EL FIN DEL NACIONALISMO

12. El Estado modernizador y el origen de la arbitrariedad

Nunca el término crisis ha sido tan largamente utilizado como hoy para describir la actual situación en el mundo árabe. Más allá de su contenido objetivo, este término refleja, en realidad, el estado de espíritu de las sociedades árabes (así como el de los observadores extranjeros) ante la dimensión de los sobresaltos, gesticulaciones y desquiciamientos que actualmente prevalecen en este mundo. Mejor aún, confirma el sentimiento de fracaso predominante, que es, sin duda, el más compartido por los diferentes sectores de opinión, árabe e internacional. El aspecto más notorio de esta crisis, tal vez el más profundo y difícil de superar, es, no cabe duda, la desestructuración del Estado, como marco jurídico y político general, en provecho de una red de relaciones de dependencia personal, que socava la política misma, como lugar de maduración, organización y centralización de las relaciones de autoridad, comunicación y solidaridad colectivas, es decir, también, el ejercicio del poder como proceso de toma de decisiones y de opciones objetivas(1).

¿Qué significa, pues, esta crisis? ¿Cuál es su carácter? ¿Cuáles son sus orígenes y sus expresiones? Y ¿qué clase de desenlaces podría esperar el mundo árabe para salir de ella?

Se da por descontado que esta crisis no es vivida con la misma intensidad, ni analizada y caracterizada de la misma manera, por todas las capas sociales e incluso, por los diferentes pueblos y sociedades. Lo mismo sucede con el tipo«de soluciones ideadas o propuestas para enfrentarla de manera adecuadá y ayudar a superarla. En efecto, un aspecto fundaméntal y seguro de toda crisis es la oposición entre dos concepciones, tan parciales como irreconciliables.

Así se enfrentan dos visiones diametralmente opuestas, y, sin duda, seguirán enfrentándose aún durante mucho tiempo. La primera hace hincapié, para explicar el fracaso y la crisis, en la ineficacia de las estructuras arcaicas, en la ausencia de racionalidad en las inversiones y en la falta de coherencia en el proceso de modernización; la segunda destaca la quiebra de la civilización occidental y convoca al retorno a las fuentes de la cultura ancestral, lo que puede significar la necesidad de ruptura con el sistema de valores moderno y, por lo tanto, la perspectiva de un enfrentamiento permanente con Occidente, con los solos argumentos de la crítica de las armas y los puñetazos.

Tomando el caso del Estado egipcio, Ali Eddin Hilal(2) señala, sobre todo, la incapacidad del Estado,- tal como se constituyó históricamente, para adaptarse a los cambios políticos, económicos, sociales y culturales de la sociedad árabe moderna. Acostumbrado a controlar estrictamente tanto la vida económica como el resto de las actividades civiles, el Estado entra en crisis cada vez que ese control parece estar amenazado, o puesto en tela de juicio, por nuevos comportamientos, actitudes, acciones o fuerzas, interiores o exteriores. Esa es la aporía que se convierte en fuente del malestar estatal, a la que se puede añadir, quizá, la mala calidad de la cultura política de las élites. En cambio, Hussam Issa hace hincapié en el factor de la dependençia. Tras rechazar lo que él denomina "metafísica de la cultura" como explicación de la historia egipcia-especialmente, las tradiciones de centralización ligadas a las sociedades hidráulicas-, considera que la crisis del Estado egipcio no es diferente de la de los países de América Latina, aunque sea más aguda. Desde la aparición del capitalismo y la articulación en su órbita de sociedades que no lo estaban, las lógicas históricas que rigen la evolución de estos Estados cambiaron. La crisis del Estado dependiente es el resultado de su incapacidad para garantizar sus nuevas funciones, es decir: la reproducción política y material de la sociedad. La causa de esta incapacidad es sólo la dependencia engendrada por la internacionalización del capitalismo. El problema fundamental que se plantea a Egipto, en términos de dependencia, es que el Estado mismo tomó a su cargo el proceso de internacionalización de la burguesía nacional(3).

Tareq el-Bechri no cree que haya que escoger entre las dos posiciones. Para él, la causa de la crisis es doble. El propio debilitamiento del centralismo no es más que el resultado de la intervención extranjera. Forma parte de las políticas puestas en marcha contra Egipto por sus adversarios "y no se trata de un problema reciente, sino de una constante de nuestra historia". Recuerda los problemas concernientes a la formación de la comunidad política misma, tales como la debilidad del sentimiento de identidad y de pertenencia: "¿Qué somos? ¿Egipcios? ¿Arabes? ¿Musulmanes? ¿Cuál es la relación entre estos términos y en que pueden oponerse? La imposibilidad de dilucidarlo no ha dejado de repercutir sobre el curso de la vida intelectual y culturat". La segunda gran causa de esta crisis se resume en "el hecho de que, a lo largo de los últimos cincuenta años, se han sucedido tres regímenes, tres sistemas económicos, cada uno de los cuales se presentó como la negación del que le había precedido. El resultado fue una movilidad social extremadamente rápida y contrastada, que impidió que cristalizaran los equilibrios que habrían proporcionado al Estado unas bases estables a un plazo relativamente largo, y que le habrían permitido dotarse de un proyecto y del personal necesario para realizarlo"(4).

Pero ¿de dónde viene, pues, esa fragilidad-hasta diríase susceptibilidad- del poder, sobre las que hace hincapié A. Hilal? ¿De la voluntad consciente del Estado de integrarse efectivamente, a través de políticas de dependencia aumentada, en el sistema capitalista mundial, como recalca con mucha razón H. Issa? ¿O de esa pérdida de equilibrio y de identidad que señala T. el-Bichri? Estos fenómenos ¿son el efecto o la causa?

A nuestro parecer es difícil comprender la actual crisis del Estado árabe sin salir del estricto y estrecho marco del Estado y sin reanudar el análisis de las transformaciones del movimiento sociopolítico que fue la causa de la legitimación de este Estado moderno y que, durante más de un siglo, constituyó su alma animadora y su fuerza directriz. Por supuesto, se trata del movimiento nacional árabe en sus diferentes particularismos, formas y manifestaciones. En este caso, la verdadera pregunta que se plantea es la siguiente: ¿cuál es la causa de la degeneración de este movimiento y de su poder nacional?

Viéndolo más de cerca, comprobamos que no hubo, en lo que se refiere a la estructura interna del Estado, es decir, a la institución, verdaderas transformaciones desde su instalación. Lo que cambió son los poderes y los regímenes políticos. Pero, incluso en este aspecto, el cambio concierne menos a la estructura que a las políticas y actitudes de los equipos dirigentes con respecto de la sociedad. Esto es lo que explica la aporía y la susceptibilidad anotadas. Se trata, en efecto, del establecimiento de nuevas políticas sociales, económicas y policiales, y no de la transformación de la estructura burocrática racional del aparato estatal. Este cambio de actitud de parte del Estado no es, además, separable de otro cambio, no menos fundamental: el de la actitud de la sociedad para con él.

Lo que más profundamente se resintió fue la adhesión al poder y al programa nacionalistas. En unas cuantas décadas, la ideología nacionalista, el mito del poder centralizado, fuerte y poderoso, las consignas de la independencia-que eran, no cabe duda, la causa de su popularidad-se convierten en la causa de su impopularidad. Bastó que el programa nacional, arabista o simplemente territorialista, se mostrara inoperante o claudicante para que el Estado pierda su equilibrio, su identidad y los valores que hacían de él un objeto de adhesión y de consenso. Privado de alma, de un proyecto nacional -es decir, global y pertinente-, y no teniendo ya nada que proponer a la sociedad, ninguna idea convincente, ningún principio moral o político, el Estado vuelve a ser una simple máquina, una maquinaria monstruosa, inhumana e insoportable. No consigue imponerse y mantenerse más que por la fuerza: la de la represión, y, también, la de la inercia histórica. Por eso, el fracaso de ese programa deja al Estado nacional moderno al desnudo, llegando hasta provocar la puesta en tela de juicio de su legitimidad histórica, y no sólo política.

El abandono del Estado nacional por parte de las masas comienza a partir de los años setenta, y tiene como correlación el colapso de las ideologías nacionalistas y socialistas(5) y la desmoralización de las élites sociales actuantes en el seno del gobierno o de la oposición. Todo un proceso que conducirá a la corrupción y a la degeneración de los grupos dirigentes. De hecho, la estructura absolutista del poder no ha cambiado: el fracaso histórico del nacionalismo-única fuente de valores en la que el Estado moderno instalado en los países del Tercer Mundo aún puede beber principios de organización y de estructuración-la hace más evidente. Porque ese fracaso, finalmente, lo ha vaciado de su substancia política, en la medida en que ha hecho que la reproducción del poder dependa casi exclusivamente del aumento de la represión(6). En el caso de las sociedades árabes, este proceso ha debido aparecer aún más acentuado a causa de la debilidad congénita de un Estado territorial que siempre fue considerado como un Estado provisional en camino hacia la realización del verdadero Estadonación: el Estado árabe unificado. En efecto, el Estado territorial (qutriyya) aparece, desde esta perspectiva, como un Estado puramente administrativo o funcional. No es-o no puede constituir-en sí mismo, un principio moral, pues no cubre una comunidad clara e históricamente distinta. En este caso, sólo puede gozar de un estrecho margen de maniobra: los éxitos y realizaciones económicas. Desde los puntos de vista de la soberanía y de la identidad, sólo es legítimo en la medida en que procura desaparecer. Así, al haber sido aceptado más por interés y comodidad, que por convicción y adhesión moral o ideológica, pierde valor y parece necesariamente poco rentable desde el momento en que ya no consigue avanzar por ese camino de los logros; aun cuando tal avance es, en sí mismo, irrealizable sin el apoyo popular y el consenso nacional. Es así cómo se evidencia la ruptura entre Estado y sociedad, y cómo el mismo Estado que antes parecía representar, en sí, un iormidable triunfo en la historia, reflejando la voluntad profunda y aparente de la nación, es visto hoy como el mayor obstáculo para el progreso y como el monstruo que ahoga las libertades y la vida individual y colectiva. La crisis del Estado se traduce en el rechazo a un poder que es identificado, cada vez más, como extranjero.

También hay que decir que, durante años, el Estado nacional-es decir, esa máquina moderna, así como las ideas que la gobiernan ante la sociedad- funcionaba como un instrumento que ejecutaba políticas impuestas, en gran medida, por la presión de movimientos o de fuerzas que ejercían su poder fuera de las instancias estatales. Su instrumentalización se agravó, incluso, bajo el nuevo orden político nacional. Hasta se puede decir que sus estructuras organizativas, de fuerte tono liberal, heredadas del período colonial, experimentaron una fuerte regresión al ser establecido el programa nacional. La significación de esta instrumentalización es que los aparatos no pudieron desarrollar, en sí mismos, principios directores, es decir: una conciencia propia, una moral y una finalidad. Siguieron dependiendo totalmente, en sus orientaciones, de factores externos, así como de la voluntad de los grupos sociales que ocupan en ellos los puestos de mando. Basta, pues, que las aspiraciones y las políticas de estos grupos en el poder cambiaran en un sentido menos nacional para que el Estado se encontrara aislado de la sociedad. Y, puesto que el Estado no existe por sí mismo, sufría, automáticamente y sin oponer resistencia, las transformaciones acaecidas en el seno de las fuerzas sociales y de las élites dirigentes(7).

