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Suegras, viudas, divorciadas... ¿hombres sociales?

La consecución de reconocimiento familiar y social iniciada con la maternidad de varones culmina para las mujeres cuando estas abandonan la etapa procreadora, fundamentalmente cuando se convierten en suegras: se produce entonces un cambio cualitativo en su valoración ante la comunidad y un acceso a determinados espacios masculinos, impensables en su anterior etapa reproductiva. Con la senilidad, las mujeres adquieren mayores prerrogativas y mayor poder, no sólo en el marco doméstico, sino también ante las decisiones que afectan a toda la estructura familiar. Este es el caso de la elección de su futura nuera: "sin su consentimiento, no se puede realizar ninguna boda" (AIGNESBERGER, 1996:14).

El estatus de suegra significa la culminación del objetivo vital de las mujeres bereberes. Estar a la cabeza de un hogar con numerosos hijos, nueras y nietos es la recompensa la subordinación sufrida a lo largo de su vida. A partir de ese momento, la mujer-suegra se erige como representante de la autoridad masculina en el espacio femenina: es ella la que somete a una vigilancia estricta a las esposas de sus hijos, enfatizada hasta la maternidad de estas28; también se ocupa de la distribución del trabajo doméstico, del cual ella suela adjudicarse solamente la administración del hogar. La rivalidad suegra-nuera está recogida profusamente en la literatura oral bereber.

Esta autoridad conquistada puede llegar a hacer sombra, en el seno del universo doméstico, a la autoridad masculina. En este sentido, BOURQUIA sostiene que la influencia de estas mujeres sobre los hombres de la familia es mucho mayor de lo que pudiera parecer a priori: en la esfera pública, el hombre es el dominador; en el hogar, es tolerada la inversión de los roles. A este respecto, el siguiente proverbio bereber sentencia: "el hombre es un león en la calle, un conejito en casa" .

Pero este ejercicio de autoridad es permitido por el patrilinaje por enmarcarse dentro de los límites "naturales" femeninos: el núcleo doméstico las mujeres que en él habitan. Estas mujeres no acceden a la independencia económica ni adquieren responsabilidades políticas. Por otra parte, la adquisición de su nuevo estatus la obliga a "masculinizarse" 29: su nuevo rol no proporciona alternativas que beneficien al resto de las mujeres ni cuestiona el orden patriarcal establecido. Bien al contrario, prestan sus servicios a la reproducción de la jerarquía existente, al contribuir con su matricentrismo al mantenimiento de las rivalidades entre las mujeres.

Las mujeres viudas bereberes gozan de un estatus cualitativamente distinto en función de su origen tribal. En el sur marroquí, las tidjallin, mujeres sin hombre, disfrutan, según PEYRON, de una independencia casi total, con la posibilidad de tener amantes y "ser la alegría de la juventud" . Por su parte, entre los Aït Hadiddou marroquíes, la maternidad de hijos solteros determina su posición: si estos existen, continúan en la casa conyugal administrando los bienes de sus hijos; en caso contrario, suele regresar con su familia de origen e intenta casarse otra vez. Los hijos siguen viviendo en el hogar agnático. En el Sous marroquí, una vez más el control sobre el mundo femenino se suaviza: las viudas madres de varones eligen su nueva residencia, a la vez que, como cabezas de familia, acceden al espacio público asumiendo asuntos de negocios (con otros hombres) y participando incluso en la djema'a de la aldea. Obviamente, no se les impone el levirato (al contrario: pueden vivir temporalmente con un hombre sin vínculo matrimonial y después repudiarlo. Esta libertad la comparten las mujeres divorciadas: tras un nuevo matrimonio, vuelven a ser acantonadas en sus espacios "naturales" ), práctica que aún persiste en el norte del Magreb- En Cabilia, "la mujer sola, sin hombre, se designa con un término peyorativo: hajala. Además, está muy vigilada, pues representa un peligro constante(...). Una mujer sola sin protector masculino se considera fácilmente como una pervertida" (LACOSTE-DUJARDIN, 1993).

Algunas mujeres sin protección masculina (solteras, repudiadas, viudas o divorciadas) se dedican, según SAMAMA, a actividades que les reportan independencia económica: hechiceras, curanderas, practicantes del Amwach30 o prostitutas rompen los esquemas tradicionales a costa de su reputación y a cambio de la marginación familiar y social.



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