LOS FUNDAMENTOS ÉTICOS

8. La fuerza del nacionalismo: liberalismo y radicalismo

La reflexión sobre la estructura del poder en el mundo árabe se ha reanudado desde hace aproximadamente una década, teniendo como principal punto de referencia la descripción y análisis del carácter dictatorial y absolutista de regímenes cada vez más aislados y separados de la sociedad. La ausencia de mecanismos de alternancia en el poder, el monopolio de las palancas de mando por élites frecuentemente inmorales e incompetentes, la falta de libertades públicas, la violación trivializada de los derechos humanos, la censura política e intelectual ejercida por las autoridades, el poder personal, la confusión cada vez más flagrante entre el Estado y el partido único o la tribu, la generalización de los sistemas de arbitrariedad política y jurídica, discriminación abierta y represión colectiva, son fenómenos corrientes que no se escapan al observador(1).

Se han expuesto varias tesis para explicar esta ruptura entre el Estado y la sociedad. Algunas, difundidas sobre todo en los medios de comunicación masiva, son culturalistas, y ven en esta ruptura la consecuencia de un regreso triunfal de las tradiciones milenarias de despotismo o de poder patriarcas o de las solidaridades tribales-confesionales. Es en esta perspectiva que la teoría de Ibn Jaldun sobre la assabiya-o solidaridad natural-es redescubierta o aplicada por un gran número de estudios sobre el Estado y la sociedad árabes(2).

Otras teorías, historicistas, buscan esa explicación en la formación histórica de las estructuras estatales. Mansur, por ejemplo, parece dar mucha importancia al hecho de la eliminación de los árabes de la arena política en beneficio de los turcos-desde los abbasíes-; sobre todo para el desarrollo del carácter militarista del Estado y del carácter étnico de las élites dirigentes. Esta ruptura es concebida, así, como una fractura permanente(3).

En cambio, Larui hace hicapié en la devaluación moral tanto de la teoría como de la práctica políticas en beneficio de la utopía, religiosa o simplemente nacionalista. La ausencia de un riguroso pensamiento político sobre el Estado impediría a éste desarrollar en su seno los principios y valores necesarios para la expansión de la libertad(4). En realidad, y a pesar de la apariencia, Larui no ve el origen de la dictadura en la persistencia de las tradiciones políticas sultánicas, sino, más bien, en la contradicción que vive ese Estado al estar dividido entre estas tradiciones y los principios burocráticos del racionalismo adquiridos en el último siglo. "El actual Estado árabe está tironeado entre dos tipos [de Estado]: el sultánico/mameluco y el burocrático racional; al mismo tiempo, se manifiesta a través de estos dos tipos. La causa de este tiren es el foso que separa a la política y a la sociedad civil, al poder (político) y a la influencia (la potencia) material y moral efectiva en la sociedad, al Estado y al individuo; foso que es el legado del antiguo Estado sultánico, reforzado por la administración colonial extranjera"(5).

Otras explicaciones, de tipo ideológico-religioso, interpretan esta ruptura como el resultado de la laicización del Estado, que para ellas significa el abandono, por parte de la sociedad (musulmana), de sus tradiciones, prenda de su identidad, es decir: el principio del califato, en el que se hallan ligados el poder político y la ley islámica, y su sustitución por el principio de la monarquía temporal (mulkon 'adud)(6).Otros enfoques, de tipo jurídico/político, buscan esa explicación en la ausencia-o la crisis-de legitimidad(7), mientras que otros aún la encuentran en la exasperación de la competencia por el poder en el seno de una sociedad fragmentada como un mosaico, competencia que es avivada por la caída de las élites tradicionales y su sustitución por las élites rurales(8). En realidad, esta estructura social segmentaria, descrita por Turner (que recuerda las tesis de Marx sobre el bonapartismo), sigue siendo la base de aquella teoría sociológica-ampliamente difundida-sobre los problemas del poder que plantea la dictadura moderna, que retoma, muchas veces sin modificación, los antiguos análisis de lo que antaño se denominaba el "despotismo oriental", con la correlación del papel excepcional del Estado como árbitro universal(9).

Por lo que se refiere a los países del Golfo, J. al-Naqib observa que el origen del Estado autoritario se halla en la larga historia de la intervención política, militar y económica del imperialismo occidental; la destrucción de las redes de comercio a distancia; el traslado del centro del poder desde las costas hacia el interior tribal; y el establecimiento, con ayuda de la protección extranjera, de una jefatura tribal hereditaria en lugar de la jefatura tradicional, instalada por cooptación. De esta forma, en los países del Golfo, el poder absoluto sustituyó al poder "democrático" tribal. El desarrollo de la producción petrolera no arregló las cosas, porque dio a esos Estados petrificados los medios de conservar y mantener aún más su poder arbitrario(10). Es igualmente en las condiciones socioeconómicas del subdesarrollo que hace hincapié I. S. Abdallah(11). En cambio, Samir Amin destaca el factor de dependencia, en la medida en que éste favorece la creación de una burguesía local, separada del resto de la población e insensible a las aspiraciones populares. I a razón es que, aunque el capitalismo, para asentarse contra el feudalismo, tuvo necesidad de luchar por la democracia (tanto más cuanto que gozaba de un contexto de paz exterior), el capitalismo dependiente sufre la doble presión de la agresión del colonialismo extranjero y de la oposición de las masas populares. Por eso no puede sumarse al desarrollo independiente y autocentrado hacia la integración en el mercado mundial, como fue el caso del capitalismo del centro. Está condenado, en virtud de su subordinación a ese mercado y a sus exigencias, a seguir siendo totalitarios(12).

En realidad, la cuestión fundamental en la formación de las políticas nacionales en los países dependientes es que el Estado, como estructura y técnica de organización, no constituye el lugar en el que el poder se regenera y se difunde sobre el conjunto de las fuerzas sociales, sino que, por lo contrario, es el reflejo de este poder. La ausencia de esta autonomía no es, como se suele pensar, signo de la persistencia de poderosos focos de lealtad exteriores (tribales o confesionales), que escapan al control del Estado. Radica en la debilidad material y moral del propio Estado, no en el sentido de insuficiencia de las fuerzas represivas, sino en el de dominio de su entorno internacional y nacional, y en la falta de una verdadera influencia sobre los factores de desarrollo y civilización. Su incapacidad para responder a las demandas sociales es la fuente de su debilitamiento político y moral, y de su tendencia a superar esta debilidad estructural con la formación de una fuerza auxiliar permanente, es decir, un ejército de función casi política, una especie de reserva estratégica, que compensa, para el poder, los riesgos de inestabilidad resultantes del carácter aleatorio de sus cimientos sociales y de las heterogéneas y cambiantes fuerzas sociales de las que depende directamente. Por eso, el destino del Estado y su propio progreso como principio de organización y de solidaridad social, es decir, como referencia principal, están ligados al progreso del poder y al de la transformación de éste de fuerza bruta de dominación en autoridad política consciente y responsable. Esta es la razón por la cual nos parece imposible comprender el carácter y la profundidad de los problemas del poder en el Estado árabe sin el análisis de los movimientos sociales modernos que lo han engendrado. Pues, el pasado, con todos sus efectos políticos y culturales, sólo puede volverse verdaderamente activo, a nuestro parecer, cuando los fundamentos principales de la política moderna-a saber, los modelos de organización, la ética y las políticas nacionales aplicadas naturalmente por el Estado moderno-se han derrumbado.