La degradación del poder nacional y de la calidad de sus relaciones-así como las de las élites-con la sociedad son, pues, el resultado del colapso del propio proyecto nacionalista en sus diferentes aspectos y a lo largo de las tres etapas del renacimiento cultural, la independencia política y el desarrollo económico. Dos conjuntos de factores, uno de origen externo, el otro de origen interno, son responsables de ello.

Primeramente están los impactos directos del proceso de transnacionalización, que actúa como un proceso de zapa y desmantelamiento de toda autonomía posible de los poderes establecidos, tanto en el mundo árabe, como en el resto del Tercer Mundo. Esta transnacionalización, que debe ser entendida como un proceso político y cultural al igual que econimico, tiene como consecuencia privar a los Estados de su capacidad de dominar su trayectoria vital y el entorno en el que evolucionan, e impedirles constituir su propia historicidad. Los deja, material y moralmente, al descubierto, como una promesa vana. En estas condiciones, estos Estados ya no tienen peso o impacto sobre el tejido social.

Sin embargo, la crisis del Estado nacional no tiene su origen solamente, ni .incluso esencialmente, en las contradicciones objetivas del mercado internacional. La firme voluntad de los países industrializados de preservar su superioridad absoluta en todos los campos y de oponerse a toda modificación del esquema de la división internacional del trabajo aparece claramente hoy como la fuente principal del estancamiento, incluso de la asfixia general, tanto de las economías como de los Estados de los países pobres(8).

Más allá de la economía, una de las causas principales del fracaso del desarrollo hoy en día son las políticas de corrupción sistemática de las élites y clases dirigentes del Tercer Mundo por parte de las empresas de los países industrializados. Al darse cuenta de su incapacidad material y objetiva de salir del atolladero en el que han sido metidas por las potencias industriales, esas élites se dejan desarmar rápidamente, política y moralmente, y abandonan la partida del desarrollo para dedicarse sólo a sus intereses privados. Pronto rivalizan entre ellas en la defensa de las políticas de abandono y de compromisos, esperando poder reservarse, individual o colectivamente, un lugar o un papel en el mercado internacional.

De esta forma, nunca en la historia moderna se organizó un movimiento de transferencia de capitales de los países del Tercer Mundo hacia los países industrializados tan grande como éste. En el curso de sólo dos décadas, cientos de miles de millones de dólares se fueron, y siguen yéndose, tranquilamente de los países pobres(9). Una verdadera hemorragia, que ha puesto de rodillas a todas las economías en vías de desarrollo y es la causa del freno neto de todo crecimiento.

Luego están los factores relacionados con las contradicciones propias de las formaciones socioeconómicas árabes, con las características de su constitución histórica, política y cultural, y con las incoherencias de sus ideologías. Así, la crisis política, ideológica y de identidad, engendrada por el fracaso, se acentúa con la emergencia, tras las huellas de éste, de las formas de solidaridad tradicionales (parciales, regionales o de clan) como fuentes de poder y de identificación, en competencia directa con las del Estado. Además, es para evitar esta devaluación del poder y del orden nacionalistas que los diferentes grupos sociales buscan organizar-fuera del Estado o más allá de sus fronteras, y paralelamente a él- redes de intercambio culturales y materiales propias, de las que depende su propia reproducción. De ahí, también, la tendencia a la descomposición del tejido social nacional.

Estas solidaridades particulares, al articularse con los factores externos que despojan al Estado de su centralidad con relación al extranjero y lo exponen a los manejos directos de las fuerzas exteriores, llegan, a veces, a infiltrarse totalmente en el poder. Entonces, el Estado se asemeja, cada vez más, a un campo privado, o, efectivamente, se convierte en un sector lucrativo como tantos otros, es decir, en la sede de una agrupación de intereses particulares. Se encuentra desposeído de toda autonomía real con respecto a los equipos dirigentes, de los que, en adelante, será el rehén(10). Hemos visto poderes que utilizan al Estado para desarrollar empresas privadas de cultivo de estupefacientes o de venta de armas. En este caso, el Estado ya no es ese patrón oro, es decir, ese espaeio común, universal, en función del cual se evalúan las relaciones de poder, a saber, lo político(11).

La fuente del totalitarismo se halla así ligada a la concepción misma del papel histórico del Estado y de lo político. Al haber sido colocado por el proyecto de construcción nacional en el propio corazón del proceso de creeimiento eeonómico, modernización y formación de la nación, el Estado no podía dejar de afianzarse y aumentar desmesuradamente sus poderes con objeto de reforzar su dominio de la sociedad y garantizar su monopolio sobre los recursos de ésta, tanto materiales como morales. Y si, durante el primer período del auge nacional, y no obstante su posición de completo monopolio del poder, el Estado era aceptado, es porque ejercía este monopolio, o parecía hacerlo, en interés de numerosos grupos sociales, incluso de toda la nación, mientras que con el cambio de coyuntura internacional y el desmoronamiento de las posiciones y de las organizaciones sociales y populares, el Estado es decir, esta vez, el grupo que lo controla, y, por lo tanto, controla el poder-comienza a utilizar (o pareee utilizar) por su propia cuenta el desmesurado poderío estatal, antaño justifieado por su papel nacional. Y en estas condiciones, la excrecencia del Estado se traduce directamente en el sometimiento del conjunto de la sociedad al grupo en el poder, que actúa en función de sus intereses, sin ninguna ideología, soeial o nacional(12).

En realidad, el Estado nacional moderno formado antes de la independencia (el caso de Egipto), o después, se inspira, en todo el mundo árabe, en los mismos principios. Obedece al mismo esquema de funcionamiento y posee la misma estructura general, ya sea en el lugar que ocupa dentro del sistema internacional de Estados-y, por lo tanto, dentro de los límites de su campo de acción y de su soberanía-, o bien en el carácter de sus opciones globales (las grandes metas que le son asignadas; en primer lugar, el desarrollo), así como en la definición de su lugar y de su papel en la sociedad, y en la evolución de sus dispositivos y reglas de juego.

El Estado es, esencialmente, el eje de la construcción de la sociedad y de la nación. Le incumbe determinar el conjunto de las políticas sociales, económicas y culturales.. Es, por excelencia, el Estado modernizador y providencial. Su papel le obliga a constituir, para la sociedad, su única referencia en toda acción; a encamar, automáticamente y por principio, la voluntad nacional, y a no aceptar ningún rival eventual: ni clase, ni tribu, ni partido político, ni pueblo. Su autoridad es un dato primario e indiscutible, que no acepta extraer su legitimidad más que de su propia existencia. Todo sufragio, referéndum o participación exteriores al propio Estado constituye un desafío a su.soberanía y se considera una tentativa desleal y amenazadora. El principio de su autoridad es que sigue siendo la fuente de toda autoridad. Es el garante de la acción de todos: personas u organismos, y no puede permitirse depender, para perpetuarse, de ninguna otra autoridad o factor exterior. En resumen: su capacidad para realizar sus objetivos e imponer su autoridad exige que sea la referencia de sí mismo. En este caso, la política no es el campo práctico e intelectual de la producción y puesta en circulación del poder legítimo (estatal), sino que aparece como el arte de la manipulación de todos los poderes, engendrados forzosamente al exterior por solidaridades parciales o extranjeras. Es el arte de la utilización del Estado por los grupos dirigentes para defender el legítimo monopolio del poder contra las múltiples rivalidades que está condenado a suscitar.

Del mismo modo, la política no puede sino confundirse, en la práctica social y en el seno de la sociedad civil, con el desarrollo de estrategias de jaque permanente al Estado, del arte de desbaratar los planes de éste, de explotar sus fallos naturales, para ponerlo al servicio de intereses privados y particulares.

Así podemos decir que el cambio de actitud observado en el seno de los regímenes árabes con respecto a los ciudadanos, a partir de la crisis, concierne más a la forma que a los valores fundadores o a los objetivos perseguidos. Está mucho más relacionado con la coyuntura política y con las nuevas condiciones de funcionamiento de la "máquina" que con la estructura de los Estados mismos, sin olvidar, desde luego, que estos regímenes son necesariamente el producto de procesos históricos distintos, de una cultura políticadiversificada, de los lugares específicos que estos Estados ocupan en el nuevo sistema internacional de Estados, de la historia de su propia integración en el sistema colonial y, finalmente, de la expeiiencia individual de los movimientos de liberación y las circunstancias de su acceso a la independencia(13).

En efecto, si la fuerza bruta, encarnada en el ejército y los servicios de inteligencia y de represión Mujabarat, constituye para todos los Estados su base real y su garantía de perennidad, son la experiencia propia y los factores locales disponibles quienes determinan la manera particular como surgió esa fuerza bruta, sobre la que descansa el mantenimiento del Estado. Así, las monarquías orientales (Arabia Saudita, Jordania, los Emiratos Arabes Unidos) se caracterizan por la reproducción de las organizaciones clandestinas o paralelas, el espíritu de cuerpo y las solidaridades tribales, como cemento de los aparatos y garantía de la unidad y continuidad del Estado; la monarquía marroquí, desprovista de una verdadera base tribal, se define por la reproducción del espíritu tecnócrata, como medio de negación de lo político y lugar de rivalidad entre las diferentes fracciones de la élite; y en las repúblicas (Egipto, Siria, Iraq, Argelia, Túnez, Yemen, Sudán, Líbano, Mauritania, Somalía) actúa la reproducción de la dominación del partido. El montaje de esa estructura represiva y coercitiva de la autoridad fue facilitado, sin duda alguna, por la más o menos grande generosidad en la distribución de los bienes y ventajas de todo tipo en los países ricos productores de petróleo. Por lo contrario, en los países de economía precaria y que no tienen los medios de una verdadera política de integración nacional, esa estructura es muy abultada y vistosa: se manifiesta como la fachada ordinaria de toda política y sustituye a la organización de la franca expresión política de las fuerzas sociales y sindicales por la proliferación de las milicias semiprivadas o la brutal violencia oficial. Pero tanto en los Estados monárquicos, donde el poder de Estado está monopolizado por una casta hereditaria, como en las repúblicas, donde la unidad de los aparatos se mantiene gracias a una cierta ideología nacionalista o estatista, el principio es el mismo: nada de espacio político propio, por lo tanto, nada de oposición ni alternancia. Los jefes de Estado y los grupos dirigentes no vacilan, pues, ante nada para mantenerse en el poder hasta el fin de sus días o ... el de los del régimen que encarnan.

En cuanto a la fachada de pluralismo de la que algunos Estados procuran dotarse, se trata mucho más de una táctica política que sólo busca ampliar el margen de maniobra de una dinastía-o equipo dirigente-que de la creación de un verdadero campo de expresión de las libertades o de la participación de los pueblos (aun de modo limitado) en la determinación de su porvenir. En el mejor de los casos, esa fachada puede garantizar una cierta forma de alternancia para el personal del Estado, cuya misión y carácter de su poder siguen siendo los mismos, cualesquiera que sean sus modos de encarnación.

