DEBATE

Ali al-Kinz

Una de las cuestiones centrales que atraviesa las dos conferencias está ligada a la relación de la guerra con la economía.

Por supuesto, la violencia ha acompañado siempre al desarrollo económico cuando éste estaba organizado sobre relaciones de dominación y de explotación (luchas de clases o luchas entre naciones). Pero la guerra sólo es un medio de la economía, nunca su fin.

La guerra de Estados Unidos contra Iraq es una guerra por el petróleo, cuyo solo control puede garantizar a EE.UU. el mantenimiento de su hegemonía económica frente a sus futuros rivales (RFA, Japón, etc.).

Es una guerra por la hegemonía mundial. Pero sus consecuencias serán contradictorias. A corto plazo, los logros petroleros norteamericanos frenarán el ocaso de este país, pero transformarán su hegemonía en dominación. Su poderío ya no estará, entonces, ligado a su capacidad de producción, sino a su dominación sobre una fuente de materias primas. Es el tránsito de una economía capitalista a una economía de tipo rentista.

Además del hecho de que este tránsito necesitará del mantenimiento de la fuerza militar (es decir, la militarización), generará violentas contradicciones con los rivales económicos de EE.UU. (RFA, Japón, la CEE, etc.) y contribuirá a debilitar las posibilidades de autoreproducción del propio sistema norteamericano.

A medio plazo, la guerra del Golfo va a transformar la hegemonía norteamericana en dominación (sobre el mundo árabe, y también sobre los demás polos) y podría hacer necesaria una perestroika norteamericana, como ha ocurrido en la URSS.

Hafed Sezom

(Profesor de Geografía Económica y Humana en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de Túnez)

Entre los conferenciantes y el conjunto de los demás participantes en nuestro seminario hay consenso sobre el hecho de que la guerra del Golfo aspira a extender y reforzar la hegemonía de Estados Unidos y Occidente sobre Oriente Próximo y el mundo árabe, así como a garantizar el abastecimiento del mundo occidental en materias primas producidas por los países árabes (en especial, el petróleo), a precios que los Estados occidentales consideran aceptables y "razonables". Pero nuestras interpretaciones divergen un poco sobre las posibilidades de estabilidad de la situación creada por esta guerra. Todos nos preguntamos si, de uno u otro modo, la totalidad de los países árabes ya se trate de los países que se han alineado detrás de la bandera de los coaligados, o de los que han apoyado a Iraq y denunciado la codicia de los coaligados por el petróleo árabe va a aceptar tratar con Occidente, integrarse en el circuito económico occidental, someterse a la autoridad del "centro" occidental y, por consiguiente, colocarse en la "periferia" del mundo occidental.

Es verdad que la situación de los países árabes, después de la victoria de los ejércitos coaligados, no es de las más prometedoras en el próximo futuro y que vamos a atravesar un periodo en que Occidente va a imponer su voluntad y su política en detrimento de los intereses inmediatos y a largo plazo de los pueblos árabes. Con todo, seria presuntuoso e irrealista, por parte de Occidente, creer que la situación mundial, a la vez vieja y nueva, permanecerá mucho tiempo sin cambiar. E1 mundo árabe, ya se trate del Machreq o del Magreb, abunda en contradicciones, pero ningún árabe que tenga fe en el porvenir árabe está dispuesto a aceptar la hegemonía de Occidente, y especialmente de Estados Unidos, sobre las riquezas árabes. Por eso, el actual estado de shock sólo puede ser provisional y pasajero.