9. El fracaso del liberalismo

La primera encarnación del Estado moderno en el mundo árabe fue liberal y se basó en la heteróclita alianza entre los reformadores musulmanes(13), las nuevas clases medias formadas por las profesiones liberales (abogados, médicos, periodistas, juristas, profesores, burócratas o funcionarios de la administración) -a su vez fruto de la modernización del Estado-y las clases comerciantes y/o compradores. La segunda fue una encarnación radical, revolucionaria, francamente antiliberal, ligada al desbordamiento de las élites liberales-constituidas en círculo cerrado-por las poderosas fuerzas engendradas en el seno de este mismo Estado moderno: "masas" de maestros de escuela, estudiantes, campesinos urbanizados-asalariados o en paro-, oficiales y soldados-cuyo número se multiplicó por diez o por cien-, en resumen: una masa desheredada o semidesheredada, en la ciudad y en el campo, desclasada o procurando clasificarse tras una rápida transición o reciclaje en los mecanismos del Estado moderno.

Sin embargo, el Estado liberal colonial, al estar demasiado instrumentalizado por el extranjero y enfeudado a éste desde el comienzo, no pudo, durante muchísimo tiempo, hacer frente a las numerosas dificultades políticas y materiales como para desarrollar un verdadero sentimiento de adhesión nacional y competir con los múltiples patriotismos primarios de la patria chica. Su colapso, a partir del fin de la segunda guerra mundial, acarreó necesariamente, y pese a violentas resistencias, el derrumbamiento de todo el orden colonial y condujo a los países árabes hacia una más o menos completa y rápida independencia.

El Estado independiente que lo sucedió estuvo obligado, desde los primeros días, a afrontar el desequilibrio creado por el hundimiento del orden colonial y el establecimiento de un poder nacional aún mal adaptado y frágil. La era de independencia comenzó también con una violenta e interminable confrontación entre la voluntad de los países occidentales-de memoria colonial aún fresca- de mantener por todos los medios su dominación política y económica y la voluntad de los pueblos que accedían de nuevo a la vida soberana, reforzada por las esperanzas de emancipación. Pero, la independencia, al casi no haber aportado modificaciones a las estructuras reales de los poderes heredados del pasado, no tardó en aparecer a los ojos de los pueblos oprimidos como el resultado de un simple trámite de transmisión de poder en beneficio sólo de las élites, o, más exactamente, de los grupos sociales indígenas favorecidos por la colonización.

De esta forma, las incapacidades de estos grupos, y, por consiguiente, de los Estados liberales de tipo colonial, para resolver los problemas políticos e ideológicos relativos a la formación de las jóvenes naciones, para dar a su población una conciencia colectiva y un objetivo común y realizable, y para reforzar el sentimiento de seguridad y confianza de los pueblos en el futuro y en ellos mismos, debilitaron considerablemente su posición y acabaron minando su autoridad. Al carecer de medios suficientes y, sobre todo, de una verdadera base de soberanía, estos Estados, lejos de constituir instrumentos capaces de dominar las contradicciones o de superar las heterogeneidades de sus sociedades fragilizadas por la transición, las aumentaron, añadiéndoles nuevos problemas. Así, y cada vez más abiertamente, el Estado poscolonial moderno, nacido de la descolonización, se transformó en una especie de caja de resonancia de las fuertes tensiones y dificultades estructurales que sufrían las sociedades parcial y formalmente liberadas. Por eso mismo, contribuyó a avivar conflictos ya graves y a reactivar la competencia por el poder dentro de cada uno de los países y a escala de la región. La mayoría de estos Estados no tardó en convertirse, uno tras otro, en instrumentos privilegiados de manipulación dentro de la estrategia planetaria de las grandes potencias, que apuntaba a la división, en zonas de influencia, de la nueva configuración del mundo.

Es, pues, en una sociedad árabe en estado de desorganización total, de pérdida de equilibrio y de desorientación histórica que se crea, se desarrolla y se asienta la raíz de la implantación judía en Palestina, antes de cristalizar, llegado el momento, en Estado autónomo, en 1948. Para mantenerse, este Estado se halla, pues, condenado, desde el comienzo, a prolongar en la región la era colonial, más allá de su plazo, haciéndose cargo de la misión que ésta no pudo acabar. La política de desestabilización sistemática de los Estados y gobiernos árabes a la que se dedica el Estado israelí, desde su infancia, no pudo sino reforzar y aumentar aún más los desequilibrios estructurales de la región árabe. A corto plazo, terminó cubriendo de descrédito al Estado liberal resultante de las independencias y precipitando su caída.

En realidad-y habida cuenta de sus límites estructurales, de la estrechez de su margen de maniobra y de su falta de dominio sobre su entorno-, el nuevo Estado independiente-ya incapaz de acabar con las exacerbadas tensiones ligadas al espectacular ascenso de las aspiraciones sociales-difícilmente podía recoger el guante de la implantación sionista, llevada de la mano por el Occidente triunfante. Para remediar semejante situación, el Estado moderno tenía demasiada tendencia a recurrir a la fuerza bruta, o a buscar el apoyo y ayuda de las potencias extranjeras. Así, pues, estaba condenado a aumentar su aislamiento y a separarse de la nación. Es aprovechándose de esta ruptura, y a veces, incluso, de la ausencia de la acción del Estado en otros campos, que las élites rivales-y, en general, de origen social más modesto-bloquearon los mecanismos del poder, antes de proceder, bajo la influencia de las nuevas ideologías en ascenso, a su radical transformación.

Tras el fracaso del Estado territorial y de las ideologías liberales de reconstrucción nacional, el mundo árabe se orienta hacia las ideologías del radicalismo. Este toma la forma de un rechazo a la división del espacio político, y, por consiguiente, de regreso triunfal de la ideología de la unidad árabe, dejada de lado durante cierto tiempo. A este radicalismo hace compañía, naturalmente, el rechazo a las políticas liberales tradicionales; preconiza políticas basadas en la nacionalización y el control estatal de los recursos y factores del progreso, y, en este sentido, se dice socialista. También quiere ser, por definición, revolucionario, es decir, estar inspirado en estrategias de poder basadas en el trastocamiento de los equilibrios sociales estáticos, la aceleración del ritmo de la historia y la educación de la sociedad. Y si este nuevo proyecto de modernización y reconstrucción del Estado nacional-que se ha plasmado en el transcurso de las tres últimas décadas-ha escogido hacerse en el genérico nombre del nacionalismo árabe es porque éste ha sido, al fin y al cabo, el factor que más ha contribuido a estructurar a este desorganizado y desorientado conjunto desde su ingreso a la era de la independencia. Fue de él, más que de ningún otro nacionalismo aparecido en el campo político árabe, de donde el Estado moderno extrajo sus recursos morales y políticos.

10. El fracaso del radicalismo

Pero el nacionalismo árabe de la posguerra-tal como es encarnado, esencialmente, por el naserismo y el baazismo-(14), es, en primer lugar-y a la inversa del nacionalismo de la identidad-, un proyecto de sociedad, es decir, un proyecto de cambio y de transformación de las estructuras, las técnicas y los valores sociales en un sentido nuevo. Además, la elaboración de ese proyecto sólo fue posible porque el problema de la identidad ya había sido resuelto en gran medida, sobre todo con el triunfo en todas partes, a partir de los años sesenta, de la arabidad como su principal referencia. Este nuevo nacionalismo es esencialmente político; porque ya no se trata de determinar la genealogía de las poblaciones árabes, sino de decidir el marco político y jurídico de la construcción de su porvenir. Y, por más paradójico que pueda ser, el nacionalismo árabe-como movimiento histórico que abarca, al mismo tiempo, y para un solo y mismo proyecto político, a varios pueblos árabes, con la convicción de que todos los árabes pertenecen a una misma nación y deben formar un solo Estado, no importa si unitario o federal-(15) se desarrolló gracias al Estado territorial moderno, y contra él. La razón es que, gracias a la educación y al desarrollo de las comunicaciones interárabes, y de la civilización en general, los árabes descubrieron su patrimonio cultural y humano común, su parecido, la similitud de los desafíos y problemas a los que deben hacer frente, y su propia unidad por lo que se refiere a su imagen en la opinión pública internacional. ¿Será finalmente el Estado territorial una simple etapa en el largo proceso de toma de conciencia y de realización de esta integración nacional árabe? Lo cierto es que la desaparición misma de la ideología nacionalista no disminuye esta constante y casi espontánea aspiración a la unidad(16).

