CONCLUSIÓN

La cuestión que se plantean todos los pueblos no-europeos, desestabilizados por el colapso del sistema mundial tradicional y por el triunfo de lo que Braudel llama "la civilización material", es la siguiente: cómo integrarse en la historia universal, hacerse aceptar por la nueva civilización y escapar, por lo tanto, del peligro mortal del arcaísmo y la exclusión.

Allí donde los pueblos han respondido positivamente a esta cuestión, a costa de una desgarradora revisión de sus estructuras políticas, económicas y éticas, han preservado su integridad física y moral, y se han convertido en centros activos de la reproducción de la civilización moderna. En cambio, allí donde los pueblos han fracasado, por razones subjetivas u objetivas, internas o externas, su devenir se les ha ido de las manos y su porvenir se ha puesto en peligro. Han entrado, a pesar suyo, en un peligroso proceso, en el que se mezclan disgregación, desorden político, dependencia económica, división nacional y claudicación moral. Sus crisis políticas, económicas y de identidad son proporcionales a esta pérdida de control de la historia y de dominio de la realidad. Vueltos arcaicos a sus propios ojos, desmoralizados y desesperados, no tienen otra alternativa que salir de ese estado de ingravidez y de inconveniencia, que hace inválidos sus esfuerzos y vacía de toda sustancia su propia historia .

Las tentativas de los pueblos en esta dirección-que unas veces hemos denominado revueltas nacionalistas y otras, proceso de modernización-son, en efecto, ilimitadas. Son capaces de repetirse infinitamente, mientras no lleguen a alcanzar ese objetivo. Se trata, en realidad, de una cuestión fundamental e insoslayable: la de fundar, para cada ser, su sentido, es decir, su conciencia, la legitimidad de toda acción suya y la finalidad de su devenir, la de dar una dirección a su vida, individual y colectiva, una razón de ser. Y sólo la participación en la civilización de su época da a los pueblos semejante satisfacción. Sus rebeliones contra las potencias dominantes, aun cuando no sepan expresarse en un lenguaje moderno, están dirigidas contra el arcaísmo y la angustia de la marginación. No es contra la modernidad y el progreso que se movilizan, sino contra la falta de progreso y la ausencia de perspectivas, de la que se sienten amenazados.

Es en este contexto particular, dramático y épico, que surge el Estado, objeto simbólico, invertida imagen de sí mismo y temible instrumento operador de cambio. Es sencilla y completamente identificado con el progreso de la civilización, de la que también se hace cargo. De ahí todas las ambigüedades y equívocos que rodean a su ser y a su acción.

Es tarea de los movimientos nacionalistas construir el Estado, principal elemento de ese dispositivo de colocación en perspectiva de las sociedades superadas. Pues es el único medio de transformar una estructura tradicional, arcaica, tribal, confesional, regional o simplemente corporativa, que se ha vuelto inoperante y no-productiva, en una estructura nacional, es decir, conforme a las nuevas estructuras y reglas internacionales. El nacionalismo, en efecto, sólo cuenta con esa transferencia del sentimiento mecánico de identificación comunitaria, global o parcial, a una adhesión individual y consciente al Estado. Se trata de una etapa fundamental de la modernización, pues del éxito en la implantación del Estado y su enraizamiento como centro de adhesión colectiva-en oposición a la pertenencia global a la comunidad, entendida, en las formaciones tradicionales, como una entidad ética, religiosa, cultural o de sangre-depende el destino del conjunto del proceso. A la inversa del patriotismo tradicional-que se asienta, se realiza, se cumple y se perpetúa a través de la continuidad de esa ética, independientemente de la prosecución o del cambio de las estructuras políticas y de los Estados-, la nación moderna se basa en la adhesión al Estado como centro neurálgico de una comunidad, cuyos miembros individuales han sido disociados de sus heteróclitas lealtades. Tanto el lugar del Estado como de la acción política son sus factores fundamentales, no siendo el primero más que el lugar de maduración de las decisiones y políticas que atañen a todos los aspectos de la vida de los individuos y de las colectividades. Es el lugar de organización general de la sociedad, o, mejor, su auto-organización, que se hace bajo forma de Estado. En este caso, el Estado no es otra cosa que la acción de hacerse cargo del devenir de toda la comunidad, a través de un órgano y de reglas libremente elegidas y sometidas sin cesar al examen de todos. Es por este proceso que una comunidad llega a transformarse en nación, y que los intereses y las estructuras del Estado no pueden estar en contradicción con la nación, u oponerse a ella, sin perjuicio de que se le reforme o destruya.

