Más allá del
aspecto militar de la crisis del Golfo, la guerra que tuvo lugar
es, fundamentalmente, una guerra económica, entre un Iraq
que se presenta como una potencia regional ascendente y potencias
mundiales descendentes, una de las cuales la principal, a saber,
Estados Unidos, está en peligro de perder su papel de liderazgo
mundial en provecho de otras potencias económicas mundiales
ascendentes, tales como Japón y Alemania.
Para comprender esta dimensión
económica de la guerra del Golfo, el economista es rernitido
al análisis de la economía capitalista mundial en
su doble dimensión: por un lado, la de la dominación
del Norte sobre el Sur donde lo que está en juego es la
dinámica de la reproducción del capital a escala
mundial, y, por el otro, la de la competencia entre países
del Norte, donde lo que se juega, estructuralmente, es el reparto
del excedente mundial, y, coyunturalmente, el papel de liderazgo.
Esta última batalla cobra particular importancia durante
las fases de mutaciones que generalmente sobrevienen en los periodos
de crisis estructurales del capitalismo, como sucede actualmente.
La guerra, como último
recurso, es producto de una dinámica contradictoria, que
anuncia el fin de un viejo orden y prepara el advenimiento de
uno nuevo, a través de una reestructuración de las
alianzas y de una redefinición de los papeles y de las
funciones de las partes en conflicto.
Pero ¿permite realmente
la actual crisis del capitalismo la rápida emergencia de
ese nuevo orden, o hay que considerarla simplemente como el primer
episodio de una fase de mutación destinada a durar todavía?
Intentaremos sacar elementos
de respuesta a partir de un análisis de la economía
mundial en su doble dimensión, la cual será objeto
de las dos primeras partes de este articulo. La tercera y última
parte estará reservada al análisis del probable
impacto de la crisis del Golfo en los enfoques y las prácticas
de desarrollo económico en los países magrebíes,
en particular, y en los del Sur, en general. Esta última
parte nos permitirá aportar nuevos elementos de respuesta
sobre el futuro de la dinámica socioeconómica.
Es evidente que lo que se jugó fundamentalmente
en la guerra del Golfo fue el petróleo árabe. En
efecto, por el lado iraquí, el control de este recurso
y de su precio se convirtió, en un momento dado de su desarrollo,
en un medio vital para la realización de sus proyectos
económicos y de sus ambiciones de tener acceso al rango
de potencia regional. Después de ocho años de guerra
contra Irán, Iraq adquirió indiscutiblemente un
poderío militar amenazador, desarrolló un cierto
dominio tecnológico en este campo, montó un conjunto
de industrias de producción de armas convencionales y no-convencionales
y reforzó sus posibilidades científicas y económicas.
Pero salió de esa guerra endeudado, con problemas
de reconstrucción y con nuevas exigencias engendradas por
la necesidad de preservar esos logros y consolidarlos, en base
a la construcción de un tejido económico más
complejo y más denso.
Ahora bien, resulta que Iraq no podía satisfacer
estas nuevas exigencias recurriendo al mercado financiero capitalista
internacional. Pues los países capitalistas, encabezados
por EE.UU., comenzaban a inquietarse por el ascenso de esta potencia
militar regional, que amenazaba peligrosamente los equilibrios
geopolíticos en una región vital para el capital
internacional y para su reproducción. Para convencerse
de ello basta con recordar la negativa del Club de París
de aceptar la reprogramación de la deuda iraquí;
la campaña llevada a cabo contra Iraq en torno a un espía
inglés y la importación iraquí de detonadores
para bomba atómica y de piezas de artillería pesada,
etc. De modo que, para evitar la asfixia y proseguir la realización
de su proyecto, Iraq no podía sino reivindicar un aumento
de su renta petrolera ... lo cual plantea el problema del reparto
de las sobreganancias de los cárteles petroleros y da lugar
a un replanteamiento del orden económico mundial establecido.
E1 procedimiento iraquí consistió,
en un comienzo, en arrastrar al mundo árabe a su estrategia.
Esto se deduce claramente de la carta dirigida por el gobierno
iraquí al secretario general de la Liga de los Estados
Arabes el 16 de julio de 1990. En esta carta, los iraquíes
acusan a Kuwait y a los Emiratos Arabes Unidos de haber inundado
el mercado del petróleo con un excedente de producción
fuera de la cuota que les asignó la OPEP, lo que engendró
una peligrosa caída del precio del petróleo, que
a veces bajó a 11 dólares, es decir, a un precio
por debajo del fijado por la OPEP, que es de 18 dólares
el barril(l). Los iraquíes estiman que cada vez que el
precio del crudo baja un dólar, ellos pierden un billón,
en calidad de ingresos anuales. Además, según los
iraquíes, la caída de los precios registrada entre
1981 y 1990 hizo perder a los países árabes productores
de petróleo alrededor de 500 billones de dólares
(de los cuales 89 corresponden a Iraq).
Es por eso que Iraq propuso al conjunto de países
árabes productores o no de petróleo elevar el precio
del petróleo a 25 dólares; crear un fondo de ayuda
y desarrollo árabe, que se abasteciera con cada dólar
suplementario por barril vendido por los países productores
a más de 15 dólares; y resolver la deuda interárabe,
desde una visión nacionalista y según las exigencias
de la seguridad nacional árabe común.
