El autor de esta líneas ya efectuó, en los años setenta, un estudio analítico de la relación entre los comportamientos económicos y las guerras. En efecto, la economía se articula, en lo esencial, en torno a la lucha siempre renovada del hombre y de las comunidades humanas por la obtención o el control de los recursos.
Esto es lo que explica que, a lo largo de la historia, la problemática de la guerra y de la paz haya estado estrecha y dialécticamente ligada a las circunstancias económicas.
Desde luego, se puede aceptar que las guerras que la humanidad sufrió antes del siglo XVI tenían fundamentos distintos de los económicos (religiosos, culturales o de civilización), pero el enfrentamiento económico siempre tuvo parte en ello, aunque fuese de modo disfrazado y a veces secundario.
El nacimiento y el desarrollo
del capitalismo, a partir del siglo XV, dio al factor económico
un lugar cada vez más importante en los enfrentamientos
militares, pues el capitalismo que es un sistema económico
avanzado exacerbó la competencia y los antagonismos económicos
en el mundo, hasta tal punto que las guerras que desde entonces
sufrió la humanidad son, por regla general, económicas.
Todas las guerras que acompañaron
el periodo del mercantilismo, el nacimiento de las naciones en
Europa, y las conquistas coloniales que primero se dirigieron
hacia el continente americano, descubierto de nuevo, y, después,
hacia Asia y África se sitúan en este marco.
Cuando el capitalismo llegó
a su actual etapa, y se multiplicaron las crisis en el seno de
las grandes potencias económicas, llegaron las guerras
de carácter imperialista, que se sucedieron desde mediados
del siglo XIX, y cuya causa principal fue la búsqueda de
nuevos mercados para la expansión del capitalismo.
Las rivalidades entre las potencias europeas en torno
al reparto de las riquezas del planeta culminó en la Primera
y en la Segunda guerras mundiales. Después hubo, a lo largo
de los años cincuenta y sesenta, las guerras
libradas por las potencias
coloniales contra los movimientos de liberación en los
países árabes y en los continentes asiático
y africano, con vistas a, por una parte, aplastar rebeliones cuyo
objetivo era frenar la expansión imperialista del capitalismo,
y, por otra, abrir un mercado para el complejo militar industrial,
para permitirle reforzar su papel motor en el desarrollo económico
de los países capitalistas avanzados.
Por eso, y habida cuenta de esta evolución,
es legitimo interrogarse sobre el carácter de la guerra
que se desarrolla actualmente en el Golfo, y que, en realidad,
es una agresión llevada a cabo bajo la batuta de Estados
Unidos contra el hermano pueblo iraquí, y también
sobre la importancia de la dimensión económica de
este enfrentamiento.
Seria exagerado decir que los únicos móviles
de la guerra son los factores económicos, o que éstos
bastan para explicar sus pormenores; en efecto, en cualquier análisis
de esta guerra, no hay que perder de vista los factores históricos
y las viejas rivalidades (antagonismo entre las diferentes civilizaciones
de Oriente Próximo: babilónico, persa, egipcia,
bizantina ...), así como las realidades surgidas de la
historia reciente (desmembramiento del Imperio Otomano; expoliación
de los derechos de los palestinos, que condujo al establecimiento,
por la fuerza, del Estado sionista; fragmentación del espacio
árabe en entidades poco extensas, a veces incluso minúsculas,
que ni siquiera merecen el nombre de "territorio").
Cualquier esfuerzo de exégesis y análisis
de esta guerra deberá, además, intentar no subestimar
las contradicciones geopolíticas surgidas de tal fragmentación,
y ciertos datos de orden estratégico de la política
de Estados Unidos, que, desde hace cuarenta años, se utilizan
para proteger y defender a la entidad sionista, trabajando sistemáticamente
para eliminar a toda fuerza política o militar capaz de
socavar esta entidad o de poner en tela de juicio su existencia.
Tampoco se puede comprender el carácter de
la agresión dirigida contra Iraq si no se toma en cuenta
el colapso del modelo soviético, el repliegue de la URSS
(acaparada por sus problemas internos) y el fin de la guerra fría,
que dejó campo libre a Estados Unidos y a sus aliados para
intervenir e intentar imponer un nuevo orden internacional subordinado
a sus solos intereses estratégicos. Tampoco se debe minimizar
los factores culturales y de civilización, que arrojan
una poderosa luz sobre el carácter de esta agresión,
al revelar la contradicción que hoy pone frente a frente
la lógica de la civilización occidental y la de
la civilización árabe-islámica. Sin embargo,
no es nada exagerado decir que esta guerra impuesta al hermano
pueblo iraquí tiene profundas y múltiples raíces
económicas, que comparten el carácter del enfrentamiento
económico en curso entre el Sur y el Norte, y también
entre los diversos conjuntos constitutivos de lo que se denomina
Norte, tanto más cuanto que provienen de la dimensión
planetaria que hoy caracteriza a la economía. Además,
hay que saber que existe una profunda interferencia entre los
factores históricos, políticos y culturales, por
una parte, y los factores económicos, por la otra, aunque,
para ser creíble, todo análisis de la agresión
debe partir necesariamente de un enfoque globalizante, es decir,
de un enfoque que tome en consideración el conjunto de
estos factores a la vez que el producto de su interacción.