Así, pues, la estructura del Estado no se ha transformado, sino que, gracias a la crisis, sus defectos se han realmente agravado. Por lo que se refiere a la toma de decisión, siempre se trata del mismo poder: mecánico, absoluto, arbitrario y represivo; en el mejor de los casos, paternalista. "Los Estados del Magreb se distinguen, dice Al-Hirmaci, cualesquiera qque sean las formas de sus regímenes o de sus orientaciones ideológicas, por un cierto número de características, que unifican su funcionamiento político en un mismo sistema. La primera es que, en todos los casos, encontramos al auticrata presidente o rey-, que ocupa un lugar excepcional. En efecto, en todo el Magreb, el poder es autocrático, y todo lo demás (las élites, la representación, la eficacia) es consecuencia de ese fenómeno. La segunda característica es que la participación de las élites en la política sigue las reglas de la cooptación y no las de la elección. Tiene, pues, como criterio principal, la lealtad hacia los ocupantes del poder y no la capacidad. La tercera se refiere al carácter de las elecciones, que muchas veces adoptan la forma de un plebiscito, cuyo objetivo es dotar a las decisiones tomadas a nivel cupular de un ropaje constitucional"(14).

En realidad, los poderes modernos-inaugurados en el sur del Mediterráneo por el régimen modernista de Muhammad Ali en Egipto, y relevados y reforzados por el régimen nacional de Kemal Ataturk, fundador de la República de Turquía (1921 son víctimas de su propia concepción, a saber: el Estado instrumentalizado e hipertrofiado. Al superponerse a la sociedad para velar por su sometimiento (condición-se pensaba-de su integración en la historia de la civilización), el Estado modernizador acaba por desecharla totalmente, antes de procurar remplazarla. Y, cada vez más consciente de su fracaso, se transforma, de instrumento de socialización, movilización social y regulación económica, en instrumento de desorganización, despolitización sistemática y trastocamiento de estatutos. Hoy, el Estado es, a menudo, la principal fuente de corrupción y degeneración en la mayoría de las sociedades árabes. Sobre este telón de fondo intervienen otros factores, que acentúan esta fractura entre Estado y sociedad.

El primero está relacionado con el problema de seguridad que representa, permanentemente, la amenaza israelí. El fracaso del movimiento nacional debilita considerablemente la posición estratégica del mundo árabe. La guerra del Golfo y la represión contra los palestinos en los territorios ocupados son muestra de ello. Lo mismo sucede en lo que se refiere a la ruptura del equilibrio interárabe y al desarrollo de conflictos y rivalidades entre Estados unos más que otros fragilizados y ridiculizados.

El segundo factor se refiere al papel negativo de una renta petrolera tan importante como devastadora(15). A menudo se han evocado los efectos perversos de esta renta sobre los mecanismos del mercado, la orientación de las inversiones, el entusiasmo por el consumo y por la importación de tecnologías llave en mano, la opción en pro de proyectos grandiosos o de prestigio. Pero no se ha hecho suficiente hincapié en su impacto sobre el sistema de valores, la formación o transformación de las mentalidades y comportamientos de las poblaciones, la modificación de las relaciones de poder en el seno de toda la sociedad, y el papel excepcional que este poder tiende a reivindicar o a imponer desde ahora. La acumulación de enormes disponibilidades financieras hizo creer a los responsables políticos que el desarrollo es un asunto de inversiones y de opciones técnicas, mientras que los valores del hombre, su papel, su inteligencia, su capacidad creadora y su conciencia son, simplemente, sacrificados.

El tercer factor se deriva del hecho de que la problemática economicista del desarrollo, en la medida en que oculta las relaciones de poder, favorece la restructuración de los grupos dirigentes mucho más en forma de castas cerradas que de clases abiertas (en las que podrían reflejarse los cambios positivos y verificarse la circulación efectiva del poder). En efecto, tiende a transformar a la clase política en una élite sacralizada, en una especie de nobleza, que basa su legitimidad en la discriminación y en la distinción, y no en criterios de capacidad y de servicio a la nación. Al desvirtuarse, así, el juego de la competencia política, a esta élite sólo le queda una fuente de cohesión: movilizar, en su seno, a las solidaridades naturales, de clan, confesionales, tribales o corporativas. En estas condiciones, el grupo más "naturalmente cohesivo" y cornpacto es decir, el que menos posea una concepción política de conjunto o un sentido real de responsabilidad nacional-es el que tiene mejores posibilidades de vencer a los otros.

El precio de semejante victoria es simple: la reactivación de múltiples rivalidades, tanto anacrónicas como corrosivas, y, por consiguiente, la dislocación de la sociedad política, es decir, la destrucción de toda otra forma de solidaridad nacional que no dependa de esa máquina infernal en que se ha convertido el Estado, o no le competa directamente. Esto explica, además, el fin de la era de los golpes de Estado y la asombrosa estabilidad de los sistemas políticos, pese a las contradicciones acumuladas, los fracasos y la ebullición de la sociedad. Es más, la ausencia de alternativa política, creada por este proceso, engendra lo ridículo, a saber: poderes que, de la noche a la mañana, cambian radicalmente de orientación política, de programa y hasta de ideología ... sin que les parezca que deben una explicación.

Por eso, la ruptura entre Estado y sociedad-ya profunda a nivel político- se ha transformado en una fractura socioeconómica. Es así como la identificación entre poseedores y dominantes nunca fue tan evidente y total, hasta el punto que lo político-como campo de creación y desarrollo de la esfera o del interés público-tiende realmente a desaparecer. Las fortunas amasadas gracias al desarrollo, en los sistemas llamados socialistas o capitalistas, están, así, en función del empobrecimiento y de los bloqueos creados, de los odios y de los rencores acumulados.

En el origen de este sistema bastardo, de la institución de todas las discriminaciones, del saqueo y del despilfarro, de la incoherencia y de las megalomanfas al límite de la locura, de este sistema destructor y devastador escandalosamente llamado "desarrollo" o "modernización", se halla la alianza entre los militares -sostenidos por un ejército legítimamente inflado al máximo para hacer frente a la amenaza exterior-, los rentistas-constituidos en Estados sentados sobre más de la mitad de las reservas mundiales de hidrocarburos-y una deforme y heteróclita extensión de clases medias, recién sacadas de la pobreza, el aislamiento y la incultura(16).

Estos diferentes factores, internos y externos, que actúan unos sobre otros, no pueden dejar de provocar, a la larga, la dislocación del Estado nacional, y, más allá de éste, la pulverización de la sociedad. El Estado, al estar despojado de un mínimo de autonomía efectiva y material como para velar por la soberanía que le permitiría imponerse en el interior, y al ser incapaz de llevar a cabo realizaciones, indispensables para asegurarse de la adhesión de los pueblos y gozar, por consiguiente, del beneficio de un mínimo de legitimidad, pierde rápidamente su credibilidad y ya no consigue confirmarse como nacional, es decir, como sede de lo político y punto de cruce obligado de todos los intercambios en materia de relaciones de fuerza y de hegemonía. Así, en vez de constituir el principal instrumento de organización o de cohesión de la sociedad, resulta controlado y desarticulado por ésta.

Hay que notar, a este respecto, que, mientras que el peso material del Estado, es decir, sus fuerzas de disuasión, no dejan de desarrollarse para compensar su pérdida de legitimidad, la eficacia del Estado, es decir, su capacidad para ejercer un verdadero control sobre su entorno y para dominar las palancas de mando, sigue decayendo. Esta ineficacia material del Estado agrava el carácter aparente de la represión-la vuelve más ciega-y el de las políticas arbitrarias. En efecto, al ser incapaz de controlar las cosas, el Estado tiende a tomar su revancha, multiplicando los controles-violentos y mecánicos, casi enfermizos- sobre la gente.

Esta desviación del Estado en provecho de intereses privados es el origen de la adulteración de su función, de la degeneración de sus propias estructuras y de su divorcio de la sociedad. La emergencia de las solidaridades parciales y de clan halla en esta adulteración de la función política universal la fuente de su particular expansión. Sin embargo, lejos de constituir un rechazo del Estado moderno, estas solidaridades se imponen como las únicas fuentes alternativas capaces de ofrecer cualesquiera principios de solidaridad y de reorganización para comunidades a las que la corrupción del nexo político deja en completo desconcierto. Son menos causa de esa desarticulación del Estado moderno que su efecto. En realidad, se trata de respuestas torpes, de soluciones improvisadas al colapso de la institución central y nacional del Estado, aportadas por sociedades disueltas. Es la desaparición de lo político como fuente de solidaridad global lo que automáticamente revaloriza el retorno de modos de organización subterráneos y salvajes, y esto tanto en el seno del Estado, que se juega su unidad, como dentro de la sociedad, en peligro de anarquía.

Por lo demás, el carácter represivo del Estado no es ni el residuo del despotismo del Estado sultánico, ni menos aún el de una acción premeditada, de un cambio de equipo en el poder o de un cambio de ideología. Es el fruto de una lenta maduración-y transformac,ión-del propio poder nacional, arbitrario por defínición y por destino, y, por consiguiente, la culminación de un largo proceso histórico. En realidad, y contrariamente al Estado despótico tradicional, al Estado absolutista moderno o al Estado dictatorial coyuntural, el Estado arbitrario no es un Estado de represión. Es, al contrario, un Estado en el cual la sociedad acepta delegar todos sus poderes y sus derechos, a fin de maximalizar sus posibilidades de progreso. Es un Estado misionero. Sólo aparece como dictatorial, es decir, que se reproduce por la fuerza bruta, cuando la sociedad, decepcionada por su fracaso, le retira su confianza, dejándolo así totalmente falto de legitimidad. La arbitrariedad deseada o aceptada se vuelve entonces impuesta e injustificada, y la dirección nacional o nacionalista inspiradora se transforma en coercion.

La dictadura y la tiranía son la manifestación de la degeneración del poder nacional arbitrario, carismático y misionero, y, por lo tanto, de la desestructuración y ruptura de todos los equilibrios, provocadas por el fracaso del propio Estado moderno en su intento de reconstruir la nación en torno suyo. Son paralelas al aumento de la incapacidad de éste para dominar la evolución de la sociedad, y hasta de su impotencia en el dominio de su propia evolución. El fracaso de aquel proyecto de desarrollo comenzado a partir de la segunda guerra mundial, gracias a condiciones geopolíticas y políticas favorables, es la causa de la constante pérdida de las conquistas y progresos realizados por el mundo árabe durante las décadas precedentes, inclusive en el seno del Estado. La regresión general se observa, además, en todos los campos: ético, social, político y econimico. Disminuido desde el punto de vista político y moral, el Estado no consigue, en efecto, dar una apariencia de unidad a una sociedad que salta en pedazos, incluso al mismo poder, más que con el aumento de la violencia bruta, y el recurso, cada vez más espontáneo, a las solidaridades parciales e infrapolíticas.

En realidad, el Estado nacional está superado, por arriba, por la mundialización del campo político y la creciente integración global del sistema internacional. También está socavado, por abajo, por la emergencia y el refuerzo de las solidaridades prenacionales o infrapolíticas que su propio fracaso nacional hace revivir y revalorizarse. Está tironeado entre dos extremidades y pierde todo centro de gravedad propio.