Sin embargo, hay que establecer distinciones entre los países árabes, pues la situación difiere de uno a otro. En efecto, un primer grupo de países está constituido por los que tienen importantes reservas petroleras, como los Estados del Golfo, Iraq y Libia. Es este grupo el que, principalmente, ha suscitado la codicia de Occidente, que procura controlar tanto las fuentes como los precios del petróleo. A su vez, este grupo se subdivide en dos conjuntos. Por una parte, están los pequeños países petroleros del Golfo, tales como Kuwait, los Emiratos Arabes Unidos, Qatar y Bahrein, cuya población autóctona es muy poco numerosa, y que han estado obligados a recurrir a mano de obra extranjera para poder dedicar una parte de sus ingresos a la construcción de ciudades, autopistas, fábricas y otros equipos e infraestructuras. Dado su escaso peso demográfico, que les obliga a depender casi totalmente de los trabajadores inmigrantes (el 90 por ciento de la mano de obra en los Emiratos Arabes Unidos), estos países son incapaces de garantizar su defensa y, desde hace mucho tiempo, han establecido alianzas con países occidentales, tales como Gran Bretaña y EE.UU. Después de la guerra del Golfo, estos países se han convencido más que nunca de que la protección de Occidente les es necesaria y que su alianza con los países occidentales es, a la vez, lógica e irreversible. Aunque Arabia Saudi disponga de un vasto territorio y de una población bastante importante que no se cuenta por centenares de miles de habitantes, como sucede con los cuatro Estados que acabamos de mencionar, sino por millones (más de 10 millones), también se ha evidenciado, con motivo de la crisis del Golfo, que el reino saudí no tiene ninguna confianza en sus propias fuerzas, lo que lo incitó, pocos días después de la invasión de Kuwait por Iraq, a recurrir a las fuerzas norteamericanas y occidentales.

E1 único país árabe que demostró claramente que estaba dispuesto a oponerse al dominio de Occidente sobre el petróleo árabe es Iraq. En efecto, dispone de inmensos recursos petroleros y de una población numerosa (17 millones de habitantes), además de que se preparó para tal resistencia, desde los puntos de vista militar, tecnológico y político, y esperaba encontrar ayuda y apoyo entre los demás países y pueblos árabes. En cuanto al comportamiento de Libia, defraudó todas las esperanzas, pues, en su enfrentamiento con Occidente, no superó la fase del insulto y de las intermitentes e inútiles escaramuzas en el Chad, mientras que, durante la última crisis, mantuvo una posición de neutralidad por temor a ver destruidos su potencial militar, sus fábricas y su infraestructura. De este modo, la actual crisis ha demostrado que todos los fondos libios congelados en la compra de armamento, cohetes y aviones han sido gastados para nada. También es evidente que las secuelas de la crisis ya sea en Iraq, en Libia o en Arabia Saudi no serán fáciles de superar. La guerra ha estremecido a la sociedad iraqui en todas sus partes componentes y, sin duda, la situación no podrá estabilizarse, ni tampoco instaurarse un equilibrio duradero, a la sombra del nuevo orden regional impuesto en Oriente Próximo bajo la tutela de Estados Unidos.

A pesar de los antagonismos y de los rencores sembrados por ocho años de guerra, Iraq e Irán tienen un interés común en la explotación de los recursos petroleros en beneficio de sus economías y de sus pueblos. Pues ambos poseen considerables reservas, que representan el 20 por ciento de las reservas mundiales, y a ambos les interesa obtener precios elevados para sus exportaciones petroleras. Todo eso volverá a crear, a corto plazo, las condiciones de una situación de crisis en Oriente Próximo, entre los Estados petroleros que se esfuerzan por subir los precios del petróleo (tales como Iraq, Irán y Argelia) y los Estados del Golfo (Arabia Saudi inclusive), sometidos a la coalición occidental, que van a tratar de mantener los precios a un nivel "razonable" para preservar el equilibrio y la expansión de la economía mundial, es decir, servir los intereses de Occidente.

Por lo que se refiere a los otros países árabes no-petroleros (o que sólo poseen reducidas reservas), también ellos parecen hoy divididos en dos grupos: el primero comprende a Egipto y Siria, que se unieron a la coalición occidental y participaron en la guerra, y que se preparan para cosechar los frutos de su contribución a la victoria de los coaligados contra Iraq. E1 segundo grupo está compuesto por los demás países árabes, que se mantuvieron en una posición de neutralidad y, sin dejar de oponerse a la anexión de Kuwait por Iraq, denunciaron esta guerra que, con el pretexto de liberar Kuwait, no buscaba más que la destrucción de la fuerza iraquí y la defensa de la codicia occidental por el petróleo árabe. Se trata de Jordania, Yemen, Sudán y los países del Magreb árabe.