A partir de esta hipótesis, y dentro de los
limites que nos han fijado nos dedicaremos a esclarecer los móviles
económicos que han precipitado la guerra. Ese será
el objeto de la primera parte de este trabajo, mientras que la
segunda se referirá a las realidades económicas
de la posguerra.
(Conviene destacar que este texto se redactó
cuando la agresión armada contra Iraq aún proseguía).
Mucho se ha hablado de las causas aparentes y ocultas
que condujeron a la guerra del Golfo y a la agresión perpetrada
hoy contra el pueblo iraquí. El examen de los factores
económicos que contribuyeron al desencadenamiento de esta
guerra nos ha inducido a aislar cinco datos, todos los cuales
desempeñaron un papel decisivo en la escalada del conflicto
que degeneró en enfrentamiento armado.
Se sabe que la guerra de 1973 permitió a la
OPEP aumentar los precios del petróleo de exportación
y que eso contribuyó a que los países petroleros,
y especialmente los Estados árabes del Golfo, amasaran
fabulosas fortunas.
También se sabe que los países capitalistas
avanzados respondieron inmediatamente con la creación de
la Agencia Internacional de Energía, que pronto se convirtió
en el instrumento de una estrategia que les permitía obtener
el máximo margen de autonomía en materia de energía
respecto a los países petroleros. Esta reacción
condujo a una baja de los precios de los hidrocarburos después
de 1986, baja que se confirmó claramente en 1988, en detrimento
de numerosos países árabes productores de petróleo.
En 1990, inmediatamente después del fin de la guerra Iraq-Irán,
se inició un alza limitada de los precios del crudo, a
causa de la interacción de varios factores: aumento de
la demanda, consecutiva al nuevo boom económico de los
países desarrollados; presiones ejercidas por algunos países
productores, cuyos ingresos habían caído; sensible
disminución de la producción petrolera de la Unión
Soviética, consecuencia de la grave crisis a la que se
halla enfrentado este país; impacto de la política
de Estados Unidos, país a la vez importador y productor
de hidrocarburos. Todo esto se plasmó en el surgimiento
de dos tendencias opuestas entre los países árabes
productores de petróleo: por una parte, Arabia Saudi, Kuwait
y los Emiratos, que incitaban a aumentar la producción
e inundar el mercado con el fin de que el precio del barril no
superara los 18 dólares; y, por la otra, Iraq, Argelia
e Irán, principalmente, países enfrentados a graves
dificultades financieras debido al peso de su deuda externa, y
que procuraban conseguir que el barril sobrepasara la barrera
de los 25 dólares. A pesar de la solución intermedia
a la que había llegado la OPEP en junio, resultaba claro
que los países del Golfo, y principalmente Kuwait, seguían
una estrategia petrolera contraria a los intereses de Iraq, que
salía de un terrible enfrentamiento, cuya carga había
asumido para defender al conjunto de los países de la región.
Paralelamente a las contradicciones surgidas en el
campo de los hidrocarburos, divergencias muy claras salieron a
la luz en las posiciones de los diferentes países árabes,
petroleros y no petroleros, en lo que concierne a la gestión
de los recursos financieros.
De este modo, en el momento en que el hambre hacia
estragos en algunos países árabes, como Sudán;
en que otros, agobiados por deudas de carácter económico,
se veían obligados a emprender programas de ajuste estructural,
que contribuían a agravar las diferencias sociales y la
miseria, como ocurrió en Egipto, Marruecos, Túnez
e incluso en Argelia; y en que un tercer grupo de países
se hundía bajo el peso de la deuda militar aquí
se trata principalmente de Iraq, que buscaba medios para cubrir
sus deudas y financiar su economía, después de un
enfrentamiento militar de ocho años contra Irán,
resultó evidente que los países petroleros del Golfo
(con fabulosos excedentes financieros) proseguían una estrategia
que no hacia ningún caso a la situación de Iraq,
país vecino sin embargo, como tampoco a la de otros países
árabes, tan fuertemente endeudados que algunos se habían
apresurado a lanzarse a los brazos del imperialismo con la esperanza,
quizá, de que éste condonaría al menos una
parte de su deuda.
La divergencia que apareció entre los diversos
países árabes a nivel de las estrategias de gestión
de los recursos petroleros y financieros refleja, en realidad,
la contradicción geoeconómica entre, por una parte,
sus dimensiones geográfica y demográfica, y, por
la otra, sus potencialidades económicas.