"El nacionalismo árabe, dice Mahmud Mes'adi-secretario general de la UGTT (1948-1953) y, después, ministro de Estado, en Túnez-, no puede basarse sólo en esta comunidad de civilización y en la supuesta comunidad de intereses sólo materiales, sino que requiere un tercer factor constitutivo, que está compuesto por los dos primeros y se apoya en ellos, aunque es otro, es un elemento síquico, sin el cual el ser mismo del nacionalismo árabe no podría constituirse legítimamente: la voluntad común de existencia colectiva. Ahora bien, el carácter más especifico de nuestro nacionalismo árabe, aquél que ha resistido al tiempo, es la renovación perpetua de esta voluntad común de existencia social unificada o integrada, que, a veces, se extiende a todos los aspectos culturales, sociológicos y políticos de la entidad unificada, y, en otros casos, sólo engloba a algunos de estos aspectos. Por más diferente que sea su contenido, el nacionalismo sigue siendo, mientras esta voluntad común siga existiendo, energía e instinto vital, sentida en lo más profundo del pueblo, uniendo a individuos y colectividades"(17).

Del otro lado del mundo árabe, Michel 'Aflaq, ideólogo del partido Baaz, también hace hincapié en la acción revolucionaria: "La cuestión árabe debe ser considerada como un todo y tratada como tal. Pienso que algunos que se concentran en la unidad provocan el desmembramiento de la causa árabe. El partido Baaz considera a nuestra causa nacional como una causa indivisible, piensa que su solución depende de un cambio total árabe, en el sentido profundo de la palabra, que no se limite a la política, sino que llegue al pensamiento, al alma, a las condiciones sociales y económicas (...) Nuestro problema económico (...) es un problema grave, que ocupa el primer lugar en nuestro pensamiento y en nuestra lucha; pero lo seguimos considerando no como el problema principal, sino, más bien, como el escollo que nos impide ver el problema principal (...) Esta teoría del cambio total (baazista) se traduce, en la práctica, en la lucha "en el sentido más amplio del término" por reeducar a la nación, con el fin de que aprenda a hacer frente a las dificultades y de que, en este enfrentamiento, recupere sus ocultas fuerzas y su entumecida voluntad"(18).

El nacionalismo árabe ya no es una simple referencia histórica, sino un combate, que debe dirigirse contra las fuerzas del imperialismo y, al mismo tiempo, contra las fuerzas internas de la reacción, la corrupción y la esclerosis: "trátese de injusticia política o social, de explotación o de ignorancia, de pobreza intelectual o de fanatismo, de falta de amor, de tolerancia y de elevación de espiritu"(19).

El nacionalismo árabe se transforma en una ideología de poder y, por esta misma razón, abraza el socialismo, que ha sido considerado como la encarnación ideológica de las reivindicaciones populares. Desde luego, "la unidad árabe se sitúa más alto en la jerarquía de valores, es más avanzada que el socialismo; pero la exigencia de unidad árabe seguirá siendo un término abstracto y teológico, en algunos casos incluso un nocivo engaño, si no se sitúa en su verdadero contexto, es decir, a nivel popular, pues no hay fuerzas capaces de realizar la unidad más que el pueblo árabe (...) Por consiguiente, la identificación que efectuamos entre la unidad y el socialismo consiste en dar cuerpo a la idea de la unidad. El socialismo es el cuerpo y la unidad es el alma, si así puede uno decir"(20).

Si la radicalización del nacionalismo árabe ganó a él a las descontentas élites de las clases medias, y, en particular, a las pequeño-burguesas modernas, su reconciliación con la religión le franqueó la entrada a los círculos populares tradicionalmente islámicos. Los propios nacionalismos locales, tras una primera tentación de laicismo radical, comprendieron que no podían asentar su hegemonía, y apuntalar al Estado, apoyándose en el vacío imaginario de los patrimonios culturales preárabes o preislámicos, como lo habían intentado el faraonismo o el nacionalismo sirio, a costa propia. Munah el-Solh escribe en El islam y el movimiento de liberación árabe, título que pronto se convertirá en un tema clásico de la literatura nacionalista árabe contemporánea(21): "Desde el comienzo, la historia hizo emerger al movimiento del nacionalismo árabe del terreno de la ambigüedad-la del vínculo religioso no-nacionalista-, puesto que, después de todo, la historia colocó al movimiento nacionalista árabe en el camino de su liberación nacional por la vía indirecta de su lucha armada contra un Estado islámico, Turquía. La cuestión de la relación entre la religión y el nacionalismo había quedado, pues, zanjada, en gran parte, desde los primeros días de existencia del movimiento nacionalista árabe. A pesar de ello, algunos círculos intelectuales y progresistas árabes siguen rechazando el hecho de que esta diferenciación no se estableció con vistas a preservar al pensamiento nacionalista de la ingerencia de la reacción, sino, más bien, a fin de situar al islam fuera de la revolución. Esos círculos dicen que la diferenciación no fue entre la arabidad y el islam, y esto con el fin de decir que, por consiguiente, existe una contradicción entre estos dos términos. Esos círculos se obstinan en crear la diferenciación entre la arabidad y el islam, pues temen, consciente o inconscientemente, el llamamiento a la interacción entre dos realidades diferentes y las consecuencias de un salto revolucionario de liberación árabe a partir de la interacción entre estas dos realidades. Todo ocurre como si esos círculos quisieran repartir las partes, dando a la reacción el islam y concediendo a los progresistas, enemigos de la reacción, el resto". Y el autor concluye: "El criterio para zanjar este asunto es el siguiente: ¿constituye la islamidad de las masas populares más bien una dimensión suplementaria de este movimiento? Tal es la pregunta que aquí se plantea tanto a los izquierdistas alienados como a la derecha especuladora, unidos unos con otros en su obstinación en situar al islam fuera de la revolución"(22).

En efecto, no obstante el papel que desempeñó la ideología islámica en el movimiento de oposición y resistencia contra la ocupación extranjera, tanto en el Machreq como en el Magreb, y a pesar del lugar que los intelectuales de la primera generación de la Nahda atribuyeron a la religión en la movilización de los pueblos, la inclinación de las élites por la ideología del laicismo no dejó de crecer desde la independencia. Además de los movimientos de inspiración marxista, tanto el Baaz como el movimiento nacionalista árabe están cada vez más marcados por esta ideología. Los imperativos de la modernidad, al igual que los de la consolidación de la legitimidad del nuevo Estado, llevan a la intelligentsia a adoptar una posición cada vez más negativa contra la religión(23). La duplicidad de este discurso nacionalista, en el que el islamismo y la laicidad están yuxtapuestos y son utilizados en función del carácter del público y de las circunstancias, no tardará en socavar la ideología del arabismo.

Sin embargo, entre los elementos constitutivos de este movimiento nacionalista-a saber, el islam (fuente de enraizamiento histórico y de solidaridad comunitaria), la justicia social o el socialismo (principio de progreso y de universalidad) y el arabismo (marco de referencia cultural y política)-, éste será el más destacado. Ahí es donde también radica su especificidad con relación a los otros movimientos del mismo tipo que se formaron, en la misma época, casi en todas partes en el Tercer Mundo. En realidad, este elemento encarna la perspectiva de la unidad árabe, que contiene dimensiones estratégicas que prefiguran una verdadera revolución geopolítica, cuyos efectos desbordan con mucho la propia región árabe.

