EPILOGO

La guerra del Golfo y el devenir del mundo arabe

La guerra del Golfo ha mostrado la importancia del contencioso síquico, ideológico y político que enfrenta a los occidentales y a los árabes y los musulmanes. Después de más de un mes de combates, entre los más mortíferos de la historia de la humanidad, las posiciones de ambos campos siguen iguales. No es seguro que las consecuencias lejanas de la guerra puedan quebrantar las concepciones que unos y otros tienen sobre las causas, los temas, los objetivos reales y las consecuencias de este gran conflicto de fines del siglo XX. Las potencias coligadas-las occidentales en particular-seguirán sosteniendo la tesis de una guerra justa, motivada por la aplicación del derecho (internacional), a lo que los árabes opondrán la tesis de la voluntad premeditada de aquéllas de destruir el potencial militar iraquí a fin de mantener su control sobre la riqueza petrolera, reducir los precios de esta materia prima y garantizar la dominación militar israelí en la región. A juicio de los árabes, esto significa automáticamente el mantenimiento del statu quo ante, es decir, el retorno a una situación insostenible de bloqueo estratégico en lo que concierne a la búsqueda de una solución para la tragedia palestina, la continuación del colapso económico, la ausencia de cooperación entre los países árabes ricos y pobres, y el refuerzo del sistema de opresión política, que se basa en la alianza, en el campo de la seguridad, con regímenes impopulares apoyados desde el exterior.

Entonces, los árabes, que no dejan de clamar justicia ¿son tan insensibles al concepto de derecho? Y los occidentales, que no dejan de jurar su devoción a los principios de paz, seguridad, prosperidad y democracia ¿son tan insensibles a los sufrimientos del mundo árabe?

Este enorme malentendido plantea en realidad-a través de la oposición Occidente-mundo árabe que la actual guerra revela y amplía-la cuestión fundamental de las reglas de juego que deberían regir las relaciones entre las naciones en el momento en que los esquemas coloniales están superados y el concepto de soberanía absoluta tiende a fundirse en el horno de la globalización del devenir del mundo.

Sin duda, la feliz insistencia de Occidente en el derecho tiene su origen en la creciente necesidad, sentida por todas las naciones, de la urgencia del establecimiento de un orden mundial que garantice seguridad y estabilidad. En cambio, la reticencia que inspira este orden mundial a los árabes-y al mundo musulmán, y tal vez al conjunto del Tercer Mundo-está inscrita en un sentimiento de inseguridad reforzado por décadas, sino siglos, de opresión e injusticia, muchas veces en nombre del derecho. Por eso, detrás del duelo ocasional, lo que fundamentalmente se juega en la actual confrontación es la definición del contenido mismo del derecho internacional que constituye, o debería constituir, la regla de juego de todo orden que no quiera ser simplemente el diktat del más fuerte. La Organización de las Naciones Unidas, tal como fue constituida tras la victoria de los Aliados ¿representa la sede de un poder legislativo internacional? Los medios de que dispone ¿pueden garantizar la aplicación imparcial de las decisiones? Más importante aún: ¿pueden realmente todos los pueblos y naciones hacer oír su voz contra las manipulaciones internacionales, las maniobras políticas y el peso de las dictaduras? En resumen ¿de qué derecho internacional hablamos? Y ¿cuál es la filosofía de ese derecho y en qué principios puede basarse?

1. Del concepto de interés en política

A menos que no se piense la política en términos angelicales, la intervención militar de los coligados, al igual que la de Iraq en Kuwait, no tiene otra motivación que el interés. De lo contrario, habría que creer que Estados Unidos envía a sus hijos a hacerse matar en el Golfo para ofrecer a los árabes la democracia y la paz en bandeja de plata, lo que hace confundir la política con la caridad cristiana.

Sin embargo, la búsqueda del interés por parte de los individuos o de las naciones no forma parte de la ética de nuestro mundo moderno, ni inhibido ni inmoral. Es, por el contrario, la fuente de racionalización de los conflictos, en la medida en que basa la política en un concepto más transparente y negociable. Es, incluso, la causa del gran progreso que ha realizado la humanidad en el campo de las políticas nacionales. Este principio no es, pues, discutible. Es más bien la voluntad de disimular sus verdaderos intereses detrás de principios moralistas generosos lo que nos debe hacer dudar de las buenas intenciones de unos y otros. Lo que es discutible, en cambio, es la legitimidad de ese interés, tanto en cuanto a su carácter como en cuanto a los medios utilizados para conseguirlo. Es ahí donde hay que juzgar el comportamiento de las naciones, desde el punto de vista tanto moral como político.