En efecto, existen minúsculas entidades que
son incapaces de asumir aunque no fuese más que la responsabilidad
de su propia defensa, por no disponer de los atributos humanos
y políticos de un Estado-nación, y que no tienen
otra preocupación que acumular riquezas y utilizarlas,
a nivel individual y estatal, en perjuicio de cualquier óptica
nacional árabe y de cualquier perspectiva de auténtico
desarrollo, que partiría de una visión de conjunto
del entorno geográfico y humano en que se hallan dichas
entidades.
Las cosas han cobrado tales proporciones que la sola
consideración de los intereses financieros ha acabado por
eclipsar todas las otras preocupaciones y por convertirse en una
fuente de desequilibrio para las estrategias económicas,
a nivel regional e incluso mundial.
Durante los últimos años se ha visto
que, a lo largo del mundo árabe, se formaban reagrupaciones
regionales cuya edificación constituye un nuevo enfoque
de la acción árabe común, que, hasta entonces,
estaba ligada a nivel del discurso político a la visión
unitarista global de una nación árabe que se extendía
desde el Atlántico hasta el Golfo. Aunque la aparición
de estas reagrupaciones regionales es, en si misma, muestra de
un proceder realista, capaz de estimular y desarrollar la cooperación
interárabe, no es menos cierto que los móviles y
los pilotes sobre los que se ha edificado el Consejo de Cooperación
del Golfo y el Consejo de Cooperación Árabe no son
ni sanos ni creíbles. La creación de estas dos comunidades
fue, en realidad, una de las causas de la crisis que degeneró
en enfrentamiento. Pues la experiencia de las uniones regionales
que tuvieron éxito en otras partes del Golfo, a la manera
de la Comunidad Económica Europea, nos enseña que
el éxito de toda reagrupación regional supone el
respeto del principio de la solidaridad de intereses, en sentido
económico, lo que sólo puede garantizarse con la
existencia de una cierta proximidad geográfica entre los
diversos "componentes" del grupo, al mismo tiempo que
con el compromiso de no excluir a ninguna entidad que pertenezca
a la misma área geográfica.
Ahora bien, estas dos condiciones no han sido cumplidas
en absoluto por los dos consejos mencionados, a la inversa de
lo que ocurre con la Unión del Magreb Árabe, que
agrupa a cinco países magrebíes, todos los cuales
están situados dentro de un mismo espacio geográfico.
E1 Consejo de Cooperación Árabe reagrupaba
a países geográficamente alejados entre si (Egipto,
Iraq, Jordania y Yemen), mientras que la lógica económica
y geográfica habría exigido que Egipto sea el centro
de una unión de Estados formada por países limítrofes,
principalmente Sudán y Libia. En realidad, la creación
de ese Consejo obedeció a estrechos móviles políticos,
que no podían garantizar su supervivencia a medio y a largo
plazo.
En cuanto a los puntos débiles del Consejo
de Cooperación del Golfo, éstos son inherentes,
por una parte, a las motivaciones estrictamente de seguridad que
dieron lugar al nacimiento de este Consejo, en plena guerra iraqui-irani,
y, por la otra, a la ausencia de Iraq, país árabe
que en ningún caso podía ser excluido del Golfo
Arábigo, tanto más cuanto que había entrado
en guerra contra Irán precisamente para defender al conjunto
de los países del Golfo.
Por lo que este Consejo fue creado, desde el comienzo,
como un instrumento para contrarrestar la estrategia iraquí,
tanto en el campo de la explotación y de la comercialización
del petróleo, como en el campo geoestratégico, contribuyendo,
de este modo, a avivar las contradicciones dentro de la región.
Seria difícil analizar las circunstancias
que condujeron a la agresión contra Iraq si no se tiene
en cuenta ciertas características esenciales del sistema
internacional de producción, en el marco del proceso de
internacionalización, que va intensificándose.
Estas características pueden resumirse en
tres elementos:
Las contradicciones económicas entre Norteamérica
y los otros dos polos económicos se sitúan en el
contexto del rápido desarrollo que experimentan las economías
de Japón, Corea del Sur y otros países asiáticos,
y de las grandes perspectivas que se dibujan para la Comunidad
Europea con la instauración del mercado único en
1993 y el movimiento de polarización con el que la Comunidad
está atrayendo a su órbita a los países de
Europa Oriental, por una parte, y a los países escandinavos,
por la otra.
La agresión orquestada por Estados Unidos,
que forzó a los países europeos a sumarse a ella
por razones estratégicas, tiene una evidente relación
con esas contradicciones, que amenazan con agravarse aún
más después del fin de la guerra, cuando las estructuras
económicas de estas diversas comunidades se lancen a una
encarnizada lucha por participar en la reconstrucción de
las infraestructuras destruidas por la guerra.