Este proyecto iraquí fue considerado por EE.UU.
como una peligrosa amenaza para el futuro del capitalismo mundial,
por diferentes razones.
La primera es que el petróleo constituye,
y constituirá aún durante mucho tiempo, una mercancía
vital para la reproducción del capital en muchos sectores
de la actividad económica; y que una solidaridad árabe
en torno a este asunto podría influir mucho sobre el curso
de la acumulación del capital y, especialmente, sobre la
dominante posición norteamericana y su papel de liderazgo
mundial.
La segunda es que el precio de producción
individual del petróleo árabe, en el Golfo y en
África en otras palabras, su costo de extracción,
es considerablemente más bajo que el del crudo norteamericano,
no s610 porque la calidad del primero es mejor y contiene, por
término medio, menos impurezas, tales como azufre, etc.,
y más UEC (unidad de equivalente carbón) y, por
lo tanto, su costo de producción convertido en UEC es más
bajo, sino también porque, teniendo como base mejores condiciones
naturales (que proporcionan una renta diferencial), la perforación
de crudo en el Golfo y en África lo hace brotar a la superficie
más o menos espontáneamente. Por eso, el rendimiento
de cada pozo aquí es hasta mil veces más alto que
su rendimiento en Norteamérica. En efecto, en EE.UU., el
rendimiento del crudo por pozo y por día, asciende a sólo
dos toneladas, por término medio, mientras que en Oriente
Próximo alcanza, según los pozos, de 500 a 1900
toneladas.
La tercera razón, que se desprende de la anterior,
se refiere a la relación del precio de mercado de la energía
con el precio de producción individual (costo de extracción)
calculado en términos de UEC, que pone de manifiesto que,
debido a sus cualidades naturales, el petróleo árabe
permite realizar enormes masas de sobreganancias, ya que para
un precio medio de 10 dólares el barril de petróleo
árabe, los costos de extracción representan del
uno al dos por ciento del precio de mercado. Esto muestra el interés
del petróleo árabe para el capital internacional,
desde el punto de vista de su valorización.
La cuarta razón es que lo esencial de esas
sobreganancias se va a los cárteles del petróleo
y a los Estados occidentales (a través de los impuestos
sobre los aceites minerales obtenidos con la transformación
del crudo, que recaudan estos Estados). Los Estados extractores
reciben, sin duda, cierto porcentaje de la sobreganancia realizada
por los cárteles del petróleo, a cambio del arrendamiento
de las fuentes de petróleo. Pero ese porcentaje depende
del nivel del precio del crudo. De modo que para reducir la renta
cobrada por los Estados extractores, los cárteles multinacionales,
así como los Estados consumidores, tienen un particular
interés en que la base de cálculo de ese arrendamiento
pagado a los Estados extractores es decir, el precio del crudo
sea mantenido lo más bajo posible por debajo del verdadero
valor de mercado del petróleo crudo. Observemos que si,
como base de cálculo de ese arrendamiento, fuese tomado
el precio real de mercado, correspondiente al valor de mercado
del petróleo para calcular este valor hay que conocer los
verdaderos costos de transformación del petróleo
crudo en un producto acabado, así como los ingresos provenientes
de sus subproductos, pero ambos forman parte de los secretos de
los cárteles petroleros, el porcentaje de los Estados extractores
en la sobreganancia realizada seria varias veces más alto
que lo que efectivamente se les paga(2). Esta situación
hizo que los Estados extractores siempre procuraran crear una
relación de fuerzas que les permitiese aumentar, tanto
como fuera posible, el precio del crudo, por no haber podido cambiar
la base de cálculo del arrendamiento. Y eso es lo que Iraq
trató de hacer en un primer momento, a partir de una visión
nacionalista que preconiza la solidaridad árabe y recuerda
sus intereses.
La quinta razón es que Iraq, con su procedimiento,
amenaza reactivar la solidaridad en el seno de la OPEP y volver
a poner al orden del día viejas reivindicaciones que EE.UU.
siempre procuró enterrar. En efecto, desde comienzos de
los años setenta, la OPEP y los países del Sur reivindican
una revalorización de los precios de los productos básicos
y la indexación de los precios de los productos exportados
por los países del Sur a los precios de los productos manufacturados
importados por ellos. Sin embargo, EE.UU. siempre consideró
que estas reivindicaciones constituían amenazas que influyen
peligrosamente en la reproducción del capital. En un discurso
pronunciado en la séptima sesión de las Naciones
Unidas, Henry Kissinger observó que "es paradójico
que el cataclismo más devastador para el desarrollo económico
durante esta década haya procedido no de la rapacidad imperialista,
sino de un aumento de precios arbitrario, monopolístico,
por parte del cártel de los países exportadores
(de petróleo)". Hay que señalar a este respecto
que si EE.UU. no reaccionó enérgicamente en ese
momento (los años setenta) contra las alzas del precio
del petróleo es porque entonces satisfacía más
del 90 por ciento de sus necesidades de petróleo crudo
con fuentes nacionales, y, por eso, los impuestos sobre los aceites
minerales representaban poca cosa. Asimismo, en esa época,
la URSS y el bloque socialista todavía desempeñaban
un papel, que excluía a priori el uso de la fuerza militar
contra un bloque de Estados (la OPEP), por añadidura solidario
en ese momento. Por todas estas razones, y por estar saliendo
de la guerra del Vietnam, EE.UU. prefirió utilizar esta
alza contra sus economías rivales, japonesa y alemana,
por una parte, y, por la otra, buscar el reciclaje financiero
y comercial de la renta de los Estados extractores en beneficio
propio. En cambio, la modificación de las circunstancias
en 1990 (un 50 por ciento de las necesidades norteamericanas de
petróleo bruto depende actualmente de la importación;
una OPEP debilitada; debilitamiento y desmoronamiento del bloque
socialista; una economía norteamericana fragilizada; un
Iraq amenazador, etc.) induce a EE.UU. y a sus aliados cercanos
a optar por el uso de la fuerza militar.