La eventualidad de la unificación del mundo árabe, objetivo declarado de los nacionalistas, fue considerada por las potencias occidentales, a mediados de este siglo XX, exactamente de la misma manera en que fue considerada hace un siglo, es decir, a mediados del siglo XIX, la política expansionista de M. Ali. Se trata de la misma reacción violenta y concertada contra todo intento de reconstitución de un bloque o de una potencia regional al sur del Mediterráneo que amenace sustraer a los países árabes de la influencia occidental; mientras que esta unificación es considerada por los árabes como la condición indispensable para la creación de un espacio suficientemente grande y diversificado como para permitir el éxito de un verdadero proyecto de desarrollo económico, social y político, desde hace mucho tiempo esperado. Fue, pues, inevitable el enfrentamiento entre las aspiraciones árabes de desarrollo y progreso y los deseos de seguridad y control de Occidente. Ahí se halla una de las fuentes permanentes de incomprensión, equívoco y desconfianza, que aún hoy siguen impregnando las difíciles relaciones entre las dos comunidades vecinas.

Sea lo que fuere, la aplicación de ese programa nacionalista, explosivo y revolucionario, es obra del naserismo. Este también es la causa de su éxito y de la transformación del arabismo, en los años cincuenta, en una ideología positiva, dominante y popular en todo el campo árabe.

Mucho más que la ideología, la calidad de la organización o la capacidad, su elemento motor es la adhesión masiva de las masas, que recuperaban su sentimiento de dignidad. La personalidad excepcional de Naser, qué duda cabe, desempeñó también un papel(24). Árabe, y orgulloso de serlo, abierto, ni occidentalista ni tradicionalista, creyente sin complejos, modernista convencido y patriota, Naser reúne, realmente, todas las condiciones necesarias para convertirse en el catalizador del sentimiento nacional y popular. Con su espíritu independiente, su decisión, su sentido de la historia y su disponibilidad cumple todas las expectativas que el pensamiento político árabe de la época de la Nahda había puesto en la teoría del déspota ilustrado y justo. En lo sucesivo, el movimiento nacionalista árabe, que se entronca con el modernismo islámico (e incluso intenta ser su legítimo heredero), se encuentra completamente transformado. Cambia tanto de dirección como de base social. El desplazamiento de su centro de Damasco a El Cairo constituye, en sí, un cambio radical de condiciones geopolíticas, de sensibilidad, de modo de racionalización y de perspectivas. Egipto no es silo el Estado árabe más poblado y enraizado en la historia, sino también, desde las Cruzadas, el centro de gravedad de la cultura árabe y musulmana. Por añadidura, gozó del beneficio, desde comienzos del siglo XIX, de una gran experiencia de modernización, que, a pesar de su fracaso, transformó profundamente el rostro de su sociedad.

Por supuesto, el nacionalismo árabe no es ni la criatura de Naser ni la del Estado egipcio. Tiene sus raíces profundas tanto en las realidades geopolíticas regionales como en las transformaciones políticas y sicológicas de la sociedad árabe poscolonial. Pero es gracias a Naser y a Egipto que se convirtió en una potencia política, se irradió a todo el mundo árabe y vibró con las aspiraciones más profundas de su población.

Así se inauguró lo que conviene denominar "orden nacionalista árabe", en el que una comunidad que funcionaba en varios aspectos como una nación unida seguía, sin embargo, dividida en varios Estados. Estos eran vistos por sus respectivas poblaciones unas veces como Estados fantoches antinacionales, otras como los pilares de un solo y mismo orden regional posible(25). Pero por "orden" habría que entender, más bien, un sistema de poder que unifica-o más o menos une--, más allá de los Estados y por en medio de ellos, a fuerzas políticas y sociales que tienen como misión cambiar las circunstancias estratégicas como condición previa para el cambio de poder, y son capaces de reducir a los Estados mismos a simples elementos de un sistema único integrado; lo que quiere decir que pueden hallarse obligadas a alinear sus políticas con las del Estado-o régimen político--que mejor parece gobernar y encarnar la voluntad nacional. En nuestro caso se trata, claro está, del Egipto naseriano(26).

Después de la Revolución egipcia de 1952, la nacionalización de la Compañía del Canal de Suez-encarnación de la humillación de Egipto, de su sometimiento a los intereses extranjeros e internacionales-es un acto de soberanía que señala el fin de una época, la de la capitulación del Egipto de M. Ali (1840) ante Europa, la cual, con este fin, puso sus querellas en cuarentena. Es también el espectacular inicio de un nuevo y gran combate por la libertad en todo el mundo árabe, e incluso más allá de él. La campaña tripartita franco-angloisraelí, lejos de frenar al movimiento, dio al gobierno nacionalista egipcio la ocasión de mostrar su determinación y de consolidar su posición de liderazgo en el mundo árabe. Asimismo, el fracaso de esa campaña-que provocó una gran ola de solidaridad con Egipto en todo el mundo árabe-señaló el hundimiento definitivo del colonialismo franco-británico en Oriente Próximo, la emergencia de Israel como potencia regional al servicio de la hegemonía occidental y la salida a escena de las dos superpotencias, soviética y norteamericana, como nuevos garantes del orden regional.

A nivel de las transformaciones a escala árabe, los acontecimientos se suceden en cadena: el desarrollo espectacular de la Revolución argelina; la Unión sirio-egipcia (1958); el derrocamiento de la monarquía en Iraq, el mismo año; la apertura de conversaciones para la ampliación de la Unión árabe; la crisis de los regímenes árabes pro-occidentales desde el Atlántico hasta el Golfo, seguida de una serie de golpes de Estado o de revueltas políticas en favor de la unión; la formación del bloque de los No-alineados con la activa participación de Naser; finalmente, la elaboración de medidas socialistas, así como planes de desarrollo económico. Es en este ambiente que también comienza la reconstitución del movimiento de liberación nacional palestino (Fath) en el seno de la emigración. Pero lo que más señala esa ruptura es, sin duda, el acercamiento del movimiento nacionalista árabe al bloque soviético.

En el Machreq, más que en cualquier otra parte, el sentimiento de humillación y de inseguridad, debido a la impotencia de los Estados ante el expansionismo israelí, conmueve profundamente a las sociedades, mientras que los Estados ceden, uno tras otro, a la presión de las nuevas élites, reforzando así este orden nacionalista, cuyo fundamento y justificación no son más que, según la propia definición de sus actores, la creación de un Estado progresista o de progreso, es decir, fuerte y poderoso política, económica y militarmente, y capaz de aceptar el doble desafío del expansionismo israelí y del desarrollo de la civilización; en resumen, el tan premeditado y deseado Estado de la Nahda. En unos cuantos años, todos los poderes establecidos son tomados por asalto o sustituidos. El golpe de Estado apoyado por una poderosa agitación popular se convierte, para el mundo árabe, en la táctica privilegiada de cambio, y coloca en la delantera del escenario político a una élite militar con las maneras aún toscas del campo. Al régimen progresista unionista sirio-egipcio le siguen rápidamente Iraq, Yemen, Sudán y Libia. En el Magreb, la victoria de la Revolución argelina, en 1962, viene a confirmar el retroceso de la hegemonía occidental y el triunfo del nuevo orden panárabe, al que añade nuevas sensibilidades políticas e ideológicas. Al ofrecer una nueva apertura hacia el África subsahariana, así como hacia el Tercer Mundo, la Argelia independiente da a este orden una dimensión mundial y participa activamente en su consolidación.

Pero las fuerzas llamadas progresistas y de izquierda están activas en todo el mundo árabe y dominan ampliamente el escenario político. Los intentos de golpe de Estado o las revoluciones fallidas no perdonan a ningún país: Jordania, Arabia Saudita, Marruecos, el Golfo Arábigo son conmocionados, mientras que Túnez, que, desde su independencia, se había dotado de un sistema de partido único, rivaliza con el resto del mundo árabe en la aplicación del programa de modernización, aunque este programa tenga un carácter más occidentalista que arabista.