No hay duda que los lobbies y los grupos de presión
que están detrás de estos complejos, y que tienen
contacto orgánico y permanente con los centros de decisión
en el "Pentágono", la Casa Blanca y la CIA, contribuyeron
en gran medida a atizar el conflicto que condujo a la agresión
contra Iraq.
Basta con recordar, aquí, que Estados Unidos
había urdido una serie de provocaciones contra Iraq desde
antes del 2 de agosto de 1990 y que, después del 2 de agosto,
se había ingeniado para hacer abortar todas las posibilidades
de solución dentro de un marco árabe pues estaba
decidido a golpear a Iraq, aprovechando los cambios que había
experimentado el mundo durante estos dos últimos años.
Del mismo modo, la oportunidad que ofrecía
la crisis general en que se debate la Unión Soviética
fue explotada por Estados Unidos para organizar la agresión
contra Iraq. Esto se percibe, esencialmente, en las ayudas financieras
que se concedieron a la URSS, desde comienzos del verano, tanto
por parte de Estados Unidos como de los Estados europeos, y hasta
por parte de Arabia Saudi, con el fin de ayudarle a superar sus
dificultades económicas y políticas internas. Esto
indujo a Moscú a seguir a los países occidentales,
dejando pasar todos los textos adoptados por el Consejo de Seguridad
con el objetivo de conferir una apariencia de legitimidad a la
agresión norteamericano-imperialista.
El descenso de la producción petrolera en
la Unión Soviética, consecuencia del envejecimiento
de los medios de explotación y de la anarquía que
reina en el campo de la producción, contribuyó,
a su vez, a incitar a Estados Unidos a poner en marcha una política
de producción petrolera de connivencia con los países
del Golfo, y en especial con Arabia Saudi, en el marco de una
estrategia global que preparaba el desencadenamiento de la agresión
contra Iraq.
También es notorio que Estados Unidos había
procurado, primeramente, poner trabas a esta acción, para
después convertirse en sus defensores a nivel del discurso
político, proponiendo el famoso "plan Brady"
y autorizando al Banco Mundial y al FMI a examinar la posibilidad
de reducir la deuda de algunos países. Es evidente que
los norteamericanos han utilizado este subterfugio para incitar
a los países árabes más endeudados, comenzando
por Egipto, a desempeñar un papel esencial en la formación
de la coalición anti-iraqui, a cambio de lo cual Estados
Unidos iba a aceptar condonar una parte de la deuda egipcia e
incitar a los países del Golfo a hacer lo mismo.
Con ello, Washington habría contribuido a
poner parcialmente en aplicación el "plan Brady",
por una parte, y a sacar a Egipto una vez más del frente
de la lucha nacional árabe, por la otra.
Llegó el 17 de enero y el desencadenamiento
de las hostilidades contra el hermano pueblo iraquí. Esta
agresión tuvo una repercusión muy clara en la evolución
de la economía mundial, habida cuenta de todos los parámetros
que antes citamos, al hablar de la preparación de la agresión
por parte de las fuerzas imperialistas, encabezadas por Estados
Unidos.
Al seguir el discurso político en los países
participantes en la agresión norteamericano-occidental
contra Iraq, uno se da cuenta que los gobiernos y las grandes
firmas que controlan los complejos industriales ya se dedican
activamente a la preparación de la posguerra. Si bien la
preparación de "la posguerra" durante la guerra
se basa en los prejuicios que condujeron a cada una de las entidades
a participar en la agresión (sobre todo, Estados Unidos,
Gran Bretaña y Francia) o a contribuir al financiamiento
de las operaciones militares (Japón, Alemania, Corea del
Sur), también se sitúa en el marco de la dicotomía
conflicto-solidaridad que hace muy inconfortables las posiciones,
actuales y venideras, de todas estas entidades en el seno de la
economía mundial. A su vez, esto obliga a las fuerzas que
apoyan a Iraq en su heroica lucha a tener en cuenta, a su vez,
el elemento de la posguerra y a trabajar para consolidar el frente
del rechazo a la agresión y de solidaridad con el pueblo
iraquí.
Tal como antes lo mostramos, los factores económicos
están orgánicamente ligados a los factores políticos,
estratégicos, culturales y de civilización en todas
las peripecias que condujeron al enfrentamiento militar. De ello
se deriva que el porvenir de la economía mundial y regional
después de la guerra depende de la evolución de
la situación en su totalidad, es decir, en todas sus implicaciones
políticas y culturales.
La posguerra se extenderá por un periodo que
quizá supere los diez años, lo que nos llevará
al próximo siglo. No hay duda que, durante esa década,
la región de Oriente Próximo experimentará
importantes cambios políticos, que reflejarán los
efectos directos de la agresión norteamericano occidental,
y repercutirán en la situación y en los grandes
asuntos económicos. Cuanto más fuertes sean la determinación
iraquí y la solidaridad de los pueblos árabes con
el pueblo iraquí, más importantes serán los
medios de lucha contra la agresión y mayores las posibilidades
de crear condiciones positivas para la posguerra. Pues la heroica
resistencia de Iraq y el refuerzo del frente de apoyo a este país
son capaces de empujar a Estados Unidos a su derrota política,
romper la coalición imperialista-sionista contra Iraq y,
en resumidas cuentas, preparar condiciones positivas para la posguerra,
aptas para servir los intereses del frente anti-imperialista y
la causa árabe.