Cualesquiera que sean sus posiciones divergentes sobre el conflicto del Golfo, todos los países no-petroleros se encuentran enfrentados a una gran crisis económica, social y política y sufren un déficit alimentario cada vez más alarmante, además de su acrecentada dependencia con respecto a los mercados exteriores, la fragilidad de sus industrias tributarias de los mercados occidentales, la agravación de los problemas del paro, de la miseria social, del analfabetismo, de la desnutrición, de la situación sanitaria, por más apreciables que hayan sido los esfuerzos realizados en este sentido en el transcurso de las últimas décadas. En otras palabras, estos países sufren los mismos males y se enfrentan a los mismos desafíos. Aunque hayan adoptado posiciones diferentes en esta guerra, estos países siguen estando, a nivel económico, en situación de dependencia con respecto a Occidente. Habida cuenta de su escasa capacidad de inversión, no tienen ninguna solución alternativa que les permita seguir una política de independencia con respecto a Occidente. En las actuales circunstancias, no tienen más remedio que seguir tratando con Occidente. Pero esta dependencia no ha hecho más que agravar la crisis de estos países, pues no ha creado actividades directamente productivas y generadoras de empleo, capaces de sentar las bases de una economía sólida y equilibrada. Por eso, todos estos países sufren inextricables dificultades económicas, entre las cuales figura, en primer lugar, una urgente necesidad de inversiones para crear riqueza y empleo, inversiones que no pueden encontrar a nivel local. Como siempre ocurre, no todas las categorías sociales sufren en las mismas proporciones las consecuencias de esta situación. En efecto, al lado de una minoría de privilegiados, el conjunto de clases populares viven, tanto en las zonas rurales como en las ciudades, en condiciones tan deplorables que están dispuestas a lanzarse a cualquier aventura para intentar cambiar la situación en su favor.

Naturalmente, estos problemas económicos y estos antagonismos sociales no pueden sino contribuir a la aparición de conflictos políticos multiformes, que amenazan con estallar en todos los países árabes pertenecientes a este grupo, en forma de luchas sindicales o de divisiones interétnicas o confesionales. Todo esto demuestra que la situación del mundo árabe es inestable y poco tranquilizadora. Mientras la situación social siga siendo tan mala y las perspectivas tan cerradas, esta región se parecerá a un volcán, unas veces dormido, otras veces en actividad, que se calma durante breves intervalos sólo para explotar de nuevo, bajo el efecto de las contradicciones y de los problemas persistentes.

Contrariamente, pues, a lo que algunos creen, Estados Unidos y Occidente nunca conseguirán imponer su dominación sobre el conjunto del mundo árabe, ni gozar de toda la seguridad y estabilidad necesarias para la explotación de las riquezas naturales árabes al servicio de sus solos intereses.

Por otro lado, las contradicciones y las múltiples rivalidades que agitan al mundo occidental, entre ellas, especialmente, las ambiciones que abrigan la Alemania unificada y Japón de sacar provecho de las riquezas disponibles en proporción a su fuerza y a sus necesidades, no dejarán de debilitar la coalición norteamericana y de socavarla parcial o totalmente. Del mismo modo, las rápidas mutaciones que experimentan Europa Oriental y la Unión Soviética generarán situaciones inestables, que no pueden sino influir en el equilibrio internacional y en el mundo occidental, y socavar el nuevo/viejo orden mundial.

La situación en los países del Tercer Mundo en América Latina, en África y en Asia seguirá siendo inestable. Todo esto demuestra que la "pax americana" es frágil y no puede durar.

Por eso, aunque los países árabes no tengan solución de recambio para librarse fácilmente de la dependencia con respecto a Occidente, ni posibilidades concretas y prácticas para modificar sus relaciones con los países occidentales en beneficio de sus economías y de sus pueblos, no será fácil para Occidente imponerles su orden, y la situación no alcanzará la estabilidad deseada por los occidentales, y por los norteamericanos en especial.