En todos los países del Tercer Mundo, este Estado, agente del progreso, ingeniero de la nación, es, sin embargo, el verdadero dilema de ese proceso de promoción histórica de los pueblos. El asentamiento de su papel y la realización de las tareas de las que está encargado son causa de múltiples contradicciones y oposiciones. En efecto, en cada uno de los intentos de resurgimiento y modernización, el Estado actúa sobre la sociedad, y con su mandato, como una apisonadora, destruyendo antiguos equilibrios, introduciendo nuevas relaciones u objetos, quebrando afinidades o estableciendo parentescos desconocidos. En esta diligencia, no puede dejar de topar tanto con resistencias como con apoyos, según que los intereses afectados, de unos y otros, sean más o menos amplios. Pero, cuando los resultados de su acción no son convincentes, toda la sociedad pierde su equilibrio y se halla dislocada. Así, el Estado que no puede probar su legitimidad como agente del progreso se rinde casi automáticamente a la insurrección o a la revolución. Pues con su fracaso logra, en negativo, lo que jamás puede lograr con sus realizaciones positivas, es decir, crear unanimidad, pero esta vez contra él, juntando a quienes han perdido su puesto y a quienes, de todos modos, no han ganado nada. La historia moderna de las sociedades noeuropeas no es, en realidad, más que el resultado de una larga e inevitable rivalidad (atracción y oposición) entre el devenir del Estado y el de las sociedades civiles. Y sólo en la medida en que éstas lleguen efectivamente a dominar el Estado, es decir, a controlar su aspecto alienante y a desarrollar su aspecto de agente de progreso, podrá el proceso de modernización y civilización reanudarse y asentarse.

La historia contemporánea del Tercer Mundo está hecha de repetidos intentos, siempre más dolorosos y complejos, tendientes a domesticar al Estado para alcanzar los mismos objetivos. Es también la historia de sus fracasos. Y, cada vez, proporcionalmente a los objetivos no realizados, a las aspiraciones defraudadas y a las batallas perdidas, se instala la crisis, generalizada y profunda, y resurgen los mismos miedos y congojas que sufren los seres colectivos desengañados (desconcierto, rechazo de sí mismo, agresividad, protesta y angustia), en espera de una nueva esperanza. Cualesquiera que sean las circunstancias exteriores, las condiciones regionales y las características de los pueblos, esta lucha comprende dos tareas primordiales: por una parte, la apropiación de las técnicas del Estado moderno, principio de universalidad, eficacia y signo de poder (incluido el modelo de generación del poder), y, por la otra, la readecuación de las estructuras de la comunidad, de modo que se ajusten mejor a los criterios y estructuras del Estado moderno. Se trata, de hecho, de una transformación general que concierne tanto a las estructuras políticas como a los valores culturales y éticos.

Pero ahí es donde surgen los problemas; pues el Estado, fundamento de la historicidad e instrumento de la generalización de la civilización moderna, se impone, desde el comienzo, como una potencia exterior, que obedece a lógicas oscuras y se opone, en las razones de su acción modernizadora misma, a la comunidad "tradicional". El Estado moderno en una sociedad arcaica necesariamente debe extraer sus principios ordenadores, su inspiración y su fuerza de un exterior no controlable por la comunidad. Su legitimidad no proviene de la conformidad de los criterios del ejercicio del poder con los de cualquier ética nacional o comunitaria, sino de su capacidad para trascender a la comunidad, para transformarla y para acelerar sus ritmos. En efecto, el Estado sólo llega a preservar su legitimidad en la medida en que confirma, en cada gesto y movimiento, su capacidad para hacer avanzar, para responder a los llamamientos, para desarrollar. Debe compensar con su racionalismo, su sentido de la historia y su moral, la ausencia de sentido y de conciencia de una sociedad que se representa a sí misma como una masa amorfa, ejemplo de la ignorancia y de lo irracional.

Es así como, idealizado-hasta sacralizado-, el Estado moderno lleva -ya que es profano-a la exasperación. Llega tanto menos a responder a los llamamientos que le son dirigidos o a las aspiraciones de las que es portador, cuanto que, objetivamente, no es más que el Estado de la comunidad, es decir, que, a pesar de su estructura formal universal, es inevitablemente su reflejo, el reflejo de sus debilidades y de sus lagunas políticas y morales. Así el Estado moderno, que fundamenta aquí la legitimidad misma de la sociedad-de su espacialidad y temporalidad-, sigue estando en perpetua búsqueda de una identidad y legitimidad. Su idea y las peticiones que le son dirigidas están en completo contraste con su ser y su poder real. Es tanto más impugnado por su evidente insolvencia cuanto que vuelve a ser portador de nuevas misiones morales y espirituales, que lo hacen aún más sagrado. Este es el origen de un fetichismo del Estado, y, por derivación, del nacionalismo que domina a las sociedades tercermundistas. El fetichismo tiene de particular que sustituye la idea activa e inspiradora de la sacralidad o de la espiritualidad por un objeto concreto, pasivo e impotente por definición, que más sirve para fijar un comportamiento existente que para transformarlo. En realidad, el fetichismo no es más que la señal de la degeneración de una religión y del enfriamiento de una creencia.