Así, Iraq no cayó a causa de sus reivindicaciones-moral y políticamente negociables-tanto sobre la corrección del trazado de las fronteras como sobre la condonación de la deuda, sino a causa de los medios que utilizó el empleo masivo de la fuerza y la ocupación. En cuanto a Estados Unidos y los demás países occidentales participantes en la coalición, si el mantenimiento de una política petrolera moderada constituye un interés legítimo en sí numerosos problemas siguen planteados respecto a la definición de su carácter y de los medios utilizados para garantizar su respeto. Por ejemplo ¿en qué condiciones los países industrializados se sentirían seguros del aprovisionamiento en petróleo y qué nivel de precios correspondería mejor a sus legítimos intereses? ¿Aceptarían alcanzarlos mediante negociaciones con los países productores o contarían con emplear todos los medios, incluida la guerra y el Consejo de Seguridad?

Es de buen sentido pensar que el derecho no podrá ser sinónimo de justicia, y por lo tanto legítimo, más que en la medida en que su realización no ponga en peligro los intereses vitales de las otras partes y que los medios utilizados para ello sean proporcionales a las ganancias esperadas. Así, cualquiera que sea su legitimidad, la seguridad de un pueblo no puede justificar la destrucción de otro y cualquiera sea la importancia de lo que está en juego, el fin no justifica los medios. Caso contrario, la búsqueda del interés particular sólo tendría un limite posible en el poder, lo que, en situaciones de antagonismo irremediable, necesariamente transformaría a esta búsqueda en una lucha a muerte. Estaríamos, entonces, ante la desregulación generalizada, ante el caos.

Pero ¿cómo respetar la buena medida de su propio interés si se es incapaz de comprender el legítimo interés del otro? Y ¿cómo comprender éste sin tener la capacidad moral de elevarse por encima del egoísmo, que "en ausencia de un civismo mundial que está aún por inventar" se convierte en el único guía de los hombres (individuos y naciones) y conduce, en el actual contexto de desarrollo tecnológico, a la catástrofe económica y ecológica?

La política basada en el moderno concepto de búsqueda del interés silo puede funcionar-es decir, crear las condiciones de entendimiento y de paz en la normal situación de conflicto que caracteriza a la vida de los hombres y de las naciones-en la medida en que pueda haber un reconocimiento previo de la divergencia de intereses como algo natural y objetivo, un mutuo respeto de los intereses del otro, y, para ello, una distinción clara entre interés benigno e interés vital. Así es como podemos ser llevados a admitir límites en nuestra acción detrás de los cuales sabemos con certeza que el adversario no tiene otra alternativa que lanzarse a un combate suicida para defender su existencia, y esto independientemente de la relación de fuerzas, que podría serle desfavorable.

Sólo así puede funcionar el derecho como base de un orden estable en un mundo agitado y movido por la relación de fuerzas y la competencia. Sólo así podrá fundarse una política internacional, es decir, una regla de juego que consista en favorecer el compromiso y la repartición de intereses contra el principio de dominación y exclusión, creador de guerras, en el que ha estado basado el orden colonial del que aún no queremos deshacernos.

2. Del principio de negociar

En realidad, desde el momento en que aceptamos esta nueva regla, nos imponemos el principio ligado a ella, a saber: el diálogo y las negociaciones. Porque es el único medio de medir y apreciar el balance de intereses para llevar a efecto las mutuas concesiones, que son la base del tejido de un devenir humano común y mundial. Así se garantizarán los intereses vitales de unos y otros y, al mismo tiempo, se dará cuenta del factor fundamental de la relación de fuerzas que rige la modificación de intereses. En caso contrario, es decir, de negación neta de los intereses vitales de uno u otro protagonista, debemos saber que empujamos al adversario a cometer errores y que hacemos de su aplastamiento total la única salida posible del conflicto. Esta es la situación que Estados Unidos buscó crear en el Golfo para llevar a cabo planes preestablecidos.

El hecho más destacado-que constituyó la batalla principal de la crisis del Golfo-fue, por una parte, la voluntad abierta de Iraq de imponer el principio de negociación como medio para solucionar los problemas de Oriente Próximo, y, por la otra, el rechazo absoluto de Estados Unidos a negociar (contrariamente a las demás potencias); su voluntad, incluso, no menos hosca, de hacer fracasar todas las proposiciones, diálogos y negociaciones, hechas por los europeos, los árabes o los propios iraquíes. En este rechazo no se apuntaba sólo a Iraq, sino al mundo entero, que, en este período transitorio, busca resolver la difícil cuestión de la fijación de nuevas reglas de juego de la política internacional para las décadas venideras.

En efecto, como nos enseña la actual experiencia, cuando se es el más fuerte y la autoestima está basada en el menosprecio o la subestimación del valor del otro, uno está tentado a confundir el interés particular con el derecho, creando así un total atolladero a toda posibilidad de negociar. Esta es, en especial, la tradicional posición norteamericana respecto a todos los intentos de negociación global Norte-Sur, trátese de las materias primas, del nuevo orden económico mundial o de la información, y de los proyectos de seguridad colectiva.