Pero más allá de estas razones relativas
a la cuestión del petróleo, hay que destacar la
determinación de los países del Norte de defender
el orden económico mundial en su esencia y sus características
fundamentales, tal como éstas se derivan de las exigencias
de la reproducción del capital, y que desemboca indefectiblemente
en una bipolaridad excesiva entre el Norte y el Sur.
En efecto, hay que recalcar que los mecanismos comerciales
que rigen los intercambios mundiales son la causa de la transferencia
de un colosal excedente de los países del Sur hacia los
países del Norte. Y esta transferencia es la causa de esa
bipolaridad excesiva, que hace que, en 1988, por ejemplo, los
países más ricos (esencialmente, los países
de la OCDE), que sólo albergan el 16,5 por ciento de la
población mundial(3) y ocupan el 18,7 por ciento de la
superficie del mundo, acaparen, ellos solos, el 81,5 por ciento
del producto interno bruto (PIB) mundial.
Esta realidad es el origen de diferencias humillantes
para la humanidad: en 1988, el PNB por habitante es de sólo
100 dólares en Mozambique, frente a 27.500 dólares
en Suiza, esto es, una diferencia de 1 a 275. Esta realidad también
es la causa de las altas tasas de mortalidad infantil (152 por
mil en Sierra Leona país aliado, sin embargo, frente al
13 por mil en Suecia), de analfabetismo (la tasa neta de escolarización
primaria es de sólo el 23 por ciento en Guinea, en 1987,
mientras que en Suecia es del cien por ciento), de desnutrición
(la aportación diaria por habitante es de sólo 1.595
calorías en Mozambique, frente a 3.645 en EE.UU., en 1986),
de la diferencia de las esperanzas de vida (43 años en
Guinea, frente a 78 años en Japón), etc.
Además, hay que destacar que los países
del Norte aprovechan esta bipolaridad para reforzar aún
más su dominación sobre los países del Sur
bajo la apariencia de ayuda, asistencia y solidaridad internacional.
En efecto, los países del Sur, al procurar luchar contra
su miseria, están obligados a dirigirse a los países
del Norte que acaparan más del 80 por ciento de la renta
mundial, a fin de financiar sus proyectos de "desarrollo".
Esto crea nuevas ocasiones que permiten al Norte someter al Sur
a nuevos mecanismos de transferencia a través del endeudamiento
(transferencia del servicio de la deuda). Más aún,
este endeudamiento es un medio utilizado por el Norte para controlar
el conjunto de los recursos concedidos (internos y externos),
tanto sectorialmente (orientando la selección de los proyectos)
como técnicamente (orientando la selección de las
técnicas utilizadas), conforme a la división internacional
del trabajo establecida según las exigencias de la reproducción
del capital a escala mundial. De este modo se cierra el círculo,
poniéndose en funcionamiento el conjunto de los mecanismos
(comerciales, financieros y tecnológicos, además
de los monetarios) para agravar aún más la transferencia
del excedente generado en el Sur hacia el Norte. Estos mecanismos
son la causa de la profundización de la bipolarización
mundial.
Entonces comprendemos que cuando Iraq reivindica
una revalorización del precio del petróleo, en realidad
atenta contra los mecanismos fundamentales del circulo mundial
(es decir, los mecanismos comerciales) y contra una mercancía
vital, fuente de sobreganancias colosales, transferidas, en gran
parte, hacia el Norte. En otras palabras, afecta un eslabón
fundamental de la cadena de la dependencia, que puede poner en
tela de juicio a los demás eslabones y, de este modo, modificar
la reproducción del capital a escala mundial. Es por eso
que Sadam se ha convertido en el enemigo que hay que derribar,
tal como sucedió antes con el Dr. Mosadeg en Irán,
con Allende en Chile o con Gadafi en Libia. Ni los jeques árabes
los aliados de hoy se libraron de las balas de los medios de comunicación
occidentales durante los años setenta, a consecuencia del
alza del precio del petróleo, que, sin embargo, no había
sido desencadenada por ellos.