Así pues, es en un contexto marcado por la agravación de las tensiones internas y externas que se elabora y desarrolla el primer proyecto intelectual y político que ilustra la voluntad del mundo árabe de superar el traumatismo producido por la desaparición del Imperio Otomano, y que aspira a reconstituir, sobre nuevas bases, la unidad de esta frágil región. Es también el primer intento de respuesta global a los problemas planteados por el atraso y el mal desarrollo, que se mantienen, en gran parte, debido a la dispersión de los mercados y de las fuerzas humanas. Todas las condiciones estaban dadas, pues, para permitir al mundo árabe emprender el camino de una experiencia original de desarrollo integrado y complementario que sacara provecho de los dos factores más importantes: la movilización de los pueblos y la economía de escala.

Este vasto movimiento, de estructuras flexibles-o mal definidas y poco coactivas-, que reagrupa a corrientes ideológicas, partidos políticos y fuerzas sindicales o sociales diversas, y que actúa a escala del mundo árabe, estremeció, durante dos décadas, la conciencia y la política de los árabes(27). Con la consigna de la reunificación bajo la bandera de un dirigismo económico, se creyó poder restablecer los grandes equilibrios regionales y crear las indispensables bases políticas y materiales de una modernización ardientemente deseada. Se trataba, ante todo, de estructurar a este conjunto humano, cultural y geográfico árabe, y librarlo de sus múltiples contradicciones y bloqueos, que socavaban su movimiento y le impedían avanzar.

Por lo demás, el nuevo movimiento nacionalista ofreció a los árabes, a falta de un Estado nacional, un orden regional que entrañaba cierta forma de estructuración política y un intenso sentimiento de solidaridad común. Dio a las fuerzas inconexas y a las ideas de cambio mal definidas una dirección, objetivos claros y metas realizables. Este orden nacional fue rápidamente recompensado con la emergencia, por entre los Estados y pese a las fronteras existentes, de una conciencia nacional propia y de una voluntad común, aptas para dotar a este conjunto homogéneo, pero desarticulado, del sentido de la unidad que, desde hace quizá muchos siglos, no había podido realmente sentir.

El tipo de Estado nacional árabe, cualesquiera que sean sus variantes ideológicas, ha sido marcado por tres grandes orientaciones: la gran difusión de los temas e ideologías modernistas, progresistas o liberales entre las élites y entre las clases medias y populares; la adhesión de los equipos dirigentes y/o de los partidos políticos a las tesis de la independencia y del no-alineamiento, o, para algunos, a la política antiimperialista; finalmente, la constitución, en gran escala, de las clases medias como cimientos sociales del nuevo Estado, constitución similar tanto en los regímenes de izquierda como en los de derecha. Así es cómo se llevaron a cabo, en la sociedad árabe, los más importantes cambios de estructuras después de la segunda guerra mundial: el desarrollo de nuevos valores políticos; la mejora de la situación social de las clases populares, y la del campesinado en particular, con la realización de la reforma agraria; la elaboración de los primeros planes de desarrollo y de industrialización; la nacionalización de las compañías extranjeras; la modernización de los ejércitos, de la enseñanza pública y religiosa, y de la formación cultural y profesional; la reducción de las desigualdades sociales y entre los sexos, etc.

Estas realizaciones políticas y económicas, fundamentales para pueblos que, precisamente, acababan de salir de debajo del yugo colonial, provocaron un formidable ascenso del movimiento popular y elevaron muy alto el nivel de sus aspiraciones. Se hablaba del ascenso del nacionalismo como hoy hablamos del islamismo. En Túnez, Egipto, Siria, Argelia, Yemen, Iraq, como en cualquier otra parte, la popularidad de los régimenes estuvo en función de su capacidad para realizar el programa nacional de desarrollo y de promoción colectiva, teniendo poca importancia el carácter de las ideologías enarboladas por los diferentes Estados.

El progreso del nacionalismo árabe en el terreno de la unidad provocó, sin embargo, la reacción de fuerzas locales y extranjeras cada vez más poderosas. Tras el golpe de Estado prosoviético de Abdel Karim Qassem en Iraq (1959) y el derrocamiento, menos de dos años después, del régimen unionista en Siria (1961), la intervención de la guerra egipto-saudí en el Yemen y la firma, en 1978, de los Acuerdos de Camp David, que remataban la derrota de junio de 1967, pusieron punto final a este nuevo intento unitario. Aquí de nuevo, uno no puede dejar de recordar los acuerdos que, a mediados del siglo XIX, obligaron al virrey M. Ali replegarse a Egipto para clausurar la gran aventura de renovación y modernización del mundo árabe.

El fracaso de la estrategia de unificación no puso término al movimiento nacionalista, pero llevó a los árabes a volverse hacia proyectos de desarrollo económico y social menos ambiciosos, a partir de mediados de los años sesenta. Y, como por compensación, el movimiento nacionalista, al replegarse en las estrechas fronteras del Estado territorial (qutriyya), se radicalizó, y engendró regímenes más autoritarios. Este nuevo proyecto de desarrollo pronto se manifestó como, esencialmente, un proyecto de desarrollo del propio Estado.

Es así que, ante el bloqueo encontrado en el camino de la unificación nacional y la extensión política, las consignas nacionalistas resultaron poco a poco remplazadas por la consigna de la revolución socialista. Inaugurada por Naser en 1961, en su respuesta al colapso de la unión sirio-egipcia, esta nueva política llamada socialista no adquirió su verdadera dimensión más que en la Argelia independiente, joven república popular, nacida de una gloriosa guerra de liberación nacional, dotada de considerables recursos morales y materiales, y deseosa de proyectarse a nivel internacional como el nuevo modelo de desarrollo para los países del Tercer Mundo. En realidad, así como el Egipto naseriano encarnaba el modelo perfecto de la política nacionalista árabe, así Argelia encarnaba, en el mundo árabe, el más perfecto tipo de socialismo, es decir, la ideología del desarrollo(28). Esta es seguida de cerca por Siria, Iraq, Yemen, Sudán, Libia, Somalia, sin hablar de los intentos abortados en el sudeste de Arabia, en Dofar, y en el resto del mundo árabe donde la presión de las fuerzas de izquierda ponía en dificultades permanentes a los poderes establecidos. Incluso en Túnez, el Partido Neodesturiano se sintió obligado a alegar su orientación socialista.

En el mundo árabe, como en cualquier otra parte en el mundo contemporáneo, la mutación del economicismo en discurso sociopolítico tuvo lugar en el marco de la ideología del desarrollo. Y según esta ideología fuera de inspiración liberal o estatista, las políticas económico-sociales que se adoptaban seguían modelos diferentes: economía de mercado, modelo soviético o variante china. Pero, cualquiera que sea el modelo escogido, la arabidad combinada con el economicismo apuntaba hacia el desarrollo, entendido a la vez como proceso de acumulación de tecnología y como modernización del Estado. Se trataba de un nuevo proyecto histórico, con el que se contaba para resolver las graves tensiones creadas por el fracaso de los proyectos de renovación y unificación precedentes.