Así, el fracaso del último intento de modernización ha doblado las campanas por el Estado y ha acarreado e! desmoronamiento del conjunto de los sistemas de valores, de los modos de gobierno y de organización llamados modernos, sobre los que descansaba el orden establecido. Pues él mismo no ha sido más que el resultado de políticas y reformas inspiradas en modelos extranjeros, incluso hasta ordenadas y muchas veces dirigidas desde el exterior. Este desmoronamiento ha creado una situación de gran precariedad y ha debilitado a todas las comunidades.

13. Los límites del pensamiento nacionalista

¿Cuáles son las razones de este fracaso? Tanto en su ideología como en su estructura, el movimiento nacional árabe adolecía de graves lagunas y contradicciones(17). En la dinámica de la lucha, y mientras el movimiento seguía obteniendo éxitos, éstas podían, desde luego, ser superadas. Pero se las consideraba, y efectivamente se volvían, insoportables y peligrosas a medida que aumentaban las dificultades y disminuía el entusiasmo de las amplias masas por las consignas del patriotismo.

Numerosos son los intelectuales árabes que, a este respecto, han destacado, y con mucha razón, el problema de las libertades políticas y de expresión en la experiencia nacional(18), y el pragmatismo o, dicho de otro modo, la ausencia de ideología o de teoría revolucionarias(19). Con todo, habría que matizar esta opinión. La falta de libertades tiene, ciertamente, su incidencia sobre la actitud de los intelectuales con respecto al poder, pero no impidió que la dirección tuviera el apoyo absoluto del bloque popular-y esto es lo esencial-, sin por ello minimizar la pertinencia de esa crítica.

En cuanto a la ausencia de ideología revolucionaria, es preciso distinguir entre la ideología, por una parte, y la filosofía general de la historia o del ser, por la otra. El movimiento nacionalista árabe tuvo, por supuesto, su ideología, es decir, una visión general que gobernaba su acción, sus objetivos y los valores con los cuales no dejó de contar. Pero, es verdad, no tenía, como por ejemplo el marxismo, una teoría similar a la teoría de la lucha de clases, aunque la lucha nacional pueda presentarse, en ciertos casos extremos, como una filosofía histórica. No es el caso, felizmente, del nacionalismo en el mundo árabe, salvo para el baazismo en cierto momento.

Pensamos, por lo contrario, que ese pragmatismo garantizó una gran flexibilidad ideológica y una apertura de espíritu indispensables para el aprendizaje del contexto inédito de la nueva política nacional e internacional. Limitó así el efecto nefasto de la ausencia de libertades políticas, o, más bien, de pluralismo y de oposición legal. Más allá de estos problemas, que no fueron determinantes para el destino del nacionalismo árabe, preferimos hacer hincapié en las debilidades estructurales del pensamiento y de la práctica política árabe en su conjunto, a través de todos sus componentes (baazismo, bumedianismo, burguibismo, etc.), que reflejan en sí mismas la debilidad estructural de las sociedades como formaciones nacionales.

En primer lugar, a nivel de la concepción general, el proyecto nacional fue concebido como un proyecto de cambio y transformación de una sociedad degenerada e incapaz, que sólo podía realizarse gracias a un poder exteriorizado, de vanguardia, que encarnaba todas las virtudes y se presentaba como la única fuente del progreso y de la razón. Ahí están todos los gérmenes de la evolución ulterior de ese poder, totalmente autonomizado con relación a la sociedad, suficiente en sí mismo, absoluto y arbitrario. En ese contexto, limitar las prerrogativas del Estado nacional habría significado despojarlo del poder y de la libertad de acción necesarias para el trastocamiento de los equilibrios y la rápida modernización. La oposición, si la había, en ningún caso debía codiciar el poder o procurar debilitar la imagen o la autoridad de los dirigentes, ni presentarse como un componente diferente o autónomo, a riesgo de ser acusada de querer provocar disensiones en el seno del pueblo. En pocas palabras: para existir físicamente y tener la legalidad, la oposición debía negarse a sí misma y aceptar jugar como elemento del decorado de un poder preocupado más por su imagen ante las instituciones financieras internacionales que ante su opinión publica.

El peligro de ver al Estado transformarse en un fin en sí mismo y convertirse en la razón de ser de la sociedad en vez de expresar la voluntad propia de ésta-está, pues, contenido en la misión que le asigna la concepción de la construcción nacional como el instrumento modernizador, el agente civilizador y el educador universal de las sociedades, independientemente de su ideología particular, liberal o radical; Las nociones de democracia y de respeto a la sociedad civil, en efecto, nunca son nociones fundamentales para el pensamiento radical, ni en el mundo árabe, ni en otra parte. Por eso, el absolutismo es, y sigue siendo, proporcional a las ambiciones revolucionarias y transformacionistas conferidas a los poderes por las sociedades. Y así como el Estado democrático es un Estado gestionario, sin objetivos de transformación, así el Estado revolucionario es, por definición, un Estado misionero y activista. Pues, así como el primero pretende ser el reflejo pasivo de la voluntad colectiva libremente expresada, el segundo sólo extrae su fuerza y su legitimidad de su capacidad para representar la negación misma de la sociedad: negación de sí misma, de su verdad inaceptable, de sus estructuras superadas, de su caducidad. Sólo puede funcionar si la sociedad acepta dimitir como fuerza autónoma, abandonarse a él. Al encargarle que efectúe libremente su propia transformación, la sociedad no puede pedirle otra cuenta que la que concierne a las realizaciones y conquistas. Esa es la razón por la cual los jefes de Estado son fotografiados, a lo largo de días, inaugurando empresas, proyectos industriales o agrarios, escuelas y centros de salud ... a riesgo de inventarlos en los mapas si los medios no permiten semejantes realizaciones.

Pero esta misión que da al Estado carta blanca a nivel de la toma de decisiones, también lo recarga con aspiraciones y demandas sociales insaciables. La paradoja es que la capacidad del Estado para responder positivamente a estas aspiraciones disminuye a medida que la sociedad descarga en él su responsabilidad, dejándolo tentado por el elitismo o el desarrollo de su propio cuerpo. Así es como el crecimiento del sector público, civil y militar, ocupa con gran diferencia el puesto más importante del presupuesto, cualquiera que sea el carácter del sistema económico y político(20). El Estado no se convierte en la principal fuente de alienación de las sociedades subdesarrolladas sino en la medida en que la esperanza puesta en el Estado aumenta proporcionalmente a su fracaso. La necesidad de un órgano de racionalización y de reorganización, de cohesión y de realización se deja sentir tanto más fuertemente cuanto más la sociedad se hunde en la anarquía y la insatisfacción. Pero con el mismo movimiento, el Estado, elevado al grado de un dios adorado, pero también impotente frente a las realidades objetivas, corre el riesgo de transformarse, en el Tercer Mundo, en un monstruo sagrado, que devora a la sociedad al mismo tiempo que es fetichizado por sus aspiraciones, infladas por la frustración y la inseguridad.

Es sobre esta base que hay que analizar también el agudo problema de la legitimidad en el espacio politico árabe. En efecto, el Estado, al ser, por principio esa instancia superior, aceptada desde el comienzo en su "exterioridad"-a fin de que transforme una sociedad que reniega de sus tradicionales valores y finalidades, o que las ha perdido-, no puede tener de antemano cualquiler legitimidad. La obtiene conforme va manifestando su capacidad para realizar esa integración de la sociedad retrasada en la historia y va fundando efectivamente su universalidad, cuyo principio, por lo demás, procura él mismo encarnar. Incluso es posible hablar de una estructura estatal truncada, en la medida en que la ausencia de esa profundidad moral-que es el nivel de legitimidad de cada organismo, y que le garantiza una primera confianza y adhesión-la despoja de un margen de maniobra y de una elasticidad temporal necesarias para su perennidad. Aquí, la legitimidad está por construir y ganar, no es un capital inicial sobre el que puedan apoyarse los equipos dirigentes. Así, el fracaso en la realización del programa nacional no desemboca aquí en una simple crisis política, sino en la crisis general, que pone en tela de juicio la razón de ser del Estado como entidad política histórica viable.

En segundo lugar, a nivel de la ideqlogía, el fetichismo de las consignas y conceptos a menudo ha servido de pantalla a la realidad y ha impedido ver las verdaderas afinidades y contradicciones. Así, la concepción de nación ha sido identificada-como, por otra parte, la relación de esta nación con el Estado-al territorio y a la historia, como si fuera la expresión de la continuidad o de la permanencia de una comunidad ahistórica e inmutable: árabe, çgipcia, libanesa o marroquí. Esto es más válido aún para los nacionalismos regionalistas: faraónico, fenicio, sumerio, del Golfo, etc. Al representarse a la nación como una unidad monolítica y acabada, el nacionalismo procura despejar-a nivel de la conciencia-divisiones y contradicciones reales cuya superación, en la práctica, exige esfuerzos, luchas y compromisos muchas veces dificiles de encontrar, haciendo así más problemática la comprensión y la resolución de esas contradicciones. Lo mismo sucede por lo que se reffere a la asimilación simplista-debida al ambiente creado por la lucha anticolonial-del Estado a la nación, del pueblo a su gobierno.

Tres observaciones fundamentales se imponen a este respecto: la primera es que el mundo árabe que emerge de la fragmentación del Imperio Otomano no se parece más que muy parcialmente y de lejos a la primera sociedad árabe que, bajo la bandera del islam, se marchó de Arabia en el siglo VII para conquistar el mundo y fundar el Estado y la comunidad musulmanas. Se trata, pues, de una nueva realidad histórica, diferente de la antigua prácticamente desde todos los puntos de vista.

Desde el punto de vista de la composición étnica, primero, los árabes contemporáneos son el producto de un profundo mestizaje con los pueblos del imperio musulmán (asiáticos, africanos, europeos incluso), sin hablar de los árabes de origen, ni de la base de la población, que ya es una mezcla: nabatea, caldea y aramea en Siria-Iraq, al igual que en Líbano, Jordania y Palestina; copta y africana en Egipto-Sudán; beréber en el Magreb; y otros componentes menos importantes que los árabes encontraron en su camino. Así, la nueva sociedad árabe está constituida hoy mucho más por poblaciones arabizadas que por árabes de origen. Y es gracias al islam que tal diversidad de pueblos y de etnias pudo hallar en la lengua y la cultura árabes el instrumento de su cohesión. Eso no pudo dejar de provocar problemas o crisis de identidad al entrar en contacto con el modelo del Estado nacional moderno y, por consiguiente, con el retroceso efectivo del -sentimiento religioso, que está ligado a ese modelo. Ahí está toda la ambiguedad de la situación, pues es evidente que el progreso efectivo por este camino de la modernidad produce casi automáticamente el resurgimiento de contradicciones y especificidades basadas en subculturas conservadas o metamorfoseadas, que pertenecen a otra época, lo que pone en tela de juicio el fondo mismo de esta modernidad.