Aceptar dialogar con un país del Tercer Mundo, máxime si es árabe o musulmán, significaría de inmediato el nacimiento de un nuevo orden mundial basado en la concertación-campo aún reservado-y, por lo tanto, poner en tela de juicio el orden actual, donde se sueña con mantener al Tercer Mundo, es decir, a las tres cuartas partes de la humanidad, en la marginación y la exclusión. Esto es lo que explica la facilidad con que Washington logró finalmente embarcar con él en el mismo barco a todo el mundo occidental, y que un banal conflicto de fronteras se vio convertido en pocos meses en una gran confrontación entre dos culturas y civilizaciones, incluso entre el Norte y el Sur.

En realidad, ante la increíble agravación de los problemas políticos y económicos del Tercer Mundo, por una parte, y, por la otra, ante la ausencia de una concepción de conjunto acerca del inmediato porvenir de la humanidad y de políticas coherentes para enfrentarlo, el bloque de los países ricos no quiere correr el riesgo de abrir un diálogo que sólo puede llevarlo a consentir grandes concesiones para aplacar la rebelión que bulle en la periferia. A ello prefiere un medio aparentemente menos costoso: la represión. La reestructuración de las estrategias militares en el sentido del refuerzo de las fuerzas de intervención rápida, a semejanza de lo que acaba de ocurrir en la región del Golfo, está más que nunca a la orden del día. Responde a esta gran preocupación. Al hacerse el depositario de la legalidad internacional, el bloque industrializado procura poner a cubierto por adelantado sus futuras intervenciones, si no a justificarlas. Y, en el mismo momento en que los norteamericanos manifiestan su voluntad de imponerse como el sherif del mundo, manipulando a la Organización de las Naciones Unidas, transforman al conjunto del Tercer Mundo en alguien potencialmente fuera de la ley.

Es difícil creer que la modificación de fronteras entre Kuwait e Iraq, que los kuwaitíes rechazaron por presión norteamericana, iba a amenazar el aprovisionamiento de Occidente en petróleo o su capacidad para maniobrar a las pequeñas monarquías petroleras que le están totalmente entregadas, y tanto más cuanto que los iraquíes eran el mejor interlocutor de las compañías occidentales.

El espectacular rechazo a negociar manifestado por Washington, prohibiendo toda solución política, es esa regla de juego en la que Estados Unidos quiere basar su hegemonía mundial generalizada, es decir, el nuevo orden norteamericano. Para conseguirlo, se persiguieron dos objetivos. En primer lugar, confirmar el liderazgo norteamericano frente a las potencias económicas rivales (europea y japonesa). En segundo lugar, llenar ante aquella parte del mundo que aún es objeto de la historia el espacio creado por la retirada de la Unión Soviética de la competencia estratégica planetaria. La guerra del petróleo, junto a los grandes conflictos que implica, ofreció una ocasión inesperada para la expansión de una potencia, que se vuelve posible tras décadas de desafío soviético. Ahora que tienen el indiscutido lugar de primera superpotencia, también pueden convertirse en indiscutibles.

En este sentido, la crisis del Golfo, en la lógica del desafío y de la escalada hasta el extremo, es el modelo de los futuros enfrentamientos sin salida que pondrán frente a frente al bloque de los países altamente industrializados y a las pequeñas potencias ascendentes del Tercer Mundo. Nos informa acerca de la calidad de la violencia con la que pretende imponerse la pax americana y alimentarse la resistencia que van a ofrecer las naciones desesperadas del Tercer Mundo.

Más allá de los intereses inmediatos que persiguen unos y otros-y que la prolongación de la guerra amenaza borrar totalmente-, lo que se está planteando es, pues, el difícil problema del nacimiento del futuro y verdadero orden mundial. ¿Vamos hacia un orden colonial, reforzado por el colapso de la potencia soviética-tradicional aliada de los países del Tercer Mundo-, orden basado en el diktat militar norteamericano y el seguidismo europeo, o bien asistimos a la emergencia del orden de la igualdad y del respeto mutuo, basado en el principio de diálogo, negociación, cooperación y responsabilización de todos los pueblos del mundo?

De todas maneras, de la aventura ruinosa, incluso suicida, a la que Estados Unidos ha arrastrado al mundo-inspirándose en el viejo lema "la única negociación con los árabes es la guerra"-no saldrá ningún orden de derecho, sino simplemente más conflictos y odios. La unificación del devenir del mundo hace que ningún problema-y, en primer lugar, el crucial problema del desarrollo-, pueda hallar solución hoy en el marco de un solo país o incluso de una misma región. La elaboración de políticas mundiales coherentes, las únicas capaces de dar seguridad a los pueblos y de cortar de raíz los gérmenes de conflictos mortales, exige por eso mismo la concertación y cooperación de todos. La paz es portadora de oportunidades y de progreso, mientras que la guerra sólo puede llevar al atolladero. Los 200.000 millones de dólares previstos para esta guerra, más de la mitad de los cuales ya se han gastado, habrían bastado para sacar al Tercer Mundo de su asfixia, para no hablar del mundo árabe, la primera víctima de esta guerra.