Durante dos décadas (1961-1980) se invirtieron considerables recursos humanos y materiales en proyectos económicos llevados de la mano por los poderes públicos. Pronto, estos esfuerzos se intensificaron en todas partes con el espectacular aumento del precio del petróleo que tuvo lugar a partir de 1973-74. El mundo árabe se transformó en una gran cantera de construcción y de valorización. Y en esta carrera, las divergencias políticas y las coloraciones ideológicas se callaron para dar toda su pureza al discurso del desarrollo. Al comenzar la década de los ochenta, casi ya no habían progresistas y moderados, sino un solo mundo, que quería asentar su capacidad de absorber y de consumir. Las esperanzas eran tales que el mundo árabe tuvo la audacia de reclamar la revisión del esquema de la división internacional del trabajo es decir, de iniciar la batalla por ello-, tras haber conseguido la del precio del petróleo. Así, al ponerse a la cabeza de una reivindicación tercermundista global, asumía el grave riesgo de hallarse frente a frente con los países industrializados en el momento en que el movimiento de los No-alineados parecía desvanecerse.

En realidad, cuando el presidente argelino Bumedian tomó la palabra, en 1975, para explicar la necesidad de un nuevo orden económico internacional, el proyecto de desarrollo ya se encontraba en grandes dificultades, si no en crisis, en todos los países del Tercer Mundo(29). Lamentablemente, ese grito de alarma no encontró eco. Por lo que, a partir del fin de la década de los setenta, la comprobación del fracaso se abrió paso. Pero la idea de una urgente apertura de negociaciones Norte-Sur para intentar salvar las enormes inversiones de los pueblos del Tercer Mundo fue asfixiada por aquellos que esperaban dar una última lección a los "radicales", que se habían atrevido a desafiar, aunque fuera silo de palabra, a los gigantes de la economía y de la civilización.

Las políticas de recambio denominadas "de puerta abierta" (infitah), aplicadas en algunos países desde 1970, no fueron más fecundas. Sus resultados revelaron ser más que decepcionantes. La suspensión de las inversiones, el mal funcionamiento de las empresas existentes, la agravación de las deudas públicas, el paro, la política inflacionista, el vertiginoso aumento de los precios (con la pérdida, a un ritmo no menos vertiginoso, del poder adquisitivo de las clases populares, es decir, de más del 80 por ciento de la población), la aparición de escandalosas desigualdades sociales, la pauperización masiva, la aparición de hambrunas, el colapso de los servicios públicos (salud, enseñanza y transporte), la corrupción de la administración y de los funcionarios superiores, la pérdida de confianza de los pueblos en sí mismos y en su porvenir, las angustias y el desarrollo de todas las formas de delincuencia, la banalización de la práctica de la violencia cotidiana, la extensión del consumo dé estupefacientes, la degradación de las costumbres, el acaparamiento de la mayor parte del ingreso nacional por parte de una pequeña capa social, la avaricia de la ganancia y el enriquecimiento sin preocuparse demasiado por los medios: he ahí el destino de las nuevas políticas, que arrojan a naciones enteras a la angustia y la desesperación.

En estas condiciones, las políticas de reajuste dictadas por las instituciones financieras internacionales-que, en realidad, tienden a monopolizar la decisión verdaderamente política, en lugar de los gobiernos de los países pobres- sólo pueden aparecer, a los ojos de las poblaciones martirizadas, como nuevas estrategias de dominación, cuyo único objetivo es el control de las economías nacionales a fin de garantizar una mejor modalidad de reembolso de las deudas. Así, ni los gobiernos, ni las instituciones internacionales pueden dar a estos pueblos la menor idea acerca de las posibilidades de éxito de la nueva vía practicada. Todo el mundo prefiere callarse, esperando que la población tarde en darse cuenta del engaño y del absurdo. Tampoco se sabe qué hacer o decir ante la escalada de reivindicaciones de todo tipo dentro de las sociedades desestabilizadas y angustiadas. A la vista del desarrollo de los acontecimientos en algunos países árabes, uno se inclina a pensar que ya no hay, verdaderamente, ni política, ni estrategia ni liderazgo, en el sentido de una visión, global y clara, que sea capaz de orientar la acción colectiva y de incorporar cada esfuerzo nacional dentro de un movimiento consciente de construcción de la historia.

11. La crisis

La representación que se hacen los árabes de la historia universal-y del lugar que ellos ocupan en esta historia-cambió totalmente desde hace un siglo. Esto queda bien ilustrado en el cambio del vocabulario político con el que nombran sus objetivos colectivos y sus aspiraciones históricas. Así, del término ambicioso (y, en más de un aspecto, presuntuoso) de Nahda (o Renacimiento) se pasó al más modesto (pero, sin duda, más realista y concreto) de "desarrollo económico y social".

En efecto, la Nahda se refiere a una concepción de desarrollo que quiere ser, esencialmente, cultural, religioso y moral, y es considerado como el fundamento y la fuente de todo progreso material. A. R. Kawakibi decía que "no hay más diferencia entre nosotros, los árabes de Arabia en particular, y las grandes naciones vivas y contemporáneas que la que se deriva de los diferentes grados de progreso científico y moral. Ahora bien, la asimilación de la ciencia no requiere más de veinte años, mientras que (la renovación de) la moral requiriría cuarenta"(30). Esta formulación (dejado aparte su lado caricaturesco) refleja perfectamente el estado de espíritu de la gente de la época y la manera de abordar el problema del progreso por parte del modernismo musulmán. Se trataba, pues, de una lucha contra la ignorancia y la decadencia moral, que son el fruto del repliegue en sí mismo, del despotismo y de la esclerosis en el campo de las ciencias y de las letras árabes. Para salir de ello, propone una estrategia basada en la reforma de la religión y de la moral, y en el deber de liberar a las masas del pueblo del dañino espíritu del fatalismo y la superstición. No obstante, el fracaso de la Nahda estaba escrito en las realidades prácticas mismas de la dominación otomana.

La frustración del proyecto de reforma y renovación del Imperio emprendido desde El Cairo bloquea definitivamente esta vía. Priva al mundo árabe, en su primer intento de reestructuración y despegue, de la única fuerza capaz de darle todavía un mínimo de coherencia en su cometido y de unidad en su acción. Egipto queda, durante un buen tiempo, aislado del mundo árabe y sometido a la dominación británica. Pero a la Reforma abortada sucede en todas partes la Revolución, que inaugura la era del nacionalismo. ¿Tendrá ésta más posibilidades de éxito?

El destino que aguardaba a la Gran Rebelión, que, a comienzos del siglo XX, intentó sustraer al resto del mundo árabe de la dominación otomana, no fue más feliz. En efecto, el proyecto nacionalista elaborado por la alianza establecida entre las tribus del Hiyaz, dirigidas por los hachemitas, y la balbuceante burguesía Siria, y que nombró como jefe al jerife Husein, guardián de los Santos Lugares del islam, no pudo siquiera concretarse. La rebelión, que debía terminar con la proclamación de un reino árabe unido, que abarcara a las provincias asiáticas del Imperio, terminó en una confusión general. Habría podido movilizar a las élites, golpear a los ejércitos turcos, liberar Siria y proclamar la independencia árabe, pero, desgraciadamente, no tenía ni la inteligencia ni los medios para vencer o, en su defecto, para convencer a los vencedores de la primera guerra mundial. Mientras que el emir Feisal, comandante en jefe de las fuerzas árabes, que representaba a su padre, el "rey de los árabes" jerife Husein, se batía desesperadamente en París para asegurarse una invitación a la Conferencia de la Paz (1919) de los vencedores (de los que, en principio, formaba parte), que iba a decidir el destino de los territorios árabes liberados, Abdel Aziz ibn Saud, futuro rey de Arabia, apoyado secretamente por los ingleses, emprendía su campaña militar contra el Hiyaz y se preparaba para rechazar al novísimo rey fuera de su reino, aun antes de que éste sea reconocido. En las capitales occidentales, el mapa de repartición de toda la región ya estaba listo y firmado, aun antes de la celebración de la Conferencia de la Paz, conforme a los acuerdos Sykes-Picot (1916), completados con la Declaración Balfour (noviembre de 1917) sobre la creación de un hogar nacional judío en Palestina(31). El mapa de esta repartición no pudo ser modificado, a pesar del espectacular desarrollo del nacionalismo árabe y de la crítica que no dejan de emitir los nacionalistas contra esta desmembración, que sigue actuando como un factor de desequilibrio y de envenenamiento de la vida política de sus países. Al alimentar un gran potencial de tensiones, esta desmembración es la principal fuente de las numerosas guerras mortíferas que ha conocido la región durante el medio siglo pasado.