Pero mientras dure esta realidad bipolar entre el
Norte y el Sur, siempre habrá un "Hitler" en
algún lugar del Sur que ocupará la primera plana
de la prensa occidental. Y, entre tanto, y a la espera del próximo
chivo expiatorio, esta prensa tendrá ocasión de
hablar de "la libertad, la democracia y los derechos humanos"
(sic).
Ahora se trata de analizar, más allá
de la aparente solidaridad de los países del Norte, las
divergencias de sus intereses que ya fueron indicados por los
respectivos papeles que desempeñaron los diferentes países
de la coalición y que amenazan con influir sobre el desarrollo
de los acontecimientos de la posguerra, tanto a nivel de las relaciones
entre países del Norte, como a nivel de las relaciones
Norte-Sur. Concretamente, estas divergencias surgirán con
más fuerza aún cuando se trate de determinar la
configuración de lo que se denomina Nuevo Orden Mundial,
y cristalizarán en torno a la cuestión del liderazgo
mundial.
Antes de analizar estos aspectos, hay que recordar
que, desde hace unos veinte años, el capitalismo sufre
una crisis que muchos califican como estructural. Es una crisis
del régimen de acumulación intensiva centrada en
el consumo masivo, que prevaleció en la mayoría
de las economías capitalistas dominantes durante el período
de la posguerra. Concretamente, esta crisis se revela en el agotamiento
de las ganancias de productividad taylorianas y en el alza de
la composición del capital en el proceso fordiano, que
han generado tendencias a la baja de la rentabilidad y discordancias
entre las transformaciones de las normas de producción
y la orientación del consumo. También es una crisis
de la regulación, de carácter esencialmente nacional
durante el periodo de la postguerra, y que cada vez choca más
con la creciente internacionalización de la producción
y de la circulación, exigiendo, de ese modo, una regulación
más bien a escala mundial(4).
Esta crisis, que apareció a partir de fines
de la década de los sesenta en EE.UU., ha hecho que la
economía norteamericana, que ocupa el lugar dominante en
la economía mundial, no haya dejado de manifestar, cada
vez más, signos de regresión y de decadencia, en
comparación con las economías japonesa y alemana,
que muestran un dinamismo especial y se afianzan como potencias
mundiales ascendentes, que tendencialmente amenazan el liderazgo
norteamericano.
Es verdad que, utilizando indicadores cuantitativos
clásicos y desde un enfoque estadístico, la economía
norteamericana todavía aparece como la economía
mundial dominante, con su 36 por ciento del PNB global de la OCDE
frente al 19 por ciento para Japón y el 9 por ciento para
la RFA. Con todo, si se adopta un enfoque tendencial, basado en
el análisis de la dinámica de la acumulación
del capital norteamericano, la economía norteamericana
aparece entonces como una economía en vías de decadencia,
y de pérdida de su papel de liderazgo, en comparación
con la economía japonesa (no mencionamos aquí a
la economía alemana para no hacer más pesado este
articulo).
En efecto, el análisis de largo periodo, y,
más exactamente, a partir del comienzo de la crisis del
régimen de acumulación norteamericano, calificado
como "fordista" por la escuela de la regulación,
revela un ahogo del crecimiento en comparación con el venturoso
periodo de la posguerra y con la economía japonesa. De
1965 a 1980, la tasa de crecimiento anual promedio del PIB norteamericano
es del 2,7 por ciento, con una ligera recuperación entre
1982-1989, que eleva esa tasa al 3,7 por ciento. Mientras que
la economía japonesa, durante los mismos periodos, realiza
tasas que alcanzan? respectivamente, el ó,5 por ciento
y el 4,4 por ciento.
Pero lo que es importante, en realidad, no son estas
tasas, sino, más bien, el respectivo tipo de acumulación
del capital, que es la causa de estos resultados cuantitativos.
En lo que respecta a la economía norteamericana en crisis,
ese tipo de acumulación puede calificarse como extensivo,
cada vez más sostenido por la fracción improductiva
del capital y basado en rígidas estructuras de empresa,
cada vez menos capacitadas para gestionar los cambios y las frecuentes
perturbaciones de una economía que cada vez es más
mundial(5).
El carácter extensivo del modo de acumulación
del capital norteamericano aparece en la evolución de la
productividad, considerada, con razón, como un indicador
sintético de la dinámica económica. El análisis
de largo periodo muestra que, entre 1960-1973, 1973-1981 y 1982-1989,
la productividad norteamericana aumentó, respectivamente,
en un 2 por ciento, un 0,2 por ciento y un 1,7 por ciento. Mientras
que en Japón, esas tasas son del 9,1 por ciento, del 2,7
por ciento y del 3,3 por ciento durante los mismos períodos(6).
Se observará la identidad de las fases de ahogo y de recuperación,
que revela el carácter mundial de la reproducción
del capital; pero también se observará el mantenimiento
bastante vigoroso de la productividad japonesa, realizado gracias
a una acumulación de carácter más bien intensivo.
Estas diferencias en el modo de acumulación del capital
en EE.UU. y en Japón se explican por diferentes factores.