3. De los intereses vitales de los árabes

Es difícil llegar a cualquier grado de comprensión entre árabes y occidentales si cada una de las partes no intenta determinar de manera más clara lo que considera sus intereses estratégicos o vitales. Por lo que se refiere a los árabes, éstos pueden ser reunidos en tres conjuntos: intereses ligados a la integración económica y política del mundo árabe, como elemento de paz y equilibrio en la región; intereses referidos a la cuestión palestina y el conflicto árabe-israelí; y, finalmente, el desarrollo económico y social, con lo que esto supone de control de los recursos nacionales, adquisición de tecnología moderna y formación.

Desgraciadamente, en todos estos aspectos, las necesidades de las sociedades árabes en materia de cooperación regional, seguridad y desarrollo son desconocidas, si no conscientemente rechazadas.

La búsqueda de su unidad por parte del mundo árabe es sistemáticamente denigrada y malinterpretada. La idea misma de unión o de nación árabe es objeto de sospecha. Cuántas veces no se ha oído a responsables políticos o de medios de comunicación, y hasta a grandes intelectuales, tachar al nacionalismo árabe de idea ilusoria, irracional, peligrosa, y hasta fascista(1). Quién no ha oído a J. Delors, gran entusiasta de la unidad europea, decir en la televisión, desde el comienzo de la crisis del Golfo, que hay que brindar nuestro apoyo a ciertos países árabes para que dejen de pensar en esa idea unitaria. Los intelectuales y los políticos occidentales, los franceses en particular, incluidos los que han apoyado a los movimientos de liberación árabes, nunca han querido ver en la idea de la unión árabe otra cosa que la prueba del culto al pasado, y la reminiscencia de la idea imperial, arcaica e irreal, generadora de violencia y fanatismo. La ocupación de Kuwait no ha tenido valor más que porque viene a confirmar el carácter negativo del nacionalismo árabe, y, más allá de éste, del árabe mismo. Sería el ejemplo por excelencia del fracaso de su nacionalismo y la prueba tangible de su decadencia. Eso es lo que, además, explica, en parte, esa súbita devoción por la suerte de Kuwait, país que antes no estuvo menos olvidado o ignorado que los otros.

Ahora bien, la anexión de Kuwait jamás estuvo inscrita, ni para Saddam Hussein ni para los demás árabes, dentro de una lógica de unidad árabe, sino que fue anunciada dentro de una lógica de enfrentamiento y de escalada militar, y después del fracaso de la formación de un gobierno provisional creíble.

El nacionalismo árabe, al que no se deja de criticar, se refiere a la dignidad y a la soberanía de pueblos agredidos desde hace más de un siglo y que siguen sufriendo la presión política, militar y económica de las potencias dominantes. No tiene nada que ver con el nacionalismo conquistador de la Europa colonial de los siglos XIX y XX. En el mundo árabe, no tiene otra vocación que la de favorecer el acercamiento entre países muy semejantes con el fin de prevenir los conflictos latentes que están inscritos en la propia lógica de la división política, muchas veces arbitraria, la precariedad de los Estados y la comunicabilidad síquica, intelectual y política de los pueblos-, así como para aumentar sus posibilidades de desarrollo económico y social. Los esfuerzos de unificación no culminaron hasta ahora porque las espontáneas y legítimas aspiraciones de los pueblos a la unidad, global o parcial-el Magreb, por ejemplo-, no hallaron eco favorable en el seno de las élites dirigentes, aferradas a sus intereses inmediatos, y fueron contrariadas por los procedimientos estériles, supuestamente unitarios, de los gobiernos. Pero nada impide pensar que los métodos racionales que demostraron su eficacia en otros casos no sean algún día aplicados con éxito en esta parte del mundo para dar lugar a una gran federación de Estados árabes. Y eso será de gran utilidad y valor tanto para los árabes como para los europeos.