La paradoja del Estado moderno en el Tercer Mundo es proporcional a las virtudes que le son atribuidas y a las flaquezas que son le son propias, a las esperanzas creadas y a las decepciones acumuladas. Es la víctima de su propia victoria.

A falta de un verdadero dominio de las realidades locales e internacionales -que constituye para toda organización una condición sine qua non de su perpetuidad-, el Estado dependiente es todavía, a pesar de su ferocidad, impotente; su funcionamiento no puede dejar de reflejarlo. En este caso, sólo podrá tratarse de un esqueleto de Estado, que no puede engendrar ni valores políticos (libertad, responsabilidad, justicia, racionalidad, etc.), ni capacidad de protección y de defensa estratégicas, es decir, seguridad cívica y paz exterior. Este Estado, en efecto, sólo puede estar en las antípodas de las estructuras estatales generadoras de solidaridades y de racionalidades, de las que depende todo proceso de formación de naciones o de comunidades nacionales vivas. Tanto en su existencia como en su funcionamiento es, de hecho, tributario del orden internacional neocolonial o imperial, verdadera fuente del poder y comanditario efectivo de los Estados y de sus políticas. Es contra ese Estado depositario de todas las virtudes y fuente de todas las frustraciones que se rebela, en un segundo movimiento, toda la comunidad. Esta espera imponerle su autoridad y recuperarlo. Así, contra la voluntad del Estado de reestructurar y dominar a la sociedad, se desarrolla la voluntad de ésta de democratizarlo. En realidad, el autoritarismo del Estado y la decadencia de la sociedad son dos aspectos del mismo proceso. Al perder su equilibrio y su dominio, la sociedad se agarra desesperadamente al Estado y hace de él su único punto de apoyo posible y sólido. Por eso, el pluralismo conduce muchas veces al regreso triunfal de los componentes heteróclitos de la sociedad, de las solidaridades arcaicas y antagonistas, dejando paso a la restauración de la dictadura.

Así pues, el propio Estado moderno, por definición instrumento de cambio profundo y de revolución, conduce a la revolución contra el Estado. Hoy, en función del refuerzo del equilibrio interno del Estado moderno, y de las experiencias acumuladas por la sociedad a posar de todo y en todos los aspectos, el Estado parece menos amenazado por el tipo de revolución que hemos conocido después de la segunda guerra mundial que obligado a vivir con su amenaza. Este contexto histórico hace que en la vida de estas sociedades sea casi invisible la diferencia entre los períodos de crisis y los de estabilidad, los de unión y los de división, los de realizaciones y los de fracasos. Pues el Estado, en último análisis, no es sino una revolución y cambio profundo de situaciones. Aquí, el verdadero golpe de Estado es el Estado mismo, el papel que le ha confiado la sociedad, el de reconstrucción, que fácilmente puede tornarse en uno de negación y sometimiento. La legitimación de la violencia-partera del progreso y de la transformación acelerada-, unas veces revolucionaria, otras veces blanca, pero muchas veces sin otro objetivo que el mantenimiento del Estado "principio de continuidad y razón de ser", es el sello de una historia que quiere ser acceso a la historia. Pero su origen profundo no es sino la efectiva exclusión de las sociedades y el miedo a una larga marginación, portadora, también ella, de violencias aún mayores, más destructivas, y, por consiguiente, más insensatas.

Pero ¿no habrá perspectiva alguna de librarse de este engranaje, de este dilema de la civilización? A nuestro parecer, de esta oposición entre el pasado y el presente, entre la antigua comunidad y el Estado moderno, entre los principios de solidaridad y los factores del progreso, es de donde nacerán las nuevas naciones. Naciones que no son necesariamente similares a las que engendró la historia del siglo XIX, que no tienen los mismos equilibrios ni los mismos modos de funcionamiento o aspiraciones, sino que tienen sus propias formas y técnicas de poder, que unen la modernidad con la solidaridad, y la materialidad de la civilización con el sentido de la comunidad; en resumen, naciones en forma de imperio, es decir, étnica y culturalmente más abiertas, y también más aptas para responder a los desafíos de la diversidad y de la universalidad; naciones, donde "nacionalismo" e "internacionalismo" desaparecen para dejar sitio a un solo y mismo humanismo.