La prospección y la explotación de los recursos petroleros en el Golfo Arábigo, en Libia y en otras partes, presentan una valiosa oportunidad histórica para desarrollar el mundo árabe y edificar una economía moderna y productiva, para la época actual y para la del pospetróleo. Si los árabes aprovechan esta oportunidad, el petróleo será un beneficio para sus pueblos. Pero si persisten la ocupación occidental y la hegemonía de Estados Unidos y Occidente sobre las riquezas petroleras árabes y el desvío de los ingresos petroleros hacia el financiamiento de guerras tan devastadoras para los países árabes como beneficiosas para Occidente, entonces el petróleo se convertirá en una maldición para los árabes: se habrá perdido esta valiosa oportunidad y los árabes habrán dejado escapar su "cita con la historia".

Se puede considerar que este importante desafío, al que se encuentran enfrentados todos los árabes, será uno de los motores esenciales del rechazo total que, tarde o temprano, opondrán al nuevo orden regional norteamericano en Oriente Próximo, en especial, y en el conjunto del mundo árabe, en general.

Ahmed Abdelkefi

(Tunecino. Economista y futuro hombre de negocios)

Yo quisiera expresar una inquietud: tengo la impresión de que nos estamos concentrando en los factores externos, sin ahondar en las cuestiones de orden interno. Desde luego, existen factores exógenos, pero, al mismo tiempo, hay factores endógenos. Europa y Occidente viven conflictos internos, y, sin embargo, evolucionan.

El problema es un problema de decisión: cómo deben tomarse las decisiones. El deber de autocrítica nos induce desgraciadamente a reconocer que, desde la independencia, la situación ha defraudado todas nuestras esperanzas, sobre todo en un país como Argelia. En efecto, Argelia importa los productos alimenticios que necesita. ¿Era muy diferente la situación de Iraq, incluso ya antes de la guerra contra Irán?

La comunidad árabe es rica en recursos materiales y humanos. Le falta una buena gestión. Todo el problema está en la mala gestión, en el monopolio del poder de decisión, en la falta de concertación y de sentido de la responsabilidad.

No hay ni un solo país árabe donde haya aunque sólo fuese un embrión de democracia. Ni uno que se haya adaptado a las circunstancias y a la evolución de la situación.

Es necesario hacer hincapié en las cuestiones económicas, políticas y otras.

Abdelkader Zgal


Los economistas utilizan a menudo la noción de interés como si esta noción plasmara una idea de la realidad y valores que serian idénticos en todas las circunstancias y en todas las culturas. Incluso a nivel estrictamente económico, lo que define el valor de los objetos es el imaginario cultural. Cada grupo social tiene su propia representación cultural, la de sus intereses económicos y la de los intereses de su nación. Uno no debe mencionar la noción de interés sin precisar el grupo social que imagina el carácter de este interés.

Se tiene la impresión de que, en los sistemas políticos democráticos, la política está al servicio de la economía, del interés económico, tal y como es imaginado y democráticamente discutido en las instancias representativas. En los sistemas autoritarios o totalitarios, lo económico siempre está sometido al interés político del sistema, o, más exactamente, al de la minoría que controla los aparatos del Estado. En estos regímenes, las decisiones económicas son, ante todo, decisiones políticas, que están al servicio de la conservación y de la reproducción del sistema político.

Abdel-Yelil Bedui


En este debate he tomado nota de una idea referida a las prioridades de la dominación imperialista.

Estados Unidos se habría regenerado como potencia hegemónica gracias a la reestructuración y a la dinamización de su economía, que sufría recesión en vísperas de la guerra, mientras que Japón y la Alemania reunificada aparecen como verdaderas superpotencias a escala mundial, pero sin los instrumentos militares que les permitan dar forma y expresión a su ascenso.

He aquí, en sustancia, mi pregunta: ¿veremos, en el futuro próximo, la aparición de un particular tipo de imperialismo, que no seria necesariamente económico, y al que haría pareja un particular tipo de dependencia, que no seria necesariamente política?

Dalal al-Bizri


Mi pregunta, que se refiere a la guerra, puede no tener relación directa con la economía, en el sentido estricto del término. Me parece que, durante los últimos meses, han tenido lugar varios cambios en el mundo árabe:

  1. Los países productores de petróleo se han endeudado;

  2. Los gastos militares han alcanzado un nivel importante e imprevisto;

  3. Se ha suprimido la ayuda anteriormente proporcionada a varios países árabes.

¿Puede decirse que la era de los subsidios petroleros distribuidos a discreción, y que han hecho abortar los conflictos sociales, está a punto de acabarse?