Pero cualquiera que sea nuestra apreciación personal de la validez o de la fiabilidad de esta idea, pienso que es simplemente inmoral sostener la idea de la unión europea-que considero positiva y necesaria-y oponerse, por una u otra razón, a la idea de cualquier integración del mundo árabe, que está compuesto por pueblos con la misma cultura y, mayoritariamente, la misma lengua y religión. La imagen de un Estado árabe que se extiende desde el Atlántico hasta el Golfo podría, sin duda, asustar a los europeos, que viven, desde el hundimiento de la aventura colonial, en el temor de la decadencia, que el estancamiento demográfico viene a reforzar. Pero deben pensar que, de todas maneras, el mundo árabe está ahí, y que será aún más amenazante si, dentro de un cuarto de siglo, cuando cuente 500 millones de habitantes, saliera de los conflictos de nuestro fin de siglo más dividido, empobrecido y dislocado. Superando los miedos y traumatismos pasados, uno se dará cuenta más fácilmente del interés vital de Europa en ayudar a ese mundo a hallar su equilibrio normal, su ritmo de desarrollo económico y social, y, por consiguiente, su integración positiva en el circuito de la civilización. Si, en cambio, el mundo árabe se hundiese y cayera en la anarquía y el caos, a falta del desarrollo constante y coherente que implica la integración, sería esencialmente Europa quien tendría que soportar el precio de su fragmentación, que se traduciría necesariamente en el flujo hacia Occidente de olas sucesivas de inmigrantes y refugiados. Para convencerse, basta meditar sobre la evolución del mundo chino o hindú. No se han vuelto más peligrosos porque hayan logrado mantener su unidad, sino muy al contrario. En cambio, todo el mundo se da cuenta hoy de que la fragmentación de la Unión Soviética constituiría un peligro seguro para Occidente, y Europa en particular. La política de división y debilitamiento del mundo árabe era rentable en el marco de un colonialismo primitivo y mercantil, centrado en el control de materias primas en regiones mal estructuradas o desestructuradas desde el punto de vista social y nacional. Ya no lo es en un mundo emancipado, abierto a la era de la comunicación, la ciencia y la tecnología. Semejante política, llevada a cabo hoy, llevaría a aceptar el desafío de destruir sistemáticamente a naciones enteras para conservar el acceso a materias primas. Es simplemente la política del avestruz. Y es exactamente lo que hacen los norteamericanos en el Oriente Próximo.

En el terreno de la seguridad, nadie puede negar el error de las potencias occidentales en apoyar sin condiciones la política expansionista israelí, generadora de conflictos sin fin y del envenenamiento del ambiente general en la región. Sin embargo, la represión total contra los palestinos no es el único aspecto del problema. El armamento sistemático e ininterrumpido del Estado israelí, por una parte, y, por la otra, la complacencia de los países occidentales a este respecto, tanto en lo que se refiere al desarrollo de las armas de destrucción masiva, y en particular el arma nuclear, como en lo que concierne a su estrategia de guerra preventiva, que se traduce en incursiones casi cotidianas y siempre impunes contra objetivos árabes considerados amenazantes en el futuro, constituyen un desafío de gran importancia a todos los Estados y a toda la comunidad árabe. La doctrina estratégica defendida por los israelíes y garantizada por las otras potencias occidentales-Estados Unidos en particular-, según la cual la seguridad de Israel silo puede ser preservada si este país de 4 millones de habitantes conserva una supremacía militar absoluta sobre el conjunto del mundo árabe, que cuenta con más de 200 millones de habitantes, contiene en sí misma toda la aberración política y moral que llevan directamente a la catástrofe. Pues este equilibrio, que se considera necesario, no significa otra cosa que el deber de desencadenar la guerra contra los árabes cada vez que Israel, o quienes están asociados con él, quieran destruir el potencial militar o económico de los países árabes. Esta guerra ininterrumpida, que pretende hacer abortar todo progreso árabe, es la encarnación misma del desequilibrio estratégico, que lleva directa e inevitablemente al incendio general y luego al caos.

La seguridad de los árabes-interés vital para toda nación-, siempre negada y hasta sacrificada, no puede estar a la merced de un general israelí o norteamericano. Para acabar con esta permanente agresión contra los árabes-que significa el agotamiento y la prohibición de cualquier acumulación económica o tecnológica-, hay que modificar radicalmente esa concepción parcial que consiste en no ver problema de seguridad alguno en Oriente Próximo más que para los israelíes, confundiendo seguridad y supremacía militar. Ahora bien, en la guerra, y sin la paz, no puede haber seguridad. Es verdad que, en este caso; habrá que poner punto final al proyecto del Gran Israel y al drama palestino, que son las bases mismas de la política israelí.

Más graves aún son las amalgamas que engendra la necesidad de justificar esta política irracional, y, en primer lugar, el anti-arabismo visceral y cada vez más extendido, que procura esencializar la identidad árabe del modo más negativo, a partir de actos individuales o de efervescencias coyunturales. En efecto, tras la retirada de la Unión Soviética, es grande la tentación de deshumanizar, y hasta de satanizar, al árabe a fin de legitimar la agresividad contra él y mantener el ambiente de la guerra fría con otros medios y con nuevos actores. Es así que se permiten las interpretaciones más tendenciosas y más falsas sobre los fenómenos o los comportamientos árabes, menospreciando cualquier sentido critico o racional.