El fracaso de la Rebelión condujo directamente a la revolución nacionalista, cuyo objetivo ya no era corregir una alteración cultural, religiosa o política, sino oponerse a una dominación extranjera, que, más allá de los problemas económicos de desarrollo, era vivida como una mutilación moral. Asía de la necesidad de recuperar la soberanía y la dignidad nacieron y se desarrollaron los diferentes temas del nacionalismo: revalorización del patrimonio cultural, liquidación de las secuelas del pasado colonial o feudal, unificación política. En el fondo, de lo que se trataba era de restaurar y hacer revivir las redes de solidaridad, los vínculos orgánicos, las afinidades rotas o puestas en duda por el fracaso y la dominación extranjera.

En ese momento se pensaba que por el solo acto de liberarse del yugo colonial iban a recuperarse todas las libertades políticas e intelectuales; que la salida de las tropas extranjeras provocaría un gran movimiento de reunificación de la nación; que el establecimiento del Estado nacional engendraría, por sí mismo, la justicia, la fraternidad perdida, el desarrollo y el progreso buscados. En menos de unas cuantas décadas se tuvo que reconocer la evidencia de que la vía de la emancipación política no estaba más abierta para los árabes que la de su renacimiento cultural. La lucha nacionalista contribuyó más a reforzar la compartimentación de las entidades estatales que a crear el espacio de libertad o de soberanía unificada; los Estados independientes fundaron una nueva y sólida jerarquía social que nada tiene que ver con las soñadas fraternidad y justicia social.

La frustración del proyecto unitario, la degeneración de los poderes nacionalistas en oligarquías francamente antipopulares y el colapso del campo progresista, tras la muerte del presidente Naser, pudieron más que las grandiosas ambiciones del nacionalismo árabe. Ni imperio musulmán, ni imperio árabe son posibles; lo es menos el desarrollo económico y político. Lo que se quedó en llamar, simplemente, "décadas de desarrollo" es una de las experiencias históricas más frustrantes, desde los puntos de vista moral y material, que jamás hayan conocido las sociedades(32). Entretanto, la frustración de este proyecto acarreó el hundimiento de las clases medias, sobre las que se había basado el desarrollo y habían descansado el equilibrio y la estabilidad del sistema. Millones de seres humanos se encontraron, de pronto, sin empleo ni perspectivas, marginados o excluidos. Pueblos enteros se sintieron asfixiados y cayeron en la desesperación. El famoso "consenso nacional" saltó en pedazos, sufriendo la misma suerte que los valores y consignas nacionalistas, ahogados en las reacciones de miedo, las rebeliones aplastadas, las sangrientas revueltas llamadas "del pan", la claudicación colectiva de las clases políticas, las irracionales retracciones.

No tenemos suficiente espacio para extendernos sobre los diferentes aspectos de esta crisis. Recordemos simplemente los hechos más patentes: la asfixia del crecimiento, donde los ingresos petroleros cayeron, desde 1980, en dos tercios, pasando de 216.200 millones a 70.500 millones) de dólares, mientras que el volumen de la deuda pública exterior se evalúa en más de 90.000 millones de dólares, con un servicio de la deuda que supera los 12.000 millones de dólares al año; el aumento del paro, especialmente el de los jóvenes, que (los menores de 16 años) representan más de la mitad de la población total; la caída vertiginosa, con ayuda de la política inflacionista, del ingreso promedio, la bancarrota de las empresas públicas o privadas; la desorganización de la industria y de la agricultura; la anarquía reinante en los mercados y en la gestión. Este desorden económico no es el único aspecto inquietante de la crisis. Más graves aún son las rupturas de los equilibrios geopolíticas, políticos y sociales, y su enmarañamiento, como lo demuestran la continuación de la guerra civil libanesa, desde hace quince años, la multiplicación de los focos de tensión y de los conflictos sociales y regionales, la desarticulación de los movimientos políticos de oposición y el debilitamiento de las organizaciones sindicales(33). Finalmente, en el plano cultural hay que destacar el retroceso, si no desaparición, de las ideologías racionales en provecho de culturas rituales o étnicas, tradicionales o superficiales, falsamente populares o populistas.

(1)Sobre esta ruptura y los problemas teóricos y políticos que plantea, ver, por ejemplo, B. Galiun: Manifiesto por la democracia (eb árabe), Beirut, 1978. Igualmente, las actas del coloquio La crisis de la democracia en el mundo árabe, publicadas por el Centro de Estudios sobre la Unidad Árabe (en árabe). Beirut, 1984. Ali el-Din Hilal y otros: La démocratie et les Droits de l'Homme dans la pame árabe, El Cairo-Beirut. 1983. Sobre las exacciones y la escalada de la represión: los informes anuales de la Organización Árabe de los Derechos Humanos (años 1987. 1988. 1989); también los informes de Amnistía Internacional de los diez años últimos.

(2)Sobre las estructuras sociales modernas y su relación con las estructuras tradicionales. ver Mahmud Abd el-Fadil: Las formaciones sociales y las estructuras de ciase en la patria árabe (en árabe). Beirut. 1988 igualmente, Ahmad Sadeq Sa'd: La historia social de los árabes (en árabe). Beirut, 1981, y Mohammad Oda: Los campesinos y el Estado (en árabe). Beirut, 1982.

(3) F. Mansur, ob. cit.

(4)A. Larui: Le concept de 1. Etat, ob. cit. Es también la opinión de Charles Butterworth, que defiende la tesis según la cual la dominación del poder personal en todos los regímenes árabes contemporáneos, con la excepción de Líbano, tiene su origen menos en los valores e ideales de la cultura política musulmana que en su ausencia. Se trata, también, de la falta de teorización política. Ver 'DES Estado y el poder en el pensamiento político árabe", en Nation, Etat et intégration, ob. cit., p.89.

(5) Ob. cito pp. 186-187. Ver también Nazih el-Ayubi: El Estado centralizado en Egipto (en árabe). Beirut, 1989, p. 65.

(6) Es, en términos generales, la tesis de todos los movimientos islamistas, que hacen hincapié, después de al-Ma vdudi, en la soberanía divina en oposición a la soberanía humana. Otras interpretaciones más ideológicas ven el origen de esta estructura despótica del poder en el método escolástico y estereotipado de la interpretación coránica. Este método creó una cultura política cerrada a todo diálogo posible y que no acepta la diferencia. Por eso consideran que la solución radica en la construcción de una nueva interpretación abierta, adaptada a los datos de la ciencia moderna y a los valores de la modernidad. Por ejemplo, H. Hanafi: "Las raíces históricas de la crisis de la libertad y de la democracia en nuestra conciencia contemporánea", en la revista Al-mustaqbal al-arabi, núm. 5, enero de 1979.

(7) Ver Abdel Baqi al-Hirmasi: La sociedad y el Estado en el Magreb árabe (en árabe), Beirut, 1987.