Por lo tanto, ¿cómo podrá el conjunto de las sociedades árabes hacer frente al nuevo orden económico mundial, o coexistir con él?

También hay otra pregunta, relativa a la dimensión mundial de la economía; ha sido sugerida por la intervención del Dr. Bedui, que muy bien ha distinguido la decadencia de la economía norteamericana (frente al ascenso de las economías japonesa y alemana) de la voluntad de Estados Unidos de dominar el planeta.

La pregunta, en realidad, es saber si no tenemos que entendérnoslas con un "imperialismo" de nuevo tipo, basado únicamente en un poder militar institucional-politico, al cual correspondería una "dependencia" que no tendría más poder que su potencial económico, destinado a desarrollarse y prosperar crecientemente.

Baquir al-Nayyar

(Profesor de Sociología en la Universidad de Bahrein)

Las dos conferencias han abordado una cuestión, de la que últimamente se han hecho eco las noticias: más exactamente, se trata de las divergencias dentro del campo de los coaligados occidentales, entre, por una parte, la Comunidad Europea, encabezada por Francia y Alemania, y, por la otra, Estados Unidos. Como ustedes saben, supongo, Estados Unidos de América ha hecho saber, más de una vez, los recelos que le inspiraba la independencia de Europa y la fuerza en que ésta se convertiría después de 1992. Por eso, la manera en que Estados Unidos se ha esforzado, y todavía se esfuerza, por resolver el conflicto en la región del Golfo Árabe le permitirá, en gran medida, controlar la producción petrolera y, al mismo tiempo, los precios del petróleo; lo que le dará una mayor influencia sobre los países occidentales e industrializados,Japón inclusive, el cual depende cada vez más del petróleo del Golfo (hasta un 70 por ciento). En otras palabras, Estados Unidos, para precaverse de la decadencia que lo amenaza, procede, a través de esta acción, a un reordenamiento de las regiones estratégicas, en Europa y en Oriente Próximo, con objeto de garantizar el mantenimiento de su hegemonía en estas regiones.

Además, la capacidad de Japón y de Alemania para competir con Estados Unidos y oponerse con fuerza al poderío norteamericano depende, en primer lugar, de la debilidad, del agotamiento, que, poco a poco, se vayan apoderando de Estados Unidos en lo económico y en lo militar, o, por lo menos, en lo económico. Esta debilidad favorecería, como dijo la Dra. Dalal al-Bizri, la aparición de grandes potencias con influencia decisiva, gracias a su peso económico, pero desprovistas de fuerza militar.

Chadli Ayari


E1 problema de las contradicciones internas de la nueva alianza es un problema que sigue abierto. Personalmente, me parece que existen algunos postulados que los países occidentales comparten.

Por eso, aunque hay problemas internos, hay soluciones a esos problemas, por más complejos que sean. Entre estos países hay una solidaridad que no es tanto económica como cultural. Sin dejar de respetar lo que se ha dicho a este respecto, yo no creo, por haber analizado la coyuntura económica de EE.UU., que la economía norteamericana esté en periodo de recesión. E1 poderío económico norteamericano sigue intacto. Estados Unidos ha proseguido su funcionamiento económico y su desarrollo sin grandes consecuencias. Y ni Alemania ni Japón saldrán del regazo norteamericano.

Al observar lo que pasa en un Occidente expuesto a contradicciones, uno se da cuenta de que ese Occidente consigue encontrar soluciones a sus problemas, y de que no se puede contar con sus contradicciones internas para resolver los problemas árabes.

Israel se halla en el centro de las alianzas y dispone de mil medios para golpear a los Estados árabes. En la época de la superabundancia de capitales, boicoteábamos a Israel, pero éste pudo utilizar varias vías de acceso a los árabes por intermedio de EE.UU. y también a través de la asistencia técnica. Israel tendrá un importante papel que desempeñar, y se va a hacer la vista gorda sobre ello. Todo el problema es, simplemente, saber en manos de quién está la decisión política.

Las alianzas se hacen entre regímenes en el poder, y no entre los pueblos y los capitales occidentales.