No hablo aquí, por supuesto, del hombre de la calle. La solidaridad de los pueblos árabes y musulmanes con el pueblo iraquí, que nada tiene que ver con cualquier supuesto apoyo al modelo de gobierno iraquí, ha sido injustamente asimilada por intelectuales, filósofos, sociólogos y responsables políticos a una manifestación de fanatismo, el que, junto al integrismo, se ha convertido en una especie de esencia de la cultura árabe o árabe-musulmana. Esta actitud obedece, en mi opinión, al mismo principio inmoral que consiste en negar a los otros lo que fácilmente se acepta para uno mismo, es decir, la legitimidad de la solidaridad entre potencias occidentales, que fue ampliamente utilizada como el principal argumento justificador de la disolución de la Europa política en la coalición anti-iraquí dirigida por los norteamericanos. Se supone que esta solidaridad está fundada política y moralmente, mientras que la de los árabes no tendría ningún fundamento moral o político racional(2). Ahora bien, lo que la opinión árabe temía desde el comienzo de la crisis se ha confirmado ampliamente hoy, a saber, que por detrás de los objetivos declarados de la liberación de Kuwait, Estados Unidos disimulaba su verdadero objetivo de la guerra: la aniquilación de un intento, por tercera vez en la historia moderna-después de la de M. Ali de Egipto, a mediados del siglo XIX, y de la de Naser, a mediados del siglo XX-, de establecer una capacidad militar y tecnológica árabe (capaz de restablecer la paridad de fuerzas frente a la devastadora dominación militar de Israel), de dotar al mundo árabe y musulmán de un verdadero centro de gravedad o de equilibrio interior, y de promover su integración efectiva en la economía del mundo moderno. Ahora bien, la destrucción del potencial militar y económico iraquí es el primer objetivo que recordó el presidente Bush el día del inicio de las hostilidades. Desde que ese objetivo fue ampliamente alcanzado, se discuten otros objetivos, bajo la instigación de Israel, que pretenden privar al mundo árabe en su conjunto de los factores de progreso, poniendo fin a toda transferencia de tecnología avanzada (militar y civil, por lo demás íntimamente ligadas) hacia los países árabes.

Los que por todos los medios procuran-a riesgo de convertirse en los aliados de las corrientes más extremistas del campo adversario-oscurecer la historia del mundo árabe, acreditando la idea de una arabidad anti-occidental por esencia, no favorecen ni los intereses de Occidente ni los del mundo árabe, sino que alientan la ruptura y refuerzan la lógica de guerra. Los árabes-como tampoco los demás pueblos-no son irracionales en su solidaridad. Todos piensan, en primer lugar, en sus intereses, tanto en los económicos, como también en los políticos y estratégicos. No están motivados, en su acción colectiva, por un odio innato a los occidentales, o incluso a los israelíes, sino que se oponen a las políticas internacionales, muchas veces irracionales, de las potencias occidentales, a la política expansionista y resueltamente colonialista de Israel y a la carencia de todo sentido de responsabilidad de las monarquías del Golfo. Son esas políticas las que han transformado un conflicto local en una crisis mundial, por voluntad de hegemonía, por negativa a negociar y por egoísmo. En realidad, lo que pretende la ideología del supuesto "fanatismo" o "ignorancia" de las masas árabes es hacer ilegítimos intereses árabes vitales, tanto negándose a reconocerlos como denigrando el modo en que se expresan. Al vaciarlos de toda sustancia racional, procura volverlos inmorales.

Pero es en el campo del desarrollo donde más se deja sentir ese gran problema de la seguridad. Pues, junto a los factores negativos de la política económica internacional aplicada por los países industrializados y las instituciones financieras internacionales-que les están, por lo demás, totalmente entregadas-, los gastos militares árabes anulan prácticamente toda capacidad de inversión productiva en la mayoría de los países. La incapacidad de los Estados árabes para aceptar el desafío israelí y el debilitamiento de su legitimidad refuerzan el sentimiento de fragilidad e inseguridad en el seno de los equipos dirigentes y favorecen necesariamente a los poderes militares y a las dictaduras.

Por otro lado, el problema número uno del desarrollo árabe es la repartición insostenible de los recursos regionales, resultante de un recorte irracional y colonial de las fronteras, según los nefastos acuerdos Sykes-Picot, aún vigentes.

Esto debe ser dicho, aunque hoy no aceptemos el uso de la fuerza para resolver los contenciosos provenientes de esa época pasada. No es inútil, por ejemplo, recordar aquí que todos los territorios de la zona asiática del mundo árabe se levantaron juntos, en 1916, contra el poder otomano, con la mirada puesta en la constitución de un reino árabe unido e independiente. Es ese reino árabe que los franco-británicos dividieron con una regla para crear pequeños reinos o emiratos en diferentes lugares, con el fin, precisamente, de separar los recursos petroleros de las zonas más pobladas. Hoy, en el mismo territorio de ese difunto reino hay trece Estados independientes que se disputan el mismo espacio político, la misma legitimidad, la misma adhesión y la misma comunidad humana y cultural. Este recorte estatal no recubre ni a formaciones nacionales en sentido propio ni a entidades étnicas, culturales o lingüísticas distintas. Obedece a una sola lógica: servir los intereses de las potencias coloniales y neocoloniales.