Desde el punto de vista económico, la "posguerra"
es un conjunto de asuntos que deberá tratar el mundo y
que contienen el conjunto de orientaciones que gobernarán
la competencia económica entre los diferentes polos económicos
y entre el Norte y el Sur. Eso es lo que intentaremos estudiar
en la continuación de este trabajo, sobreentendiendo que
todas las hipótesis y guiones dependen del giro que tomará
la guerra, de su duración y de la importancia de las pérdidas
humanas y materiales que resultarán de ello, tanto para
las fuerzas del imperialismo como para las fuerzas de la liberación,
encarnadas por Iraq.
Los estudios prospectivos sobre la evolución
de la energía durante la actual década y la primera
década del siglo XXI muestran que el mercado del petróleo
seguirá caracterizándose, hasta el año 2010,
por fluctuaciones que se sucederán al mismo ritmo relativamente
constante que las que vive el mundo desde 1986. Sin embargo, todo
hace presagiar que la oferta señalará algunas perturbaciones
debido a la importante disminución que sufrirá la
producción soviética durante los próximos
cinco años, mientras que la demanda de gas natural aumentará,
a expensas del petróleo (lo que favorecerá los intereses
de Argelia). Los países avanzados trabajarán para
consolidar su voluntad de limitar su consumo con el recurso a
las energías de sustitución, a pesar de la amplitud
de la acción ecologista hostil a la utilización
de lo nuclear. Con este fin, se esforzarán por desarrollar
nuevas tecnologías con miras a reducir el consumo de hidrocarburos,
principalmente en el campo de la industria automóvil.
Aun cuando todos los indicios llevan a pensar que
la importancia del petróleo decaerá relativamente,
como sucede desde 1975, también es verdad que las necesidades
del desarrollo, principalmente en la región Asia/Pacifico,
así como la demanda debida a la absorción de Europa
Oriental por la Comunidad Europea y a la ampliación de
esta Comunidad a los países escandinavos, constituirán
otros tantos factores que contribuirán al mantenimiento
de una importante demanda. Si, además, la Agencia Internacional
de Energía y, detrás de ella, Norteamérica,
Europa Occidental y Japón más allá de sus
contradicciones, procuran encontrar bases de acuerdo con la OPEP,
todos los indicios muestran que la pareja Iraq-Irán intentará
disparar los precios hacia arriba para procurarse más recursos
con vistas a financiar la reconstrucción de las infraestructuras
destruidas por la primera y la segunda guerras del Golfo, siendo
los intereses de estos dos países, a este respecto, necesariamente
convergentes.
Si, por otra parte, los pequeños Estados del
Golfo siguieran disponiendo de medios para proseguir su estrategia
de aumento de la producción para hacer bajar los precios,
Arabia Saudi corre peligro de verse enfrentada a agudas contradicciones
en la fijación de su posición. Pues si la guerra
se prolongara mucho tiempo más, el reino correría
el peligro de salir de ella desangrado por haber sido el principal
proveedor de fondos de la intervención militar coaligada
contra Iraq.
Uno de los asuntos sensibles que se impondrá
en la posguerra es el del reparto desigual de los recursos y de
los ingresos petroleros. Precisamente, se ha comprobado que el
reparto desigual de estos recursos constituye uno de los factores
de inestabilidad y de contradicciones en la región árabe,
e incluso en el mundo entero. Ahora que la internacionalización
de la economía se ha convertido en un fenómeno irreversible,
es injusto, en todo sentido, que algunas pequeñas entidades
poco pobladas dispongan de enormes recursos petroleros, mientras
que muchos otros pueblos sufren hambre y miseria y se doblegan
bajo el peso de la deuda.
He ahí por qué los dirigentes iraquíes
insistieron en la necesidad de actuar para garantizar un reparto
más equitativo de los ingresos petroleros. Pues parece
que los países de la coalición imperialista han
comenzado a considerar la puesta en marcha de planes para intentar
resolver este complejo problema, instaurar las bases de un acuerdo
entre los países exportadores de petróleo (OPEP)
y los países consumidores (Agencia Internacional de Energía),
y permitir que los Estados árabes que participan en la
coalición (Egipto y Siria) tengan su parte en los recursos
financieros de los países del Golfo.
Es en esta óptica que se sitúa la reunión
que últimamente juntó en E1 Cairo a los Estados
miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, además
de Egipto y Siria.