En primer lugar, hay que destacar la composición
sectorial de la acumulación del capital, tal como se revela
en la estructura de la producción. En EE.UU., la distribución
del PIB muestra que la participación de la industria pasó
del 38 al 33 por ciento entre 1965 y 1988, frente al 43 y al 41
por ciento, respectivamente, en Japón. Esa participación,
para la industria manufacturera, que es más significativa,
pasó del 28 al 22 por ciento en EE.UU. y del 32 al 29 por
ciento en Japón. Esto muestra el dinamismo y la vitalidad
del capital productivo en Japón, en comparación
con el capital norteamericano. Esta vitalidad se obtuvo gracias
al afán de inversiones industriales hecho por Japón
y que llegó al 17 por ciento de su PNB desde 1972, frente
a sólo el 12 por ciento en EE.UU. Paralelamente a la regresión
de la participación industrial, se observa una progresión
de la participación de los servicios, que llega al 65 por
ciento del PIB en EE.UU., frente al 57 por ciento en Japón.
Esta progresión muestra la importancia cada vez más
grande del capital improductivo norteamericano con relación
a su capital productivo(7).
En segundo lugar, hay que destacar el carácter
relativamente más frágil de las empresas norteamericanas
con relación a las japonesas. Esta fragilidad es, en primer
lugar, de orden financiero: alza del coeficiente endeudamiento/fondos
propios(8), baja del coeficiente beneficio neto/carga de interés
neta(9). Esta situación vuelve a las empresas norteamericanas
muy sensibles a las variaciones de la coyuntura económica
nacional, y también internacional (alza del precio del
petróleo, por ejemplo), y poco aptas para acompañar
a largo plazo las exigencias de los cambios tecnológicos
en curso. Además, se vuelven presas fáciles para
una absorción por parte de firmas extranjeras.
La fragilidad aparece también a nivel de las
posibilidades de innovación que revelan esas empresas.
Aunque los gastos de investigación para el desarrollo son
de un nivel comparable en EE.UU. y en Japón, hay que destacar,
sin embargo, que los esfuerzos en este campo los hacen en Japón
esencialmente las empresas privadas (más de 80 por ciento
del esfuerzo), mientras que en EE.UU. y en los demás países
industrializados, este esfuerzo es, en general, obra del Estado.
Esta diferencia revela una mayor autonomía de las empresas
japonesas y ofrece un mayor margen de maniobra al Estado japonés
para financiar programas de investigación estratégicos.
Estas diferencias, más la importancia de la dimensión
aplicada de la investigación en Japón, explican
el aumento de la cantidad de patentes japonesas y la disminución
de las de EE.UU. Además, hay que recordar que los índices
de encuadramiento en las empresas japonesas son significativamente
más elevadas que los que existen en EE.UU. En efecto, en
Japón se cuentan 5.000 técnicos por un millón
de habitantes, frente a sólo 3.500 en EE.UU.
Hay que destacar, por último, un elemento
de gran importancia: el relativo al carácter de la organización
del trabajo que reina en las empresas norteamericanas y que es
de tipo tayloriano, que asimila al trabajador a un simple factor
de producción, excluido de la operación de la creatividad
y de la innovación. Mientras que en Japón, las relaciones
sociales en general permiten una mayor integración y pertenencia
de los trabajadores a sus empresas y a los objetivos de éstas,
lo cual hace a estas empresas más flexibles y aptas para
reaccionar mejor ante las mutaciones estructurales y las fluctuaciones
coyunturales.
Investigación para el desarrollo, índices
de encuadramiento y relaciones sociales en las empresas son factores
que determinan ampliamente el curso de la innovación y
del progreso en las empresas, y que diferencian y explican los
resultados de las japonesas en comparación con las norteamericanas.
Y esta diferencia hace, además, que las empresas japonesas
estén claramente mejor situadas para gestionar las mutaciones
tecnológicas, financieras, comerciales y monetarias que
caracterizan a una economía mundial en búsqueda
de una salida de la actual crisis del capitalismo.
Señalemos que el mercado financiero no ha
dejado de sancionar la fragilidad norteamericana: las empresas
que han visto disminuir su cotización financiera han sido
4,2 veces más numerosas que aquéllas cuya cotización
subió durante los primeros seis meses de 1990. Recordemos
que en el punto más bajo de la recesión, en 1982,
ese coeficiente no había superado el 2,8. Además,
hay que destacar que incluso las empresas que intentaron aumentar
sus tasas de ganancia sólo pudieron hacerlo gracias a montajes
financieros, y no apoyándose en la creatividad industrial.
En tercer lugar, y como conclusión de lo
que antecede, ahora comprendemos por qué EE.UU. no podía
tolerar un aumento del precio del petróleo, que no habría
dejado de socavar peligrosamente un sistema productivo de fragilidad
avanzada. Por otra parte, esta fragilidad ya quedó claramente
revelada con motivo del primer "choque petrolero", de
1973-1974, y del segundo choque, producido en 1979-1980, aunque,
en esa época, EE.UU. era muy poco dependiente del abastecimiento
externo de petróleo, a la inversa de Japón y Alemania.