(8)Para más información sobre esta noción, ver Perry Anderson: Lineages of the Absolutist State, Londres, 1974. El problema, en realidad, no consiste en negar la existencia o la persistencia de estructuras de tipo prenacional en las dos Edades árabes, pues es evidente que tanto el espirita tribal, como el confesionalismo o el regionalismo aún son muy fuertes en algunos casos. Además explican, en gran medida, la continuidad de los Estados existentes. Pero al contrario de la posición extranacionales sólo pueden ser comprendidas en el marco general del análisis histórico y político del Estado moderno. En nuestro libro La cuestión confesional y el problema de las minorías (en árabe) Beirut, 1979, hemos intentado mostrar cómo el desarrollo del confesionalismo y del espíritu tribal está ligado al desarrollo de las contradictorias estrategias engendradas por el tipo de Estado moderno y en modo alguno tradicional. Ahí se está enfrente a un fenómeno histórico en el que la estructura moderna del poder constituye el factor determinante. Esta es quien subordina a las antiguas estructuras y las integra en su juego del poder, y no a la inversa.

(10)Jaldún al-Nagib: la sociedad y el Estado en el Golfo y en la península arábiga (en árabe), Beirut, 1 987.

(11)Los fundamentos económicos y sociales de la democracia en la patria árabe", en La democracia y tos derechos humanos en la patria árabe (en árabe), Beirut, 1983.

(12)S. Amin: Observaciones sobre el método de análisis de la crisis de la democracia en la patria árabe' . en La crisis de la democratie dans la patrie árabe, b. cit.

(13) Sobre las relaciones entre la Reforma islámica y el Estado, ver Ali Omlil: Le réformisme arabe es I Erat nacional Beirut, 1985.

(14)La diferencia entre el Baaz y el hasserismo no radica, en realidad, en el programa o en los principios declarados de nacionalismo, sino en la actitud y la práctica. Dependiente de una élite intelectual acorralada, frágil y sin cimientos sociales reales, el Baaz desarrolló una cultura y tradiciones políticas más bien insurreccionales, dirigidas contra la sociedad misma, concebida como la encarnación histórica y material del decaimiento de la sociedad y de la civilización, y no simplemente contra las causas del atraso y de la decadencia. Se trata, en realidad, de un despiste, que explica el carácter excepcionalmente elitista, radical y antipopular de los regímenes baazistas. Por eso, esas tradiciones y esta actitud antipopular se repiten hoy de nuevo en el escenario político árabe, fuera de los regímenes baazistas, a medida que las élites intelectuales se sientan marginadas, fragilizadas y amenazadas. En realidad, es Albert Camus, y no Marx, quien más influyó sobre los revolucionarios de Oriente Próximo desde los años cincuenta. Ver, por ejemplo, los múltiples trabajos de Muta' Safadi en esa época, especialmente Le révolutionnaire et l'arabe révolutionnaire, Beirut, 1966. La ideología de la rebelión contra la sociedad se perpetúa hoy bajo la forma de ideologías elitistas, ultramodernistas u occidentalistas.

(15) Por ejemplo, Sayyed Yasin (ed.): Análisis del pensamiento nacional árabe (en árabe), Beirut, 1980.

(16) A. Larui señala, con mucha razón, esa paradoja, cuando escribe: SEN Estado territorial equipa al país, crea la educación, el empleo, la organización..., pero todas estas realizaciones no le garantizan ni adhesión, ni consenso. Tanto más cuanto que, en su propaganda, el Estado (nacional) no deja de recordar que él no es más que una etapa en el camino de la realización del gran Estado árabe". Le concept de l'Etat, ob. cit., p. 169.

(17)"La protección del intelectual y el nacionalismo árabe", revista Al adab, Vi, 1958, núm. 1, pp.26-28

(18)Michel 'Aflaq: Ma'rakat al masar al wahid (El combate del destino unido), 2á ed., Beirut, 1959, pp. 34-39.

(19) Alli mismo, pp. 34-39.

(20)Aflaq. ob. cito pp. 51-53

(21) Por ejemplo, Ismat Seif el-Dawola: El arabismo y el Islam (en árabe), Beirut, 1986; también, Centro de Estudios sobre la Unidad Árabe: el nacionalismo árabe y el ¿Islam (en árabe), colectivo, Beirut, 1981.

(22) Munah el-Solh: Al Islam wa harakat al taharror al arabí (El islam y el movimiento de liberación árabe), Beirut, 1973, pp.50-68. Igualmente, Ismat Seif el-Dawla, ob. cito Centro de Estudios sobre la Unidad Arabe: Nacionalismo árabe e Islam (Actas y debates del coloquio del mismo nombre) (en árabe), Beirut, 1981.

(23) Desde la publicación del libro de Sadeq Jalal al-Azm: Critique de la pensée religieuse, en Beirut, en 1969, la lista de libros y artículos en el mismo sentido se extendió mucho. Las contradictorias y violentas reacciones ante el asunto Rushdie no sólo demostraron la existencia de un virulento fundamentalismo musulmán en suelo árabe, sino también revelaron la presencia de una fuerte tendencia opuesta y antirreligiosa.

(24) Sobre el pensamiento de Gamal Abdel Naser, ver Muhammad el-Sayyed Salim: L'analyse politique do nasserisme, Beirut, 1983.

(25) Sobre los problemas encontrados por los Estados territoriales árabe, ver Turki el-Hamad: "La formación del Estado territorial: el punto de vista unionista", en La unidad árabe: experiencias y perspectivas (en árabe), Centro de Estudios sobre la Unidad Árabe, Beirut, 1989.

(26) Ese papel excepcional que desempeñó el Egipto de Naser en la promoción de la ideología nacionalista árabe es el objeto principal de reflexión de Nadim el-Bitar, quien, desde hace años, intenta desarrollar una teoría de la unificación del mundo árabe basada en la idea del Estado-eje que requiere toda unidad.

Hemos visto que la causa principal de la unión árabe es el peligro exterior, y que esta unión requiere un país que desempeñe el papel de sólida base, así como un poder personalizado. Esas son las condiciones objetivas y necesarias para la realización de la unidad" (De la división y 'unión, les lois fundamentales tirées des expériences unitaries, Beirut, 1980, p. 388.

(27) Ver, Centro de Estudios sobre la Unidad Árabe: Estudios sobre el movimiento progresistas árabe (en árabe), (colectivo), Beirut, 1987.

(28) Ya antes de la independencia, el punto de partida ideológico se situaba en el techo de la ideología nacionalista árabe predominante. Por ejemplo, uno podía leer que "el antiguo nacionalismo árabe, difuso, no elaborado, sin contenido preciso, tiende a desaparecer, o, más bien, tiende a evolucionar, superándose en un nacionalismo exigente, esencialmente antifeudal y antiimperialista, que extrae su fuerza de las masas populares y está provisto con una experiencia internacional que le permite elegir eficazmente Lawrence y sus sucesores, tiene como objetivo esencial transformar a países, independientes, por cierto, pero estancados en un estado semifeudal y semicolonial, en países verdaderamente dueños de su destino" ("AImujahed"), mayo de 1959.

(29) H. Boumédienne: "Pour un nouvel ordre économique international", en Revue algérienne de siences juridiques, économiques el politiques, Argel, 1975.

(30)Oum Altura, Aleppo, 1959, p. 16.

(31) Según estos acuerdos. Gran Bretaña se queda con Jordania, Iraq y Palestina, dejando Siria y Líbano, además del norte de África, para Francia. En cuanto a la Declaración Balfour, Londres se compromete en ella a crear un hogar nacional judío. en detrimento de los árabes. Sobre todos estos acontecimientos. ver, por ejemplo, Zaire, N. Zeine: The Strugglefor Arab Independence, Beirut, 196(); T. E. Lawrence: Awakening, Londres, 1938; Estudios sobre la gran revolución árabe (en árabe). obra colectiva. Amman, 1986.

(32) Nader Fergani: El despilfarro de los recursos (en árabe), Beirut, 198().

(33) Explicaciones diferentes de la naturaleza de esta crisis general, Lufti el-Juli: El callejón sin salida árabe (en árabe), colectivo, El Cairo, 1986.