También se comienza a hablar de la necesidad
de considerar al petróleo, en lo sucesivo, como un "patrimonio
mundial" en pie de igualdad con los océanos y los
mares, del cual los países petroleros ya no serian los
únicos en beneficiarse. Este debate coloca al mundo árabe
ante un nuevo desafío, ante una verdadera prueba de su
capacidad para sacar una lección de las contradicciones
que agudizaron la crisis y para actuar de tal manera que el conjunto
de los pueblos árabes se beneficie con el maná petrolero.
En otras palabras ¿estarán los países petroleros
dispuestos desde ahora a contribuir a la resolución del
terrible problema de la pobreza y del endeudamiento en que se
debaten muchos otros países árabes? O, por el contrario
¿dejarán a Estados Unidos y a las grandes potencias
capitalistas la iniciativa en cuanto al reparto de los ingresos
del petróleo, lo que éstas harán en base
a sus propias consideraciones estratégicas y a sus objetivos
hegemonistas?
Esta eventualidad también tendría como
consecuencia una disminución de los recursos que los países
del Golfo asignaban hasta ahora a algunos países árabes
e islámicos pobres.
Ni qué decir tiene que los países capitalistas
avanzados se dedican actualmente a poner a punto planes con vistas
a intervenir en la reconstrucción de las infraestructuras
destruidas por la guerra. A este respecto se puede observar que
las declaraciones hechas por ciertos responsables franceses no
ocultan que el ingreso de Francia en la guerra al lado de Estados
Unidos y Gran Bretaña estuvo motivada, principalmente,
por la voluntad de estar presente, después de la guerra,
en el "reparto del botín de los mercados de la reconstrucción".
En resumen, la "posguerra" aportará un nuevo
balón de oxígeno a los complejos industriales de
los países avanzados. Algunos responsables han hablado
incluso de un "Yalta a escala regional". Lo cual no
necesariamente significa una revisión del mapa de la región
habida cuenta de las contradicciones que podrían derivarse
de ello y amenazar a muchos Estados (Irán, Turquía,
URSS), sino el reparto de los mercados de la reconstrucción.
De ello resultará una feroz competencia entre estas tres
partes: Estados Unidos, Japón y Europa. Por mi parte, estoy
convencido que, a largo plazo, Estados Unidos será el perdedor
de esta competencia por haber entrado en la guerra como lo hemos
demostrado en un momento en que su
economía sufría un relativo
aflojamiento en comparación con la dinámica de crecimiento
de las economías de Europa y de los países de la
zona Pacifico Asia. Desde luego, Estados Unidos ocupa una posición
clave en Arabia Saudi y en los pequeños Estados petroleros
del Golfo, y casi bloquea el acceso a ellos de algunos países
europeos (principalmente, Francia), pero todo hace pensar que
el dúo Iraq-Irán no se mostrará muy dispuesto
a cooperar con los norteamericanos en los terrenos económico
y tecnológico. Sin embargo, todo eso dependerá de
la calidad de las relaciones que se establezcan después
de la guerra entre Iraq, los países europeos y Japón.
Ya hemos demostrado que la existencia de entidades
miniaturas en el Golfo constituye una fuente de problemas y de
desequilibrio económico y geoestratégico para el
conjunto de la región, y que ha contribuido a crear en
ella una situación de crisis y a provocar el enfrentamiento
actual. Ahora se puede afirmar que la agresión acabará
por volverse en contra de esas entidades, las cuales han perdido
evidentemente toda su autonomía de decisión y, de
uno u otro modo, se verán obligadas a reagruparse en el
seno de un conjunto regional ampliado, cuyo carácter se
definirá a lo largo de los próximos diez años,
teniendo en cuenta las consecuencias de la guerra y las preguntas
que las fuerzas de la agresión tendrán que absolver:
¿les permitirá su situación política
y económica interna quedarse mucho tiempo en el Golfo?
¿Serán reemplazadas por fuerzas de las Naciones Unidas
o de los Estados árabes?
Qué duda cabe que Estados Unidos tratará
de imponer una nueva forma de protectorado al conjunto de los
países del Golfo y de establecer un nuevo orden regional
para la península Arábiga, en el que desempeñaría
el papel de gendarme de la región, mientras que Egipto
se encargaría del trabajo de encuadramiento técnico
y humano. Sin embargo, se puede apostar que tropezarán
con la determinación de Iraq, que tendrá un carácter
más político cuando las armas se hayan callado.
Por su parte, Iraq deberá esforzarse por crear una plataforma
de cooperación interregional, que respete la solidaridad
de intereses que implica la proximidad geográfica y el
carácter de los recursos de la región: primero,
recursos petroleros; luego, recursos en agua (Tigris y Eufrates);
y, por último, el acceso al Golfo, garante de estabilidad
en la gestión de todos estos recursos.