Estos países pudieron entonces digerir y amortiguar los
dos choques movilizando substanciales ganancias de productividad
gracias a la flexibilidad y a la dinámica de sus estructuras
productivas. En cambio, EE.UU. sufrió una clara agravación
de todos sus desequilibrios, que, desde entonces, se volvieron
estructurales (desequilibrio presupuestario, que llegó
a 220.000 millones de dólares en 1991; desequilibrio de
la balanza comercial, que llegó a 143.000 millones de dólares
en 1988). En realidad, estos desequilibrios no son más
que el reflejo de una dinámica de acumulación que
acusa diferentes signos de ahogo, en comparación con el
dinamismo de acumulación del capital japonés.
A partir de este breve análisis, podemos destacar
lo siguiente:
La relativa fragilidad de la economía norteamericana
ha sido la causa del surgirniento de una dinámica de guerra
con el fin de impedir todo reajuste significativo del precio del
petróleo, que no habría sido digerido por estructuras
económicas frágiles y que no habría dejado
de precipitar la decadencia norteamericana y amenazar aún
más su papel de liderazgo. De modo que el poderío
militar norteamericano, cada vez más desproporcionado con
relación a su base económica, ha sido movilizado
en auxilio de una economía estructuralmente decadente.
Esta tendencia belicista ha sido reforzada por un
capital improductivo cada vez más importante(10), con una
base productiva cada vez más estrecha y frágil,
incapaz de sostener la valorización del capital en su conjunto.
De ahí la tendencia rentista y especulativa del capital
norteamericano, que se ensaña con las fuentes de sobreganancia,
en este caso petroleras, a fin de controlar mejor la renta cobrada
por los Estados extractores. Del mismo modo, el Estado norteamericano,
al importar cada vez más petróleo, se convierte
en parte acreedora en el reparto de las sobreganancias, a través
de los impuestos fiscales sobre los aceites minerales.
Para los norteamericanos, la guerra contra Iraq
ha sido un modo de librar una guerra contra Japón y Alemania
como potencias mundiales ascendentes. En efecto, para los norteamericanos,
correr el peligro de un aumento del precio del petróleo
de alrededor del cuarenta por ciento, tal como reivindicó
Iraq, viene a ser aceptar el riesgo de que la mayor renta que
de ello se deriva sea, en lo esencial, reciclada comercialmente
por las economías japonesa y alemana, debido a sus ventajas
competitivas, posibilitadas por su dinamismo industrial. Esto
significaría la aceleración del ascenso de estas
economías y la precipitación del ocaso norteamericano.
Sin hablar del hecho de que este ocaso podría abrir nuevas
perspectivas a estas economías ascendentes para que se
doten del poderío militar que necesitan para el completo
desarrollo de su papel de liderazgo. Por eso, Japón y Alemania
no eran abiertamente favorables a un desenlace militar de la crisis
del Golfo. Su participación en el financiamiento de la
guerra, más tarde, corre el peligro de volverse contra
ellos en la medida en que, en la competencia internacional, EE.UU.
tendrá dos temibles armas a su favor: su poderío
militar y su control de la renta petrolera, pudiendo ésta
ser reciclada en beneficio propio gracias a su supremacía
en lo militar. Además, esto ya ha comenzado, puesto que
lo esencial de los contratos para la reconstrucción de
los países aliados del Golfo ha pasado sin licitaciones,
es decir, sin competencia internacional, a manos de los norteamericanos,
Esto presagia el nuevo orden económico internacional, que
ya no será regulado por el mercado (tan alabado por los
norteamericanos), sino por un "Rambo", que desempeñaría
las funciones del famoso perito tasador de la teoría liberal.
Los análisis anteriores muestran que, en el
seno de los países del Norte, la guerra económica
podría redoblar en intensidad, y esto no dejaría
de influir en la configuración del nuevo orden económico
mundial que los norteamericanos intentan instaurar conforme a
sus exclusivas exigencias ... a menos que los diferentes imperialismo
occidentales y japonés acepten fusionarse bajo la bandera
de la pax americana "new look". Pero en este caso ¿no
amenazaría esto con frenar o amortiguar el impulso de las
economías ascendentes? Y en caso contrario, es decir, si
las economías ascendentes rechazan la bandera norteamericana,
el nuevo orden ¿será multipolar, presagiando eventuales
guerras interimperialistas?
En estos ejercicios futuristas, las cosas se complican
aún más cuando en el análisis se hace entrar
a la URSS. Pues ¿aceptará la URSS el estatuto de satélite
en este juego, o aún desempeñará el papel
de una potencia mundial, utilizando también, a su manera,
su no menos temible poderío militar? Creemos que, probablemente,
podría estar tentada de hacerlo, por diferentes razones:
importancia de las industrias de armamento de la URSS en los equilibrios
económicos rusos; importancia de estas industrias también
en el desarrollo de las fuerzas productivas, pues los descubrimientos
tecnológicos se realizan, la mayoría de las veces,
en el sector militar, y luego son aplicados en el ámbito
civil; además, dentro de unos diez a catorce años,
la URSS será importadora de petróleo, y, por eso,
no puede desinteresarse de un Golfo que, a su lado, nada en petróleo
...
Por las diferentes razones anotadas, nos inclinamos
más bien a pensar que la lucha entre las diferentes potencias
mundiales amenaza con intensificarse, pues los intereses establecidos
parecen poco convergentes ... a menos que todas esas fuerzas mundiales,
económicas y militares, entren en las filas norteamericanas.