Desde el punto de vista sociológico, tanto en el terreno de sus preocupaciones, dc sus estructuras, como de sus equilibrios vitales, las sociedades árabes de hoy están profundamente transformadas. El mundo árabe ya no es ese conglomerado de tribus, que vivían de la trashumancia y de la guerra, ni es esa coalición formada en el ámbito del islam para realizar grandes designios y extender lo más lejos posible su mensaje sagrado. Es, al contrario, una sociedad más prosaica, compuesta, en una mayoría ap!astante, por campesinos pobres, grandes ciudades en decadencia, artesanos en fuerte disminución y pequeños feudales militarizados a los que el auge del capitalismo mercantil conduce a la asfixia. Pero es también infinitamente mas complejo en sus equilibrios sociales, políticos y económicos.

Desde el punto de vista geopolítico, finalmente, el mundo de ios árabes ya no es ese reducto sahariano o semiárido de la Arabia interior y de sus márgenes sirio-iraquíes más o menos civilizadas. Es una extensión extraordinaria, una multitud de pueblos y de terruños, un formidable potencial humano y económico; en resumen, un mundo que ocupa un lugar neurálgico en la estrategia mundial y que constituye un punto de cruce obligado para las comunicaciones internacionales.

La segunda observación se refiere a la emergencia contemporánea de nuestra sociedad, y es que el mundo árabe post-otomano carece tristemente de fuerzas sociales suficientemente estructuradas, tanto a nivel regional como provincial, para hacerse cargo de los nuevos Estados y llevar a cabo las tareas de mejoramiento de las nuevas sociedades. Entre, por una parte, un campesinado marginado y sedicioso, y, por otra, una nebulosa de grupos dominantes -semifeudales ausentistas, compradores conectados al mercado exterior, comerciantes usureros, seudo-clero en descomposición, nueva élite intelectual en estado de gestación-, replegados en sus mundos particulares e incapaces de comunicarse entre ellos, sólo el peso del Estado y su pesadez burocrática y coercitiva constituye una referencia y un punto de anclaje. Así, los nacionalistas se agarran a él como única tabla de salvación. Pero ponen las esperanzas en el Estado para la integración nacional justo en el momento en que éste cae en manos de las potencias extranjeras y escapa al control de su propia sociedad. Ese es el dilema que sufrirán todos los movimientos nacionalistas, divididos entre la colaboración exigida por el progreso y la sedición nacional, que refleja el estado de ánimo de todos los pueblos excluidos y que, por esta razón, sigue siendo la única fuente verdadera de legitimidad. Es la ausencia de tal fuerza social unificada-una burguesía estructurada, una aristocracia hegemónica o una élite coherente-, capaz de garantizar cierta dirección racional y de fundar cualquier forma de legitimidad, lo que más a menudo falta a las múltiples rebeliones de las sociedades árabes resultantes del desmantelamiento del Imperio Otomano. Esta ausencia crea, cada vez, un vacío evidente, por el que siempre se han metido las fuerzas extranjeras. Asegurándose de este modo del control de la sociedad por arriba, estas fuerzas serán las únicas que podrán hacerse cargo de la delicada tarea de su reorganización -o desorganización-, que llevarán a cabo con éxito, pero desde el punto de vista de sus propios intereses económicos y estratégicos(21). El ejemplo de la región del Golfo es aquí significativo, en la medida en que evidencia lo absurdo de la situación de una región dividida en numerosos Estados nacionales, la población de la mayoría de los cuales no sobrepasa unos cuantos cientos de miles de personas, que pertenecen todas no sólo a la misma nación, sino más o menos a la misma tribu(22). Pero si la causa de esta aberración es la voluntad de defender los intereses petroleros, son los intereses de la gran estrategia los que han impuesto la fragmentación del Creciente Fértil.

Aunque en menor medida, la misma situación se desarrolla en el Magreb, donde, después de una fuerte tendencia a la unidad, las élites magrebíes optan finalmente por independencias separadas. Se está, pues, lejos del momento en que se podía escribir que "los pueblos del Magreb están hoy convencidos por la experiencia que la-lucha en orden disperso contra el enemigo común no tiene otro resultado que la derrota para todos, pudiendo cada uno ser aplastado por separado"(23). Y, como en el caso de los países del Machreq, al sentimiento que dictó posiciones tales como que "la idea de la unidad magrebí tiene su origen en nuestra gloriosa historia, que la concretó en conjuntos grandiosos, como los que edificaron los fatimíes y, sobre todo, los almohades" o que "es-bajo la égida de esta idea, que es tan fundamental como la de la independencia, que se desencadenó la lucha nacional en el Magreb moderno durante el período entre-las dos guerras mundiales"(24), reemplazan la idea y la defensa de nacionalismos cerrados, cada uno buscando su identidad propia, aun a costa de la mutilación del patrimonio común. Así, también la élites magrebíes prefirieron llevar a cabo su ulterior lucha por la descolonización y el desarrollo dentro de las fronteras diseñadas de antemano por la historia colonial. Años después, unos a otros siguen achacándose la responsabilidad del abandono de la-opción unitaria, exactamente igual que las élites del Machreq (baazistas y naserianas), que, durante mucho tiempo, siguieron acusándose mutuamente de haber torpedeado la marcha de la unidad árabe, para descubrir, tres décadas después, con la Comunidad Europea, el inevitable acercamiento unitario que hay en todo proyecto de desarrollo serio y coherente.

En efecto, la experiencia de la colonización fue, tanto en el Machreq como en el Magreb, especialmente destructiva y agravó al máximo fracturas ya profundas. Las sociedades árabes salieron de ella dañadas, desorganizadas, descentradas; sociedades decapitadas, cuya alta cultura-de un pensamiento soberano y de un sentido de la responsabilidad necesario para la formación de las élites dirigentes-fue destruida. Por eso se encuentran despojadas de su capacidad interna para organizarse. Es, pues, la ausencia de una verdadera clase dirigente, a la altura de las dificultades y problemas planteados, lo que más evidencian las independencias. En su lugar, el mundo árabe sólo ha conocido, en la mayoría de los casos, grupos humana y moralmente claudicantes, sedientos de poder, que desconocen tanto los datos fundamentales de la política internacional como el funcionamiento de las sociedades, y que están cegados por la persecución desenfrenada de sus intereses personales. Sólo pudo heredar una multitud de pequeños jefes, unos más ávidos que otros, con una ambición limitada y mezquina, en perpetua rivalidad, que se rodean de cortesanos especuladores, sin valores ni cultura.

Es sobre estas notabilidades, que no tienen ni el aspecto de una clase, ni el de una élite en sentido propio, que se apoyarán los Estados modernos de la mayoría de los países árabes, para convertirse después, y muy rápidamente, en el mareo apropiado para el mantenimiento y reforzamiento de intereses y estructuras anacrónicás. Esto debería explicar una de las paradojas permanentes de la historia árabe moderna, a saber: la flagrante contradicción entre, por una parte, la masiva y continua reivindicación de la unidad, del devenir común árabe en el plano del discurso-, y, por otra, la negación, incluso destrucción deliberada en la práctica - de las redes de intercambio, de comunicación, humanas y materiales, de afinidades, tejidas a través de una larga historia; dando así a este conjunto muy homogéneo la imagen de una absurdidad e irracionalismo desconcertantes. Desde luego, elementos de particularismo hacen menos arbitraria esa repartición de fronteras, aunque a menudo no es el caso. Pero lo propio de todas las grandes naciones, incluso la causa de su éxito, es ser, a la vez, homogéneas y diversificadas. Una nación que se pareciera a una etnia monolítica y cerrada en sí misma no puede desarrollar instituciones políticas en el sentido civilizatorio del término, sino que vive como una tribu.

Así, por primera vez en la historia de esta región-y a causa del mal dominado concepto de Estado-nación-, "especificidad" o "particularismo" significa frontetas nacionales herméticas y prohibición del paso a hombres y bienes, es decir, verdadera división, que sacrifica los intereses de colectividades vivas, tal como se manifiesta con motivo de la expulsión de poblaciones de un país a otro con el pretexto de que tienen otra nacionalidad, y de los inhumanos problemas que no deja de plantear la circulación de trabajadores árabes a través de las fronteras de diferentes países. En cambio, en el pasado, y hasta en los casos más límite de conflictos armados entre países vecinos, las relaciones humanas, culturales y econóóicas no estaban en peligro. El discurso del particularismo, en el moderno marco conceptual del Estado nacional, sirve como soporte de una voluntad de división y de autodestrucción, de la que la mayoría de los países excolonizados han tenido y siguen teniendo una amarga experiencia.

La tercera observación es que de este proceso nacen y se desarrollan, en el seno de la sociedad árabe, actitudes fundamentales sin el análisis de las cuales es difícil comprender la nueva lógica de los comportamientos políticos o sociales. La primera de estas actitudes proviene de un profundo sentimiento de frustración y de un fuerte resentimiento con respecto a Occidente. En realidad, tanto en el Machreq como en el Magreb, las élites árabes, aun en lo más recio de la lucha nacionalista, habían depositado enormes esperanzas en las declaraciones sobre los derechos de los pueblos a la autodeterminación, en los valores de libertad y de derecho que Occidente no dejó de reivindicar. Ahora bien: todos los acuerdos suscritos a este respecto fueron pura y simplemente violados. La actitud de desprecio y la voluntad de deformación deliberada de la imagen de los árabes vienen a confirmar este argumento. La perpetuación del conflicto árabeisraelí y el apoyo indefectible que los países occidentales no han dejado de proporcionar a Israel, sólo pueden mantener y reforzar tal resentimiento y resucitar el contencioso pasado(25). Esta ruptura entre los árabes y Occidente se refuerza, además, a medida que se agrava la ruptura entre los pueblos y sus dirigentes, que, entonces, son asociados a Occidente y considerados como sus legítimos representantes. Su incompetencia aumenta todavía más el recelo hacia ellos. Si a eso se anade las interminables peleas y divisiones, se comprenderá la razón de la mala imagen del político en el mundo árabe. De esta desconfianza con respecto a los políticos se deriva otra actitud más negativa aún, a saber, la desconfianza hacia la práctica política en general, y el enraizamiento, en el seno de las clases populares, de inclinaciones mesiánicas, en las que las masas desheredadas, desorientadas y agobiadas esperan con fervor la llegada del salvador: hombre providencial o jefe carismático, pero en todo caso hombre de sacrificio, fiel, moral y políticamente intocable, capaz de hacer frente tanto al agresor exterior como a la clase política local, y de vengar la humillación del pueblo. Este héroe, zaim, rais [dirigente y presidente, respectivamente.- Nota del t.] o combatiente supremo, no tiene que presentar un programa o pensar una nueva ideología. Estos están listos; le es suficiente adoptarlos, enarbolarlos: unificar a la comunidad desmembrada, liberar al Estado y subyugar a las notabilidades que lo manipulan, comunicarse con el pueblo y devolverle su dignidad, asentar el sentido y respeto del derecho y de la justicia, es decir, poner fin a la habitual discriminación ante la ley, oponerse a las ingerencias extranjeras, y, finalmente, preservarse de todo compromiso con el Occidente pérfido y manipulador(26).