Tras las independencias, todos los intentos hechos por los árabes para convencer a las pequeñas monarquías ultrarricas a que colaboren en un proyecto de desarrollo económico colectivo fueron contrariadas por regímenes arcaicos, que administran las riquezas nacionales como si de una fortuna personal se tratara, y se niegan, con el aliento y la protección militar y política occidental, a toda política de cooperación con los otros países. El asunto de Kuwait y la formación del Consejo de Cooperación del Golfo, del que han sido excluidos los demás países árabes, incluido Iraq, no son más que el último ejemplo de ello. Esta política irresponsable y ciega no es ajena al estallido de la guerra del petróleo en el Golfo. Poner límite al despilfarro de los recursos petroleros, al desvío de cientos de miles de millones de dólares que se extraen de ellos, es hoy un asunto de vida o muerte para pueblos que no tienen otra esperanza para salir de la asfixia que contar con una parte de estos capitales para desarrollar la inversión interna. Están dispuestos, si menester fuera, a repetir hasta el infinito-no lo dudemos-un acto que los árabes empobrecidos siempre considerarán como un acto de audacia, de coraje y de equidad.

Siempre se pueden encontrar argumentos-y más fácilmente de lo que se piensa-para condenar tal o cual acto o comportamiento político. Pero la lógica de la historia es implacable. La de la relación de fuerzas también. Cuando la derrota es injusta, la guerra perdida se transforma en un ejercicio o en el preludio de futuras guerras. Nunca se pierde.

La ocupación y la liberación de Kuwait aparecen, desde la perspectiva árabe y musulmana, como un asunto secundario, hasta sin objeto. Lo esencial fue abrir el debate, en el mundo árabe y en el exterior, acerca de esos asuntos candentes de cuya resolución depende el porvenir de centenares de millones de árabes y, más allá de ellos, de una parte del futuro de la humanidad. Es en esta perspectiva global e histórica que los árabes vieron y analizaron los objetivos no declarados de la guerra, a saber, la destrucción del poderío militar e industrial iraquí. Por eso, y contrariamente a lo que se nos promete, siempre es difícil convencer a los árabes que esta destrucción-que busca obtener su capitulación histórica- es portadora de paz, seguridad, desarrollo y democracia. Pues del mismo modo que la seguridad y la paz exigen el equilibrio estratégico, así la democracia no puede hacerse sin dignidad. Es difícil, en efecto, convencer a alguien de que se le quiere ayudar a levantarse de sus escombros... rompiéndole los huesos(3). Sin embargo, eso es lo que se procura hacernos comprender en la guerra del Golfo, cuando se nos dice que la destrucción del complejo militar-industrial es sólo el medio para liberar Kuwait, recuperar el equilibrio estratégico, garantizar la paz, solucionar el problema palestino, trabajar para una mayor estabilidad, fundar la era de la democracia y distribuir de modo más equitativo los frutos de la riqueza petrolera. No hace falta tener un espíritu cartesiano para darse cuenta de que se trata de un discurso orientado a legitimar la acción a los ojos de la opinión pública europea y a disfrazar la voluntad de retornar al statuquo ante, es decir, a la misma situación que provocó la crisis(4).

Se trata de una vulgar propaganda de guerra, que pretende justificar la guerra con el bien que resultaría de ella. Con este motivo, es suficiente releer los discursos de las "naciones libres" durante la segunda guerra mundial para convencerse de ello. Los pueblos colonizados, a los que, sin excepciones, se prometió libertad, independencia, dignidad y prosperidad, tuvieron que luchar, todos, duramente y durante largas décadas-ejemplo de ello son Vietnam y Argelia- antes de acceder a independencias socavadas, muchas veces formales, sino ficticias. Entretanto, son las imágenes de destrucción masiva y sistemática de Iraq las que dan el sabor de esa era de paz y prosperidad prometidas.

Conclusión

En política internacional como en política nacional, la mejor manera de ganar la colaboración y la adhesión de los pueblos a las políticas mundiales y al derecho es asociarlos a las responsabilidades y hacerlos participar en la determinación de su porvenir. Esto supone, por supuesto, que estas políticas reflejen, al menos en parte, sus intereses. Para los países subdesarrollados, la adhesión al orden mundial depende de la manera en que ese orden enfoque el problema del desarrollo económico y social (algo que hoy se toma cuidado en ya no mencionar). En cuanto al mundo árabe-musulmán, es difícil ganar su adhesión a cualquier orden mundial si éste significa, desde el comienzo: el mantenimiento de la supremacía militar israelí; el desgaste síquico, político y financiero producido por la continuación del conflicto palestino-israelí; la división, que consagra la victoria de monarquías y dictaduras insensatas; la ausencia de cooperación,; y la continuación de la exportación de capitales al exterior, en vez de favorecer la inversión productiva y la creación de empleos para las sacrificadas jóvenes generaciones árabes.