Pero ¿contra quién y por cuánto tiempo? Contra
el Sur, muy probablemente, pero por un corto periodo de tiempo,
verosimilmente.
También es verdad que, en todos los casos
supuestos, no es seriamente previsible un orden mundial estable
en ausencia de una salida clara de la crisis del capitalismo mundial.
Por esta razón, los países del Sur podrían
aprovechar las contradicciones existentes entre los países
del Norte (incluida la URSS) para actuar sobre la configuración
de un eventual futuro orden mundial estable. Esto requiere mucho
trabajo de coordinación, que no es imposible de realizar,
habida cuenta del interés de los países del Sur,
de los múltiples desafíos a los que estos se enfrentan
y de la nueva conciencia acerca de todo lo que está en
juego, que la guerra del Golfo ha hecho surgir entre las masas
populares y la clase política en los países del
Sur. Este será el objeto del siguiente punto.
Esta parte será tratada a manera de conclusión.
Intentará prever el perfil de la futura dinámica
socioeconómica en la región del Magreb, observando
el modo en que fue vivida la crisis del Golfo tanto por las masas
populares magrebies como por la clase política de esta
región. En efecto, esta vivencia refleja una cierta percepción
de los hechos y anuncia una cierta proyección del futuro,
a partir de una nueva visión de si mismo y del otro.
El comportamiento de todas las fuerzas populares
y políticas magrebíes abiertamente pro-iraqui y
anti-occidental, o no significa, fundamentalmente, un evidente
retroceso de la ideología del discurso imperialista, desde
los puntos de vista económico, político y jurídico.
A nivel político y jurídico, la utilización
ideológica de valores universales, tales como los derechos
humanos, la democracia, la libertad, etc., por parte del imperialismo
ha sido desenmascarada y quebrantada por la brutalidad de la reacción
imperialista y su encarnizamiento en aplastar con violencia y
en sangre toda veleidad del Sur de controlar el precio de sus
riquezas naturales para realizar su construcción nacional.
Y así como el capital internacional partía ayer
a la guerra contra el Sur para saquear sus riquezas en nombre
de una misión civilizadora, hoy parte a la guerra para
impedir el control del Sur sobre sus riquezas naturales en nombre
de la legalidad internacional ... probablemente porque los "bárbaros"
de ayer (según el capital) se han reconvertido, entretanto,
en "bandidos", bajo la influencia de la civilización
capitalista.
Y así como el capital generó ayer el
surgimiento de movimientos nacionalistas para la liberación
y la independencia política, hoy también podría
contribuir a profundizar las aspiraciones a una liberación
social y económica.
A nivel económico, la guerra del Golfo también
ha revelado el carácter ideológico de las teorías
económicas dominantes relativas a la cuestión del
desarrollo y a la de las relaciones económicas internacionales.
En efecto, durante mucho tiempo, estas teorías defendieron
una concepción del desarrollo basada en la interdependencia,
la ayuda internacional, la cooperación internacional científica
y técnica, las virtudes de la transferencia tecnológica
y de la especialización internacional, etc. Pero aquí
también, la práctica imperialista durante la guerra
ha quebrantado esos postulados y desenmascarado su carácter
ideológico.
En efecto, los acontecimientos del Golfo han demostrado
claramente que esta ayuda no es, en realidad, más que el
precio de la aceptación de la satelización y la
dependencia política y económica; puesto que los
Estados imperialistas, y las instituciones internacionales que
están a su sueldo, no han vacilado en reducir, bloquear,
o suspender esas ayudas a todos los Estados que adoptaron, incluso
con moderación, una posición diferente de la de
los países coaligados. Mientras que los que entraron a
las filas tuvieron derecho a las migajas de los países
imperialistas y sus instituciones internacionales.
Por su parte, el mito de la asistencia científica
y técnica, que se supone acelera el desarrollo económico
de los países del Sur, se desvaneció rápidamente
cuando en Francia se impidió que estudiantes iraquíes
se inscribieran en hileras de tecnología avanzada, y, en
Inglaterra, estudiantes iraquíes fueron incluso detenidos
y considerados como prisioneros de guerra. Paralelamente, e incluso
antes del desencadenamiento de las hostilidades, muchos países
árabes simpatizantes con Iraq se encontraron en la lista
de los países sometidos a control en la transferencia de
tecnología norteamericana. Todas estas represalias económicas,
y otras más (ejercidas discretamente, como, por ejemplo,
la reducción o la anulación de becas de cooperación),
han echado hacia atrás los mitos y el imaginario, y han
suscitado en los países del Sur una conciencia de lo vivido
y de lo real.
Esta conciencia se plasmará, inevitablemente,
en el surgimiento de una nueva visión de si mismo, de la
sociedad y del mundo, que no dejará de influir sobre los
enfoques y las prácticas del desarrollo económico.