Esas actitudes poco positivas no son esperanzadoras para la maduración política de nuestra sociedad y su modernización en profundidad. Son responsables de múltiples bloqueos en la vida política, social y cultural del mundo árabe postnacionalista. Pero aspectos fundamentales de la actual crisis de la sociedad árabe seguirán siendo desesperadamente oscuros si continuamos ignorándolos. Aquí he hecho referencia a los fenómenos que atañen tanto a los gobernantes como a los gobernados. De todas esas actitudes, la que me parece más negativa es el desarrollo-en el seno de la opinión árabe-de esa visión sobrenatural, teológica y más bien moralista de la práctica política, que, al mismo tiempo, se prohibe la posibilidad de una visión objetiva, racional, basada en el reconocimiento de la normalidad de la existencia de intereses y puntos de vista diferentes. Así la concepción de una comunidad unificada y solidaria, sin contradicciones ni divergencias, sigue representando el tipo ideal de una sociedad política cada día más atravesada por contradicciones y fracturas. En la medida en que yuelve opaco e incomprensible el funcionamiento político y los comportamientos mutuos de las actores, esta concepción arcaica lleva a los individuos a remitirse a una voluntad superior a un maestro confirmado, o, para los más creyentes, a Dios mismo. Es por eso que el problema del poder en su conjunto no fue, ni puede ser, en este contexto, correctamente planteado. Todas las olas del nacionalismo árabe moderno tropezaron con el problema de la autoridad, que sólo fue relativa y provisionalmente superado en el naserismo gracias al carácter carismático de su jefe.

Es por eso que, a menudo, la lucha de jefes remplaza, al cabo de algún tiempo, a la lucha nacional, o le hace sombra.

El porvenir del movimiento nacionalista árabe-que hoy está deshecho, pero de ningún modo acabado-depende de su capacidad para hacer la crítica de las categorías y comportamientos hasta hoy considerados como evidentes; para repensar la cuestión de la reconstrucción nacional a la luz del progreso político de nuestro tiempo, en vez de seguir prisionero de las concepciones heredadas del siglo XIX; y para responder a ello de un modo adecuado, es decir, desde el punto de vista del proyecto de futuro común, de las exigencias del progreso, y no sobre las sublimes ruinas del pasado.

Pero-y ésta es la cuarta observación-, cualesquiera que sean las condiciones subjetivas, la política interna es hoy tanto más inconcebible fuera de la estrategia internacional cuanto que la nación es dependiente. Además, nadie puede desconocer que la evolución política en el Tercer Mundo está bloqueada, en gran medida, por las grandes potencias, y que la lucha que éstas llevan a cabo por el control del Tercer Mundo es, todavía hoy, de primera importancia(27).

Sin embargo, la ideología del Estado nacional-impuesta, en un primer tiempo, por el expansionismo occidental, y, después, adoptada voluntariamente por las élites del Tercer Mundo, y sobre la que siguen funcionando el sistema de las relaciones internacionales y las Naciones Unidas-oculta esa relación de desigualdad y dominación. Hace creer que el hecho de reconocer la igualdad entre todos los Estados en materia de soberanía implica automáticamente que todas las comunidades pueden por igual dominar su devenir. Disimula, por eso mismo, la realidad objetiva del sometimiento intrínseco de las sociedades del Tercer Mundo a las reglas de las relaciones de fuerza internacionales(28). El Estado nacional soberano, en realidad, no es más que un cebo. Sólo tuvo como función preservar la división y la repartición del mundo, que es el fundamento del actual sistema internacional. Por eso, no constituyó para la comunidad nacional, una base de control sobre su entorno, sino, más bien, un elemento esencial en la estrategia mundial de dominación. La relativa soberanía de la que son portadores la mayoría de los Estados del Tercer Mundo no es, en realidad, más que una soberanía ficticia. Es el reflejo de sus alianzas con los Estados que detentan la fuente del poder y que pueden hacer disfrutar de ello a sus protegidos.

Pues bien, asi como la relatividad de todo concepto nos invita-o debe invitarnos-a no considerarlo como universal en si, sino a "universalizarlo", insertándole las aportaciones de las nuevas historicidades o experiencias, del mismo mode la supuesta unidad del devenir humano no debe impedirnos ver las difíciles y múltiples relaciones de dominación y sometimiento subyacentes a esa unidad. Aqui también, la unidad de ese devenir no debe ser considerada como adquirida de antemano, sino como un objetivo a alcanzar con los otros y en colaboración con ellos.

14. Estado contra sociedad

Todas estas observaciones muestran cuán frágil sigue siendo el mundo árabe, que renace después de siglos de desaparición politica. Esta fragilidad no sólo proviene de la muy fuerte presión internacional que le hace sufrir su posición central en el tablero mundial, sino que también es consecuencia de su estructura, que es la de todas las sociedades preindustriales. El contraste entre la poderosa voluntad de dominación extranjera y la ausencia de cohesión nacional, en el sentido moderno de la palabra, hace que la balanza se incline del lado de los factores exteriores.

Sin embargo, el establecimiento de los Estados nacionales, tal como se ha dado en este contexto internacional, va en contra de un muy fuerte sentido de la comunidad, lo que lo hace aparecer como una mutilación y cimienta la aspiración a la unidad como un tema insoslayable de la politica árabe contemporánea. Tampoco favorece a los Estados mismos, que, como han señalado varios observadores, se hallan tironeados entre la voluntad de hacerse legitimar respondiendo a esa aspiración unitaria-aunque tengan que reconocerse provisionales- y la necesidad práctica de asentarse como una soberania propia. Asi son llevados a sostener un discurso ideolóóico de legitimidad, que casi a diario contradice su práctica(29). Es evidente que esta contradicción no parece amenazadora cuando el Estado está en condiciones de generar algunos progresos politicos o materiales. Pero basta con que incumpla su misión para que sea rechazado-como si fuera la negación de la nación-, a favor de un Estado árabe o islámico que en ese momento pareciera ser el único legitimo y eficaz.

Consciente de esta fractura suplementaria en su estructura ontológica misma, el Estado territorial, llamado nacional, intenta consolidarse por todos los medios, no acercándose a la sociedad, sino oponiéndose a ella. Esta ruptura entre el Estado y la comunidad-a falta de una nación-es, además, la base de un permanente malentendido, que constituye la 1ógica interna de la moderna vida politica árabe. Frente a la ensimismada ideologia del Estado surge, cada vez, la ideología-o formas de ideologia-de la comunidad insurgente, divinizada e indivisible. Pero esa conflictiva relación entre el Estado y lanación no sería determinante si el Estado no desempeñara un papel primordial en el establecimiento del conjunto de los equilibrios sociales, y, en primer lugar, de aquél, fundamental, de la vida material cotidiana. Incluso podemos decir que estas sociedades sólo existen como sociedades políticas gracias al Estado y por é1. Este estado de hecho, agravado por la crisis económica en la que está sumido el mundo árabe, como todo el Tercer Mundo, desde pronto hará más de una década, conduce a una peligrosa usura del poder y de la autoridad, poniendo en tela de juicio tanto los procesos de integración nacional como de toma de decisiones a todos los niveles, y creando así las condiciones menos favorables para dar nuevo impulso al proceso de desarrollo.

Por lo demás, el problema de la legitimación política o de la identificación de la nación con su Estado no constituye más que uno de los aspectos del problema del Estado como institución y principio de organización y de gobierno a la vez. Se trate de los problemas económicos, del establecimiento del sistema de jerarquía social o de la formación ideológica y cultural, el papel determinante del Estado le da los medios para controlar prácticamente toda la vida social y para imponerse a ella como el único poder real en la sociedad. Por eso, la relación con el Estado domina y condensa a las demás relaciones sociales. Basta que esa relación fundamental se rompa o se deteriore para que todos los vínculos y equilibrios se disuelvan de por sí, por falta de suficiente autonomía con respecto a lo político.

Eso no sólo muestra la estrechez del margen de maniobra en el que cristalizan y se enfrentan las voluntades y se elaboran las estrategias de cambio, sino que incita a interrogarse sobre la capacidad que tienen hoy en día estas sociedades para engendrar instrumentos de control y dominio sobre ese Estado que se ha dado como tarea cercar por todas partes, y someter, a una sociedad vaciada de su sustancia política, e imponerse a ella como su único garante de unidad y de legitimidad. El nacionalismo, lejos de fundar una comunidad que se autoorganiza por entre el Estado y vía él, engendra más tensiones y una profunda alienación política, que hoy son la principal causa de la crisis de identidad que vive el mundo árabe.

Por último, si consideramos la cuestión esencial del nacionalismo, tal como se plantea a los pueblos ex-colonizados, es decir, como búsqueda de la identificación entre una comunidad y sus estructuras estatales o de poder, veremos que para los tres elementos fundamentales de esta problemática-a saber: la recuperación de la soberanía nacional, la independencia; la definición de la identidad (que determina, o parece determinar, tanto las fronteras del Estado nacional como las estructuras de poder); y la elaboración de estructuras políticas eficaces, que correspondan a las jerarquías de valores culturales y que respondan a sus necesidades de autoorganización y solidaridad-, los problemas son hoy más agudos que hace un siglo, aun si la madurez es hoy mayor.

Es más, el nacionalismo en el mundo árabe no ha hecho más que exacerbar la tensión en el seno de esta formación nacional. Al reforzar el sentimiento de pertenencia, a una nación árabe, ha hecho aparecer la absurdidad de las actuales fronteras políticas, y, por consiguiente, ha agravado la tensión entre los elementos de identificación políticos y culturales. Ha creado una nación que se halla en una situación de enfrentamiento permanente con el Estado. Así, la arabidad se transforma en pertenencia a una comunidad, y el Estado, a un sistema internacional, político y estratégico, cuya comprensión y dominio se le escapan completamente. Es una comunidad que vive sus estructuras estatales no como expresión de su voluntad o de la solidaridad colectiva de sus miembros, sino como el principio de su negación. Sufre los poderes que deberían ser su emanación. Así, a la alienación cultural que introdujo el modernismo no dominado se añadió la alienación política, engendrada por el fracaso de la formación de la nación en cuanto identificación entre comunidad y Estado, estructuras políticas y valores sociales, autoridades y poder. Es evidente el desgarramiento en esas insolubles contradicciones y oposiciones que nacen entre arabismo y regionalismo, poder y autoridad, élite y pueblo, interior y exterior, política y cultura, individuo y colectividad, Estado y nación, etc.

Aquí también, la idea del progreso político, lejos de haber liberado la voluntad común o las fuerzas de una gran y rica nación, ha conducido a un bloqueo político, en el que todas las fuerzas de la nación se hallan como acorraladas, inhibidas y encadenadas en una lógica de neutralización mutua: los Estados, los aparatos, las sociedades, las clases, los partidos, las ideologías políticas. Las instituciones nacidas de esta nacionalización del sentimiento de lealtad y de adhesión comunitarias no sólo no han podido ofrecer un mejor marco organizativo a los recursos humanos y materiales árabes, sino que, encabezadas por el propio Estado, se han convertido, como lo hemos comprobado, en la principal traba a su movilización racional. Los conflictos regionales, la megalomanía de los jefes -que se sienten tanto más grandes cuanto más mediocres son sus cualidades-, las oposiciones absurdas, el espíritu de competencia desleal entre las élites en el poder, la ausencia de todo sentido de responsabilidad colectiva, son la causa de uno de los más grandes estropicios de la historia contemporánea. Muy pocas veces ha dotado la historia a una nación de tantas bazas-culturales, estratégicas, econimicas, humanas-como a la nación árabe, en su unidad y en su diversidad, las cuales, por falta de un liderazgo y de una dirección política capacitada, han sido simplemente desperdiciadas, encaminándola hacia el agotamiento, la desunión, e incluso la autodestrucción.

