la producción ha impedido que estas
empresas enfrenten de modo más eficaz las numerosas mutaciones
que afectan a un orden económico que tiende, cada vez más,
a la internacionalización. Todo esto explica que, dentro
de Estados Unidos, el capital haya experimentado una expansión
cuantitativa y no cualitativa, y que no haya podido, en otros
términos, realizar un importante desarrollo de las fuerzas
productivas, de manera que el crecimiento de la productividad
ha sido muy bajo durante los últimos veinticinco años.
Todos estos indicios, de orden cualitativo, sobre
la evolución de la economía norteamericana, que
demuestran que se trata de una economía en decadencia,
son inexistentes en los casos de las economías en plena
expansión, las de Japón o Alemania, por ejemplo.
Semejante situación no puede sino generar antagonismos
entre estas diferentes economías. Ese es un elemento que
no podemos ignorar, por lo que se refiere a los conflictos a prever
en torno al nuevo orden económico mundial que se va a instaurar.
Estos conflictos exigen una reactivación del
papel de los países no-alineados, de los cuales los de
la Unión del Magreb Árabe, en cooperación
con otros países árabes, podrían actuar eficazmente
para impedir el establecimiento de un orden mundial norteamericano
que desconoce los intereses específicos
de los países del Tercer Mundo. Sabemos que la instauración
de un nuevo orden internacional, especialmente en el ámbito
económico, requerirá tiempo y será seguido
por muchas luchas, pues no hay que olvidar que la economía
mundial todavía atraviesa un periodo de crisis, cuya salida
aún no se puede vislumbrar, sobre todo en lo que concierne
a la nueva división internacional del trabajo.
Todo orden internacional regional que se limite a
los aspectos político y de seguridad no podrá mantenerse,
pues no estará edificado sobre una clara base material,
en el marco de una división internacional del trabajo que
refleje las alianzas de clases internas y las relaciones regionales
e internacionales que se establecerán.
Por eso estoy convencido que el actual periodo es
un periodo de lucha abierta, que exige de todos la instauración
de una relación de fuerzas capaz de garantizar el respeto
de los intereses específicos de los países árabes
a través de una revisión de los mecanismos que rigen
las actuales relaciones económicas internacionales. Esto
requiere un mayor impulso en la edificación del Magreb
árabe, así como una coordinación de nuestros
esfuerzos con las fuerzas del Tercer Mundo que aspiran al progreso
y al desarrollo económico y socia