La sana lógica económica, que hoy desemboca
en el nacimiento de conjuntos regionales basados en factores geoeconómicos,
aboga por la integración de Iraq en el seno de una reagrupación
de cooperación regional que, en una primera fase, estaría
constituida por Irán e Iraq y, a más largo plazo,
se ampliaría al conjunto de los países del Golfo.
Algunos tal vez encuentren extraño tal guión,
pues la perspectiva de semejante acercamiento no podrá
sino dinamizar el factor de la solidaridad islámica a costa
del de la solidaridad interárabe, sin hablar del enorme
contencioso histórico entre el elemento persa y el elemento
árabe en la región. Pero los intereses económicos
y los imperativos de la vecindad acabarán por hacer inevitable
un acercamiento iraqui-irani, que no dejará de influir
en el porvenir de la región en su conjunto y, especialmente,
en el porvenir de la causa árabe.
La lógica de la geografía y de la economía
reclama hoy en efecto, el acercamiento entre Iraq e Irán,
pese a las contradicciones y antagonismos históricos que
los han enfrentado. Así sucedió con Alemania y Francia,
que se enfrentaron durante siglos y entre quienes subsisten muchas
divergencias culturales, pero a quienes los intereses económicos
bien entendidos y las necesidades del acercamiento han inducido
a convertirse juntas en la columna vertebral de la Comunidad Europea.
La misma lógica se aplica a la relación
iraqui-irani. La razón económica y geográfica
impondrá, ahí también, la instauración
de una cooperación entre los dos países, donde la
gran perdedora será la potencia norteamericana, ya se trate
de su codicia por los recursos petroleros o de su defensa de la
entidad israelí.
En cuanto al Consejo de Cooperación Árabe,
que estaba formado por Iraq, Jordania y Yemen, ya no es más
que un recuerdo. Además, su desaparición era inevitable
por la simple razón de que no tenia ningún fundamento
racional. La lógica económica exige que Egipto haga
todo lo posible por convertirse en el eje de un conjunto regional
que agrupe a los países limítrofes: Sudán
(lo que es absolutamente imperativo para asegurarse del control
de las aguas del Nilo) y Libia (con sus recursos petroleros y
su posición geográfica en el centro del Mediterráneo,
que la destina a ser un puente entre el Machreq y el Magreb árabes).
En cuanto a la Unión deI Magreb Árabe,
todo indica que está llamada a fortalecerse y a avanzar,
pues su existencia está basada en la vecindad geográfica.
Y es precisamente esta circunstancia lo que le impone trabajar
por armonizar mejor sus posiciones con respecto a las demás
regiones del Machreq árabe, por una parte, y a Europa,
por la otra.
"La madre de las batallas" ha obligado
al mundo entero amigos, aliados y enemigos a reconocer que la
causa palestina es "la madre de todas las causas". En
efecto, ha demostrado a las claras que la expoliación de
los derechos del pueblo palestino ha sido la verdadera causa de
las sucesivas guerras que ha sufrido la región al ritmo
de una por década: 1948, 1956, ,1967, 1973, luego 1980
(guerra Iraq,Irán) y 1991. Los cohetes "Scud"
(Al-Husein y Al-Abbas) lanzados contra Israel han demostrado que
la seguridad del Estado hebreo en la región no puede ser
garantizada indefinidamente. Si el problema palestino no es resuelto
en los cinco años venideros, son de esperar nuevos enfrentamientos,
otras guerras, durante el siglo XX, que sólo acabarán cuando
se haya hecho justicia al pueblo palestino.
Mal que pese a los teóricos occidentales que
pretenden que la causa palestina quedará marginada a raíz
de la guerra del Golfo y que Israel saldrá victorioso de
ella debido al movimiento de creciente simpatía de que
goza entre la opinión pública occidental, es evidente
el "vinculo" entre la cuestión del Golfo y el
conjunto de los problemas de Oriente Próximo, y, en primer
lugar, la cuestión palestina. Y, por supuesto, es aquí
donde se sitúa la problemática de la Conferencia
Internacional por la Paz.
Para volver a las consideraciones económicas
ligadas a la crisis del Golfo objeto de la presente reflexión,
señalemos que, como se sabe, Israel se ha puesto a "importar"
mano de obra nueva por la vía indirecta de la inmigración
de judíos soviéticos, con la complicidad de Estados
Unidos y de la URSS, prosiguiendo así la ejecución
de su estrategia de colonización de los territorios palestinos.
Si, a corto y a medio plazo, esta maniobra no dejará
de producir más sufrimiento al pueblo palestino en lucha,
todos los indicadores demográficos señalan que el
cerco de Israel por los pueblos árabes se reforzará
y se ampliará al acercarse el siglo XXI, y que el desarrollo
económico de Israel, basado esencialmente en su potencial
tecnológico, se enfrentará a las mayores dificultades
mientras el entorno regional le siga siendo hostil.
De ahí proviene la importancia de la lucha
llevada a cabo por el frente de apoyo a Iraq durante la guerra.