Pero detrás de esas fracturas mencionadas hay que ver no la quiebra de una cultura política caduca, sino, sobre todo y en primer lugar, la del pensamiento político árabe contemporáneo, en su incapacidad de captar las nuevas realidades, en su dependencia, su mimetismo, su empeño total en el Estado, su abandono de la sociedad, su ideologismo y su carencia de un pensamiento racional centrado en la experiencia y el contacto directo con lo real(30).

La prueba de la quiebra de este pensamiento político, es decir, de las élites dirigentes en su conjunto, no se halla en el fracaso de los Estados y de los equipos dirigentes en alcanzar los objetivos señalados. Está, en primer lugar, en la incapacidad de la oposición, en todas sus variantes, para proponer a las sociedades una alternativa posible. El abandono de los partidos políticos por parte del público muestra cuánto ha dejado de ser la política algo atractivo para la juventud de estos países. En realidad, este abandono, contrariamente a las explicaciones simplistas de esos partidos políticos, no es la expresión de la falta de civismo y de interés por los asuntos nacionales para el gran público. Es una muestra de madurez; pues la política ya no constituye, en las actuales condiciones, una inversión racional y rentable, dado que está esencial y totalmente determinada por las fuerzas militares y los diferentes aparatos, en colaboración o negociación directas y permanentes con las grandes potencias(31). A eso hay que añadir el hecho de que los partidos de la oposición política no parecen, en sus ideologías y acciones, más que el residuo de los partidos en el poder y, por lo tanto, no tienen posibilidad, para sobrevivir, más que de engancharse, de un modo u otro, al carro de estos últimos.

Pero, ese fracaso también refleja la fragilidad del tipo de personalidad que formaron la cultura y las políticas culturales contemporáneas, y la acción de los intelectuales y educadores. No es una' personalidad bastante sólida, o aún no ha adquirido el equilibrio y la profundidad necesarias como para afrontar con éxito las dificultades que cierran el paso al proyecto de modernización efectiva y racional, que la Nahda se ha fijado.

Ahí es donde aparecen las subjetividades como factor de diferenciación y de enriquecimiento del universalismo que funda la modernidad ... o que tiende a fundarlo. Pues para comprender a una entidad dada-a un pueblo, a una comunidad o hasta a un individuo-, y aún más para dirigirla, no basta con analizar las realidades objetivas que rodean su existencia; también habría que captar, y quizá antes que nada, sus realidades subjetivas, es decir, la manera de la cual ella misma comprende y vive su condición material. En esta subjetividad intervienen elementos invisibles, racionales e irracionales, los deseos, las prohibiciones, las angustias y las esperanzas.

La representación de sí mismas de las comunidades, la imagen que se hacen de su mundo, la calidad de sus relaciones con la naturaleza, con la autoridad, con el tiempo, su ritmo profundo, su patrimonio cultural, su mundo de lo imaginario, los valores fundamentales que son producto de su ser histórico: son todos elementos esenciales, difícilmente "universalizables", que constituyen el ser mismo de las sociedades. Así, por ejemplo, la situación de impotencia y de quiebra que ahora viven los árabes, agravado por un fuerte sentido del honor y de la dignidad extraído del pasado aún vivo en la memoria, desarrolla un sentimiento de verguenza y de rebelión casi permanente. Es la negligencia deliberada de esta subjetividad, fundamental para toda acción de renacimiento o de movilización, lo que ha hecho del proceso de desarrollo un proceso de acumulación de chatarras, productos, mercancías, tecnologías, ideas o valores preconcebidos, disponibles, consumibles, en vez de ser un proceso de reconstrucción humana, de comprensión, de restauración de la intimidad, de infundir seguridad, de educación, de restablecimiento de los equilibrios síquicos, políticos y materiales, de creación de nuevos espacios de libertad, de derecho, de ética y de estética. Hasta los derechos humanos son utilizados por una élite que no tiene confianza en sí misma para desmarcarse de un pueblo, para velar por su ruptura con él y por su superioridad sobre él, es decir, para negar al hombre, deformarlo, mutilarlo, deshumanizarlo y hacer olvidar sus sufrimientos.

La modernidad árabe, lejos de haber abierto un nuevo campo de creación y de innovación que permita a los esfuerzos de los árabes venir a sumarse al gran curso de la civilización y a enriquecerlo, ha desembocado, más bien, en un abismo, en el que una comunidad, separada de su pasado y de su patrimonio, y que no ha conseguido encontrar sus referencias en el universo de la modernidad, se halla suspendida en el vacío.

La quiebra del proyecto de desarrollo, último capítulo de una larga epopeya por la reinserción en la historia universal, no ha sido-y no puede ser-simplemente vivida, en el mundo árabe, como un fracaso parcial o coyuntural. Actúa como un revelador de una crisis histórica y general, que hace resurgir a la superficie todos los aspectos negativos de una experiencia de más de un siglo de búsqueda del progreso: la de la opción modernista y occidentalista. Hay como un sentimiento de fracaso mayor, el del alma, que no puede más que suscitar un nuevo cuestionamiento general y, en primer lugar, un nuevo cuestionamiento de sí mismo, del propio ser, del yo más íntimo(32). Este grave fracaso explica también porqué el fin de la era-y del Estado-nacional se traduce, en el mundo árabe, en una crisis generalizada, que afecta a la vez a las estrategias del Estado y a las de la sociedad civil, la cual, ante el problema de su reorganización política, aún parece vacilar entre el ideal islámico y la ética modernista y laica(33).

El fracaso de la modernidad, o de la modernización del mundo árabe, significa, en efecto, pérdida de referencias, ausencia de perspectivas, estancamiento histórico y angustia por el porvenir. La muerte de la esperanza coloca a los árabes, como a todos los pueblos del Tercer Mundo, ante un callejón sin salida: sin proyecto colectivo, sin objetivo mínimo común, sin visión del futuro, sin política y sin esperanza. He ahí una idea de la dimensión de la crisis, del sentimiento de abandono y desconcierto que la acompaña. Pero ¿cuáles son las alternativas posibles a esta crisis, o al colapso del Estado nacional en la región sur del Mediterráneo? Y ¿cuáles son o podrían ser los factores internos y externos de una futura restructuración?

(1)Ver Lufti el-Juli (ed.): El callejón sin salida árabe ob. cit.

(2) "L'Etat, transformations et devenir", debate animado por Syyed Yassin. en Peuples Méditerranéens, núm. 41-42, marzo de 1988.

(3) Allí mismo, pp. 31-32.

(4) Allí mismo, pp. 33-34.

(5) Sobre los diferentes aspectos de la crisis de estos movimientos, ver Lufti el-Juli y Abou Seif Youssef: '-La gauche radicale arabe, ses positions, sa crise et sa visión de l'avenir", en Etudes sur le mouvement progressite arabe, Beirut, 1987, p. 35, donde los autores destacan la ausencia de democracia en el seno de los partidos politicos, la falta de comunicación y de intercambio entre ellos a nivel del mundo árabe, y la ruptura entre los regimenes llamados nacionales progresistas y las masas populares.

(6) La tendencia a la formación de una especie de partido politico único es fuerte en todos los paises del Tercer Mundo. Surge el propio carácter nacional de la politica de los nuevos Estados y poderes. Asi, en Egipto, el Wafd funcionaba como el partido de la nación, al igual que los bloques nacionalistas en la mayoria de los paises árabes. Ver, por ejemplo, Hassan Riad: L'Egypte nasserienne, Paris, 1964, y Tareq el-Bichri: La democratie et le régime du 23 juillet, ob. cit.

(7) La fuente de tal instrumentalización son las ideologias revolucionarias nacionalistas o marxistas, que coonsideran que el Estado debe servir para cambiar totalmente las relaciones de hegemonia nacional o social. Pero el control del Estado por los grupos en el poder constituye, en si mismo, un factor determinante en la formación de nuevos intereses de clase y de nuevas clases. El capitalismo de Estado es un tema frecuente en la explicación del fracaso del desarrollo y del cambio de la naturaleza del poder. Pero, en realidad, el Estado sólo desempeña un papel determinante en la formación de clases porque su debilidad estructural lo vuelve más disponible para la manipulación de los grupos dominantés, que lo utilizan para su propia promoción y transformación en clase. Sobre estas complejas relaciones entre el Estado y la constitución de las clases, ver Hanna Batatu: The Old Social Classes and the Revolutionary Movements of Iraq, Princeton University Press, 1978, y Issam el-Jafayi: El Estado y el dksarrollo capitalista en Iraq, 1968-1978 (en árabe), El Cairo, 1983; también, Habib el-Malki: "El capitalismo de Estado y la burguesía en las sociedades dependientes: el caso de Marruecos" (en árabe), en La revue morocaine du Droit, politique a économie, núm. 8. 1980; Mahmoun Hussein: La lutte des classes en Egypte, Paris, 1969, y Fatima Babiker Mahmud: The Sudanese Bourgeoisie, Londres, 1984; finalmente, Mahmud Abd el Fadil: "El mapa de distribución de las clases en la patria árabe". en Etuzk sur ks mouvements progressistes, ob. cit.

(8)Ver Samir Amin: La déconnexion. pour sortir du systéme mondial, París, 1986. (En castellano: La desconexión. Hacia un sistema mundial policéntrico. Madrid

(9) Las inversiones árabes en el exterior se elevan. según el último informe de la Organización Arabe para la Protección de las Inversionesn a 680.000 millones de dolares en 1989.

(10)Por ejemplo, Elizabeth Picard: "Y-a-t-il un probleme communautaire en Syrie?, en Maghreb Machreq, enero-febrero-marzo de 1980; Gerard Michaud: "Caste, confession et société en Syrie", en Peuples Méditerranéens, julio-septiembre de 1981.

(11)Para un análisis más detallado de la crisis del Estado nacional árabe, ver B. Ghalioun: "La crisis del l'Etat national et le devenir du systéme international", en Al-fikr al-arabi, num. 53, 1988.

(12) A. Hamaoui: "Comment detruire la société syrienne", Su'al, num. 2, 1982. Para el análisis de los diferentes aspectos de esta crisis, ver, por ejemplo: S. Amin/Faycal Yachir: La Méditerranée dans le monde, París-Casablanca, 1988 (En castellano): F,l Medirerráneo en el mundo La aventura de la transnacionalización, Madrid, IEPALA Editorial, 1989-Nota del traductor Lufri El Khouli (ed ): L'impasse arabe, ob. cit., también Jeir Eddin Hassib (ed.).: El futuro de la nación árabe: desaffos y alternativas (en árabe), Centro de Estudios sobre la Unidad Arabe, Beirut, 1988

(13)Sobre la relación entre la evolución de los Estados y su lugar en el sistema internacional, ver B. Chalioun: "L'Etat et ley systéme international d'Etats", en Al-mustaqbal al-arabi, núm. 106, 1987.