En los próximos años, el mundo será bipolar: un polo gravitando en torno al Pacífico (con Estados Unidos a la cabeza, Japón, Canadá, China, India y América Latina) y un polo europeo.

Las contradicciones a nivel del sistema capitalista existen, desde luego, pero no dislocarán al campo capitalista ni reducirán su capacidad de negociación a escala internacional, como lo demuestra la historia reciente.

Abdel-Yelil Bedui


Es verdad que existe una controversia entre los economistas respecto a la situación y el poderío de la economía norteamericana; pero las divergencias no se refieren a la regresión histórica de esta potencia sobre lo cual hay unanimidad entre los especialistas, sino a la amplitud, la proporción y el carácter de esta regresión.

Las disparidades entre las diferentes evaluaciones se explican, esencialmente, por la diversidad de los indicadores elegidos por unos y otros para el análisis de la evolución de la economía norteamericana. Además, la ausencia de un verdadero método de análisis y la importancia dada a indicadores puramente cuantitativos muy a menudo hacen estéril el debate en este campo.

Por mi parte, me he basado a nivel metodológico en el estudio de la evolución y de los movimientos de capital en Estados Unidos y en la identificación de las grandes mutaciones cualitativas que permiten estimar el grado de agudeza de esas mutaciones. A partir de ahí, he destacado los cambios que afectan la estructura del capital, el papel cada vez más importante que desempeña el capital monopolista improductivo (debido a las mutaciones sectoriales), y el lugar cada vez grande que ocupa el sector de los servicios. También he destacado la disminución cuantitativa de las patentes de invención de origen norteamericano, lo cual indica una disminución del movimiento de investigación y de invención y una clara decadencia del desarrollo de las fuerzas productivas.

Del mismo modo, la falta de flexibilidad de las empresas norteamericanas debida al carácter de las relaciones socioprofesionales, que no permite participar activamente a la fuerza de trabajo en la dinámica de la producción ha impedido que estas empresas enfrenten de modo más eficaz las numerosas mutaciones que afectan a un orden económico que tiende, cada vez más, a la internacionalización. Todo esto explica que, dentro de Estados Unidos, el capital haya experimentado una expansión cuantitativa y no cualitativa, y que no haya podido, en otros términos, realizar un importante desarrollo de las fuerzas productivas, de manera que el crecimiento de la productividad ha sido muy bajo durante los últimos veinticinco años.

Todos estos indicios, de orden cualitativo, sobre la evolución de la economía norteamericana, que demuestran que se trata de una economía en decadencia, son inexistentes en los casos de las economías en plena expansión, las de Japón o Alemania, por ejemplo. Semejante situación no puede sino generar antagonismos entre estas diferentes economías. Ese es un elemento que no podemos ignorar, por lo que se refiere a los conflictos a prever en torno al nuevo orden económico mundial que se va a instaurar.

Estos conflictos exigen una reactivación del papel de los países no-alineados, de los cuales los de la Unión del Magreb Árabe, en cooperación con otros países árabes, podrían actuar eficazmente para impedir el establecimiento de un orden mundial norteamericano que desconoce los intereses específicos de los países del Tercer Mundo. Sabemos que la instauración de un nuevo orden internacional, especialmente en el ámbito económico, requerirá tiempo y será seguido por muchas luchas, pues no hay que olvidar que la economía mundial todavía atraviesa un periodo de crisis, cuya salida aún no se puede vislumbrar, sobre todo en lo que concierne a la nueva división internacional del trabajo.

Todo orden internacional regional que se limite a los aspectos político y de seguridad no podrá mantenerse, pues no estará edificado sobre una clara base material, en el marco de una división internacional del trabajo que refleje las alianzas de clases internas y las relaciones regionales e internacionales que se establecerán.

Por eso estoy convencido que el actual periodo es un periodo de lucha abierta, que exige de todos la instauración de una relación de fuerzas capaz de garantizar el respeto de los intereses específicos de los países árabes a través de una revisión de los mecanismos que rigen las actuales relaciones económicas internacionales. Esto requiere un mayor impulso en la edificación del Magreb árabe, así como una coordinación de nuestros esfuerzos con las fuerzas del Tercer Mundo que aspiran al progreso y al desarrollo económico y socia