En efecto, la consolidación de este frente, y, naturalmente,
el refuerzo de la determinación de Iraq, acabarán
por obligar al mundo a concentrarse en "la madre de las causas"
cuando haya terminado la guerra.
Lo que debemos hacer dentro de este frente de apoyo
a Iraq es trabajar para inducir al conjunto de los países
europeos que son la parte acreedora en la coalición militar
imperialista a que no vuelvan la espalda a la cuestión
palestina cuando las armas se hayan callado.
Esto nos lleva naturalmente a abordar otro expediente:
el de las relaciones Norte-Sur y las perspectivas de evolución
de la situación en la región mediterránea.
'Inmediatamente después del boom petrolero
de los años setenta, la reivindicación expuesta
por los países del Tercer Mundo era la instauración
de un nuevo orden económico internacional. Hoy, y después
del colapso del modelo soviético, Estados Unidos procura
hacerse cargo de esta consigna para darle una nueva orientación,
que, en realidad, para ellos significa la posibilidad de controlar
todo el planeta en nombre de lo que ellos entienden por derecho
internacional, legalidad internacional y decisiones de la ONU.
E1 fracaso en que se saldaron las tres últimas
décadas de desarrollo de los países del Tercer Mundo
sólo puede engendrar, a nuestro parecer, grandes conflictos dentro
de estos países, y especialmente en África, durante
los próximos años.
Si el hundimiento del modelo soviético en
1985 ha significado el fin de la lógica internacional que
prevaleció desde el fin de la Segunda guerra mundial, la
crisis del Golfo significará la aparición de una
corriente que exigirá superar la división colonial
del mapa del Tercer Mundo que se efectuó durante el periodo
de la descolonización.
Desde ahora está claro que las contradicciones
entre el Norte y el Sur, ahora que las rivalidades entre el Occidente
capitalista y el mundo comunista se han atenuado, van a provocar
conflagraciones en cadena, comparables a la que se produjo en
el Golfo, sobre todo en las regiones que contienen importantes
recursos o que ocupan una posición estratégica sensible.
Es en este contexto que se plantea el problema del futuro de la
región mediterránea, es decir, el futuro de las
relaciones entre el mundo árabe y la Comunidad Europea,
habida cuenta de numerosas circunstancias: evolución de
la cuestión palestina, evolución del mercado del
petróleo, de la posición de Turquía frente
a los países del Machreq y a la Comunidad Europea, etc.
E1 problema se plantea, sobre todo, para los países
mediterráneos de la CEE (Grecia, Italia, Francia, España
y Portugal). De este modo, en el momento en que Gran Bretaña
procura estrechar los vínculos entre Europa y el Atlántico
Norte (como siempre lo ha hecho), y en que Alemania se esfuerza
por inducir a la Europa Oriental y del Norte a acercarse a la
Comunidad Europea, los cinco países europeos ribereños
del Mediterráneo se encuentran ante un gran desafío,
que tiene que ver con su capacidad para incitar a la Comunidad
Europea a volcarse hacia sus vecinos del Sur. De este desafío
depende, en altísimo grado, el futuro de las relaciones
entre estos países europeos y los países árabes,
un futuro en el que los países de la UMA pueden desempeñar
un papel esencial, a poco que logren inducir a los europeos a
interesarse verdaderamente por los problemas que preocupan a la
nación árabe: el de Palestina, el del gas y el petróleo,
etc. Es en esta óptica que se sitúan el actual debate
en las altas esferas políticas de los países de
la Europa mediterránea y la aparición de una corriente
que trabaja por evitar la ruptura con los países árabes,
y especialmente con los países del Magreb.
Sin embargo, no hay que olvidar que la agresión
dirigida contra Iraq es una agresión de carácter
imperialista, es decir, que aspira a proporcionar a las grandes
potencias capitalistas los medios para llevar la voz cantante
sobre los recursos árabes y para imponer un nuevo orden
mundial y regional tendiente a privar de toda autonomía
de decisión a aquellos países árabes que
se esfuercen por combatir la presencia sionista y por defender
la dignidad de la nación.
Ese nuevo orden mundial no es más que la
prolongación del anterior orden hegemonista, con la diferencia
de que el antagonismo soviético-occidental, que había
influido muchísimo desde 1944, ha desaparecido. Con todo,
existen grandes posibilidades de acción para frenar esta
nueva expansión del imperialismo si se sabe aprovechar
las contradicciones y antagonismos entre el polo norteamericano,
por una parte, y los polos europeo y nipoasiático, por
la otra.
Por ahora, el deber nos impone mantenernos al lado
de Iraq para defender nuestra existencia y nuestra dignidad, para
defender la causa palestina, para defender nuestro futuro en la
posguerra, un futuro que estará marcado por una lucha sin
cuartel entre las fuerzas de la hegemonía, de la división
y del inmovilismo y las fuerzas del progreso, de la unidad y del
futuro.