(14) Ob. cit., p. 43; igualmente, Abdallah Saaf: Images politique du Maroc, Rabat, 1987.

(15) Sobre los efectos contradictorios de esta renta, ver Mahmud Abdel Fadil: El petróleo y la unidad árabe (en árabe), Beirut-EI Cairo, 1982, asX como J. el-Naqib: La société et I'Etat dans le Golfe arabe, ob. dt.

(16)La crítica o la revisión de las teorias del desarrollo son hoy conocidas, pero, por desgracia, no todas las realidades del &acaso y sus desastres han sido reveladas. Por ejemplo, C. Furtado: Creativité et dépendence, Paris, 1982; S. Amin: La déconnexion, ob. cit.

(17)Por ejemplo, Walid Qaziha: "Análisis histórico del pensamiento nacionalista árabe: la evolución del movimiento nacionalista árabe en el Machreq árabe"; Radwan el-Sayyed: Los problemas de legitimidad y unidad en el pensamiento político árabe-islámico"; Ma'an Ziyada: "La evaluación de la experiencia de la unión sirio-egipcia"; Yamil Matar: "Las experiencias unionistas funcionales: La liga Arabe"; Halin Barkat: "El futuro de la integración social y política en la sociedad árabe"; Ahmad Sidqui el-Dayani: "Observaciones sobre el nacimiento y la evolución del pensamiento nacional". en Le nationalisme arabe: pensée et pratique, Centro de Estudios, Beirut, 1980.

(18) Ver, por ejemplo, La crisis de la democratie dans le Monde arabe, actas del coloquio de Limason, 1983, publicadas por el Centro de Estudios sobre la Unidad Arabe, Beirut, 1985; también: Etudes sur le mouvement progressiste arabe, ob. cit.

(19)Ismat Seif el-Dawola: "La evolución de la concepción de la democracia desde la revolución hasta el naserismo, pasando por Abd el-Naser" en Al-Mustaqbal al-Arabi, num.56, octubre de 1983. La ausencia de una teoría revolucionaria es también la base de las críticas que baazistas y marxistas dirigían permanentemente al naserismo.

(20)Ver. por ejemplo. Samir Amin: Irak et Syrie, 1960-1980, París, 1982, y Hanna Betatu: The Egyptian, Syrian and Iraqi revolutions: some Ohservations on their Underlying Causes and Social Charaeter, Washington, 1983.

(21) La derrota de la Rebelión árabe de 1926 constituye el mejor ejemplo de ello. La debilidad moral y material de la principal fuerza de la revolución tiene su fuente en la división de la opinión árabe (sus dirigentes, en particular) y en la falta de cohesión de la coalición árabe, formada por fuerzas que. sociológica y políticamente, nada tienen que ver unas con otras. Así, el ingreso de las tropas revolucionarias a la capital de los Omeyas se produce en medio de una anarquía y desorden inimaginables, mientras que la formación del nuevo gobierno es motivo de inevitables peleas. La lucha por el control de puestos o de "zonas de influencia" en el Estado y la administración es proporcional a la estrechez de los intereses y opiniones de la gente. Las rivalidades de los jefes no muestran sólo la incapacidad de una dirección para imponer su autoridad, sino también su trágica falta de visión clara sobre su acción y el porvenir de a gente de la que se ha hecho argo. Así se explica, además, el apresuramiento de los representantes de las diferentes provincias (irqui, siria y hiyazi) en proclamar unilateralmente una independencia separada, contrariamente a los compromisos asumidos y aun antes del fin de las hostilidades con Turquía. Eso no podía sino hacer más legítima la acción de ibn Saud en Arabia y confortar a los beneficiarios reales del desmembramiento hechemitas, incluso el nombramiento de los hijos del jerife Husein como soberanos para los reinos independientes de Siria, Iraq y Jordania, son muestra de la inconsciencia política de una clase dirigente para la cual la liberación no sigfnificó otra cosa que el reparto familiar de una herencia imperial. Cada parte se considera en su derecho de hacer de esta independencia lo que mejor conviene a sus intereses. Sin tener una verdadera concepción del interés nacional, la mayoría de los grupos que participan en la rebelión comprenden de inmediato que su alianza puede aparecer como una desventaja para su integración en el mercado mundial (al nivel que se les había propuesto, es decir, como simples compradores). Se precipitan, pues, a abandonar el campo de los nacionalistas para juntarse con el de los colaboradores. La rápida claudicación de los hachemitas, y luego el desconcierto de la opinión popular, terminan por convencerles de la corrección de su opción. Así pueden deshacerse por completo de su antiguo proyecto nacionalista para aceptar trabajar y vivir tras las huellas de sus protectores extranjeros. Por lo demás, la tan soñada independencia árabe habría sido perfectamente posible si las notabilidades mercantiles, pequeños emires y jefes de las organizaciones sirio-iraquies hubiesen rechazado los humillantes planes que les fueron impuestos y, una vez terminada la guerra con Turquia y de común acuerdo, hubiesen aceptado volver sus armas de combate contra las nuevas fuerzas de ocupación.

(22) Casi todas las monarquías del Golfo pertenecen a la gran tribu de Iniza.

(23) Plataforma de la Revolución argelina establecida como conclusión del Congreso del valle de Sommam. Ver "Africa en marcha hacia la unidad", en Al-mujaked, abril de 1958; Muhammad Harbi: *'Los nacionalistas argelinos y el Magreb árabe", y Ali Olmil: 'sLa élite nacional y la idea del Magreb unido", en L'unité du Maghreb arabe, Beirut, 1987.

(24)André Mandouze: La Révolution algérienne par les textes Masperó, 1961, p. 14.

(25) Cuando el poder bolchevique divulga en 1917 el contenido de los acuerdos franco-británicos sobre la repartidón del Machreq, los nadonalistas árabes procuran recondliarse con las autoridades turcas a fin de constituir un frente común contra la ocupadon ocddental. La intransigenda y torpeza de los dirigentes turcos del Partido Unión y Progreso hideron fracasar ese proyecto. Sin embargo, el campo árabe también estaba dividido al respecto. Semejante inversión de alianzas habria constituido una verdadera confesión de fracaso y de extravlo para los partidarios de una mayor colaboradón con los ocddentales. Asf, se fingió no saber nada sobre esos acuerdos, hasta el momento en que se tropezó con los duros métodos y consecuencias de la aplicación de sus témminos sobre el terreno. En realidad, la oposidón a Ocddente no es contra la civilizadón que éste encama, sino muy al contrario, se debe a que éste parece impedirnos, deliberada y veladamente, acceder a ella. Se le atribuye, además, una voluntad agresiva de querer dejar a los pueblos subdesarrollados en el estancamiento, el tradidonalismo, el arcalsmo, la división y la marginalidad, espedalmente al apoyar a los dirigentes corrompidos y antipopulares. Es pues, por el progreso, y no contra él, que los pueblos del Tercer Mundo creen combatir.

(26) El caso de Naser es, en este aspecto, el más convincente. En efecto, nunca hombre alguno. en nuestra época y a escala del mundo árabe, gozó del beneficio de una autoridad igual a la suya cuando fue promovido, espotáneamente y en unos pocos años de poder, a jefe indiscutido de todos los árabes. independientemente de su origen geográfico, étnico o religioso. Y, sin duda, ningún jefe, en los tiempos modernos, pudo influir tanto como él en la conciencia de los árabes y en sus comportamientos políticos. Pero, paradójicamente, nadie fue peor soportado que él y tan detestado como él por las clases y élites políticas. Fue en realidad la confianza en su sinceridad y fidelidad más que en sus hazañas, lo que creó la popularidad de Naser y la elevó por encima de todos los otros jefes políticos. Pero aqui encontramos una actitud a la vez fundamental y peligrosa, pues así es cómo la política se hunde en lo emotivo y lo irracional.

En efecto, para todo ese mundo-durante mucho tiempo sometido, colectiva e individualmente humillado, que vivió casi sin futuro, desesperado con tantas derrotasy frustraciones-el discurso sentimental de la dignidad y grandeza por reconquistar es, al mismo tiempo. un catecismo y una esperanza. Eso es lo que explica cómo la muerte del rais se transformó en tragedia, en la que los gritos son menos un gesto de despedida que una manifestación de desesperación de un puebio que, temiendo más a sus futuros jefes que a sus enemigos exteriores, se sentía huerfano desde ahora.

(27) Desde Granada hasta Panamá, pasando por Filipinas, Pakistan, Haití y muchos otros países, Estados Unidos procedió solemnemente a cambiar los equipos en el poder. No ocultan su voluntad y acción con miras a derrocar a los regímenes del Tercer Mundo que no les convienen. El caso de Africa es todavia más instruclivo. con la competencia de varias potencias por el control (léase captura) de los Estados y régimenes locales. Que no todos los intentos de golpes de Estado necesariamente triunfen no cambia en nada los datos del problema. El caso de la revolución democrática en Europa del Este no es muy diferente. Incluso viene a confirmar esta regla, pues, a pesar de la gran presión popular, lo que además no es nuevo, el elemento determinante es esta transformación es el cambio radical de política y de perspectiva efectuado por el nuevo dueño del Kremlin.

(28) Yalal Ahmad Amin: El Machreq árabe y Occidente (en árabe) Beirut, 1979.

(29)Ver, por ejemplo, abdallah Larui Islam er Modemité Paris, 1987.

(30) Reflejando la concepción clásica del pensamiento político árabe moderno, Larui eleva todavía más alto el lugar del Estado al hacer de él, si no la única, al menos la fuerza más progresista y racional de la sociedad. El problema es que, como para el conjunto de la filosofía hezeliana. Io que es verdadero para el concepto no siempre y necesariamente es verdadero para la realidad que lo invoca. Si el Estado es por principio racional, en el Tercer Mundo o en otra parte, no todos los Estados lo son. Ver, Le concept de l'Etat, ob. cit.

(31)Ver, Elizabeth Picard: "Los militares árabes en la política: de la conspiración revoludonaria al Estado autoritario'', en Nación, Estado e integración en el mundo árabe (en árabe), vol. e, Beirut, p. 529.

(32) En ninguna otra nación se pone en tela de juicio con la misma fuerza, como.se lo hacwe en el mundo árabe, el patrimonio, el idioma, la cultura, hasta rechazar el concepto mismo de identidad como algo tachado de religiosidad y de culto al pasado. En efecto, se sigue rechazando tener en cuenta esa subjetividad, a la que una élite claudicante idtenta echar la responsabilidad.

(33) Sobre el debate acerca de la democracia en el seno del propio islamismo, ver Rached el-Gannuchi: "Sobre los principios de la democracia", Al-hiwar, núm. 4, 1987; igualmente: Ejes islámicos (en árabe)m, El Cairo, 1989; Tarq el-Bichri: La democracia y el régimen del 23 de julio (1952-1970) (en árabe), Beirut, 1987; el iman Muhammad al-Jidr Hussein: La libertad en el islam en árabe), El Cairo, 1982: el iman Muhammad Abu Zahra: La monarquia y la teoría del contrato en la charia islámica (en árabe), El Cairo, 1977.