Ya en la lectura de los discursos políticos
actualmente dominantes en los países magrebies podemos
detectar fácilmente los signos prometedores de una nueva
conciencia y la voluntad de aceptar los desafíos que ha
revelado la guerra del Golfo. Estos discursos mencionan, muy a
menudo, la situación de dependencia económica (en
lugar de la interdependencia); destacan el carácter imperialista
de las relaciones internacionales (en lugar de la cooperación);
redescubren las virtudes de apoyarse en sus propias fuerzas (en
lugar de la ayuda de los países amigos); insisten en las
virtudes del trabajo, del saber y de la creación (en lugar
de la transferencia tecnológica); recuerdan la necesidad
de elaborar un consenso nacional que permita aceptar los desafíos
(aquí se defiende la necesidad de la construcción
nacional en lugar de la integración en el mercado mundial);
invitan a una profundización de la cooperación Sur-Sur,
en el marco de la construcción de conjuntos regionales
que posibiliten una mejor gestión de las obligaciones internacionales;
sienten cada vez más la relación entre lo económico
y lo político, rompiendo así con una visión
economicista del desarrollo, vehiculada por las teorías
dominantes, etc. Estas mutaciones en los discursos políticos
reflejan las reacciones de las masas populares, que proclamaron
sus sentimientos antiimperialistas y su aspiración a una
liberación económica y social. Estas mutaciones
anuncian un saludable despertar en sociedades árabes rentistas,
especulativas e improductivas, que han devaluado el trabajo, el
saber y la creación, para hundirse en el consumo y la extraversión
resignada. Este despertar podría desembocar, en la práctica,
en la rehabilitación de un conjunto de valores, necesarios
para todo proyecto de construcción económica nacional
que quiera gestionar las obligaciones internacionales a partir
de un enfoque estratégico y de una visión global
del fenómeno del desarrollo. También podría
hacer retroceder los egoísmos nacionales y reactivar la
dinámica de construcción de conjuntos económicos
(Magreb) más fiables, que permitan una mejor gestión
de las obligaciones internacionales y una mayor autonomía
colectiva. Este despertar también podría dar paso
a una mayor cooperación entre países del Sur, para
volver a poner sobre la mesa de negociaciones el expediente Norte-Sur,
en la perspectiva de un nuevo orden mundial menos coercitivo.
Todo esto significa que la guerra del Golfo es un
momento que podría tener el mérito de haber acelerado
la historia, al engendrar la intensificación de las luchas
a todos los niveles y profundizar las aspiraciones de los pueblos
del Sur a la liberación económica y social. Esta
lucha será, sin duda, ardua y, a veces, sangrienta, pues
todas las fuerzas sociales (nacionales, regionales o internacionales)
que han acumulado fortunas y edificado intereses en base al orden
mundial establecido se opondrán a todo intento de cambio
de este orden en sus fundamentos y su esencia. El próximo
periodo amenaza con caracterizarse por las tensiones y la desestabilización.
De modo que la guerra del Golfo habrá constituido s610
un primer episodio sangriento de una economía mundial en
grave crisis.
(1) Recordemos que ese precio había llegado
a 34 dólares, frente a 3,4 dólares en 1973. Desde
1982, ese precio no ha hecho más que bajar. Y los norteamericanos
hablan de fijarlo en 10 dólares el barril después
de la guerra del Golfo.
(2) A titulo indicativo, M. Masarat considera que, en 1973, los Estados extractores sólo recibieron, en conjunto, el 7 por ciento del verdadero valor de mercado de su petróleo crudo (contrariamente a su participación formal, que era del 55 por ciento y estaba calculada teniendo como base el precio declarado), mientras que los Estados consumidores se apropiaban del 62 por ciento de ese valor, en forma de impuestos, y los cárteles petroleros, del resto.
(3) De estas estadísticas se excluye a la URSS, Corea del Norte, la antigua República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Cuba, Bulgaria, Albania, Mongolia y Namibia.
(4) Las reuniones de los siete países más
industrializados intentan responder a esta exigencia. Al lado
se han establecido estructuras informales, como la Comisión
Trilateral y el Council of Foreign Relations, que se dedican a
reflexiones sobre el futuro de las relaciones internacionales.
En todos los casos, los países del Sur se encuentran apartados
porque son considerados simples tierras adentro de las economías
centrales.
(5) En el largo período 1965-1988/1989, la tasa anual de crecimiento del PIB japonés es casi el doble de la de EE.UU. (5,7% frente al 3%).
(6) Entre 1960 y 1989, la tasa anual de crecimiento
de la productividad japonesa es cuatro veces superior a la de
la economía norteamericana (5,4% frente al 1,3%).
(7) Y, además, encabezado por un lobby judío
bastante influyente, protector de un Israel amenazado por una
potencia iraquí ascendente.
(8) Este coeficiente pasó del 47,3% en 1980
al 72,3% en 1988.
(9) Este coeficiente pasó del 1,17 durante los años setenta al 0,76 en 1980, para cer al 0,3 1 en 1991.
(10) Estas mutaciones sectoriales están consideradas
por la teoría económica (Clark) como parte de la
evolución histórica normal del capitalismo. Sin
embargo, consideramos que, para mantenerse, este rápido
crecimiento del sector terciario (los servicios) debe estar sostenido
por una dinámica base productiva, que produzca suficiente
valor como para garantizar la prosecución de la valoración
del capital.