No obstante, un nuevo orden mundial es posible. Sería posible si la Europa comunitaria-superando sus complejos de grandeza pasada y liberándose del dominio norteamericano, que ya no asusta ni siquiera a pequeños países-osara escoger, en vez de la distribución de una gloria ficticia y de un botín de miseria, una alianza estratégica e histórica con el mundo árabe para eliminar la hegemonía norteamericana y construir juntos una gran potencia mediterránea, como en las grandes épocas del Mediterráneo. Es verdad que eso supone actuar desde ahora para vencer las aprehensiones, eliminar los prejuicios negativos, sobre todo evitar las amalgamas, y sustituir la lógica del desafío y del arreglo de cuentas por el principio de la comprensión mutua y de la cooperación.

Sé que el Tercer Mundo ya no está de moda y que las dificultades y la abierta competencia a la que están hoy entregadas las potencias industrializadas no dejan ninguna posibilidad de ver realizarse el sueño de un coherente plan de desarrollo a escala mundial, o sólo regional. Pero si somos incapaces de promover una verdadera ayuda para el desarrollo, intentemos al menos no favorecer el despilfarro. Pienso aquí, por supuesto, en el mundo árabe, al que la naturaleza ha dotado de algunos recursos, los cuales-merced a inconscientes jeques y a irresponsables dictadores, y con la colaboración de ciertas potencias industriales, y sólo en función de los intereses de éstas-son sistemáticamente despilfarrados.

En todo caso, si no apareciera en el horizonte una verdadera toma de conciencia de la gravedad de la situación económica, política y social en el Tercer Mundo, y si no se produjera a tiempo un valiente intento de vencer todos los egoísmos para permitir la apertura de verdaderas negociaciones entre todas las naciones-a tiempo para realmente poner orden en la gestión de los asuntos del mundo-, la guerra del Golfo desembocará inevitablemente en una guerra económica generalizada por el control de los recursos escasos, en la que se embarcarán tanto las grandes como las pequeñas potencias. En este caso, recordaremos a la Guerra del Golfo como aquélla repetición general que inauguró la era de los grandes enfrentamientos, que modificaron radicalmente, y antes de lo que pensamos, los datos estratégicos mundiales, en particular en la cuenca mediterránea. Al salir necesariamente disminuido y empequeñecido, política y económicamente, de esta última prueba mundial, el mundo occidental difícilmente enfrentará el irresistible ascenso, material y moral, de ese mundo pobre, que, realmente, ya no tiene nada que perder.

(Marzo de 1991)

(1) Por ejemplo, Alain Touraine: Le langage des dictateurs. Le Monde. 10 de febrero de 1991, donde. confundiendo conscientemente islam y arabidad. escribe: "Hoy. Ios llamamientos a la nación árabe o al islam no hacen más que manifestar esa tendencia a la sustitución de un movimiento nacional por una dictadura nacionalista o ideológica. Los que definen el actual conflicto como un enfrentamiento entre el islam y la cristiandad. entre los árabes y Occidente. o entre el Oeste y Este. adoptan. conscientemente o no. el lenguaje de las nuevas dictaduras. que es también el del Frente Nacional en Francia".

(2)Esto es lo que tienden a introducir las nociones de "humillación" y "frustración" de las que hace amplio uso Jean Daniel, en su editorial Pourquoi nous combattons, para refutar los supuestos "argumentos árabes''. Fue como para discuiparse ante la opinión occidental-crítica y ya acusadora por ese justo y racional impuiso de solidaridad-que algunos árabes lanzaron estos términos, "humillación" y *'frustración", que no parecen corresponder a la realidad. Las causas exactas son más pósitivas: una voluntad consciente de transformar la relación de fuerzas estratégicas y de obligar a las potencias mundiales responsables de la situación en Oriente Próximo a cambiar de politica, aunque el precio de este aviso fuese muy elevado, a defecto de otros medios de hacerse oir y de hacer pasar el mensaje.

(3) La experiencia nos enseña que son dictaduras lo que las potencias occidentales siempre han intentado imponer en el mundo árabe y musulmán para controlar a una opinión pública hostil que jamás respetaron o supieron ganar.

(4)¿Una guerra justa, pues? se pregunta Jean Lacouture, antes de responder: " Cuando más, justificable, si la liberación de Kuwait-arrancada con medios atroces, casi tan atroces como la agresión que facilitó una orden de detención al sheriff norteamericano-trae aparejada la apertura de los otros expedientes del Oriente Próximo: el palestino, el libanés? el kurdo" ("Lettre d des amis maghrébins", 31 de enero-6 de febrero de 1991).