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El liderazgo de Mohamed Ameziane y la campaña de 1909

El Marruecos de principios de siglo es una caricatura de país: sin poder efectivo alguno, a merced de las potencias europeas, con un sultán maniatado por Francia, a la que debe recurrir constantemente para imponer un orden quebrantado por su presencia en el país. Dentro de esta realidad de vacío de poder y falta de legitimidad de su detentador oficial (el sultán), cobran sentido las figuras de un Bou Hamara, de un Hiba9, de un Ameziane o más tarde de un Abd-el-Krim, por no citar a otros, que tras el velo de un prestigio religioso o social, consiguen liderar un movimiento tribal de rechazo al invasor extranjero.

Este fue el caso de Bou Hamara10, quien, usurpando la personalidad del hermano mayor del sultán Abdelaziz y con la promesa de expulsar a los extranjeros consiguió el respaldo de algunas cabilas del Rif. Durante siete años, de 1902 a 1909, Bou Hamara, el Rogui11 como también se le conocía, estableció de facto un reino independiente en el nordeste marroquí, rechazando a los ejércitos del sultán, y manteniendo una relación amistosa con franceses y españoles. El verano de 1907 otorgó la concesión de explotación de las minas de hierro del Monte Uixan a la companía española de Minas del Rif a la que también dio permiso para construir un ferrocarril que las enlazara con Melilla, y las minas de plomo del Monte Afra a la Compañía francoespañola del Norte de Africa. Estas cesiones fueron percibidas por los rifeños como una traición , y no tardaron en rebelarse contra el falso Rogui poniendo así punto final a sus ambiciones. La experiencia de Bou Hamara mostraba la voluntad de independencia de los rifeños y las posibilidades de una unión intertribal que ahora podía ser utilizada contra los españoles, pero también manifestaba la necesidad de un jefe capaz de sellar dicha unión y de guiarlos en la guerra contra los españoles. Tras la traición del Rogui y del nuevo sultán Muleyhafid12, en quien se habían depositado grandes esperanzas, Mohamed Ameziane, llamado por los españoles El Mizzian, "será quien encarne con mas integridad este espíritu de independencia rifeña" (Bachoud,1988, p. 55) hasta la llegada el 1921 de Abd-el-Krim. Pocas cosas sabemos de este líder rifeño, caid13 de los Beni Bu Gafa y jerife14 de nacimiento, a quien se consideraba descendiente del venerado Muley Idriss. Al especial status social y religioso, acrecentado al parecer por una fama de predicador incansable de la jihad (guerra santa) contra el infiel, que le confería su origen jerifiano, hay que añadirle el gran prestigio del que al parecer gozaba entre las cabilas rifeñas, a las que conocía bien por sus actividades comerciales y por las que era solicitado como mediador político en sus conflictos mutuos (poniendo fin a disputas, declarando una tregua para recolectar la cosecha, etc.). Ocupó los primeros lugares en la rebelión contra el Rogui, y luego se dedicó a recorrer las tribus organizando la revuelta contra los españoles.

Los rifeños no aceptaron las concesiones mineras efectuadas por el Rogui a franceses y españoles, e impidieron los trabajos (octubre 1908). Cuando el Rogui, garante de las inversiones de los dos países desaparece de escena, los problemas en la zona minera ponen de manifiesto la imposibilidad del estado español de defender los intereses económicos. La reanudación de los trabajos crea un conflicto entre españoles y rifeños15, que será el pretexto esperado por España para intervenir militarmente. Se inicia así un enfrentamiento conocido como la Campaña de Melilla, que buena parte de la historiografía considera como el inicio de la Guerra del Rif, pero que en mi opinión no sería sino una más de las escaramuzas de avance/retroceso que desde 1860 se vienen produciendo en esta lucha de frontera en la que como dice Martín "antes de la anulación de la soberanía de Marruecos en 1912 tanto España como Francia procuraban arañar terreno de donde podían y tanteaban la resistencia de los marroquíes" ; el mismo Martín califica la campaña de 1909 "como una más de esas acciones de rapiña" (Martín, 1973, p. 34) que tendrán como punto álgido el Desastre de Annual de 1921, momento en el que se iniciaría la Guerra del Rif como tal y en la que los ejércitos españoles combatirán durante cinco años con las harkas16 rifeñas en una verdadera guerra cuya solución sólo puede ser militar.

Los españoles lanzaron a fines de julio una serie ofensivas contra los rifeños en las que sufrieron numerosas bajas, la mayoría producidas el 27 de julio en el considerado pequeño desastre del Barranco del Lobo, en donde habrían muerto entre 1.000 y 1.500 soldados, y que junto al Desastre de Annual (1921) han sido las batallas más costosas para el ejército español en su acción marroquí.

Estos hechos fueron recibidos en la Península con protestas y manifestaciones, que desde principios de julio se venían produciendo, a causa de las movilizaciones de reservistas cada vez en mayor proporción efectuadas por el Gobierno y por las noticias poco esperanzadoras que se reciben de Marruecos. El punto álgido fueron los hechos de la Semana Trágica de Barcelona, verdadero hervidero de conflictos de todo tipo, que desembocaron en un estallido popular. Huelgas, atentados, incendios se sucedieron desenfrenadamente del 26 de julio al 2 de agosto transformando lo que comenzó siendo "una huelga de protesta política y de contenido social en un gigantesco motín anticlerical" (Tuñón de Lara, 1992, p.165). La multitud se lanzó a la calle en un movimiento espontáneo, sin ideología ni dirección, en el que expresaba su frustración y su descontento.

Las protestas contra la guerra en Marruecos continuaron produciéndose por diversos puntos de la península hasta fines de octubre.

Una vez controlado el foco insurgente de Barcelona, el gobierno continuó con sus movilizaciones de tropas, hasta acumular en Melilla un ejército de 40.000 hombres. Con una acción que combinaba las negociaciones con las cábilas y las demostraciones de fuerza, a fines de noviembre se puso fin a esta campaña, asegurándose España el control de Melilla y de la región minera, y consiguiendo del sultán Muleyhafid un tratado que colocaba la zona ocupada bajo un control conjunto. Los planes de proseguir la ofensiva contra los rifeños, con un proyecto de desembarco en Alhucemas, fueron pospuestos.

En un momento en que España cuenta con ventaja, en que los rifeños divididos, sin aliados y sin recursos han perdido toda iniciativa, el miedo del gobierno a nuevos brotes insurreccionales en la península puede más y prefiere paralizar la campaña y proceder a una repatriación de urgencia de parte de sus efectivos, firmando un pacto con las cábilas tan volátil como inútil. Como ya ocurrió en los combates de 1860 y de 1893, se pone de manifiesto la ausencia de una estrategia colonial que vaya más allá de dar palos de ciego, y se evidencia además el poder creciente que la opinión tiene sobre el gobierno.

El balance final de la campaña de Melilla no puede ser más mediocre. Más de 100 millones de pesetas dilapidados en 4 meses, la movilización de una fuerza de 40.000 hombres y graves pérdidas humanas (estimadas en unos 4000 muertos) y materiales, para continuar con una presencia tan débil e insegura como siempre, que no ha sido capaz de asegurar alianzas estables ni porción del territorio alguna.



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